--¡Todo falso!--dijo con voz sorda--. No te creo, no te creeré nunca...

Cada vez que nos vemos me cuentas una nueva historia... ¿Quién eres?

¿Cuándo dirás la verdad, toda la verdad de una vez?... ¡Embustera!

Ella, insensible á los insultos, siguió hablando de su porvenir

angustiosamente, como si se viese rodeada de misteriosos peligros.

--¿Dónde iré si tú me abandonas?... Si me quedo en España, continúo bajo

la dominación de la doctora. No puedo volver á los Imperios donde pasé

mi vida; todos los caminos están cerrados, y en aquellas tierras

renacería mi esclavitud... Tampoco puedo ir á Francia ó Inglaterra:

tengo miedo á mi pasado. Cualquiera de mis hazañas anteriores bastaría

para que me fusilasen: no merezco menos... Además, me inspira temor la

venganza de los míos. Conozco los procedimientos del «servicio» cuando

necesita deshacerse de un agente incómodo que está en tierra enemiga. El

mismo lo denuncia: comete voluntariamente una torpeza, hace que se

extravíen unos documentos, envía una carta comprometedora con falsa

dirección, para que caiga en manos de las autoridades del país. ¿Qué

haré si tú no me socorres?... ¿Dónde podré rufugiarme?...

Ulises se decidió á contestar, apiadado de su desesperación. El mundo es

grande: podía ir á vivir en una república de América.

Ella no aceptó el consejo. Había pensado lo mismo; pero le daba miedo el

porvenir incierto.

--Soy pobre: apenas tengo con qué pagar mi viaje... El «servicio»

retribuye bien al principio. Después, como nos tiene seguros á causa de

nuestro pasado, sólo da lo necesario para vivir con cierto desahogo.

¿Qué voy á, hacer en aquellas tierras?... ¿Debo pasar el resto de mi

existencia vendiéndome á cambio del pan?... No quiero: ¡antes morir!

La desesperada afirmación de su pobreza hizo sonreír burlonamente á

Ferragut. Miró el collar de perlas eternamente acostado en la admirable

almohadilla de su pecho, las gruesas esmeraldas de sus orejas, los

brillantes que chisporroteaban fríamente en sus manos. Ella adivinó su

pensamiento, y la idea de vender estas joyas le produjo una inquietud

mayor que los terrores que le infundía el porvenir.

--Tú no sabes lo que esto representa para mí--añadió--. Es mi uniforme,

mi blasón, el salvoconducto que me permite sostenerme en el mundo de mi

juventud. Las mujeres que vamos solas por la tierra necesitamos las

alhajas para seguir nuestro camino sin obstáculos. Los gerentes del

hotel se humanizan y sonríen ante su brillo. Quien las posee no inspira

desconfianza, aunque tarde en pagar la cuenta de la semana... Los

empleados de las fronteras se muestran galantes: no hay pasaporte más

poderoso. Las señoras altivas se ablandan con su centelleo á la hora del

té en los _halls_ donde una no conoce á nadie... ¡Lo que yo he sufrido

para conseguirlas!... Arrostraría el hambre antes de venderlas. Con

ellas se es alguien: puede una persona no tener una moneda en el

bolsillo y entrar donde entran los más ricos, viviendo como ellos...

No aceptaba el consejo. Era como si á un guerrero hambriento le

propusiesen entregar sus armas en país enemigo á cambio de pan. Una vez

la necesidad satisfecha, quedaría prisionero; se vería envilecido,

igualándose con los miserables que horas antes recibían sus golpes. Ella

arrostraba todos los peligros y sufrimientos antes que despojarse del

casco y el escudo, símbolos de su estirpe superior. El traje de más de

un año, las botinas fatigadas, la ropa interior con desgarrones mal

compuestos, no le entristecían en los momentos difíciles. Lo importante

era poseer un sombrero de moda y conservar el gabán de pieles, el collar

de perlas, las esmeraldas, los brillantes, toda la armadura honorífica y

gloriosa, dentro de la cual quería morir.

Su mirada pareció apiadarse de la ignorancia del marino, que se atrevía

á proponerle tales absurdos.

--Es imposible, Ulises... Llévame contigo. En el mar es donde puedo

vivir más segura. Los submarinos no me dan miedo. Las gentes se los

imaginan numerosos y apretados como las piedras de un pavimento, pero

sólo un buque entre mil recibe sus ataques... Además, contigo no temo

nada: si nuestro destino es perecer en el mar, moriríamos juntos.

