Boteros del Tajo.—Peligros de la corriente.—Aldea Gallega.—La
hostería.—Ladrones.—Sabocha.—Aventura de un arriero.—_Estalagem
de ladrões._—Don Gerónimo.—Vendas Novas.—Un Sitio Real.—Los
cerdos del Alemtejo.—Monte Moro.—Un cabrero singular.—Los hijos
de los campos.—Infieles y saduceos.
En la tarde del 6 de diciembre salí para Evora en compañía de mi
criado. El paso del río se hace en unas lanchas o faluchos, como
les llaman, que prestan servicio regular. Me habían dicho que la
corriente sería favorable a eso de las cuatro, pero al llegar a
la orilla del Tajo, frente a Aldea Gallega, punto entre el cual y
Lisboa circulan las lanchas, me encontré con que la corriente no les
permitiría salir antes de las ocho de la noche. Si esperaba hasta esa
hora, desembarcaría probablemente en Aldea Gallega hacia la media
noche, y no tenía yo muchas ganas de hacer mi _entrée_ en el Alemtejo
a tales horas; por tanto, como vi varados allí algunos pequeños
botes, que podían salir en cualquier momento, resolví alquilar uno
para la travesía, aunque el costo era mucho mayor. Pronto cerré trato
con un muchacho de mirar selvático que se ofreció a tomarme a bordo
de uno de aquellos botes, del que era copropietario, según dijo. No
sabía yo lo peligroso que es cruzar el Tajo por su parte más ancha,
precisamente desde enfrente de Aldea Gallega, en cualquier tiempo,
pero sobre todo a la caída de la tarde en invierno; que a saberlo no
me hubiera aventurado a tanto. El muchacho, y un camarada suyo de
aspecto miserable, cuyo único vestido, a pesar de la estación, era
un jubón y unos calzones andrajosos, remaron hasta llegar a media
milla de la costa; entonces izaron una vela muy grande, y el muchacho
que parecía ser el jefe y dirigirlo todo, empuñó el timón y se puso
a gobernar el bote. La tarde comenzaba a oscurecer; el sol estaba
ya cerca de la raya del horizonte; hacía mucho frío, y las olas del
noble Tajo comenzaron a coronarse de espumas. Dije al botero que era
casi imposible que el bote llevase tanta vela sin zozobrar, y al
oírme, se echó a reír, y comenzó una charla de lo más incoherente.
Su pronunciación era la más rápida y áspera que hasta entonces había
observado en ningún ser humano; mezclábanse en ella alaridos de hiena
con ladridos de perro, pero eso no era, en modo alguno, indicio de
su condición natural, alegre y desenvuelta y sin asomos de mala
intención, según vi muy pronto. Cuando, para demostrarle el poco
caso que le hacía, me puse a cantar _Eu que sou contrabandista_, se
echó a reír con toda su alma, y dándome palmadas en el hombro, me
dijo que haría todo lo posible por no ahogarnos. Al otro pobrecillo
no parecía repugnarle gran cosa irse a fondo; sentado en la proa del
bote, semejaba la estatua del hambre, y cuando las olas, rompiendo
por el lado del mar, le mojaban los escasos vestidos, sonreía. De
allí a poco me convencí de que había llegado nuestra última hora; el
viento era cada vez más fuerte, las olas más hirvientes, el bote se
ponía con frecuencia de través, y el agua nos entraba a torrentes
por sotavento. A pesar de todo, aquel mozo salvaje, sin soltar el
timón, reía y parlaba, y a veces, berreaba un trozo de _Quando el rey
chegou_, canción miguelista, que no se podía cantar en Lisboa sin ir
a la cárcel.
La corriente estaba en contra nuestra, pero el viento nos era
favorable; emprendimos una carrera vertiginosa, y vi que nuestra
única probabilidad de salvación estaba en doblar rápidamente el
saliente de la margen del Tajo, donde comienza la ensenada o bahía
en que se halla Aldea Gallega, porque entonces ya no tendríamos que
luchar con las olas del río, encrespadas por el viento contrario.
La voluntad del Todopoderoso nos permitió ganar prontamente aquel
refugio, no sin que antes el bote se llenase casi por completo de
agua, y nos caláramos hasta los huesos. A eso de las siete de la
tarde atracamos en Aldea Gallega, tiritando de frío, y en un estado
lamentable.
