Estos vagabundos del Mediterráneo, que muchas veces no podían conversar

por la diversidad de sus idiomas, se buscaban instintivamente,

sentándose juntos con un silencio fraternal. Su heroísmo pasivo era en

algunos casos más admirable que el de los hombres de guerra, que pueden

devolver golpe por golpe. Todos los oficiales de las diversas flotas

sentados cerca de ellos disponían del cañón, del espolón, del torpedo,

de las grandes velocidades, de la telegrafía aérea. Los valerosos

arrieros del mar desafiaban al enemigo en buques indefensos, sin

telégrafo y sin cañones. Registrando á todos los hombres de su

tripulación, no se encontraba á veces un solo revólver. Y estos bravos

osaban los mayores atrevimientos, con un fatalismo profesional,

confiándose al destino.

En las tertulias del café contaban lentamente algunos capitanes sus

encuentros en el mar, la aparición inesperada del submarino, el torpedo

que marraba su blanco por unos metros, la fuga á todo vapor, recibiendo

los cañonazos de la persecución. Se enardecían un instante al recordar

el peligro; luego volvían á mostrarse indiferentes y fatalistas.

--Si he de morir ahogado--acababan diciendo--, será inútil cuanto haga

por evitarlo.

Y aceleraban su partida, para regresar un mes después transportando en

su buque una verdadera fortuna, completamente solos, prefiriendo la

navegación suelta y astuta á la marcha en convoy, deslizándose de isla

en isla y de costa en costa para despistar á los sumergibles.

Más que los peligros de la navegación les conmovía el estado de sus

buques, que llevaban más de un año sin conocer la limpieza. Los

capitanes de trasatlántico lamentaban sus lujosos camarotes convertidos

en dormitorios de tropa, sus cubiertas charoladas, que habían pasado á

ser establos; sus comedores, donde se sentaban antes las gentes con

_smoking_ ó escotadas, y debían ser regados ahora con toda clase de

desinfectantes para repeler la invasión de chinches y piojos, los olores

animales de tantos hombres y bestias amontonados.

La decadencia de los buques parecía reflejarse en el porte de sus

capitanes, más rudos que antes, peor vestidos, con un abandono militar

de combatiente de trinchera, las manos callosas y mal cuidadas, iguales

á las de un cargador.

Entre los marinos de guerra también los había que mostraban un completo

abandono de su persona. Eran los comandantes de los «chaluteros»,

vaporcitos de pesca del Océano armados con un cañón, que habían entrado

en el Mediterráneo para perseguir á los sumergibles. Iban vestidos de

tela impermeable, con un casco encerado, lo mismo que los pescadores del

mar del Norte, oliendo á carbón y á agua tempestuosa. Pasaban semanas y

semanas en el mar, fuese cual fuese el tiempo, durmiendo en el fondo de

una cala que apestaba á pescado rancio, manteniéndose en patrulla aunque

rugiese la tempestad, saltando como un tapón de botella de ola en ola,

para repetir las hazañas de los antiguos corsarios.

Ferragut tenía un pariente en el ejército que se aglomeraba en Salónica

para avanzar tierra adentro. No quería marcharse sin verle, y pasó

varias mañanas haciendo averiguaciones en las oficinas del Estado Mayor.

Era un sobrino suyo, un hijo de Blanes el fabricante de géneros de

punto, que había huído de Barcelona, al iniciarse la guerra, con otros

muchachos aficionados á cantar _Los Segadores_ y perturbar la

tranquilidad del «cónsul de España» enviado por Madrid. El hijo del

pacífico burgués catalán se había alistado en un batallón de la Legión

extranjera, compuesto en gran parte de españoles é hispanoamericanos.

Blanes rogó al capitán que viese á su hijo. Estaba triste y orgulloso al

mismo tiempo por esta aventura romántica que florecía inesperadamente en

la existencia utilitaria y monótona de la familia. ¡Un muchacho que

tenía un porvenir tan grande en la fábrica de su padre!... A

continuación hacía el relato, con voz insegura y ojos húmedos, de las

hazañas de su primogénito: herido en Champaña; dos citaciones y Cruz de

Guerra. ¿Quién hubiese imaginado que podía ser un héroe?... Ahora su

batallón estaba en Salónica, después de batirse en los Dardanelos.

