El capitán palideció, primeramente de sorpresa, luego de cólera. ¿Freya

en Brest?... ¿Hasta aquí llegaba su espionaje?...

_Caragòl_ continuó su relato. Volvía hacia el buque, y ella, que

marchaba por una acera de la calle de Siam, le había reconocido,

hablándole cariñosamente.

--Me ha dado recuerdos para usted... Está enterada de que ningún extraño

puede entrar en el barco. Me dijo que había intentado venir á verle.

Hizo una rebusca el cocinero en sus bolsillos, sacando un pedazo de

papel arrugado, una hoja en blanco arrancada de una carta vieja.

--También me dió este papel, escrito en la misma calle con un lápiz.

Usted sabrá lo que dice. Yo no he querido mirarlo.

Ferragut, al tomar el papel, reconoció inmediatamente la letra de ella,

pero desigual, nerviosa, trazada con precipitación. Cuatro palabras nada

más: «Adiós. Voy á morir.»

«¡Mentiras! ¡Siempre mentiras!», dijo en su cerebro la voz de la

cordura.

Rompió el papel, y pasó el resto de la mañana preocupado... Su deber era

perseguir este espionaje que venía á realizar su labor en un puerto de

guerra... Todos los buques anclados cerca del _Mare nostrum_ estaban

bajo la amenaza de sus avisos. ¡Quién podía saber si sus comunicaciones

misteriosas servirían para que él también se viese atacado por un

submarino al salir de la rada de Brest!...

Su primer impulso fué denunciarla. Luego se arrepintió, por los

escrúpulos de una caballerosidad absurda... Además, tendría que explicar

su pasado á los jefes de Brest, que apenas le conocían. Estaba lejos

aquel marino de Salónica que sabía comprender los errores pasionales.

Quiso vigilar por sí mismo, y en la tarde se fué á tierra. Detestaba á

Brest, como una de las ciudades más aburridas del Atlántico. Llovía en

ella incesantemente y no se encontraba otra distracción que el eterno

paseo por la calle de Siam ó la permanencia aburrida en los cafés,

llenos de marinos y de oficiales de tierra ingleses y portugueses.

Recorrió los establecimientos públicos de día y de noche; hizo

averiguaciones en los hoteles; tomó carruajes para visitar las afueras

más pintorescas. Durante cuatro días insistió en sus pesquisas, sin

resultado alguno.

Llegó á dudar de la veracidad del tío _Caragòl_. Tal vez estaba ebrio al

volver al buque y había inventado aquel encuentro. Pero el recuerdo del

papel escrito por ella desmentía tal suposición... Freya estaba en

Brest.

El cocinero lo explicó todo simplemente al asediarle el capitán con

nuevas preguntas.

--La pájara debía ir de paso. Tal vez se marchó en la tarde... ¡Pura

casualidad el encuentro!

Tuvo que desistir de sus averiguaciones. Los trabajos defensivos del

buque estaban terminados; las bodegas contenían un cargamento de

proyectiles para el ejército de Oriente y varios cañones sin montar.

Recibió la orden de partida, y una mañana gris y lluviosa salieron de la

rada de Brest. La bruma hizo aún más dificultoso el tránsito entre los

escollos que obstruyen este puerto. Pasaron ante la lúgubre bahía de los

Difuntos, antiguo cementerio de buques de vela, y siguieron la

navegación hacia el Sur, en busca del estrecho, para entrar en el

Mediterráneo.

Ferragut sintió orgullo al examinar el nuevo aspecto del _Mare nostrum_.

La telegrafía sin hilos le mantenía en contacto con el mundo. Ya no era

el capitán mercante siervo del destino, confiado á su buena suerte é

incapaz de repeler un ataque. Las estaciones radiográficas velaban por

él á lo largo de las costas, aconsejando cambios de rumbo para evitar al

enemigo en acecho. Chirriaban los aparatos sosteniendo invisibles

diálogos. Además, en la popa estaba el cañón, resguardado por una

caperuza de lona, pronto á entrar en funciones.

Vió casi realizados los ensueños de su niñez, cuando devoraba historias

de corsarios y novelas de aventuras marítimas. Le era lícito titularse

capitán «de mar y guerra», como los antiguos navegantes. Si el submarino

pasaba ante él, lo atacaría con la proa; si intentaba perseguirle,

podría responderle con el cañón.

