él. Otras lucecitas surgieron de diversos lados del muelle, seguidas de
estampidos. Fué un tiroteo de combate; á sus espaldas tiraron
igualmente. Sintió varios silbidos junto á sus orejas y recibió un golpe
en un hombro, una sensación igual á la de una pedrada caliente.
Iban á matarle: sus enemigos eran demasiado numerosos. Y sin saber por
qué lo hacía, cediendo al instinto, se arrojó al suelo lo mismo que un
moribundo.
Todavía retumbaron unos cuantos disparos. Luego se hizo el silencio.
Únicamente en el vapor inmediato seguía ladrando el perro.
Vió una sombra que avanzaba lentamente hacia él. Era un hombre, uno de
sus enemigos, destacado del grupo para examinarle de cerca. Dejó que se
aproximase, apretando con su diestra el revólver, todavía intacto.
De pronto levantó el brazo, rozando la cabeza que se inclinaba sobre él.
Dos relámpagos salieron de su mano, separados por un breve intervalo. La
primera llamarada fugaz le hizo ver un rostro conocido... ¿Era
verdaderamente Karl, el dependiente de la doctora?... La segunda
explosión ayudó á su memoria. Sí que era Karl, con las facciones
desencajadas y un agujero negro en la sien... Se irguió con un
estiramiento agónico; luego se derrumbó de espaldas, abriendo los
brazos.
Esta visión fué instantánea. El capitán sólo podía pensar en él, y se
levantó de un salto. Después corrió y corrió, encorvándose para ofrecer
á sus enemigos el menor blanco posible.
Presentía una descarga general, una granizada de balas. Pero los
perseguidores dudaron unos segundos, desorientados por la obscuridad, no
sabiendo si era el capitán el que había caído por segunda vez.
Sólo al ver á un hombre que corría hacia el buque conocieron su error y
reanudaron los disparos. Ferragut pasó entre las balas, por el borde del
muelle, á lo largo del _Mare nostrum_. Su salvación era obra de
segundos, siempre que los tripulantes no hubiesen retirado la pasarela
entre el vapor y la orilla.
Tropezó de pronto con el puente, viendo al mismo tiempo un hombre que
avanzaba sobre él con algo reluciente en una mano. Era el segundo, que
acababa de salir con el cuchillo por delante.
El capitán temió una equivocación.
--¡Tòni! ¡soy yo!--dijo con voz sofocada por la violencia de la carrera.
Al pisar la cubierta del buque recobró instantáneamente su tranquilidad.
Ya no hubo más disparos. El silencio era lúgubre. A lo lejos lo cortaron
silbidos de pitos, voces de alarma, ruido de carreras. Los carabineros y
guardianes se llamaban y agrupaban para dar una batida en la obscuridad,
marchando hacia el lugar donde había sonado el tiroteo.
--¡Que quiten la plancha!--ordenó Ferragut.
El piloto dió ayuda á tres marineros que acababan de acudir, retirando
apresuradamente la pasarela. Luego amenazó al perro para que cesase de
aullar.
Ferragut, asomado á la borda, exploraba la lobreguez del muelle. Le
pareció ver á unos hombres llevándose á otro en brazos. Un resto de su
cólera le hizo levantar la diestra, armada todavía, apuntando al grupo.
Luego volvió á bajarla... Pensó en los que se acercaban para averiguar
lo ocurrido. Era mejor que encontrasen el buque silencioso.
Entró en el salón de popa jadeando todavía, y tomó asiento.
Al quedar bajo el ruedo de luz pálida que derramaba sobre la mesa una
lámpara colgante, Tòni se fijó en su hombro izquierdo.
--¡Sangre!...
--No es nada... Un simple rasguño. La prueba es que puedo mover el
brazo.
Y lo movió, aunque con cierta dificultad, sintiendo la pesadez de una
hinchazón creciente.
--Luego te contaré cómo ha sido esto... Creo que no les quedarán ganas
de repetir.
Quedó pensativo un instante.
--De todos modos, conviene que nos vayamos pronto de este puerto... Ve á
ver á nuestra gente. ¡Que ninguno hable!... Llama á _Caragòl_.
Antes de que saliese Tòni, surgió de la obscuridad la cara esplendorosa
del cocinero. Venía al salón sin que nadie le llamase, ansioso por saber
lo ocurrido, temiendo encontrar moribundo á Ferragut.
