Consejo de guerra. El secreto profesional y el interés patriótico le
impedían ser más explícito. Había durado el Consejo de la mañana á la
noche, revelando Freya á sus jueces todo cuanto sabía... Luego, su
defensor hablaba durante cinco horas, intentando establecer una especie
de intercambio en la aplicación de la pena. La culpabilidad de esta
mujer era indiscutible y muy grandes los males que llevaba causados.
Pero debían concederle la vida á trueque de sus confesiones
importantes... Además, había que tener en cuenta la inconsciencia de su
carácter... la venganza de que la hacían objeto los enemigos del país...
Esperó hasta bien entrada la noche, al lado de Freya, la decisión del
tribunal. Su defendida parecía animada por la esperanza. Había vuelto á
ser mujer: hablaba plácidamente con él, sonreía á les gendarmes
encargados de su custodia, hacía elogios del ejército... «Unos
franceses, unos caballeros, eran incapaces de matar á una mujer...»
El _maître_ no se sorprendió al ver el gesto triste y enfurruñado de los
militares al salir de su deliberación. Parecían descontentos de su voto
reciente y mostraban á la vez la serenidad de una conciencia tranquila.
Eran soldados que acababan de cumplir su austero deber, suprimiendo todo
lo que había en ellos de simples hombres. El encargado de leer la
sentencia hinchó su voz con una energía ficticia... «¡A muerte!...»
Freya era condenada al fusilamiento, después de una larga enumeración de
crímenes: informes dados al enemigo, que representaban la pérdida de
miles de hombres; buques torpedeados á consecuencia de sus avisos, en
los que habían perecido familias indefensas.
La espía agitaba la cabeza al escuchar sus propios actos, apreciando por
primera vez toda su enormidad, reconociendo la justicia del tremendo
castigo. Pero al mismo tiempo confiaba en un bondadoso perdón á cambio
de todo lo que había revelado, en una misericordia galante... por ser
ella.
Al sonar la palabra fatal, dió un grito, pálida, con una palidez de
ceniza, y se apoyó en su abogado.
--¡Yo no quiero morir!... ¡No debo morir!... ¡Soy inocente!
Siguió gritando su inocencia, sin dar otra prueba que el desesperado
instinto de su conservación. Con la credulidad del que desea salvarse,
aceptó todos los consuelos problemáticos de su defensor. Quedaba el
recurso de apelar á la gracia del presidente de la República: tal vez la
indultase... Y firmó esta apelación con repentina esperanza.
Consiguió el abogado suspender por dos meses el cumplimiento de la
sentencia visitando á muchos de sus colegas que eran personajes
políticos. El deseo de salvar la vida de su cliente le atormentaba como
una obsesión. Había dedicado á este asunto toda su actividad y sus
influencias personales.
«¡Enamorado!... ¡enamorado como tú!», dijo con acento de burla en el
cerebro de Ferragut la voz de los consejos prudentes.
Los periódicos protestaban de este retardo en la ejecución de la
sentencia. Empezó á sonar en las conversaciones el nombre de Freya
Talberg como un argumento contra la debilidad del gobierno. Las mujeres
eran las que se mostraban más implacables.
Un día, en el Palacio de Justicia, había podido convencerse de esta
animosidad general, que empujaba á su defendida hacia los fusiles de la
ejecución. La mujer encargada de guardar las togas, verbosa comadre
familiarizada con el trato de los abogados ilustres, le había hecho
conocer sus opiniones rudamente.
--¿Cuándo matarán á esa espía?... Si fuese una pobre mujer con hijos, de
las que necesitan ganar su pan, ya la habrían fusilado... Pero es una
cocota elegante y con joyas; tal vez se ha acostado con los ministros.
Cualquier día vamos á verla en la calle... ¡Y mi hijo que murió en
Verdún!...
La prisionera, como si adivinase esta indignación pública, empezó á
considerar inmediata su muerte, perdiendo poco á poco el amor á la
existencia, que le hacía prorrumpir en mentiras y delirantes protestas.
En vano el _maître_ fingía esperanzas en el indulto.
