De encontrarnos en otra ocasión, nos habríamos visto por unas horas nada
más, siguiendo cada cual su camino, sin ningún deseo amoroso.
Pertenecemos á mundos distintos... Pero estábamos inmovilizados en el
mismo país, poseídos del tedio de la espera, y lo que debía ser... fué.
Te digo toda la verdad: ¡si supieses lo que me costaba rehuirte!... Por
las mañanas, al levantarme en el cuarto del hotel, mi primer movimiento
era mirar á través de las cortinas para convencerme de que me esperabas
en la calle. «Allí está mi _flirt_; allí está mi novio.» Tal vez habías
dormido mal pensando en mí. Y yo sentía mi alma rehecha, un alma de
veinte años, de muchacha entusiasta y candorosa... Mi primer impulso era
bajar para unirme á ti, yéndonos por las orillas del golfo, como dos
enamorados de novela... Luego surgía la reflexión. Mi pasado se
desplomaba en mi memoria como una campana vieja que se desprende de una
torre. Había olvidado este pasado, y al caer, me aturdía con su peso
sonoro, vibrante de recuerdos. «¡Pobre hombre!... ¡En qué mundo de
compromisos y enredos voy á meterle!... ¡No! ¡no!» Y huía de ti con
astucias de colegiala traviesa, saliendo del hotel cuando tú te habías
alejado por unos momentos, doblando otras veces una esquina en el
preciso instante que ibas á volver los ojos... Sólo me dejaba abordar,
fría é irónica, cuando no me era posible librarme de tu encuentro; y
después, en casa de la doctora, hablaba de ti á cada instante, riendo
con ella de estos galanteos románticos.
Ferragut escuchaba sombrío, pero con una atención cada vez más
concentrada. Presintió la explicación de muchos actos incomprensibles.
Una cortina iba á correrse en su pasado, viéndolo todo bajo una nueva
luz.
--La doctora reía, pero á continuación de mis burlas aseguraba lo mismo:
«Te estás enamorando de ese hombre; ese _don José_ te interesa.
¡Cuidado, _Carmen_!» Y lo raro era que no le pareciese mal mi
enamoramiento, siendo enemiga de toda pasión que no sirve directamente á
nuestros trabajos... Decía verdad: estaba enamorada. Lo reconocí la
mañana en que tuve el deseo imperioso de ir al Acuario. Llevaba muchos
días sin verte; vivía fuera del hotel, en casa de la doctora, para no
tropezarme con mi _flirt_. Y esa mañana me levanté muy triste, con un
pensamiento fijo: «¡Pobre capitán!... Vamos á darle un poco de
felicidad.» Estaba enferma aquel día... ¡enferma de ti! ahora lo
comprendo. Nos vimos en el Acuario, y yo fuí la que te besé, al mismo
tiempo que deseaba el exterminio de los hombres... ¡de todos los
hombres, menos tú!
Hizo una breve pausa, elevando sus ojos hacia él para apreciar el efecto
de sus palabras.
--Acuérdate de nuestro almuerzo en el restorán del Vomero; acuérdate de
cómo te rogué que te marchases, abandonándome á mi destino. Presentía el
porvenir: adivinaba que iba á serte fatal. ¿Cómo podía unirse una vida
recta y franca como la tuya con mi existencia de aventurera mezclada en
tantos compromisos inconfesables?... Pero te amaba. Quise salvarte con
mi alejamiento, y á la vez tuve miedo de no verte más. La noche en que
me irritaste con la furia de tus deseos, y yo me defendí estúpidamente,
como si fueses un extraño, concentrando en tu persona el odio que me
inspiran todos los hombres, esa noche lloré al verme sola en mi cama.
Lloré pensando en que te había perdido para siempre, y al mismo tiempo
me sentí satisfecha, porque así te librabas de mi influencia... Luego
llegó Von Kramer. Necesitábamos un barco y un hombre. La doctora habló,
orgullosa de su penetración que le había hecho adivinar en ti una fuerza
aprovechable. Me dieron la orden de ir en busca tuya, de apoderarme otra
vez de tu voluntad. Mi primer impulso fué negarme, pensando en tu
porvenir. Pero el sacrificio era dulce; el egoísmo dirige nuestras
acciones... ¡y te busqué! Lo demás tú lo sabes.
Calló, quedando en actitud pensativa, como si paladease este período de
sus recuerdos, el más grato de su existencia.
