fijar la cifra; el capitán estaba dispuesto á satisfacer todos sus
deseos; pero nada de vivir juntos. Le daría una suma importante para
asegurar su porvenir y no verla más.
Freya hizo un ademán de protesta, al mismo tiempo que el marino se
arrepentía de su generosidad... ¿Por qué favorecer á una mujer que le
recordaba la muerte de su hijo?... ¿Qué había de común entre los dos?...
Los viles amores de Nápoles harto los había pagado con su desgracia...
Que cada uno siguiese su destino; pertenecían á mundos distintos... ¿Iba
á tener que defenderse toda su vida de esta hembra pegajosa?
Aparte de esto, no estaba seguro de que ahora dijese verdad... Todo en
ella era falso. Ni siquiera conocía con certeza su verdadero nombre y su
existencia pasada...
--¡Márchate!--rugió con tono amenazador--. ¡Déjame en paz!
Tendió sus poderosas manazas hacia ella viendo que se resistía á
obedecer. Iba á levantarla del suelo con rudo tirón, á llevarla como un
fardo leve fuera de la cámara, fuera del barco, arrojándola lejos lo
mismo que si fuese un remordimiento.
Pero le inspiró una repugnancia invencible este cuerpo abundante en
seducciones: tuvo miedo á su contacto; quiso huir de las sorpresas
eléctricas de su carne... Además, él no iba á maltratarla á cada
encuentro, como un bellaco profesional de los que mezclan el amor y los
golpes. Recordaba con tristeza sus violencias de Barcelona.
Y como Freya, en vez de marcharse, se dejaba caer de nuevo en el diván
con un desaliento que parecía desafiar su cólera, fué él quien huyó para
dar fin á la entrevista.
Se introdujo en su camarote, cerrando la puerta de golpe. Esta fuga la
sacó á ella de su inercia. Quiso seguirle con un salto de pantera joven,
pero sus manos chocaron contra el obstáculo que acababa de
inmovilizarse, mientras seguían sonando en su interior llaves y
cerrojos.
Golpeó desesperadamente la puerta. Sus puños se lastimaron en
infructuosos empujones.
--¡Ulises, abre!... ¡Oyeme!
En vano gritó como si diese una orden, exasperándose al no verla
obedecida. Su cólera se revolvió impotente contra la solidez
inconmovible de la madera. De pronto empezó á llorar. Se había ablandado
su voluntad al sentirse débil é indefensa como una criatura abandonada.
Toda su vida pareció concentrarla en sus lágrimas y su voz suplicante.
Paseó los dedos por la puerta, palpando las molduras, deslizándolos por
las superficies barnizadas, como si buscase á tientas una rendija, un
agujero, algo que le permitiese llegar hasta el hombre que estaba al
otro lado.
Instintivamente dobló sus rodillas, pegando la boca al orificio de la
cerradura.
--¡Dueño mío!--murmuró con una voz de pordiosera--. ¡Abre!... No me
abandones. Piensa que voy hacia la muerte si tú no me salvas.
Ferragut la oyó, y para huir de su gemido fué alejándose hasta el fondo
del camarote. Luego abrió el ventano redondo que daba sobre la cubierta,
ordenando á un marinero que buscase al segundo.
--_¡Don Antòni! ¡don Antòni!_--gritaron varias voces á lo largo del
buque.
Llegó Tòni, pegando su cara al redondel para recibir las quejas furiosas
de su capitán. «¿Por qué le habían dejado solo con aquella mujer?...
Debían sacarla del buque inmediatamente, aunque fuese á viva fuerza...
El lo mandaba.»
El piloto se alejó con aire azorado, rascándose la barba lo mismo que si
acabase de recibir una orden de difícil ejecución.
--¡Sálvame, amor mío!--seguía gimiendo el susurro implorante--. Olvida
quién soy... Piensa únicamente en la de Nápoles... en la que conociste
en Pompeya... Acuérdate de nuestra felicidad á solas, de las veces que
me juraste no abandonarme nunca... ¡Tú eres un caballero!
Calló un momento la voz. Ferragut oyó pasos al otro lado de la puerta.
Tòni cumplía sus órdenes.
Pero la súplica volvió á reanudarse á los pocos instantes,
reconcentrada, tenaz, atenta únicamente á su deseo, despreciando los
nuevos obstáculos que venían á interponerse entre ella y el capitán.
