Montaban la guardia en alta mar, más allá de las islas rocosas y

desiertas que cierran la bahía de Marsella, aproximándose á los buques

para reconocer su nacionalidad, corriendo á todo vapor, con sus melenas

de humo horizontales, hacia el punto donde esperaban sorprender el

periscopio del enemigo oculto entre dos aguas. No había mal tiempo que

les adormeciese ó les asustase... En plena tormenta se mantenían á la

vista de la costa, saltando de ola en ola, con su fragilidad de barcos

construídos para ser flechas; y únicamente cuando otros compañeros

venían á sustituirles regresaban al puerto viejo, para descansar unas

horas á la entrada de la Cannebière.

Las callejuelas de la orilla derecha atraían á Ferragut. Eran la

Marsella antigua, en la que aún subsisten algunos palacios ruinosos de

los mercaderes y armadores de otros siglos. En estas vías estrechas,

pendientes é inmundas, vivía la prostitución pintarrajeada y triste de

toda ciudad marítima.

Se aglomeraban en dicho barrio los guerreros de las diferentes Áfricas

francesas, impulsados por su ardor de raza y por el deseo de desquitarse

con grandes hartazgos de la carestía de los países musulmanes, donde la

mujer vive en celoso encierro. En todas las esquinas había grupos de

infantería marroquí recién desembarcada ó convaleciente de sus heridas,

soldados jóvenes con gorros rojos y largos capotes de amarillo mostaza.

Los zuavos de Argel conversaban con ellos en un español salpicado de

árabe y de francés. Negros adolescentes que servían de fogoneros en los

buques avanzaban por las empinadas callejuelas con ojos de inquietante

resplandor, como si preparasen un rapto en masa. Se perdían bajo las

puertas, con una tiesura sacerdotal, los graves jinetes moriscos,

arrastrando el albo alquicel anudado á la cabeza como una bola de nítida

blancura, ó el manto purpúreo de aguda capucha, que les daba el aspecto

de barbudos frailes rojos.

Entre la salida del hospital y el nuevo combate que les esperaba en las

trincheras del Norte, estos guerreros venidos de lejanos países de sol

para pelear y morir buscaban el poderoso consuelo de la mujer. Sus

brazos impacientes se llevaban con un tirón de fiera las hembras

esqueléticas y macabras y las que aparecían hinchadas por una falsa

robustez, producto de malos humores. Algunas tenían la desproporción

embrionaria de los fetos, con enormes cabezas sirviendo de remate á

cuerpos raquíticos. Otras avanzaban sus míseros troncos descarnados

sobre unas piernas anchas y redondas de paquidermo. Los soldados faltos

de dinero miraban con envidia y hambre á las mujeres estacionadas en las

puertas: criaturas de lujo é ilusión, con faldellines orinados llenos de

lentejuelas, altas botas y medias amarillas.

El capitán iba por las cumbres de estas calles, deteniéndose para

apreciar el rudo contraste entre ellas y su vista terminal. Casi todas

descendían hasta el puerto viejo, con un reguero de aguas sucias por

mitad del arroyo que saltaba de piedra en piedra. Eran obscuras como

tubos de telescopio, y al extremo de sus zanjas malolientes, ocupadas

por el deforme mujerío, se abría un amplio desgarrón de luz y de azul.

Se veían blancos veleros anclados al final de la pendiente, un pedazo de

lámina acuática y las casas del muelle opuesto, empequeñecidas por la

distancia. En otras aparecía como último plano la montaña de Nuestra

Señora de la Guardia, con su basílica puntiaguda y la brillante estatua

final, semejante á una llama de oro inmóvil y tortuosa. Algunas veces,

un torpedero, al entrar en el puerto viejo, se deslizaba por la boca de

una de estas callejuelas sombrías como si pasase por la lente de un

anteojo.

Al sentirse fatigado el marino por el mal olor y la miseria viciosa de

los barrios viejos, volvía al centro de la ciudad, paseando bajo los

árboles de las avenidas de Meilhan ó entre los puestos de flores del

Coso Belzunce.

Un anochecer, cuando esperaba el tranvía en la Cannebière rodeado de

otras personas, volvió la cabeza con el presentimiento de que alguien le

estaba contemplando á sus espaldas.