Su humor aventurero le hizo ansiar uno de estos encuentros. Faltaba en

su vida un combate marítimo. Quiso ver cómo se portaban estos hombres

silenciosos y modestos que habían hecho la guerra en tierra y

contemplado la muerte de cerca.

No tardó en realizarse su deseo. Un amanecer, á la altura de Lisboa,

cuando acababa de dormirse después de haber pasado la noche en el

puente, le despertaron los gritos y correteos de la tripulación.

Un submarino había surgido á mil quinientos metros y marchaba hacia el

_Mare nostrum_ á gran velocidad, temiendo sin duda que el buque mercante

intentase escapar. Para obligarle á detenerse, su cañón le envió dos

proyectiles, que cayeron en el agua.

El vapor moderó su marcha, pero fué para colocarse en mejor posición y

que maniobrase con desahogo su pieza de popa. A los primeros tiros el

submarino empezó á retroceder, guardando una prudente distancia,

sorprendido de que contestasen á su agresión.

Duró el combate una media hora, repitiéndose los disparos por ambas

partes con la velocidad de la artillería de tiro rápido. Ferragut estaba

cerca del cañón, admirando la fría calma con que lo manejaban sus

servidores. Uno tenía siempre un proyectil en los brazos, pronto á

dárselo al compañero, que lo introducía con rapidez en la recámara

humeante. El apuntador concentraba toda su vida en los ojos, é inclinado

sobre la pieza la movía, buscando la parte sensible de aquel cuerpo gris

y prolongado que asomaba á flor de agua lo mismo que un cetáceo.

De pronto, una nube de astillas voló cerca de la proa del vapor. Un

proyectil enemigo acababa de chocar con el borde de los techos que

cubrían la cocina y los ranchos de la tripulación. _Caragòl_, que estaba

en la puerta de sus dominios, se llevó las manos al sombrero. Al

disolverse la nube amarilla y maloliente, le vieron todos de pie,

rascándose la cúspide de la cabeza, descubierta y roja.

--¡No es nada!--dijo--. Un pedazo de madera que me ha hecho una sangría.

¡Fuego!... ¡fuego!

Aullaba, enardecido por los cañonazos. El olor de droguería de la

pólvora sin humo, el estrépito seco de las detonaciones, parecían

embriagarle. Saltaba y manoteaba con el ardor de una danza guerrera.

Los artilleros de popa redoblaron su actividad: los disparos eran

continuos.

--¡Ya está!--gritó _Caragòl_--. Lo han tocado... ¡lo han tocado!

En todo el buque era él quien menos podía apreciar los efectos del tiro.

Apenas si alcanzaba á distinguir la silueta del sumergible. Pero á pesar

de esto, siguió bramando con toda la fuerza de su fe:

--Está tocado... ¡Viva! ¡viva!...

Y lo extraño fué que el enemigo desapareció instantáneamente de la

superficie azul. Los artilleros dirigieron aún algunos tiros contra su

periscopio. Después sólo quedó en el lugar ocupado por él una lámina

blanca y brillante.

El vapor marchó hacia esta mancha enorme de aceite, que tomaba al

moverse unos reflejos tornasolados.

Los marineros dieron gritos de entusiasmo. Estaban seguros de haber

echado á pique al sumergible. Los oficiales eran menos optimistas:

«¡Quién sabe!» No le habían visto levantarse verticalmente para hundirse

luego por uno de sus extremos como un huso, de punta. Tal vez había

sufrido una simple avería que le obligaba á ocultarse.

Para _Caragòl_ era indiscutible la pérdida del submarino. Consideraba

innecesario preguntar el nombre del que lo había hecho pedazos.

--Ha sido el de Vannes... Sólo él puede ser.

Los otros artilleros no existían. Y enardecido por su entusiasmo, se

escapaba de las manos de dos marineros que habían empezado á vendarle la

cabeza con una pulcritud aprendida en los combates terrestres.

Ferragut quedó satisfecho del encuentro. No estaba seguro de la

destrucción del enemigo; pero si se había salvado podía llevar la

noticia á los otros de que el _Mare nostrum_ era capaz de defenderse.

Su alegría le llevó al lado de _Caragòl_.

--Muy bien, veterano. Escribiremos al ministro de Marina para que le dé

la Cruz de Guerra.