--¿Tanto me odias?... Acuérdate de la felicidad que te di: tú mismo me
juraste que nunca habías sido tan dichoso. Puedo resucitar otra vez el
pasado. Tú no sabes de lo que soy capaz por hacerte dulce la
existencia... ¡Y quieres perderme!...
Sonó un choque en la puerta, un roce de cuerpos que se empujaban, una
frotación de lucha contra la madera.
Tòni había entrado, seguido de _Caragòl_.
--Ya hay bastante, señora--dijo con voz torva, para disimular su
emoción--. ¿No se da cuenta de que el capitán no quiere verla?... ¿no
comprende que está estorbando?... Vamos... ¡arriba!
Intentó ayudarla á incorporarse, separando su boca de la cerradura; pero
Freya repelió con facilidad al vigoroso marino. Parecía falto de
fuerzas, sin valor para repetir su ruda acción. Le inspiraba miedo la
hermosura de esta mujer; estaba estremecido aún por el contacto de las
firmes redondeces que acababa de rozar durante la corta lucha. Su virtud
soñolienta había sufrido el tormento de una resurrección sin objeto.
«¡Ah, no!... Que se encargasen otros de expulsarla.»
--¡Ulises, me echan!--gritó ella pegando otra vez su boca á la
cerradura--. ¿Y tú, amor mío, lo permites?... ¿tú que tanto me
amabas?...
Después de este llamamiento desesperado permaneció silenciosa unos
instantes. La puerta se mantuvo inmóvil: detrás de ella no parecía
existir ningún ser viviente.
--¡Adiós!--continuó en voz baja, con la garganta hinchada de sollozos--.
Ya no me verás... Voy á morir pronto: me lo dice el corazón... ¡Moriré
por ti!... Tal vez llores algún día pensando que pudiste salvarme.
Alguien había intervenido para arrancar á Freya de su rebelde
inmovilidad. Era _Caragòl_, solicitado por los ojos implorantes del
piloto.
Sus manazas la ayudaron á levantarse, sin que ella repitiese la protesta
que había repetido á Tòni. Vencida y derramando lágrimas, pareció
someterse á la ayuda paternal y los consejos del cocinero.
--¡Arriba, buena señora!--dijo _Caragòl_--. Un poco de ánimo y no
llore... Para todo hay consuelo en este mundo.
Encerró en su abultada diestra las dos manos de ella, y pasando el otro
brazo por su talle, la fué dirigiendo poco á poco hacia la salida del
salón.
--Crea en Dios--añadió--. ¿Por qué busca al capitán, que tiene allá en
su tierra á su mujer propia?... Otros hombres existen que están libres,
y puede usted entenderse con ellos sin caer en pecado mortal.
Freya no le escuchaba. Cerca de la puerta volvió todavía la cabeza,
iniciando un retroceso hacia el camarote del capitán.
--¡Ulises!... ¡Ulises!--gritó.
--Crea en Dios, señora--dijo otra vez _Caragòl_, mientras la empujaba
con su vientre flácido y su pecho velludo.
Un propósito caritativo llenó su pensamiento. Tenía el remedio para el
dolor de esta mujer hermosa, que la desesperación había hecho más
interesante.
--Venga usted, señora... Hágame caso, hija mía.
Al llegar á la cubierta, la fué guiando hacia sus dominios. Freya se
sentó en la cocina, sin saber con certeza dónde estaba. Vió á través de
sus lágrimas á este viejo obeso, de una bondad sacerdotal, yendo de un
lado á otro para reunir botellas y mezclar líquidos, agitando una
cuchara en un vaso con alegre retintín.
--Beba sin miedo... No hay disgusto que resista á esta medicina.
El cocinero le ofreció un vaso; y ella, anonadada, bebió y bebió,
contrayendo su rostro por la intensidad alcohólica del líquido. Seguía
llorando, al mismo tiempo que su boca paladeaba una espesa dulzura. Sus
lágrimas fueron cayendo en el brebaje que se deslizaba entre sus labios.
Un plácido calor emergió de su estómago, secando la humedad de los ojos,
dando nuevos colores á sus mejillas. _Caragòl_ continuaba la charla,
satisfecho del éxito de su obra, haciendo señas de alejamiento al
sombrío Tòni, que pasaba y repasaba ante la puerta con el deseo
vehemente de ver marcharse á la intrusa.
--No llore más, hija mía... ¡Cristo del Grao! ¡llorar una señora tan
guapa, que puede encontrar los novios á docenas!... Créame: busque á
otro; el mundo está lleno de hombres sin ocupación... Y siempre que
sufra un disgusto, acuda á mi cordial... Voy á darle la receta.
