--Di lo que quieras, pero así fué... Amamos según el lugar y el momento.

De encontrarnos en otra ocasión, nos habríamos visto por unas horas nada

más, siguiendo cada cual su camino, sin ningún deseo amoroso.

Pertenecemos á mundos distintos... Pero estábamos inmovilizados en el

mismo país, poseídos del tedio de la espera, y lo que debía ser... fué.

Te digo toda la verdad: ¡si supieses lo que me costaba rehuirte!... Por

las mañanas, al levantarme en el cuarto del hotel, mi primer movimiento

era mirar á través de las cortinas para convencerme de que me esperabas

en la calle. «Allí está mi _flirt_; allí está mi novio.» Tal vez habías

dormido mal pensando en mí. Y yo sentía mi alma rehecha, un alma de

veinte años, de muchacha entusiasta y candorosa... Mi primer impulso era

bajar para unirme á ti, yéndonos por las orillas del golfo, como dos

enamorados de novela... Luego surgía la reflexión. Mi pasado se

desplomaba en mi memoria como una campana vieja que se desprende de una

torre. Había olvidado este pasado, y al caer, me aturdía con su peso

sonoro, vibrante de recuerdos. «¡Pobre hombre!... ¡En qué mundo de

compromisos y enredos voy á meterle!... ¡No! ¡no!» Y huía de ti con

astucias de colegiala traviesa, saliendo del hotel cuando tú te habías

alejado por unos momentos, doblando otras veces una esquina en el

preciso instante que ibas á volver los ojos... Sólo me dejaba abordar,

fría é irónica, cuando no me era posible librarme de tu encuentro; y

después, en casa de la doctora, hablaba de ti á cada instante, riendo

con ella de estos galanteos románticos.

Ferragut escuchaba sombrío, pero con una atención cada vez más

concentrada. Presintió la explicación de muchos actos incomprensibles.

Una cortina iba á correrse en su pasado, viéndolo todo bajo una nueva

luz.

--La doctora reía, pero á continuación de mis burlas aseguraba lo mismo:

«Te estás enamorando de ese hombre; ese _don José_ te interesa.

¡Cuidado, _Carmen_!» Y lo raro era que no le pareciese mal mi

enamoramiento, siendo enemiga de toda pasión que no sirve directamente á

nuestros trabajos... Decía verdad: estaba enamorada. Lo reconocí la

mañana en que tuve el deseo imperioso de ir al Acuario. Llevaba muchos

días sin verte; vivía fuera del hotel, en casa de la doctora, para no

tropezarme con mi _flirt_. Y esa mañana me levanté muy triste, con un

pensamiento fijo: «¡Pobre capitán!... Vamos á darle un poco de

felicidad.» Estaba enferma aquel día... ¡enferma de ti! ahora lo

comprendo. Nos vimos en el Acuario, y yo fuí la que te besé, al mismo

tiempo que deseaba el exterminio de los hombres... ¡de todos los

hombres, menos tú!

Hizo una breve pausa, elevando sus ojos hacia él para apreciar el efecto

de sus palabras.

--Acuérdate de nuestro almuerzo en el restorán del Vomero; acuérdate de

cómo te rogué que te marchases, abandonándome á mi destino. Presentía el

porvenir: adivinaba que iba á serte fatal. ¿Cómo podía unirse una vida

recta y franca como la tuya con mi existencia de aventurera mezclada en

tantos compromisos inconfesables?... Pero te amaba. Quise salvarte con

mi alejamiento, y á la vez tuve miedo de no verte más. La noche en que

me irritaste con la furia de tus deseos, y yo me defendí estúpidamente,

como si fueses un extraño, concentrando en tu persona el odio que me

inspiran todos los hombres, esa noche lloré al verme sola en mi cama.

Lloré pensando en que te había perdido para siempre, y al mismo tiempo

me sentí satisfecha, porque así te librabas de mi influencia... Luego

llegó Von Kramer. Necesitábamos un barco y un hombre. La doctora habló,

orgullosa de su penetración que le había hecho adivinar en ti una fuerza

aprovechable. Me dieron la orden de ir en busca tuya, de apoderarme otra

vez de tu voluntad. Mi primer impulso fué negarme, pensando en tu

porvenir. Pero el sacrificio era dulce; el egoísmo dirige nuestras

acciones... ¡y te busqué! Lo demás tú lo sabes.