Viendo la sangre, su desesperación se expresó con una vehemencia
maternal.
«¡Cristo del Grao!... ¡Mi capitán va á morir!...» Quiso correr á la
cocina en busca de algodones y vendas. El era algo curandero, y guardaba
lo necesario para el caso.
Ulises le detuvo. Aceptaba sus servicios, pero quería algo más.
--Deseo comer, tío _Caragòl_--dijo alegremente--. Me contentaré con lo
que haya... El susto me ha dado hambre.
XI
"ADIÓS. VOY A MORIR"
Cuando Ferragut salió de Barcelona ya tenía casi cicatrizada la herida
del hombro. Las negativas rotundas de él y su piloto á los
interrogatorios de los carabineros le libraron de nuevas molestias. «No
sabían nada; no habían visto nada.» El capitán acogió con fingida
indiferencia la noticia de haber sido encontrado en la misma noche el
cadáver de un hombre, al parecer alemán, pero sin papeles, sin nada que
permitiese su identificación, en un muelle algo lejano del lugar que
ocupaba el _Mare nostrum_. Las autoridades no consideraron necesario
averiguar más, clasificando el hecho como una simple pelea entre
refugiados.
El servicio de aprovisionamiento de las tropas de Oriente hizo navegar á
Ferragut en los meses sucesivos formando parte de un convoy. Un despacho
cifrado le llamaba unas veces á Marsella, otras á un puerto atlántico:
Saint-Nazaire, Quiberón ó Brest.
Iban llegando con pocos días de separación vapores de diversas clases y
nacionalidades. Los había que delataban su origen aristocrático en las
líneas finas de la proa, la esbeltez de las chimeneas y el color todavía
blanco de los pisos superiores. Eran iguales á los corceles de gran
precio que la guerra había transformado en simples caballos de batalla.
Antiguos buques-correos, veloces carreristas de las olas, se veían
descendidos á la vil servidumbre de barcos de transporte. Otros, negros
y sucios, con pegotes de apresurada reparación y una chimenea tísica
sobre su casco enorme, avanzaban tosiendo humo, escupiendo ceniza,
jadeando con ruidos de hierro viejo. Las banderas de los aliados y las
de las marinas neutrales ondeaban en las diversas popas.
Se iba reuniendo el convoy en la amplia bahía. Eran quince ó veinte
vapores, á veces treinta, que habían de navegar juntos, ajustando sus
diversas velocidades á una marcha común. Los barcos de carga, carracas á
vapor que sólo hacían unas millas por hora, sin llegar á la decena,
obligaban al resto del convoy á una desesperante lentitud.
El _Mare nostrum_ tenía que marchar á media máquina, haciendo sufrir
grandes impaciencias á su capitán en estas peregrinaciones monótonas y
peligrosas á través de semanas y semanas.
Antes de partir, Ferragut recibía un pliego cerrado y sellado, lo mismo
que los otros capitanes. Era del jefe del convoy, comandante de un
contratorpedero ó simple oficial de la reserva marítima, encargado de un
buquecito de pesca con cañones de tiro rápido.
Los vapores empezaban á echar humo y á levar anclas, sin saber adónde
iban. El pliego sólo era abierto en el momento de partir. Ulises hacía
saltar los sellos y examinaba el papel, entendiendo con facilidad su
lenguaje convencional, escrito con arreglo á una cifra común. Lo primero
que buscaba era el puerto de destino; luego, el orden de formación.
Marchaban en fila única ó en doble fila, según la cantidad de buques. El
_Mare nostrum_, representado por un número, navegaba entre otros dos
números, que eran los de los vapores inmediatos. La distancia entre
ellos debía mantenerse en quinientos metros: lo necesario para no
abordarse en un momento de descuido y no prolongar la línea de modo que
sus vigilantes la perdiesen de vista.
Al final se repetían las instrucciones de todos los viajes, con un
laconismo que hubiese hecho palidecer á otros hombres no acostumbrados á
mirar de frente á la muerte. En caso de ataque submarino, los
transportes que llevaban cañones podían salirse de la fila y ayudar á
la patrulla de buques armados, dando cara al enemigo. Los otros debían
continuar su rumbo tranquilamente, sin preocuparse de la agresión. Si el
buque de delante ó el que seguía á popa era torpedeado, no había que
detenerse para darle auxilio. Los torpederos y «chaluteros» se
encargarían de salvar á los náufragos, si resultaba posible. El deber
del transporte era ir siempre adelante, ciego y sordo, sin salirse de la
formación, sin detenerse, hasta conducir al puerto terminal la fortuna
que llevaba en sus entrañas.