--Al irte en la goleta--continuó momentos después--comprendí lo que
representabas en mi vida. ¡Qué falta me hiciste!... La doctora estaba
preocupada por los sucesos italianos. Yo sólo pensé en contar los días,
encontrando que transcurrían con más lentitud que los otros. Uno...
dos... tres. «Mi marino adorado, mi tiburón amoroso, va á llegar... ¡va
á llegar!» Y lo que llegó de pronto, cuando aún lo creíamos lejos, fué
el golpe de la guerra, separándonos rudamente. La doctora maldecía á los
italianos pensando en Alemania; yo los maldije pensando en ti, viéndome
obligada á seguir á mi amiga, á preparar la fuga en dos horas, por miedo
á la indignación del populacho... Mi única satisfacción fué al enterarme
de que veníamos á España. La doctora se prometía hacer aquí grandes
cosas... Yo pensé que en ningún lugar me era más fácil volver á
encontrarte...
Se había incorporado un poco. Sus manos tocaban las rodillas de
Ferragut. Quería abrazarse á ellas, y no osaba hacerlo por miedo á que
él la repeliese, desvaneciéndose su trágica inercia que le permitía
escuchar.
--Estando en Bilbao supe lo del torpedeamiento del _Californian_ y la
muerte de tu hijo... No te hablaré de esto; lloré, lloré mucho,
ocultándome de la doctora. Desde entonces la odio. Celebró el suceso,
pasando indiferente sobre tu nombre. Tú no existías ya para ella: no
podía utilizarte... Yo lloré por ti, por tu hijo, al que no conocía, y
también por mí, pensando en mi culpabilidad. Desde aquel día soy otra
mujer... Luego vinimos á Barcelona, y he pasado meses y meses esperando
este momento.
La antigua pasión se reflejó en sus ojos. Un gesto de amor humilde
embelleció su cara magullada por el golpe.
--Nos instalamos en esta casa, que es de un electricista alemán amigo de
la doctora. Cuando ella salía de viaje, dejándome libre, mis paseos
eran siempre hacia el puerto. Esperaba ver tu buque. Mis ojos seguían
con simpatía á los marinos, creyendo ver en todos ellos algo de tu
persona... «Algún día vendrá», me decía yo. Tú sabes que el amor es
egoísta. Llegué á olvidar la muerte de tu hijo... Además, yo no soy la
verdadera culpable: son los otros. Yo he sido engañada lo mismo que
tú... «Vendrá, y seremos felices otra vez...» ¡Ay! ¡si pudiese hablarte
esta habitación... este diván en el que he soñado tantas veces!...
Siempre que arreglaba unas flores en ese vaso, me hacía la ilusión de
que tú ibas á llegar; siempre que me embellecía con un poco de tocador,
me imaginaba que era para ti... Vivía en tu país, y era natural que tú
llegases. De pronto, el paraíso que llevaba en la cabeza se hizo humo.
Recibimos la noticia, no sé cómo, de la prisión da Von Kramer y de que
tú habías sido su delator. La doctora me increpó, haciéndome responsable
de todo. Por mí te había conocido, y esto fué bastante para que me
incluyese en su indignación. Todos los nuestros hablaron de tu muerte,
deseándotela con los más atroces martirios.
Ferragut la interrumpió. Tenía el ceño fruncido, como si le dominase una
idea tenaz... Tal vez no la escuchaba.
--¿Dónde está la doctora?...
El tono de su pregunta fué inquietante. Cerró los puños, mirando en
torno de él como si aguardase la aparición de la imponente dama. Su
gesto era igual al que había acompañado la agresión contra Freya.
--Viaja no sé dónde--dijo ésta--. Estará en Madrid, en San Sebastián ó
en Cádiz. Sale con mucha frecuencia; tiene amigos en todas partes... Si
yo me he atrevido á llamarte, es porque estoy sola.
Y relató la vida que llevaba en este retiro. Por el momento, su antigua
protectora la dejaba en la inacción. Se abstenía de ordenarle trabajo
alguno: ella misma lo ejecutaba todo, evitando intermediarios. Lo
ocurrido á Von Kramer la había hecho recelosa y suspicaz, y cuando
necesitaba auxiliares sólo admitía á sus compatriotas que vivían en
Barcelona.
