Cada vez que nos vemos me cuentas una nueva historia... ¿Quién eres?
¿Cuándo dirás la verdad, toda la verdad de una vez?... ¡Embustera!
Ella, insensible á los insultos, siguió hablando de su porvenir
angustiosamente, como si se viese rodeada de misteriosos peligros.
--¿Dónde iré si tú me abandonas?... Si me quedo en España, continúo bajo
la dominación de la doctora. No puedo volver á los Imperios donde pasé
mi vida; todos los caminos están cerrados, y en aquellas tierras
renacería mi esclavitud... Tampoco puedo ir á Francia ó Inglaterra:
tengo miedo á mi pasado. Cualquiera de mis hazañas anteriores bastaría
para que me fusilasen: no merezco menos... Además, me inspira temor la
venganza de los míos. Conozco los procedimientos del «servicio» cuando
necesita deshacerse de un agente incómodo que está en tierra enemiga. El
mismo lo denuncia: comete voluntariamente una torpeza, hace que se
extravíen unos documentos, envía una carta comprometedora con falsa
dirección, para que caiga en manos de las autoridades del país. ¿Qué
haré si tú no me socorres?... ¿Dónde podré rufugiarme?...
Ulises se decidió á contestar, apiadado de su desesperación. El mundo es
grande: podía ir á vivir en una república de América.
Ella no aceptó el consejo. Había pensado lo mismo; pero le daba miedo el
porvenir incierto.
--Soy pobre: apenas tengo con qué pagar mi viaje... El «servicio»
retribuye bien al principio. Después, como nos tiene seguros á causa de
nuestro pasado, sólo da lo necesario para vivir con cierto desahogo.
¿Qué voy á, hacer en aquellas tierras?... ¿Debo pasar el resto de mi
existencia vendiéndome á cambio del pan?... No quiero: ¡antes morir!
La desesperada afirmación de su pobreza hizo sonreír burlonamente á
Ferragut. Miró el collar de perlas eternamente acostado en la admirable
almohadilla de su pecho, las gruesas esmeraldas de sus orejas, los
brillantes que chisporroteaban fríamente en sus manos. Ella adivinó su
pensamiento, y la idea de vender estas joyas le produjo una inquietud
mayor que los terrores que le infundía el porvenir.
--Tú no sabes lo que esto representa para mí--añadió--. Es mi uniforme,
mi blasón, el salvoconducto que me permite sostenerme en el mundo de mi
juventud. Las mujeres que vamos solas por la tierra necesitamos las
alhajas para seguir nuestro camino sin obstáculos. Los gerentes del
hotel se humanizan y sonríen ante su brillo. Quien las posee no inspira
desconfianza, aunque tarde en pagar la cuenta de la semana... Los
empleados de las fronteras se muestran galantes: no hay pasaporte más
poderoso. Las señoras altivas se ablandan con su centelleo á la hora del
té en los _halls_ donde una no conoce á nadie... ¡Lo que yo he sufrido
para conseguirlas!... Arrostraría el hambre antes de venderlas. Con
ellas se es alguien: puede una persona no tener una moneda en el
bolsillo y entrar donde entran los más ricos, viviendo como ellos...
No aceptaba el consejo. Era como si á un guerrero hambriento le
propusiesen entregar sus armas en país enemigo á cambio de pan. Una vez
la necesidad satisfecha, quedaría prisionero; se vería envilecido,
igualándose con los miserables que horas antes recibían sus golpes. Ella
arrostraba todos los peligros y sufrimientos antes que despojarse del
casco y el escudo, símbolos de su estirpe superior. El traje de más de
un año, las botinas fatigadas, la ropa interior con desgarrones mal
compuestos, no le entristecían en los momentos difíciles. Lo importante
era poseer un sombrero de moda y conservar el gabán de pieles, el collar
de perlas, las esmeraldas, los brillantes, toda la armadura honorífica y
gloriosa, dentro de la cual quería morir.
Su mirada pareció apiadarse de la ignorancia del marino, que se atrevía
á proponerle tales absurdos.
--Es imposible, Ulises... Llévame contigo. En el mar es donde puedo
vivir más segura. Los submarinos no me dan miedo. Las gentes se los
imaginan numerosos y apretados como las piedras de un pavimento, pero
sólo un buque entre mil recibe sus ataques... Además, contigo no temo
nada: si nuestro destino es perecer en el mar, moriríamos juntos.
