Otro de ellos apoyó á su compañero con rotunda afirmación, para atraerse

la mirada del jefe. Estaba seguro de su partida por tierra. El mismo le

había ayudado á calcular lo que le costaría el viaje á Barcelona.

Ferragut no quiso saber más. Necesitaba marcharse cuanto antes. Este

viaje inexplicable de su hijo era para él un remordimiento y un motivo

de alarma. ¿Qué ocurría en su casa?

El director de la oficina le indicó un vapor francés que salía aquella

misma tarde para Marsella, procedente de Suez. El se encargaba de

arreglar todo lo concerniente á su pasaje y de recomendarlo al capitán.

Sólo quedaban cuatro horas para la salida del buque; y Ulises, después

de recoger sus maletas y enviarlas á bordo, dió un último paseo por

todos los lugares donde había vivido con Freya. ¡Adiós, jardines de la

_Villa Nazionale_ y blanco Acuario!... ¡Adiós, _albergo_!...

La inexplicable presencia de su hijo en Nápoles había amortiguado el

disgusto por la fuga de la alemana. Pensó tristemente en el amor

perdido, pero pensó al mismo tiempo, con doloroso titubeo, en lo que

podría ver al entrar en su casa.

Poco antes de la puesta del sol zarpó el vapor francés. Hacía muchos

años que Ulises no navegaba como simple pasajero. Vagó desorientado por

las cubiertas entre la muchedumbre viajera. La fuerza de la costumbre le

arrastró al puente, hablando con el capitán y los oficiales, que

apreciaron á las primeras palabras su mérito profesional.

La consideración de que no era mas que un intruso en este sitio, la

molestia de verse sobre un puente en el que no podía dar orden alguna,

le hicieron descender á las cubiertas bajas, examinando los grupos de

pasajeros. Eran franceses en su mayor parte que venían de la Indo China.

En la proa y la popa estaban alojadas cuatro compañías de tiradores

asiáticos, pequeños, amarillentos, con ojos oblicuos y una voz semejante

al maullar de los gatos. Iban á la guerra. Sus oficiales vivían en los

camarotes del centro del buque, llevando con ellos á sus familias, que

habían adquirido un aspecto exótico con la larga permanencia en las

colonias.

Ulises vió señoras vestidas de blanco haciéndose abanicar, tendidas en

sillones, por sus pequeños pajes chinescos; vió militares bronceados y

enjutos, con aspecto enfermizo, que parecían galvanizados por la guerra

que los arrancaba á la siesta asiática, y niñas, muchas niñas, contentas

de ir á Francia, el país de sus ensueños, olvidando en esta felicidad

que sus padres marchaban tal vez á la muerte.

La navegación no podía ser mejor. El Mediterráneo era una llanura de

plata bajo la luz de la luna. De la costa invisible llegaban tibias

bocanadas de perfume campestre. Los grupos de la cubierta hacían

memoria, con una satisfacción egoísta, de los grandes peligros que

arrostraban las gentes al embarcarse en los mares del Norte, plagados de

submarinos alemanes. Por fortuna, el Mediterráneo estaba libre de tal

calamidad. Los ingleses tenían bien guardada la puerta de Gibraltar, y

todo él era un lago tranquilo dominado por los aliados.

Antes de acostarse, Ferragut entró en una cámara de la cubierta alta,

donde estaba instalada la telegrafía sin hilos. Le atrajo el chirriar de

aceite frito que lanzaban los aparatos. El empleado, un joven inglés, se

despojó de su corona de níquel con dos auriculares que cubrían sus

orejas. Aburrido en su aislamiento, pretendía distraerse dialogando con

los telegrafistas de los otros buques que se hallaban dentro del radio

de sus aparatos. La vista de este pasajero que hablaba en inglés

ofreciéndole un cigarro le arrancó á los placeres de una conversación

extendida trescientas millas á la redonda.

--Todo marcha bien... Tenemos muchos compañeros de viaje.

Y fué enumerando los buques que se mantenían en comunicación con el

vapor. El más próximo era el _Californian_, un barco inglés procedente

de Malta. Había salido de Nápoles diez horas antes, también con rumbo á

Marsella, y sólo le separaban unas cien millas. Los demás buques que

seguían el mismo rumbo estaban situados á mayores distancias. Les era

necesario mucho tiempo para aproximarse unos á otros, pero el

maravilloso aparato los mantenía en incesante comunicación, como un

grupo de camaradas que conversan plácidamente haciendo el mismo camino.

