Pero algo faltaba que había hecho dulce el pasado. Ulises, varón

impetuoso, incapaz de cordura al lado de una mujer, impuso en las noches

el ejercicio de sus derechos. Un sentimiento de tristeza y de vergüenza

fué el obligado final de sus caricias. Su esposa salía de ellas como de

un suplicio: resignada porque así lo exigía su deber, pero con un gesto

de repulsión mal disimulado.

La cordialidad de su juventud no podía resucitar. El recuerdo del hijo

se incrustaba entre los dos, dejando apenas en el pensamiento un breve

espacio para el deseo voluptuoso... ¡Y así sería siempre!

Volvió á esperar con impaciencia la hora de huir de Barcelona. En

realidad, aquella casa ya no era suya. Por mucho que la esposa se

esforzase, siempre se interpondría entre ambos el irremediable pasado.

Su destino era vivir en un buque, pasar el resto de sus días sobre las

olas, como el capitán maldito de la leyenda holandesa, hasta que viniese

á redimirle una virgen pálida envuelta en velos negros: la muerte.

Mientras el vapor terminaba su carga paseó por la ciudad, visitando á

sus primos los fabricantes ó permaneciendo, como un desocupado, en los

cafés. Seguía con los ojos la corriente humana de las Ramblas, en la que

se confundían los hijos del país y los pintorescos y disparatados

contingentes aportados por la guerra.

Lo primero que notó Ferragut fué la visible disminución de los

refugiados alemanes.

Meses antes los había encontrado en todas partes, llenando los hoteles,

apoderándose de los cafés, ostentando en las calles sus sombreros verdes

y sus camisas de cuello abierto, que les hacían ser reconocidos

inmediatamente. Las alemanas, con trajes vistosos y disparatados, se

besaban al encontrarse, hablando á gritos. La lengua germánica,

confundida con el catalán y el castellano, parecía pertenecer al país.

En los caminos y las montañas se veían filas de mocetones despechugados,

con la cabeza descubierta, un palo en la mano y una mochila alpestre á

la espalda, entreteniendo sus ocios con excursiones de placer que tal

vez eran al mismo tiempo de previsor estudio.

Todos ellos procedían del otro hemisferio. Eran alemanes de América,

especialmente del Brasil, de Argentina y Chile, que habían pretendido

volver á su país en los primeros momentos de la guerra, quedando

aislados en Barcelona, sin poder continuar su viaje, por miedo á los

cruceros franceses é ingleses que vigilaban el Mediterráneo.

Al principio ninguno había querido preocuparse de su instalación en esta

tierra extraña. Todos se aglomeraban á la vista del mar, con la

esperanza de ser los primeros en embarcarse apenas se abriese para ellos

el camino de la navegación.

La guerra iba á ser muy corta, ¡cortísima! El kaiser y sus irresistibles

ejércitos sólo necesitaban seis meses para imponer la ley á toda Europa.

Las familias germánicas enriquecidas por el comercio se habían alojado

en los hoteles. Los pobres que trabajaban en el Nuevo Mundo como

agricultores ó dependientes de tienda se acuartelaban en un matadero de

las afueras. Algunos que eran músicos habían adquirido instrumentos

viejos y formaban murgas vagabundas, implorando limosna con sus rugidos

de pueblo en pueblo.

Pero transcurrían los meses, la guerra se prolongaba, y nadie podía

columbrar su término. Cada vez era mayor el número de los que tomaban

las armas contra el imperialismo medioeval de Berlín. Y los refugiados

alemanes, convencidos finalmente de que la espera iba á ser larga, se

esparcían por el interior de la nación, buscando una existencia más

amplia y barata. Los que habitaban hoteles lujosos iban á instalarse en

«villas» y _chalets_ de los alrededores; los pobres, cansados del rancho

del matadero, se enganchaban para trabajar en obras públicas del

interior.

Aún quedaban muchos en Barcelona, reuniéndose en determinadas

cervecerías para leer los periódicos de su patria y hablar

misteriosamente de los trabajos de la guerra.

Ferragut los reconocía inmediatamente al encontrarlos en la Rambla. Eran

mercaderes establecidos largos años en el país, que alardeaban de

catalanes con la mentirosa facilidad de adaptación propia de su raza.