El cocinero, tomando en serio estas palabras, declinó la oferta. Si

daban alguna recompensa, que fuese para el «chico de Vannes». Luego

añadió, como si reflejase los pensamientos de su capitán:

--Da gusto navegar así... A nuestro vapor le han salido dientes, y ya no

tendrá que huir como una liebre asustada... Que lo dejen hacer su camino

en paz, porque ahora muerde.

Todo el resto del viaje hasta Salónica fué sin incidentes. El telégrafo

lo mantuvo en contacto con las instrucciones llegadas de tierra.

Gibraltar le aconsejó que navegase pegado á la costa de África; Malta y

Bizerta le indicaron que podía seguir adelante, por estar el paso entre

Túnez y Sicilia limpio de enemigos. Del lejano Egipto vinieron á su

alcance avisos tranquilizadores mientras navegaba entre las islas

griegas con la proa hacia Salónica.

Al regreso fué á tomar carga en el puerto de Marsella.

No tenía Ferragut que preocuparse del buque cuando estaba anclado. Eran

los oficiales franceses los que se entendían con las autoridades de los

puertos. El se limitaba á ser una justificación de la bandera, un

capitán de país neutral que hacía valer con su presencia la nacionalidad

del buque. Sólo en el mar recobraba el marido, haciéndose obedecer de

todos sobre el puente.

Vagó por Marsella como otras veces, pasando las primeras horas de la

tarde en las terrazas de los cafés de la Cannebière.

Un viejo capitán marsellés dedicado al comercio conversaba con él antes

de volver á su oficina. Una tarde, Ferragut fijó los ojos distraídamente

en cierto diario de París que llevaba su amigo.

Atrajo de pronto su atención un nombre impreso á la cabeza de un breve

artículo. La sorpresa le hizo palidecer, al mismo tiempo que se contraía

algo dentro de su pecho. Volvió á deletrear el nombre, temiendo haber

sufrido una alucinación. No era posible la duda; estaba bien claro:

_Freya Talberg_.

Tomó el diario de las manos de su contertulio, disfrazando su

impaciencia con un gesto de curiosidad.

--¿Qué dicen hoy de la guerra?...

Y mientras el viejo marino le daba noticias, él leyó febrilmente las

líneas agrupadas á continuación de dicha nombre.

Quedó desorientado. Eran poca cosa para él, que ignoraba los hechos

anteriores aludidos por el periódico. Significaban estas líneas una

simple protesta contra el gobierno porque no hacía sufrir á la famosa

Freya Talberg la pena á que la habían sentenciado. El artículo terminaba

mencionando la belleza y la elegancia de la delincuente, como si

atribuyese á tales cualidades la demora en el castigo.

Se esforzó Ferragut por dar á su voz un tono de indiferencia.

--¿Quién es esta individua?--dijo señalando el título del artículo.

Su compañero tuvo que hacer memoria. ¡Ocurrían tantas cosas con motivo

de la guerra!

--Es una _boche_, una espía, sentenciada á muerte... Parece que trabajó

mucho aquí y en otros puertos dando aviso á los submarinos alemanes de

la salida de nuestros transportes... La prendieron en París hace dos

meses, cuando regresaba de Brest.

Dijo esto el amigo con cierta indiferencia. ¡Eran tan numerosos los

espías!... Con frecuencia publicaban los periódicos noticias de

fusilamientos: dos líneas nada más, como si se tratase de un accidente

ordinario.

--Esa Freya Talberg--continuó--ha hecho hablar bastante de su persona.

Parece que es una mujer _chic_: una especie de dama de novela. Muchos

protestan de que no la hayan ejecutado aún. Es triste tener que matar á

una persona de su sexo. ¡Matar á una mujer, y además una mujer

hermosa!... Pero sin embargo, resulta preciso... Creo que la fusilarán

de un momento á otro.

XII

¡ANFITRITA!... ¡ANFITRITA!

El _Mare nostrum_ hizo otro viaje de Marsella á Salónica.

Buscó en vano Ferragut antes de partir nuevas noticias de Freya en los

periódicos de París. Varios sucesos distrajeron por unos días la

atención pública, y la espía quedó momentáneamente olvidada.

