Un comerciante de Evora.—Contrabandistas españoles.—El león y el
unicornio.—La fuente.—Confianza en el Todopoderoso.—Reparto de
folletos.—La librería en Evora.—Un manuscrito. La Biblia como
guía.—La infame María.—El hombre de Palmella.—El conjuro.—El
régimen frailuno.—Domingo.—Volney.—Un auto de fe.—Hombres de
España.—Lectura de un folleto.—Nuevos viajeros.—La mata de romero.
Evora es una pequeña ciudad murada, pero sin un sistema defensivo, y
no resistiría un sitio de veinticuatro horas. Tiene cinco puertas;
delante de la del Suroeste se halla el paseo principal, donde
también se celebra una feria el día de San Juan. Las casas son, en
general, muy antiguas, y muchas están vacías. Cuenta unos cinco mil
habitantes; pero con sobrada capacidad para doble número de gente.
Los dos edificios principales son la Seo, o catedral, y el convento
de San Francisco, en la misma plaza en que, frente a él, se hallaba
mi _posada_. A mano derecha, entrando por la puerta del Suroeste,
hay un cuartel de caballería. Por el Sureste, a unas seis leguas de
distancia, descúbrese una cadena de montañas azules; la más alta,
llamada _Serra Dorso_, pintoresca, bella, alberga en sus escondrijos
muchos lobos y jabalíes. Como a legua y media más allá de esa
montaña, está Estremoz.
El día siguiente a mi llegada lo empleé principalmente en visitar
la ciudad y sus cercanías, y al vagar de un lado para otro, trabé
conversación con diversas personas. Algunas eran de la clase media,
comerciantes o artesanos, y todos constitucionalistas, o se llamaban
tales; pero tenían muy pocas cosas que decir, salvo unos cuantos
lugares comunes acerca de la vida de frailes, de su hipocresía y
holgazanería. Quise obtener noticias respecto del estado de la
instrucción en la localidad, y de sus respuestas deduje que el nivel
debía de estar muy bajo, porque, al parecer, no había escuelas
ni librerías. Si les hablaba de religión, mostraban grandísima
indiferencia por el asunto, y, haciéndome una cortés inclinación de
cabeza, se marchaban lo antes posible.
Fuí a ver a un comerciante para quien llevaba yo una carta de
presentación, y se la entregué en su tienda, donde le encontré detrás
del mostrador. En el curso de nuestra conversación averigüé que le
habían perseguido mucho durante el antiguo régimen, al que profesaba
aversión sincera. Díjele que la ignorancia del pueblo en materia de
religión había sido el sostén del antiguo régimen, y que el mejor
modo de impedir su retorno sería llevar la luz a todos los espíritus.
Añadí que había llevado a Evora un pequeño repuesto de Biblias y
Testamentos, y deseaba entregárselos a un comerciante respetable
para su venta, y que si él deseaba contribuir a extirpar las raíces
de la superstición y de la tiranía, no podía hacer cosa mejor que
encargarse de tales libros. Se declaró dispuesto a ello, y me fuí,
determinado a entregarle la mitad de los que tenía. Volví a mi posada
y me senté en un leño, debajo de la inmensa campana de la chimenea de
la sala común; dos hombres de rostro huraño estaban arrodillados en
el suelo. Tenían ante sí un buen montón de objetos de hierro viejo,
latón y cobre, que iban clasificando, y colocábanlos después en
sacos. Eran contrabandistas españoles de ínfima categoría, y ganaban
miserablemente su vida llevando de matute tales desechos desde
Portugal a España. No hablaban ni una palabra, y cuando me dirigí a
ellos en su lengua natal, me contestaron con una especie de gruñido.
Estaban tan sucios y mohosos como el hierro en que traficaban; en la
cuadra del piso bajo tenían cuatro miserables borriquillos.