Iba á apuntar en un pedazo de papel las dosis de aguardiente de caña y
de azúcar, cuando ella se levantó, súbitamente vigorizada, mirando en
torno con extrañeza... ¿Por qué estaba allí? ¿Qué tenía que ver con
aquel buen hombre medio desnudo que le hablaba como si fuese su
padre?...
--¡Gracias! ¡muchas gracias!--dijo al salir de la cocina.
Luego, en la cubierta, se detuvo, abriendo su bolso de oro para sacar el
espejito y el bote de polvos. Vió en el óvalo biselado del cristal el
rostro faunesco de Tòni asomando detrás de su espalda con miradas de
impaciencia.
--Dígale al capitán Ferragut que ya no le molestaré más... Todo
terminó... Tal vez oiga hablar de mí alguna vez, pero no me verá nunca.
Y salió del buque sin volver la cabeza, con paso acelerado, como si
corriese á la realización de algo que llenaba su pensamiento.
Tòni corrió también hacia el ventano del camarote de Ulises.
--¿Ya se ha ido?--preguntó éste con impaciencia.
El piloto asintió con la cabeza. Se había ido prometiendo no volver.
--Así sea--dijo Ferragut.
Manifestó Tòni el mismo deseo. ¡Ojalá no viesen más á esta rubia, que
traía la desgracia!...
En los días siguientes, el capitán apenas abandonó su buque. No quería
encontrarse con ella en las calles de la ciudad: dudaba de la dureza de
su carácter; temía ceder á sus ruegos al verla otra vez llorando y
suplicando.
Se desvaneció la inquietud de Ulises al quedar terminada la carga del
buque. Este viaje iba á ser más corto que los anteriores. El _Mare
nostrum_ fué á Corfú con material de guerra para los servios, que
reorganizaban sus batallones destinados á Salónica.
En el viaje de vuelta, Ferragut fué atacado por el enemigo. Un amanecer,
cuando subía al puente para reemplazar á Tòni, los dos vieron al mismo
tiempo en forma tangible lo que llevaban á todas horas en su
imaginación. Se marcó á lo lejos, en el redondel de sus gemelos, el
extremo de un palo negro y derecho que cortaba las aguas, sonrosadas por
el alba, dejando un rastro de espuma.
--¡Submarino!--gritó el capitán.
Tòni no dijo nada, pero apartando de un zarpazo al timonel, agarró la
rueda, dando al buque otra dirección. El movimiento fué oportuno. Sólo
iban transcurridos unos segundos, cuando empezó á marcarse sobre el agua
un dorso obscuro, de vertiginosa carrera, que venía rectamente hacia el
vapor.
--¡Torpedo!--gritó Ferragut.
La angustiosa espera duró unos instantes. El proyectil, oculto en las
aguas, pasó á unos seis metros de la popa, perdiéndose en la inmensidad.
Sin la rápida virada de Tòni, habría herido al buque en pleno flanco.
El capitán, por el tubo acústico que descendía á las máquinas, gritó
órdenes enérgicas para que desarrollasen toda la velocidad. Mientras
tanto, el piloto, agarrado á la rueda, dispuesto á morir sin soltarla,
dirigía el buque en zigzags para no ofrecer una puntería fija al
submarino.
Todos los tripulantes contemplaban desde las bordas el bastón lejano é
insignificante del periscopio. El tercer oficial había salido de su
camarote casi desnudo, restregándose los ojos soñolientos. _Caragòl_
estaba en la popa, mostrando su abdomen bajo el revoloteo de la suelta
camisa y llevándose una mano á las cejas á guisa de visera.
--Lo veo... lo veo perfectamente... ¡Ah, bandido! ¡hereje!
Y tendía su puño amenazador hacia un punto del horizonte, precisamente
el opuesto al lugar donde emergía el periscopio.
Vió Ferragut en el redondel azul de las lentes cómo este tubo subía y
subía, engrosándose. Ya no era un palo, era una torre, y á continuación
de esta torre iba surgiendo del mar un basamento de acero que chorreaba
cascadas de espuma, un lomo gris de cetáceo, que poco á poco tomaba la
forma de un vaso navegante largo y afilado.
Una bandera flotó de pronto sobre el submarino. Ulises la conocía.
