buscasen al segundo, mientras sacudía su impermeable en la entrada de
las cámaras.
La rada estaba obscura, con olas espumosas, cortas y gruesas, que
saltaban como carneros. Los acorazados echaban humo por sus triples
chimeneas, prontos á hacer frente al mal tiempo con las máquinas
encendidas.
El vapor, anclado en el puerto comercial, danzaba inquieto, tirando de
sus amarras con lúgubre quejido. Todos los baques cercanos se movían
igualmente, lo mismo que si estuviesen en alta mar.
Tòni entró en la gran cámara, y al ver el rostro de su capitán adivinó
que había llegado el momento de conocer la verdad. Ulises le habló
rehuyendo su mirada, deseando evitar con el laconismo de su lenguaje
todo motivo de emoción.
Había vendido el buque á los franceses: un negocio rápido y magnífico...
¡Quién le hubiese dicho al comprar _Mare nostrum_ que algún día le
darían por él una cantidad tan enorme!... En ningún país se encontraban
barcos á la venta. Los inválidos del mar amarrados en los puertos como
hierro viejo obtenían precios fabulosos. Buques encallados y olvidados
en costas remotas eran puestos á flote por empresas que ganaban millones
con esta resurrección. Otros sumergidos en los mares tropicales se veían
devueltos á la superficie después de una permanencia de diez años debajo
del agua, reanudando sus viajes. Todos los meses surgía un astillero
nuevo, pero la guerra mundial no encontraba nunca bastantes naves para
el transporte de los víveres y los instrumentos de muerte.
Sin regateo alguno habían dado á Ferragut el precio de venta que él
exigía: mil quinientos francos por tonelada: cuatro millones y medio por
el buque. Y á esto había que añadir cerca de dos millones que llevaba
ganados con sus viajes desde el principio de la guerra.
--¡Estoy podrido de dinero!--dijo el capitán.
Y lo dijo tristemente, recordando con nostalgia los tiempos de paz,
cuando sufría la preocupación de los negocios mediocres... pero vivía su
hijo. ¿De qué iba á servirle esta riqueza que le asaltaba por todos
lados como si pretendiese aplastarle con su peso?... Su esposa podría
derramar el dinero á manos llenas en obras de caridad; podría dotar á
sus sobrinas como si fuesen hijas de un prócer... ¡y nada más! Ni ella
ni él consiguirían resucitar por un momento su pasado. Esta riqueza
inútil sólo le proporcionaba cierta tranquilidad al pensar en el
porvenir de la mujer que constituía toda su familia. Le era lícito en
adelante disponer libremente de su existencia. Cinta, al morir él, iba á
heredar millones.
Para evitarse la emoción de la despedida, habló á Tòni autoritariamente.
Una carta del Atlántico estaba sobre la mesa, y con el índice fué
marcando un rumbo á su piloto; pero este rumbo no era á través del mar,
sino lejos de él, siguiendo el interior de las naciones costerizas.
--Mañana--dijo--vienen los franceses á posesionarse del vapor. Puedes
irte cuando gustes, pero convendrá que sea lo más pronto posible...
Lo mismo que si diese una lección geográfica, explicó á Tòni su viaje
de regreso. Este corre-mares se encogía tímidamente cuando le hablaban
de itinerarios de ferrocarril y cambios de tren.
--Aquí está Brest... Sigues por esta línea á Burdeos; de Burdeos á la
frontera; y una vez allí, tuerces á Barcelona ó te vas á Madrid, y de
Madrid á Valencia.
El segundo contempló el mapa silenciosamente, rascándose la barba. Luego
fué elevando sus ojos caninos, hasta fijarlos en Ulises.
--¿Y tú?--preguntó.
--Yo me quedo. El capitán del _Mare nostrum_ se ha vendido con su buque.
Tòni hizo un gesto doloroso. Creyó por un momento que Ferragut quería
librarse de su presencia y estaba descontento de sus servicios. Pero el
capitán se apresuró á darle explicaciones.
Por pertenecer el _Mare nostrum_ á un país neutral, no podía ser vendido
á una de las naciones beligerantes mientras durasen las hostilidades. A
causa de esto, él lo había enajenado de un modo que no hacía necesario
el cambio de bandera. Ya no era su dueño, pero continuaba á bordo como
capitán, y el vapor seguiría siendo español lo mismo que antes.
