Dilaciones molestas.—El cochero borracho.—Una mula
muerta.—Lamentación.—Aventura en un descampado.—El miedo a la
oscuridad.—Un fidalgo portugués.—La escolta.—Regreso a Lisboa.
Me levanté a las cuatro, y después de tomar un refrigerio, bajé a
la cocina, donde vi al hombre que me había llamado la atención la
víspera y a su mujer, durmiendo al amor de la lumbre aún encendida.
Se despertaron en seguida y comenzaron a preparar su desayuno,
consistente en _sardinhas_ saladas, asadas en el rescoldo. Al mismo
tiempo, la mujer cantaba trozos de una bella canción, muy conocida en
España, que comienza así:
En Belén tocan a fuego;
Del portal salen las llamas,
Porque dicen que ha nacido
El Redentor de las almas.
Al saber que me marchaba, la mujer me dijo: «Voy a darle a usted
un poco de romero del de mi marido, para que le ampare contra los
peligros y le libre de cualquier mal suceso.» Tuve la debilidad de
permitir que me pusiera unas ramitas en el sombrero; estando en esto
llegó el calesero con las mulas, dije adiós a mi servicial posadera,
y subí al carruaje con mi criado.
Entonces puse atención en las mulas que nos llevaban; nunca había
visto otras tan buenas como aquéllas; la de más alzada tendría poco
menos de diez y seis palmos. El calesero las quería, según nos dijo
en detestable francés, más que a su propia mujer y a sus hijos.
Doblamos la esquina del convento y seguimos calle abajo hacia la
puerta del Suroeste. El cochero hizo alto delante del portal de
una casona, y se apeó diciendo que por ser aún muy temprano, no se
atrevía a continuar, pues si los ladrones residentes en la ciudad
estaban sobre aviso, nos robarían, probablemente, y a él le matarían,
pero que los moradores de aquella casa iban a salir para Lisboa un
cuarto de hora más tarde, y esperándolos podíamos aprovechar su
escolta de soldados y ponernos al abrigo de todo peligro. Respondí
que yo no tenía miedo, y le mandé seguir, pero se negó, y, dejándonos
en la calle, fuése. Una hora llevábamos esperando, cuando llegaron
dos carruajes a la puerta de la casa; pero como la familia no
estaba, al parecer dispuesta todavía, el cochero se apeó también y
se fué. Pasó otra media hora; al fin salió la familia. Colocados
los equipajes, preguntaron por el cochero, que no parecía por parte
alguna. Le buscaron, pero en vano más de otra hora pasó antes de
encontrar un sustituto. La escolta tampoco había comparecido, y fué
preciso enviar por dos veces un criado al cuartel en busca de los
soldados. Al fin, todo se arregló, y la familia se puso en marcha.
En todo ese tiempo no habíamos vuelto a ver a nuestro cochero,
y ya estaba yo harto convencido de que nos había abandonado
definitivamente, cuando, pasados unos minutos más, le vi venir
tambaleándose calle arriba, borracho, y empeñado en cantar la
Marsellesa. Sin decirle nada, me puse a observarlo. Estuvo un rato
mirando fijamente a las mulas y mascullando disparates inconexos en
francés. Al cabo, dijo: «No estoy tan borracho que no pueda guiar»;
y tomando a las mulas por el ramal, echó a andar hacia la puerta. En
cuanto salimos de la ciudad intentó repetidas veces, sin conseguirlo,
montar en la mula más pequeña, que iba ensillada; al fin se salió
con la suya, y en el acto emprendimos, camino abajo, una carrera
desenfrenada. Llegamos a un sitio donde arrancaba un carril angosto
y pedregoso; echando por él, nos ahorrábamos el rodeo que, en otro
caso. habríamos de dar en torno de los muros de la ciudad antes de
salir al camino de Lisboa, que cae al Noreste. El cochero dijo: «Voy
a tomar el carril, y en un minuto alcanzaremos a esa familia»; y en
él entramos, efectivamente. Apenas tenía anchura bastante para dar
paso al carruaje, y era, además, muy escarpado y quebrado; avanzamos
subiendo y bajando, con mucho crujir de ruedas y unas sacudidas tan
violentas, que corríamos peligro de vernos lanzados como por una
honda. Comprendí que de continuar en el coche, se haría pedazos
con nuestro peso, y dirigiéndome al cochero en portugués, le mandé
parar; pero el hombre fustigó y espoleó a las mulas con más brío.
Entonces, mi criado me suplicó por el amor de Dios que le hablase en
francés, pues si algo podía apaciguarle, era eso. Seguí el consejo,
y le rogué que nos permitiese apearnos y andar hasta la salida del
sitio peligroso. El resultado confirmó las previsiones de Antonio.
