española de los tercios, estos almogávares eran incansables andarines,
vestidos y armados á la ligera. Usaban simples petos de lana cuando
todos los guerreros se cubrían de hierro; oponían la jabalina arrojadiza
á la pesada lanza; saltaban como felinos sobre el caballero acorazado
para clavarle su ancha espada por los intersticios de la armadura.
Habían afirmado en Sicilia la dinastía de Aragón, expulsando
definitivamente á la dinastía francesa á fines del siglo XIII; pero los
nuevos reyes ignoraban cómo mantener á esta milicia inocupada y temible,
hasta que del seno de ella surgía un aventurero de genio, Roger de Flor,
que la llevaba á Oriente al servicio de los emperadores de Bizancio,
amenazados por las primeras agresiones de los turcos.
Estos soberanos, muelles, lujosos, refinados, comenzaron á temblar ante
los hombres cuyo auxilio habían solicitado imprudentemente. Eran
verdaderos salvajes para los patricios de Constantinopla. El mismo día
de su llegada entablaron un combate sangriento en las calles de Pera y
de Gálata con los genoveses que explotaban la ciudad.
El viejo basileo Andrónico Paleólogo se dió prisa en alejar á los
temibles huéspedes. Cumpliendo sus promesas, confería al obscuro Roger
de Flor el título de megaduque ó almirante, casándolo luego con una
princesa de la familia imperial. A su vez, los almogávares debían dar
principio inmediatamente á su colaboración militar.
Los afeminados burgueses de Bizancio y su populacho cosmopolita,
aficionados á las fiestas de Circo y las querellas teológicas, vieron
partir con satisfacción á estos hombres medio bandidos y medio soldados,
que llevaban á la zaga, por una costumbre secular, sus hijos y sus
barraganas, duras hembras de Aragón y de Sicilia seguidas de enjambres
de chicuelos semidesnudos y acostumbradas á manejar la espada cuando
caía herido su rudo compañero.
Retrocedían los turcos en el Asia Menor ante los nuevos auxiliares de
Bizancio, más duros y belicosos que ellos. Reconquistaban los
almogávares Filadelfia, Magnesia, Efeso, y llegaban hasta las llamadas
«Puertas de Hierro», al pie del lejano Taurus. De seguir su marcha, sin
temor á intrigas de la corte bizantina que dejaban á sus espaldas, tal
vez hubiesen repetido la hazaña de los cruzados, entrando en Palestina
por el Norte.
Pero el Imperio temía á los almogávares, y cuanto mayores eran sus
victorias, más grande resultaba su miedo. Ascendía á Roger de Flor á la
dignidad de César, pero lo obligaba á volver atrás, intentando al mismo
tiempo introducir la discordia entre los jefes de la expedición. Al más
noble de los capitanes almogávares, Berenguer de Enteaza, pariente de
los reyes de Aragón, que estaba con sus galeras en el Cuerno de Oro, lo
nombraba megaduque, enviándole con gran pompa el lujoso sombrero símbolo
de tal dignidad. Pero el marino aragonés, que conocía la perfidia de los
bizantinos, ataba el honorífico sombrero á una cuerda como si fuese un
cubo, sacando agua con él ante los escandalizados embajadores.
Un hijo del viejo basileo, llamado Miguel IX, príncipe sombrío y
receloso, que gobernaba unido á su padre, preparó el exterminio de estos
intrusos, cada vez más insolentes por sus victorias. Temía que
destronasen á los Paleólogos, estableciendo una dinastía española, como
habían hecho los cruzados un siglo antes, instaurando una dinastía
franca.
Roger de Flor dejó sus tropas establecidas en Gallípoli y fué á
Constantinopla antes de emprender la segunda campaña contra los turcos.
Creía posible un acomodamiento con la familia imperial, que era la suya.
El viejo Andrónico le halagó con nuevos honores, pero antes de volver á
los Dardanelos quiso despedirse de su cuñado, el sombrío Miguel, que
estaba en Adrianópolis con muchos guerreros búlgaros, futuros aliados.