--¿Y por qué debo irme?--dijo Tòni con voz trémula, creyéndose víctima
de una preterición.
--Vamos á navegar armados--contestó Ulises con energía--. Por eso he
hecho la venta, más que por el dinero. Llevaremos un cañón á popa,
telegrafía sin hilos, una tripulación de hombres de la reserva marítima,
todo lo necesario para defenderse. Haremos nuestros viajes sin buscar al
enemigo, llevando cargamentos lo mismo que antes; pero si el enemigo nos
sale al paso, encontrará quien le conteste.
Estaba dispuesto á morir, si tal era su destino, pero agrediendo al que
le atacase.
--¿Y no puedo ir yo también?--insistió el piloto.
--No; detrás de ti existe una familia que te necesita. Tú no eres de una
nación en guerra, ni tienes nada que vengar... Yo soy el único de los
antiguos tripulantes que permanece á bordo. Todos os vais. El capitán
tiene una razón para exponer su vida y no quiere cargar con la
responsabilidad de arrastraros á todos en su última aventura.
Tòni comprendió que era inútil insistir. Sus ojos se humedecieron...
¿Era posible que se despidiesen para siempre dentro de unas horas?...
¿No vería más á Ulises y á su buque, que se llevaban la mejor parte de
su pasado?...
El capitán deseó terminar pronto esta entrevista para mantener su
serenidad.
--Mañana á primera hora--dijo--llamarás á la gente. Ajusta las cuentas
de todos. Cada uno debe recibir como gratificación extraordinaria la
paga de un año entero. Quiero que guarden buena memoria del capitán
Ferragut.
Intentó el piloto oponerse á esta generosidad por un resto del áspero
interés que le habían inspirado siempre los negocios del buque, pero su
superior no quiso dejarle seguir.
--¡Estoy podrido de dinero!--repitió como si se quejase--. Tengo más de
lo que necesito... Puedo hacer locuras, si es mi gusto.
Luego miró por primera vez á su segundo frente á frente.
--En cuanto á ti--siguió diciendo--, he pensado lo que debes hacer...
¡Toma!
Le dió un sobre cerrado, y el piloto, maquinalmente, intentó abrirlo.
--No; no lo abras por ahora. Te enterarás de lo que contiene cuando
estés en España. Ahí va encerrado el porvenir de los tuyos.
Miró Tòni con ojos asombrados el leve envoltorio de papel que tenía
entre los dedos.
--Te conozco--continuó Ferragut--; protestarías al ver la cantidad. Para
mí es insignificante, y á ti te parecería excesiva... No abras el sobre
hasta que estés en nuestra tierra. En él encontrarás el nombre del Banco
al que debes dirigirte. Quiero que seas el más rico de tu pueblo; que
tus hijos se acuerden del capitán Ferragut cuando yo haya muerto.
El piloto hizo un gesto de protesta ante esta muerte posible, y al mismo
tiempo se restregó los ojos como si sintiera en ellos un cosquilleo
intolerable.
Ulises continuó sus instrucciones. Había vendido atropelladamente la
casa de sus abuelos allá en la Marina, las viñas, toda la herencia del
_Tritón_, cuando adquirió el _Mare nostrum_. Su deseo era que Tòni
rescatase estos bienes, instalándose en el antiguo domicilio de los
Ferragut.
--Tienes dinero de sobra para eso y mucho más. Yo carezco de hijos, y me
gustará que los tuyos ocupen la casa que fué mía... Tal vez cuando
llegue á viejo (si es que no me matan) iré á pasar los veranos con
vosotros. ¡Animo, Tòni!... Aún pescaremos juntos, como pescaba mi tío el
médico.
Pero el segundo no se reanimó con estas afirmaciones optimistas. Tenía
los ojos hinchados por una humedad lacrimosa que hacía brillar sus
córneas. Juraba entre dientes, protestando contra la próxima
separación... ¡No verse más, después de tantos años de fraternidad!...
¡Cristo!...
El capitán tuvo miedo también á que saltasen sus lágrimas, y le ordenó
que fuese á hacer las cuentas de los hombres á bordo.
Una hora después, Tòni volvía á entrar en la gran cámara, llevando en
una mano la carta abierta. No había podido resistirse á la tentación de
violar su secreto, temiendo que la generosidad de Ferragut resultase
excesiva, inadmisible.