--Veas si te lo traes--repitió Blanes--. Dile que su madre va á morirse

de pena... ¡Tú puedes hacer mucho!

Pero todo lo que pudo hacer el capitán Ferragut fué conseguir un permiso

y un automóvil viejo para visitar el campamento de los legionarios.

La llanura árida en torno de Salónica estaba cruzada por numerosos

caminos. Los trenes de artillería, los rosarios de automóviles, rodaban

por vías recién abiertas que las lluvias habían convertido en lodazales.

El barro era la peor calamidad de esta planicie extremadamente

polvorienta en tiempo seco.

Dos horas largas pasó Farragat de campamento en campamento antes da

llegar á su destino. Su vehículo tuvo que detenerse para dejar paso á

interminables desfiles de camiones. Otras veces le cortaban el paso los

auto-ametralladoras blindados, las grandes piezas arrastradas por

tractores, los carros del aprovisionamiento con pirámides de sacos y

cajas.

Por todas partes miles y miles de soldados de diversos colores y razas

variadas. El capitán recordó las grandes invasiones de la Historia:

Jerjes, Alejandro, Gengis-Khan, todos los conductores de hombres, que

avanzaban llevándose los pueblos en masa detrás de su caballo,

transformando á los siervos de la tierra en combatientes. Sólo faltaban

las hembras soldadescas y los enjambres de chiquillos para que fuese

exacta esta semejanza con los éxodos guerreros del pasado.

A media tarde pudo abrazar á su sobrino. Estaba con otros dos

voluntarios, un andaluz y un americano del Sur, unidos los tres por la

fraternidad de origen y por el continuo roce con la muerte.

Ferragut los llevó á la cantina de un _mercanti_, establecida junto al

campamento del batallón. Los consumidores se sentaban bajo un toldo de

lona, ante cajas que habían contenido ferretería ó municiones y hacían

oficio de mesas. Esta miseria estaba compensada por los precios. En

ningún _Hôtel-Palace_ obtenían las bebidas un valor tan extraordinario.

Sintió el marino á los pocos momentos un afecto paternal por estos tres

jóvenes, á los que apodaba «los tres mosqueteros». Quiso obsequiarlos

con lo mejor que, tuviese el _mercanti_, y éste sacó á luz una botella

de champaña, ó más bien de tisana de Reims, presentándola como si fuese

un elixir fabricado con oro.

El líquido de ámbar, burbujeante en los vasos, pareció devolver su

antigua existencia á los tres jóvenes. Recocidos por el sol y la

intemperie, habituados á la vida dura de la guerra, casi habían olvidado

las dulzuras y comodidades de los años anteriores.

Ulises los examinó atentamente. Habían crecido en el curso de la

campaña, con el último estirón de la juventud. Sus brazos surgían

exageradamente de las mangas del capote, cortas ya para ellos. La

gimnasia ruda de las marchas y el manejo de la pala habían ensanchado

sus muñecas y encallecido sus manos.

El recuerdo de su hijo surgió en su memoria. ¡Contemplarle así, hecho un

soldado, como su primo! ¡Verle sufrir todas las rudezas de la existencia

militar... pero viviendo!

Para no enternecerse, bebió y prestó atención á lo que decían los tres

jóvenes. El legionario Blanes, romántico como debe serlo un hijo de

fabricante metido en aventuras, hablaba de las hazañas de las tropas de

Oriente con todo el entusiasmo de sus veintidós años. Le faltaba el

tiempo para lanzarse á la bayoneta contra los búlgaros y llegar á

Adrianópolis. La guerra en Macedonia le tocaba de cerca, como catalán.

--¡Vamos á vengar á Roger de Flor!--dijo gravemente.

Y su tío sintió deseos de llorar y de reír ante esta fe simple, sólo

comparable á la memoria retrospectiva del poeta Labarta y del secretario

de pueblo que lamentaba todos los días la remota derrota de Ponza.

Blanes explicó como un caballero andante el motivo que le había llevado

á la guerra. Deseaba batirse por la libertad de todos los pueblos

oprimidos, por la resurrección de todas las nacionalidades olvidadas:

polacos, checos, rutenos, yugo-eslavos... Y sencillamente, como si

dijese algo indiscutible, incluyó á Cataluña entre los pueblos que

lloraban lágrimas de sangre bajo los latigazos de la tiranía.