--Es inútil: debo morir... Tengo derecho á que me fusilen... He causado
muchos daños... Me horrorizo de mí misma al recordar todos los delitos
consignados en la sentencia... ¡Y aún hay otros que ignoran!... La
soledad me ha hecho conocerme tal como soy. ¡Qué vergüenza!... Debo
irme: todo lo he perdido... ¿Qué me queda que hacer en el mundo?...
«Y fué entonces, querido señor--continuaba el abogado en su carta--,
cuando me habló de usted, del modo como se conocieron, del daño que le
hizo inconscientemente.»
Convencido de la inutilidad de sus gestiones, el _maître_ había
solicitado un último favor. Freya deseaba que la acompañase en el
momento de la ejecución: esto mantendría su serenidad. Y los del
gobierno prometían á su colega en el foro un aviso oportuno para que
asistiese al cumplimiento de la sentencia.
Eran las tres de la madrugada y estaba en lo mejor de su sueño, cuando
le despertaron unos enviados de la Prefectura de Policía. El
fusilamiento iba á realizarse al amanecer: era una decisión tomada á
última hora, para que los periodistas se enterasen tarde del suceso.
Un automóvil le llevó con sus acompañantes á la prisión de San Lázaro, á
través de París silencioso y lóbrego. Sólo unos cuantos reverberos
encapuchados cortaban con su luz macilenta la obscuridad de las calles.
En la prisión se reunió con otros funcionarios de policía y muchos jefes
y oficiales que representaban á la justicia militar. La sentenciada
dormía aún en su celda, ignorando lo que iba á ocurrir.
Marcharon en fila por los corredores de la cárcel los encargados de
despertarla, sombríos y tímidos, empujándose con su nerviosa
precipitación.
Se abrió una puerta. Bajo la luz reglamentaria estaba Freya en su lecho
con los ojos cerrados. Al abrirlos y verse rodeada de hombres, su cara
se dilató con un gesto de espanto.
--¡Valor, Freya!--dijo el director de la prisión--. El recurso de gracia
ha sido denegado.
--¡Animo, hija mía!--añadió el cura del establecimiento, iniciando el
principio de una plática.
Su terror sólo duró unos segundos. Fué la ruda sorpresa del despertar,
con el cerebro todavía paralizado. Al reunir sus recuerdos, la serenidad
volvió á su rostro.
--¿Debo morir?--preguntó--¿ha llegado ya la hora?... Pues bien; que me
fusilen. Aquí estoy.
Algunos hombres volvieron la cabeza para ocultar sus ojos...
Tuvo que saltar de la cama en presencia de dos vigilantes. Esta
precaución era para que no atentase contra su vida. Ella misma rogó al
abogado que permaneciese en la celda, como si de este modo quisiera
aminorar la molestia de vestirse ante unos desconocidos.
Ferragut adivinó la piedad y la admiración del _maître_ al llegar á este
pasaje de su carta. La había visto medio desnuda, preparando el último
tocado de su existencia.
«¡Adorable criatura! ¡Tan hermosa!... Había nacido para el amor y el
lujo, é iba á morir desgarrada por las balas, como un rudo soldado...»
Le parecían admirables las precauciones adoptadas por su coquetería para
este último instante. Deseaba morir como había vivido, echando sobre su
persona todo lo mejor que poseía. Por esto, al presentir la proximidad
de la ejecución, había reclamado días antes sus joyas y el traje que
llevaba en el momento que la detuvieron á la vuelta de Brest.
El defensor la describía con un «vestido de seda gris perla, zapatos y
medias de doradillo, gabán de pieles y en la cabeza gran sombrero con
plumas. Además, el collar de perlas estaba sobre su pecho, las
esmeraldas en las orejas y todos sus brillantes en los dedos».
Una sonrisa triste crispó sus labios al intentar mirarse en los
cristales de la ventana, negros aún por la lobreguez de la noche, y que
le servían de espejo.
--Muero como un militar: dentro de mi uniforme--dijo á su abogado.
Luego, en el recibidor de la cárcel, bajo la cruda luz artificial, esta
mujer empenachada, cubierta de alhajas, exhalando sus ropas un lejano
perfume, recuerdo de los tiempos felices, se movió con desembarazo entre
los hombres vestidos de negro y los uniformes azules.