La posadera y su hija me trataban con amabilidad extremada, y por
adularme me hicieron algunas preguntas respecto de Inglaterra. Un
hombre con traje algo parecido al de los marineros ingleses, sentado
frente a mí debajo de la campana, dijo: «Yo aborrezco a los ingleses
porque no están bautizados y son gente sin ley.» Se refería a la
ley de Dios. Me eché a reír y le dije que, según la ley inglesa,
a nadie sin bautizar podía dársele sepultura en tierra sagrada; a
lo cual repuso: «Entonces sois más rigurosos que nosotros.» Luego,
añadió: «¿Qué significan el león y el unicornio que vi el otro día
en un escudo a la puerta del cónsul inglés en Setubal?» Respondí que
eran las armas de Inglaterra. «Sí; pero ¿qué representan?» Dije que
no lo sabía. «Entonces—replicó—, no conoce usted los secretos de su
propio país.» A lo cual: «Supóngase—le contesté—, que le dijese a
usted que representan el león de Bethlehem y la bestia cornuda de
abismos ardientes, luchando por el predominio en Inglaterra, ¿qué
diría?» «Diría—repuso—, que me daba usted una respuesta perfecta.»
Aquel hombre y yo llegamos a ser grandes amigos. Venía de Palmella,
no lejos de Setubal; llevaba unos cuantos caballos y mulas, y era
tratante en cebada y trigo. De nuevo volví a pasearme y a vagar por
los alrededores de la ciudad.
Como a media milla de las murallas, por el lado Sur, hay una fuente
de piedra, donde los arrieros y demás gentes que acuden a la ciudad,
acostumbran a dar agua a sus bestias. Allí me estaba sentado unas
dos horas, hablando con todo el que hacía alto en la fuente. Hago
notar que durante mi estancia en Evora repetí a diario esta visita,
deteniéndome en ella el mismo tiempo; gracias a este plan, creo
que hablé, por lo menos, con unos doscientos portugueses acerca de
asuntos tocantes a su salvación eterna. Descubrí que muy pocos de
aquellos a quienes hablé habían recibido educación literaria, ninguno
había leído la Biblia, no más de media docena tenían una ligerísima
noticia de lo que son los libros santos. Casi todos eran fanáticos
papistas y miguelistas de corazón. Por tanto, cuando me decían que
eran cristianos, negábales yo la posibilidad de que lo fueran, pues
ignoraban a Cristo y sus mandamientos, y ponían la esperanza de su
salvación en reglas externas y prácticas supersticiosas inventadas
por Satanás para mantenerlos en tinieblas y que al cabo cayesen
en el abismo que les tenía preparado. Díjeles muchas veces que el
Papa, a quien reverenciaban, era un insigne impostor y el principal
ministro de Satanás en la tierra, y que los frailes y monjes, cuya
ausencia lamentaban, a quienes estaban acostumbrados a confesar sus
pecados, eran agentes subalternos suyos. Cuando me pedían pruebas,
aducía invariablemente la ignorancia de mis oyentes respecto de las
Escrituras, y decía que si sus guías espirituales hubiesen realmente
sido ministros del Señor, no hubieran dejado a sus rebaños ignorar su
palabra.
Desde entonces acá, me ha sorprendido muchas veces el no recibir
insultos ni malos tratos de la gente cuya superstición atacaba
yo de ese modo; en verdad, nada malo me sucedió, y me inclino a
creer que la extremada audacia que yo desplegaba, confiado en la
protección del Todopoderoso, puede haber sido la causa de ello. Lo
mejor frente al peligro es mirarlo cara a cara, y así generalmente se
desvanece como las nieblas de la mañana a la luz del sol; mientras
que, desanimándose, el peligro se hace de fijo mayor. Abrigo la viva
esperanza de que mis palabras llegaron muy adentro en el corazón
de algunos de mis oyentes, porque vi a muchos de ellos marcharse
abstraídos y pensativos. En ocasiones repartía entre estas gentes
algunos folletos, pues aunque fuesen incapaces de sacar de ellos
personalmente gran provecho, pensé que servirían de instrumento para
que en lo futuro cayeran en otras manos y alguien los utilizara para
su salvación. ¡Cuánto libro abandonado a las olas aborda a remotas
playas, y allí sirve de bendición y consuelo a millones de gentes que
ignoran su procedencia!