Aquí saltó indignado su compañero el andaluz. Pasaban el tiempo

discutiendo acaloradamente, cambiando insultos y buscándose á

continuación, como si no pudieran vivir el uno sin el otro.

Este no se batía por la libertad de tales ó cuales pueblos. Tenía la

vista larga: no era miope y egoísta, como su amigo «el catalán». Daba su

sangre por que el mundo entero fuese libre y desapareciesen todas las

monarquías.

--Me bato por Francia, porque es el país de la gran Revolución. Su

historia anterior no me importa: para reyes ya tenemos los nuestros.

Pero á partir del 14 de Julio, lo que es de Francia lo considero mío y

de todos los hombres.

Se detuvo unos segundos, buscando una afirmación más concreta:

--Me bato, capitán, por Dantón y por Hoche.

Vió Ferragut en su imaginación las melenas blancas de Michelet y el tupé

romántico de Lamartine sobre un doble pedestal de volúmenes que

contenían la historia-poema de la Revolución.

--También me bato por Francia--dijo finalmente--porque es la patria de

Víctor Hugo.

Ulises presintió que este republicano de veinte años debía guardar en su

mochila un cuaderno, escrito con lápiz, lleno de versos.

El sudamericano, habituado á las disputas de sus dos compañeros, se

miraba las uñas negras con la melancólica desesperación de un profeta

que contempla su patria en ruinas. Blanes, hijo de burgués, le admiraba

por su origen. El día de la movilización había ido en París á

inscribirse como voluntario montando un automóvil de cincuenta caballos.

El y su chófer se alistaban juntos. Luego hacía donación de su lujoso

vehículo.

Había deseado ser soldado porque todos los jóvenes de su club partían á

la guerra. Además, le halagaba que su última amante le dedicase unas

lágrimas de admiración y asombro viéndole con uniforme. Sentía la

necesidad de conmover á todas las damas que habían bailado el tango con

él hasta la semana anterior. Por otra parte, los millones de su abuelo

«el gallego», algo roídos por su padre el criollo, se estaban

deshaciendo entre sus manos.

--Esto dura demasiado, capitán.

Al principio había creído en una guerra de seis meses. Las balas le

importaban poco; lo terrible era el piojo, el no mudarse la ropa, el

verse privado del baño diario. ¡Si él hubiese adivinado!...

Y resumía su entusiasmo con esta afirmación:

--Me bato por Francia porque es un país _chic_. Sólo en París se visten

bien las mujeres. Esos alemanes, por mucho que hagan, serán siempre unos

ordinarios.

No necesitaba añadir más: todo quedaba dicho.

Los tres recordaron los meses de infierno sufridos recientemente en los

Dardanelos, en un espacio de seis kilómetros conquistado á la bayoneta.

Una lluvia de proyectiles caía incesantemente sobre ellos. Había que

vivir debajo de la tierra como topos, y aun así, les alcanzaba el

estallido de los grandes obuses.

En esta lengua de tierra frente á Troya, por la que se había deslizado

la historia remota de la humanidad, las palas, al abrir las trincheras,

tropezaban con los más raros hallazgos. Un día, Blanes y sus compañeros

habían sacado á luz jarros, estatuillas y platos que tenían treinta

siglos. Otra vez cortaron blanduras repulsivas que exhalaban un hedor

insufrible. Estaban abriendo trincheras en un pedazo de terreno que

había servido de cementerio á los turcos. Los vientres hinchados se

partían bajo las palas, derramando los zumos de su putrefacción. La

necesidad de resguardarse había obligado á los legionarios á vivir con

el rostro al nivel de los cadáveres que asomaban en el corte vertical de

la tierra removida.

--Los muertos estaban como las trufas en un pastel--dijo el

sudamericano--. Yo tuve que permanecer un día entero tocando con mi

nariz los intestinos de un turco muerto dos semanas antes... No, la

guerra no es _chic_, capitán, por más que hablen de heroísmos y cosas

sublimes en periódicos y libros.

Quiso ver Ulises otra vez á «los tres mosqueteros» antes de partir de

Salónica, pero el batallón había levantando su campo, situándose á

muchos kilómetros al interior, frente á las primeras líneas búlgaras. El

entusiasta Blanes disparaba ya su fusil contra los asesinos de Roger de

Flor.

