sentadas á sus pies, proseguir las eternas labores de encaje. Sólo las
olvidaba para atender al cuidado del marido, preocupándose de los más
pequeños detalles de su bienestar. Era su deber. Conocía desde niña
cuáles son las obligaciones de la esposa de un capitán de buque cuando
se detiene en su casa por unos días, como un pájaro de paso.
Pero á través de tales atenciones, Ulises adivinó la presencia de un
obstáculo inconmovible. Era algo enorme y transparente que se había
interpuesto entre los dos. Se veían, pero sin poder tocarse: estaban
separados por una distancia dura y luminosa lo mismo que el diamante,
que hacía inútil todo intento de aproximación.
Cinta no sonreía nunca. Sus ojos estaban secos, esforzándose por no
llorar mientras el marido permaneciese cerca de ella. Ya se entregaría
al dolor con toda libertad cuando quedase sola. Su deber era hacerle
tolerable la existencia, reteniendo sus palabras, ocultando sus
pensamientos.
Pero esta cordura de buena dueña de casa, esta supeditación de cónyuge á
uso antiguo, ganosa de evitar toda molestia á su señor, no pudieron
mantenerse mucho tiempo.
Un día, Ferragut, por un retorno del antiguo cariño, por un deseo de
iluminar con un pálido rayo de sol la vida crepuscular de Cinta, osó
acariciarla como en la primera época de su matrimonio. Ella se irguió
ofendida y pudorosa, lo mismo que si acabase de recibir un insulto. Se
escapó de sus brazos con igual energía que si repeliese una violación.
Contempló Ulises una mujer nueva, intensamente pálida, con el rostro
casi verde, la nariz encorvada por la cólera y un fulgor de locura en
los ojos. Todo lo que guardaba en el fondo de su pensamiento emergió á
borbotones, expelido por una voz ronca cargada de lágrimas.
--No, ¡no!... viviremos juntos porque eres mi marido y Dios manda que
sea así, pero ya no te quiero: no puedo quererte... ¡El mal que me has
hecho!... ¡Tanto que te amaba yo!... Por más que busques en tus viajes y
tus malas aventuras, no encontrarás una mujer que te quiera como te ha
querido la tuya.
Su pasado de cariño modesto y sumiso, de fidelidad discreta y tolerante,
salía por su boca como una queja interminable.
--Te he seguido desde aquí en tus viajes. A la vuelta conocía tus
olvidos, tus infidelidades. Me lo contaban todos los papeles encontrados
en tus bolsillos, las fotografías perdidas entre tus libros, las
alusiones de tus camaradas, tus sonrisas de orgullo, el aire satisfecho
con que volvías muchas veces, una serie de costumbres y cuidados de tu
persona que no tenías al salir de aquí... Adivinaba también en tus
caricias atrevidas la presencia oculta de otras mujeres que viven lejos,
al otro lado del mundo.
Detuvo su alborotado lenguaje unos instantes, dejando que se extinguiese
la llamarada del recuerdo impúdico que había enrojecido su palidez.
--Todo lo despreciaba--continuó--. Yo conozco á los hombres de mar: soy
hija de marino. Muchas veces vi á mi madre llorando, y su simplicidad me
dió lástima. No hay que llorar por lo que hacen los hombres en lejanas
tierras. Es siempre amargo para una mujer que ama á su marido, pero no
trae consecuencias, y debe perdonarse... Pero ahora... ¡ahora!...
La esposa se irritó al evocar las infidelidades recientes... Ya no eran
sus rivales las mercenarias de los grandes puertos, ni las viajeras que
sólo pueden dar unos días de amor, como una limosna que se arroja sin
detener el paso. Ahora se había enamorado con entusiasmos de jovenzuelo
de una dama elegante y hermosa, de una extranjera que le hacía olvidar
sus negocios, abandonar su barco y permanecer lejos, como si renunciase
á su familia para siempre... Y el pobre Esteban, huérfano por el olvido
de su padre, iba en busca de él con la impetuosidad aventurera heredada
de sus ascendientes, y la muerte, una muerte horrible, le salía al
encuentro en su camino.
Algo más que el dolor de la esposa ultrajada vibró en los lamentos de
Cinta. Era la rivalidad con aquella mujer de Nápoles que ella creía una
gran señora con todos los atractivos de la riqueza y de un alto
nacimiento; la envidia por sus armas superiores de seducción; la rabia
por su propia modestia y su humildad de mujer casera.