Calló, quedando en actitud pensativa, como si paladease este período de

sus recuerdos, el más grato de su existencia.

--Al irte en la goleta--continuó momentos después--comprendí lo que

representabas en mi vida. ¡Qué falta me hiciste!... La doctora estaba

preocupada por los sucesos italianos. Yo sólo pensé en contar los días,

encontrando que transcurrían con más lentitud que los otros. Uno...

dos... tres. «Mi marino adorado, mi tiburón amoroso, va á llegar... ¡va

á llegar!» Y lo que llegó de pronto, cuando aún lo creíamos lejos, fué

el golpe de la guerra, separándonos rudamente. La doctora maldecía á los

italianos pensando en Alemania; yo los maldije pensando en ti, viéndome

obligada á seguir á mi amiga, á preparar la fuga en dos horas, por miedo

á la indignación del populacho... Mi única satisfacción fué al enterarme

de que veníamos á España. La doctora se prometía hacer aquí grandes

cosas... Yo pensé que en ningún lugar me era más fácil volver á

encontrarte...

Se había incorporado un poco. Sus manos tocaban las rodillas de

Ferragut. Quería abrazarse á ellas, y no osaba hacerlo por miedo á que

él la repeliese, desvaneciéndose su trágica inercia que le permitía

escuchar.

--Estando en Bilbao supe lo del torpedeamiento del _Californian_ y la

muerte de tu hijo... No te hablaré de esto; lloré, lloré mucho,

ocultándome de la doctora. Desde entonces la odio. Celebró el suceso,

pasando indiferente sobre tu nombre. Tú no existías ya para ella: no

podía utilizarte... Yo lloré por ti, por tu hijo, al que no conocía, y

también por mí, pensando en mi culpabilidad. Desde aquel día soy otra

mujer... Luego vinimos á Barcelona, y he pasado meses y meses esperando

este momento.

La antigua pasión se reflejó en sus ojos. Un gesto de amor humilde

embelleció su cara magullada por el golpe.

--Nos instalamos en esta casa, que es de un electricista alemán amigo de

la doctora. Cuando ella salía de viaje, dejándome libre, mis paseos

eran siempre hacia el puerto. Esperaba ver tu buque. Mis ojos seguían

con simpatía á los marinos, creyendo ver en todos ellos algo de tu

persona... «Algún día vendrá», me decía yo. Tú sabes que el amor es

egoísta. Llegué á olvidar la muerte de tu hijo... Además, yo no soy la

verdadera culpable: son los otros. Yo he sido engañada lo mismo que

tú... «Vendrá, y seremos felices otra vez...» ¡Ay! ¡si pudiese hablarte

esta habitación... este diván en el que he soñado tantas veces!...

Siempre que arreglaba unas flores en ese vaso, me hacía la ilusión de

que tú ibas á llegar; siempre que me embellecía con un poco de tocador,

me imaginaba que era para ti... Vivía en tu país, y era natural que tú

llegases. De pronto, el paraíso que llevaba en la cabeza se hizo humo.

Recibimos la noticia, no sé cómo, de la prisión da Von Kramer y de que

tú habías sido su delator. La doctora me increpó, haciéndome responsable

de todo. Por mí te había conocido, y esto fué bastante para que me

incluyese en su indignación. Todos los nuestros hablaron de tu muerte,

deseándotela con los más atroces martirios.

Ferragut la interrumpió. Tenía el ceño fruncido, como si le dominase una

idea tenaz... Tal vez no la escuchaba.

--¿Dónde está la doctora?...

El tono de su pregunta fué inquietante. Cerró los puños, mirando en

torno de él como si aguardase la aparición de la imponente dama. Su

gesto era igual al que había acompañado la agresión contra Freya.

--Viaja no sé dónde--dijo ésta--. Estará en Madrid, en San Sebastián ó

en Cádiz. Sale con mucha frecuencia; tiene amigos en todas partes... Si

yo me he atrevido á llamarte, es porque estoy sola.

Y relató la vida que llevaba en este retiro. Por el momento, su antigua

protectora la dejaba en la inacción. Se abstenía de ordenarle trabajo

alguno: ella misma lo ejecutaba todo, evitando intermediarios. Lo

ocurrido á Von Kramer la había hecho recelosa y suspicaz, y cuando

necesitaba auxiliares sólo admitía á sus compatriotas que vivían en

Barcelona.