--¡Nos van á atacar á cañonazos!--gritó á Tòni--. Es inútil que
naveguemos en zigzags. Lo que importa es ganar distancia, marchar en
línea recta.
El segundo, hábil timonel, obedeció al capitán. Tembló todo el casco á
impulsos de una velocidad extraordinaria. La proa cortaba las aguas con
un rumor creciente. El sumergible enemigo, al aumentar su volumen con la
emersión, pareció, sin embargo, retroceder en el horizonte. Dos vedijas
de espuma empezaron á amontonarse en ambas caras de su proa. Corría con
todo el ímpetu de su marcha de superficie; pero el _Mare nostrum_
navegaba igualmente con el impulso forzado de sus máquinas á gran
presión, y la distancia entre ambos buques se fué dilatando.
--¡Tiran!--dijo Ferragut con los gemelos en los ojos.
Una columna de agua se levantó cerca de la proa. Esto fué lo único que
_Caragòl_ pudo ver claramente, y rompió á aplaudir con una alegría
infantil. Luego agitó en alto su sombrero de palma. «¡Viva el Santo
Cristo del Grao!...»
Otros proyectiles fueron cayendo en torno del _Mare nostrum_,
salpicándolo con sus enormes surtidores de espuma. De pronto tembló de
popa á proa: se estremecieron sus planchas con una vibración de
estallido.
--¡No es nada!--gritó el capitán echando medio cuerpo fuera del puente
para ver mejor el casco de su buque--. Un cañonazo en la popa. ¡Firme,
Tòni!...
El segundo, agarrado á la rueda, volvía la cabeza de vez en cuando para
apreciar la distancia que les separaba del submarino. Cada vez que veía
levantarse una columna acuática á impulsos de un proyectil, repetía el
mismo consejo:
--¡Tiéndete, Ulises!... ¡Van tirar contra el puente!
Era un recuerdo de su lejana juventud de contrabandista, cuando se
acostaba en la cubierta de su barca manejando el timón y la vela bajo
los tiros de los vigilantes del resguardo. Temía por la vida de su
capitán, mientras él continuaba de pie, ofreciéndose á los disparos de
los enemigos.
Ferragut marchó de un lado á otro, maldiciendo su falta de medios para
responder á la agresión. «¡No le ocurriría otra vez!... ¡No se
divertirían más dándole caza!»
Un segundo proyectil abrió otra brecha en la popa... «¡Mientras no sea
en las máquinas!», pensaba el capitán. Después de esto, el _Mare
nostrum_ no sufrió más destrozos. Los disparos siguientes fueron
levantando columnas de agua en la estela que dejaba el vapor. Cada vez
surgían más lejanos estos fantasmas blancos. El buque salió de la zona
del cañón enemigo, que seguía tirando y tirando inútilmente. Al fin
cesaron los disparos y el submarino se borró del campo de visión de los
anteojos, hasta sumergirse enteramente, cansado de una persecución
inútil.
--¡No me ocurrirá más!--volvió á repetir el capitán--. ¡No me atacarán
otra vez impunemente!
Luego pensó que este submarino había marchado contra él sabiendo quién
era. Llevaba pintado en los costados de su buque los colores de España.
Al primer cañonazo, el tercer oficial había izado la bandera, sin que
cesasen por esto los disparos. Querían echarle á pique sin intimación
alguna, «sin dejar rastro». Pensó que Freya, en relación con los
directores de la campaña submarina, podía haber denunciado su viaje.
--¡Ah... _tal_! ¡Si te encuentro otra vez!...
Tuvo que descansar en Marsella varias semanas mientras reparaban las
averías del vapor.
Como Tòni carecía de ocupación durante esta inmovilidad forzosa, le
acompañó muchas veces en sus paseos. Gustaban de sentarse en la terraza
de un café de la Cannebière para comentar las diferencias pintorescas de
la muchedumbre cosmopolita.
--Mira: gentes de nuestro país--dijo el capitán una tarde.
Y señaló á tres hombres de mar confundidos en la corriente de uniformes
diversos y tipos de distintas razas que pasaba rozando las mesas del
café.
Los había reconocido por sus gorras de seda con visera, sus chaquetas
azules y su obesidad grave de marineros mediterráneos que han conseguido
cierto bienestar. Debían ser patrones de barca.
Como si la mirada y el gesto de Ferragut les hubiesen avisado con
misteriosa sensación, los tres volvieron los ojos, fijándolos en el
capitán. Luego empezaron á discutir entre ellos con una vehemencia que
hacía adivinar sus palabras.