Se hizo insinuante y seductora, avanzando las manos sobre los hombros de
él, tirando de su cuello con un apasionamiento que equivalía á un
abrazo. Su boca, al hablar, se aproximó á la del marino. Los labios se
arquearon iniciando la redonda caricia de un beso.
--¿Tan mal vivirías con Freya?... ¿No te acuerdas ya de nuestro
pasado?... ¿Es que ahora soy otra?
Ulises se acordaba, efectivamente, del pasado, y empezó á reconocer que
este recuerdo era demasiado vivo. Llegaron hasta él, como lejanas
melodías voluptuosas y medio olvidadas, las ráfagas de una carne bien
oliente, despertando su memoria sexual. El contacto de las ocultas
redondeces, tibias y firmes, que se apretaban contra su pecho sin perder
la turgente dureza, evocó en la imaginación de Ferragut una serie
vertiginosa de escenas de amor. La castidad observada en los últimos
tiempos á causa de sus dolorosas preocupaciones le atormentó ahora como
un suplicio.
Ella, que seguía esta revolución con ojos astutos, adivinándola en las
contracciones de su rostro, sonrió triunfadora, pegando su boca á la de
él. Estaba segura de su poder... Y reprodujo el beso del Acuario, aquel
beso que estremecía la espalda del marino, haciéndole vacilar sobre sus
piernas.
Pero cuando se entregaba con más abandono á esta succión dominadora, se
sintió repelida, disparada por un manotón brutal, semejante al puñetazo
que la había lanzado sobre los almohadones al principio de la
entrevista.
Alguien se había interpuesto entre los dos, á pesar de que estaban
abrazados estrechamente.
El capitán, que empezaba á perder la conciencia de sus actos, lo mismo
que un náufrago, descendiendo y descendiendo á través de las capas
vibrantes de un placer sin límites, vió de pronto la cara de Esteban
difunto, con los ojos vidriosos fijos en él. Más allá vió igualmente una
imagen de triste esfumamiento: Cinta que lloraba, como si sus lágrimas
fuesen las únicas que podían caer sobre el cadáver desgarrado del hijo.
--¡Ah, no!... ¡no!
El mismo quedó sorprendido de su voz. Fué un rugido de bestia herida, un
aullar seco de desesperado que se retuerce en el tormento.
Freya, tambaleándose bajo el rudo empujón, intentó aproximarse otra vez
á él, enlazarse de nuevo en sus brazos, repetir su beso imperioso.
--¡Amor mío!... ¡amor mío!...
No pudo seguir. La tremenda mano volvió á repelerla, pero tan
violentamente, que fué á dar de cabeza contra los cojines del diván.
Tembló la puerta con un rudo tirón que hizo abrir sus dos hojas á la
vez, sacando el pestillo de la cerradura.
La mujer, tenaz en sus deseos, se levantó prontamente, sin reparar en el
dolor de la caída. Su ligereza sólo le pudo servir para ver cómo
escapaba Ferragut después de recoger maquinalmente su sombrero.
--¡Ulises!... ¡Ulises!...
Ulises estaba ya en la calle, mientras en el pequeño _hall_ acababan de
bambolearse, rompiéndose luego en el suelo con ruidoso desmenuzamiento,
varios objetos de loza que había enganchado y desplazado el fugitivo en
su ciega salida.
Al sentir en la frente la sensación del aire libre, resurgieron en su
memoria los peligros que le había anunciado Freya. Exploró la calle con
una mirada hostil... «¡Nadie!» Su deseo era encontrarse con los enemigos
de que hablaba aquella mujer, para desahogar la cólera que sentía contra
sí mismo. Estaba avergonzado y furioso por su pasajera debilidad, que
casi le había hecho reanudar la antigua existencia.
En los días sucesivos se acordó repetidas veces de la banda de
refugiados que obedecía á la doctora. Al encontrar en las calles
transeúntes de aspecto germánico, los miraba de frente con ojos de reto.
¿Sería alguno de ellos el encargado de matarle?... Luego seguía
adelante, arrepentido de su provocación, seguro de que eran mercaderes
de la América del Sur, boticarios ó empleados de Banco, indecisos entre
volver á sus casas al otro lado del Océano ó esperar en Barcelona el
triunfo siempre inmediato de su emperador.
