Era más horrible, según Tòni, contemplar este espectáculo desde tierra

que yendo en un buque. Los que navegan no pueden ver las últimas

consecuencias de los torpedeamientos lo mismo que los que viven en la

orilla, recibiendo como un regalo de las olas este continuo envío de

víctimas.

Terminaba el piloto su carta con las súplicas de siempre: «¿Por qué te

empeñas en seguir en el mar?... Deseas una venganza que es imposible.

Eres un hombre solo, y tus enemigos son millones... Vas á morir si

persistes en desafiarlos. Ya sabes que te buscan hace tiempo, y no

siempre conseguirás librarte de ellos. Recuerda lo que dice la gente:

«¡Quien ama el peligro...!» Desembarca; vuelve con tu mujer ó ven con

nosotros. ¡Tan rica vida que podrías llevar en tierra!...»

Por unas cuantas horas, Ferragut fué de la opinión de Tòni. Su empeño

temerario forzosamente había de terminar mal. Los enemigos le conocían,

le acechaban; eran muchos frente á él, que vivía solo en su buque, con

una tripulación de hombres de distinta nacionalidad. Nadie lloraría su

muerte, aparte de los pocos que le amaban. No pertenecía á ninguno de

los pueblos en guerra: era una especie de corsario imposibilitado de

atacar. Menos aún: un mercante que hacía transportes al amparo de una

bandera neutra. Esta bandera no engañaba á nadie. Sus enemigos conocían

el buque, buscándolo con más empeño que si procediese de las marinas

aliadas. En su mismo país, muchas gentes que simpatizaban con los

Imperios germánicos celebrarían alegremente la desaparición del _Mare

nostrum_ y su capitán.

La muerte de Freya había influido en su ánimo más de lo que él se

imaginaba. Tuvo fúnebres presentimientos: tal vez su próximo viaje fuese

el último.

«¡Vas á morir!--gritó en su cerebro una voz angustiosa--. Morirás muy

pronto si no te retiras del mar.»

Y lo más raro para Ferragut fué que este consejo se lo dió la voz de las

locas aventuras, la que le lanzaba en los peligros por el gusto de

desafiarlos, la que le había hecho seguir á Freya aun después de conocer

su vil profesión.

En cambio, la voz de la cordura, siempre prudente y mesurada, mostró

ahora una tranquilidad heroica, hablando lo mismo que un hombre de paz

que estima sus compromisos superiores á su vida.

«Calma, Ferragut; has vendido tu buque con tu persona y te han dado

millones. Debes cumplir lo que prometiste, aunque en ello te vaya la

existencia... El _Mare nostrum_ no puede navegar sin un capitán español.

Si tú lo abandonas, tendrás que buscar otro capitán. Huirás por miedo y

pondrás en tu sitio á un hombre que desafíe á la muerte por mantener á

su familia. ¡Gloriosa hazaña!... Tú, mientras tanto, estarás en tierra,

rico y seguro... ¿Y qué vas á hacer en tierra, cobarde?»

Su egoísmo no supo qué contestar á tal pregunta. Recordaba con antipatía

su existencia de burgués allá en Barcelona, antes de adquirir el vapor.

El era un hombre de acción, y sólo podía vivir ocupado en empresas

arriesgadas.

Iba á aburrirse en tierra, y al mismo tiempo se consideraría disminuído,

exonerado, lo mismo que el que desciende á una situación inferior en un

país de jerarquías. El capitán de vida novelesca iba á quedar convertido

en un propietario de casas, sin conocer otras luchas que las que

sostuviese con sus inquilinos. Tal vez, por huir de una existencia

vulgar, dedicase su fortuna á la navegación, único negocio que conocía

bien. Se haría naviero, adquiriendo nuevos barcos, y poco á poco, por la

necesidad de vigilarlos de cerca, acabaría reanudando sus viajes...

¿Para qué abandonar, pues, el _Mare nostrum_?

Sintió que se realizaba en su interior una profunda revolución moral al

preguntarse con angustia qué es lo que había hecho hasta entonces.

Le pareció un desierto toda su existencia anterior. Había vivido sin

saber por qué ni para qué, amontonando peligros y aventuras sólo por el

gusto de salir victorioso. Tampoco sabía con certeza qué es lo que había

deseado hasta entonces. Si era dinero, había afluido á sus manos en los

últimos meses con una abundancia exorbitante... Ya lo tenía, y no por

ello era feliz. En cuanto á gloria profesional, no podía desearla mayor.