«¡Es él!...» «¡No es!...» Aquellos hombres le conocían, pero dudaban al
verle.
Se alejaron con marcada indecisión, volviendo repetidas veces el rostro
para examinarle una vez más. A los pocos minutos regresó uno de ellos,
el más viejo, aproximándose con timidez á la mesa.
--¿Es usted, y perdone, el capitán Ferragut?...
Hizo esta pregunta en valenciano, al mismo tiempo que se llevaba la
diestra á su gorra para quitársela. Ulises detuvo el saludo y le ofreció
una silla. El era Ferragut: ¿qué deseaba?...
Se negó á sentarse. Quería decirle dos «razones» aparte, con cierto
secreto... Cuando el capitán hubo presentado á su segundo como hombre de
toda confianza, entonces se sentó. Los dos compañeros, rompiendo la
humana corriente, habían retrocedido también y estaban en el borde de la
acera, volviendo sus espaldas al café.
Era un patrón de barca: no se había equivocado Ferragut. Hablaba
lentamente, como si le preocupase la revelación final, á la que servía
de exordio todo lo que estaba diciendo.
--Los tiempos no son malos. Se gana dinero en el mar: más que nunca. Yo
soy de Valencia. Hemos venido tres barcas de allá con vino y arroz.
Viaje bueno, pero hay que navegar pegados á la costa, siguiendo la curva
de los golfos, sin atreverse á pasar de cabo á cabo por miedo á los
submarinos... Yo he encontrado á un submarino.
Ulises adivinó que las últimas palabras del patrón contenían el móvil
que le había hecho aproximarse, venciendo su timidez.
--No fué en este viaje ni en el anterior--continuó el hombre de mar--.
Me encontré con él dos días antes de la última Navidad. Yo, en invierno,
me dedico á la pesca: soy propietario de una pareja de barcas del
_bòu_... Estábamos cerca de las islas Columbretas, cuando de pronto
vimos aparecer un submarino cerca de nosotros. Los alemanes no nos
hicieron daño; lo único enojoso fué que tuvimos que entregarles una
parte de nuestra pesca por lo que quisieron darnos. Luego me ordenaron
que saltase á la cubierta del submarino para responder al comandante.
Era un joven que hablaba el castellano como yo lo he oído hablar allá en
las Américas, cuando de chico navegaba en un bergantín.
Se detuvo el patrón, algo cohibido, como si dudase en seguir su relato.
--¿Y qué dijo el alemán?--preguntó Ferragut para incitarle á continuar.
--Al enterarse de que yo era valenciano, me dijo si lo conocía á usted.
Me preguntó por su vapor, queriendo saber si navegaba frente á la costa
española. Yo le contesté que la conocía de nombre nada más, y él,
entonces...
El capitán le animó con su sonrisa al ver que vacilaba de nuevo.
--Le habló mal de mí, ¿no es cierto?
--Sí, señor; muy mal, con palabras muy feas. Dijo que tenía una cuenta
que arreglar con usted y que deseaba ser el primero en encontrarle.
Según dió á entender, los otros submarinos también le buscan... Sin duda
es una orden.
Se cruzó una larga mirada entre Ferragut y su segundo. Mientras tanto,
el patrón seguía sus explicaciones.
Los dos amigos que le esperaban á pocos pasos habían visto muchas veces
al capitán en Barcelona y en Valencia. Uno de ellos lo había reconocido
inmediatamente; otro dudaba que fuese él; y por deber de conciencia, el
viejo patrón volvía atrás para darle este aviso.
--Entre paisanos debemos ayudarnos... ¡Los tiempos son malos!
Al verle de pie, sus dos camaradas se aproximaron sonriendo á Ferragut,
«¿Qué deseaban tomar?» Les invitó á sentarse en torno de su mesa; pero
tenían prisa: iban á ver al consignatario de sus barcas.
--Ya lo sabe, capitán--dijo el patrón al despedirse--. Esos demonios le
buscan para jugarle una mala pasada. Usted sabrá por qué... ¡Mucho ojo!
En el resto de la tarde hablaron poco Ferragut y Tòni. Los dos tenían en
el cerebro iguales pensamientos, pero evitaban su exteriorización por un
pudor de hombres enérgicos, temiendo que fuesen interpretados como
preocupaciones del miedo.
Al cerrar la noche, cuando se retiraban al vapor, el piloto se atrevió á
romper este silencio.