Se hizo insinuante y seductora, avanzando las manos sobre los hombros de

él, tirando de su cuello con un apasionamiento que equivalía á un

abrazo. Su boca, al hablar, se aproximó á la del marino. Los labios se

arquearon iniciando la redonda caricia de un beso.

--¿Tan mal vivirías con Freya?... ¿No te acuerdas ya de nuestro

pasado?... ¿Es que ahora soy otra?

Ulises se acordaba, efectivamente, del pasado, y empezó á reconocer que

este recuerdo era demasiado vivo. Llegaron hasta él, como lejanas

melodías voluptuosas y medio olvidadas, las ráfagas de una carne bien

oliente, despertando su memoria sexual. El contacto de las ocultas

redondeces, tibias y firmes, que se apretaban contra su pecho sin perder

la turgente dureza, evocó en la imaginación de Ferragut una serie

vertiginosa de escenas de amor. La castidad observada en los últimos

tiempos á causa de sus dolorosas preocupaciones le atormentó ahora como

un suplicio.

Ella, que seguía esta revolución con ojos astutos, adivinándola en las

contracciones de su rostro, sonrió triunfadora, pegando su boca á la de

él. Estaba segura de su poder... Y reprodujo el beso del Acuario, aquel

beso que estremecía la espalda del marino, haciéndole vacilar sobre sus

piernas.

Pero cuando se entregaba con más abandono á esta succión dominadora, se

sintió repelida, disparada por un manotón brutal, semejante al puñetazo

que la había lanzado sobre los almohadones al principio de la

entrevista.

Alguien se había interpuesto entre los dos, á pesar de que estaban

abrazados estrechamente.

El capitán, que empezaba á perder la conciencia de sus actos, lo mismo

que un náufrago, descendiendo y descendiendo á través de las capas

vibrantes de un placer sin límites, vió de pronto la cara de Esteban

difunto, con los ojos vidriosos fijos en él. Más allá vió igualmente una

imagen de triste esfumamiento: Cinta que lloraba, como si sus lágrimas

fuesen las únicas que podían caer sobre el cadáver desgarrado del hijo.

--¡Ah, no!... ¡no!

El mismo quedó sorprendido de su voz. Fué un rugido de bestia herida, un

aullar seco de desesperado que se retuerce en el tormento.

Freya, tambaleándose bajo el rudo empujón, intentó aproximarse otra vez

á él, enlazarse de nuevo en sus brazos, repetir su beso imperioso.

--¡Amor mío!... ¡amor mío!...

No pudo seguir. La tremenda mano volvió á repelerla, pero tan

violentamente, que fué á dar de cabeza contra los cojines del diván.

Tembló la puerta con un rudo tirón que hizo abrir sus dos hojas á la

vez, sacando el pestillo de la cerradura.

La mujer, tenaz en sus deseos, se levantó prontamente, sin reparar en el

dolor de la caída. Su ligereza sólo le pudo servir para ver cómo

escapaba Ferragut después de recoger maquinalmente su sombrero.

--¡Ulises!... ¡Ulises!...

Ulises estaba ya en la calle, mientras en el pequeño _hall_ acababan de

bambolearse, rompiéndose luego en el suelo con ruidoso desmenuzamiento,

varios objetos de loza que había enganchado y desplazado el fugitivo en

su ciega salida.

Al sentir en la frente la sensación del aire libre, resurgieron en su

memoria los peligros que le había anunciado Freya. Exploró la calle con

una mirada hostil... «¡Nadie!» Su deseo era encontrarse con los enemigos

de que hablaba aquella mujer, para desahogar la cólera que sentía contra

sí mismo. Estaba avergonzado y furioso por su pasajera debilidad, que

casi le había hecho reanudar la antigua existencia.

En los días sucesivos se acordó repetidas veces de la banda de

refugiados que obedecía á la doctora. Al encontrar en las calles

transeúntes de aspecto germánico, los miraba de frente con ojos de reto.

¿Sería alguno de ellos el encargado de matarle?... Luego seguía

adelante, arrepentido de su provocación, seguro de que eran mercaderes

de la América del Sur, boticarios ó empleados de Banco, indecisos entre

volver á sus casas al otro lado del Océano ó esperar en Barcelona el

triunfo siempre inmediato de su emperador.