Efectivamente, vió á un hombre detrás de él en el borde de la acera, un

señor elegantemente vestido, completamente afeitado, que parecía por su

aspecto un inglés cuidadoso de su persona. Este _gentleman_ acababa de

detenerse á impulsos de la sorpresa, como si hubiese reconocido á

Ferragut.

Se cruzaron las miradas de los dos, sin que esto despertase eco alguno

en la memoria del capitán... No podía recordar á este hombre. Casi

estaba seguro de no haberlo visto nunca. Su rostro afeitado, sus ojos de

un gris metálico, su tiesura elegante, no decían nada á su memoria. Tal

vez el desconocido sufría una equivocación.

Así debía ser, á juzgar por la prontitud con que separó su mirada de la

de Ferragut, alejándose apresuradamente.

El capitán no dió importancia á este encuentro. Lo había olvidado ya al

subir al tranvía, pero minutos después resurgió en su memoria, bajo una

nueva luz. El rostro del inglés se presentaba en su imaginación con un

relieve distinto al de la realidad. Lo veía más claramente que al

resplandor algo mortecino de los reverberos de la Cannebière... Pasaba

con indiferencia sobre sus rasgos fisonómicos: en realidad, los había

contemplado por primera vez. ¡Pero los ojos!... El conocía perfectamente

aquellos ojos: se habían cruzado muchas veces con los suyos. ¿Dónde?...

¿Cuándo?...

Le acompañó hasta su buque el recuerdo de este hombre como una obsesión,

sin lograr que su memoria diese una respuesta á sus preguntas. Luego,

al verse en la cámara de popa con Tòni y el tercer oficial, volvió á

olvidarlo.

En los días sucesivos, al bajar á tierra, su memoria experimentaba

invariablemente el mismo fenómeno. Iba el capitán por la ciudad, sin

acordarse de aquel individuo, pero al entrar en la Cannebière surgía

inmediatamente en su cerebro dicho recuerdo, seguido de una ansiedad

inexplicable.

«¿Dónde estará ahora mi inglés?--pensaba--. ¿Dónde le he visto antes?...

¡Porque es indudable que nos conocemos!»

Miraba curiosamente, á partir de este instante, á todos los transeúntes,

y á veces apresuraba el paso para examinar á algunos que se le

asemejaban por la espalda. Una tarde creyó reconocerlo en un carruaje de

alquiler cuyo caballo marchaba á vivo trote por la avenida del Prado;

pero cuando quiso seguirle, el vehículo había desaparecido en una calle

inmediata.

Transcurrieron los días, y el capitán olvidó definitivamente este

encuentro. Otros asuntos más reales é inmediatos le preocupaban. Su

buque estaba listo; iban á enviarle á Inglaterra para cargar municiones

destinadas al ejército de Oriente.

La mañana de su partida bajó á tierra sin deseos de llegar al centro de

la ciudad.

En una calle de los _docks_ había una barbería frecuentada por los

capitanes españoles. La charla pintoresca del barbero, nacido en

Cartagena, las láminas de colores fijas en la pared representando

corridas de toros, los periódicos de Madrid olvidados en los divanes de

hule y una guitarra en un rincón, hacían de esta tienda un pedazo de

España para los vagabundos del Mediterráneo.

Ferragut, antes de partir, quiso entregar sus barbas al tijereteo del

verboso maestro. Cuando, pasada una hora, pudo salir de la barbería,

arrancándose á las interminables despedidas del dueño, siguió una amplia

calle entre dos filas de _docks_, solitaria y silenciosa.

Las puertas corredizas de acero estaban cerradas y selladas. Los

almacenes, vacíos y sonoros como naves de catedral, exhalaban aún los

fuertes olores de los géneros que habían guardado en tiempo de paz:

vainilla, canela, rollos de cuero, nitratos y fosfatos para abonos

químicos.

No vió en toda la calle mas que un hombre que venía hacia él dando la

espalda á la dársena. Entre las dos largas paredes de ladrillos surgía

el muelle en el fondo, con montañas de mercancías, escuadras de

cargadores negros, vagones y carros. Más allá estaban los cascos de los

buques, sustentando un bosque de palos y chimeneas, y en último término

la muralla amarilla del malecón exterior y el cielo recién lavado por la

lluvia, con un rebaño de nubecillas blancas y plácidas como sedosos

carneros.