Al llegar á Salónica hizo discretas preguntas á sus amigos militares y

marinos en los cafés del puerto. Casi todos desconocían el nombre de

Freya Talberg. Los que lo habían leído en los diarios contestaban con

indiferencia.

--Sé quién es: una espía que fué artista; una mujer de cierto _chic_.

Creo que la han fusilado... No lo sé cierto, pero deben haberla

fusilado.

Tenían cosas más importantes en que pensar. ¡Una espía!... Por todos

lados se tropezaba con los manejos del espionaje alemán. Había que

fusilar mucho... Y olvidaban inmediatamente este asunto para hablar de

los azares de la guerra, que les amenazaban á ellos y á sus compañeros

de armas.

Cuando Ferragut volvió á Marsella, dos meses después, ignoraba si su

antigua amante estaba aún entre los vivos.

La primera tarde que encontró en el café de la Cannebière á su

contertulio el viejo capitán, fué encaminando la conversación hábilmente

hasta poder formular con naturalidad la pregunta que llevaba en su

pensamiento: «¿Qué había sido de aquella Freya Talberg que tanto

preocupaba á los periódicos antes de salir él para Salónica?...»

El marsellés tuvo que hacer un esfuerzo para acordarse.

--¡Ah, sí!... ¡la espía _boche_!--dijo tras de una larga pausa--. La

fusilaron hace unas semanas. Los periódicos han hablado poco de su

muerte. Unas cuantas líneas; esas gentes no merecen más...

Tenía el amigo de Ferragut dos hijos en el ejército; un sobrino suyo

había muerto en las trincheras; otro, piloto á bordo de un transporte,

acababa de perecer en un torpedeamiento. Pasaba muchas noches sin

dormir, pensando en la suerte de sus hijos que luchaban en el frente, y

esta inquietud daba un tono duro y feroz á sus entusiasmos patrióticos.

--Bien muerta está... Era una mujer, y los fusilamientos de mujeres

resultan penosos. Siempre causa repugnancia tratarlas como á los

hombres... Pero, según me han contado, esta individua, con los avisos de

su espionaje, contribuyó al torpedeamiento de diez y seis buques... ¡Ah,

mala bestia!...

Y no dijo más, pasando á hablar de otra cosa. Todos mostraban igual

repulsión al hacer memoria de la espía.

Ferragut acabó por participar del mismo sentimiento. Su cerebro se había

partido con la dualidad contradictoria de todos los momentos críticos de

su existencia. Odió á Freya pensando en sus crímenes. Recordaba como

hombre de mar á los compañeros anónimos muertos en los torpedeamientos.

Esta mujer había sido la preparadora inconsciente de muchos

asesinatos... Y al mismo tiempo evocaba la imagen de la otra, de la

amante que sabía retenerle con sus artificios en el viejo palacio de

Nápoles, haciendo de la voluptuosa prisión el mejor de sus recuerdos.

«No pensemos más en ella--se dijo con energía--. Ha muerto... No

existe.»

Pero ni aun después de muerta le dejaba en paz. Su recuerdo no tardó en

resurgir, adhiriéndose á él con un interés trágico.

La misma tarde que habló con su amigo en el café de la Cannebière fué á

la Casa de Correos para recoger la correspondencia, que se hacía enviar

á Marsella. Le entregaron un grueso paquete de cartas y periódicos. Por

la letra de los sobres y los timbres postales fué adivinando quiénes le

escribían: una carta única de su mujer, compuesta de un solo pliego, á

juzgar por su flexible delgadez; tres muy abultadas de Tòni, especie de

dietarios, en los que iba relatando sus compras, sus cultivos, sus

esperanzas de ver llegar al capitán; todo ello mezclado con abundantes

noticias sobre la guerra y el malestar de las gentes. Además, varios

pliegos de establecimientos bancarios de Barcelona dando cuenta á

Ferragut del empleo de sus capitales.

De pie en la escalinata del palacio, acabó de examinar su

correspondencia por la cara exterior. Era semejante á la que encontraba

á la vuelta de todos sus viajes.

Iba á guardarla en los bolsillos y seguir su camino, cuando atrajo su

atención un sobre voluminoso, de letra desconocida, certificado en

París...