Otros procedían de América y estaban ligados con los de Barcelona por la

francmasonería del comercio y del interés patriótico. Pero todos eran

germanos, y ello bastaba para que el capitán recordase inmediatamente á

su hijo, imaginando sangrientas venganzas. Deseó á veces tener en su

brazo las fuerzas ciegas de la Naturaleza para borrar de un solo golpe á

estos enemigos. Le molestaba verlos instalados en su tierra, tener que

pasar junto á ellos diariamente, sin protesta y sin agresión,

respetándolos porque así lo exigían las leyes.

Gustaba en las mañanas de circular por la Rambla ante los puestos de las

floristas. Podía pasearse entre dos muros de flores recién cortadas que

guardaban aún en sus corolas el rocío del amanecer. Cada mesa de hierro

era una pirámide con todas las tintas del iris y todas las fragancias

que puede elaborar la tierra.

Empezaba la buena estación. Los árboles añosos de la Rambla se cubrían

de hojas, y en sus frondas nacientes chillaban miles de pájaros con la

tenacidad ensordecedora de las cigarras, persiguiéndose de tronco en

tronco, dejando caer sobre la muchedumbre que circulaba por abajo el

olvido casi líquido de sus flojos intestinos.

El capitán, mirando á las señoras con mantilla que llegaban en busca de

un ramo, creía percibir el perfume de su carne matinal recién salida del

sueño y refrescada por este ambiente de jardín. En Ferragut, el deseo de

la mujer predominaba sobre todas las emociones. Ninguna situación, por

angustiosa que fuese, le dejaba insensible á los atractivos femeninos.

Una mañana, avanzando lentamente entre la muchedumbre, notó que le

seguía una mujer. Varias veces le cortó el paso sonriéndole, buscando un

pretexto para entablar conversación. Tal insistencia no podía

enorgullecerle. Era una hembra cuarentona, de pecho prominente y sueltas

ancas, una cocinera con la cesta en el brazo, igual á muchas otras que

pasaban por la Rambla de las Flores para unir un ramo á la diaria compra

de víveres.

Al darse cuenta de que el marino no se conmovía con sus sonrisas y las

miradas de sus ojos claros, se plantó ante él, hablándole en catalán.

--¿Es usted, y perdone, un capitán de barco al que llaman don Ulises?...

Se entabló la conversación. La cocinera, convencida de que era él,

siguió hablando con sonriente misterio. Una señora muy hermosa deseaba

verle... Y le dió las señas de una «torre» situada al pie del Tibidabo,

en una barriada de reciente construcción. Podía hacer su visita á las

tres de la tarde.

--Venga, señor--añadió con una mirada de dulce promesa--. No se

arrepentirá del viaje.

Fueron inútiles todas las preguntas. La mujer no quiso decir más. Lo

único que pudo entrever en sus evasivas fué que la persona que la

enviaba se había separado de ella al ver al capitán.

Cuando se alejó la mensajera quiso seguirla, pero la gorda comadre

volvió repetidas veces la cabeza. Su astucia estaba habituada á burlar

persecuciones, y sin que Ferragut pudiera darse cuenta de cómo fué su

desaparición, se escabulló entre los grupos cerca de la plaza de

Cataluña.

«No iré», fué lo primero que se dijo Ulises al quedar solo.

Sabía lo que significaba esta invitación. Recordó un sinnúmero de

antiguas é inconfesables amistades que tenía en Barcelona: mujeres que

había conocido en otros tiempos, entre dos viajes, sin pasión alguna,

por su curiosidad de vagabundo ansioso de novedades. Tal vez una de

ellas le había visto en la Rambla, enviándole á esta intermediaria para

reanudar viejas relaciones. El capitán debía gozar fama de rico, ahora

que todo el mundo hacía comentarios sobre los formidables negocios

realizados por los dueños de buques.

«No iré», volvió á decirse con energía. Consideraba una molestia inútil

acudir á esta entrevista, para encontrar la sonrisa mercenaria de un

rostro conocido y olvidado.

Pero la insistencia del recuerdo y la misma tenacidad con que se repitió

su promesa de no acudir á la cita empezaron á hacer sospechar á Ferragut

que bien podría ser que fuese á ella.