De vez en cuando, el telegrafista, avisado por el chisporroteo de sus

bobinas, se calaba la diadema con orejeras para escuchar á los remotos

camaradas.

--Es el del _Californian_, que me da las buenas noches--dijo después de

uno de estos llamamientos--. Va á acostarse. No ocurre novedad.

Y el joven hizo un elogio de la navegación mediterránea. Había estado al

principio de la guerra en otro buque que iba de Londres á Nueva York, y

recordaba las noches de inquietud, los días de ansiosa vigilancia

espiando el mar y la atmósfera, temiendo de un momento á otro la

aparición de un periscopio sobre las aguas ó el aviso eléctrico de un

vapor torpedeado por los submarinos. En este mar se podía vivir

tranquilamente, como en tiempos de paz.

Ferragut adivinó que el pobre telegrafista deseaba gozar las delicias de

dicha tranquilidad. Su compañero de servicio roncaba en un camarote

vecino, y él sentía deseos de imitarle, inclinando su cabeza sobre la

mesa de los aparatos... «¡Hasta mañana!»

También se durmió inmediatamente Ulises, luego de estirarse en la

estrecha litera de su camarote. Su sueño fué de una sola pieza, lóbrego

y completo, sin sobresaltos ni visiones. Cuando creía que sólo iban

transcurridos unos minutos, despertó violentamente, lo mismo que si

alguien le empujase. En la sombra se destacaba el vidrio redondo del

tragaluz, tenuemente azul, velado por la humedad del rocío marítimo, lo

mismo que una pupila lacrimosa.

Estaba amaneciendo. Algo extraordinario acababa de ocurrir en el buque.

Ferragut dormía con la ligereza de un capitán que necesita despertar

oportunamente. La misteriosa percepción del peligro había cortado su

reposo. Sintió sobre su cabeza el pataleo de veloces carreras á lo largo

de la cubierta: oyó voces. Mientras se vestía á toda prisa, pudo

adivinar que el timón estaba funcionando violentamente y el buque

cambiaba de rumbo.

Al subir, le bastó una ojeada para convencerse de que el vapor no corría

peligro. Todo en él presentaba un aspecto normal. El mar, todavía

obscuro, batía mansamente sus costados, mientras seguía avanzando con

una marcha uniforme. Las cubiertas estaban limpias de pasajeros. Todos

dormían en sus camarotes. Sólo en el puente vió á un grupo de personas:

el capitán y todos los oficiales, algunos de ellos vestidos á la ligera,

como si acabasen de ser arrancados al sueño.

Pasando ante la oficina telegráfica obtuvo la explicación del suceso. El

joven de la noche anterior estaba junto á la puerta, al lado de su

compañero, que ceñía ahora la diadema auricular y golpeaba la manecilla

del aparato, oyendo y contestando á los buques invisibles.

Media hora antes, cuando el telegrafista inglés iba á abandonar su

guardia, entregando el servicio al camarada recién despierto, una señal

le había retenido en su asiento. El _Californian_ lanzaba por el

telégrafo sin hilos la llamada de peligro, el S. O. S., fórmula que sólo

se emplea cuando un buque necesita socorro. Luego, en el espacio de unos

segundos, la voz misteriosa había esparcido su relato trágico á través

de centenares de millas. Un sumergible acababa de aparecer á corta

distancia del _Californian_, disparándole varios cañonazos. El buque

inglés pretendía escapar valiéndose de su velocidad superior. Entonces

el submarino le enviaba un torpedo...

Todo esto había ocurrido en veinte minutos. De pronto se extinguían los

ecos de la lejana tragedia al cortarse la comunicación. Un chirrido más

fuerte en los aparatos, y ¡nada!... el silencio absoluto.

El telegrafista encargado ahora del aparato respondió con movimientos

negativos á las miradas de su compañero. Sólo escuchaba los diálogos

entre los buques que habían recibido igualmente el aviso. Todos se

alarmaban con el repentino silencio, y torciendo su rumbo iban, como el

vapor francés, hacia el lugar donde el _Californian_ había encontrado al

sumergible.