La curiosidad le hizo abrirlo inmediatamente, y vió en sus manos un

verdadero fajo de hojas sueltas, un relato extenso que iba más allá de

los límites de una carta. Miró el membrete impreso y luego la firma. El

que le escribía era un abogado de París, y Ferragut presintió por el

papel lujoso y las señas de su domicilio que debía ser un _maître_

célebre. Hasta recordaba haber encontrado alguna vez su nombre en los

periódicos.

Empezó la lectura de la primera página allí mismo, ansiando saber por

qué causa le escribía el grave personaje. Pero apenas hubo pasado los

ojos por algunos renglones, detuvo su lectura. Tropezó con el nombre de

Freya Talberg. Este abogado había sido su defensor ante el Consejo de

guerra.

Se apresuró á guardar la carta, dominando su impaciencia. Sintió la

necesidad de silencioso apartamiento y soledad absoluta que experimenta

un lector apasionado al adquirir un libro nuevo. Este manojo de papeles

contenía para él la más interesante de las historias.

Al dirigirse á su buque, le pareció el camino más largo que otras veces.

Ansiaba verse encerrado en su camarote, lejos de toda curiosidad, como

si fuese á realizar una operación misteriosa.

Freya no existía. Había desaparecido del mundo de un modo infamante,

como desaparecen los criminales, doblemente sentenciada, pues hasta su

recuerdo era repelido por las gentes; y Ferragut, dentro de unos

momentos, iba á hacerla resurgir como un fantasma en la casa flotante

que ella había visitado en dos ocasiones. Podía conocer las últimas

horas de su existencia, envueltas en un misterio de desprecio; podía

violentar la voluntad de sus jueces, que la habían condenado á perder la

vida y á perecer después de muerta en la memoria de todos.

Con verdadera avidez se sentó ante la mesa de su camarote, poniendo en

orden el contenido del sobre: más de doce hojas escritas por ambas caras

y varios recortes de periódicos. En estos recortes vió el retrato de

Freya, una imagen dura y confusa. La reconoció únicamente por su nombre

puesto al pie: ella había sido otra mujer. Vió también el retrato de su

defensor: un abogado viejo, de aspecto pulcro, con melenas blancas

finamente peinadas y ojos juveniles.

Adivinó Ferragut desde las primeras líneas que el _maître_ no podía

escribir ni hablar sin hacer literatura. Su carta era un relato mesurado

y correcto, en el que la emoción, por viva que fuese, se contenía

discretamente, no queriendo desordenar los pliegues de un estilo

majestuoso.

Empezaba explicando cómo su deber profesional le había decidido á

defender á una espía. Necesitaba un abogado: era extranjera; la opinión

pública, influenciada por los exagerados relatos de los periódicos sobre

su belleza y sus joyas, mostraba una animosidad feroz, pidiendo su

pronto castigo. Nadie quería encargarse de su defensa, y por eso mismo

él la había aceptado, sin miedo á la impopularidad.

Ferragut creyó adivinar en este sacrificio un impulso de viejo

galanteador, que le había hecho ir hacia Freya porque era hermosa.

Además, este proceso representaba un acontecimiento parisién y podía dar

cierta notoriedad novelesca á los que interviniesen en sus actuaciones.

Unos cuantos párrafos más allá, el marino se convenció de que el

_maître_ había acabado por enamorarse de su patrocinada. Esta mujer

hasta en el momento de morir esparcía en torno de ella su poder de

seducción.

El éxito profesional entrevisto por el abogado se disolvía á las

primeras gestiones. La defensa de Freya era imposible. Lloraba por toda

respuesta cuando le hacían preguntas sobre los hechos de su vida

anterior, ó permanecía silenciosa, inmóvil, con la mirada perdida, lo

mismo que si se tratase de la suerte de otra mujer.

No necesitaban los jueces militares de sus confesiones: sabían detalle

por detalle toda su existencia durante la guerra y en los últimos años

de la paz. Nunca los agentes de la policía en el extranjero habían

trabajado con tanta rapidez y éxito. Una buena suerte misteriosa y

omnipotente los empujaba en sus pesquisas. Conocían todos los trabajos

de Freya; hasta habían proporcionado datos exactos sobre su personalidad

de agente secreto, el número de orden con que figuraba en la oficina

directora de Berlín, el dinero que cobraba, sus informes en los últimos

meses. Documentos escritos por ella misma, con una culpabilidad

irrefutable, habían venido á unirse á su proceso, sin que nadie supiese

de dónde eran enviados ni por quién.