Al siguiente día, viernes, fuí a visitar en su casa a mi amigo don
Jerónimo Azveto. No le encontré, pero me dijeron que le buscase en
la Seo, o palacio episcopal, en uno de cuyos aposentos le hallé,
en efecto, escribiendo con otro señor, a quien me presentó; era el
gobernador de Evora, que me recibió con toda bondad y cortesía.
Después de hablar un rato salimos juntos a visitar un edificio
antiguo, del que se decía que en tiempos pasados fué templo de Diana.
Parte de él era evidentemente de construcción romana; no había lugar
a error ante las bellas y elegantes columnas que sostenían la cúpula,
bajo la que probablemente se cumplían sacrificios a la divinidad más
poética y atrayente de los gentiles; pero los antiguos intercolumnios
habían sido macizados en tiempos modernos, y el resto del edificio
parecía ser de fines de la Edad Media. Estaba situado en un extremo
de la antigua casa de la Inquisición, y fué residencia del obispo
antes de construirse la Seo actual.
Dentro de la Seo, donde vive ahora el gobernador, hay una magnífica
biblioteca, que ocupa una inmensa pieza abovedada, como la nave de
una catedral; en un aposento contiguo hay una colección de cuadros de
autores portugueses, principalmente retratos, entre los que se halla
el de don Sebastián. Quiero creer que el pintor no le hizo justicia,
porque le representó en figura de un tosco mancebo como de diez y
ocho años, abotagado y bobo, con ojos saltones, y una golilla en
torno del cuello corto y apoplético.
Me enseñaron varios misales con bellas miniaturas, y otros
manuscritos, uno de cuales atrajo sobre todo mi atención, por motivos
que se adivinan con sólo decir que su título era:
«_Forma sive ordinatio Capelle ilustrissimi et xianissimi principis
Henrici Sexti Regis Anglie et Francie am dm̄ Hibernie descripta
serenissiō principi Alfonso Regi Portugalie illustri per humilen
servitoren sm̄ Willm. Sav. Decanū capelle supradicte._»
¡Me pareció oír la voz de mi amada tierra natal en los tiempos
pasados! La biblioteca y la colección de cuadros las formó uno de los
últimos obispos, varón muy ilustrado y piadoso.
Por la noche cené con don Jerónimo y su hermano; éste nos dejó en
seguida para cumplir sus deberes de militar. Mi amigo y yo hablamos
con detenimiento de cosas importantes. Empezó lamentándose de la
ignorancia en que estaban sumidos sus conterráneos, y me dijo que
tanto él como su amigo el gobernador se proponían establecer un
colegio en aquellos contornos, habiéndose dirigido al Gobierno en
demanda de autorización para utilizar un convento vacío, llamado el
_Espinheiro_, o el espino, distante una legua de allí, y esperaban
ver aceptada su propuesta. Ya le había yo dicho a don Jerónimo mi
calidad y mis propósitos; y al manifestarle ahora mi contento por
los planes que abrigaba, le rogué con las más vivas instancias que
usase de su valimiento para que la educación dada a los muchachos
tuviera por base el conocimiento de las Escrituras, y añadí que la
mitad de las Biblias y Testamentos llevados por mí a Evora la ponía
gustoso a su disposición. Al instante me tendió la mano, y aceptó mi
oferta con gran placer, prometiéndose hacer cuanto pudiera en pro de
mis intenciones, también suyas en muchos respectos. Entonces añadí
que yo no había ido a Portugal con la idea de propagar los dogmas de
una secta particular, sino con la esperanza de difundir la Biblia,
manantial de cuanto es útil y conducente al bien de la sociedad;
que no me importaba lo que la gente profesara, con tal que tuviese
por guía la Biblia, porque allí donde se leen las Escrituras, ni la
superchería clerical ni la tiranía duran mucho; aduje como ejemplo
mi propio país, cuya libertad y prosperidad se deben a la Biblia, y
donde cabalmente el último perseguidor del libro, la sanguinaria e
infame María Tudor, fué también el último tirano que se sentó en el
trono. Me separé de mi amigo ya muy entrada la noche, y a la mañana
siguiente le envié los libros, en la firme y confiada esperanza de
que una aurora radiante y gloriosa iba a disipar las lúgubres sombras
de la noche que durante tanto tiempo habían envuelto al Alemtejo.