El hombre que volvía del puerto y caminaba con los ojos fijos en

Ferragut se detuvo de pronto, y girando sobre sus talones volvió hacia

el muelle... Este movimiento despertó la curiosidad del capitán,

aguzando sus sentidos. Repentinamente tuvo el presentimiento de que este

transeúnte era «su inglés». Iba vestido de otro modo, con menos

elegancia; sólo podía ver su espalda alejándose rápidamente, pero su

instinto fué en este momento superior á sus ojos... No necesitaba mirar:

era el inglés.

Y sin saber por qué, apresuró el paso para alcanzarle. Luego corrió

francamente, al considerar que estaba solo en la calle y el otro había

desaparecido doblando la esquina.

Cuando Ferragut salió al muelle, pudo ver cómo se alejaba con un paso

elástico que casi era una fuga. Había ante él una cordillera de fardos

amontonados, con tortuosos desfiladeros. Iba á perderlo de vista: le

sería difícil encontrarle un minuto después.

El capitán vaciló. «¿Qué motivo tenía para acosar á este

desconocido?...» Y en el preciso momento que se formulaba esta pregunta,

el otro retuvo un poco su marcha para volver la cabeza y darse cuenta de

si le seguían.

Se verificó en Ferragut un rápido fenómeno. No había reconocido la

mirada de este hombre cuando casi se tocaban en la acera de la

Cannebière, y ahora que existía entre los dos una distancia de cincuenta

metros, ahora que el otro huía y sólo presentaba un perfil fugitivo, el

capitán descubrió quién era por sus ojos, á pesar de que no podía

distinguirlos claramente á tal distancia.

Un telón pareció rasgarse en su memoria con doloroso crujido, dejando

pasar torrentes de luz... Era el falso conde ruso, estaba seguro de

ello, Von Kramer, el marino alemán, afeitado y desfigurado, que

«trabajaba» sin duda en Marsella, montando nuevos servicios, meses

después de haber preparado la entrada de los sumergibles en el

Mediterráneo.

La sorpresa inmovilizó á Ferragut. Con la misma rapidez imaginativa del

que va á morir ahogado en el mar y repasa vertiginosamente las escenas

de su vida anterior, vió su infame existencia de Nápoles, la expedición

en la goleta para avituallar á los submarinos, luego el torpedo que

abría una brecha en el _Californian_... ¡Y este hombre era tal vez el

que había hecho saltar por el aire á su pobre hijo hecho pedazos!...

Vió también á su tío el _Tritón_ lo mismo que cuando le escuchaba siendo

pequeño en el puerto de Valencia. Recordó su relato de cierta noche de

orgía egipcia en un cafetucho de Alejandría, donde tuvo que «pinchar» á

un hombre para abrirse paso.

El instinto le hizo llevarse una mano á la cintura. ¡Nada!... Maldijo la

vida moderna y sus inciertas seguridades, que permiten á los hombres ir

de un lado á otro confiados, inermes, sin medios de agredir. En otros

puertos bajaba á tierra con el revólver en un bolsillo del pantalón...

¡pero en Marsella! No llevaba ni un cortaplumas: sólo tenía sus puños...

Hubiese dado en aquel momento su buque entero, su vida, por un

instrumento que le permitiese matar... ¡matar de un golpe!...

Se fué apoderando de él la vehemencia sanguinaria del mediterráneo.

¡Matar!... No sabía cómo hacerlo, pero debía matar.

Lo más inmediato era detener al enemigo que se escapaba. Iba á caer

sobre él con los puños, con los dientes, entablando una lucha

prehistórica, la pelea animal antes de que el hombre inventase la maza.

Tal vez el otro ocultaba un arma y podía matarle; pero él, en su

soberbia vengativa, sólo veía la muerte del enemigo, repeliendo todo

temor.

Para que no pudiera ocultarse á su vista, corrió hacia él sin disimulo

alguno, como si estuviese en un desierto, á toda la velocidad de sus

piernas. El instinto de agredir le hizo agacharse, agarrar una madera

que estaba en el suelo, una especie de palanca rústica, y armado de este

modo primitivo continuó su carrera.

Todo esto había durado unos segundos. El otro, al notar la hostil

persecución, corrió francamente á su vez, desapareciendo entre las

colinas de fardos.