Una banda feroz y decidida se había agrupado en torno de ella. Eran
refugiados procedentes de las repúblicas de América del Sur, parásitos
de las ciudades de la costa ó vagabundos de las selvas del interior. Al
frente de ellos, como portaórdenes de la doctora, figuraba Karl, el
escribiente que Ferragut había visto en el caserón del barrio de Chiaia.
Este hombre, á pesar de su aspecto meloso, tenía en su historia varios
delitos de sangre. Era un digno capataz del grupo de aventureros
enardecidos por el entusiasmo patriótico que se reunía todas las tardes
en cierto café del puerto. Freya tenía la certeza de que trabajaban en
el aprovisionamiento de los submarinos existentes en el Mediterráneo
español. Todos conocían al capitán Ferragut por el suceso de Marsella, y
hablaban de su persona con lúgubres reticencias.
--Por ellos supe tu llegada--continuó--. Te espían, aguardan un momento
favorable. ¿Quién sabe si te habrán seguido hasta aquí?... ¡Ulises,
huye; tu vida está amenazada seriamente!
El capitán volvió á levantar los hombros con expresión de desprecio.
--¡Huye, te repito!... Y si puedes, si te inspiro un poco de compasión,
si no te soy completamente indiferente... ¡llévame contigo!
Adivinó Ferragut que todo lo dicho era para llegar á este ruego final.
La inesperada demanda le produjo una impresión de asombro y escándalo.
¿Huir con ella, que tanto daño le había causado?... ¿Unir otra vez su
vida á la suya, conociéndola como la conocía?...
Era tan absurda la proposición, que el capitán sonrió de un modo
lúgubre.
--Yo estoy en peligro lo mismo que tú--continuó Freya con acento
desesperado--. No sé cuál es el peligro que me amenaza ni de qué parte
vendrá, pero lo adivino, lo presiento sobre mi cabeza... De nada puedo
servirles; ya no les inspiro confianza y sé muchas cosas. Poseo
demasiados secretos para que me abandonen, dejándome en paz; han
acordado suprimirme: estoy segura de ello. Lo leo en los ojos de la que
fué mi amiga y protectora... Tú no puedes abandonarme, Ulises; tú no
desearás mi muerte.
Se indignó Ferragut ante estas súplicas, rompiendo al fin su desdeñoso
silencio.
--¡Comedianta!... ¡Todo mentira!... ¡Inventos para juntarte conmigo,
haciéndome intervenir otra vez en los enredos de tu vida, mezclándome en
tus trabajos de espionaje!...
El marchaba ahora por la buena senda. Sus deseos de venganza le habían
colocado entre los adversarios de Alemania. Lamentaba su antigua ceguera
y estaba satisfecho de su nueva situación. No hacía secreto de su
conducta: servía á los aliados.
--Y por eso me buscas, por eso has arreglado esta entrevista, tal vez de
acuerdo con tu amiga la doctora. Queréis emplearme por segunda vez como
instrumento estúpido de vuestro espionaje. «El capitán Ferragut es un
tonto enamorado--os habéis dicho--. No hay mas que hacer un llamamiento
á su caballerosidad...» Y tú quieres vivir conmigo, tal vez acompañarme
en los viajes, seguir mi existencia, para revelar mis secretos á tus
compatriotas y que aparezca yo de nuevo como un traidor. ¡Ah, perra!...
Esta supuesta traición despertaba otra vez su cólera homicida. Levantó
un brazo y un pie; iba á golpear y aplastar á la mujer arrodillada. Pero
su pasiva humildad, su falta de resistencia, le detuvieron.
--No, Ulises... ¡óyeme!
Hizo esfuerzos para demostrar su sinceridad. Tenía miedo á los suyos:
los veía á una nueva luz y le inspiraban horror. Su modo de apreciar las
cosas había cambiado radicalmente. La martirizaban los remordimientos al
pensar en lo que llevaba hecho. Se estaba realizando en su conciencia la
saludable transformación de las mujeres arrepentidas que fueron antes
grandes pecadoras. ¿Cómo lavar su alma de los pasados crímenes?... Ni
siquiera gozaba el consuelo de la fe patriótica, sanguinaria y feroz que
enardecía á la doctora y á los suyos.
Había reflexionado mucho. Para ella no había ya alemanes, ni ingleses,
ni franceses; sólo existían hombres: hombres con madres, con esposas,
con hijas; y su alma de mujer se horrorizaba al pensar en los combates
y las matanzas. Odiaba la guerra. El primer remordimiento lo había
experimentado al enterarse de la muerte del hijo de Ferragut.