Su nombre era célebre en todo el Mediterráneo español; hasta los hombres

de mar más rudos é intratables confesaban su mérito.

«¡Quedaba el amor!...» Pero Ferragut torció el gesto al pensar en él. Lo

había conocido, y no deseaba encontrarlo otra vez. El amor suave de una

buena compañera, capaz de iluminar la última parte de su existencia con

una luz discreta, acababa de perderlo para siempre. El otro, apasionado,

voluptuoso, novelesco, que da á la vida el rudo interés de los

conflictos y los contrastes, le había dejado sin deseos de recomenzar.

La paternidad, más fuerte y duradera que el amor, podía haber llenado el

resto de sus días, de no haber muerto su hijo... Le quedaba la venganza,

la dura tarea de devolver el mal á los que tanto mal le habían hecho;

pero ¡era tan débil para luchar con todos ellos!... ¡Resultaba tan

pequeña y egoísta esta finalidad comparada con otros entusiasmos que

arrastraban al sacrificio en aquellos momentos á grandes masas de

hombres!...

Mientras pensaba esto, una frase oída por él no recordaba dónde, formada

tal vez con los residuos de antiguas lecturas, empezó á cantar en su

cerebro: «Una vida sin ideal no vale la pena de ser vivida.»

Ferragut asintió mudamente. Era verdad: para vivir se necesita un ideal.

Pero ¿dónde encontrarlo?...

Vió de pronto en su memoria á Tòni lo mismo que cuando pretendía

expresar sus confusos pensamientos. Con todas sus credulidades y

simplezas, lo consideraba ahora superior á él. Tenía un ideal á su modo;

se preocupaba de algo más que sus egoísmos: quería para los otros

hombres lo que consideraba bueno. Y defendía sus convicciones con el

entusiasmo místico de todos los que en la Historia intentaron imponer

una creencia; con la fe de los guerreros de la Cruz y los del Profeta;

con la tenacidad de los inquisidores y de los jacobinos.

El, hombre de razón, sólo había sabido burlarse de los entusiasmos

generosos y desinteresados de los otros hombres, encontrando

inmediatamente su parte flaca, su falta de adaptación á las realidades

del momento... ¿Con qué derecho reía de su piloto, que era un creyente y

soñaba, con la pureza de un niño, en una humanidad libre y feliz?...

¿Qué podía oponer él á esta fe, aparte de sus burlas estúpidas?...

La vida se le apareció bajo una nueva luz, como algo serio y misterioso

que exigía un peaje, un tributo de esfuerzo á todos los seres que

transitan por ella, dejando á sus espaldas la cuna y teniendo la fosa

como posada terminal.

Nada importaba que los ideales pareciesen falsos. ¿Dónde está la verdad

verdadera y única?... ¿Quién puede demostrar que existe y no es una

ilusión?...

Lo necesario era creer en algo, tener esperanza. Las multitudes no se

habían movido nunca al impulso de razonamientos y críticas. Sólo se

lanzaban adelante cuando alguien hacía nacer en ellas ilusiones y

esperanzas. Podían los filósofos buscar inútilmente la verdad á la luz

de sus razonamientos. El resto de los hombres preferiría siempre las

quimeras ideales, que se transforman en poderosos móviles de acción.

Todas las religiones se desmenuzaban al sufrir un frío examen, y sin

embargo producían santos y mártires, verdaderos superhombres de la

moral. Todas las revoluciones resultaban defectuosas é ineficaces al

quedar sometidas á una revisión científica, y no obstante habían

engendrado los mayores héroes individuales, los más asombrosos

movimientos colectivos de la Historia.

«¡Creer!... ¡Soñar!--seguía cantando en su cerebro la voz misteriosa--.

¡Tener un ideal!...»

No se podía vivir, como los cadáveres de los magnates faraónicos, en una

tumba lujosa, ungidos de perfumes, rodeados de todo lo que sirve para el

alimento y el sueño. Nacer, crecer, procrearse y morir no bastaba para

formar una historia: todos los animales hacían lo mismo. El hombre debe

añadir algo más que sólo él posee: la facultad de imaginarse el

porvenir... ¡soñar! Al patrimonio de ilusiones legado por los hombres

anteriores había que agregar una nueva ilusión ó un esfuerzo para

realizarla.