Al fin, el capitán acabó por reírse de las recomendaciones de Freya.

«¡Mentiras suyas!... Invenciones para interesarme y que la lleve

conmigo. ¡Ah, embustera!»

Una mañana, al pisar la cubierta de su vapor, Tòni se acercó á él con

aire misterioso. Su rostro tenía una, palidez de ceniza.

Cuando estuvieron en el salón de popa, el segundo habló en voz baja,

mirando en torno de él.

La noche anterior había bajado á tierra para ir al teatro. Todos los

gustos literarios de Tòni y sus emociones estéticas se concentraban en

la zarzuela. Los hombres de talento no habían podido inventar nada

mejor. De ella iba sacando los canturreos con que animaba sus largas

permanencias en el puente. Además, había el coro femenil, brillantemente

vestido y con las piernas libres; las tiples abundantes en carnes y

ligeras de ropa; un desfile de mallones rosados y voluptuosas redondeces

que alegraba la imaginación del navegante, sin hacer olvidar los deberes

de la fidelidad.

A la una de la madrugada, cuando volvía al buque por los muelles

solitarios, habían intentado asesinarle. Creyó ver gentes que se

ocultaban detrás de un montón de mercancías al oír sus pasos. Luego

sonaron tres detonaciones, tres tiros de revólver. Una bala silbó en uno

de sus oídos.

--Y como yo no llevaba armas, corrí. Afortunadamente, fué cerca del

buque, casi junto á la proa. Sólo tuve que dar unos cuantos saltos para

meterme plancha adentro en el vapor... Y ya no dispararon más.

Ferragut quedó silencioso. También él había palidecido, pero de sorpresa

y de cólera. ¡Luego eran ciertos los anuncios de Freya!...

No quiso fingir incredulidad ni mostrarse temerario y despreciador del

peligro cuando Tòni siguió hablando.

--¡Ojo, Ulises!... Yo he reflexionado mucho sobre este suceso. Los tiros

no eran para mí. ¿Qué enemigos tengo yo? ¿Quién puede querer mal á un

pobre piloto que no ve á nadie?... ¡Guárdate! Tú sabrás tal vez de dónde

viene eso: tú tratas muchas gentes.

El capitán adivinó que se acordaba de las aventuras de Nápoles y de

aquella proposición vergonzosa guardada como un secreto, relacionándolo

todo con la nocturna agresión. Pero ni su voz ni sus ojos justificaron

tales sospechas, y Ferragut prefirió no darse por enterado de lo que

pasaba.

--¿Sabe alguien lo ocurrido?

Tòni levantó los hombros. «Nadie...» Se había metido en el vapor,

apaciguando al perro de á bordo, que ladraba furiosamente. El hombre de

guardia había oído los tiros, imaginándose que eran de una pelea de

marineros. Además, á él sólo le interesaba lo que ocurriese á partir de

la plancha que unía el muelle con el buque.

--¿No has dado parte á la autoridad?...

El segundo se indignó al oír esta pregunta, con la altivez de los

mediterráneos, que nunca se acuerdan de la autoridad en momentos de

peligro y sólo confían su defensa á la destreza de su mano. «¿Le tenía

acaso por un delator?...»

Pensaba hacer lo que hacen los hombres que son hombres. En adelante,

iría armado á todas horas mientras estuviese en Barcelona. ¡Ay del que

tirase sobre él, si es que no le hería!... Y guiñando un ojo, mostró á

su capitán lo que él llamaba «la herramienta».

Al piloto le repugnaban las armas de fuego, juguetes locos y ruidosos,

de problemático resultado. Amaba el golpe en silencio, el arma blanca,

prolongación de la mano, con un cariño ancestral que parecía evocar el

centelleo de las hachas de abordaje usadas por sus antepasados.

Con amorosa suavidad sacó de su cintura un cuchillo inglés adquirido en

la época en que era patrón de barca: una hoja brillante que reproducía

los rostros que la contemplaban, con punta aguda de estilete y filo de

navaja de afeitar.

Tal vez no tardase en hacer uso de su «herramienta». Recordó á varios

individuos que en los días anteriores paseaban lentamente por el muelle

examinando el buque, espiando á los que entraban y salían. Si alcanzaba

á verlos de nuevo, se echaría fuera del vapor para decirles dos

palabras.

