había aludido el comerciante mientras iban en el bote. ¡Era la
guerra!... Italia había roto sus relaciones el día anterior con los
Imperios centrales.
Ulises se sintió agitado por la inquietud al recordar lo que había hecho
en pleno Mediterráneo. Creyó que los grupos populares que pasaban dando
vivas detrás de las banderas iban á adivinar su hazaña, cayendo sobre
él. Necesitaba alejarse de este entusiasmo patriótico; y respiró
satisfecho al verse en el interior de un vagón... Además, iba á ver á
Freya, y le bastaba evocar su imagen para que se desvaneciesen todos sus
remordimientos.
El viaje fué largo y difícil. Las necesidades de la guerra se hacían
sentir desde el primer momento, absorbiendo todos los medios de
comunicación. El tren quedaba inmóvil horas enteras para dejar paso á
otros trenes cargados de hombres y de material militar. En todas las
estaciones había soldados en traje de campaña, banderas, muchedumbres
que vitoreaban.
Cuando llegó á Nápoles, fatigado por un viaje de cuarenta y ocho horas,
le pareció que el cochero se dirigía con demasiada lentitud hacia el
viejo palacio de Chiaia.
Al atravesar el zaguán con su pequeña maleta, le cortó el paso la
portera, gruesa comadre de pelo encrespado y polvoriento, que sólo había
entrevisto algunas veces en las profundidades de su caverna.
--Las señoras ya no viven en la casa... Las señoras han partido de
repente con Karl, su empleado.
Y explicaba el resto de esta huída con una sonrisa hostil y maligna.
Comprendió Ferragut que no debía insistir. La mujerona estaba furiosa
por la fuga de las damas _tedescas_, y examinaba al marino como un
presunto espía, bueno para una denuncia patriótica. Sin embargo, por
honradez profesional, le avisó que la _signora_ rubia, la más joven y
simpática, había pensado en él al irse, dejando su equipaje en la
portería.
Se apresuró Ulises á desaparecer. Ya enviaría alguien que recogiese sus
maletas. Y tomando otro carruaje, se dirigió al _albergo_ de Santa
Lucía... ¡Qué golpe inesperado!
Al verle entrar, el portero hizo un gesto de sorpresa y de asombro.
Antes de que Ferragut alcanzase á preguntarle por Freya, con la vaga
esperanza de que se hubiese refugiado en el hotel, este hombre le dió
una noticia.
--Capitán, aquí ha estado su hijo esperándole.
El capitán balbuceó, desorientado: «¿Qué hijo?...» El hombre de las
llaves bordadas trajo el libro de viajeros, mostrándole una línea:
«Esteban Ferragut. Barcelona.» Y Ulises reconoció la letra de su hijo,
al mismo tiempo que se le oprimía el pecho con una angustia indefinible.
La sorpresa le dejó sin voz, y el portero se aprovechó de su silencio
para seguir hablando.
Era un muchacho simpático é inteligente... Algunas mañanas le había
acompañado para enseñarle lo mejor de la ciudad. Se había puesto en
relación con los consignatarios del _Mare nostrum_, buscando por todas
partes noticias de su padre. Al fin, convencido de que el capitán estaba
ya de regreso á Barcelona, había partido á su vez el día anterior.
--Si llega usted doce horas antes, todavía lo encuentra aquí.
El portero no sabía más. Ocupado en cumplir los encargos de unas señoras
sudamericanas, no había podido saludar al joven cuando salió del hotel.
Dudaba entre hacer el viaje en un vapor inglés hasta Marsella ó ir por
ferrocarril á Génova, donde encontraría buques directos para Barcelona.
Ferragut quiso saber cuándo había llegado, y el portero, elevando los
ojos, se entregó á un largo cálculo mental... Al fin marcó una fecha, y
el marino, á su vez, compulsó sus recuerdos.
Se dió en la frente una palmada, ruda como un puñetazo.
Era su hijo el joven que había visto entrando en el _albergo_ cuando él
marchaba á encargarse de la goleta para llevar combustible á los
submarinos alemanes.
VIII
EL JOVEN TELÉMACO
Siempre que el _Mare nostrum_ volvía á Barcelona, Esteban Ferragut
experimentaba una sensación de deslumbramiento, lo mismo que si se
abriese un glorioso ventanal en su existencia obscura y monótona de hijo
de familia.