Cada vez que el juez instructor ponía ante los ojos de Freya una de

estas pruebas, ella miraba á su abogado desesperadamente.

--¡Son ellos!--gemía--. ¡Ellos, que desean mi muerte!

El defensor era de la misma opinión. La policía había conocido su

presencia en Francia por una carta que le dirigían sus jefes desde

Barcelona, torpemente desfigurada, escrita con arreglo á una clave cuyo

misterio estaba descubierto por el contraespionaje francés mucho tiempo

antes. Para el _maître_, era indudable que un poder misterioso había

querido deshacerse de esta mujer, enviándola á un país enemigo como si

la enviase á la muerte.

Ulises adivinó en el defensor un estado de alma semejante al suyo, la

misma dualidad que le había atormentado en todas sus relaciones con

Freya.

«Yo, señor--escribía el abogado--, he sufrido mucho. Un hijo mío,

oficial, murió en la batalla del Aisne; otros allegados á mí, sobrinos y

discípulos, han muerto luego en Verdún y en el ejército expedicionario

de Oriente...»

Había sentido, como francés, una repulsión irresistible al convencerse

de que Freya era una espía que llevaba causados grandes daños á su

patria... Luego, como hombre, se apiadaba de su inconsciencia, de su

carácter contradictorio y ligero hasta llegar al crimen, de su egoísmo

de mujer hermosa y amiga del lujo, que la había hecho admitir la vileza

moral á cambio del bienestar.

Atraía su historia al abogado con el interés palpitante de una novela de

aventuras. La conmiseración iba tomando en él una vehemencia de

enamoramiento. Además, la idea de que eran los explotadores de esta

mujer los que la habían denunciado le infundía un entusiasmo

caballeresco para la defensa de su causa insostenible.

La comparecencia ante el Consejo de guerra había resultado penosa y

dramática. Freya, que hasta entonces parecía embrutecida por el régimen

de la prisión, despertaba al verse enfrente de una docena de hombres

uniformados y graves.

Su primer movimiento fué el de toda hembra hermosa y coqueta. Conocía su

influencia física. Estos militares convertidos en jueces le recordaban

los que ella había visto en los tés y los grandes bailes de los

hoteles... ¿Qué francés puede resistirse á la atracción femenina?...

Había sonreído, había contestado á las primeras preguntas con una

modestia graciosa, fijando sus ojos malignamente cándidos en los

oficiales sentados detrás de la mesa presidencial y en los otros hombres

con uniforme azul encargados de acusarla ó de leer los documentos de su

proceso.

Pero algo frío y hostil existía en el ambiente que paralizaba sus

sonrisas, dejaba sin eco sus palabras y hacía opacos los resplandores de

ojos. Todas las frentes se inclinaban bajo el peso de severos

pensamientos; todos los hombres parecían tener en aquel instante treinta

años más. No la verían tal como era por más esfuerzos que hiciese. Sus

admiraciones y deseos yacían abandonados al otro lado de la puerta.

Freya adivinó que había dejado de ser una mujer y no era mas que una

acusada. Otra de su sexo, una rival irresistible, lo llenaba todo,

encadenando á estos hombres con un amor profundo y austero. Su instinto

la hizo fijarse en la matrona blanca, de rostro grave, que avanzaba su

busto vigoroso sobre la cabeza del presidente. Era la Patria, la

Justicia, la República, contemplando con sus ojos vagos y sin pupila á

la hembra de carne y hueso que empezaba á temblar, dándose cuenta de su

situación.

--¡Yo no quiero morir!...--gritó de pronto, abandonando sus seducciones,

pasando á ser una pobre criatura enloquecida por el miedo--. ¡Yo soy

inocente!

Mintió con el ilogismo absurdo y descarado del que se ve en peligro de

muerte; hubo necesidad de releer sus primeras declaraciones, que negaba

ahora; de presentar nuevamente las pruebas materiales, cuya existencia

no quería admitir; de hacer desfilar su pasado entero con el apoyo de

aquellos datos irrefutables de origen anónimo.

--¡Son _ellos_ los que lo han hecho todo!... ¡Han abusado de mí!... Ya

que desean mi pérdida, voy á contar lo que sé.

Mare nostrum · 第 33 / 36 段