Esta marcha en convoy, impuesta por la guerra submarina, representaba un
salto atrás en la vida de los mares. Ferragut recordó las flotas á vela
de otros siglos, escoltadas por navíos de línea, siguiendo su rumbo á
través de incesantes batallas; los remotos viajes de los galeones de las
Indias, saliendo de Sevilla para llegar en rebaño á las costas del Nuevo
Mundo.
La doble fila de cascos negros con penachos de humo avanzaba mansamente
en las jornadas de bonanza. Cuando el día era gris, el mar espumeante,
el cielo bajo y la atmósfera brumosa, se esparcían y encabritaban como
un tropel de corderos obscuros y asustados. Los guardianes del convoy,
tres barcos pequeños que marchaban á toda máquina, eran los mastines
vigilantes de este ganado marino, precediéndole para explorar el
horizonte, quedándose detrás de él ó marchando á sus costados para
mantener intacta la formación. Su ligereza y su velocidad les hacía dar
saltos prodigiosos sobre las olas. Una cinta de humo se enroscaba á
continuación de sus dobles chimeneas. Su proa, cuando no estaba oculta,
expelía cascadas de espuma, levantándose hasta mostrar el principio de
la quilla.
De noche navegaban todos con pocas luces: un simple farol á proa para
aviso del que marcha delante y otro á popa para indicar la ruta al
siguiente. Estas luces macilentas apenas se veían. De pronto, el timonel
tenía que torcer el rumbo y pedir máquina atrás, viendo que se agrandaba
en la obscuridad la silueta del buque anterior. Unos cuantos minutos de
descuido, y entraba por su popa con un espolonazo mortal. Al amenguar
la marcha, el capitán miraba inquieto á sus espaldas, temiendo chocar á
su vez con el que le seguía en la fila.
Todos pensaban en los submarinos invisibles. De tarde en tarde sonaban
cañonazos. La escolta del convoy tiraba y tiraba, yendo de un lado á
otro con ágiles evoluciones. El enemigo había huído, como los lobos ante
el aullar de los perros vigilantes. En otras ocasiones era una falsa
alarma, y los cañones herían con sus latigazos de acero el agua
desierta.
Había un enemigo más molesto que la tormenta que desordena á los
convoyes, más temible que los torpedos. Era la niebla espesa y blanca
como la albúmina, que caía sobre los buques, haciéndolos navegar á
ciegas en pleno día, poblando el espacio de inútiles rugidos de sirena,
no dejando ver el agua que los sustentaba ni los otros barcos cercanos,
que podían salir de un momento á otro de la borrosa atmósfera,
anunciando su aparición con un choque y un crujido enorme, mortal. Así
habían de marchar los marinos días enteros; y cuando al fin se libraban
de este sudario, respirando con la satisfacción del que despierta de una
pesadilla, otra muralla cenicienta y nebulosa avanzaba sobre las aguas,
envolviéndolos de nuevo en su noche. Los hombres más valerosos y serenos
juraban al ver la barra interminable de la bruma cerrando el horizonte.
Tales viajes no eran del gusto de Ferragut. Le irritaba la marcha en
fila, como un soldado, teniendo que amoldarse á las velocidades de
buques despreciables. Aún le encolerizaba más verse obligado á obedecer
al comandante del convoy, que muchas veces era un viejo marino de
carácter autoritario.
A causa de esto, en una de las arribadas á Marsella manifestó á las
autoridades marítimas su firme voluntad de no navegar más de tal modo.
Tenía bastante con cuatro expediciones. Resultaban buenas para los
capitanes miedosos, incapaces de salir de los puertos si no llevaban á
la vista una escolta de torpederos, y cuyas tripulaciones, al menor
incidente, pretendían echar los botes al agua, refugiándose en la costa.
El se creía más seguro yendo solo, confiado á su pericia, sin otro
auxilio que su profundo conocimiento de las rutas del Mediterráneo.
La petición fué atendida. Era dueño de buque, y temieron perder su
cooperación cuando escaseaban tanto los medios de transporte. Además, el
_Mare nostrum_, por su velocidad, merecía ser empleado aparte, en
servicios extraordinarios y rápidos.