Esas dos palabras españolas: Aldea Gallega, son el nombre de un
pueblo que podrá tener unos cuatro mil habitantes. Era noche cerrada
cuando desembarcamos. A poco, comenzaron a volar cohetes aquí y
allá, iluminando el espacio en todas direcciones. Cuando íbamos
por la calle sucia y desempedrada que conduce al _largo_ o plaza,
un estruendo horrible de tambores y gritos nos atronó los oídos.
Pregunté la causa de tanto bullicio, y me dijeron que era la víspera
de la concepción de la Virgen.
Como no era costumbre de los posaderos proveer al sustento de sus
huéspedes, vagué por las calles en busca de provisiones; al cabo,
viendo a unos soldados que comían y bebían en una especie de taberna,
entré y pedí al dueño que me proporcionase algo de cena, y sin
tardanza me satisfizo, no del todo mal, aunque cobrándolo a buen
precio.
Me acosté temprano, porque las mulas que había contratado para
llevarnos a Evora, vendrían a buscarnos a las cinco de la mañana
siguiente. Mi criado dormía en la misma habitación, única disponible
en la posada. No pude pegar los ojos en toda la noche. Teníamos
debajo una cuadra, en la cual dormían varios _almocreves_ o
carreteros con sus mulas. Detrás de nosotros, en el corral, había una
pocilga. ¿Cómo dormir? Los cerdos gruñían, resoplaban las mulas, y
los _almocreves_ roncaban de un modo horrible. Oí dar las horas en
el reloj del pueblo hasta media noche, y desde media noche hasta las
cuatro, hora en que me levanté y comencé a vestirme, enviando a mi
criado a dar prisa al hombre de las mulas, porque estaba harto de la
posada y deseaba marcharme cuanto antes. Un viejo huesudo y fuerte,
acompañado de un muchacho descalzo, llegó con las bestias, que eran
bastante regulares. El viejo, dueño de las mulas, y tío del muchacho,
venía dispuesto a acompañarnos hasta Evora.
Cuando salimos, la luna brillaba esplendorosa, y el frío de la mañana
era penetrante. Tomamos un camino hondo y arenoso, al salir del
cual pasamos ante un vasto edificio, de extraño aspecto, situado en
una desamparada colina arenosa, a nuestra izquierda. Cinco o seis
hombres a caballo, que marchaban a buen paso, nos dieron rápidamente
alcance. Todos llevaban largas escopetas colgadas del arzón, y la
boca de los cañones asomaba como a dos pies por debajo de la panza de
los caballos. Pregunté al viejo la razón de aquel aparato guerrero.
Respondióme que los caminos estaban muy malos (quería decir que
abundaban los ladrones) y que aquellos hombres iban armados así para
su defensa; muy poco después torcieron a la izquierda, en dirección
de Palmella.
Entramos en una planicie arenosa, salpicada de pinos enanos; el
camino era poco más que un sendero, y conforme avanzamos, los árboles
fueron espesándose hasta formar un bosque, que se extendía unas dos
leguas, con espacios claros, donde pastaban rebaños de cabras y
ovejas; las cencerrillas que llevaban colgadas del cuello sonaban con
un tintineo apagado y monótono. El sol estaba empezando a salir, pero
la mañana era triste y nublada, y esto, unido al desolado aspecto
de la comarca, causaba en mi ánimo una impresión desagradable. Eché
pie a tierra y anduve un poco, trabando conversación con el viejo.
Al parecer, no sabía hablar más que de «los ladrones» y de las
atrocidades que tenían por costumbre cometer en los mismos sitios
por donde íbamos pasando. Las historias que contaba eran, en verdad,
horribles, y por no oírlas, monté de nuevo y me adelanté un buen
trecho.
Al cabo de hora y media salimos del bosque a un terreno quebrado,
yermo y bravío, cubierto de _mato_, o matorrales. Las mulas
detuviéronse a beber en un charco de poca hondura; y al mirar a la
derecha, vi las ruinas de una pared. Aquello era, según me dijo el
guía, lo que quedaba de _Vendas Velhas_, o Ventas Viejas, antigua
guarida de Sabocha, ladrón famoso. Parece que el tal Sabocha tuvo a
sus órdenes, unos diez y seis años antes, una partida de cuarenta
bandoleros, que infestaban aquellos despoblados y vivían del robo.