--Yo estaba resuelta á ignorarlo todo--siguió diciendo--. Tenía un
consuelo: mi hijo. ¿Qué me importaba lo que tú hicieses?... Estabas
lejos y mi hijo vivía á mi lado... ¡Y ya no lo veré más!... ¡Mi destino
es vivir eternamente sola! Tú sabes que no puedo ser madre otra vez; que
estoy enferma y no puedes darme otro hijo... Y eres tú, ¡tú! quien me ha
quitado el único que tenía...
Su imaginación fabricó las más inverosímiles deducciones para explicarse
á sí misma esta pérdida injusta.
--Dios quiere castigarte por tu mala vida, y ha matado por eso á Esteban
y me matará lentamente á mí... Cuando supe su muerte quise arrojarme
por el balcón. Vivo aún porque soy cristiana; pero ¡qué existencia me
espera! ¡Qué vida para ti, si eres verdaderamente un padre!... Piensa
que tu hijo existiría si no te hubieses quedado en Nápoles.
Ferragut era digno de lástima. Bajaba la cabeza, sin fuerzas para
repetir las desordenadas y mentirosas protestas con que había acogido
las primeras palabras de su esposa.
«¡Si ella supiese toda la verdad!», repitió en su cerebro la voz del
remordimiento.
Pensaba con horror en lo que podría decir Cinta de conocer la extensión
de su pecado. Afortunadamente, ignoraba que era él quien había
favorecido con su ayuda á los asesinos de su hijo... Y la convicción de
que nunca llegaría á saberlo le hacía admitir sus palabras con una
humildad silenciosa: la humildad del criminal que se oye acusar de un
delito por un juez que ignora otros atentados todavía mayores.
Cinta terminó de hablar con un tono desalentado y sombrío. No podía más:
se apagaba su cólera, consumida por su propia vehemencia. Los sollozos
cortaron sus palabras. Ya no vería en su marido al mismo hombre de
antes: el cadáver del hijo se interponía entre los dos.
--Nunca podré quererte... ¿Qué has hecho, Ulises? ¿qué has hecho para
que te tenga horror?... Cuando estoy sola, lloro; mi tristeza es
inmensa, pero admito mi desgracia con resignación, como una cosa lejana
que fué inevitable... Así que oigo tus pasos y te veo entrar, resucita
la verdad. Pienso que mi hijo ha muerto por ti, que aún viviría si no
hubiese ido en busca tuya para recordarte que eras su padre y que te
debías á nosotros... Y cuando pienso eso, te odio, ¡te odio!... ¡Has
matado á mi hijo! Mi único consuelo es creer que, si tienes conciencia,
sufrirás más aún que yo.
Salió Ferragut de esta escena horrible con la convicción de que debía
huir. Aquella casa ya no era suya. Tampoco era suya su mujer. El
recuerdo del muerto lo llenaba todo, se interponía entre él y Cinta, le
empujaba, lanzándolo de nuevo al mar. Su buque era el único refugio para
el resto de su existencia, y debía acogerse á él como los grandes
criminales de otros siglos se refugiaban en el asilo de los monasterios.
Tuvo necesidad de descargar en alguien su cólera, de encontrar un
responsable á quien atribuir sus desgracias. Cinta se le había revelado
como un ser completamente nuevo. Nunca había podido sospechar tanta
energía de carácter, tanta vehemencia pasional en esta mujercita
obediente y dulce. Debía tener un consejero que aprovechaba sus quejas
para hablarle mal del marido.
Y se fijó en don Pedro el catedrático, porque guardaba dormida cierta
prevención contra él desde les tiempos de su noviazgo. Además, le
ofendía verlo en su domicilio con cierto aire de personaje noble, cuyas
virtudes servían de contraste á los pecados y olvidos del dueño de la
casa.
Tenía Ferragut el mismo carácter de todos los grandes corredores de
aventuras amorosas: liberales y despreocupados en la vivienda ajena;
pundonorosos y suspicaces en la propia.
--Ese viejo carcamal--se dijo--está enamorado de Cinta. Es una pasión
platónica; con él no hay que temer otra cosa; pero me hace todo el daño
que puede... Voy á decirle dos palabras.