El capitán vió confusamente que unas sombras saltaban en torno de él

cortándole el paso. Sus ojos, que todo lo contemplaban de color

escarlata, acabaron por distinguir unas caras negras y otras blancas...

Eran los descargadores militares y civiles, alarmados por el aspecto de

un hombre que corría como un loco.

Lanzó una maldición al verse detenido. Con el instinto justiciero de las

multitudes, estas gentes sólo se preocupaban del agresor, dejando libre

al que huía. No pudo guardar su cólera toda para él: tuvo que revelar su

secreto.

--Es un espía... ¡un espía _boche_!

Dijo esto con voz sorda, entrecortada, y jamás una palabra suya de mando

obtuvo un eco más ruidoso. «¡Un espía!...» El grito hizo surgir hombres

como si los vomitase la tierra; saltó de boca en boca, repitiéndose

hasta lo infinito, conmoviendo los muelles y los buques, vibrando hasta

más allá de lo que podía alcanzar la mirada, penetrando en todas partes

con la difusión y la rapidez de las ondas sonoras. «¡Un espía!...»

Corrían los hombres con redoblada agilidad; los cargadores abandonaban

sus fardos para unirse á la persecución; saltaba gente de los vapores

para colaborar en la humana cacería.

El autor de la ruidosa alarma, el que había dado el grito, se vió

sobrepasado y anulado por la tromba persecutoria que acababa de

provocar. Ferragut, siempre corriendo, quedó detrás de los tiradores

negros, de los cargadores, de los guardianes del puerto, de los

marineros que acudían de todos lados, introduciéndose por los callejones

de fardos y cajas... Eran como los lebreles que baten las sinuosidades

de la selva, haciendo salir el ciervo á campo llano; como los hurones

que se deslizan por las galerías subterráneas, obligando á la liebre á

volver á la luz. El fugitivo, cercado en el dédalo de pasadizos,

tropezando con enemigos en todas las revueltas, surgió corriendo por el

extremo opuesto y continuó su carrera á lo largo del muelle.

La cacería duró breves instantes al desarrollarse en un terreno libre de

obstáculos. «¡Un espía!...» La voz, más rápida que las piernas, saltaba

á su encuentro. Los gritos de los perseguidores avisaban á las gentes

que seguían trabajando á lo lejos, sin comprender la alarma.

Quedó de pronto el fugitivo entre un semicírculo cóncavo de hombres que

le aguardaban á pie firme y un semicírculo convexo que seguía sus pasos

con ondulante persecución. Se juntaron las dos multitudes cerrando sus

extremos, y el espía quedó prisionero.

Ferragut le vió intensamente pálido, jadeante, paseando sus ojos en

torno de él con una expresión de animal acosado que piensa aún en la

posibilidad de defenderse.

Su diestra buscó en uno de sus bolsillos. Tal vez iba á sacar un

revólver para morir matando. Un negro cercano á él levantó un madero que

empuñaba á guisa de maza. Resurgió la mano teniendo un papel entre los

dedos é intentó llevarlo á la boca. Pero el golpe del negro suspendido

en el aire cayó sobre su brazo, haciéndolo colgar inerte. El espía se

mordió los labios para contener un rugido de dolor.

El papel había rodado por el suelo y varias manos lo recogieron á la

vez. Un suboficial lo desarrugó antes de examinarlo. Era un pedazo de

papel fino con el contorno dibujado del Mediterráneo. Todo el mar estaba

cuadriculado como un tablero de ajedrez, y en el centro de las casillas

había un número de orden. Estos cuadrados eran sectores, y sus números

servían para hacer saber á los submarinos, por telegrafía sin hilo, los

lugares donde podían aguardar á los buques aliados, torpedeándolos.

Otro suboficial explicó rápidamente á las gentes inmediatas la

importancia del descubrimiento. «Sí que era un espía.» Esta afirmación

despertó el regocijo de una buena presa y el deseo impulsivo de

venganza que enloquece en ciertos momentos á las muchedumbres.

Los hombres de los buques eran los más furiosos, por lo mismo que

arrostraban á todas horas la traidora asechanza submarina. «¡Ah,

bandido!...» Muchos puños cayeron sobre él, haciéndole bambolear bajo

sus golpes. Cuando el preso quedó resguardado por los pechos de varios

suboficiales, Ferragut pudo verle de cerca, con una sien manchada de

sangre y una expresión fría y altiva en los ojos. Entonces se dió cuenta

de que llevaba teñidos los cabellos.