--No hagas nada--ordenó Ferragut--. Yo me ocuparé del asunto.

Todo el día estuvo preocupado por la noticia. Al pasear por Barcelona,

miró con ojos provocativos á cuantos transeúntes le parecieron alemanes.

Se unió á la acometividad de su carácter una indignación de propietario

que se ve atropellado dentro de su casa. Los tres tiros eran para él, y

él era un español y los _boches_ se atrevían á atacarlo en su propia

tierra. ¡Qué audacia!...

Varias veces se llevó la diestra á la parte trasera de su pantalón,

tocando un bulto prolongado y metálico. Esperaba el anochecer para

realizar cierta idea que se le había fijado entre las dos cejas como un

clavo doloroso. Mientras no la realizase no estaría tranquilo.

La voz de los buenos consejos protestó: «No hagas locuras, Ferragut; no

busques al enemigo, no lo provoques. Defiéndete nada más.»

Pero su arrogancia temeraria, que le había hecho embarcarse en buques

destinados al naufragio y le empujaba hacia el peligro por el gusto de

vencerlo, gritó más alto que la prudencia.

«¡En mi patria!...--se dijo mentalmente--. ¡Querer asesinarme cuando

estoy en mi tierra!... Yo les haré ver que soy un español...»

Conocía el _bar_ del puerto mencionado por Freya. Dos hombres de su

tripulación le habían dado nuevos informes. Sus parroquianos eran

alemanes pobres, que bebían en abundancia. Alguien pagaba por ellos, y

en días señalados hasta se permitían convidar á patrones de barcas de

pesca y vagabundos del puerto. Un gramófono sonaba continuamente,

lanzando cánticos chillones que los concurrentes coreaban á gritos.

Cuando se recibían noticias de la guerra favorables á los Imperios

germánicos, redoblaban las canciones y el copeo hasta media noche y la

caja de música agria no descansaba un instante. En las paredes se veían

los retratos de Guillermo II y varios de sus generales. El dueño del

_bar_, un alemán gordo de piernas, cuadrado de cabeza, con pelos duros

de cepillo y mostachos colgantes, respondía al apodo de _Hindenburg_.

Sonrió el marino al pensar en la posibilidad de meter á _Hindenburg_

debajo de su mostrador... Quería ver este establecimiento, donde muchas

veces había sonado su nombre.

Al anochecer, sus pasos le llevaron hacia el _bar_, con un impulso

irresistible que se burlaba de todos los consejos de la prudencia.

La puerta de cristales se resistió á su mano nerviosa, tal vez porque

manejaba el picaporte con demasiada fuerza, y el capitán acabó por

abrirla dando una patada en su parte baja, que era de madera.

Casi volaron los vidrios al impulso de este golpe, brutal. ¡Magnífica

entrada!... Vió mucho humo, perforado por las estrellas rojas de tres

lámparas eléctricas que acababan de encenderse, y hombres que estaban de

espaldas ó frente á él en torno de varias mesas. El gramófono gangueaba

como una vieja sin dientes. Detrás del mostrador aparecía _Hindenburg_,

despechugado, con la camisa arremangada sobre sus brazos voluminosos

como piernas.

--Yo soy el capitán Ulises Ferragut.

La voz que dijo esto tuvo un poder semejante al de las palabras mágicas

de los cuentos orientales, que dejan en suspenso la vida de una ciudad

entera, quedando inmóviles personas y objetos, en la actitud que les

sorprende el poderoso conjuro.

Se hizo un silencio de asombro. Los que empezaban á volver la cabeza

atraídos por el estrépito de la puerta no continuaron su movimiento; los

que estaban enfrente permanecieron con los ojos fijos en el que entraba:

unos ojos agrandados por la sorpresa, como si no pudiesen creer lo que

veían. El gramófono calló repentinamente. _Hindenburg_, que estaba

limpiando un vaso, quedó con las manos inmóviles, sin sacar la

servilleta de la cavidad de cristal.

Ferragut fué á sentarse junto á una mesa vacía, con la espalda apoyada

en la pared. Un criado, el único del establecimiento, acudió para

enterarse de lo que deseaba, el señor. Era un andaluz pequeño y

vivaracho, que sus andanzas habían traído á Barcelona. Servía con

indiferencia á la clientela, sin que le interesasen sus palabras y sus

himnos. «El no se metía en política.» Habituado á los establecimientos

de gente alegre y batalladora, adivinó al hombre que viene á «armar

bronca», y quiso amansarlo con su actitud sonriente y obsequiosa.