Don Pedro, que continuaba sus diarias visitas para consolar á la madre,
hablando del pobre Esteban como si hubiese sido hijo suyo y dedicando
serviles sonrisas al capitán, se vió atajado por éste una tarde en el
rellano de la escalera.
El marino envejeció de pronto al hablar, acentuándose sus rasgos
fisonómicos con una vigorosa fealdad. Se parecía en aquel momento á su
tío el _Tritón_.
Con voz amenazadora hizo memoria de un pasaje clásico bien conocido del
profesor. Su homónimo el viejo Ulises, al volver á su palacio, había
encontrado á Penélope rodeada de pretendientes, y acababa con ellos
colgándoles de una escarpia por la parte más viril y dolorosa.
--¿No fué así, catedrático?... Aquí no veo mas que un pretendiente, pero
este Ulises le jura que lo colgará de la misma parte si vuelve á
encontrarlo en su casa.
Huyó don Pedro. Juzgaba muy interesantes á los rudos héroes de la
_Odisea_, pero en verso y sobre el papel. En la realidad le parecían
unos brutos peligrosos. Y escribió una carta á Cinta para avisarle que
suspendía sus visitas hasta que su marido volviese al mar.
Este atropello aumentó el alejamiento de la esposa. Representaba una
ofensa para ella. Después de hacerle perder su hijo, Ulises espantaba á
su único amigo.
Sintió el capitán la necesidad de marcharse. De seguir en aquel ambiente
hostil que exacerbaba sus remordimientos, amontonaría error sobre error.
Solamente la acción le podía hacer olvidar.
Un día anunció á Tòni que dentro de unas horas iban á partir. Había
ofrecido sus servicios á las marinas aliadas para avituallar la flota
sitiadora de los Dardanelos. El _Mare nostrum_ transportaría víveres,
armas, municiones, aeroplanos.
Tòni intentó una objeción. Les era fácil encontrar viajes más seguros é
igualmente fructuosos; podían ir á América...
--¿Y mi venganza?--interrumpió Ferragut--. El resto de mi vida quiero
dedicarlo á hacer todo el mal que pueda á los asesinos de mi hijo. Los
aliados necesitan barcos: yo les doy el mío y mi persona.
Conociendo las preocupaciones de su segundo, añadió:
--Además, pagan bien. Estos viajes son muy remuneradores... Me darán lo
que yo pida.
Por primera vez en su existencia á bordo del _Mare nostrum_ tuvo el
piloto un gesto de desprecio para el valor del flete.
--Me olvidaba--continuó Ulises, sonriendo á pesar de su tristeza--. Este
viaje halaga tus ideales... Vamos á trabajar por la República.
Fueron á Inglaterra, y tomando su cargamento emprendieron el viaje á los
Dardanelos. Ferragut quiso navegar solo, sin la protección de los
destroyers que escoltaban á los buques reunidos en convoy.
Conocía bien el Mediterráneo. Además, él era de un país neutral y la
bandera española ondeaba en la popa de su buque. Este abuso no le
produjo remordimiento alguno, ni le pareció una deslealtad. Los
corsarios alemanes se aproximaban á sus presas ostentando banderas
neutras para engañarlas y que no huyesen. Los submarinos permanecían
ocultos detrás de pacíficos veleros, para surgir de pronto junto á los
vapores sin defensa. Los procedimientos más felones de los antiguos
piratas habían sido resucitados por la flota germánica.
El no temía á los submarinos. Confiaba en la velocidad del _Mare
nostrum_ y en su buena estrella.
--Y si nos sale alguno al paso--dijo á su segundo--, que nos salga ante
la proa.
Deseaba que fuese así, para lanzar el buque sobre el sumergible á toda
velocidad, espoloneándolo.
Ya no era el Mediterráneo el mismo mar de meses antes, cuyos secretos
conocía el capitán; ya no podía vivir en él confiadamente, como en la
casa de un amigo.
Sólo permanecía en su camarote el tiempo necesario para dormir. El y
Tòni pasaban largas horas en el puente, hablando sin mirarse, con los
ojos vueltos al mar, espiando la movible superficie azul. Todos los
tripulantes, hasta los que estaban en horas de descanso, sentían la
necesidad de vigilar del mismo modo.