Quedó en Marsella unas semanas esperando un cargamento de obuses, y
callejeó como siempre por la capital mediterránea. Las tardes las pasaba
en la terraza de un café de la Cannebière. El recuerdo de Von Kramer
surgió algunas veces en su memoria. «¿Lo habrían fusilado?...» Quiso
saber, pero sus averiguaciones no obtuvieron gran éxito. Los Consejos de
guerra eludían la publicidad de sus actos de justicia. Un negociante
marsellés amigo de Ferragut se acordaba de que, algunos meses antes,
había sido ejecutado un espía alemán sorprendido en el puerto. Tres
líneas en los periódicos nada más dando cuenta de su muerte. Se decía
que era un oficial... Y el marsellés pasó á hablar de las noticias de la
guerra, mientras Ulises pensaba que el ejecutado no podía ser otro que
Von Kramer.
En la misma tarde tuvo un encuentro. Al marchar por la calle de
Saint-Ferreol, mirando los escaparates de las tiendas, los gritos de
varios conductores de coches y automóviles que no acertaban á hacer
pasar sus vehículos en la angosta y repleta vía llamaron su atención.
Vió en un carruaje á una dama rubia, de espaldas á él, acompañada por
dos oficiales de la marina inglesa. Inmediatamente pensó en Freya... Su
sombrero, su traje, todo lo que pudo distinguir de su persona, no le
recordaban en nada á la otra. Y sin embargo, cuando se alejó el coche,
sin que él llegase á ver el rostro de esta desconocida, la imagen de la
aventurera persistió en su memoria.
Al fin acabó por irritarse contra él mismo, á causa de la semejanza
absurda que había descubierto sin motivo alguno. ¿Cómo podía ser Freya
esta inglesa que iba con dos oficiales?... ¿Cómo la alemana refugiada en
Barcelona podía deslizarse en Francia, donde indudablemente era conocida
de la policía militar?... Aún le irritó más la sospecha de que este
parecido fuese un resto del antiguo amor, que le hacía ver á Freya en
toda mujer rubia.
A las nueve de la mañana del día siguiente, cuando el capitán se vestía
en su camarote para bajar á tierra, Tòni abrió la puerta.
Su gesto era fosco y tímido al mismo tiempo, como si fuese á dar una
mala noticia.
--Esa está ahí--dijo lacónicamente.
Ferragut le miró con expresión interrogante... ¿Quién era «esa»?...
--¿Quién ha de ser?... ¡La de Nápoles! ¡La rubia del demonio que nos
trae desgracia!... A ver si esa bruja nos deja inmóviles unas cuantas
semanas, lo mismo que la otra vez.
Se excusó, como si acabase de cometer una falta en el servicio. El buque
estaba unido al muelle por una pasarela y todos podían entrar en él. El
piloto era enemigo de estos amarres, que dejaban libre el paso á los
curiosos y los importunos. Cuando se había dado cuenta de la visita, la
señora estaba ya en la cubierta, cerca de las cámaras. Recordaba bien el
camino del salón: quería seguir adelante; pero él había hecho que
_Caragòl_ la detuviese mientras venía á avisar al capitán.
--¡Cristo!--murmuró éste--. ¡Cristo!...
Y su asombro, su sorpresa, no le permitieron lanzar otra exclamación.
Luego se encolerizó.
--¡Echala!... Que la agarren dos hombres y la pongan en el muelle,
aunque sea á viva fuerza.
Pero Tòni vacilaba, no atreviéndose á cumplir tales órdenes, y el
impetuoso Ferragut se lanzó fuera del camarote para realizar por sí
mismo lo que había mandado.
Cuando pasó al salón, alguien entró al mismo tiempo por el lado de la
cubierta. Era _Caragòl_, que intentaba cerrar el paso á una mujer; pero
ésta, burlando sus ojos cegatos, iba deslizándose poco á poco entre su
cuerpo y el tabique de madera.
Al ver al capitán, Freya corrió hacia él tendiendo sus brazos.
--¡Tú!--dijo con voz gozosa--. Bien sabía que estabas aquí, á pesar de
que estos hombres aseguraban lo contrario... Me lo decía el corazón...
¡Buenos días, Ulises!
_Caragòl_ volvió los ojos hacia el sitio donde adivinaba la presencia
del segundo, como si implorase su perdón. Con las hembras no se podía
cumplir ninguna orden... Tòni, por su parte, parecía avergonzado ante
esta mujer que le miraba hostilmente.