El marino le habló en alta voz. Sabía que en aquel cafetucho le

nombraban frecuentemente y eran muchos los que deseaban verle. Podía

darles el recado de que el capitán Ferragut estaba allí, á su

disposición.

--Así se hará--dijo el andaluz.

Y se fué al mostrador, trayéndole al poco rato una botella y un vaso.

En vano se fijó Ulises en los que ocupaban las mesas inmediatas. Unos

permanecían inmóviles, presentándole el dorso; otros tenían los ojos

bajos y hablaban quedamente, con susurro de misterio.

Dos ó tres de ellos cruzaron al fin sus miradas con la del capitán.

Tenían en las pupilas un brillo de cólera naciente. Desvanecida la

primera sorpresa, parecían dispuestos á levantarse, cayendo sobre el

recién llegado. Pero alguien que estaba de espaldas parecía dominarlos

con sus órdenes murmurantes, y le obedecieron al fin, bajando sus ojos

para seguir en una actitud cohibida.

Ulises se cansó pronto de este silencio. Empezaba á encontrar algo

ridícula su actitud de domador. No sabía á quién dirigirse en un local

donde todos rehuían sus miradas y su contacto. En la mesa inmediata

había un periódico con ilustraciones, y se apoderó de él, volviendo sus

hojas. Estaba impreso en alemán, pero él fingió leerlo con gran interés.

Se había sentado de lado, dejando libre la cadera en la que descansaba

el revólver. Su mano, fingiendo distracción, se paseó junto á la

abertura del bolsillo, pronta á armarse en caso de ataque. Al poco rato

estaba arrepentido de esta postura excesivamente confiada. Iban á caer

sobre él, aprovechándose de su lectura. Pero el orgullo le hizo

permanecer inmóvil, para que no pudiesen adivinar su inquietud.

Luego rió de un modo insolente, como si leyese en la ilustración

germánica algo que provocaba sus burlas. Aún le pareció poco esto, y

levantó sus ojos para contemplar con agresiva curiosidad los retratos

que adornaban las paredes.

Entonces pudo darse cuenta de la gran transformación que acababa de

realizarse en el _bar_. Casi todos los parroquianos habían desfilado

silenciosamente durante su lectura. Sólo quedaban cuatro ebrios, de ojos

húmedos, que bebían con fruición, preocupándose únicamente del contenido

de sus vasos. _Hindenburg_, volviendo el fuerte dorso á su clientela,

leía en el mostrador un periódico de la noche. El andaluz, sentado en el

fondo, sonrió mirando al capitán. «¡Vaya un tío!...» Celebraba

interiormente que uno de la tierra hubiese puesto en fuga á los

bebedores gritones y brutales que tanto le molestaban otras tardes.

Consultó Ulises su reloj: las siete y media. Ya había espantado á toda

aquella gente que inspiraba terror á Freya. ¿Qué le quedaba que hacer

allí?... Pagó y salió.

La noche había cerrado. Bajo la luz de los faros eléctricos pasaban

tranvías y automóviles hacia el interior de la ciudad. Siguiendo las

arcadas de los antiguos edificios vecinos al puerto desfilaban grupos de

trabajadores de los establecimientos marítimos. Barcelona, deslumbrante

de resplandor, atraía á la muchedumbre. La dársena, negra y solitaria,

se poblaba de tenues lucecillas en lo alto de los mástiles.

Quedó indeciso Ferragut entre ir á comer á su casa ó en un restorán de

la Rambla. Luego sospechó que algunos de los fugitivos del cafetucho

podían estar cerca de él, dispuestos á seguirle. En vano esparció sus

miradas: no pudo reconocer á ninguno en los grupos que aguardaban el

tranvía leyendo periódicos ó conversando.

De pronto experimentó el deseo de ver á Tòni. El tío _Caragòl_ le

improvisaría algo que comer mientras relataba á su segundo la aventura

del _bar_. Además, le pareció un digno final de su hazaña ofrecer á los

enemigos, si es que le seguían, la ocasión favorable de atacarle en los

muelles desiertos. El demonio de la soberbia soplaba en sus orejas: «Así

verán que no les tienes miedo.»