--¡Ya están en el Mediterráneo!--exclamó con asombro el telegrafista al

terminar su relato--. ¿Como han podido llegar hasta aquí?...

Ferragut no se atrevió á subir al puente. Tuvo miedo á que las miradas

de aquellos hombres de mar se fijasen en él. Creyó que podían leer sus

pensamientos.

Un vapor de pasajeros acababa de ser echado á pique á una distancia

relativamente corta del buque en que iba él. Tal vez era Von Kramer el

autor del crimen. Por algo le había encargado que anunciase á sus

compatriotas que pronto oirían hablar de sus hazañas. ¡Y Ferragut había

ayudado á la preparación de esta barbarie marítima!...

«¿Qué has hecho?... ¿qué has hecho?», preguntó iracunda la voz mental de

los buenos consejos.

Una hora después sintió vergüenza de permanecer en la cubierta. A pesar

de las órdenes del capitán, la noticia se había filtrado á través de la

severa consigna, circulando por los camarotes. Subían las familias

enteras, asustadas de la calma que reinaba en el buque, arreglándose las

ropas con precipitación, pugnando los más por ajustar á sus cuerpos los

salvavidas, que ensayaban por primera vez. Los niños gemían, aterrados

por la alarma de sus padres. Algunas mujeres nerviosas derramaban

lágrimas sin motivo. El buque iba hacia el lugar donde el otro había

sido torpedeado, y esto era suficiente para que los alarmistas se

imaginasen que el enemigo permanecía aún inmóvil en el mismo sitio,

esperando su llegada para repetir el atentado.

Centenares de ojos estaban fijos en el mar, espiando las ondulaciones de

su superficie, creyendo ver el remate de un periscopio en todos los

objetos, maderas, hierbas ó botes de lata que pasaban á flor de agua.

Los oficiales del batallón de tiradores habían ido á la proa y la popa

para mantener la disciplina de su gente. Pero los asiáticos no

abandonaban su apatía serena, despreciadora de la muerte. Sólo algunos

miraban al mar con una curiosidad infantil, deseosos de conocer este

nuevo juguete diabólico inventado por las razas superiores.

En las cubiertas reservadas á los pasajeros de primera clase, la

extrañeza resultaba tan grande como la inquietud.

--¡Submarinos en el Mediterráneo!... ¿Pero es posible?...

Los últimos en despertar se mostraban incrédulos, y únicamente se

convencían de lo ocurrido luego de oír los informes de los tripulantes

del buque.

Vagó Ferragut como un alma en pena. El remordimiento le hizo ocultarse

en su camarote. Le causaban daño estas gentes con sus quejas y sus

comentarios. Luego no pudo seguir en su aislamiento. Necesitaba ver y

saber, como el criminal que vuelve instintivamente al lugar donde

realizó su delito.

A mediodía empezaron á marcarse en el horizonte varias nubecillas. De

todas partes acudían los vapores, atraídos por este ataque inesperado.

El buque francés, que marchaba delante en la carrera de auxilio, moderó

repentinamente su velocidad. Había entrado en la zona del naufragio. En

las cofas de sus palos había marineros que exploraban el mar, dando

indicaciones á gritos, que hacían torcer el curso del vapor. En estas

evoluciones empezaron á deslizarse por sus costados los restos del

trágico suceso.

Las dos hileras de cabezas asomadas á las diversas cubiertas vieron

salvavidas que flotaban vacíos, un bote con la quilla en el aire, grupos

de maderos pertenecientes á una balsa construida con precipitación y que

no había llegado á terminarse.

De pronto, un alarido de mil bocas, seguido de un fúnebre silencio...

Pasó un cuerpo de mujer tendido de espaldas sobre unos tablones. Una de

sus piernas estaba metida en una media de seda gris. La cabeza colgaba

por el lado opuesto, extendiendo sus cabellos rubios sobre el agua como

manojo de algas doradas.

Sus pechos juveniles y firmes asomaban por la abertura de una camisa de

dormir, pegada al cuerpo con impúdico moldeo. Había sido sorprendida por

el naufragio en el momento que intentaba vestirse: tal vez el terror la

había hecho arrojarse al mar. La muerte había contraído su rostro con un

rictus horrible que dejaba los dientes al descubierto. Un lado de su

rostro estaba tumefacto por un golpe.