--¡Llévame contigo!--repitió--. Si tu no me sacas de mi mundo, no sabré
cómo salir de él... Soy pobre. En los últimos años me ha sostenido la
doctora; ignoro el medio de ganar mi existencia y estoy habituada á
vivir bien. La miseria me inspira más miedo que la muerte. Tú me
mantendrás; contigo aceptaré lo que quieras darme; seré tu criada. En un
buque deben necesitarse los cuidados y el buen orden de una mujer... La
vida me cierra las puertas: estoy sola.
El capitán sonrió con una ironía cruel.
--Adivino tu sonrisa. Sé lo que quieres decirme... Puedo venderme; crees
sin duda que esta ha sido mi vida anterior. No... ¡no! te equivocas; no
sirvo para eso. Hay que tener una predisposición especial, cierto
talento para fingir lo que no se siente... Yo he intentado venderme, y
no puedo, no sirvo. Amargo la vida de los hombres cuando no me
interesan; soy su adversario, los odio, y huyen de mí.
Pero el marino prolongaba su sonrisa atrozmente burlona.
--¡Mentira!--dijo otra vez--. ¡Todo mentira! No te esfuerces... No me
convencerás.
Como si la animase de pronto una nueva fuerza, ella se puso de pie. Su
rostro quedó á la altura de los ojos de Ferragut. Este vió su sien
izquierda con la piel desgarrada: la mancha del golpe se extendía en
torno de un ojo rojizo é hinchado. Al contemplar su bárbara obra, volvió
á atormentarle el remordimiento.
--Escucha, Ulises; tú no conoces mi verdadera existencia. Te he mentido
siempre; he escapado á todas tus averiguaciones en nuestra época feliz.
Quería guardar en secreto mi vida anterior... ¡olvidarla! Ahora debo
decir la verdad, la definitiva verdad, como si fuese á morir. Cuando la
conozcas serás menos cruel.
Pero su oyente no quería escucharla. Protestó por anticipado, con una
incredulidad feroz:
--¡Mentiras!... ¡Nuevas mentiras! ¿Cuándo terminarán tus invenciones?
--Yo no soy alemana--continuó ella sin oírle--. Tampoco me llamo Freya
Talberg. Este es mi nombre de guerra, mi nombre de aventuras. Talberg
fué el profesor á quien acompañé á los Andes, y que tampoco fué mi
marido... Mi verdadero nombre es Beatriz... Mi madre fué italiana, una
florentina; mi padre era de Trieste.
Esta revelación no interesó á Ferragut.
--¡Un embuste más!--dijo--. ¡Otra novela!... Sigue inventando.
La mujer se desesperó. Sus manos se elevaron sobre su cabeza,
retorciéndose con los dedos entrecruzados. Nuevas lágrimas humedecieron
sus ojos.
--¡Ay! ¿Cómo conseguiré que me creas?... ¿Qué juramento podré hacerte
para que te convenzas de que digo verdad?...
El capitán dió á entender con su aire impasible la inutilidad de estos
extremos. No había juramento que pudiese convencerle. Aunque dijera la
verdad, no la creería.
Siguió ella adelante en su relato, no queriendo insistir contra esta
muralla inconmovible.
--Mi padre también fué italiano de origen, pero por su nacimiento era
austriaco... Además, le inspiraban un entusiasmo ciego los Imperios
germánicos. Era de los que abominan de su origen y ven todas las
virtudes en los pueblos del Norte.
Inventor de maravillosos negocios, financiero proyectista de empresas
colosales, había pasado su existencia asediando á los directores de los
grandes establecimientos bancarios y haciendo antesala en los
ministerios. Eternamente en vísperas de combinaciones sorprendentes que
debían proporcionarle docenas de millones, vivía en una pobreza lujosa,
yendo de hotel en hotel, siempre los mejores, con su mujer y su hija
única.
--Tú ignoras esa vida, Ulises; tú procedes de una familia tranquila y
con dinero. Los tuyos no han conocido la existencia de aparato en los
«Palace», ni tampoco los apuros para liquidar la nueva cuenta del mes,
logrando que la incorporen á las de los meses anteriores un crédito sin
límites.