Y marchó resueltamente hacia el puerto, pasando sobre rieles de

ferrocarril, contorneando los muros de largos almacenes, metiéndose

entre montañas de mercancías. Primeramente encontró pequeños grupos que

iban hacia la ciudad; luego parejas; después individuos sueltos; al

final nadie: una soledad absoluta.

Los reverberos trazaban en el suelo amplios redondeles de púrpura. Más

allá se extendían las tinieblas, cortadas por siluetas de ébano, que

unas veces eran barcos y otras callejones de fardos, colinas de carbón.

El agua negra reflejaba las serpientes rojas y verdes de las luces de

los buques. Un trasatlántico prolongaba las operaciones de carga al

resplandor de sus reflectores eléctricos, destacándose sobre esta

lobreguez con la animación de una fiesta veneciana.

De tarde en tarde un hombre de lento paso entraba en el círculo de un

reverbero, brillando el cañón de su fusil. Otros estaban como en acecho

entre los montones de la descarga. Eran carabineros y guardianes del

puerto.

Sintió repentinamente el capitán un aviso de su instinto. Le seguían...

Se detuvo en la sombra, pegado á un montón de fardos, y vió á unos

hombres que avanzaban en su misma dirección, pasando rápidamente por el

borde de la mancha roja de un foco eléctrico para no quedar bajo su

lluvia de luz.

Le fué imposible reconocerlos, y á pesar de ello, tuvo la certeza de que

eran los enemigos vistos en el _bar_.

Su buque estaba lejos, junto al muelle más desierto á aquellas horas.

«Has hecho una tontería», se dijo mentalmente.

Empezó á arrepentirse de su audacia; pero ya era tarde para volver

atrás. La ciudad se hallaba más lejos que el vapor, y sus enemigos

caerían sobre él tan pronto como le viesen retroceder. ¿Cuántos eran?...

Esto le preocupaba únicamente.

«¡Adelante!... ¡adelante!», gritó su orgullo.

Había sacado el revólver: lo llevaba en su diestra, con el cañón por

delante. En la soledad no había por qué guardar los miramientos y

prudencias de la vida civilizada. La noche le envolvía con todas las

asechanzas de una selva virgen, mientras brillaba ante sus ojos una

gran ciudad coronada de diamantes eléctricos, esparciendo en la negrura

del espacio un halo de incendio.

Tres veces pasó junto á los carabineros solitarios, pero no quiso

hablarles. «¡Adelante! Sólo las mujeres deben pedir apoyo...» Además,

tal vez sufría una alucinación; en realidad, no podía afirmar que le

persiguiesen.

A los pocos pasos se desvaneció esta duda: sí que le perseguían. Sus

sentidos, aguzados por el peligro, tuvieron la misma percepción del

jabalí que presiente la jauría intentando cerrarle el paso. A su derecha

tenía el agua; á su izquierda trotaban hombres por detrás de los

montones de la descarga queriendo salir á su encuentro; detrás avanzaban

otros para impedir su retirada.

Podía correr, adelantándose á los que intentaban envolverle; pero ¿un

hombre debe correr teniendo un revólver en la mano?... Los que venían

detrás se lanzarían en su persecución. Una cacería humana iba á

desarrollarse en la noche, y él, Ferragut, sería el gamo acosado por la

canalla del _bar_. «¡Ah, no!...» El capitán se acordó de Von Kramer

galopando míseramente en pleno día por los muelles de Marsella... Si lo

habían de matar, que no fuese huyendo.

Continuó su avance con paso rápido. Adivinaba el plan de sus enemigos.

No querían mostrarse en esta zona del puerto obstruída por montones de

fardos, temiendo que se ocultase. Le esperaban cerca de su buque, en un

espacio descubierto por el que forzosamente debía pasar.

«¡Adelante--volvió á repetirse--. Si he de morir, que sea á la vista del

_Mare nostrum_!»

El vapor estaba cerca. Reconoció su negra silueta pegada al muelle. En

este momento el perro de á bordo empezó á ladrar furiosamente,

anunciando la presencia del capitán y al mismo tiempo el peligro.

Abandonó el abrigo de una colina de carbón, avanzando por un terreno

descubierto. Concentraba toda su voluntad en el deseo de llegar á su

barco cuanto antes.

Mare nostrum · 第 29 / 36 段