La vió Ferragut al asomarse entre los hombros de dos señoras que

temblaban apoyadas en la baranda de la cubierta. A su vez, el vigoroso

marino tembló como una mujer, sintiendo que sus ojos se nublaban. ¡No

podía ver esto!... Y de nuevo fué á ocultarse en su camarote.

Un torpedero italiano evolucionaba por entre los restos del naufragio,

como si buscase las huellas del autor del crimen. Los vapores se

detenían en sus anchos círculos de exploración para echar al agua las

embarcaciones de auxilio, que iban recogiendo los cadáveres de los

náufragos y los vivos próximos á desfallecer.

Ferragut, en su desesperado encierro, percibió nuevos gritos

anunciadores de un suceso extraordinario. Otra vez la cruel necesidad de

saber le arrastró á la cubierta.

Un bote lleno de personas había sido encontrado por el vapor. Los otros

buques de auxilio tropezaban igualmente poco á poco con las demás

embarcaciones ocupadas por los supervivientes de la catástrofe. El

salvamento general iba á ser un trabajo breve.

Los náufragos más ágiles se veían rodeados, al pisar la cubierta, por

grupos que lamentaban su desgracia, al mismo tiempo que les ofrecían

líquidos calientes. Otros daban unos cuantos pasos, como si estuviesen

ebrios, é iban á caer en un banco. Algunos tenían que ser izados desde

el fondo del bote y conducidos en una silla á la enfermería del vapor.

Varios soldados británicos, serenos y flemáticos, pidieron, al subir,

una pipa, y empezaron á fumar con avidez. Otros náufragos, ligeros de

ropa, se limitaban á envolverse en una manta, iniciando el relato de la

catástrofe minuciosa y serenamente, como si estuviesen en un salón. Una

permanencia de diez horas en las apreturas del bote, vagando á la

ventura, en espera de socorro, no había quebrantado sus energías.

Las mujeres mostraban mayor desesperación. Ferragut vió en el centro de

un grupo de señoras á una jovencita inglesa, rubia, esbelta, elegante,

que lloraba balbuceando explicaciones. Se había visto en una lancha,

separada de sus padres, sin saber cómo. Tal vez estaban muertos á

aquellas horas. Su remota esperanza era que se hubiesen refugiado en

otra embarcación, siendo recogidos por cualquiera de los vapores que se

mantenían á la vista.

Un dolor desesperado, ruidoso, meridional, cortó con sus alaridos el

rumor de las conversaciones. Acababa de subir á bordo una pobre mujer

italiana llevando un niño en brazos.

--_¡Figlia mia!... ¡Mia figlia!..._--aullaba, con la cabellera suelta y

los ojos abultados por el llanto.

Había perdido en el momento del naufragio una niña de ocho años, y al

verse en el vapor francés se dirigió instintivamente hacia la proa, en

busca del mismo lugar que ocupaba en el otro buque, como si esperase

encontrar allí á su hija. La voz exasperada se perdió escaleras abajo.

«_¡Figlia mia!... ¡Mia figlia!..._»

Ulises no quiso oírla. Le hacía un daño horrible esta voz, como si

arañase con su estridencia el interior de su cerebro.

Se aproximó á un grupo, en el centro del cual un hombre joven, descalzo,

con pantalones elegantes y la camisa abierta de pecho, hablaba y

hablaba, arropándose de vez en cuando en una manta que habían puesto

sobre sus hombros.

Describía con una mezcla de italiano y francés la pérdida del

_Californian_.

Este pasajero había despertado al oír el primer cañonazo del sumergible

contra el vapor. La persecución duraba una media hora. Los más audaces

y curiosos estaban en las cubiertas, y creían ya segura su salvación al

ver que el vapor dejaba atrás á su enemigo. De pronto, una línea negra

había cortado el mar: algo así como una espina con raspas de espuma, que

avanzaba vertiginosamente, formando relieve sobre las aguas... Luego, un

golpe en el casco del buque, que lo había hecho estremecer de la proa á

la popa, sin que ni una plancha ni un tornillo escapasen á la enorme

dislocación... Después, un estallido de volcán, un haz gigantesco de

humo y llamas, una nube amarillenta, de un amarillo de droguería, en la

que volaban obscuros objetos: fragmentos de metal y de madera; cuerpos

humanos hechos pedazos.