Una banda feroz y decidida se había agrupado en torno de ella. Eran

refugiados procedentes de las repúblicas de América del Sur, parásitos

de las ciudades de la costa ó vagabundos de las selvas del interior. Al

frente de ellos, como portaórdenes de la doctora, figuraba Karl, el

escribiente que Ferragut había visto en el caserón del barrio de Chiaia.

Este hombre, á pesar de su aspecto meloso, tenía en su historia varios

delitos de sangre. Era un digno capataz del grupo de aventureros

enardecidos por el entusiasmo patriótico que se reunía todas las tardes

en cierto café del puerto. Freya tenía la certeza de que trabajaban en

el aprovisionamiento de los submarinos existentes en el Mediterráneo

español. Todos conocían al capitán Ferragut por el suceso de Marsella, y

hablaban de su persona con lúgubres reticencias.

--Por ellos supe tu llegada--continuó--. Te espían, aguardan un momento

favorable. ¿Quién sabe si te habrán seguido hasta aquí?... ¡Ulises,

huye; tu vida está amenazada seriamente!

El capitán volvió á levantar los hombros con expresión de desprecio.

--¡Huye, te repito!... Y si puedes, si te inspiro un poco de compasión,

si no te soy completamente indiferente... ¡llévame contigo!

Adivinó Ferragut que todo lo dicho era para llegar á este ruego final.

La inesperada demanda le produjo una impresión de asombro y escándalo.

¿Huir con ella, que tanto daño le había causado?... ¿Unir otra vez su

vida á la suya, conociéndola como la conocía?...

Era tan absurda la proposición, que el capitán sonrió de un modo

lúgubre.

--Yo estoy en peligro lo mismo que tú--continuó Freya con acento

desesperado--. No sé cuál es el peligro que me amenaza ni de qué parte

vendrá, pero lo adivino, lo presiento sobre mi cabeza... De nada puedo

servirles; ya no les inspiro confianza y sé muchas cosas. Poseo

demasiados secretos para que me abandonen, dejándome en paz; han

acordado suprimirme: estoy segura de ello. Lo leo en los ojos de la que

fué mi amiga y protectora... Tú no puedes abandonarme, Ulises; tú no

desearás mi muerte.

Se indignó Ferragut ante estas súplicas, rompiendo al fin su desdeñoso

silencio.

--¡Comedianta!... ¡Todo mentira!... ¡Inventos para juntarte conmigo,

haciéndome intervenir otra vez en los enredos de tu vida, mezclándome en

tus trabajos de espionaje!...

El marchaba ahora por la buena senda. Sus deseos de venganza le habían

colocado entre los adversarios de Alemania. Lamentaba su antigua ceguera

y estaba satisfecho de su nueva situación. No hacía secreto de su

conducta: servía á los aliados.

--Y por eso me buscas, por eso has arreglado esta entrevista, tal vez de

acuerdo con tu amiga la doctora. Queréis emplearme por segunda vez como

instrumento estúpido de vuestro espionaje. «El capitán Ferragut es un

tonto enamorado--os habéis dicho--. No hay mas que hacer un llamamiento

á su caballerosidad...» Y tú quieres vivir conmigo, tal vez acompañarme

en los viajes, seguir mi existencia, para revelar mis secretos á tus

compatriotas y que aparezca yo de nuevo como un traidor. ¡Ah, perra!...

Esta supuesta traición despertaba otra vez su cólera homicida. Levantó

un brazo y un pie; iba á golpear y aplastar á la mujer arrodillada. Pero

su pasiva humildad, su falta de resistencia, le detuvieron.

--No, Ulises... ¡óyeme!

Hizo esfuerzos para demostrar su sinceridad. Tenía miedo á los suyos:

los veía á una nueva luz y le inspiraban horror. Su modo de apreciar las

cosas había cambiado radicalmente. La martirizaban los remordimientos al

pensar en lo que llevaba hecho. Se estaba realizando en su conciencia la

saludable transformación de las mujeres arrepentidas que fueron antes

grandes pecadoras. ¿Cómo lavar su alma de los pasados crímenes?... Ni

siquiera gozaba el consuelo de la fe patriótica, sanguinaria y feroz que

enardecía á la doctora y á los suyos.

Había reflexionado mucho. Para ella no había ya alemanes, ni ingleses,

ni franceses; sólo existían hombres: hombres con madres, con esposas,

con hijas; y su alma de mujer se horrorizaba al pensar en los combates

y las matanzas. Odiaba la guerra. El primer remordimiento lo había

experimentado al enterarse de la muerte del hijo de Ferragut.