Dos religiosas que le habían acompañado en los días anteriores parecían
más impresionadas que ella. Intentaban exhortarla, y al mismo tiempo
movían los párpados para repeler sus lágrimas... El cura no estaba menos
emocionado. Había asistido á otros reos, pero eran hombres... ¡Ayudar á
bien morir á una mujer hermosa, perfumada, centelleante de piedras
finas, como si fuese á montar en su automóvil para ir á un té de
moda!...
Ella había dudado una semana antes entre recibir á un pastor calvinista
ó un sacerdote católico. En su vida cosmopolita, de incierta
nacionalidad, no había tenido tiempo para decidirse por una religión. Al
fin, escogía al último, por parecerle más simple de intelecto, más
comunicativo...
Varias veces interrumpió al sacerdote cuando intentaba consolarla.
Parecía que fuese ella la encargada de infundir ánimo.
--Morir no es tan horrible como parece cuando se ve de lejos... Siento
vergüenza al pensar en los miedos que he pasado, en las lágrimas que
llevo derramadas... Resulta más simple de lo que yo creía... ¡Todos
hemos de morir!
Le leyeron la sentencia, con la denegación del recurso de gracia.
Después le ofrecieron una pluma para que firmase.
Un coronel le dijo que aún podía disponer de unos minutos para escribir
á su familia, á sus amigos, ó consignar su última voluntad...
--¿A quién escribir?--dijo Freya--. No tengo ningún amigo en el mundo...
«Entonces fué--continuaba el abogado--cuando tomó la pluma, como si la
acometiese un recuerdo, y trazó unas cuantas líneas... Luego rompió el
papel y vino hacia mí. Pensaba en usted, capitán: su última carta era
para usted, y la dejó sin terminar, temiendo que nunca llegase á sus
manos. Además, no estaba para escribir: su pulso era nervioso; prefería
hablar... Me pidió que enviase á usted una carta larga, muy larga,
relatando sus últimos momentos, y yo tuve que jurarle que cumpliría su
encargo.»
A partir de este instante, el _maître_ había visto las cosas mal. La
emoción perturbaba sus sentidos, pero vivían aún en su memoria las
últimas palabras de Freya al salir de la cárcel.
--Yo no soy alemana--había dicho repetidas veces á los hombres con
uniforme--. ¡No soy alemana!
Para ella, lo menos importante era morir. Únicamente le preocupaba que
pudiesen creerla de dicha nacionalidad.
El abogado se vió en un automóvil con varios hombres á los que apenas
conocía. Otros vehículos marchaban delante y detrás del suyo. En uno de
ellos iba Freya con las monjas y el sacerdote.
Una débil claridad blanqueaba el cielo, marcando las aristas de los
tejados. Abajo, en el lóbrego fondo de las calles, empezaba lentamente
la circulación del amanecer. Los primeros obreros que iban hacia su
trabajo con las manos en los bolsillos, las verduleras que regresaban de
los mercados empujando sus carretones, volvían la cabeza con interés,
siguiendo este desfile de carruajes veloces, casi todos ellos con
hombres en los pescantes al lado del conductor. Pensaban en la
posibilidad de una boda matinal... Tal vez eran gentes alegres que
venían de una fiesta nocturna... Varias veces el cortejo detuvo su
marcha, viéndose cortado por un desfile de pesadas carretas con montañas
de hortalizas.
El _maître_, á pesar de sus emociones, fué reconociendo el camino que
seguía el automóvil. En la plaza de la Nación entrevió el grupo
escultórico que representa el triunfo de la República surgiendo húmedo y
brillante de la bruma del amanecer; luego, la verja de la barrera; á
continuación, la larga avenida de Vincennes y su histórica fortaleza.
Todavía fueron más lejos, hasta llegar al campo de tiro.
Al bajar del automóvil vió una extensa llanura cubierta de hierba y
formadas en ella dos compañías de soldados. Otros vehículos habían
llegado antes. Del grupo de personas descendidas se despegó Freya,
dejando atrás á las monjas y los agentes que la escoltaban.
La luz del amanecer, azul y fría como los reflejos del acero, iluminaba
las dos masas de hombres armados formando ancha calle. En el fondo de
esta calle había un poste clavado en la tierra; más allá un furgón
obscuro tirado por dos caballos, y varios hombres vestidos de negro.