Los dos desaparecieron. Ferragut no pudo darse cuenta de cómo fué la
fuga, pero se alegró de ella. Temía que la recién llegada aludiese en su
presencia á las cosas del pasado.
Quedó largo rato contemplándola. Había creído reconocerla de espaldas el
día anterior, y ahora estaba seguro de que hubiera seguido adelante con
indiferencia al verla de frente. En realidad, ¿era la misma que
acompañaban los dos oficiales ingleses?... Parecía mucho más alta que la
otra, con una delgadez que hacía clarear su cutis, dándole una
transparencia enfermiza. La nariz era más prominente y afilada; los ojos
brillaban hundidos en los círculos negruzcos de sus cuencas.
Estos ojos empezaron á mirar al capitán humildes y suplicantes.
--¡Tú!--exclamó Ulises con extrañeza--. ¡Tú!... ¿Qué vienes á hacer
aquí?...
Freya habló con una timidez de sierva. Sí, era ella, que le había
reconocido el día anterior mucho antes de que él la mirase, formando
inmediatamente el propósito de venir en busca suya. Podía pegarle, como
la última vez que se vieron; estaba dispuesta á sufrirlo todo... ¡pero
con él!
--Sálvame, Ulises; llévame contigo... Te lo pido más angustiosamente que
en Barcelona.
--¿Cómo estás aquí?...
Ella comprendió la extrañeza del capitán al encontrarla en país enemigo;
la inquietud que sentía por él mismo al ver á una espía en su buque.
Miró en torno para convencerse de que estaban solos, y habló en voz
baja. La doctora le había enviado á Francia para que «trabajase» en los
puertos. A él solo podía revelar el secreto.
Ulises se indignó ante esta confidencia.
--¡Márchate!--dijo con voz colérica--. Nada quiero saber de ti... Lo
tuyo no me interesa, no deseo conocerlo... ¡Fuera de aquí! ¿Por qué me
buscas?
Pero ella no parecía dispuesta á cumplir sus órdenes. En vez de
marcharse, se dejó caer con desaliento en uno de los divanes de la
cámara.
--He venido--dijo--para rogarte que me salves. Te lo suplico por última
vez... Voy á morir; adivino que mi fin está próximo si tú no me tiendes
una mano; presiento la venganza de los míos... ¡Guárdame, Ulises! No me
dejes volver á tierra: tengo miedo... ¡Tan segura que me sentiría aquí,
á tu lado!...
El miedo, efectivamente, se reflejó en sus ojos al recordar los últimos
meses de su vida en Barcelona.
--La doctora es mi enemiga... Ella, que me protegió tanto en otro
tiempo, me abandona como algo viejo que es necesario suprimir. Tengo la
certidumbre de que me han condenado en lo alto...
Se estremecía al recordar la cólera de la doctora cuando, á la vuelta de
uno de sus viajes, se enteró de la muerte de su fiel Karl. El capitán
Ferragut era para ella una especie de demonio invulnerable y victorioso,
que escapaba á todos los peligros, matando á los servidores de la buena
causa. Primeramente, Von Kramer; ahora, Karl... Como le era necesario
desahogar en alguien su cólera, había hecho responsable á Freya de todas
las desgracias. Por ella conocía al capitán y lo había mezclado en los
asuntos del «servicio».
El ansia de venganza hizo sonreír á la imponente dama con una expresión
feroz. El marino español estaba señalado en alto lugar. Ordenes precisas
habían sido dadas contra él. «¡En cuanto á sus cómplices!...» Freya
figuraba indudablemente entre estos cómplices, por haberse atrevido á
defender á Ferragut recordando la muerte trágica de su hijo, por no
haber hecho coro con los que deseaban su exterminio.
Semanas después, la iracunda doctora se había mostrado amable y
sonriente, lo mismo que en otro tiempo. «Querida mía: conviene que dé
usted un paseo por Francia. Hace falta un agente que nos entere del
movimiento de los puertos, de la salida y entrada de los buques, para
que nuestros sumergibles sepan dónde esperar. Los oficiales de marina
son galantes, y una mujer hermosa puede ganarse su afecto.»