El heroico aventurero, contra la opinión de los suyos, que temían una
asechanza, fué á Adrianópolis escoltado solamente por unos cientos de
catalanes, y le recibieron con grandes fiestas. Luego, á los postres de
un banquete, Miguel y sus búlgaros lo asesinaron. Los almogávares de la
escolta se defendieron en grupos aislados contra toda una ciudad, y fué
tan inaudita su desesperada resistencia, que á muchos les concedieron la
vida por admiración.
Los bizantinos se vengaron del miedo sufrido matando en todo el Imperio
á los españoles sueltos. Hasta los capitanes principales, casados con
princesas del país, fueron asesinados en sus casas. Los almogávares
fortificados en Gallípoli, por un escrúpulo caballeresco propio de la
época, se creyeron en la imposibilidad de defenderse si no declaraban
antes la guerra al basileo solemnemente. Veintiséis de ellos fueron á
Constantinopla para hacer esta declaración, pero á pesar de su carácter
sagrado de embajadores, la misma escolta bizantina que les había
facilitado Andrónico los asesinó en Rodosto, despedazando los cadáveres
en el matadero público y exhibiendo sus cuartos en las mesas del
mercado.
«Que vuestro corazón se reconforte--decía sombríamente Muntaner en su
crónica al dar fin á este relato de horrores--. Da aquí en adelante,
veréis cómo nuestra Compañía obtuvo, con la ayuda de Dios, una venganza
tan ruidosa como jamás se ha visto venganza alguna.»
No llegaban á cuatro mil los almogávares y marineros refugiados en
Gallípoli. Todos los demás, esparcidos por el Imperio, habían sido
degollados con sus mujeres y sus hijos. Y esta pequeña tropa, sin otro
refuerzo que el de algunos grupos que de tarde en tarde llegaban de
Sicilia y Aragón, se mantuvo en los Dardanelos durante dos años.
Primeramente se defendieron de todo el ejército bizantino, con sus
auxiliares alanos y búlgaros.
Muntaner, ciudadano de Valencia, fué el encargado de la defensa de
Gallípoli. Luego, derrotando á sus enemigos con una buena suerte casi
milagrosa, tomaron la ofensiva, haciéndose dueños de Tracia y llegando
en sus audaces correrías hasta la misma Constantinopla. Eran pocos para
apoderarse de la enorme ciudad, pero secuestraron á sus habitantes
ricos, quemaron sus arsenales, pasaron á cuchillo guarniciones enteras,
vengándose ferozmente de la crueldad de sus enemigos.
Al fin, el hambre les obligaba á alejarse. En dos años habían devorado
todos los recursos del país. Los griegos huían de ellos, incapaces de
resistirles, y en este vacío no disponían de otros medios de
subsistencia que los que traían las naves de la lejana patria.
Esta república militar, que se daba el título de «Compañía», emprendió
la retirada hacia el Oeste, marcando su camino con los saqueos y
violencias que acompañan en toda época la retirada de una horda
guerrera. Además, sus jefes estaban enemistados. El sombrío y ambicioso
Rocafort hacía matar á Berenguer de Entenza y acababa su vida en una
prisión. El prudente Muntaner era el consejero de paz, ahogando las
disidencias, buscando nuevos amigos entre los señores feudales que
gobernaban la Macedonia y la Tesalia con títulos de _Sebastocrator_ y de
_Megaskir_.
La Compañía hacia grandes daños á su paso por Salónica y los conventos
del monte Athos. Una vez en la verdadera Grecia, el duque de Atenas,
Gautier de Brienne, descendiente de los cruzados franceses, la tomaba á
sueldo.
Trataron con desprecio los caballeros francos á estos guerreros medio
salvajes, y los almogávares, poco sufridos de carácter, se enemistaban
con ellos. Una batalla decisiva se desarrolló en las márgenes del lago
Copais, famoso por sus anguilas, de las que hablan Aristófanes y casi
todos los poetas de la antigua Atenas. Los paladines vestidos de hierro
sobre corceles acorazados atacaron riendo de lástima á estos infantes
andrajosos. Pero la Compañía abundaba en hábiles flecheros, y además,
rompiendo los canales, convirtió el terreno en un pantano. Se hundían en
él los jinetes, asaetados por todas partes, y los almogávares degollaron
á la flor de la caballería franca, condes, marqueses y barones, siendo
de los primeros en caer Gautier de Brienne.