Ella había visto de niña llorar á su madre en el lujoso departamento
del hotel, mientras hablaba el padre con aspecto de iluminado,
anunciando para la semana próxima una ganancia de un millón. La esposa,
convencida por la facundia de su grande hombre, acababa secando sus
lágrimas, empolvando su rostro y adornándose con sus perlas y sus
blondas de problemático valor. Luego descendía al magnífico _hall_,
lleno de perfumes, de susurros de conversaciones y gemidos discretos de
violines, para tomar el té con sus amistades del hotel, formidables
millonarias de los dos hemisferios, que sospechaban vagamente la
existencia de una enfermedad llamada pobreza, pero eran incapaces de
concebir que pudiese atacar á las personas de su mundo.
Mientras tanto, la niña jugaba en el jardín del «Palace» con otras niñas
vestidas y adornadas como muñecas lujosas y frágiles, cada una de las
cuales pesaba varios millones.
--Yo he sido compañera de infancia--continuó Freya--de mujeres que son
célebres por su riqueza en Nueva York, en París, en Londres... Me he
tuteado con grandes millonarias que hoy son, por sus casamientos,
duquesas y hasta princesas de sangre real. Muchas han pasado junto á mí
sin reconocerme, y yo no he dicho nada, sabiendo que la igualdad de la
niñez no es mas que un vago recuerdo...
Así había llegado á ser mujer. Varios negocios casuales del padre les
permitían continuar esta existencia de pobreza brillante y costosa. El
proyectista consideraba necesario tal aparato para sus futuros negocios.
La vida en los hoteles más caros, el automóvil por meses, los trajes de
grandes costureros para la mujer y la niña, los veraneos en las playas
de moda, el patinaje invernal en Suiza, eran para él una especie de
uniforme de respetabilidad que le mantenía en el mundo de los poderosos,
permitiéndole entrar en todas partes.
--Esta existencia me moldeó para siempre y ha influido en el resto de mi
vida. El deshonor, la muerte, todo lo creo preferible á la miseria...
Yo, que no temo los peligros, me siento cobarde al pensar en la pobreza.
Moría la madre, crédula y sensual, fatigada de esperar una fortuna
sólida que no llegaba nunca. Ella seguía con su padre, siendo la
señorita que vive entre hombres, de hotel en hotel, algo masculina en
sus ademanes; la virgen á medias, que lo sabe todo, no se asusta de
nada, guarda ferozmente la integridad de su sexo, calculando lo que
puede valer, y adora la riqueza como la divinidad más poderosa de la
tierra.
Al morir el padre, viéndose sin otra fortuna que sus trajes y unas
cuantas joyas artísticas de escaso precio, decidía fríamente su destino.
--En nuestro mundo no hay más virtud que la del dinero. Las muchachas
del populacho se dan con menos facilidad que una señorita habituada al
lujo, teniendo por única fortuna el conocimiento del piano, del baile y
de unos cuantos idiomas... Entregamos nuestro cuerpo como si
cumpliésemos una función material, sin rubor y sin pena. Es un simple
negocio. Lo único importante es conservar la antigua vida con todas sus
comodidades... no descender.
Pasó con precipitación sobre los recuerdos de este período de su
existencia. Un conocido de su padre, viejo negociante de Viena, había
sido el primero. Luego sintió el aletazo romántico, al que no escapan
las hembras más frías y positivas. Había creído enamorarse de un oficial
holandés, un Apolo rubio que patinaba con ella en Saint-Moritz. Este
había sido su único esposo. Al fin le aburría la modorra colonial de
Batavia, y tornaba á Europa, rompiendo su matrimonio, para reanudar la
existencia en los grandes hoteles, pasando de las estaciones invernales
á las playas de lujo.
¡Ay, el dinero!... En ningún plano social se podía reconocer su poderío
como en el que ella habitaba. Encontró en los «Palace» mujeres de
ademanes soldadescos y manos groseras, fumando á todas horas, con los
pies en el respaldo de una silla, mostrando la superficie posterior de
sus muslos en alto y el triángulo blanco de sus enaguas tendidas sobre
el asiento. Eran semejantes á las rameras de los grandes puertos que
esperan á la puerta de sus tugurios. ¿Cómo las dejaban vivir allí?...
Sin embargo, los hombres se inclinaban ante ellas como esclavos ó las
perseguían suplicantes. Hablaban con unción de los millones heredados de
sus padres, de sus formidables riquezas de origen industrial, que les
habían permitido comprar un marido noble, entregándose luego á sus
gustos de maritornes andariegas.