Ella había pretendido desobedecer. ¡Ir á Francia, donde eran conocidos
sus trabajos de antes de la guerra!... ¡Volver al peligro cuando ya se
había acostumbrado á la vida segura en los países neutrales!... Pero sus
intentos de resistencia no llegaban á realizarse. Carecía de voluntad:
el «servicio» la había convertido en un autómata.
--Y aquí estoy; sospechando que tal vez marcho á la muerte, pero
cumpliendo los encargos que recibo; esforzándome por ser grata y
retardar de este modo el cumplimiento de su venganza... Soy como un
condenado que sabe que va á morir y procura hacerse necesario, para
demorar unos meses su sentencia.
--¿Cómo has entrado en Francia?--preguntó él, sin hacer caso de su
acento doloroso.
Freya levantó los hombros. En su oficio se cambiaba fácilmente de
nacionalidad. Ahora era ciudadana de una república de América. La
doctora le había proporcionado los papeles necesarios para pasar la
frontera.
--Pero aquí--continuó--me tienen más segura que en una cárcel. Me han
dado los medios para entrar, y sólo ellos me pueden hacer salir. Estoy
por completo en su poder. ¿Qué harán de mí?...
El terror le había sugerido en ciertos momentos desesperadas
resoluciones. Quería denunciarse á sí misma, comparecer ante las
autoridades francesas relatando su historia, haciendo saber los secretos
de que era poseedora. Pero su pasado le infundía miedo: eran muchas las
maldades que llevaba realizadas contra este país. Tal vez la perdonasen
la vida teniendo en cuenta la espontaneidad de su acto; pero el
presidio, la reclusión con el pelo cortado, vestida de ruda estameña,
condenada al silencio, sufriendo tal vez hambre y frío, le inspiraban
una repulsión invencible... No: antes la muerte.
Y continuaba su vida de espionaje, cerrando los ojos ante el porvenir,
viviendo el momento presente, evitando el pensar, considerándose feliz
cuando veía por delante unos cuantos días de seguridad.
El encuentro con Ferragut en una calle de Marsella la había reanimado,
dándole nuevas esperanzas.
--Sácame de aquí; guárdame contigo. En tu buque puedo vivir olvidada
del mundo, como si hubiese muerto... Y si mi presencia te disgusta,
llévame lejos de Francia, déjame en un país lejano.
Deseaba salir de este aislamiento en tierra enemiga teniendo que
obedecer á sus superiores, como una fiera enjaulada que recibe pinchazos
á través de los hierros. La hacía temblar el presentimiento de su
próxima muerte.
--¡Yo no quiero morir, Ulises!... No soy aún vieja para morir. Yo adoro
mi cuerpo, soy el primero de mis enamorados, y me aterro al pensar que
puedo ser fusilada.
Pasó por sus ojos un reflejo fosfórico; sus dientes chocaron con el
castañeteo del terror.
--¡No quiero morir!--repitió--. Hay momentos en que adivino que me
siguen y me cercan... Tal vez me han conocido y esperan el momento de
sorprenderme en pleno trabajo... Ayúdame: hazme salir de aquí; mi muerte
es segura. ¡He hecho tanto daño!...
Calló un momento, como si calculase todos los delitos de su vida
anterior.
--La doctora--siguió diciendo--cuenta con el entusiasmo patriótico, que
le enardece para continuar sus trabajos. Yo carezco de su fe: no soy
alemana y me repugna ser espía... Siento vergüenza al considerar mi vida
actual; pienso todas las noches en el resultado de mis abominables
trabajos; calculo el empleo que pueden dar á mis avisos y mis informes;
veo los buques torpedeados... ¿Cuántos seres habrán muerto por mi culpa?
Tengo visiones: mi conciencia me atormenta. ¡Sálvame!... No puedo más.
Siento un miedo horrible. ¡Tengo tanto que expiar!...
Se había levantado poco á poco del diván, y al pedir protección á
Ferragut iba hacia él con los brazos extendidos, humilde y al mismo
tiempo acariciadora, por una voluntad de seducción que predominaba sobre
todos sus actos.
--¡Déjame!--gritó el marino--. No te acerques... ¡no me toques!
Sintió la misma cólera que le había hecho ser brutal fin su entrevista
de Barcelona. Le irritó la tenacidad de esta aventurera, que, luego de
ejercer una influencia trágica en su vida, deseaba comprometerle de
nuevo.
Pero un sentimiento de fría compasión le hizo contenerse y hablar con
cierta bondad.