Reconoció Ferragut que en tiempos normales habría llegado á la muerte

tal como había vivido, siguiendo una existencia monótona y uniforme.

Pero los cambios violentos de ambiente resucitan las personalidades

dormidas que todos llevamos dentro, como recuerdo de nuestros

antepasados, en torno de una personalidad central y despierta, que es la

única que ha existido hasta entonces.

El mundo estaba en guerra. Los hombres de media Europa chocaban con los

de la otra media en los campos de batalla. Unos y otros tenían un ideal

místico, afirmándolo con violencias y matanzas, lo mismo que habían

hecho todas las muchedumbres movidas por una certidumbre religiosa ó

revolucionaria aceptada como única verdad...

Pero el marino reconoció una profunda diferencia en las dos masas

luchadoras del presente. Una colocaba su ilusión en el pasado, queriendo

rejuvenecer la soberanía de la fuerza, la divinidad de la guerra, y

adaptarlas á la vida actual. Lo otra muchedumbre preparaba el porvenir,

soñando un mundo de democracias libres, de naciones en paz, tolerantes y

sin celos.

Al acoplarse á este nuevo ambiente, Ferragut sintió nacer en su interior

ideas y aspiraciones que tal vez procedían de una herencia ancestral.

Creyó estar oyendo á su tío el _Tritón_ cuando describía los choques de

los hombres del Norte con los hombres del Sur por hacerse dueños de la

capa azul de Anfitrita. El era un mediterráneo, y porque la nación en

cuyo borde había nacido se desinteresase de la suerte del mundo no iba á

permanecer indiferente.

Debía continuar donde estaba. Cuanto decía Tòni de latinismo y

civilización mediterránea lo aceptó ahora como grandes verdades. Tal vez

no fuesen exactas al ser examinadas por la razón, pero valían tanto como

las certidumbres de los otros.

Iba á continuar su vida de navegante con nuevos entusiasmos. Tenía la

fe, el ideal, las ilusiones que forman á los héroes. Mientras durase la

guerra, la haría á su modo, sirviendo de auxiliar á los que peleaban,

transportando todo lo necesario para la lucha. Miró con mayor respeto á

los marineros sometidos á sus órdenes, gente simple que había dado su

sangre sin frases y sin razonamientos.

Cuando llegase la paz, no por esto se retiraría del mar. Quedaba mucho

que hacer. Empezaría entonces la guerra comercial, la áspera rivalidad

por conquistar los mercados de las naciones jóvenes de América. Planes

audaces y enormes se esbozaron en su cerebro. En esta guerra tal vez

fuese caudillo. Soñó con la creación de una flota de vapores que

llegasen hasta las costas del Pacífico; quería aportar su concurso al

renacimiento victorioso de la raza que había descubierto la mayor parte

del planeta.

Su nueva fe le hizo ser más amigo del cocinero del buque, sintiendo la

atracción de sus inconmovibles ilusiones. De vez en cuando se divertía

consultándole sobre la suerte futura del vapor; quería saber si los

submarinos le inspiraban miedo.

--No hay cuidado--afirmaba _Caragòl_--. Tenemos buenos protectores. El

que se ponga ante nosotros está perdido.

Y mostraba á su capitán las estampas y tarjetas postales clavadas en las

paredes de la cocina.

Recibió Ferragut una mañana la orden de partir. Por el momento, iban á

Gibraltar para recoger la carga de un vapor que no había podido seguir

su navegación. Del estrecho tal vez hiciesen rumbo á Salónica una vez

más.

Nunca emprendió un viaje con tanta alegría el capitán del _Mare

nostrum_. Creyó dejar en tierra para siempre el recuerdo de aquella

mujer ejecutada, cuyo cadáver veía en sueños muchas noches. De todo el

pasado, lo único que deseaba trasplantar á su nueva existencia era la

imagen de su hijo. Iba á vivir en adelante concentrando sus entusiasmos

y sus ilusiones en la misión que se había impuesto.

Llevó el buque directamente de Marsella al cabo de San Antonio, lejos de

toda costa, por las soledades del Mediterráneo, sin pasar el golfo del

León.