De día, el más leve descubrimiento enviaba la alarma de la proa á la
popa. Toda la basura del mar, que semanas antes corría indiferentemente
junto á los costados del buque, provocaba ahora gritos de atención y
hacía extenderse muchos brazos para señalarla. Los pedazos de palo, los
botes vacíos de conservas que brillaban bajo el sol, los manojos de
algas, una gaviota con las alas recogidas dejándose mecer por la ola,
hacían pensar en el periscopio del submarino asomando á flor de agua.
De noche, la vigilancia aún era mayor. Al peligro de los sumergibles
había que añadir el de una colisión. Los buques de guerra y los
transportes aliados navegaban con pocas luces ó completamente á
obscuras. Los que hacían centinela en el puente ya no miraban la
superficie del mar y sus pálidas fosforescencias. Sondeaban el
horizonte, temiendo que surgiese ante la proa una forma negra, enorme y
veloz, vomitada por la obscuridad.
Si alguna vez se retardaba el capitán en el camarote, surgía
inmediatamente en su memoria el recuerdo fatal.
--¡Esteban!... ¡Hijo mío!...
Y sus ojos se llenaban de lágrimas.
El remordimiento y la cólera le hacían imaginar tremendas venganzas.
Estaba convencido de que su realización era imposible, pero servían de
momentáneo consuelo á su carácter de meridional, predispuesto á las
reivindicaciones más sangrientas.
Un día, registrando los papeles olvidados en una maleta, encontró el
retrato de Freya. Al ver su sonrisa audaz, sus ojos serenos fijos en él,
sintió que se realizaba en su interior un vergonzoso desdoblamiento.
Admiró la belleza de esta aparición: un escalofrío estremeció su dorso;
surgieron en su memoria las pasadas voluptuosidades... Y al mismo
tiempo, el otro Ferragut que existía dentro de él se crispó con la
violencia homicida del levantino, que sólo admite la muerte como
venganza. Ella era la culpable de todo. «¡Ah... _tal_!»
Rompió la fotografía; pero luego fué juntando los fragmentos, y acabó
por guardarlos entre los papeles.
Su cólera cambiaba de objetivo. Freya, en realidad, no era la principal
culpable de la muerte de Esteban. Pensó en el otro, en el falso
diplomático, en aquel Von Kramer que tal vez había dirigido el torpedo
que despedazó á su hijo... ¿No haría el demonio que lo encontrase alguna
vez?... ¡Qué placer verse á solas los dos, frente á frente!
Al fin huía de la soledad del camarote, que le atormentaba con los
deseos de una venganza impotente. Junto á Tòni, en lo alto del buque, se
sentía mejor... Y con una bondad humilde que nunca había conocido su
segundo, la bondad del dolor y la desgracia, hablaba y hablaba,
gozándose en la atención de su sencillo oyente, como si relatase cuentos
maravillosos ante un círculo de niños.
En el estrecho de Gibraltar le describió la gran corriente de
alimentación enviada por el Océano al Mediterráneo, y que en aquellos
momentos ayudaba á la hélice en el empuje del buque.
Sin esta corriente atlántica, el _mare nostrum_, que perdía por
evaporación atmosférica mucha más agua que la que le aportaban lluvias y
ríos, quedaría seco en pocos siglos. Se había calculado que podía
desaparecer en cuatrocientos sesenta años, dejando como vestigios de su
existencia una capa de sal de cincuenta y dos metros de espesor.
Nacían en sus profundos senos grandes y numerosos manantiales de agua
dulce, en la costa del Asia Menor, en Morea, Dalmacia y la Italia
meridional; recibía, además, un aporte considerable del mar Negro, pues
éste, al revés del Mediterráneo, acaparaba con las lluvias y con el
arrastre de sus ríos más agua que la que perdía por evaporación,
enviándosela á través del Bósforo y los Dardanelos en forma de corriente
superficial. Pero todas estas afluencias, aunque eran enormes, perdían
su importancia comparadas con la renovación de la corriente oceánica.
Entraban las aguas del Atlántico en el Mediterráneo tan poderosamente,
que no podían detener su curso ni los vientos contrarios ni los
movimientos de reflujo. Los buques de vela tenían que esperar á veces
meses enteros un viento fuerte que les ayudase á vencer la impetuosa
boca del estrecho.