Durante mucho tiempo, el ventero Sabocha ejerció su atroz oficio sin
infundir sospechas, y muchos infelices viajeros fueron asesinados en
el silencio de la noche dentro de la venta solitaria regentada por él
en aquel bosque; nunca he visto, en verdad, situación más a propósito
para robar y matar. La cuadrilla tenía la costumbre de abrevar
sus caballos en aquel charco, y quizás allí se lavaban las manos
manchadas con la sangre de sus víctimas. El segundo de la cuadrilla
era hermano de Sabocha, tipo fortísimo y feroz, famoso sobre todo
por su destreza en tirar el cuchillo, con el que solía atravesar a
sus enemigos. Al fin se descubrió la connivencia de Sabocha y de
los bandidos, y el ventero huyó con la mayor parte de sus socios,
cruzando el Tajo para refugiarse en las provincias del Norte; en un
encuentro fortuito con la fuerza pública, en el camino de Coimbra,
Sabocha y toda su cuadrilla perdieron la vida. Su casa fué arrasada
por orden del Gobierno.
Los ladrones frecuentan todavía esas ruinas, y en ellas comen y
beben, en acecho de una presa, porque el sitio domina un buen trozo
del camino. El viejo me aseguró que, unos dos meses antes, al volver
a Aldea Gallega con sus mulas de acompañar a unos viajeros, le
había derribado, desnudado y robado un individuo que, a su parecer,
salió de aquel nido de asesinos. Díjome que el agresor era joven y
de fuerza extraordinaria, con inmensos bigotes y patillas, armado
con una _espingarda_ o mosquete. Unos diez días más tarde vió al
ladrón en Vendas Novas, en donde nosotros íbamos a pasar la noche.
El individuo, al reconocer a su víctima, le llevó aparte, y con
horrendas imprecaciones le intimó que no volvería a ver más su casa
si intentaba delatarle; el viejo se estuvo en paz, porque tenía muy
poco que ganar y sí mucho que perder haciendo que prendieran al
ladrón, ya que no hubieran tardado en soltarlo por falta de pruebas,
y entonces era inevitable su venganza si no se adelantaban sus
compañeros a tomarla.
Me apeé y fuí hasta las ruinas, donde vi los restos de una hoguera y
una botella rota. Los hijos del robo habían pasado por allí muy poco
antes. Dejé un ejemplar del _Nuevo Testamento_ y algunos folletos, y
partimos apresuradamente.
El sol había disipado las nieblas y empezaba a calentar mucho.
Llevaríamos próximamente otra hora de camino, cuando sonó un
relincho a nuestra espalda, y el guía nos dijo que venía un grupo de
hombres a caballo; como nuestras mulas andaban a buen paso, tardaron
lo menos veinte minutos en alcanzarnos. El jinete que rompía la
marcha era un caballero vestido con elegante traje de camino; un
poco detrás seguían un oficial, dos soldados y un mozo de librea.
Oí al caballero que parecía principal, preguntar a mi criado, al
emparejarse con él, quién era yo, y si francés o inglés. Le dijo
que un caballero inglés, de viaje. Preguntó entonces si entendía el
portugués, y el criado respondió qué sí, pero que, a su parecer,
hablaba yo mejor el italiano y el francés. El caballero espoleó el
caballo y me abordó, pero no en portugués, francés ni italiano,
sino en el inglés más puro que he oído hablar a un extranjero; no
había en su pronunciación ni el más leve acento extranjero, y, a no
haber conocido en su rostro que mi interlocutor no era inglés (como
todos saben, hay en el semblante de un inglés una particularidad
indescriptible que le delata), hubiera creído que se trataba de un
compatriota. Continuamos juntos departiendo hasta llegar a Pegões.