A mediados de Noviembre llegó el _Mare nostrum_ á Marsella. Su capitán

experimentaba siempre cierta admiración al doblar el cabo Croissette,

viendo cómo se abría ante la proa una vasta curva marítima. En el centro

de ella, una colina abrupta y desnuda avanzaba hacia el mar, sosteniendo

en su cumbre la basílica y la torre cuadrada de Nuestra Señora de la

Guardia.

Marsella era la metrópoli del Mediterráneo, el puerto terminal para

todos los navegantes del _mare nostrum_. En su bahía, de cortas olas, se

alzaban varias islas amarillentas, con franjas de espuma, y sobre una de

ellas las torres robustas del novelesco castillo de If.

Todos, desde Ferragut á los últimos marineros, contemplaban como algo

propio la ciudad que iba asomando en el fondo de la bahía, sus bosques

de mástiles y su amontonamiento de edificios grises, sobre los cuales

brillaban las cúpulas bizantinas de la nueva catedral. En torno de

Marsella se abría un hemiciclo de alturas desnudas y secas, coloreadas

alegremente por el sol de Provenza. Los pueblos y caseríos moteaban de

blanco estas pendientes, así como las _bastidas_, «villas» de placer de

los mercaderes de la ciudad. Más allá de dicho semicírculo, el horizonte

estaba cerrado por un anfiteatro de ásperas y sombrías montañas.

En los viajes anteriores, la vista de la gigantesca Virgen dorada, que

brilla como una lanza de fuego en lo alto de Nuestra Señora de la

Guardia, esparcía el regocijo sobre el puente del buque.

--¡Marsella, Tòni!--decía el capitán alegremente--. Te convido á una

_bouillabaisse_ en casa de Pascal.

Y Tòni contraía el peludo rostro con sonrisa de gula viendo por

anticipado el restorán famoso del puerto, sus salones crepusculares

oliendo á marisco y á salsas picantes, y sobre la mesa el hondo plato de

pescado con un caldo suculento teñido de azafrán.

Pero ahora Ulises había perdido su vigorosa alegría de vivir.

Contemplaba la ciudad con ojos amorosos pero tristes. Se veía

desembarcando la última vez, enfermo, sin voluntad, anonadado por la

trágica desaparición de su hijo.

El _Mare nostrum_ llegó á la boca del puerto viejo, teniendo á su

derecha las baterías del Faro. Este puerto viejo era el recuerdo más

interesante de la antigua Marsella. Penetraba como un cuchillo acuático

en las entrañas del caserío; la ciudad se extendía por sus muelles. Era

una plaza enorme de agua á la que afluían todas las calles; pero su área

resultaba insignificante para el tráfico marítimo, y ocho puertos nuevos

venían á cubrir toda la ribera Norte de la bahía.

Una escollera interminable, una muralla más larga que la ciudad, se

extendía paralelamente á la costa, y en el espacio entre la orilla y

este obstáculo, que obligaba á espumear y rugir á las olas, se extendían

los ocho amplios puertos, comunicándose entre sí desde el llamado de la

Joliette, que era el de acceso, hasta el lejano de la Estaca. Todavía

este último se prolongaba tierra adentro por el gran canal subterráneo

que pone en comunicación á la ciudad con el Ródano.

Ferragut había visto ancladas en esta sucesión de abrigos las marinas

de toda la tierra y aun de todas las épocas. Junto á los trasatlánticos

enormes balanceaban sus vergas las vetustas tartanas y algunos barcos

griegos, pesados y de formas arcaicas, que hacían recordar las flotas

descritas en la _Ilíada_.

En sus muelles circulaban todos los hombres mediterráneos: helenos del

continente y de las islas; levantinos de la costa de Asia; españoles,

italianos, argelinos, marroquíes, egipcios. Muchos guardaban sus trajes

originales, y á esta variada indumentaria se unía la diversidad de

lenguas, algunas de ellas misteriosas y casi perdidas. Como atraídos por

la confusión oral, los mismos franceses olvidaban su idioma, hablando el

dialecto marsellés, que conserva rastros indelebles de su origen griego.