Al siguiente día de este interesante suceso, sábado, hablé de nuevo
con el hombre de Palmella. Le pregunté si nunca en sus viajes le
habían atacado los ladrones; me respondió que no, pues, en general,
viajaba acompañado. «Sin embargo—añadió—cuando viajo solo tampoco
tengo miedo, porque voy bien protegido.» Supuse que llevaría buenas
armas, y así se lo dije. «No más arma que esta»—repuso, mostrándome
uno de esos enormes cuchillos de manufactura inglesa, de que suelen
estar provistos los campesinos portugueses. Esos cuchillos se emplean
para muchos usos, y me parecen un arma bastante más eficaz que el
puñal. «Pero no es este cuchillo—continuó el hombre—lo que me da más
confianza.» «¿Pues qué es?» «Esto—contestó, y extrajo del seno un
escapulario que llevaba colgado del cuello con un cordón de seda—.
Aquí llevo una _oraçam_, o plegaria, escrita por una persona de
virtud, y mientras no se aparte de mí no me ocurrirá nada.» Como la
curiosidad es el principal rasgo de mi carácter, dije al momento al
hombre aquel, con gran calor, que si me dejaba leer la oración me
proporcionaría un placer vivísimo. «Bueno—contestó—; somos amigos,
y voy a hacer por usted lo que haría por muy pocos.» Me pidió el
cortaplumas, y sin descoser el envoltorio sacó un pedazo de papel,
bastante grande, cuidadosamente ajustado a él. Corrí a mi aposento
para examinarlo. Estaba escrito con garrapatos casi ilegibles, y tan
manchado de sudor, que me costó mucho trabajo descifrar su contenido;
al cabo conseguí hacer la siguiente transcripción literal del
conjuro, escrito en mal portugués, pero que me impresionó en aquella
ocasión, por tratarse de la composición más extraordinaria que había
visto:
EL CONJURO.—«Justo juez y divino Hijo de la Virgen María, que naciste
en Belén, Nazareno, y fuiste crucificado entre la muchedumbre de los
judíos, te suplico, Señor, por tu sexto día, que mi cuerpo no sea
preso por la justicia ni reciba de sus manos la muerte, la paz sea
con nosotros, la paz de Cristo, venga a mí la paz, la paz sea con
nosotros, dijo Dios a sus discípulos. Si la maldita justicia recela
de mí, o pone en mí sus ojos, para apoderarse de mí o robarme, que
sus ojos no puedan verme, que su boca no pueda hablarme, que sus
oídos no puedan oírme, que sus manos no puedan agarrarme, que sus
pies no puedan seguirme; de suerte que, armado con las armas de San
Jorge, cubierto con el manto de Abraham y embarcado en el arca de
Noé, no puedan verme, ni oírme, ni verter la sangre de mi cuerpo.
Te conjuro, además, Señor, por aquellas tres benditas cruces,
por aquellos tres benditos cálices, por aquellos tres benditos
sacerdotes, por aquellas tres hostias consagradas, que me des aquella
dulce compañía que diste a la Virgen María desde las puertas de Belén
a los portales de Jerusalem, para que pueda yo ir y venir alegre y
gustoso con Jesucristo, el Hijo de la Virgen María, madre, y, sin
embargo, siempre virgen.»