Un día, al atardecer, vieron los tripulantes unas montañas azuladas por

la distancia: la isla de Mallorca. Durante la noche se deslizaron á lo

largo del obscuro horizonte los faros de Ibiza y Formentera. Al salir el

sol, una mancha vertical de color de rosa, igual á una lengua de fuego,

apareció sobre la línea del mar. Era la alta montaña del Mongó, el

promontorio Ferrario de los antiguos. Al pie de sus abruptos acantilados

estaba el pueblo de los abuelos de Ulises, la casa en la que había

transcurrido la mejor época de su niñez. Así debieron verlo de lejos los

griegos de Marsilia, exploradores del Mediterráneo desierto, al llegar

sobre sus naves que saltaban la espuma como caballos de madera.

Todo el resto del día marchó el _Mare nostrum_ casi pegado á la costa.

El capitán conocía este mar como si fuese un lago de su propiedad. Llevó

el vapor por fondos escasos, viéndose los escollos tan cerca de la

superficie, que parecía un milagro que el buque no chocase en ellos.

Sólo un par de metros quedaban entre la quilla y las rocas sumergidas.

Luego, el agua dorada tomaba un tono obscuro, y el vapor seguía su

avance sobre enormes profundidades.

El sol del otoño enrojecía las amarillentas montañas del litoral, secas

y olorosas, cubiertas de hierbas de bravos perfumes que se esparcían á

largas distancias. En todos los repliegues de la costa--pequeñas

ensenadas, lechos de torrentes secos ó escotaduras entre dos

cumbres--surgían blancas agrupaciones de caserío.

Ferragut contempló el pueblo de sus abuelos. Allí estaba Tòni; tal vez

les veía pasar desde la puerta de su vivienda; tal vez reconocía el

buque con sorpresa y emoción.

Un oficial francés, inmóvil junto á Ulises en el puente, admiró la

belleza del día y del mar. Ni una nube en el cielo; todo era azul arriba

y abajo, sin otra alteración que las franjas de espuma peinándose en los

salientes de la costa y los inquietos oros del sol formando un ancho

camino sobre las aguas. Un rebaño de delfines triscó en torno del buque

como en los cortejos de las divinidades oceánicas.

--¡Si siempre estuviese así el mar--dijo el capitán--, qué delicia ser

marino!

Los tripulantes veían desde la borda á las gentes de tierra correr y

agruparse, atraídas por la novedad de un vapor que pasaba al alcance de

sus voces. En todos los puntos salientes del litoral surgía una torre

chata y rojiza, último vestigio de la guerra milenaria del Mediterráneo.

Acostumbrados á las rudas orillas del Océano y sus eternas rompientes,

los marinos bretones admiraban esta navegación fácil casi tocando la

costa, viendo á sus habitantes del tamaño de hormigas. Dirigido el buque

por otro capitán, hubiese resultado peligroso navegar tan cerca. Pero

Ferragut reía, haciendo indicaciones lúgubres á los oficiales que

estaban en el puente, para que resaltase mejor su seguridad profesional.

Indicaba los escollos ocultos en el fondo. Aquí se había perdido un

trasatlántico italiano que iba á Buenos Aires... más allá un velero de

cuatro palos había encallado, perdiendo su cargamento... El sabía por

centímetros el agua que podía quedar entre los peñascos traidores y la

quilla de su buque.

Buscó con predilección los fondos más inquietantes. Estaban en la zona

peligrosa del Mediterráneo, donde los submarinos alemanes se mantenían á

la espera de los convoyes franceses é ingleses que iban navegando al

abrigo del litoral español. Los obstáculos de la costa sumergida eran

para él la mejor defensa contra los invisibles ataques.

Fué esfumándose á sus espaldas el promontorio Ferrario, hasta no ser mas

que una sombra en el horizonte. Desfiló ante el vapor toda la costa de

la Marina; luego, el cabo Huertas, el lejano puerto de Alicante y el

cabo de Santa Pola. A la caída de la tarde, el _Mare nostrum_ estaba

frente al cabo Palos, y tuvo que navegar aguas afuera para doblarlo,

dejando Cartagena á lo lejos. Desde aquí haría rumbo Sudoeste hasta el

cabo de Gata, donde empieza á angostarse el Mediterráneo, formando el

embudo del estrecho. Luego pasarían ante Almería y Málaga, llegando á

Gibraltar al día siguiente.