Atravesó _Mare nostrum_ el antepuerto, la dársena de la Joliette, la del

Lazareto, deslizándose lentamente por los pasos de comunicación, entre

grupos de transeúntes y de carros que esperaban el restablecimiento de

los puentes giratorios de acero abiertos ante su proa. Luego fué á

anclarse en la dársena de Arenc, cerca de los _docks_.

Cuando Ferragut pudo desembarcar, se dió cuenta de la gran

transformación sufrida por este puerto con motivo de la guerra.

El tráfico de los tiempos de paz no existía. Los géneros no eran de una

variedad infinita, como otras veces. En los muelles sólo se apilaban

cargamentos, monótonos y uniformes, de víveres ó de material de guerra.

Habían desaparecido también las legiones de descargadores. Todos estaban

en las trincheras. Las orillas eran barridas ahora por mujeres, y las

descargas las efectuaban destacamentos de tiradores senegaleses. Se

estremecían de frío en los días asoleados del invierno y se encorvaban

como moribundos bajo la lluvia ó el soplo del mistral. Trabajaban con el

gorro rojo calado sobre las orejas, y al menor alto en sus faenas se

apresuraban á meter las manos en los bolsillos del capote. Estos negros

formaban grupos vociferantes en torno de un fardo ó una pieza que cuatro

hombres hubiesen movido en tiempo ordinario, y el paso de una mujer ó de

un vehículo les hacía descuidar el trabajo, volviendo sus caras de

diablos con una curiosidad infantil.

La descarga amontonaba en las principales dársenas los mismos artículos:

trigo, mucho trigo, y azufre y salitre para la composición de materias

explosivas. En otros muelles se alineaban á miles los pares de ruedas

grises, sostén de cañones y furgones; las cajas enormes como viviendas

que contenían aeroplanos; las piezas de acero que sirven de andamiaje á

la artillería gruesa; cajones de fusiles y cartuchos; enormes paquetes

de conservas alimenticias y de materias sanitarias; todo el

avituallamiento del ejército que peleaba en el extremo remoto del

Mediterráneo.

Varios pelotones de hombres precedidos y seguidos de bayonetas marchaban

de un puerto á otro con rítmico paso. Eran prisioneros alemanes,

sonrosados y alegres á pesar de la cautividad, vistiendo aún sus

uniformes de color verde col, con un gorro redondo sobre la esquilada

cabeza. Iban á trabajar en el interior de los buques, cargando ó

descargando el material que debía servir para el exterminio de sus

compatriotas y sus amigos.

En las dársenas, los vapores se mostraban extraordinariamente

agrandados. A su llegada sólo alzaban sobre el muelle unos cuantos

metros de borda; pero ahora que su cargamento estaba apilado en tierra,

parecían altísimas fortalezas. Dos tercios del casco ocultos siempre en

el mar quedaban al descubierto, mostrando el vivo rojo de su panza. Sólo

su quilla se mantenía en el agua. El tercio superior, lo que quedaba

visible sobre la línea de flotación en tiempo ordinario, era ahora una

simple cornisa negra que remataba el extenso muro purpúreo. Los palos y

chimeneas, achicados por esta transformación, parecían corresponder á

otro buque más pequeño.

Todos estos vapores mercantes y pacíficos llevaban un cañón en la popa

para librarse de los corsarios submarinos. Inglaterra y Francia habían

movilizado sus _tramps_, sus barcos vagabundos, y empezaban á darles

medios de defensa. Algunos no habían podido montar el cañón sobre una

cureña fija, y llevaban una pieza de artillería terrestre, asomando su

boca entre las ruedas clavadas en la cubierta.

El capitán, en todos sus paseos, se sentía atraído por la famosa

Cannebière, vía succionante que aspira la actividad entera de Marsella.

Algunos días, un viento fresco y violento arremolinaba en ella el polvo

y los papeles. Los camareros de los cafés trincaban los grandes toldos

como si fuesen el velamen de un buque. Se aproximaba el mistral, y cada

dueño de establecimiento ordenaba la maniobra para hacer frente al

helado huracán que vuelca mesas, arrebata asientos y se lleva todo lo

que no está asegurado con marinos amarres.