El cochero paró instantáneamente y dijo: «Señor, usted es el amo;
no tiene usted más que mandar y yo obedeceré.» Nos apeamos y fuimos
andando hasta la carretera, donde volvimos a montar.
Apenas ocupamos nuestros asientos, el cochero lanzó las mulas a
galope tendido, con idea de alcanzar a la familia, que nos llevaba
como un cuarto de milla de ventaja. La capa se le escurrió de los
hombros, y al querer ponérsela de nuevo, soltó el ramal con que
guiaba a la mula más alta; la cuerda se le enredó en las patas al
pobre animal, que cayó pesadamente de cabeza al suelo; después de
patalear un poco, la mula quedó tendida cuan larga era, atravesada en
el camino, con las varas del carruaje sobre las costillas. Yo salí
despedido contra el lodo, y el borracho del cochero cayó sobre el
cuerpo de la mula muerta.
El suceso me enfureció, y comencé a gritar: «¡Borracho! ¡Renegado!
Que hasta te avergüenzas de hablar la lengua de tu país; ahora que
has destruído el sostén de tu vida, ya puedes morirte de hambre.»
«_Paciencia_», me contestó, y empezó a dar patadas a la mula en la
cabeza, para hacerla levantar; de un empellón le aparté de allí,
y tomando la navaja que se le había caído del bolsillo, corté los
tiros del carruaje, pero la vida había volado, y el velo de la muerte
empañaba ya los ojos de la mula.
El individuo aquel, en el atolondramiento de la borrachera, pareció
al pronto dispuesto a despreciar tal pérdida, diciendo: «Se ha
matado la mula; esa era la voluntad de Dios. ¿Qué le voy a hacer?
_Paciencia._» Al mismo tiempo envié a Antonio a la ciudad para
que alquilase otras mulas, y después de descargar mis maletas del
carruaje, esperé al borde del camino su regreso.
Los vapores del alcohol comenzaron a disiparse en el cerebro del
cochero; entonces, cruzando las manos, exclamó: «Virgen bendita, ¿qué
va a ser de mí? ¿Cómo voy a ganarme la vida? ¿Dónde podré hacerme
con otra mula? Mi mula, mi mejor mula, se ha matado; se ha caído al
suelo y se ha muerto de repente. He visto muchos animales en los
países donde he vivido, pero una mula como ésta, no la he visto
nunca; ¡y se ha matado! ¡Mi mula se ha matado! Se ha caído y se ha
muerto de repente.» En este tono continuó durante mucho rato, y sus
lamentaciones tenían siempre el mismo estribillo: «Mi mula se ha
matado; se ha caído y se ha muerto de repente.» Al cabo, quitó la
collera a la mula muerta y se la puso a la otra, metiéndola con algún
trabajo en varas.
Un muchacho de unos trece años, muy guapo, llegó de la ciudad
corriendo como una liebre; se detuvo ante la mula muerta, y rompió
a llorar. Era hijo del cochero, y sabía por Antonio lo sucedido.
Aquello era demasiado para el pobre hombre; acudió a su hijo,
diciéndole: «No llores. Nos hemos quedado sin pan; pero Dios
lo ha querido. ¡La mula se ha matado!» Se dejó caer después al
suelo, lanzando lastimeras quejas: «Yo hubiera sobrellevado esta
pérdida—decía—pero el ver llorar a mi hijo, me vuelve loco.» Le
socorrí con algún dinero, y le dije algunas palabras de consuelo. Le
aseguré que si dejaba la bebida, era indudable que Dios se apiadaría
de él y le remediaría. Por fin se tranquilizó un poco, y después
de colocar las maletas en el coche, volvimos a la ciudad, donde
aguardaban nuestra llegada a la posada dos excelentes mulas de paso.
No vi a la española, y por eso no pude decirle de cuán poco me había
servido el romero en aquel caso.
Algunos borrachos he conocido en Portugal, pero, sin excepción,
eran individuos que, después de viajar fuera de su tierra, como
aquel cochero, regresaban llenos de desprecio hacia su patria y
manchados con los peores vicios de los países donde habían vivido.
A mis compatriotas que por acaso lean estas líneas, les recomiendo
vivamente que si su destino los lleva a España o Portugal, no tomen a
su servicio ni traten individuos de las clases bajas que hablen otra
lengua que la suya materna, porque muy probablemente serán bandidos
desalmados o borrachos. Invariablemente, estas gentes dicen de su
país natal todo el mal posible; y yo tengo la opinión, fundada en la
experiencia, de que un individuo capaz de tal bajeza, no vacilará
en cometer cualquier villanía, porque después del amor a Dios, el
amor a la patria es el mejor preservativo contra el crimen. Quien se
enorgullece de su patria, tiene especial cuidado en no hacer cosa
que pueda deshonrarla.