--Aquí es donde esperan muchas veces los enemigos--dijo Ferragut á uno

de los oficiales--. Si no tenemos un mal encuentro antes de la noche,

habremos terminado perfectamente nuestro viaje.

El buque se había despegado del litoral; ya no se alcanzaba á distinguir

la costa baja. Sólo á proa se mantenía visible el dorso saliente del

cabo, emergiendo como una isla.

_Caragòl_ apareció con una bandeja en la que humeaban dos vasos de café.

No quería ceder á ningún marmitón el honor de servir al capitán cuando

estaba en el puente.

--¿Qué opina usted del viaje?--preguntó Ferragut alegremente antes de

beber--. ¿Llegaremos bien?...

El cocinero hizo un gesto de desprecio, como si los alemanes pudiesen

verle.

--No pasará nada; estoy seguro de ello... Tenemos quien vela por

nosotros, y...

Se vió interrumpido en estas afirmaciones. La bandeja escapó de sus

manos, y fué tambaleándose como un ebrio, hasta aplastar su abdomen

contra la barandilla del puente. «¡Cristo del Grao!...»

A Ferragut también se le cayó el vaso que llevaba á su boca, y el

oficial francés, sentado en un banco, casi se dobló sobre las rodillas.

El timonel tuvo que agarrarse á la rueda con un crispamiento de sorpresa

y de terror.

Todo el buque tembló de la quilla al extremo de los topes, de la proa al

timón, con un estremecimiento mortal, como si unas tenazas invisibles

acabasen de inmovilizarlo en plena carrera.

El capitán quiso explicarse este accidente. «Hemos encallado--se dijo--;

un escollo que no conozco; algo que no figura en las cartas...»

Pero aún no había transcurrido un segundo cuando algo vino á añadirse á

este choque, desmintiendo las suposiciones de Ferragut. El aire azul y

luminoso se arrugó bajo el zarpazo de un trueno. Cerca de la proa se

produjo una columna de humo, de gases en expansión, de vapores

amarillentos y fulminantes, subiendo por su centro en forma de abanico

un chorro de objetos negros, maderas rotas, pedazos de plancha metálica,

cuerdas inflamadas que se disolvían en ceniza.

Ulises ya no dudó. Acababan de recibir un torpedazo. Su mirada ansiosa

se esparcía sobre las aguas.

--¡Allí!... ¡allí!--dijo tendiendo una mano.

Sus ojos de marino acababan de descubrir la leve traza de un periscopio

que nadie conseguía ver.

Bajó del puente, ó más bien, se dejó rodar por la escalerilla, corriendo

hacia la popa.

--¡Allí!... ¡allí!

Los tres artilleros estaban junto al cañón, tranquilos y flemáticos,

llevándose una mano á los ojos para ver mejor el punto casi invisible

que les señalaba su capitán...

Ninguno de ellos reparó en la inclinación que empezaba á tomar la

cubierta lentamente. Introdujeron el primer proyectil en la recámara,

mientras el apuntador se esforzaba por distinguir aquel pequeño bastón

negro perdido en las ondulaciones del agua.

El buque volvió á sufrir otro choque tan rudo como el anterior. Todo él

gimió con un estremecimiento agónico. Las planchas temblaban, perdiendo

la cohesión que hacía de ellas una sola pieza. Los tornillos y bulones

saltaron á impulsos del sacudimiento general. Un segundo cráter se abrió

en mitad del buque, llevándose esta vez en el abanico de su explosión

miembros humanos destrozados.

Adivinó el capitán que era inútil la resistencia. Sus pies parecían

avisarle el cataclismo que se desarrollaba debajo de ellos: la tromba

líquida invadiendo con espumoso mugido el espacio entre la quilla y la

cubierta, destrozando las mamparas metálicas, derribando los portones de

seguridad, desordenando los objetos, arrastrándolo todo con la violencia

de una inundación, con el mazazo de un dique que se rompe. La cavidad

llena de aire, flotante y ligera, iba á convertirse en un ataúd de agua

y plomo, yéndose á fondo.

El cañón de popa lanzó el primer disparo. A Ferragut le pareció irónico

su estampido. Nadie como él se daba cuenta del estado del buque.

--¡A los botes!--gritó--. ¡Todo el mundo á los botes!