Al fin, el capitán acabó por reírse de las recomendaciones de Freya.
«¡Mentiras suyas!... Invenciones para interesarme y que la lleve
conmigo. ¡Ah, embustera!»
Una mañana, al pisar la cubierta de su vapor, Tòni se acercó á él con
aire misterioso. Su rostro tenía una, palidez de ceniza.
Cuando estuvieron en el salón de popa, el segundo habló en voz baja,
mirando en torno de él.
La noche anterior había bajado á tierra para ir al teatro. Todos los
gustos literarios de Tòni y sus emociones estéticas se concentraban en
la zarzuela. Los hombres de talento no habían podido inventar nada
mejor. De ella iba sacando los canturreos con que animaba sus largas
permanencias en el puente. Además, había el coro femenil, brillantemente
vestido y con las piernas libres; las tiples abundantes en carnes y
ligeras de ropa; un desfile de mallones rosados y voluptuosas redondeces
que alegraba la imaginación del navegante, sin hacer olvidar los deberes
de la fidelidad.
A la una de la madrugada, cuando volvía al buque por los muelles
solitarios, habían intentado asesinarle. Creyó ver gentes que se
ocultaban detrás de un montón de mercancías al oír sus pasos. Luego
sonaron tres detonaciones, tres tiros de revólver. Una bala silbó en uno
de sus oídos.
--Y como yo no llevaba armas, corrí. Afortunadamente, fué cerca del
buque, casi junto á la proa. Sólo tuve que dar unos cuantos saltos para
meterme plancha adentro en el vapor... Y ya no dispararon más.
Ferragut quedó silencioso. También él había palidecido, pero de sorpresa
y de cólera. ¡Luego eran ciertos los anuncios de Freya!...
No quiso fingir incredulidad ni mostrarse temerario y despreciador del
peligro cuando Tòni siguió hablando.
--¡Ojo, Ulises!... Yo he reflexionado mucho sobre este suceso. Los tiros
no eran para mí. ¿Qué enemigos tengo yo? ¿Quién puede querer mal á un
pobre piloto que no ve á nadie?... ¡Guárdate! Tú sabrás tal vez de dónde
viene eso: tú tratas muchas gentes.
El capitán adivinó que se acordaba de las aventuras de Nápoles y de
aquella proposición vergonzosa guardada como un secreto, relacionándolo
todo con la nocturna agresión. Pero ni su voz ni sus ojos justificaron
tales sospechas, y Ferragut prefirió no darse por enterado de lo que
pasaba.
--¿Sabe alguien lo ocurrido?
Tòni levantó los hombros. «Nadie...» Se había metido en el vapor,
apaciguando al perro de á bordo, que ladraba furiosamente. El hombre de
guardia había oído los tiros, imaginándose que eran de una pelea de
marineros. Además, á él sólo le interesaba lo que ocurriese á partir de
la plancha que unía el muelle con el buque.
--¿No has dado parte á la autoridad?...
El segundo se indignó al oír esta pregunta, con la altivez de los
mediterráneos, que nunca se acuerdan de la autoridad en momentos de
peligro y sólo confían su defensa á la destreza de su mano. «¿Le tenía
acaso por un delator?...»
Pensaba hacer lo que hacen los hombres que son hombres. En adelante,
iría armado á todas horas mientras estuviese en Barcelona. ¡Ay del que
tirase sobre él, si es que no le hería!... Y guiñando un ojo, mostró á
su capitán lo que él llamaba «la herramienta».
Al piloto le repugnaban las armas de fuego, juguetes locos y ruidosos,
de problemático resultado. Amaba el golpe en silencio, el arma blanca,
prolongación de la mano, con un cariño ancestral que parecía evocar el
centelleo de las hachas de abordaje usadas por sus antepasados.
Con amorosa suavidad sacó de su cintura un cuchillo inglés adquirido en
la época en que era patrón de barca: una hoja brillante que reproducía
los rostros que la contemplaban, con punta aguda de estilete y filo de
navaja de afeitar.
Tal vez no tardase en hacer uso de su «herramienta». Recordó á varios
individuos que en los días anteriores paseaban lentamente por el muelle
examinando el buque, espiando á los que entraban y salían. Si alcanzaba
á verlos de nuevo, se echaría fuera del vapor para decirles dos
palabras.