Luego de saquear el país, los vencedores se establecían en Atenas. Diez
años habían durado sus aventuras en Oriente, sus marchas de
Constantinopla á las faldas del Taurus, de la península de Gallípoli á
la cumbre de la Acrópolis.
--Ochenta años--decía Ferragut al terminar su relato--vivió el ducado
español de Atenas y Neopatras ochenta años gobernaron los catalanes esas
tierras.
Y señalaba al horizonte, en el que se marcaban como rojas neblinas los
lejanos promontorios y montañas de la tierra griega.
El tal ducado fué, en realidad, una República. La Compañía había
conferido su corona á los reyes aragoneses de Sicilia, pero éstos no
visitaron nunca sus nuevos dominios, delegando el gobierno en mercaderes
y hombres de mar.
Atenas y Tebas fueron administradas con arreglo á las leyes de Aragón.
Su código fué el «Libro de usos y costumbres de la ciudad de Barcelona».
La lengua catalana reinó como idioma oficial en el país de Demóstenes.
Los rudos almogávares se casaron con las más altas damas del país, «tan
nobles--decía Muntaner--, que años antes no hubiesen desdeñado el
presentarles el agua para que lavasen sus manos».
EL Partenón estaba todavía intacto, como en los tiempos gloriosos de la
antigua Atenas. El monumento augusto de Minerva, convertido en iglesia
cristiana, no había sufrido otra modificación que la de ver una nueva
diosa en sus altares, la Virgen Santísima, la _Panagia Ateneiotissa_. Y
en este templo milenario, de soberana belleza, se cantó durante ochenta
años el _Te Deum_ en honor de los duques aragoneses y predicaron los
sacerdotes en catalán.
La república de aventureros no se ocupó en construir ni en crear. Nada
quedó sobre la tierra griega como rastro de su dominación: edificios,
sellos ó monedas. Sólo algunas familias nobles, especialmente en las
islas, tomaron el nombre patronímico de Catalán.
--Aún se acuerdan de nosotros confusamente, pero se acuerdan--decía
Ferragut.
Los campesinos del lago Copais guardaban un recuerdo vago de la batalla
de Cefiso, que dió fin al ducado franco de Atenas. «Que la venganza de
los catalanes te alcance», fué durante varios siglos en Grecia y en
Rumelia la peor de las maldiciones. Para designar á un ser bárbaro y
sanguinario, todavía los griegos modernos le apodan «Catalán», y en
Morea toda comadre violenta y reñidora se ve insultada por sus vecinas
con el nombre de «Catalana».
Así terminó la más gloriosa y sangrienta de las aventuras mediterráneas
en la Edad Media; el choque de la rudeza occidental, casi salvaje pero
franca y noble, con la malicia refinada y la civilización decadente de
los griegos, pueriles y viejos á la vez, que se sobrevivían en Bizancio.
Ferragut sentía placer con estos relatos de esplendores imperiales,
palacios de oro, épicos encuentros y furiosos saqueos, mientras su buque
navegaba cortando la noche y saltando sobre el mar obscuro, acompañado
por el pistoneo de las máquinas y el batir ruidoso de la hélice, que á
veces permanecía fuera del agua durante los furiosos balanceos de proa á
popa.
Estaban en el peor sitio del Mediterráneo, donde se encuentran los
vientos procedentes del callejón del Adriático, de las estepas del Asia
Menor, de los desiertos africanos y del portillo de Gibraltar, mezclando
tempestuosamente sus corrientes atmosféricas. Las aguas, encajonadas
entre las numerosas islas del archipiélago griego, se retorcían en
opuestas direcciones, exasperándose al chocar contra los acantilados de
las costas, con una violencia de retroceso que se convertía en furioso
oleaje.