Después del almuerzo su voluntad flaqueó. No sabía qué hacer durante la

tarde. Su única distracción era visitar á sus primos en sus escritorios

ó pasear por la Rambla. ¿Por qué no ir?... Tal vez se engañaba, y la

entrevista fuese interesante. De todos modos, tenía el recurso de

retirarse después de una breve conversación sobre el pasado... Su

curiosidad estaba excitada por el misterio.

Y á las tres de la tarde tomó un tranvía, que le condujo á los nuevos

barrios surgidos al pie del Tibidabo.

La burguesía comercial había cubierto estos terrenos con una floración

arquitectónica hija legítima de su fantasía. Tenderos y fabricantes

querían tener una casa de placer--llamada «torre» tradicionalmente--para

descansar los domingos y hacer alarde al mismo tiempo de su prosperidad.

Las había góticas, árabes, griegas y persas. Los más patriotas se

confiaban á la inspiración de ciertos arquitectos que habían inventado

un arte catalán, con ojivas, almenas y coronas de conde. Estas coronas

medioevales, que se repetían hasta en los remates de los reverberos,

eran el eterno tema decorativo de una ciudad industrial poco dada á los

ensueños y áspera para la ganancia.

Ferragut avanzó por una calle solitaria, entre dos filas de árboles de

fresco trasplante, que empezaban á dar su primer estirón. Miraba las

fachadas de las «torres», hechas de bloques de cemento imitando la

piedra de las viejas fortalezas, ó con azulejos que representaban

paisajes de ensueño, flores absurdas, ninfas azuladas.

Al descender del tranvía había adoptado una resolución. Sólo deseaba ver

la casa exteriormente. Tal vez esto le ayudase á descubrir quién era la

mujer. Luego seguiría adelante.

Pero al llegar á la «torre» cuyo número guardaba en su memoria y

detenerse unos segundos ante su arquitectura de castillete feudal, que

hacía presentir un interior semejante á los salones de las cervecerías,

vió que se abría la puerta, apareciendo en ella la misma mujer que le

había hablado en la Rambla de las Flores.

--Entre usted, capitán.

Y el capitán no pudo resistirse á los ojos maliciosos y la sonrisa

terceril de la cocinera.

Se vió en una especie de _hall_ semejante á la fachada, con chimenea

gótica de alabastro imitando el roble, grandes jarros de porcelana,

pipas de tamaño de bastones y armas viejas adornando las paredes. Varias

estampas reproduciendo cuadros modernos de Munich alternaban con estos

adornos. Frente á la chimenea, Guillermo II lucía uno de sus

innumerables uniformes entre las rutilancias del marco dorado y

esplendoroso.

La casa parecía deshabitada. Gruesas cortinas, blandas alfombras,

devoraban todos los ruidos. Había desaparecido la pesada introductora

con la ligereza de un ser inmaterial, como tragada por la pared. El

marino empezó á sentirse inquieto en esta soledad que le parecía hostil,

mirando fijamente el retrato del kaiser... ¡Y él que no llevaba armas!

Volvió á presentarse la sonriente mujer con el mismo deslizamiento

silencioso.

--Pase usted, don Ulises.

Había abierto una puerta, y Ferragut, al avanzar, sintió que esta puerta

se cerraba á sus espaldas.

Lo primero que pudo ver fué un ventanal, más ancho que alto, con vidrios

de colores. Una walkyria galopaba en él, con la lanza en alto y la

cabellera flotante, sobre un caballo negro que expelía fuego por las

narices. A la luz difusa de la vidriera columbró tapices en las paredes

y un diván profundo con almohadones floreados.

Una mujer surgió de la hundida mullidez de este lecho, saltando hacia

Ferragut con los brazos extendidos Su impulso fué tan violento que la

hizo chocar contra el pecho del capitán. Antes de que el abrazo femenino

se cerrase sobre él, vió una boca suspirante, de dientes ávidos; unos

ojos lacrimosos por la emoción; una sonrisa que era un rictus, mezcla de

amor y de inquietud dolorosa.

--¡Tú!... ¡tú!--balbuceó él, echándose atrás.

Le temblaron las piernas con el estremecimiento de la sorpresa; una ola

de frío corrió por su espalda.

--¡Ulises!--suspiró la mujer, intentando abarcarlo de nuevo con sus

brazos.

--¡Tú!... ¡tú!--volvió á repetir el marino con voz sorda.