--No hagas nada--ordenó Ferragut--. Yo me ocuparé del asunto.
Todo el día estuvo preocupado por la noticia. Al pasear por Barcelona,
miró con ojos provocativos á cuantos transeúntes le parecieron alemanes.
Se unió á la acometividad de su carácter una indignación de propietario
que se ve atropellado dentro de su casa. Los tres tiros eran para él, y
él era un español y los _boches_ se atrevían á atacarlo en su propia
tierra. ¡Qué audacia!...
Varias veces se llevó la diestra á la parte trasera de su pantalón,
tocando un bulto prolongado y metálico. Esperaba el anochecer para
realizar cierta idea que se le había fijado entre las dos cejas como un
clavo doloroso. Mientras no la realizase no estaría tranquilo.
La voz de los buenos consejos protestó: «No hagas locuras, Ferragut; no
busques al enemigo, no lo provoques. Defiéndete nada más.»
Pero su arrogancia temeraria, que le había hecho embarcarse en buques
destinados al naufragio y le empujaba hacia el peligro por el gusto de
vencerlo, gritó más alto que la prudencia.
«¡En mi patria!...--se dijo mentalmente--. ¡Querer asesinarme cuando
estoy en mi tierra!... Yo les haré ver que soy un español...»
Conocía el _bar_ del puerto mencionado por Freya. Dos hombres de su
tripulación le habían dado nuevos informes. Sus parroquianos eran
alemanes pobres, que bebían en abundancia. Alguien pagaba por ellos, y
en días señalados hasta se permitían convidar á patrones de barcas de
pesca y vagabundos del puerto. Un gramófono sonaba continuamente,
lanzando cánticos chillones que los concurrentes coreaban á gritos.
Cuando se recibían noticias de la guerra favorables á los Imperios
germánicos, redoblaban las canciones y el copeo hasta media noche y la
caja de música agria no descansaba un instante. En las paredes se veían
los retratos de Guillermo II y varios de sus generales. El dueño del
_bar_, un alemán gordo de piernas, cuadrado de cabeza, con pelos duros
de cepillo y mostachos colgantes, respondía al apodo de _Hindenburg_.
Sonrió el marino al pensar en la posibilidad de meter á _Hindenburg_
debajo de su mostrador... Quería ver este establecimiento, donde muchas
veces había sonado su nombre.
Al anochecer, sus pasos le llevaron hacia el _bar_, con un impulso
irresistible que se burlaba de todos los consejos de la prudencia.
La puerta de cristales se resistió á su mano nerviosa, tal vez porque
manejaba el picaporte con demasiada fuerza, y el capitán acabó por
abrirla dando una patada en su parte baja, que era de madera.
Casi volaron los vidrios al impulso de este golpe, brutal. ¡Magnífica
entrada!... Vió mucho humo, perforado por las estrellas rojas de tres
lámparas eléctricas que acababan de encenderse, y hombres que estaban de
espaldas ó frente á él en torno de varias mesas. El gramófono gangueaba
como una vieja sin dientes. Detrás del mostrador aparecía _Hindenburg_,
despechugado, con la camisa arremangada sobre sus brazos voluminosos
como piernas.
--Yo soy el capitán Ulises Ferragut.
La voz que dijo esto tuvo un poder semejante al de las palabras mágicas
de los cuentos orientales, que dejan en suspenso la vida de una ciudad
entera, quedando inmóviles personas y objetos, en la actitud que les
sorprende el poderoso conjuro.
Se hizo un silencio de asombro. Los que empezaban á volver la cabeza
atraídos por el estrépito de la puerta no continuaron su movimiento; los
que estaban enfrente permanecieron con los ojos fijos en el que entraba:
unos ojos agrandados por la sorpresa, como si no pudiesen creer lo que
veían. El gramófono calló repentinamente. _Hindenburg_, que estaba
limpiando un vaso, quedó con las manos inmóviles, sin sacar la
servilleta de la cavidad de cristal.
Ferragut fué á sentarse junto á una mesa vacía, con la espalda apoyada
en la pared. Un criado, el único del establecimiento, acudió para
enterarse de lo que deseaba, el señor. Era un andaluz pequeño y
vivaracho, que sus andanzas habían traído á Barcelona. Servía con
indiferencia á la clientela, sin que le interesasen sus palabras y sus
himnos. «El no se metía en política.» Habituado á los establecimientos
de gente alegre y batalladora, adivinó al hombre que viene á «armar
bronca», y quiso amansarlo con su actitud sonriente y obsequiosa.