Pegões se compone de dos o tres casas y de una posada; hay, además,
una especie de barraca donde se alberga media docena de soldados. No
hay en todo Portugal un sitio de peor fama que éste, y la posada
lleva el apodo de _Estalagem de Ladrões_ o sea, hostería de ladrones;
porque los bandidos que campan por los despoblados que se extienden
a varias leguas a la redonda, tienen la costumbre de venir a esta
posada a gastar el dinero y demás productos de su criminal oficio;
allí cantan y bailan, comen conejo guisado y aceitunas, y beben el
vino espeso y fuerte del Alemtejo. Una enorme fogata, alimentada por
el tronco de un alcornoque, ardía en un fogón bajo, a la izquierda
de la entrada de la espaciosa cocina. Arrimadas al fuego cocían
varias ollas, cuyo apetitoso olor me recordó que aún no me había
desayunado, a pesar de ser cerca de la una y de haber hecho a caballo
cinco leguas. Varios hombres, de aspecto siniestro, que si no eran
bandidos, fácilmente podían ser tomados por tales, estaban sentados
en unos leños al amor de la lumbre. Híceles algunas preguntas
indiferentes, a las que contestaron con desembarazo y cortesía, y uno
de ellos, que dijo saber de letra, aceptó un folleto que le ofrecí.
Mi nuevo amigo, después de encargar la comida, o más bien almuerzo,
me invitó con gran amabilidad a participar en él, y, al mismo tiempo,
me presentó a su acompañante el oficial, hermano suyo, que también
hablaba inglés, pero con menos perfección. Mi amigo resultó ser
don Jerónimo José de Azveto, secretario del Gobierno en Evora; su
hermano pertenecía a un regimiento de húsares que tenía el cuartel
general en aquella ciudad, pero con patrullas destacadas a lo
largo del camino, por ejemplo, en el lugar donde nos encontrábamos
detenidos.
En Pegões, el principal artículo de comer parece que son los conejos,
muy abundantes en los páramos de las cercanías. Comimos uno frito,
con una pringue deliciosa, y luego otro asado, que nos sirvieron
entero en una fuente; la posadera, después de lavarse las manos, lo
partió, y luego vertió sobre los pedazos una salsa sabrosa. Comí con
mucho gusto de ambos platos, sobre todo del último, quizás por la
curiosa y para mí nueva manera de aderezarlo. Con unos higos de los
Algarves, excelentes, y unas manzanas, concluyó nuestra comida; pero
el cuartito reservado en que comimos era de suelo cenagoso, y su
frialdad me penetró de modo que ni de los manjares ni de la agradable
compañía pude sacar todo el placer que en otro caso hubiera tenido.
Don Jerónimo se había educado en Inglaterra, país en que transcurrió
su infancia, lo cual explicaba en mucha parte su dominio de la lengua
inglesa, que únicamente se puede aprender bien residiendo en el país
durante aquella etapa de la vida. Había, además, huído a Inglaterra
poco después de la usurpación del Trono de Portugal por don Miguel,
y desde allí fué al Brasil, donde se consagró al servicio de don
Pedro, y le acompañó en la expedición que terminó por la caída
del usurpador y el establecimiento del Gobierno constitucional en
Portugal. Nuestra conversación versó sobre literatura y política,
y mi conocimiento de las obras de los escritores más famosos de
Portugal fué acogido con sorpresa y contento; nada tan halagüeño
para un portugués como observar que un extranjero se interesa por su
literatura nacional, de la que, en muchos respectos, se enorgullece
con justicia.
A eso de las dos cabalgamos de nuevo y proseguimos juntos nuestro
camino a través de un país exactamente igual al que habíamos
atravesado antes, áspero y quebrado, con grupos de pinos aquí y allá.
La tarde era muy despejada, y los brillantes rayos del sol realzaban
la desolación del paisaje. Habríamos avanzado dos leguas, cuando
percibimos en lontananza un gran edificio, de majestuosa apariencia,
que era, según me dijeron, un palacio real situado al otro extremo de
Vendas Novas, pueblo donde íbamos a pernoctar; aún nos faltaba más de
una legua para llegar a él, pero a través de la clara y transparente
atmósfera de Portugal, parecía mucho más próximo.