La posadera y su hija llevaban pendientes del cuello otros
escapularios con amuletos semejantes, para librarse, según decían,
de todo maleficio. La creencia en la brujería está muy extendida
entre los campesinos del Alemtejo, y creo que entre todos los de
Portugal. Esta es una de las reliquias del régimen frailuno, que en
todos los países donde ha existido parece haberse propuesto embotar
el entendimiento del pueblo para extraviarlo con más facilidad. Todos
esos amuletos estaban confeccionados por frailes, que se los vendían
a sus entontecidos penitentes.
Los monjes de las iglesias griega y siria trafican también con estas
cosas, aun sabiendo que son nocivas, y anteponen ese comercio a la
difusión del saludable bálsamo del Evangelio, porque de aquél sacan
muy buenas ganancias y mantienen así el engaño que les permite vivir
regaladamente.
La mañana del domingo fué muy hermosa, y la explanada que hay delante
del convento de San Francisco se llenó de gente que iba a misa o
volvía de oírla. Cumplidas mis devociones matinales me desayuné, y
bajé a la cocina; una muchacha llamada Gerónima estaba sentada al
amor de la lumbre. Le pregunté si había oído misa, y me respondió
que ni la había oído ni pensaba oírla. Inquirí el motivo y replicó
que desde la expulsión de los frailes de sus iglesias y conventos,
había dejado de oír misa y de confesarse, porque los curas no tenían
en tal ministerio poder espiritual, y, por tanto, se abstenía de ir
a molestarlos. Dijo que los frailes eran unos santos varones, muy
caritativos, que a diario daban de comer en el convento de enfrente a
cuarenta pobres con las sobras de la comida del día anterior, y ahora
a esa gente se la dejaba morirse de hambre. Contesté que como vivían
de la enjundia de la tierra, bien podían permitirse los frailes
arrojar unos pocos huesos a sus pobres, haciéndolo así por política,
con la esperanza de ganar amigos para los casos de apuro. La muchacha
me dijo después que, como domingo, tal vez desearía yo entretenerme
viendo algún libro, y sin esperar respuesta me trajo unos cuantos.
Eran en su mayoría narraciones populares de vidas y milagros de
santos, pero entre ellos había una traducción del libro de Volney,
_Las ruinas_. Pregunté cómo había adquirido tal obra. Díjome que un
joven, ardiente constitucionalista, se la había dado unos meses
antes, con muchas instancias para que la leyese, ponderándosela como
uno de los mejores libros del mundo. Repuse que el autor, enviado
de Satán, enemigo de Jesucristo y del alma humana, había escrito la
obra con el único propósito de mofarse de la religión y de inculcar
la doctrina de que no hay vida futura ni premio para el virtuoso ni
castigo para el malo. La muchacha, sin responder palabra, se fué a
otro aposento, del que volvió con el delantal lleno de astillas y
otra leña menuda, volcándola en la lumbre, que levantó viva llama.
Entonces, tomando de mis manos el libro, lo echó en la hoguera, se
sentó, sacó del bolsillo un rosario y estuvo rezando hasta que el
volumen quedó consumido. Fué esto un auto de fe en el mejor sentido
de la palabra.
El lunes y el martes hice mis acostumbradas visitas a la fuente, y
también recorrí los alrededores, montado en una mula, para repartir
folletos. Dejé caer una buena porción de ellos en los paseos
preferidos por la gente de Evora, porque era dudoso que los aceptaran
si yo se los ofrecía en propia mano, mientras que si los veían
tirados por el suelo, pensaba yo que la curiosidad acaso los indujera
a cogerlos y leerlos.
En la tarde del martes fuí a despedirme de mi amigo Azveto, pues
mi intención era salir de Evora el jueves siguiente y regresar a
Lisboa; con esta mira alquilé una calesa, cuyo dueño me dijo que
había servido como soldado en la _grand’armée_ de Napoleón y asistido
a la campaña de Rusia. Tenía toda la estampa de un borracho. Su
rostro era carbuncoso, y su aliento apestaba a aguardiente. Muchos
deseos tenía de hablar conmigo en francés, enorgulleciéndose de
poseer ese idioma; pero yo rehusé, y le dije que me hablase en la
lengua del país o no cruzaría la palabra con él.