Los ojos del narrador brillaron con una luz de demencia al evocar sus

recuerdos.

--Un amigo mío, un muchacho de mi tierra--continuó, suspirando--,

acababa de apartarse de mí para ver mejor al sumergible, y se colocó

precisamente en el lugar de la explosión... Desapareció de pronto, como

si lo hubiesen borrado. Le vi y no le vi... Estalló en mil pedazos, lo

mismo que si llevase una bomba dentro de su cuerpo.

Y el náufrago, obsesionado por este recuerdo, apenas concedía

importancia á las escenas siguientes: la lucha de la muchedumbre por

ganar los botes; los esfuerzos de los oficiales para imponer orden; la

muerte de muchos que, locos de desesperación, se arrojaban al mar; la

trágica espera aglomerados en embarcaciones que apenas sobrenadaban unos

centímetros sobre las aguas, temiendo un segundo naufragio á poco que se

alborotasen las olas.

Había desaparecido el vapor en unos cuantos minutos, hundiendo su proa

en las aguas y luego las chimeneas, colocándose en una posición casi

vertical, como la torre inclinada de Pisa, con las dos hélices volteando

locas en su remate á impulsos de un estremecimiento agónico.

El narrador empezó á quedar solo. Otros náufragos que iniciaban á su vez

el lúgubre relato atrajeron á los curiosos.

Ferragut contempló á este joven. Su tipo físico y su acento le hicieron

adivinar á un compatriota.

--¿Es usted español?

El náufrago contestó afirmativamente.

--¿Catalán?--prosiguió Ulises, en lengua catalana.

Una nueva vehemencia oratoria galvanizó al náufrago. «¿El señor también

es catalán?...» Y sonriendo á Ferragut como si fuese una aparición

celeste, emprendió otra vez la historia de sus infortunios.

Era un viajante de comercio de Barcelona, y había tomado en Nápoles la

ruta del mar, por parecerle más rápida, huyendo de los ferrocarriles,

congestionados por la movilización italiana.

--¿Iban otros españoles en el buque?--siguió preguntando Ulises.

--Uno nada más: mi amigo, ese muchacho de que he hablado antes. La

explosión del torpedo le hizo pedazos. Yo lo vi.

El capitán sintió agrandarse su remordimiento. ¡Un compatriota, un pobre

joven, había perecido por su culpa!...

También el viajante de comercio parecía sufrir un tormento de

conciencia. Se consideraba responsable de la muerte de su compañero. Lo

había conocido en Nápoles pocos días antes, pero estaban unidos por la

estrecha fraternidad de los compatriotas jóvenes que se tropiezan lejos

de su país.

Los dos habían nacido en Barcelona. El pobre muchacho, casi un niño,

quería regresar por tierra, y él le había arrastrado á última hora,

demostrándole las ventajas de un viaje por mar. ¿Quién podía imaginarse

que los submarinos alemanes estaban en el Mediterráneo?...

El comisionista insistió en su remordimiento. No podía olvidar á este

adolescente que, por hacer el viaje en su compañía, había marchado al

encuentro de la muerte.

--Lo conocí en Nápoles, ocupado en buscar por todas partes á su padre.

--¡Ah!...

Ulises lanzó esta exclamación avanzando el cuello violentamente, como

si quisiera despegar su cráneo del resto del cuerpo. Los ojos se le

salían de las órbitas.

--El padre--continuó el joven--manda un buque... Es el capitán Ulises

Ferragut.

Un alarido... La gente corrió... Un hombre acababa de caer redondo,

rebotando su cuerpo sobre la cubierta.

IX

EL ENCUENTRO DE MARSELLA

Tòni, que abominaba de los viajes en ferrocarril, por su entumecedora

inmovilidad, tuvo que abandonar el _Mare nostrum_, sufriendo el tormento

de permanecer acoplado doce horas entre personas desconocidas.

Ferragut estaba enfermo en un hotel del puerto de Marsella. Le habían

desembarcado de un buque francés procedente de Nápoles, sumido en

doloroso mutismo. Quería morir. Durante el viaje le sometieron á una

estrecha vigilancia para que no repitiese sus intentos de suicidio.

Varias veces quiso arrojarse al agua.