El capitán, encapuchado como un fraile, encorvándose bajo el viento, que
parecía querer arrancar del puente sus gruesas botas, altas hasta la
rodilla, hablaba y hablaba á su segundo, inmóvil junto á él, cubierto
igualmente con un impermeable que chorreaba humedad por todos sus
pliegues. La lluvia iba rayando con leves arañazos de luz la lóbrega
pizarra de la noche. Los dos marinos sentían en la cara y en las manos
la misma sensación que si cayesen á través de la obscuridad ortigas
heladas.
Por dos veces anclaron cerca de la isla de Tenedos, viendo los movibles
archipiélagos de los acorazados con velos flotantes de humo. Llegaba á
sus oídos, como un trueno incesante, el eco de los cañones que rugían á
la entrada de los Dardanelos.
Asistieron de lejos á la emoción causada por la pérdida de algunos
navíos ingleses y franceses. La corriente del mar Negro era la mejor
arma para los defensores de este desfiladero acuático contra el ataque
de las flotas. No tenían mas que arrojar en el estrecho una cantidad de
minas flotantes, y el río azul que se desliza por los Dardanelos las
arrastraba hacia los buques sitiadores, destruyéndolos con infernal
estallido. En las costas de Tenedos, las mujeres helénicas, con las
cabelleras sueltas, arrojaban flores al mar en memoria de las víctimas,
con un dolor teatral semejante al de las heroínas de la antigua Troya,
cuyas murallas estaban enterradas en las colmas de enfrente.
El tercer viaje, en pleno invierno, fué muy duro, y al final de una
noche lluviosa, cuando las sutiles palideces del alba empezaban á sacar
de la sombra los contornos todavía esfumados de la realidad, el _Mare
nostrum_ llegó á la rada de Salónica.
Sólo una vez había estado Ferragut en este puerto, muchos años antes,
cuando todavía era de los turcos. Primeramente vió unas tierras bajas en
las que parpadeaban los últimos fuegos de los faros. Luego fué
reconociendo la rada, vasta extensión acuática con un marco de arenales
y lagunas que reflejaban la luz indecisa del amanecer. Las gaviotas,
recién despiertas, volaban en grupos sobre la inmensa copa marina. En la
desembocadura del Vardar se levantaban los volátiles de agua dulce con
ruidosos gritos, ó permanecían orlando las orillas, inmóviles sobre sus
largas patas.
Frente á la proa fué surgiendo una ciudad entre las ondas albuminosas
de la bruma. En un pedazo de cielo limpio y azul se destacaron varios
minaretes, brillando sus remates con los fuegos de la aurora. Así como
avanzaba el buque iban desvaneciéndose las nubes matinales, y Salónica
se mostró completa, desde el caserío de sus muelles hasta el antiguo
castillo que ocupa la cumbre de una colina, fortaleza de torreones
rojizos, chatos y robustos.
Junto al agua, á lo largo del puerto, estaban las construcciones
europeas, las casas de comercio con sus rótulos dorados, los hoteles,
los Bancos, los cinematógrafos y cafés-concíertos, y una torre macíza
con otra más pequeña superpuesta: la llamada Torre Blanca, resto de las
fortificaciones bizantinas.
En este caserío europeo se abrían portillos obscuros. Eran las bocas de
las calles en pendiente, que se remontaban colina arriba, á través de
los barrios griegos, mahometanos é israelitas, basta llegar á una meseta
cubierta de altos edificios entre las agujas obscuras de los cipreses.
La diversidad religiosa del Mediterráneo oriental erizaba á Salónica de
cúpulas y torres. El templo griego henchía en el espacio los bultos
dorados de su techumbre; la iglesia católica hacía brillar la cruz en lo
más alto de su campanario; la sinagoga, de formas geométricas, se
desbordaba en una sucesión de terrazas; los minaretes islámicos formaban
una columnata blanca, afilada, esbelta. La vida moderna había añadido
varias chimeneas de fábrica y brazos de grúas de vapor, que producían el
efecto de anacronismos en esta decoración de puerto oriental.