--Eso lo sé muy bien--dijo Tòni--. Una vez, yendo á Cuba, estuvimos á la
vista de Gibraltar más de cincuenta días, adelantando y perdiendo
camino, hasta que un viento favorable nos hizo vencer la corriente y
salir al mar grande.
--La tal corriente--añadió Ferragut--fué una de las causas que
precipitaron la decadencia de las marinas mediterráneas en el siglo XVI.
Había que ir á las Indias recién descubiertas, y el marino catalán ó el
genovés permanecían aquí en el estrecho semanas y semanas luchando con
la atmósfera y el agua contrarias, mientras los gallegos, los vascos,
los franceses é ingleses, que habían salido al mismo tiempo de sus
puertos, estaban ya cerca de América... Por fortuna, la navegación á
vapor nos ha igualado á todos.
Tòni admiraba en silencio á su capitán. ¡Lo que había aprendido en los
libros que llenaban su camarote!...
Era en el Mediterráneo donde los hombres se habían confiado por primera
vez á las olas. La civilización procede de la India, pero los pueblos
asiáticos no pudieron hacer el aprendizaje de navegantes en unos mares
donde las costas están muy lejanas unas de otras y los monzones del
Océano Indico soplan seis meses seguidos en una dirección y seis meses
en otra.
Solamente al llegar al Mediterráneo, en sus emigraciones por tierra, el
hombre blanco había querido ser marinero. Este mar, que comparado con
los otros es un simple lago sembrado de archipiélagos, se le ofreció
como una escuela. A cualquier viento que abandonase su velamen, estaba
seguro de llegar á una orilla hospitalaria. Las brisas dulces é
irregulares giraban con el sol en algunas épocas del año. El huracán
atravesaba su cuenca, pero sin fijarse nunca. No existían mareas. Sus
puertos y pasos no quedaban en seco; sus costas é islas estaban muchas
veces á tan corta distancia, que se veían entre ellas; sus tierras,
amadas del cielo, recibían las miradas más dulces del sol.
Ferragut evocaba el recuerdo de los hombres que habían surcado este mar
en siglos tan remotos que la Historia no hacía mención de ellos. Como
únicos rastros de su existencia quedaban los _nuraghs_ de Cerdeña y los
_talayòts_ de las Baleares, mesas gigantescas formadas con bloques,
altares bárbaros de pedruscos enormes, que recordaban los menhires y los
dólmenes celtas de las costas bretonas. Estos pueblos obscuros habían
pasado, de isla en isla, desde el fondo del Mediterráneo hasta el
estrecho, que es su puerta.
El capitán se imaginaba sus embarcaciones hechas con troncos de árboles
apenas desbastados, movidas á remo, ó más bien á golpe de pala, sin otro
auxilio que el de una vela rudimentaria que sólo se tendía al soplo
franco de popa. La marina de los primeros europeos había sido igual á la
de los salvajes de las islas de Oceanía, que aún van actualmente en sus
flotillas de troncos de archipiélago en archipiélago.
Así habían osado despegarse de las costas, perder de vista la tierra,
aventurarse en el desierto azul, avisados de la existencia de las islas
por las gibas vaporosas de las montañas que se marcaban en el horizonte
al ponerse el sol. Cada avance en el Mediterráneo de esta marina
balbuciente había representado mayores derroches de audacia y energía
que el descubrimiento de América ó el primer viaje alrededor del
mundo... Estos nautas primitivos no se lanzaban solos á las aventuras
del mar: eran pueblos en masa; llevaban con ellos familias y animales.
Las tribus, una vez instaladas en una isla, soltaban fragmentos de su
propia vida, que iban á colonizar, á través de las olas, otras tierras
cercanas.
Ulises y su segundo pensaron en las grandes catástrofes ignoradas por la
Historia: la tempestad sorprendiendo al éxodo navegante, las flotas
enteras de rudas balsas sorbidas por el abismo en unos minutos, las
familias muriendo abrazadas á sus animales domésticos cuando iban á
intentar un nuevo avance de su embrionaria civilización.