Había huído por salvarse, se había mostrado humilde y medroso al ser

alcanzado, creyendo que aún le era posible mentir. Pero el papel que

deseaba hacer desaparecer dentro de su boca estaba en manos de los

enemigos... ¡Resultaba inútil fingir más!...

Y se irguió orgulloso, como todo hombre de guerra que considera su

muerte cierta. Reaparecía el oficial de casta, mirando con altivez á sus

perseguidores anónimos, implorando únicamente protección de los kepis

con galón de oro.

Sus ojos quedaron inmóviles al descubrir á Ferragut. Le contemplaron

fijamente, con una insolencia glacial y desdeñosa. Sus labios se

movieron con la misma expresión de menosprecio.

No decían nada, pero el capitán adivinó sus palabras sin sonido... Le

insultaban. Era el insulto del hombre de jerarquía superior al siervo

infiel; el orgullo del oficial noble que se acusa á sí mismo por haber

fiado en la lealtad de un simple marino mercante.

--¡Traidor!... ¡traidor!--parecían decirle sus ojos insolentes, su boca

murmurante y sin voz.

Ulises se encolerizó ante esta altivez. Pero su cólera fué glacial, una

cólera que se contiene viendo al enemigo privado de defensa.

Avanzó hacia él como uno de los muchos que le insultaban mostrándole el

puño. Su mirada sostuvo la mirada del alemán, y le habló en español con

voz sorda.

--¡Mi hijo... mi único hijo murió hecho pedazos en el torpedeamiento del

_Californian_!

Estas palabras hicieron cambiar el rostro del espía. Sus labios se

separaron, lanzando una leve exclamación de sorpresa.

--¡Ah!...

Se apagó la luz arrogante de sus pupilas. Luego bajó los ojos, y poco

después la cabeza.

La muchedumbre vociferante lo fué empujando y se lo llevó, sin que nadie

se acordase del hombre que había dado la alarma é iniciado la

persecución.

Aquella misma tarde el _Mare nostrum_ salió de Marsella.

X

EN BARCELONA

Cuatro meses después, el capitán Ferragut estaba en Barcelona.

Había hecho durante este tiempo tres viajes á Salónica, y en el segundo

tuvo que comparecer ante un capitán de navío del ejército de Oriente. El

marino francés estaba enterado de sus expediciones anteriores para el

avituallamiento de las tropas aliadas; conocía su nombre, y le miró como

un juez que se interesa por el acusado. Había recibido de Marsella un

largo telegrama referente á Ferragut. Un espía sometido á la justicia

militar le acusaba de haber trabajado en el aprovisionamiento de los

submarinos alemanes.

--¿Qué hay de eso, capitán?...

Ulises quedó indeciso, mirando la cara grave del marino encuadrada por

una barba gris. Este hombre inspiraba confianza. Podía responder

negativamente á tales preguntas; le sería difícil al alemán probar sus

afirmaciones; pero prefirió decir la verdad, con la sencillez del que no

intenta disimular su culpa, describiéndose tal como había sido, ciego de

torpe pasión, arrastrado por los artificios amorosos de una aventurera.

--¡Las mujeres!... ¡ah, las mujeres!--murmuró el jefe francés con

sonrisa melancólica, como un magistrado que no pierde de vista las

debilidades humanas y ha participado de ellas.

Sin embargo, el delito de Ferragut era de importancia. Había ayudado á

la implantación del ataque submarino en el Mediterráneo... Pero cuando

el capitán español contó cómo había sido él una de las primeras

víctimas, cómo había muerto su hijo en el torpedeamiento del

_Californian_, el juez pareció conmoverse, mirándolo con ojos menos

severos.

Luego relató su encuentro con el espía en el puerto de Marsella.

--He jurado--dijo finalmente--dedicar mi buque y mi vida á causar todo

el daño que pueda á los asesinos de mi hijo... Ese hombre me denuncia

para vengarse. Reconozco que mi ceguera amorosa me arrastró á un delito

que no olvidaré nunca. Bastante castigado estoy con la muerte de mi

hijo... pero no importa: que me sentencien también los hombres.