El avance de la mujer fué acogido por una voz de mando, é inmediatamente
empezaron á sonar tambores y trompetas en la cabeza de las dos
formaciones. Hubo un ruido de fusiles: los soldados presentaban las
armas. Los bélicos instrumentos lanzaron una música de gloria, el mismo
toque que saluda la presencia del jefe del Estado, de un general, de la
bandera desplegada... Era un homenaje á la justicia majestuosa y severa;
un himno á la patria implacable en su defensa.
Pensó la espía un momento que todo este aparato era para otra. Se acordó
de la mujer blanca, de fuertes pechos y ojos sin pupila, que había
visto sobre la cabeza del presidente del Consejo. Pero á continuación
quiso creer que el recibimiento triunfal era para ella... Marchaba entre
fusiles, acompañada de trompetas y tambores, como una reina.
Su defensor la vió más alta que nunca. Parecía haber crecido un palmo,
con prodigioso estiramiento. Su alma de mujer de teatro se emocionó lo
mismo que cuando se presentaba en las tablas á recibir aplausos. Todos
estos hombres se habían levantado en plena noche y estaban allí por
ella; los cobres y los parches sonaban para saludarla. La disciplina
mantenía los rostros graves y fríos, pero tenía la certeza de que la
encontraban hermosa y que detrás de muchas pupilas inmóviles se agitaba
el deseo.
Si algún temor le quedaba de perder la vida, desapareció bajo la caricia
de esta falsa gloria... ¡Morir contemplada por tantos hombres valerosos
que le rendían el mayor de los honores!... Sintió la necesidad de ser
admirable, de caer en postura artística, como si estuviese en un
escenario.
Fué pasando entre las dos masas varoniles, alta la cabeza, pisando
fuerte, con su arrogante andar de diosa cazadora, deteniendo á veces la
mirada en algunos de los centenares de ojos fijos en ella. La ilusión de
su triunfo le hacía avanzar erguida y serena, lo mismo que si pasase
revista á las tropas.
--¡Nombre de Dios!... ¡Qué empaque!--dijo detrás del abogado un oficial
joven, admirando la serenidad de Freya.
Al llegar junto al poste, alguien leyó un breve documento: el extracto
de la sentencia, tres líneas, para hacerla saber que la justicia iba á
cumplirse.
Lo único que la molestó de esta rápida notificación fué el temor de que
cesasen las trompetas y los tambores. Pero siguieron sonando, y su
estrépito belicoso entró por sus oídos con la misma impresión
reconfortante y cálida que si un vino de generosa embriaguez se
deslizase por su boca.
Un pelotón de cabos y soldados--doce fusiles--se había destacado de la
doble masa militar. Lo mandaba un suboficial de bigote rubio, pequeño,
delicado, con el sable desnudo. Freya lo contempló un momento,
encontrándolo interesante, mientras el joven evitaba su mirada.
Con un ademán de reina de escenario repelió el pañuelo blanco que le
ofrecían para vendarse los ojos. No lo necesitaba. Las monjas se
apartaron de ella para siempre. Al quedar sola, dos gendarmes comenzaron
á atarla con la espalda apoyada en el poste.
«Dicen--seguía escribiendo el defensor--que me saludó por última vez con
una de sus manos antes de que la inmovilizasen las ligaduras... Yo no vi
nada. ¡No podía ver!... ¡Era demasiado para mí!...»
El resto de la ejecución lo conocía de oídas. Continuaron sonando
trompetas y tambores. Freya, atada é intensamente pálida, sonrió como si
estuviese ebria. El vientecillo del amanecer hacía ondear los penachos
de su sombrero.
Cuando avanzaron los doce fusiles, colocándose horizontalmente á una
distancia de ocho metros, todos apuntando al corazón, ella pareció
despertar. Chilló con los ojos desencajados por el horror de la
realidad, que se imponía de pronto. Sus mejillas se cubrieron de
lágrimas. Tiró de las ligaduras con un vigor de epiléptica.
--¡Perdón!... ¡perdón!... ¡No quiero morir!
El suboficial levantó el sable y volvió á bajarlo rápidamente... Una
descarga.
Freya se dobló, resbalando su cuerpo á lo largo del poste hasta quedar
tendida en el suelo. Las balas cortaron las cuerdas que la sujetaban.