Creyó ver Ferragut en la famosa avenida marsellesa una antesala de

Salónica. Los mismos tipos del ejército de Oriente circulaban por sus

aceras: ingleses vestidos de kaki, canadienses y australianos con

sombreros de ala levantada; indostánicos enormes y esbeltos, de tez

cobriza y espesa barba en forma de abanico; tiradores senegaleses, de un

negro charolado; tiradores anamitas, de cara redonda y amarillenta, con

ojos en triángulo. Pasaban incesantemente camiones obscuros guiados por

soldados, automóviles llenos de oficiales, recuas de mulas procedentes

de España que iban á ser embarcadas para Oriente, y esparcían detrás de

su vivo trote un olor punzante y bravío de cuadra.

El puerto viejo atraía á Ferragut por su antigüedad, casi tan remota

como las primeras navegaciones mediterráneas. En esta plaza de agua

metida entre casas habían anclado sus pobres naves los primeros

fenicios, viéndose sucedidos por los emigrantes de Focea en Asia Menor,

marineros griegos que huían de la invasión de los persas. Las colinas

calcáreas y desnudas inmediatas al puerto se cubrían de viviendas, y así

nació Marsalia, que había de ser siglos adelante la señora del

Mediterráneo.

Sus navegantes atrevidos bajaban á lo largo de la costa española,

fundando ciudades que eran focos de civilización para los rudos íberos,

así como Marsalia lo fué para los belicosos galos.

Ferragut, al pasar ante el palacio de la Bolsa, lanzaba una mirada á

las estatuas de los dos grandes navegantes marselleses Eutymenes y

Pyteas. Eran los abuelos más remotos de la navegación mediterránea, los

primeros capitanes conocidos por la Historia que habían transpuesto las

columnas de Hércules, lanzándose á través del Atlántico misterioso. Uno

había explorado las costas del Senegal; el otro subía más allá de

Irlanda y las Orcadas.

La antigua ciudad griega se había visto suplantada por otras durante

largos siglos. Venecia, Génova y Barcelona la tenían en humilde

dependencia. Pero cuando caían éstas y le llegaba á ella su hora de

prosperidad, esta prosperidad iba acompañada de todas las ventajas de la

época presente. Se había inventado la máquina de vapor, y los buques

podían salvar fácilmente el obstáculo del estrecho de Gades, sin tener

que aguardar semanas á que amainase la violencia de la corriente enviada

por el Atlántico. Había nacido el industrialismo, y las fábricas del

interior lanzaban por el ferrocarril, recientemente instalado, un oleaje

de productos que las flotas iban transportando á todos los puebles del

Mediterráneo. Finalmente, al ser abierto el istmo de Suez, se desdoblaba

la ciudad de un modo prodigioso, pasando á ser un puerto mundial,

poniéndose en contacto con la tierra entera, multiplicando sus dársenas,

gigantescos apriscos adonde venían á aglomerarse como rebaños los buques

de todos los pabellones.

El puerto viejo, encajonado en plena ciudad, cambiaba de aspecto según

las horas y el estado de la atmósfera. En las mañanas serenas era de un

verde amarillento y olía ligeramente á agua descompuesta: agua orgánica,

agua animal. Los puestos de ostras y erizos establecidos en sus muelles

parecían rociados con esta agua impregnada de mariscos.

Los días de fuerte viento todo él se tornaba de un verde terroso y

opaco, formando olas cortas y continuas, con una leve espuma

amarillenta. Los buques empezaban á bailar, chirriando bajo el tirón de

bus amarras. Entre sus cascos y la superficie vertical de los muelles se

formaban montones de basura inquieta, mordida abajo por los peces y

picoteada arriba por las gaviotas.

En la boca, cerca de los fuertes venerables de San Juan y San Nicolás,

el transbordador levantaba sus dos pilastras de celosía de acero y el

puente recto que las une, formando una portada triunfal.

Los barcos armados que vigilaban las aguas limítrofes venían á descansar

en esta dársena histórica rodeada de cafés, tiendas, almacenes, cúpulas

y campanarios.

Ferragut veía los rápidos torpederos, de paredes delgadísimas, danzando

á la más leve ondulación sobre sus amarras de acero retorcido. Examinaba

los «chaluteros», embarcaciones militares improvisadas, vaporcitos

robustos y cortos, construídos para la pesca, que llevaban en la proa un

cañón de tiro rápido. Todos estos buques menores, pintados de un gris

metálico para confundirse con el color del agua, entraban en el puerto y

salían como centinelas que se reemplazan.

Mare nostrum · 第 25 / 36 段