--No he tenido suerte... Soy demasiado altiva para triunfar. Los hombres
me encuentran de mal carácter, discutidora y nerviosa. Tal vez he nacido
para ser una madre de familia... ¡Quién sabe si hubiese sido otra de
vivir en tu país!
Su veneración religiosa por el dinero tomó al decir esto un acento de
odio. Las jóvenes pobres y bien educadas, si sentían miedo á la miseria,
no tenían otro recurso que la prostitución. Les faltaba la dote,
requisito indispensable en muchos pueblos civilizados para ser mujer
honrada y constituir un hogar.
¡Maldita pobreza!... Había pesado sobre su vida como una fatalidad. Los
hombres que se mostraban buenos al principio se envenenaban después,
volviéndose egoístas é ingratos. El doctor Talberg, á la vuelta de
América, la había abandonado para casarse con una joven fea y rica, hija
de un negociante, senador de Hamburgo. Otros habían explotado igualmente
su juventud, tomando su parte de alegría y de belleza para unirse luego
con mujeres que sólo tenían el atractivo de una gran fortuna.
Ella había acabado por odiarlos á todos, deseando su exterminio,
exasperándose al pensar que los necesitaba para vivir y nunca podría
libertarse de esta esclavitud. Para ser independiente, se había dedicado
al teatro.
--He bailado, he cantado; pero mis éxitos fueron siempre femeniles. Los
hombres venían detrás de mí, deseando á la hembra y riéndose de la
artista. Además, ¡la vida de los bastidores!... ¡El mercado de blancas
con un nombre en el cartel!... ¡Qué explotación!...
El deseo de emanciparse la había arrastrado hacia su amiga la doctora,
aceptando sus proposiciones. Le pareció más honorífico servir á un gran
Estado, ser un funcionario secreto, laborando en la sombra por su
grandeza. Además, le sedujo al principio lo novelesco del trabajo, las
aventuras de las misiones arriesgadas, la orgullosa consideración de que
con sus espionajes tejía la trama del porvenir, preparando la historia
futura.
También aquí había tropezado desde los primeros pasos con la esclavitud
sexual. Su belleza era un instrumento para sondear las conciencias, una
llave para abrir secretos; y esta servidumbre resultaba peor que las
anteriores, por ser irredimible. Había conseguido apartarse con
facilidad de su vida de viajera amorosa y de mujer de teatro; pero el
que entraba en el «servicio secreto» ya no podía salir de él. Se
aprendían demasiadas cosas, se llegaba lentamente á la comprensión de
importantes misterios. El agente quedaba prisionero de sus funciones:
era un emparedado, y con cada acto nuevo añadía una nueva piedra al muro
que le separaba de la libertad.
--Tú sabes el resto de mi vida--continuó--. La obligación de obedecer á
la doctora, de seducir á los hombres para arrancarles sus secretos, me
hizo odiarlos con una agresividad mortal... Pero llegaste tú, ¡tú, que
eres bueno y generoso, que me buscaste con una simplicidad entusiasta,
lo mismo que un adolescente, haciéndome retroceder en mi existencia,
como si aún estuviese en los diez y ocho años y me viera cortejada por
primera vez!... Además, tú no eres egoísta. Te das con noble entusiasmo.
Creo que, de conocernos en la primera juventud, no me habrías abandonado
para ser rico casándote con otra... Me resistí á ser tuya porque te
amaba y no quería hacerte daño... Después, el mandato de mis superiores
y mi pasión me hicieron olvidar estos escrúpulos... Me entregué; fuí la
«mujer fatal» de siempre: te traje desgracia... ¡Ulises! ¡amor mío!...
Olvidemos: de nada sirve recordar el pasado. Conozco bien tu alma, y al
verme en peligro acudo á ella. ¡Sálvame! ¡llévame contigo!...
Como estaba de pie frente á él, le bastó levantar las manos para
colocarlas sobre sus hombros, iniciando el principio de un abrazo.
Ferragut permaneció insensible á la caricia. Su inmovilidad repelía
estas súplicas. Freya había rodado mucho por el mundo, á través de
vergonzosas aventuras, y sabría librarse por su propio esfuerzo, sin
necesidad de complicarle nuevamente en sus enredos. La historia que
acababa de relatar no era para él mas que un tejido de engaños.