Su sombrero, como si adquiriese una vida repentina, había saltado de la
cabeza, yendo á caer unos cuantos metros más allá.
Del piquete de fusilamiento se destacó un cabo con un revólver en la
diestra. «El golpe de gracia.» Sus pies se detuvieron al borde del
charco de sangre que se iba formando en torno de la ejecutada.
Frunciendo los labios, entornando los ojos, se inclinó sobre ella, al
mismo tiempo que con el extremo del cañón levantaba los rizos caídos
sobre una de sus orejas. Todavía respiraba... Un tiro en la sien. Se
contrajo el cuerpo bajo un estremecimiento final. Luego quedó inmóvil,
con la rigidez del cadáver.
Sonaron voces, formaron las dos compañías en columna, y al ritmo de sus
instrumentos fueron desfilando ante el cuerpo de la muerta. Del lúgubre
carruaje sacaron los hombres enlutados un féretro de madera blanca.
Volviendo las espaldas á su obra, la doble masa militar marchó hacía su
campamento. Quedaba servida la justicia. Trompetas y tambores se
perdieron en el horizonte, agrandados sus sonidos por el fresco eco de
la mañana naciente. El cadáver fué depositado en aquel ataúd pobre, que
más bien parecía una caja de embalaje, despojándolo antes de sus
alhajas. Las dos monjas las recogieron con timidez: la muerta se las
había dado para sus obras de caridad. Luego quedó cerrada la tapa,
desapareciendo para siempre la que minutos antes era una mujer hermosa
que los hombres no podían ver sin estremecimientos de deseo. Las cuatro
tablas sólo guardaban harapos rojizos, carnes agujereadas, huesos rotos.
Marchó el vehículo al cementerio de Vincennes para que la enterrasen en
el rincón de los ajusticiados... Ni una flor, ni una inscripción, ni una
cruz. El mismo abogado no estaba seguro de encontrar su sepultura si
alguna vez necesitaba buscarla... ¡Y así había sido el final de esta
criatura de lujo y de placer!... ¡Así había ido á consumirse aquel
cuerpo en un agujero anónimo de la tierra, lo mismo que una bestia
abandonada!...
«Era buena--decía el defensor--, y sin embargo fué criminal. Su
educación tuvo la culpa. ¡Pobre mujer!... La habían criado para vivir en
la riqueza, y la riqueza huyó siempre de ella.»
Luego, en sus últimas líneas, el viejo _maître_ afirmaba
melancólicamente:
«Murió pensando en usted y un poco en mí... Nosotros hemos sido los
últimos hombres de su existencia.»
Esta lectura dejó á Ulises en dolorosa estupefacción. ¡Ya no vivía
Freya!... ¡Ya no corría el peligro de verla aparecer en su buque al
tocar en cualquier puerto!...
La dualidad de sus sentimientos volvió á surgir con violenta
contradicción.
«Muy bien--pensó el marino--. ¡Cuántos hombres han muerto por su
culpa!... Era inevitable su fusilamiento. Hay que limpiar el mar de
bandidos.»
Y á la vez, el recuerdo de las delicias de Nápoles, de aquel largo
encierro de harén poblado de exasperadas voluptuosidades, renació en su
memoria. La veía sin ropas, con toda la majestad de su desnudez
marfileña, tal como iba danzando ó saltando de un lado á otro del viejo
salón. ¡Y este cuerpo moldeado por la Naturaleza en un momento de
entusiasmo ya no existía!... ¡Sólo era un amasijo de carnes líquidas y
pestilentes jugos!...
Recordó su beso, aquel beso que espeluznaba su dorso y doblaba sus
piernas, haciéndolo descender como un náufrago contento de su suerte á
través de un océano de delicias... ¡Y no lo recibiría más!... ¡Y su
boca, que tenía un sabor á canela, á incienso, á selva asiática poblada
de voluptuosidades y asechanzas, no era en aquellos momentos mas que un
orificio negro que empezaba á servir de puerta á toda la gusanería de la
putrefacción!... ¡Ah, miseria!
Vió de pronto el rostro de la muerta puesto de perfil, con un ojo que se
torcía hacia él graciosa y malignamente, lo mismo que _Ojo de la mañana_
debía mirar á su dueña mientras desarrollaba sus danzas misteriosas en
la vivienda asiática.