Antes de llegar a Vendas Novas pasamos junto a una cruz de piedra, en
cuyo pedestal había cierta inscripción conmemorativa de un asesinato
horrible cometido en aquel lugar en la persona de un lisboeta; la
cruz parecía ya antigua y estaba cubierta de musgo; la inscripción
era, en su mayor parte, ilegible, al menos para mí, que no podía
gastar mucho tiempo en descifrarla. Llegados a Vendas Novas y
encargada la cena, mi nuevo amigo y yo fuimos dando un paseo a ver el
palacio. Fué edificado por el difunto rey de Portugal, y su aspecto
exterior es poco notable. El edificio, largo y con dos alas, consta
de dos pisos tan sólo, aunque parece mucho más alto por estar situado
en una elevación del terreno; tiene quince ventanas en el piso alto
y doce en el bajo, con una puerta mezquina, algo así como la puerta
de un granero, a la que se llega por un solo peldaño. El interior
corresponde al exterior, y no hay en él nada interesante para el
curioso, excepto las cocinas, magníficas en verdad, y tan grandes,
que puede condimentarse en ellas al mismo tiempo comida suficiente
para todos los habitantes del Alemtejo.
Pasé la noche con toda comodidad en una cama limpia, lejos de todos
aquellos ruidos tan frecuentes en las posadas portuguesas, y a
las seis de la mañana del siguiente día continuamos el viaje, que
esperábamos terminar antes de ponerse el sol, porque Evora sólo dista
diez leguas de Vendas Novas. Si la mañana anterior había sido fría,
ésta lo era mucho más, tanto que, poco antes de salir el sol, no pude
resistir más a caballo, y, echando pie a tierra, corrí y anduve hasta
llegar a unas casuchas en el límite de los desolados páramos. En una
de aquellas casas se encontraron los emisarios de don Pedro y los de
don Miguel, y allí se concertó la renuncia de este último a la corona
en favor de doña María de la Gloria; Evora fué el postrer reducto
del usurpador, y las parameras del Alemtejo el último teatro de las
luchas que tanto tiempo agitaron al infortunado Portugal. Contemplé,
pues, con mucho interés aquellas miserables chozas, y no dejé de
esparcir por los contornos algunos de los preciosos folletitos que,
con una corta cantidad de _Testamentos_, llevaba en mi saco de noche.
El paisaje comenzó desde allí a mejorar; dejamos atrás los agrestes
matorrales y atravesamos colinas y valles cubiertos de alcornoques y
de _azinheiras_, las cuales producen bellotas dulces o _bolotas_, tan
agradables como las castañas, y principal alimento en invierno de los
numerosos cerdos que cría el Alemtejo. Los cerdos son muy hermosos:
de patas cortas, corpulentos, de color negro o rojo oscuro; de la
excelencia de su carne puedo dar testimonio, porque muchas veces
la he saboreado con deleite en mis viajes por esta provincia; el
_lombo_, o lomo, asado en el rescoldo, es delicioso, especialmente
comiéndolo con aceitunas.
Nos hallábamos a la vista de Monto Moro, que, como su nombre indica,
fué en otro tiempo una fortaleza de los moros. Es una colina alta y
escarpada, en cuyas cúspide y vertiente yacen muros y torreones en
ruinas. Por el lado de Poniente, en un profundo barranco o valle,
corre un delgado arroyo, cruzado por un puente de piedra; más
abajo hay un vado, que atravesamos para subir a la ciudad, la cual
comienza casi al pie de la montaña, por el Norte, y va faldeando
hacia el Noreste. La ciudad es sumamente pintoresca, con muchas casas
antiquísimas, construídas a la manera morisca. Tenía grandes deseos
de examinar los restos de la fortaleza mora en la parte alta del
monte; pero el tiempo urgía, y la brevedad de nuestra estada en el
lugar no me consintió satisfacer ese gusto.
Monte Moro es cabeza de una cadena de colinas que cruza esta parte
del Alemtejo, y que aquí se bifurca hacia el Este y el Sureste; en la
primera dirección está el camino directo a Elvas, Badajoz y Madrid;
en la segunda, el camino a Evora. La tercera montaña de la cadena
que bordea el camino de Elvas es muy hermosa. Se llama Monte Almo;
hállase cubierta de alcornoques hasta la cima, y un arroyo rumoroso
corre al pie. Bajo los rayos gloriosos del sol, brillaban las verdes
praderas, donde pacían rebaños de cabras, haciendo sonar alegremente
sus campanillas. El _tout ensemble_ semejaba un lugar encantado. Para
que nada faltase en el cuadro, encontré debajo de una _azinheira_
a un hombre, un cabrero, cuyo aspecto me hizo recordar al pastor
salvaje mencionado en cierta balada danesa.