--¡Llévame contigo!--repitió--. Si tu no me sacas de mi mundo, no sabré

cómo salir de él... Soy pobre. En los últimos años me ha sostenido la

doctora; ignoro el medio de ganar mi existencia y estoy habituada á

vivir bien. La miseria me inspira más miedo que la muerte. Tú me

mantendrás; contigo aceptaré lo que quieras darme; seré tu criada. En un

buque deben necesitarse los cuidados y el buen orden de una mujer... La

vida me cierra las puertas: estoy sola.

El capitán sonrió con una ironía cruel.

--Adivino tu sonrisa. Sé lo que quieres decirme... Puedo venderme; crees

sin duda que esta ha sido mi vida anterior. No... ¡no! te equivocas; no

sirvo para eso. Hay que tener una predisposición especial, cierto

talento para fingir lo que no se siente... Yo he intentado venderme, y

no puedo, no sirvo. Amargo la vida de los hombres cuando no me

interesan; soy su adversario, los odio, y huyen de mí.

Pero el marino prolongaba su sonrisa atrozmente burlona.

--¡Mentira!--dijo otra vez--. ¡Todo mentira! No te esfuerces... No me

convencerás.

Como si la animase de pronto una nueva fuerza, ella se puso de pie. Su

rostro quedó á la altura de los ojos de Ferragut. Este vió su sien

izquierda con la piel desgarrada: la mancha del golpe se extendía en

torno de un ojo rojizo é hinchado. Al contemplar su bárbara obra, volvió

á atormentarle el remordimiento.

--Escucha, Ulises; tú no conoces mi verdadera existencia. Te he mentido

siempre; he escapado á todas tus averiguaciones en nuestra época feliz.

Quería guardar en secreto mi vida anterior... ¡olvidarla! Ahora debo

decir la verdad, la definitiva verdad, como si fuese á morir. Cuando la

conozcas serás menos cruel.

Pero su oyente no quería escucharla. Protestó por anticipado, con una

incredulidad feroz:

--¡Mentiras!... ¡Nuevas mentiras! ¿Cuándo terminarán tus invenciones?

--Yo no soy alemana--continuó ella sin oírle--. Tampoco me llamo Freya

Talberg. Este es mi nombre de guerra, mi nombre de aventuras. Talberg

fué el profesor á quien acompañé á los Andes, y que tampoco fué mi

marido... Mi verdadero nombre es Beatriz... Mi madre fué italiana, una

florentina; mi padre era de Trieste.

Esta revelación no interesó á Ferragut.

--¡Un embuste más!--dijo--. ¡Otra novela!... Sigue inventando.

La mujer se desesperó. Sus manos se elevaron sobre su cabeza,

retorciéndose con los dedos entrecruzados. Nuevas lágrimas humedecieron

sus ojos.

--¡Ay! ¿Cómo conseguiré que me creas?... ¿Qué juramento podré hacerte

para que te convenzas de que digo verdad?...

El capitán dió á entender con su aire impasible la inutilidad de estos

extremos. No había juramento que pudiese convencerle. Aunque dijera la

verdad, no la creería.

Siguió ella adelante en su relato, no queriendo insistir contra esta

muralla inconmovible.

--Mi padre también fué italiano de origen, pero por su nacimiento era

austriaco... Además, le inspiraban un entusiasmo ciego los Imperios

germánicos. Era de los que abominan de su origen y ven todas las

virtudes en los pueblos del Norte.

Inventor de maravillosos negocios, financiero proyectista de empresas

colosales, había pasado su existencia asediando á los directores de los

grandes establecimientos bancarios y haciendo antesala en los

ministerios. Eternamente en vísperas de combinaciones sorprendentes que

debían proporcionarle docenas de millones, vivía en una pobreza lujosa,

yendo de hotel en hotel, siempre los mejores, con su mujer y su hija

única.

--Tú ignoras esa vida, Ulises; tú procedes de una familia tranquila y

con dinero. Los tuyos no han conocido la existencia de aparato en los

«Palace», ni tampoco los apuros para liquidar la nueva cuenta del mes,

logrando que la incorporen á las de los meses anteriores un crédito sin

límites.