Protestó, tendiendo hacia Ulises el cheque extraído del sobre.
--¡No puedo aceptar!... ¡Es una locura!...
Había leído con espanto la cantidad consignada en el documento de
crédito: primeramente en cifras, luego en letras. ¡Doscientas cincuenta
mil pesetas!... ¡Cincuenta mil duros!
--Eso no es para mí--volvió á decir--. No lo merezco... ¿Qué puedo hacer
con tanto dinero?
Fingió irritarse el capitán por su desobediencia.
--¡Guarda ese papel, bruto!... Ya me temía yo tus protestas... Es para
tus hijos y para que tú descanses. No hablemos más, ó me enfado.
Luego, para vencer sus escrúpulos, abandonó el tono violento y dijo con
tristeza:
--Carezco de herederos... No sé que hacer de mi fortuna inútil.
Y repitió una vez más, como una queja contra el destino:
--¡Estoy podrido de dinero!...
A la mañana siguiente, mientras Tòni ajustaba en su camarote las cuentas
de los tripulantes, asombrados de la munificencia de esta despedida, el
tío _Caragòl_ entró en el salón de popa, pidiendo hablar á Ferragut.
Se había puesto un viejo capote sobre sus ropas flácidas y escasas, más
por decoro de la visita que porque realmente le hiciese sufrir el frío
de Bretaña.
Despojó su esquilada cabeza del eterno sombrero de palma, fijando sus
ojos rojizos en el capitán, que seguía escribiendo después de contestar
á su saludo.
«¿Qué significaba cierta orden que había recibido de prepararse para
dejar el buque dentro de unas horas?...» Debía ser una burla de Tòni,
excelente sujeto, pero enemigo de las cosas santas, que gustaba de
irritarle á causa de su piedad...
Ferragut abandonó la pluma, volviéndose hacia el cocinero, cuya suerte
le había preocupado lo mismo que la del piloto.
--Tío _Caragòl_, nos hacemos viejos, y hay que pensar en el retiro...
Voy á darle un papel; lo guardará lo mismo que si fuese una estampa
bendita, y cuando lo presente en Valencia, le entregarán diez mil duros.
¿Usted sabe lo que son diez mil duros?...
Colocando su mentalidad al nivel de la de este hombre sencillo, se gozó
en trazarle un plan de vida. Podía emplear su capital en cualquiera
empresa modesta del puerto de Valencia: podía establecer un restorán,
que pronto se haría célebre por sus olímpicos arroces. Sus sobrinos, que
eran pescadores, lo recibirían como á un dios. Podía igualmente ser
consocio en una pareja de barcas dedicadas á la pesca del _bòu_. Le
esperaba una vejez feliz y honrosa; sus antiguos compañeros de
navegación iban á envidiarle. Se levantaría á media mañana, iría al
café, figuraría como devoto rico en todas las fiestas religiosas del
Grao y del Cabañal: tendría en las procesiones un puesto de honor...
Siempre que hablaba Ferragut, le interrumpía el tío _Caragòl_
maquinalmente para decir: «Así es, mi capitán.» Por primera vez dejó de
mover la cabeza y de sonreír con su cara de sol. Estaba pálido y
sombrío. Hizo con su redonda testa un signo enérgico y dijo
lacónicamente:
--No, mi capitán.
Ante la mirada de asombro de Ulises, creyó necesario explicarse.
--¿Qué voy á hacer desembarcado?... ¿Quién me espera?... ¿Qué negocios
ni qué familia pueden interesarme?...
Ferragut creyó escuchar un eco de sus propios pensamientos. El, como su
cocinero, nada tenía que hacer en tierra... Se aburría mortalmente lejos
del mar como durante los meses pasados en Barcelona cuando aún era joven
y podía crearse una nueva profesión. Además, le resultaba imposible
volver á su casa, reanudando la vida con su esposa: equivalía á perder
sus últimas ilusiones. Era mejor contemplar de lejos todo lo que restaba
en pie de su antigua existencia.
_Caragòl_, mientras tanto, seguía hablando. Los sobrinos no se acordaban
del pobre cocinero, y él no tenía por qué preocuparse de su suerte,
enriqueciéndolos. Prefería quedarse donde estaba, sin dinero y feliz.
--¡Que se vayan los otros!--dijo con un egoísmo pueril--. ¡Que se vaya
Tòni!... Yo me quedo... debo quedarme. Cuando el capitán se marche, se
marchará el tío _Caragòl_.