«Sobre sus hombros tenía un jabalí—en su seno dormía un oso negro,
etc.»
El cabrero tenía en un hombro un animal, que, según me dijo, era
una _lontra_, o nutria, acabada de cazar en el arroyo inmediato;
una cuerda, atada por un extremo al brazo del cazador, la rodeaba
el cuello. A su izquierda había un saco, por cuya boca asomaban las
cabezas de dos o tres animales bastante extraños; a su derecha se
agazapaba un lobezno gruñón que estaba domesticando. Todo su aspecto
era de lo más salvaje y fiero. Tras unas pocas palabras, como las que
generalmente suelen cambiar los que se encuentran en un camino, le
pregunté si sabía leer, y no me contestó. Traté entonces de averiguar
si tenía alguna idea de Dios o de Jesucristo, y mirándome fijamente
al rostro por un momento, se volvió luego hacia el sol, ya próximo
al ocaso, hízole una reverencia, y de nuevo clavó en mí su mirada.
Creo que entendí bien esta muda respuesta, la cual significaba,
probablemente, que Dios era el autor de aquella gloriosa luz que
alumbra y alegra toda la creación. Satisfecho con esta creencia, le
dejé, y me apresuré a dar alcance a mis compañeros, que me habían
tomado considerable delantera.
Siempre he encontrado en el ánimo de campesinos más determinada
inclinación a la religión y a la piedad que en los habitantes de
las ciudades y villas; la razón es obvia: aquéllos están menos
familiarizados con las obras de los hombres que con las de Dios; sus
ocupaciones, además, son sencillas, no requieren tanta habilidad
o destreza como las que atraen la atención del otro grupo de sus
semejantes, y son, por tanto, menos favorables para engendrar la
presunción y la suficiencia propia, tan radicalmente distintas de
la humildad de espíritu, fundamento verdadero de la piedad. Los
que se burlan de la religión y la escarnecen, no salen de entre
sencillos hijos de la naturaleza; son más bien la excrecencia de
un refinamiento recargado, y aunque su influjo pernicioso llega
ciertamente a los campos, y corrompe en ellos a muchos hombres, la
fuente y el origen del mal está en los grandes centros, donde la
población se apiña y donde la naturaleza es casi desconocida. No soy
de los que van a buscar la perfección humana en la población rural de
ningún país; la perfección no existe en hijos del pecado, dondequiera
que residan; pero mientras el corazón no se corrompe, hay esperanza
para el alma, porque hasta Simón Mago se convirtió. Pero una vez que
la incredulidad endurece el corazón, y la prudencia según la carne
refuerza la incredulidad, hace falta para ablandarlo que la gracia
de Dios se manifieste con exuberancia desusada, porque en el libro
sagrado leemos que el fariseo y el mago llegaron a ser receptáculos
de gracia; pero en ninguna parte se menciona la conversión del burlón
Saduceo; ¿y qué otra cosa es un incrédulo moderno más que un Saduceo
de última hora?
La noche cerró antes que llegásemos a Evora, y después de despedirme
de mis amigos, que amablemente me ofrecieron su casa, me dirigí con
mi criado al _Largo de San Francisco_, donde, según dijo el arriero,
estaba la mejor hostería de la ciudad. Entramos a caballo en la
cocina, a continuación de la cual estaba la cuadra, como es uso en
Portugal. Gobernaban la casa una vieja que parecía gitana, y su
hija, muchacha de unos diez y ocho años, hermosa y fresca como una
flor. La casa era grande. En el piso alto había un vasto aposento,
a modo de granero, que ocupaba casi toda la longitud del edificio;
en el extremo había una divisoria para formar una alcoba de regular
comodidad, pero muy fría; el piso era de baldosa, como el de la
espaciosa sala contigua, donde los arrieros solían dormir en las
mantas y enjalmas de sus malas. Después de cenar me acosté, y luego
de ofrecer mis devociones a Aquel que me había protegido en un viaje
tan peligroso, me dormí profundamente hasta el otro día[29].
[29] El Monte Moro de que habla Borrow en este capítulo y
describe después en el VI es Montemôr, o Montemayor. (Knapp).