El miércoles empeoró el tiempo y, a ratos, llovió. Al bajar a la
cocina me encontré con que mi amigo el de Palmella se había marchado;
pero habían llegado varios _contrabandistas_ de España. Casi todos
eran muy apuestos, y, a diferencia de los dos que vi la semana
anterior, locuaces y expansivos; sólo hablaban su lengua natal
y parecían sentir gran desprecio por el portugués. La magnífica
entonación del español resonaba muy ventajosamente junto al dialecto
chillón de Portugal. Pronto trabé con ellos un grave coloquio, y
descubrí con alegría que todos sabían leer. Ofrecí al más viejo,
hombre de unos cincuenta años de edad, un folleto en español, y
después de examinarlo un rato con mucha atención, se alzó de su
asiento y, poniéndose en medio del cuarto, comenzó a leer en alta
voz, despacio y con gran énfasis. Sus compañeros le rodearon, y
de vez en cuando manifestaban su conformidad con lo que oían. En
ocasiones, el lector acudía a mí en demanda de explicación de algún
pasaje que no entendía bien, por referirse a determinados textos de
la Escritura, ya que ninguno de la cuadrilla había visto nunca el
Antiguo ni el Nuevo Testamento. Continuó leyendo más de una hora,
hasta acabar el folleto; al concluir, todos clamaron por otros
parecidos, y se los di con mucho gusto.
Casi todos aquellos hombres hablaban del clericalismo y del régimen
frailuno con odio profundo, hasta preferir la muerte a someterse
de nuevo al yugo que había oprimido sus cuellos. Híceles muchas
preguntas acerca de la opinión de sus parientes y amigos sobre ese
punto, y me aseguraron que en la parte de la frontera española
frecuentada por ellos, todos eran de la misma opinión, importándoles
tan poco el Papa y sus frailes como don Carlos, porque éste era un
_chicotito_ y un tirano, y los otros, ladrones y salteadores. Díjeles
que no debían confundir la religión con la superstición clerical, ni
olvidar por odio a ésta que hay un Dios y un Cristo en quien hemos de
buscar nuestra salvación, y cuya palabra estaban obligados a meditar
en todo momento; expresáronse, al oírme, como muy devotos creyentes
en Cristo y en la Virgen.
Estos hombres eran, en muchos respectos, más ilustrados que los
campesinos del contorno, pero en otros se hallaban en iguales
tinieblas; creían en brujerías y en el poder de hechizos y ensalmos.
La noche fué muy borrascosa. A eso de las nueve oímos un galope que
se acercaba, y a poco llamaron a la puerta; abrieron, y se precipitó
en la cocina, todo azorado, un hombre montado en un jumento; llevaba
una raída chaqueta de piel de carnero de las llamadas en español
_zamarras_, con calzones de lo mismo; desde las rodillas para abajo
tenía las piernas desnudas. Alrededor del _sombrero_ llevaba atada
una gran cantidad de la hierba llamada en inglés _rosemary_, _romero_
en español, y en portugués rústico _alecrim_, palabra de origen
escandinavo (_ellegren_), que significa planta mágica, llevada
probablemente al Sur por los vándalos. El recién llegado parecía
loco de terror, y contó que las brujas le habían venido persiguiendo
y revoloteando en torno de su cabeza desde hacia dos leguas. Aquel
hombre traía de la frontera de España harina y otros artículos;
dijo que su mujer venía tras él y estaba a punto de llegar. Llegó,
en efecto, un cuarto de hora después, chorreando agua y montada
también en un borrico. Pregunté a mis amigos los _contrabandistas_
qué significaba el romero, y me dijeron que era bueno contra las
brujas y las desventuras del camino. No me entretuve en combatir
esta superstición, porque la calesa iría a buscarme a las cinco de la
mañana y deseaba yo aprovechar el poco tiempo que podía consagrar el
sueño.