Ulises enumeró los grandes peligros que iba á arrostrar el buque. Los
submarinos alemanes lo acechaban con mortal predilección: sostendrían
combates... serían torpedeados...
La sonrisa del viejo despreció estos peligros. Tenía, la certidumbre de
que nada malo podía ocurrirle al _Mare nostrum_. Las furias del mar
resultaban impotentes contra él, y menos conseguiría aún la maldad de
los hombres.
--Yo sé por qué lo digo, capitán... Estoy seguro de que saldremos sanos
y salvos de todos los peligros.
Pensó en sus milagrosos amuletos, en sus estampas benditas, en la
protección sobrenatural que le proporcionaban sus piadosas invocaciones.
Además, tenía en cuenta el nombre latino del buque, que le había
inspirado siempre un respeto religioso. Pertenecía á la lengua usada por
la Iglesia, al idioma en que se ordenan los milagros y que expulsa al
demonio, haciéndolo correr despavorido.
--El _Mare nostrum_ no sufrirá desgracia. Si le cambiasen el título...
tal vez. Pero mientras se llame así, ¿cómo puede ocurrirle nada malo?...
Sonriendo ante esta fe, empleó Ferragut su último argumento. Toda la
tripulación iba á componerse de franceses: ¿cómo se entendería con ellos
si ignoraba su idioma?...
--Yo lo sé todo--afirmó el viejo soberbiamente.
Se había entendido con los hombres en los puertos más diversos del
mundo. Contaba con algo más que la lengua: con los ojos, con las manos,
con su malicia expresiva de meridional exuberante y gesticulador.
--Yo soy como San Vicente Ferrer--añadió con orgullo.
Su santo sólo hablaba la lengua de Valencia, y había corrido media
Europa predicando á muchedumbres de idiomas diversos, haciéndolas llorar
de mística emoción y arrepentirse de sus pecados.
Mientras Ferragut tuviese el mando, él se quedaba. Si no le quería de
cocinero, sería marmitón, fregaría las ollas. Lo importante era seguir
pisando la cubierta del buque.
El capitán tuvo que acceder. Este viejo representaba para él un resto
del pasado. Podría asomarse de tarde en tarde á la cocina para hablar de
los lejanos tiempos en que se vieron por primera vez.
Y _Caragòl_ se retiró, satisfecho de su éxito.
--En cuanto á esos franceses--dijo antes de salir--, déjelos á mi cargo.
Deben ser buenas personas... Veremos qué dicen de mis arroces.
En el curso de una semana, el _Mare nostrum_ se despobló y volvió á
poblarse. Fueron marchándose en grupos sus antiguos tripulantes. Tòni
salió el último, y Ulises no quiso verle, por temor á una emoción
inútil. Ya se escribirían.
Una curiosidad simpática impulsó al cocinero hacia la nueva marinería.
Saludaba afablemente á los oficiales, sintiendo no poseer su idioma para
entablar con ellos amistosas conversaciones. El capitán le tenía
acostumbrado á tal familiaridad.
Eran dos pilotos que la movilización había convertido en tenientes
auxiliares de la marina de guerra. Los primeros días se presentaron á
bordo vistiendo su uniforme; luego volvieron con traje civil, para
habituarse á ser simples oficiales mercantes de un vapor neutral. Los
dos conocían por referencias los viajes anteriores de Ferragut, sus
servicios á los aliados, y se entendieron simpáticamente, sin ningún
prejuicio de nacionalidad.
_Caragòl_ consiguió igual éxito entre los cuarenta y cinco hombres que
se fueron posesionando de las máquinas y los ranchos de proa. Llegaban
vestidos de marineros de la flota, con amplio cuello azul y una gorra
rematada por un pompón rojo. Algunos ostentaban en el pecho medallas
militares y la reciente Cruz de Guerra. De los sacos de lona que les
servían de maletas sacaban sus trajes del tiempo de paz, cuando
trabajaban en los vapores de carga, en los veleros que van á Terranova ó
en simples barcas de pesca costera.