Fué inclinándose el vapor de un modo alarmante, mientras los hombres

obedecían esta orden sin perder su serenidad.

Una trepidación desesperada conmovió la cubierta. Eran las máquinas, que

lanzaban estertores agónicos, al mismo tiempo que huía por la chimenea

un torrente de humo denso como tinta. Los fogoneros volvieron á la luz

con los ojos dilatados por el espanto sobre sus caras negruzcas. La

inundación había empezado á invadir sus dominios, rompiendo las

compuertas de acero.

--¡A los botes!... ¡Al agua los botes!

El capitán repitió sus gritos de mando, ansioso de ver embarcada la

tripulación, sin pensar por un momento en la propia seguridad.

No se le ocurrió que su suerte pudiera ser distinta á la de su buque.

Además, oculto en el mar estaba el enemigo, que surgiría oportunamente

para apreciar su obra... Tal vez buscase en las embarcaciones de

salvamento al capitán Ferragut, queriendo llevárselo como un despojo de

su triunfo... «¡No! Prefería renunciar á la existencia.»

Los marineros habían desamarrado dos botes y empezaban á descenderlos,

cuando ocurrió algo repentino, brutal, con la rapidez anonadadora de los

cataclismos de la Naturaleza.

Sonó una explosión inmensa, como si el mundo se abriese en pedazos, y

Ferragut sintió que el piso se escapaba de sus pies. Miró en torno de

él. La proa ya no existía: había desaparecido debajo del agua, y una ola

mugidora iba avanzando sobre la cubierta, aplastándolo todo bajo su

rodillo de espuma. En cambio la popa subía y subía, perdiendo su

horizontalidad. Fué de pronto una cuesta, una ladera de montaña, en cuya

cumbre se erguía como una veleta el mástil blanco del pabellón.

Para no caer, quiso agarrarse á una cuerda, á un madero, á cualquier

objeto fijo; pero su movimiento fué inútil: se sintió arrastrado,

volteado, golpeado en una obscuridad mugidora y giratoria. Un frío

mortal paralizó sus miembros. Sus ojos cerrados vieron un cielo rojo, un

cielo de sangre con estrellas negras. Los oídos le zumbaron con un

glu-glu inmenso mientras su cuerpo daba cabriolas en la obscuridad. Su

cerebro confuso imaginó que se había abierto un agujero infinito en el

fondo del mar, que todas las aguas de los océanos se escapaban por él

formando un gigantesco remolino, y que él volteaba en el centro de esta

tempestad giratoria.

«Voy á morir... ¡Ya he muerto!», decía su pensamiento.

Y á pesar de que estaba resignado á morir, agitó las piernas

desesperadamente, queriendo elevarse sobre las traidoras blanduras. En

vez de seguir descendiendo, notó que subía, y al poco rato pudo abrir

los ojos y respirar, avisado por el contacto atmosférico de que había

llegado á la superficie.

No estaba seguro del tiempo que había pasado en el abismo. Minutos nada

más, pues su respiración de nadador sólo podía alcanzar este límite...

Por eso experimentó asombro al ver los grandes cambios realizados en un

paréntesis tan breve.

Creyó que ya era de noche. Tal vez en las capas superiores de la

atmósfera brillaban aún las últimas luces del sol, pero á ras del agua

no había mas que una claridad crepuscular, un débil resplandor de

bodega.

La superficie casi plana vista minutos antes desde lo alto del puente

estaba movida ahora por amplias ondulaciones que le sumían en momentánea

obscuridad. Cada una de ellas era una colina que se interponía ante sus

ojos, dejando libre solamente un espacio de unos cuantos metros. Cuando

se elevaba hasta sus cumbres podía abarcar con rápida visión el mar

solitario, sin la gallarda montaña del buque y moteado de objetos

obscuros. Estos objetos se deslizaban inertes ó se movían agitando un

par de antenas negras. Tal vez imploraban socorro, pero el desierto

húmedo absorbía los gritos más furiosos, convirtiéndolos en lejanos

balidos.

Del _Mare nostrum_ no quedaba visible ni la boca de la chimenea ni una

punta de mástil: todo se lo había tragado el abismo... Ferragut llegó á

dudar si realmente había existido su buque alguna vez.

Mare nostrum · 第 35 / 36 段