Era Freya.

No supo ciertamente qué fuerza misteriosa le dictó su gesto. Fué tal vez

la voz de los buenos consejos, que hablaba en su cerebro en los

instantes críticos y ahora había perdido su cordura... Vió

instantáneamente el mar, un buque que estallaba y su hijo hecho pedazos.

--¡Ah... _tal_!

Levantó el brazo robusto, con el puño cerrado como una maza. La voz de

la prudencia seguía dándole órdenes: «¡Duro!... Nada de miramientos.

Esta hembra es de revólver.» Y pegó como si su enemigo fuese un hombre,

sin vacilación, sin misericordia, concentrando en el puño toda su alma.

El odio que sentía y el recuerdo de los medios agresivos de la alemana

le hicieron iniciar un segundo golpe, temiendo un ataque de ella,

queriendo repelerlo antes de que lo realizase... Pero quedó con el brazo

en alto.

--¡Ay!...

La mujer había lanzado un gemido infantil, bamboleándose, girando sobre

sus pies, con los brazos á lo largo del cuerpo, sin intento alguno de

defensa... Fué de un lado á otro, lo mismo que si estuviese ebria. Se

doblaron sus rodillas, y cayó con la blandura de un paquete de ropas,

chocando su cabeza primeramente con el duro brazo de un sitial de roble,

yendo después, de rebote, á posarse sobre los almohadones del diván. El

resto del cuerpo quedó como un andrajo sobre la alfombra.

Hubo un largo silencio, interrumpido de tarde en tarde por quejidos de

dolor. Freya gemía con los ojos cerrados, sin salir de su inercia.

El marino, ceñudo, ajado por la cólera, con una fealdad trágica, siguió

inmóvil, mirando torvamente á la hembra caída. Estaba satisfecho de su

brutalidad; había sido un desahogo oportuno; respiraba mejor. Al mismo

tiempo sentía vergüenza. «¿Qué has hecho, cobarde?...» Por primera vez

en su existencia había pegado á una mujer.

Se llevó su diestra dolorida á la altura de los ojos. Uno de sus dedos

sangraba. Tal vez se había enganchado en los pendientes de ella; tal vez

se había rasgado en un alfiler perdido en su pecho. Chupó la sangre del

profundo arañazo y luego olvidó esta herida, para seguir contemplando el

cuerpo tendido á sus pies.

Poco á poco se habituó á la luz difusa de la habitación. Veía ya todos

los objetos claramente. Sus ojos abarcaron á Freya con una mirada en la

que se confundían el odio y el remordimiento.

La cabeza, hundida en el cojín, presentaba un perfil doloroso. Parecía

mucho más vieja, como si su edad se hubiese doblado con las lágrimas. El

golpe brutal había hecho huir con fúnebre aleteo su frescura y su

maravillosa juventud. Sus ojos entreabiertos tenían una aureola de

momentáneas arrugas; la nariz había tomado el lívido afilamiento de los

moribundos. El casco de sus cabellos, roto bajo el puñetazo, se esparcía

en mallas doradas y ondulantes. Algo negro serpenteaba formando hilillos

sobre la seda del almohadón. Era sangre que corría un breve trecho entre

las flores heráldicas del bordado; sangre que manaba de la sien oculta,

para ser bebida por la sequedad del blando relleno.

Ferragut, al hacer este descubrimiento, sintió aumentarse su confusión.

Dió un paso sobre el cuerpo tendido, buscando la puerta. ¿Por qué

continuaba allí?... Todo lo que debía hacer ya estaba hecho, todo lo que

podían decirse ya estaba dicho.

--¡No te vayas, Ulises!--suspiró una voz doliente--. ¡Óyeme!... Se trata

de tu vida.

El miedo á que él huyese la hizo incorporarse con dolorosos gemidos, y

este movimiento aceleró la salida de su sangre... El almohadón continuó

abrevándose como un prado que tiene sed.

Una piedad irresistible, igual á la que podía sentir por una desconocida

abandonada en mitad de la calle, hizo retroceder al marino. Sus ojos se

fijaron en un alto tubo de cristal que subía desde el suelo con la boca

repleta de flores. De un zarpazo esparció sobre la alfombra toda esta

primavera arreglada poco antes por unas manos femeniles con la fiebre

del que cuenta los minutos y vive esperando.