La cocina estaba repleta á ciertas horas de hombres que escuchaban al
viejo. Algunos conocían la lengua española por haber navegado en
_bricks_ de Saint-Malo y Saint-Nazaire, yendo á los puertos de
Argentina, Chile y Perú. Los que no podían entender las palabras del
cocinero las adivinaban á través de sus gesticulaciones. Todos reían,
encontrándolo bizarro é interesante, y esta alegría general la atizaba
_Caragòl_ sacando á luz los tesoros líquidos que había amontonado en los
viajes anteriores, bajo la administración descuidada y generosa de
Ferragut.
El vino fuerte y alcohólico de las costas de Levante caía en los vasos
como tinta, coronado de un círculo de rubíes. El viejo lo derramaba con
mano pródiga. «Bebed, muchachos; en vuestra tierra no tenéis de esto...»
Otras veces confeccionaba sus famosos «refrescos», sonriendo con una
satisfacción de artista al ver el mohín de voluptuosidad que alteraba
los rostros.
--¿Cuándo habéis bebido nada semejante?--decía con orgullo--. ¿Qué sería
de vosotros sin el tío _Caragòl_?...
Estos bretones, acostumbrados á la disciplina y la sobriedad de otros
buques, admiraban los fueros extraordinarios del cocinero, que podía
mostrarse generoso lo mismo que un capitán.
Con frecuencia comunicaba á Ferragut sus opiniones sobre los nuevos
camaradas. ¡Por algo había dicho que se entendería con ellos!... Eran
hombres serios y religiosos, y los prefería á los antiguos tripulantes
mediterráneos, juradores é incapaces de resignación, que á la menor
contrariedad sacaban á Dios al ruedo para afrentarlo con malas palabras.
Todos ellos, musculosos y bien plantados, con ojos azules y bigotes
rubios, llevaban medallas ocultas. Uno le había regalado la suya,
comprada en una peregrinación á Santa Ana de Auray. _Caragòl_ la mostró
sobre su pecho velludo. Sentía una fe reciente en los prodigios de esta
imagen «extranjera».
--Van á miles los peregrinos á su santuario, capitán. Todos los días
hace un milagro... Hay una escala santa que los devotos suben de
rodillas, y muchos de esos chicos la han subido. Yo quisiera...
En otro de los viajes á Brest, esperaba que Ferragut le permitiese ir á
Auray el tiempo necesario para subir la escalera de rodillas, ver á
Santa Ana y volver á bordo.
Ya no estaba el buque en el puerto comercial. Había pasado al puerto
militar, estrecha ría que se retuerce por el interior de la ciudad,
partiéndola en dos. Un gran puente giratorio ponía en comunicación ambas
orillas, orladas de vastas construcciones y altas chimeneas: talleres de
la marina, depósitos, arsenales, diques secos para la limpieza de los
buques. Los remolcadores movían continuamente su agua verde y fangosa.
Los vapores en reparación se alineaban á lo largo de los malecones, bajo
un continuo martilleo que hacía resonar sus planchas. Las gabarras
rematadas por colinas de hulla iban lentamente á situarse en los flancos
de los buques. Bajo el puente giratorio llegaban y partían las lanchas
de los acorazados, dejando en los muelles flotantes las tripulaciones
libres de servicio, que saludaban con escandaloso griterío el salto á
tierra.
Permaneció aislado el _Mare nostrum_ mientras los obreros del arsenal
instalaban en su popa un cañón de tiro rápido y los aparatos de
telegrafía sin hilos. Nadie podía entrar en él que no perteneciese á su
tripulación.
Las familias de los marineros esperaban á éstos en el muelle, y
_Caragòl_ tuvo ocasión de conocer á muchas bretonas, madres, hermanas ó
prometidas de sus nuevos amigos. Le gustaban estas mujeres: iban
vestidas de negro, con amplias sayas y gorros blancos y rígidos que
traían á su memoria las tocas de las monjas... Algunas muchachas, altas,
carnudas, de ojos azules y cándidos, reían con el español sin entenderle
una palabra. Las viejas, de cara fruncida y obscura como las manzanas
invernizas, chocaban su vaso con el de _Caragòl_ en los cafetuchos
vecinos al puerto. Todos hacían honor á una copa en momento oportuno y
tenían gran fe en los santos. El cocinero no necesitaba más... ¡gentes
excelentes y simpáticas!