Ulises concentró su atención en la sien pálida del fantasma,
cosquilleada por la caricia sedosa de sus bucles. Allí había puesto él
sus mejores besos: los besos de ternura y gratitud... Pero la suave
piel, que parecía hecha de pétalos de camelia, se ensombrecía ante sus
ojos. Era verde obscura y manaba sangre... Así la había visto él otra
vez... Y se acordó con remordimiento de su puñetazo de Barcelona...
Luego se partía con un agujero profundo, de contorno anguloso, igual al
de una estrella. Era el balazo de revólver, el tiro de gracia que daba
fin á sus angustias de ejecutada.
¡Pobre Freya, guerrera implacable y loca de la batalla de los sexos!...
Había pasado su existencia odiando á los hombres y necesitándolos para
vivir, haciéndoles todo el mal posible y recibiéndolo de ellos con
triste reciprocidad, hasta que al fin venía á perecer á sus manos.
No podía terminar de otro modo. Una diestra varonil había abierto este
orificio por el que escapaba la última burbuja de su existencia... Y el
capitán, viendo el perfil doloroso, con su sien purpúrea, pensó
horrorizado que nunca conseguiría borrar de su memoria la fúnebre
visión. El fantasma se achicaría, haciéndose invisible, para engañarle y
resurgir luego en todas sus horas de pensativa soledad; iba á amargar
sus noches en vela, á perseguirle á través de los años lo mismo que un
remordimiento.
Afortunadamente, las imposiciones de la vida real fueron repeliendo en
los días sucesivos estos recuerdos tristes.
«Bien fusilada está--afirmaba interiormente su autoritarismo de hombre
enérgico acostumbrado á mandar hombres--. ¿Qué hubieses hecho tú al
formar parte del tribunal que la condenó?... Lo mismo que los otros.
¡Piensa en los que han muerto por ella!... ¡Recuerda lo que dice Tòni!»
Una carta de su antiguo segundo, recibida al mismo tiempo que la del
defensor de Freya, hablaba de los grandes crímenes que la agresión
submarina estaba realizando en el Mediterráneo.
Algunos de ellos llegaban á conocerse por los náufragos que conseguían
alcanzar la costa después de largas horas de lucha ó eran recogidos por
otros buques. Los más quedaban ignorados en el misterio de las olas.
Eran torpedeamientos «sin dejar rastro», barcos que se iban á fondo con
todos sus tripulantes y pasajeros, y sólo meses después dejaban entrever
una parte de la tragedia, cuando la resaca depositaba en la costa muchos
cuerpos de imposible identificación, sin papeles, sin rostro humano.
Casi todas las semanas contemplaba Tòni algunos de estos hallazgos
fúnebres. Los pescadores veían al amanecer cadáveres que volteaban en la
playa, donde el agua muere sobre la arena, descansando unos segundos en
el suelo húmedo, para ser arrebatados á continuación por una ola más
fuerte. Al fin, incrustaban sus espaldas en la tierra, manteniéndose
inmóviles, mientras huían de sus ropas y sus carnes enjambres de peces
pequeños volviendo al mar en busca de nuevo pasto. Los carabineros
descubrían entre las rocas cuerpos destrozados en actitudes trágicas,
con los ojos vidriosos casi fuera de sus órbitas.
Muchos de ellos eran reconocidos como soldados por los andrajos que
revelaban un antiguo uniforme ó las chapas de identidad fijas en sus
muñecas. Pertenecían á Francia. Las gentes de la costa hablaban de un
transporte que había sido torpedeado viniendo de Argel... Y revueltos
con los hombres se iban encontrando cadáveres de mujeres desfiguradas
por la hinchazón, hasta el punto de que sólo por algunos detalles era
posible adivinar su edad: madres que tenían arqueados sus brazos como si
guardasen con un último esfuerzo el hijo desaparecido; muchachas cuyo
pudor virginal había sido violado por el mar, mostrando sus piernas
desnudas, tumefactas, verdosas, con profundos mordiscos de peces
carniceros. La marina dilatación hasta había arrojado el cuerpo de un
niño de pocos años sin cabeza.