Ella había visto de niña llorar á su madre en el lujoso departamento

del hotel, mientras hablaba el padre con aspecto de iluminado,

anunciando para la semana próxima una ganancia de un millón. La esposa,

convencida por la facundia de su grande hombre, acababa secando sus

lágrimas, empolvando su rostro y adornándose con sus perlas y sus

blondas de problemático valor. Luego descendía al magnífico _hall_,

lleno de perfumes, de susurros de conversaciones y gemidos discretos de

violines, para tomar el té con sus amistades del hotel, formidables

millonarias de los dos hemisferios, que sospechaban vagamente la

existencia de una enfermedad llamada pobreza, pero eran incapaces de

concebir que pudiese atacar á las personas de su mundo.

Mientras tanto, la niña jugaba en el jardín del «Palace» con otras niñas

vestidas y adornadas como muñecas lujosas y frágiles, cada una de las

cuales pesaba varios millones.

--Yo he sido compañera de infancia--continuó Freya--de mujeres que son

célebres por su riqueza en Nueva York, en París, en Londres... Me he

tuteado con grandes millonarias que hoy son, por sus casamientos,

duquesas y hasta princesas de sangre real. Muchas han pasado junto á mí

sin reconocerme, y yo no he dicho nada, sabiendo que la igualdad de la

niñez no es mas que un vago recuerdo...

Así había llegado á ser mujer. Varios negocios casuales del padre les

permitían continuar esta existencia de pobreza brillante y costosa. El

proyectista consideraba necesario tal aparato para sus futuros negocios.

La vida en los hoteles más caros, el automóvil por meses, los trajes de

grandes costureros para la mujer y la niña, los veraneos en las playas

de moda, el patinaje invernal en Suiza, eran para él una especie de

uniforme de respetabilidad que le mantenía en el mundo de los poderosos,

permitiéndole entrar en todas partes.

--Esta existencia me moldeó para siempre y ha influido en el resto de mi

vida. El deshonor, la muerte, todo lo creo preferible á la miseria...

Yo, que no temo los peligros, me siento cobarde al pensar en la pobreza.

Moría la madre, crédula y sensual, fatigada de esperar una fortuna

sólida que no llegaba nunca. Ella seguía con su padre, siendo la

señorita que vive entre hombres, de hotel en hotel, algo masculina en

sus ademanes; la virgen á medias, que lo sabe todo, no se asusta de

nada, guarda ferozmente la integridad de su sexo, calculando lo que

puede valer, y adora la riqueza como la divinidad más poderosa de la

tierra.

Al morir el padre, viéndose sin otra fortuna que sus trajes y unas

cuantas joyas artísticas de escaso precio, decidía fríamente su destino.

--En nuestro mundo no hay más virtud que la del dinero. Las muchachas

del populacho se dan con menos facilidad que una señorita habituada al

lujo, teniendo por única fortuna el conocimiento del piano, del baile y

de unos cuantos idiomas... Entregamos nuestro cuerpo como si

cumpliésemos una función material, sin rubor y sin pena. Es un simple

negocio. Lo único importante es conservar la antigua vida con todas sus

comodidades... no descender.

Pasó con precipitación sobre los recuerdos de este período de su

existencia. Un conocido de su padre, viejo negociante de Viena, había

sido el primero. Luego sintió el aletazo romántico, al que no escapan

las hembras más frías y positivas. Había creído enamorarse de un oficial

holandés, un Apolo rubio que patinaba con ella en Saint-Moritz. Este

había sido su único esposo. Al fin le aburría la modorra colonial de

Batavia, y tornaba á Europa, rompiendo su matrimonio, para reanudar la

existencia en los grandes hoteles, pasando de las estaciones invernales

á las playas de lujo.

¡Ay, el dinero!... En ningún plano social se podía reconocer su poderío

como en el que ella habitaba. Encontró en los «Palace» mujeres de

ademanes soldadescos y manos groseras, fumando á todas horas, con los

pies en el respaldo de una silla, mostrando la superficie posterior de

sus muslos en alto y el triángulo blanco de sus enaguas tendidas sobre

el asiento. Eran semejantes á las rameras de los grandes puertos que

esperan á la puerta de sus tugurios. ¿Cómo las dejaban vivir allí?...

Sin embargo, los hombres se inclinaban ante ellas como esclavos ó las

perseguían suplicantes. Hablaban con unción de los millones heredados de

sus padres, de sus formidables riquezas de origen industrial, que les

habían permitido comprar un marido noble, entregándose luego á sus

gustos de maritornes andariegas.