El marino le habló en alta voz. Sabía que en aquel cafetucho le
nombraban frecuentemente y eran muchos los que deseaban verle. Podía
darles el recado de que el capitán Ferragut estaba allí, á su
disposición.
--Así se hará--dijo el andaluz.
Y se fué al mostrador, trayéndole al poco rato una botella y un vaso.
En vano se fijó Ulises en los que ocupaban las mesas inmediatas. Unos
permanecían inmóviles, presentándole el dorso; otros tenían los ojos
bajos y hablaban quedamente, con susurro de misterio.
Dos ó tres de ellos cruzaron al fin sus miradas con la del capitán.
Tenían en las pupilas un brillo de cólera naciente. Desvanecida la
primera sorpresa, parecían dispuestos á levantarse, cayendo sobre el
recién llegado. Pero alguien que estaba de espaldas parecía dominarlos
con sus órdenes murmurantes, y le obedecieron al fin, bajando sus ojos
para seguir en una actitud cohibida.
Ulises se cansó pronto de este silencio. Empezaba á encontrar algo
ridícula su actitud de domador. No sabía á quién dirigirse en un local
donde todos rehuían sus miradas y su contacto. En la mesa inmediata
había un periódico con ilustraciones, y se apoderó de él, volviendo sus
hojas. Estaba impreso en alemán, pero él fingió leerlo con gran interés.
Se había sentado de lado, dejando libre la cadera en la que descansaba
el revólver. Su mano, fingiendo distracción, se paseó junto á la
abertura del bolsillo, pronta á armarse en caso de ataque. Al poco rato
estaba arrepentido de esta postura excesivamente confiada. Iban á caer
sobre él, aprovechándose de su lectura. Pero el orgullo le hizo
permanecer inmóvil, para que no pudiesen adivinar su inquietud.
Luego rió de un modo insolente, como si leyese en la ilustración
germánica algo que provocaba sus burlas. Aún le pareció poco esto, y
levantó sus ojos para contemplar con agresiva curiosidad los retratos
que adornaban las paredes.
Entonces pudo darse cuenta de la gran transformación que acababa de
realizarse en el _bar_. Casi todos los parroquianos habían desfilado
silenciosamente durante su lectura. Sólo quedaban cuatro ebrios, de ojos
húmedos, que bebían con fruición, preocupándose únicamente del contenido
de sus vasos. _Hindenburg_, volviendo el fuerte dorso á su clientela,
leía en el mostrador un periódico de la noche. El andaluz, sentado en el
fondo, sonrió mirando al capitán. «¡Vaya un tío!...» Celebraba
interiormente que uno de la tierra hubiese puesto en fuga á los
bebedores gritones y brutales que tanto le molestaban otras tardes.
Consultó Ulises su reloj: las siete y media. Ya había espantado á toda
aquella gente que inspiraba terror á Freya. ¿Qué le quedaba que hacer
allí?... Pagó y salió.
La noche había cerrado. Bajo la luz de los faros eléctricos pasaban
tranvías y automóviles hacia el interior de la ciudad. Siguiendo las
arcadas de los antiguos edificios vecinos al puerto desfilaban grupos de
trabajadores de los establecimientos marítimos. Barcelona, deslumbrante
de resplandor, atraía á la muchedumbre. La dársena, negra y solitaria,
se poblaba de tenues lucecillas en lo alto de los mástiles.
Quedó indeciso Ferragut entre ir á comer á su casa ó en un restorán de
la Rambla. Luego sospechó que algunos de los fugitivos del cafetucho
podían estar cerca de él, dispuestos á seguirle. En vano esparció sus
miradas: no pudo reconocer á ninguno en los grupos que aguardaban el
tranvía leyendo periódicos ó conversando.
De pronto experimentó el deseo de ver á Tòni. El tío _Caragòl_ le
improvisaría algo que comer mientras relataba á su segundo la aventura
del _bar_. Además, le pareció un digno final de su hazaña ofrecer á los
enemigos, si es que le seguían, la ocasión favorable de atacarle en los
muelles desiertos. El demonio de la soberbia soplaba en sus orejas: «Así
verán que no les tienes miedo.»