Esto lo supo Tòni por el capitán de un vapor español que acababa de

llegar de Marsella, precisamente un día después que los periódicos de

Barcelona relataron la muerte de Esteban Ferragut en el torpedeamiento

del _Californian_. El viajante de comercio contaba en todas partes el

suceso, y á continuación su novelesco encuentro con el padre, la caída

mortal de éste al recibir la noticia, su desesperación cuando recobró el

conocimiento.

El piloto había corrido á presentarse en la casa de su capitán. Todos

los Blanes estaban en ella, rodeando y consolando á Cinta.

--¡Hijo mío!... ¡Mi hijo!...--gemía la madre, retorciéndose en un sofá.

Y el coro de la familia ahogaba sus lamentos derramando sobre ella una

lluvia de hipotéticos consuelos y apelaciones á la resignación. Debía

pensar en el padre: no estaba sola en el mundo, como ella afirmaba;

además de su familia, tenía á su marido.

Tòni acababa de entrar en este momento.

--¡Su padre!--dijo ella con desesperación--. ¡Su padre!...

Y clavó los ojos en el piloto, como si pretendiese hablarle con ellos.

Tòni sabía mejor que nadie quién era este padre y por qué razones se

había quedado en Nápoles. El tenía la culpa de que el muchacho hubiese

emprendido el loco viaje á cuyo final le esperaba la muerte... La devota

Cinta se representaba esta desgracia como un castigo de Dios, siempre

complicado y misterioso en sus designios. La divinidad, para hacer

expiar al padre sus culpas, mataba al hijo, sin pensar en la madre, á la

que hería de rebote.

El piloto se marchó. No podía sufrir las miradas y las alusiones de doña

Cinta. Y como si no tuviese bastante con esta emoción, recibía horas

después la noticia del mal estado de su capitán, lo que le obligaba á

emprender el viaje á Marsella inmediatamente.

Al entrar en el cuarto del hotel, frecuentado por oficiales de los

buques mercantes, encontró á Ferragut sentado junto á un balcón, desde

el que se veía todo el puerto viejo.

Estaba más flaco, con los ojos hundidos y mates, la barba revuelta y un

olvido manifiesto en su persona.

--¡Tòni!... ¡Tòni!...

Se abrazó á su segundo, mojándole el cuello de lágrimas. Por primera vez

conseguía llorar, y esto pareció darle cierto alivio. La presencia del

piloto le devolvía á la vida; se aglomeraron en su memoria los olvidados

recuerdos de negocios y viajes. Tòni resucitaba todas las energías del

pasado; era como si el _Mare nostrum_ viniese en busca de él.

Sintió vergüenza y remordimiento. Este hombre conocía su secreto: era el

único á quien había hablado del aprovisionamiento de los sumergibles

alemanes.

--¡Mi pobre Esteban!... ¡Mi hijo!

No vacilaba en establecer una fatalista relación entre la muerte de su

hijo y aquel viaje ilegal, cuya memoria le pesaba como un pecado

monstruoso. Pero Tòni fué discreto. Lamentó la muerte de Esteban como

una desgracia en la que su padre no había tenido intervención alguna.

--También yo he perdido hijos... y sé que nada se gana desesperándose...

¡Serenidad!

No dijo una palabra de todo lo anterior al trágico suceso. De no conocer

Ferragut á su segundo, habría podido creer que lo tenía olvidado. Ni el

más leve gesto, ni una luz en sus ojos que revelase el despertar del

maligno recuerdo. Su única preocupación era que el capitán recobrase

pronto la salud...

Reanimado por la presencia y las palabras de este compañero prudente,

Ulises recuperó sus fuerzas, y pocos días después abandonó el cuarto

donde había creído morir, dirigiéndose á Barcelona.

Entró en su casa con una preocupación que casi le hacía temblar. La

dulce Cinta, considerada hasta entonces con la superioridad protectora

de los orientales, que no reconocen un alma en la mujer, le inspiraba

cierto miedo. ¿Qué diría al verle?...

No dijo nada de lo que él temía. Se dejó abrazar, é inclinando la cabeza

rompió en un llanto desesperado, como si la presencia de su esposo

evocase con mayor relieve la imagen del hijo que nunca volvería á ver.

Luego secó sus lágrimas, y más pálida, más triste que nunca, continuó su

vida habitual.

Mare nostrum · 第 22 / 36 段