En torno de la ciudad y su acrópolis huía la llanura hasta perderse en
el horizonte; una llanura que Ferragut había visto en el viaje anterior
desolada, monótona, con pocas casas y escasos cultivos, sin otra
vegetación importante que los pequeños oasis de los cementerios
musulmanes. Este desierto iba hacia Grecia y Servia, ó al encuentro de
Bulgaria y Turquía.
Ahora, la parda estepa, al salir de las brumas algodonosas del amanecer,
palpitaba con nueva vida. Miles y miles de hombres estaban acampados en
torno de la ciudad. Había nuevas poblaciones hechas de lona, calles
rectangulares de tiendas, ciudades de barracas de madera, construcciones
enormes como iglesias, cuyas paredes de lienzo temblaban bajo las
ráfagas.
El capitán vió á través de sus gemelos muchedumbres guerreras ocupadas
en los quehaceres del despertar, filas de caballos sin jinete que iban
al abrevadero, parques de artillería con sus cañones en alto iguales á
tubos de telescopio, pájaros enormes de alas amarillas que emprendían su
deslizamiento á ras de tierra con rudo traqueteo y poco á poco se
remontaban en el espacio, brillando sus alas enceradas con los primeros
fulgores del sol.
Todo el ejército aliado de Oriente, volviendo de la sangrienta y errónea
aventura de los Dardanelos ó procedente de Marsella y Gibraltar, se iba
amasando en torno de Salónica.
El _Mare nostrum_ fondeó ante los muelles, repletos de cajas y fardos.
La guerra daba á este puerto una actividad mucho más grande que la de
los tiempos tranquilos. Vapores de todas las banderas aliadas y
neutrales descargaban víveres y material militar.
Venían de todos los continentes, de todos los océanos, atraídos por las
necesidades enormes de un ejército moderno. Descargaban cosechas de
provincias enteras, rebaños interminables de bueyes y caballos,
toneladas y toneladas de acero preparado para esparcir la muerte,
muchedumbres humanas á las que sólo faltaba una cola de mujeres y de
niños para ser iguales á los grandes éxodos belicosos de la Historia.
Luego llenaban sus vientres otra vez con los residuos de la guerra,
armas necesitadas de reparación, hombres destrozados, y emprendían su
viaje de vuelta.
Estos cargamentos, traídos obscura y modestamente á través del mal
tiempo y la amenaza submarina, preparaban la victoria. Muchos de estos
vapores eran antiguos buques de lujo, exonerados por la necesidad
militar, sucios y grasosos, que servían ahora de barcos de carga.
Alineados junto á los muelles, dormitaban, esperando entrar en
funciones, los navíos-hospitales, trasatlánticos más dichosos, que
retenían aún cierta parte de su antiguo bienestar, blancos, limpios,
con una cruz roja pintada en los flancos y otra en las chimeneas.
Algunos de los transportes habían llegado á Salónica milagrosamente. Sus
tripulantes relataban, con la serenidad fatalista de los hombres de mar,
cómo el torpedo había pasado á corta distancia del casco. Un vapor
herido permanecía aparte, con sólo la quilla sumergida, mostrando al
aire todo su vientre rojo. Más abajo de la línea de flotación tenía
abierta una brecha de anguloso contorno. Al mirar desde la cubierta la
profundidad de sus bodegas, invadidas por el agua, se veía el portalón
abierto en su flanco como la entrada de una caverna luminosa.
Ferragut, mientras descargaban su buque bajo la vigilancia de Tòni, pasó
los días en tierra, visitando la ciudad.
Le atrajeron desde el primer momento los callejones de los barrios
turcos; sus casas blancas; sus balcones salientes cubiertos de celosías,
que son como jaulas pintadas de rojo; las mezquitas, con patios de
cipreses y fontanas de melancólico chorreo; las tumbas de los santones
en kioscos que cortan las calles bajo el reflejo mortecino de una
lámpara; las mujeres veladas por sus negros _firadjes_; los viejos que
transcurren silenciosos y pensativos bajo su gorro de escarlata,
siguiendo los bamboleos del asno en que van montados.