--¿Por qué no abandonas la navegación?... Eres rico; además, te darán
por tu buque lo que pidas. Hoy se pagan los barcos como si fuesen de
oro.
Ulises levantó los hombros. No pensaba en el dinero: ¿de qué podía
servirle?... El resto de su vida deseaba pasarlo en el mar, dando ayuda
á los enemigos de sus enemigos. Tenía una venganza que cumplir; viviendo
en tierra abandonaba esta venganza y sentiría con más intensidad el
recuerdo de su hijo.
El segundo calló unos instantes.
--¡Son tantos los enemigos!...--dijo luego con desaliento--. ¡Somos
nosotros tan poca cosa!... Por unos cuantos metros no nos han echado á
pique en el último viaje. Lo que no ha sido ahora será cualquier día...
_Ellos_ han jurado acabar contigo; y son muchos... y son de guerra. ¿Qué
podemos nosotros, pobres marinos de paz?...
Tòni no añadió nada, pero sus ideas silenciosas fueron adivinadas por
Ulises.
Pensaba en su familia, que vivía allá en la Marina una existencia de
continua ansiedad viéndole á bordo de un buque acechado por
irresistibles amenazas. Pensaba también en las esposas y las madres de
todos los hombres de la tripulación, que sufrían idénticas angustias. Y
Tòni se preguntaba por primera vez si el capitán Ferragut tenía derecho
á arrastrarlos á todos á una muerte segura, por su testarudez vengativa
y loca.
«No, no tengo derecho», se dijo Ulises mentalmente.
Pero al mismo tiempo, el segundo, arrepentido de sus anteriores
reflexiones, afirmaba en voz alta, con una sencillez heroica:
--Si te aconsejo que te retires, es por tu bien; no creas que es por
miedo... Yo te seguiré mientras navegues. Alguna vez he de morir, y
mejor es que sea en el mar. Únicamente me preocupa la suerte de mi mujer
y mis hijos.
El capitán siguió marchando silenciosamente, y al llegar al buque habló
con brevedad. «Pensaba hacer algo que tal vez gustase á todos. Antes de
una semana habría decidido su porvenir.»
Los días siguientes los pasó en tierra. Dos veces volvió con unos
señores que examinaron el vapor minuciosamente, bajando á las máquinas y
á las bodegas. Algunos de estos visitantes parecían expertos en las
cosas del mar.
«Quiere vender el barco», se dijo Tòni.
Y el piloto empezó á arrepentirse de sus consejos. ¡Abandonar el _Mare
nostrum_, que era el mejor de todos los buques en que había servido!...
Se acusó de cobardía, creyendo que era él quien había impulsado al
capitán á tomar esta decisión. ¿Qué iban á hacer en tierra los dos
cuando el vapor fuese de otros?... ¿No tendría él que embarcarse en un
buque inferior, corriendo los mismos riesgos?...
Estaba decidido á deshacer su obra, á aconsejar de nuevo á Ferragut,
declarando que sus ideas eran las más acertadas y que debían seguir
viviendo como hasta el presente, cuando el capitán dió la orden de
partir. Aún no estaban terminadas del todo las reparaciones.
--Vamos á Brest--dijo lacónicamente--. Es el último viaje.
Y el vapor salió sin carga, como si fuese á cumplir una misión especial.
¡El último viaje!... Tòni admiró su barco como si lo viese bajo una
nueva luz, descubriéndole bellezas nunca sospechadas, lamentando como un
enamorado la rapidez con que transcurrían los días y se aproximaba el
momento doloroso de la separación.
Nunca había sido el piloto tan activo en su vigilancia. Sus
supersticiones de navegante le infundían cierto pavor. Por lo mismo que
era el último viaje, les podía ocurrir algo malo. Pasó en el puente días
enteros, examinando el mar, temiendo la aparición de un periscopio,
variando el rumbo de acuerdo con el capitán, en busca de las aguas más
solitarias, donde los submarinos no podían esperar caza alguna.
Respiró al entrar por uno de los tres pasos del semicírculo de escollos
que cierra la rada de Brest. Cuando quedaron anclados en este pedazo de
mar gris, brumoso y poco seguro, rodeado de negras montañas, Tòni esperó
con ansiedad el resultado de los viajes que el capitán hacía á tierra.
En todo el curso de la navegación, Ferragut no se había prestado á
confidencias. El piloto sólo sabía que este viaje á Brest era el último.
¿Quién iba á ser el nuevo dueño del _Mare nostrum_?