Tomamos el camino de Lisboa, y llegamos a Monte Moro a eso de
las dos. Comimos allí lo que permitían los recursos del lugar,
y proseguimos el viaje hasta llegar a un cuarto de legua de las
chozas enclavadas en la linde del despoblado que habíamos cruzado
a la ida. Allí nos alcanzó un jinete; era un hombre robusto, de
mediana estatura, y montaba un buen caballo español. Llevaba puesto
un _sombrero_ de alas anchas y caídas, jubón de paño azul, con
botonadura de tachones de plata y broches del mismo metal, calzón
de cuero amarillo y botas fuertes; de la silla llevaba colgado un
trabuco. Me preguntó si pensábamos pernoctar en Vendas Novas, y al
contestarle que sí, manifestó deseos de seguir en nuestra compañía.
Miró luego al sol, que ya se hundía rápidamente en el horizonte,
y nos rogó que avivásemos para aprovechar la luz todo lo posible,
porque el páramo era lugar temeroso en la oscuridad. Se puso a la
cabeza de todos, y salimos al trote largo; el mozo o arriero que nos
acompañaba venía detrás corriendo, sin dar la menor señal de fatiga.
Entramos en el páramo, y apenas habíamos avanzado una milla, la
noche cerró por completo. Ibamos por un sendero bordeado de altas
malezas, cuando el jinete me rogó que pasase yo delante, y él me
seguiría, porque era incapaz de afrontar la oscuridad. Le pregunté
el motivo de su temor, y me respondió que en otro tiempo no le
causaban miedo alguno las tinieblas, pero que desde hacía unos años
temíalas mucho, sobre todo en lugares inhabitados. Accedí a sus
deseos, pero como desconocía el camino y apenas me veía los dedos
de la mano, nos perdíamos a cada paso; impacientábase el hombre,
y acabó por colocarse de nuevo a nuestra cabeza. Anduvimos así un
buen trecho y otra vez se detuvo el miedoso, diciendo que no podía
resistir el influjo de las tinieblas; temblábanle las patas al
caballo, contagiado, al parecer, del terror de su amo. Le aconsejé
que invocara el nombre de Jesús Nuestro Señor, capaz de transformar
la noche en día; al oírme, lanzó un terrible alarido, y enarbolando
el trabuco, lo disparó al aire. El caballo arrancó a todo correr,
y mi mula, una de las más ligeras de su casta, se espantó y salió
disparada, pisándole los cascos al caballo. Antonio y el mozo se
quedaron muy atrás. Corríamos como un torbellino, iluminándose el
sendero con las chispas arrancadas a las piedras por las herraduras
de los animales. Yo no sabía adónde íbamos; pero las cabalgaduras
conocían el camino, y en poco tiempo nos pusieron en Vendas Novas,
donde nuestros compañeros nos alcanzaron.
Me pareció que el hombre aquel era un cobarde; opinión injusta,
porque durante el día era valiente como un león, y nada temía.
Unos cinco años antes le habían atacado dos ladrones en el páramo,
y a entrambos dominó, los ató, y los entregó a la justicia. Pero
de noche, el rumor de una hoja le aterrorizaba. He conocido casos
análogos en personas de extraordinaria valentía. En cuanto a mí,
confieso que no soy hombre de un valor inusitado, pero los peligros
de la noche no me intimidan más que los que pueden sobrevenir en
pleno día. El individuo de que he hablado era un labrador de Evora,
persona de muy buena posición.
Encontré la posada de Vendas Novas llena de gente, y con alguna
dificultad obtuvimos alojamiento y cena. Ocupaba la posada la familia
de cierto _fidalgo_ de Estremoz, el cual iba a Lisboa custodiando una
gran suma de dinero, según nos dijeron; probablemente, las rentas
de sus estados. Llevaba una guardia de veinticuatro servidores,
armados con sendos rifles; eran sus pastores, porqueros, vaqueros y
cazadores, mandados por el hijo y el sobrino del _fidalgo_, ambos
jóvenes, vestido el último de uniforme. A pesar de tan numerosa
guardia, al _fidalgo_ le apuraba mucho, al parecer, el temor de que
le robasen en el descampado, entre Vendas Novas y Pegões, porque
solicitó del oficial que mandaba la tropa destacada en este punto,
una escolta de cuatro soldados. Había en el séquito del hidalgo
varias mujeres, hijas ilegítimas suyas, según averigüé; el hombre
era de costumbres depravadas y acérrimo partidario de Don Miguel. A
poco de llegar, y cuando mi compañero de viaje y yo estábamos en la
cocina, sentados a la lumbre, se nos acercó el hidalgo; podía tener
unos sesenta años, y era de aventajada estatura, pero muy encorvado.