El jefe quedó en profunda reflexión, con la frente en una mano y el codo

en la mesa. Ferragut conocía la justicia militar, expedita, intuitiva,

pasional, atenta á sentimientos que apenas tienen valor en otros

tribunales, juzgando por los movimientos de la conciencia más que por la

letra de las leyes, y capaz de fusilar á un hombre con la misma

prontitud que emplea para dejarlo en libertad.

Cuando los ojos del juez volvieron á fijarse en él, tenían una luz

afectuosa. Había sido culpable, no por dinero ni por traición, sino

enloquecido por una mujer. ¿Quién no tenía en su historia algo

semejante?... «¡Ah, las mujeres!», repitió el francés, como si lamentase

la más terrible de las esclavitudes... Pero bastante pena había sufrido

con la pérdida de su hijo. Además, á él le debían el descubrimiento y el

arresto de un espía importante.

--La mano, capitán--acabó diciendo, mientras le tendía su diestra--.

Todo lo que hemos hablado queda entre los dos: es como una confesión. Yo

me entenderé con el Consejo de guerra... Siga usted prestando sus

servicios á nuestra causa.

Y Ferragut no se vió inquietado más por el asunto de Marsella. Tal vez

le vigilaban discretamente y no le perdían de vista hasta convencerse de

su completa inocencia. Pero esta vigilancia que él presentía nunca se

hizo sentir ni le acarreó molestia alguna.

En el tercer viaje á Salónica, el capitán de navío le vió una vez de

lejos, saludándole con su grave sonrisa. Y no supo más del espía.

A la vuelta, el _Mare nostrum_ ancló en Barcelona para cargar paño

destinado al ejército servio y otros artículos industriales que

necesitaban las tropas de Oriente. Este viaje no lo hizo Ferragut por el

deseo de ganancia. Un interés afectivo tiraba de él... Necesitaba ver á

Cinta, sintiendo que en su alma retoñaba el pasado.

La imagen de la esposa surgía en su memoria vivaz y atrayente, como en

los primeros tiempos de su matrimonio. No era una resurrección del

antiguo amor: esto resultaba imposible... Pero el remordimiento se la

hacía ver idealizada por la distancia, con todas sus cualidades de mujer

dulce y modesta; y el continuo recuerdo iba tomando la forma de un deseo

amoroso.

Quería restablecer las cordiales relaciones de otros tiempos; hacerse

perdonar todo lo pasado; que ella no le mirase con odio, creyéndolo

responsable de la muerte de su hijo.

En realidad era la única mujer que le había amado sinceramente, como

ella podía amar, sin brusquedades y exageraciones pasionales, con la

tranquilidad de una compañera. Las otras no existían. Eran un tropel de

sombras que apenas si se marcaban en su memoria como espectros

daltonianos, de visible contorno, pero sin color. En cuanto á la última,

aquella Freya que la desgracia había puesto ante su paso... ¡cómo la

odiaba el capitán! ¡Cómo deseaba encontrarse con ella para devolverle

una parte del daño que le había hecho!...

Al ver á su esposa, se imaginó Ulises que no había transcurrido el

tiempo. La encontró lo mismo que al partir, con las dos sobrinas

sentadas á sus pies, fabricando blondas interminables y sutiles sobre

los colchoncillos cilíndricos apoyados en sus rodillas.

La única novedad de la llegada del capitán á esta vivienda de monástica

calma fué que don Pedro se abstuvo de su visita.

Cinta acogió á su marido con una sonrisa pálida. Se adivinaba en esta

sonrisa la obra del tiempo. Seguía pensando en su hijo á todas horas,

pero con una resignación que secaba sus lágrimas y le permitía continuar

el pausado mecanismo de su existencia. Quiso borrar además sus malas

palabras, inspiradas por el dolor: el recuerdo de aquella escena de

rebelión en la que se había levantado como una acusadora iracunda contra

el padre. Y Ferragut, durante algunos días, creyó vivir lo mismo que

años atrás, cuando aún no había comprado el _Mare nostrum_ y proyectaba

quedarse para siempre en tierra. Cinta le atendía y obedecía como debe

hacerlo una esposa cristiana. Sus palabras y actos revelaban un deseo de

olvidar, de hacerse agradable.

Mare nostrum · 第 26 / 36 段