Ciertos mozos condecorados con la Cruz de Guerra le contaban sus
hazañas. Eran supervivientes de los batallones de fusileros marinos que
defendieron á Dixmude. Después de la batalla del Marne los habían
enviado á cortar el paso del enemigo por el lado de Flandes. No pasaban
de seis mil, y ayudados por una división belga sostenían el empuje de
todo un ejército. Su resistencia había durado semanas: un combate de
barricadas en las calles, de peleas á lo largo de un canal, con el
encarnizamiento de los antiguos abordajes. Los oficiales gritaban sus
órdenes con el sable roto y la cabeza vendada; los hombres se batían sin
pensar en sus heridas, cubiertos de sangre, hasta que se desplomaban
muertos.
_Caragòl_, poco aficionado á las empresas militares, se entusiasmaba
relatando á Ferragut esta lucha heroica, sólo porque habían figurado en
ella sus nuevos amigos.
--Murieron muchos, capitán; casi la mitad... pero los alemanes no
pudieron seguir adelante... Luego, al enterarse de que los marinos no
habían sido mas que seis mil, los generales _boches_ se tiraban de los
pelos: ¡tanta era su rabia! Creían haber tenido enfrente docenas de
miles... Da gusto oír contar eso á los chicos que estuvieron allá.
Entre estos «chicos» heridos en la guerra, que habían pasado á la
reserva naval y tripulaban el _Mare nostrum_, uno era distinguido por la
predilección del viejo. Podía hablarle en español, á causa de sus
navegaciones trasatlánticas, y además había nacido en Vannes.
Apenas se aproximaba á sus dominios, salía á su encuentro con una
sonrisa de invitación: «¿Un refresco... Vicente?» La mejor silla era
para él. _Caragòl_ había olvidado su nombre por innecesario. Al ser de
Vannes, sólo podía llamarse Vicente.
El primer día que se hablaron, el marino, enamorado de su país, le
describió las bellezas del Morbihán, extenso mar interior rodeado de
bosques, con islas cubiertas de pinos; las antigüedades venerables de la
ciudad; su catedral gótica, abundante en tumbas, entre ellas la de un
santo español: San Vicente Ferrer.
A _Caragòl_ le dió un vuelco el corazón. Nunca se había preocupado de
averiguar dónde estaba la sepultura del famoso apóstol de Valencia,..
Recordó de pronto una estrofa de los «gozos» que cantaban ante los
altares del santo los devotos de su tierra. Efectivamente, había ido á
morir «en Vannes de Bretaña», nombre geográfico que hasta entonces
carecía de significado para él... ¡Y este muchacho era de Vannes! No fué
necesario más para que lo mirase con el mismo respeto que si hubiese
nacido en un país de maravillas.
Le hizo describir muchas veces cómo era la tumba del santo en el crucero
de la catedral, las apolilladas tapicerías que perpetuaban sus milagros,
el busto de plata que guardaba su corazón... Además, la puerta principal
de Vannes se llamaba de San Vicente, y los recuerdos del santo estaban
aún vivos en sus crónicas.
También se propuso visitar esta ciudad cuando el buque volviese á Brest.
Muy santa debía ser la tierra bretona, la más santa del mundo, cuando el
valenciano milagroso, después de correr tantas naciones, había querido
morir en ella.
Ya no le produjo asombro que á este mocetón le hubiesen recogido en
Dixmude cubierto de heridas y se mostrase ahora sano y vigoroso... A
bordo del _Mare nostrum_ era artillero: él y dos camaradas estaban
encargados del cañón. Para _Caragòl_ no ofrecía dudas la suerte de todo
submarino que les saliese al encuentro: el «chico de Vannes» iba á
hacerlo añicos al primer disparo. Una tarjeta postal, obsequio del
bretón, representando la tumba del santo, figuraba en el sitio de honor
de la cocina. El viejo le rezaba como si fuese una estampa milagrosa, y
el Cristo del Grao iba quedando en segundo término.
Una mañana, _Caragòl_ fué en busca del capitán, que estaba escribiendo
en su camarote. Venía de tierra, de hacer sus compras en el mercado. Al
pasar por la _rue de Siam_, la vía más importante de Brest, donde están
los cafés, los teatros y los cinemas, había tenido un encuentro.
--Un encuentro--continuó con sonrisa misteriosa--. ¿A que no adivina
usted quién es?...
Levantó los hombros Ferragut, y en vista de su indiferencia, el viejo no
quiso guardar por más tiempo el secreto.
--¡La pájara!--añadió--. Aquella pájara guapetona y perfumada que venía
á verle... La de Nápoles... la de Barcelona...