--No he tenido suerte... Soy demasiado altiva para triunfar. Los hombres

me encuentran de mal carácter, discutidora y nerviosa. Tal vez he nacido

para ser una madre de familia... ¡Quién sabe si hubiese sido otra de

vivir en tu país!

Su veneración religiosa por el dinero tomó al decir esto un acento de

odio. Las jóvenes pobres y bien educadas, si sentían miedo á la miseria,

no tenían otro recurso que la prostitución. Les faltaba la dote,

requisito indispensable en muchos pueblos civilizados para ser mujer

honrada y constituir un hogar.

¡Maldita pobreza!... Había pesado sobre su vida como una fatalidad. Los

hombres que se mostraban buenos al principio se envenenaban después,

volviéndose egoístas é ingratos. El doctor Talberg, á la vuelta de

América, la había abandonado para casarse con una joven fea y rica, hija

de un negociante, senador de Hamburgo. Otros habían explotado igualmente

su juventud, tomando su parte de alegría y de belleza para unirse luego

con mujeres que sólo tenían el atractivo de una gran fortuna.

Ella había acabado por odiarlos á todos, deseando su exterminio,

exasperándose al pensar que los necesitaba para vivir y nunca podría

libertarse de esta esclavitud. Para ser independiente, se había dedicado

al teatro.

--He bailado, he cantado; pero mis éxitos fueron siempre femeniles. Los

hombres venían detrás de mí, deseando á la hembra y riéndose de la

artista. Además, ¡la vida de los bastidores!... ¡El mercado de blancas

con un nombre en el cartel!... ¡Qué explotación!...

El deseo de emanciparse la había arrastrado hacia su amiga la doctora,

aceptando sus proposiciones. Le pareció más honorífico servir á un gran

Estado, ser un funcionario secreto, laborando en la sombra por su

grandeza. Además, le sedujo al principio lo novelesco del trabajo, las

aventuras de las misiones arriesgadas, la orgullosa consideración de que

con sus espionajes tejía la trama del porvenir, preparando la historia

futura.

También aquí había tropezado desde los primeros pasos con la esclavitud

sexual. Su belleza era un instrumento para sondear las conciencias, una

llave para abrir secretos; y esta servidumbre resultaba peor que las

anteriores, por ser irredimible. Había conseguido apartarse con

facilidad de su vida de viajera amorosa y de mujer de teatro; pero el

que entraba en el «servicio secreto» ya no podía salir de él. Se

aprendían demasiadas cosas, se llegaba lentamente á la comprensión de

importantes misterios. El agente quedaba prisionero de sus funciones:

era un emparedado, y con cada acto nuevo añadía una nueva piedra al muro

que le separaba de la libertad.

--Tú sabes el resto de mi vida--continuó--. La obligación de obedecer á

la doctora, de seducir á los hombres para arrancarles sus secretos, me

hizo odiarlos con una agresividad mortal... Pero llegaste tú, ¡tú, que

eres bueno y generoso, que me buscaste con una simplicidad entusiasta,

lo mismo que un adolescente, haciéndome retroceder en mi existencia,

como si aún estuviese en los diez y ocho años y me viera cortejada por

primera vez!... Además, tú no eres egoísta. Te das con noble entusiasmo.

Creo que, de conocernos en la primera juventud, no me habrías abandonado

para ser rico casándote con otra... Me resistí á ser tuya porque te

amaba y no quería hacerte daño... Después, el mandato de mis superiores

y mi pasión me hicieron olvidar estos escrúpulos... Me entregué; fuí la

«mujer fatal» de siempre: te traje desgracia... ¡Ulises! ¡amor mío!...

Olvidemos: de nada sirve recordar el pasado. Conozco bien tu alma, y al

verme en peligro acudo á ella. ¡Sálvame! ¡llévame contigo!...

Como estaba de pie frente á él, le bastó levantar las manos para

colocarlas sobre sus hombros, iniciando el principio de un abrazo.

Ferragut permaneció insensible á la caricia. Su inmovilidad repelía

estas súplicas. Freya había rodado mucho por el mundo, á través de

vergonzosas aventuras, y sabría librarse por su propio esfuerzo, sin

necesidad de complicarle nuevamente en sus enredos. La historia que

acababa de relatar no era para él mas que un tejido de engaños.

Mare nostrum · 第 28 / 36 段