Mojó su pañuelo en el agua de las flores y se arrodilló junto á Freya,

levantando su cabeza del cojín. Ella se dejó lavar la herida con un

abandono de criatura enferma, fijando en su agresor unos ojos

implorantes, que se abrían enteros por primera vez.

Cuando la sangre cesó de surgir, formándose en la sien una mancha roja

de coágulo, Ferragut intentó levantarla.

--No, déjame así--murmuró ella--. Prefiero estar á tus pies. Soy tu

esclava... tu cosa. Pégame más, si eso calma tu cólera.

Quiso afirmar su humildad avanzando hacia él los labios con un beso

tímido, de sierva agradecida.

--¡Ah, no!... ¡no!

Ulises, para huir de esta caricia, se puso de pie con violencia.

Sintió otra vez odio contra la mujer que recobraba poco á poco sus

sentidos. Al cesar el chorreo de la sangre se había extinguido su

compasión.

Ella, adivinando sus pensamientos, sintió la necesidad de hablar.

--Haz de mí lo que quieras... no me quejaré. Tú eres el primer hombre

que me ha pegado... ¡y no me he defendido! No me defenderé aunque

vuelvas á golpearme... De ser otro, habría contestado á la agresión;

¡pero tú!... ¡te he hecho tanto daño!...

Calló unos momentos. Estaba arrodillada ante él en actitud suplicante,

con el cuerpo descansando sobre los talones. Tendía los brazos al hablar

con una voz doliente y monótona, igual á la de los espectros en las

apariciones de teatro.

--He vacilado mucho antes de verte--continuó--. Temía tu cólera; estaba

segura que en el primer momento te dejarías arrastrar por tu carácter, y

me daba miedo la entrevista... Te he espiado desde que supe que estabas

en Barcelona; he aguardado cerca de tu casa; muchas veces te he visto á

la puerta de un café y he tomado la pluma para escribirte; pero temí que

no acudieras al conocer mi letra, ó que despreciaras una carta de otra

mano... Esta mañana, en la Rambla, no pude contenerme por más tiempo, y

te envié á esa mujer, y he pasado unas horas crueles sospechando que no

vendrías... Al fin te veo, y nada me importan tus violencias...

¡Gracias, muchas gracias por haber venido!

Ferragut permaneció inmóvil, con la mirada perdida, como si no oyese su

voz.

--Necesitaba verte--siguió diciendo ella--. Se trata de tu existencia.

Te has colocado enfrente de un poder inmenso que puede aplastarte: tu

pérdida está decidida. Eres un hombre solo, y desafías, sin saberlo, á

una organización grande como el mundo... El golpe aún no ha caído sobre

ti, pero caerá de un momento á otro; tal vez hoy mismo; yo no puedo

saberlo todo... Por esto necesitaba verte, para que te pongas á la

defensiva, para que huyas si es preciso.

El capitán levantó los hombros sonriendo con desprecio, como siempre que

le hablaban de peligros aconsejándole prudencia. Además, no creía nada

de aquella mujer.

--¡Mentira!--dijo sordamente--. ¡Todo mentira!...

--No, Ulises; óyeme. Tú no sabes el interés que me inspiras. Eres el

único hombre que he amado... No sonrías así: me da miedo tu

incredulidad... El remordimiento va unido á mi pobre amor; ¡te he hecho

tanto daño!... Odio á los hombres, ansío causarles todo el mal que

pueda, pero existe una excepción: ¡tú!... Todos mis deseos de felicidad

son para ti; mis ensueños sobre el porvenir tienen siempre como centro

tu persona... ¿Quieres que permanezca indiferente al verte en

peligro?... No, no miento... Todo lo que te diga esta tarde es la

verdad; ya no podré mentirte nunca. Bastante me pesan mis artificios y

embustes que te atrajeron la desgracia... Vuelve á pegarme, trátame como

á la peor de las mujeres, pero cree cuanto yo te diga; sigue mis

consejos.

Continuó el marino en su actitud de indiferencia y menosprecio. Las

manos le temblaban, impacientes. Iba á marcharse; no quería oírla más...

¿Le había buscado para infundirle miedo con sus peligros imaginarios?...

--¿Qué has hecho, Ulises?... ¿qué has hecho?--siguió diciendo Freya con

desesperación.