Su rostro era bastante desagradable; tenía la nariz larga y ganchuda;
los ojos, pequeños, penetrantes y vivos, y lo que menos me gustó en
él fué su perpetua sonrisa burlona, signo seguro, a mi entender, de
un corazón perverso y desleal. Me dirigió la palabra en español,
idioma que el hidalgo hablaba con facilidad por residir no lejos de
la frontera; pero, contra mi costumbre, me mantuve reservado y en
silencio.
A la mañana siguiente me levanté a las siete, y hallé que la
familia de Estremoz se había puesto en camino unas horas antes.
Me desayuné con mi compañero de la noche pasada, y emprendimos la
última jornada de aquel viaje. Como había salido el sol, sus miedos
se desvanecieron; era capaz de habérselas con todos los ladrones
del Alemtejo. Llevaríamos andada una legua, cuando al mozo que nos
acompañaba le pareció ver unas cabezas entre los matorrales. En el
acto, nuestro jinete empuñó el trabuco, y obligando al caballo a dar
dos o tres brincos, apuntó hacia el sitio indicado por el mozo; pero
las cabezas no volvieron a aparecer, y todo fué, probablemente, una
falsa alarma.
Reanudamos la marcha, y la conversación giró, como era de esperar,
en torno de los ladrones. Mi compañero, que parecía conocer palmo a
palmo el terreno por donde íbamos, tenía algo que contar acerca de
cada vericueto, o de cada grupo de pinos que encontrábamos. Llegamos
a una pequeña eminencia, en cuya cima crecían tres majestuosos pinos;
como media legua más lejos había otra elevación semejante. Estas dos
alturas dominaban una parte del camino de Pegões a Vendas Novas, en
forma que desde ellas se columbraba a cuantos iban y venían entre
estos dos puntos. Al decir de mi amigo, aquellas colinas eran puestos
predilectos de los ladrones. Cómo dos años antes, una cuadrilla
de seis bandidos a caballo estuvo allí tres días, y desvalijó a
cuantos venían por ambos lados. Los caballos, con la silla y el freno
puestos, estaban atados al tronco de los árboles, y dos centinelas,
encaramados en las ramas más altas, daban el alerta al acercarse
los viajeros. Cuando los veían a distancia conveniente, montaban de
un salto en los caballos, y a galope tendido caían sobre su presa,
gritando: _¡Réndete, pícaro! ¡Réndete, pícaro!_ Nosotros pasamos
sin tropiezo, y a eso de un cuarto de legua antes de Pegões, dimos
alcance a la familia del _fidalgo_.
Si hubiesen llevado las riquezas de la India a través de los
desiertos de Arabia, no habrían tomado mayores precauciones. El
sobrino, sable en mano, cabalgaba a la cabeza, con pistolas en
el arzón y el consabido trabuco español pendiente de la silla.
Marchaban tras él seis hombres en hilera, fusil al hombro, con sendas
hachas pendientes de la faja, destinadas probablemente a tajar a
los bandoleros hasta la cintura, en cuanto se aventurasen a luchar
cuerpo a cuerpo. Seguían seis vehículos, dos de ellos calesas, en las
que iban el _fidalgo_ y sus hijas; los otros eran carros de toldo,
y parecían cargados con el menaje casero. Cada vehículo llevaba a
los lados un campesino armado, y el hijo del _fidalgo_, mancebo de
diez y seis años, mandaba la retaguardia, de una fuerza igual a
la vanguardia conducida por su primo. Los soldados, de caballería
ligera, por fortuna, y muy bien montados, galopaban en todas
direcciones alrededor del convoy, con objeto de descubrir al enemigo
en su escondite, caso de estar emboscado en las cercanías.
No pude por menos de pensar, cuando di alcance a esta comitiva, en
la imprudencia de tanto aparato bélico; pues si bien se proponía
amedrentar a los ladrones, podía igualmente servir para atraerlos,
advirtiéndoles del paso de inmensas riquezas por aquellos lugares.
No sé cómo se habrían portado los soldados y los campesinos en caso
de ataque, pero me inclino a creer que si tres hombres como Ricardo
Turpin les hubiesen acometido súbitamente, saliendo al galope de
entre los matorrales que cubren aquellas colinas, ni el número ni la
resistencia de los defensores bastaran a impedir que los asaltantes
se llevasen el contenido de las cajas que tintineaban en la grupa de
los caballos.
Desde aquel momento, nada digno de mención nos sucedió hasta Aldea
Gallega, donde pasamos la noche; a las tres de la mañana siguiente,
tomamos la barca para Lisboa, y llegamos aquí a las ocho. Así terminó
mi primera excursión por el Alemtejo.