La gran vía romana entre Roma y Bizancio, antiguo camino de losas
azules, pasaba por una calle de la moderna Salónica. Aún guardaba una
parte de su pavimento y aparecía obstruída gloriosamente por un arco de
triunfo, junto á cuya base de piedra carcomida trabajaban los
limpiabotas, descalzos y con un fez en la cabeza.
Una interminable variedad de uniformes desfilaba por sus calles, y á
esta diversidad de trajes venía á añadirse la diferencia étnica de los
hombres que los vestían. Los soldados de Francia y de las Islas
Británicas se codeaban con las tropas exóticas. Los gobiernos aliados
habían hecho un llamamiento á los combatientes profesionales y los
voluntarios de sus colonias. Los tiradores negros del centro de África
enseñaban sus dientes de marfileña sonrisa á los gigantes bronceados,
con grueso turbante blanco, procedentes de la India. El cazador de las
llanuras glaciales del Canadá fraternizaba con los voluntarios de
Australia y Nueva Zelandia.
El cataclismo de la guerra mundial había arrastrado los hombres de los
antípodas hasta este rincón dormido de la Grecia. Volvían á repetirse
las invasiones de los siglos remotos que habían hecho encorvarse á la
antigua Tesalónica bajo la conquista de bárbaros, bizantinos, sarracenos
y turcos.
Las tripulaciones de los buques de guerra surtos en la rada venían á
fundir en esta variedad de uniformes la nota monótona de su azul
negruzco, casi igual en todas las marinas del mundo... Y á la amalgama
militar se agregaba la pintoresca variedad de la vestimenta civil, el
carácter híbrido del vecindario de Salónica, compuesto de varias razas y
religiones que se entremezclan sin confundirse. Los popes de negras
túnicas y sombreros de copa sin alas transcurrían por las calles junto á
los sacerdotes católicos ó al rabino de luenga hopalanda. En las afueras
se veían hombres casi desnudos, sin otro traje que una zamarra de
pieles, guiando rebaños de cerdos, lo mismo que los pastores de la
_Odisea_. Los derviches, con aspecto de demencia, canturreaban inmóviles
en una encrucijada, envueltos en nubes de moscas, esperando el auxilio
de los buenos creyentes.
Gran parte de la población estaba compuesta de israelitas descendientes
de los judíos expulsados de España y Portugal. Los más viejos y
tradicionalistas se vestían lo mismo que sus remotos abuelos, con largos
caftanes de colores fuertes y rayados. Las mujeres, cuando no imitaban
las modas europeas, lucían un traje pintoresco que hacía recordar la
indumentaria española de la Edad Media. No eran únicamente cambistas ó
comerciantes, como en el resto de la tierra. Las necesidades de una
ciudad dominada por ellos les habían hecho abrazar todas las
profesiones, siendo artesanos, pescadores, barqueros, mozos de cordel,
cargadores del puerto. Guardaban la lengua castellana como idioma del
hogar, como bandera original, cuyo aleteo reunía sus almas dispersas,
un castellano en formación, blando y sin consistencia, semejante á una
criatura recién nacida.
--¿Tú hispañol?--decían al capitán Ferragut--. Mis antiguos nascieron
allá. ¡Terra fermosa!...
Pero no querían volver á ella. Les inspiraba miedo la patria de sus
abuelos. Temían que, al verles de regreso, los españoles actuales
suprimiesen las corridas de toros y restablecieran la Inquisición,
organizando una quema todos los domingos.
Oyendo su lenguaje, el capitán recordaba una fecha: 1492. En el mismo
año, Colón había hecho su primer viaje, descubriendo las Indias; los
judíos eran expulsados de la Península, y Nebrija daba á luz la primera
gramática castellana. Estos españoles habían salido de la tierra natal
meses antes de que su idioma fuese codificado por primera vez.
Un marino de Génova, antiguo amigo de Ulises, le llevó á un café del
puerto donde se reunían los capitanes mercantes. Eran los únicos que
vestían traje civil entre la concurrencia de oficiales de mar y tierra
que se apretaba en los divanes, obstruía las mesas y se aglomeraba ante
la puerta.