Para formarse una idea de lo que eran sus pequeñas embarcaciones,
Ferragut recordaba las flotas de los poemas homéricos, creadas muchos
siglos después. Los vientos infundían un terror religioso á los
guerreros del mar reunidos para caer sobre Troya. Sus buques permanecían
encadenados un año entero en los puertos de Aulide por miedo á la
hostilidad de la atmósfera, y para aplacar á las divinidades del
Mediterráneo sacrificaban la vida de una virgen.
Todo era peligro y misterio en el reino de las ondas. Los abismos
rugían, los peñascos ladraban, los escollos eran sirenas cantoras que
iban atrayendo con su música á las naves para despedazarlas. No había
isla sin dios particular, sin monstruo, sin cíclope ó sin maga urdidora
de artificios. El terror era la primera divinidad de los mares. El
hombre, antes de domesticar á los elementos, les tributó el más
supersticioso de sus miedos.
Un factor material había influido poderosamente en los cambios de la
vida mediterránea. La arena, movida al capricho de las corrientes,
arruinaba á los pueblos ó los subía á la cumbre de una inesperada
prosperidad. Ciudades célebres en la Historia no eran actualmente mas
que calles de ruinas al pie de un montículo coronado por los restos de
un castillo fenicio, romano, bizantino, sarraceno ó del tiempo de las
Cruzadas. En otros siglos habían sido puertos famosos: ante sus muros se
libraron batallas navales. Ahora, desde su derruida acrópolis apenas se
alcanzaba á ver el Mediterráneo como una leve faja azul al final de la
llanura baja y pantanosa. La arena había alejado el antiguo puerto del
mar con una distancia de leguas... En cambio, ciudades de tierra adentro
pasaban á ser lugares de embarque, por la continua perforación de las
olas que iban á encontrarlas.
La maldad de los hombres había imitado la obra destructora de la
Naturaleza. Cuando una república marítima vencía á otra república rival,
lo primero que pensaba era en obstruir su puerto con arena y piedras, en
torcer el curso de las aguas, para que se convirtiese en ciudad
terrestre, perdiendo sus flotas y su tráfico. Los genoveses,
triunfadores de los pisanos, cegaban su puerto con las arenas del Arno,
y la ciudad de los primeros conquistadores de Mallorca, de los
navegantes á Tierra Santa, de los caballeros de San Esteban, guardianes
del Mediterráneo, pasaba á ser Pisa la muerta, población que sólo de
oídas conoce el mar.
--La arena--terminaba diciendo Ferragut--ha cambiado en el Mediterráneo
las rutas comerciales y los destinos históricos.
De cuantos hechos habían tenido por escenario el _mare nostrum_, el más
famoso para el capitán era la inaudita expedición de los almogávares á
Oriente, la epopeya de Roger de Flor, que él conocía desde pequeño por
los relatos del poeta Labarta, del _Tritón_ y del pobre secretario de
pueblo que soñaba á todas horas con las grandezas pretéritas de la
marina de Cataluña.
Todo el mundo hablaba en aquellos meses del bloqueo de los Dardanelos.
Los buques que surcaban el Mediterráneo, lo mismo los mercantes que los
de guerra, trabajaban para la gran operación militar que se iba
desarrollando frente á Gallípoli. El nombre del largo callejón marítimo
que separa Europa de Asia estaba en todas las bocas. Las miradas de los
humanos convergían en este punto, lo mismo que en los remotos siglos de
la guerra de Troya.
--Nosotros también hemos estado allí--decía Ferragut con orgullo--. Los
Dardanelos han sido durante varios años de catalanes y aragoneses.
Gallípoli fué una ciudad nuestra gobernada por el valenciano Ramón
Muntaner.
Y emprendía el relato de las conquistas de los almogávares en Oriente,
odisea romántica, bárbara y sangrienta á través de las antiguas
provincias asiáticas del Imperio romano, que sólo venía á terminarse con
la fundación de un ducado español de Atenas y Neopatras en la ciudad de
Pericles y Minerva.
Las crónicas de la Edad Media oriental, los libros de caballerías
bizantinos, los cuentos paladinescos de los árabes, no tenían aventura
más imprevista y dramática que la expedición de estos argonautas
procedentes de los valles de los Pirineos, de las márgenes del Ebro y de
las moriscas huertas de Valencia. Durante largos años imperaron en la
Bitinia, la Troyada, la Jonia, la Tracia, la Macedonia, la Tesalia y la
Atica.