Y marchó resueltamente hacia el puerto, pasando sobre rieles de
ferrocarril, contorneando los muros de largos almacenes, metiéndose
entre montañas de mercancías. Primeramente encontró pequeños grupos que
iban hacia la ciudad; luego parejas; después individuos sueltos; al
final nadie: una soledad absoluta.
Los reverberos trazaban en el suelo amplios redondeles de púrpura. Más
allá se extendían las tinieblas, cortadas por siluetas de ébano, que
unas veces eran barcos y otras callejones de fardos, colinas de carbón.
El agua negra reflejaba las serpientes rojas y verdes de las luces de
los buques. Un trasatlántico prolongaba las operaciones de carga al
resplandor de sus reflectores eléctricos, destacándose sobre esta
lobreguez con la animación de una fiesta veneciana.
De tarde en tarde un hombre de lento paso entraba en el círculo de un
reverbero, brillando el cañón de su fusil. Otros estaban como en acecho
entre los montones de la descarga. Eran carabineros y guardianes del
puerto.
Sintió repentinamente el capitán un aviso de su instinto. Le seguían...
Se detuvo en la sombra, pegado á un montón de fardos, y vió á unos
hombres que avanzaban en su misma dirección, pasando rápidamente por el
borde de la mancha roja de un foco eléctrico para no quedar bajo su
lluvia de luz.
Le fué imposible reconocerlos, y á pesar de ello, tuvo la certeza de que
eran los enemigos vistos en el _bar_.
Su buque estaba lejos, junto al muelle más desierto á aquellas horas.
«Has hecho una tontería», se dijo mentalmente.
Empezó á arrepentirse de su audacia; pero ya era tarde para volver
atrás. La ciudad se hallaba más lejos que el vapor, y sus enemigos
caerían sobre él tan pronto como le viesen retroceder. ¿Cuántos eran?...
Esto le preocupaba únicamente.
«¡Adelante!... ¡adelante!», gritó su orgullo.
Había sacado el revólver: lo llevaba en su diestra, con el cañón por
delante. En la soledad no había por qué guardar los miramientos y
prudencias de la vida civilizada. La noche le envolvía con todas las
asechanzas de una selva virgen, mientras brillaba ante sus ojos una
gran ciudad coronada de diamantes eléctricos, esparciendo en la negrura
del espacio un halo de incendio.
Tres veces pasó junto á los carabineros solitarios, pero no quiso
hablarles. «¡Adelante! Sólo las mujeres deben pedir apoyo...» Además,
tal vez sufría una alucinación; en realidad, no podía afirmar que le
persiguiesen.
A los pocos pasos se desvaneció esta duda: sí que le perseguían. Sus
sentidos, aguzados por el peligro, tuvieron la misma percepción del
jabalí que presiente la jauría intentando cerrarle el paso. A su derecha
tenía el agua; á su izquierda trotaban hombres por detrás de los
montones de la descarga queriendo salir á su encuentro; detrás avanzaban
otros para impedir su retirada.
Podía correr, adelantándose á los que intentaban envolverle; pero ¿un
hombre debe correr teniendo un revólver en la mano?... Los que venían
detrás se lanzarían en su persecución. Una cacería humana iba á
desarrollarse en la noche, y él, Ferragut, sería el gamo acosado por la
canalla del _bar_. «¡Ah, no!...» El capitán se acordó de Von Kramer
galopando míseramente en pleno día por los muelles de Marsella... Si lo
habían de matar, que no fuese huyendo.
Continuó su avance con paso rápido. Adivinaba el plan de sus enemigos.
No querían mostrarse en esta zona del puerto obstruída por montones de
fardos, temiendo que se ocultase. Le esperaban cerca de su buque, en un
espacio descubierto por el que forzosamente debía pasar.
«¡Adelante--volvió á repetirse--. Si he de morir, que sea á la vista del
_Mare nostrum_!»
El vapor estaba cerca. Reconoció su negra silueta pegada al muelle. En
este momento el perro de á bordo empezó á ladrar furiosamente,
anunciando la presencia del capitán y al mismo tiempo el peligro.
Abandonó el abrigo de una colina de carbón, avanzando por un terreno
descubierto. Concentraba toda su voluntad en el deseo de llegar á su
barco cuanto antes.