Sabía todo lo ocurrido en el puerto de Marsella, é igualmente lo sabían

los infinitos agentes que trabajaban por la mayor gloria de Alemania. El

marino Von Kramer, desde su encierro, había hecho conocer el nombre de

su delator. Ella se lamentó de la franqueza vehemente del capitán.

--Comprendo tu odio: no puedes olvidar el torpedeamiento del

_Californian_... Pero debías haber denunciado á Von Kramer anónimamente,

sin que él supiese de quién partía la acusación... Has procedido como un

loco, como un meridional; eres un carácter arrebatado que no teme el

mañana.

Ulises hizo un gesto de desprecio. El no gustaba de tapujos y

traiciones: su procedimiento era el mejor. Lo único que lamentaba era

que este asesino del mar viviese aún; no haber podido matarlo por su

propia mano.

--Tal vez no vive ya--prosiguió ella--. El Consejo de guerra lo ha

condenado á muerte. Ignoramos si la sentencia se ha cumplido; pero lo

van á fusilar de un momento á otro, y todos en nuestro mundo saben que

eres tú el verdadero autor de su desgracia.

Se asustaba al pensar en el odio acumulado por este hecho y en la

próxima venganza. El nombre de Ferragut era objeto en Berlín de una

atención especial; en todas las naciones de la tierra lo repetían en

aquellos momentos los batallones civiles de hombres y mujeres encargados

de trabajar por el triunfo germánico. Los comandantes de los submarinos

se pasaban informes acerca de su buque y su persona. Había osado atacar

al Imperio más grande de la tierra, él, un hombre solo, un simple

capitán mercante, privando al kaiser de uno de sus más valiosos

servidores.

--¿Qué has hecho, Ulises?... ¿qué has hecho?--dijo otra vez.

Y Ferragut acabó por reconocer en esta voz un verdadero interés por su

persona, un miedo enorme ante los peligros de que le creía amenazado.

--Aquí mismo, en tu país, te alcanzará su venganza. ¡Huye! No sé adónde

podrás ir para verte libre de ellos; pero créeme... ¡huye!

El marino salió de su despectiva indiferencia. La cólera dió un brillo

hostil á su mirada. Se indignó al pensar que aquellos extranjeros podían

perseguirle en su patria: era como si le atacasen dentro de su mismo

hogar. El orgullo nacional aumentó su cólera.

--¡Que vengan!--dijo--. Me gustaría verlos hoy mismo.

Y miró en torno, cerrando los puños, como si fuesen á surgir de las

paredes estos adversarios innumerables y desconocidos.

--También á mí empiezan á considerarme como á una enemiga--continuó la

mujer--. No me lo dicen, porque entre nosotros es cosa corriente ocultar

los pensamientos; pero lo adivino en la frialdad que me rodea... La

doctora sabe que te amo lo mismo que antes, á pesar de la cólera que

ella siente contra ti. Los otros hablan de tu «traición», y yo protesto,

porque no puedo tolerar esta mentira... ¿Por qué traidor?... Tú no eres

de los nuestros; tú eres un padre que ansía vengarse. Los traidores

somos todos nosotros: yo, que te compliqué en una aventura fatal; ellos,

que me empujaron hacia ti para aprovechar tus servicios.

La vida en Nápoles resurgía en su memoria, y sintió la necesidad de

explicar sus actos.

--Tú no has podido comprenderme; ignorabas la verdad... Cuando te

encontré en el camino de Pestum fuiste para mí un recuerdo del pasado,

un fragmento de mi juventud, de la época en que sólo conocía vagamente á

la doctora y no me había comprometido aún en el servicio de

«informaciones»... Al principio me entretuvo tu entusiasmo amoroso.

Representabas una diversión interesante con tus galanteos á la española,

esperándome fuera del hotel para asediarme con tus promesas y

juramentos. Me aburría durante la espera forzosa en Nápoles. Tú, por tu

parte, también te veías forzado á esperar, y buscabas en mi persona un

recreo agradable... Un día comprendí que me interesabas verdaderamente,

como ningún otro hombre me había interesado... Adiviné que iba á amarte.

--¡Mentira!... ¡mentira!--murmuró la voz de Ferragut descendiendo

rencorosa hasta la mujer.

Mare nostrum · 第 27 / 36 段