Ya no vagaba por el puerto, admirando de lejos los grandes
trasatlánticos anclados frente al monumento de Colón ó los vapores de
carga que se alineaban en los muelles comerciales. Un buque importante
era de su absoluta propiedad por algunas semanas. El capitán y los
oficiales pasaban el tiempo en tierra con sus familias. Tòni, el
segundo, era el único que dormía á bordo. Muchos de los marineros
solicitaban permiso para vivir en la ciudad, y el vapor quedaba confiado
á la guarda del tío _Caragòl_, con media docena de hombres para la
diaria limpieza.
El pequeño Ferragut podía hacerse la ilusión de que era el capitán del
_Mare nostrum_. Se movía en el puente imaginándose que estaba
arrostrando una gran tormenta; examinaba los instrumentos náuticos con
una gravedad de experto conocedor; corría todos los departamentos
habitables del buque, bajaba á las bodegas, que se aireaban, abiertas,
en espera de carga, y finalmente se metía en el bote de servicio,
desamarrándolo de la escala, para remar unas horas con más satisfacción
que en los ligeros _yoles_ del Club de Regatas.
Sus visitas terminaban en la cocina, invitado por el tío _Caragòl_, que
le trataba con una familiaridad paternal. El joven remero estaba
sudando. «¿Un _refresquet_?...» Y preparaba su dulce mixtura, que hacía
caer á los hombres de un solo salto en las nebulosidades de la
embriaguez.
Esteban tenía en mucho los «refrescos» del cocinero. Su imaginación,
excitada por la frecuente lectura de novelas de viajes, le había hecho
concebir un tipo de marino heroico, atrevido, galanteador, y capaz de
tragarse á jarros las bebidas más incendiarias sin pestañear. El quería
ser así; todo buen navegante debe beber.
Aunque en tierra no conocía otros licores que los inocentes y dulzones
guardados por su madre para las fiestas de familia, una vez pisaba la
cubierta del buque sentía la necesidad de líquidos alcohólicos, para
hacer ver que era todo un hombre. «No había en el mundo una bebida que
pudiese con él...» Y al segundo «refresco» del tío _Caragòl_ quedaba
sumido en plácido nirvana, viéndolo todo de color de rosa y
considerablemente agrandado: el mar, los buques cercanos, los _docks_ y
la montaña de Montjuich, que servía de fondo.
El cocinero, al contemplarle amorosamente con sus ojos enfermos, creía
haber dado un salto atrás de docenas de años y hallarse todavía en
Valencia hablando con el otro Ferragut que se escapaba de la Universidad
para remar en el puerto. Casi llegó á creer que había vivido dos veces.
Escuchaba las quejas del muchacho, interrumpiéndolas con solemnes
consejos. Este Ferragut de quince años se mostraba descontento de la
vida. Era un hombre, y tenía que vivir entre mujeres: su madre y dos
sobrinas que le acompañaban haciendo encajes, lo mismo que ella había
acompañado en otro tiempo á su suegra doña Cristina. Quería ser marino,
y le obligaban á estudiar las materias antipáticas del bachillerato.
¿Acaso un capitán necesita saber latín?...
Deseaba terminar su vida de estudiante, para hacerse piloto y seguir las
prácticas en el puente, al lado de su padre. Tal vez llegase á mandar á
los treinta años el _Mare nostrum_ ú otro buque semejante.
Mientras tanto, la atracción del mar le arrastraba lejos de las aulas,
yendo á ver á _Caragòl_ á la misma hora en que sus profesores pasaban
lista á los alumnos, anotando sus ausencias.
El viejo y su protegido se recluían en la cocina con una inquietud de
culpables. Pasos y voces en la cubierta alteraban su conversación.
«¡Escóndete!» Y Esteban se metía debajo de una mesa ó se ocultaba en el
cuartucho de las provisiones, mientras el cocinero salía al encuentro
del recién llegado con una cara seráfica.
Algunas veces era Tòni, y el muchacho osaba salir, contando con su
silencio. También éste le quería y aprobaba su aversión por los libros.
Si de tarde en tarde era el capitán el que venía al buque por unos
momentos, _Caragòl_ le hablaba obstruyendo la puerta con su cuerpo, al
mismo tiempo que sonreía maliciosamente.
Para Esteban, las dos cosas más dignas de admiración eran el mar y su
padre. Todos los héroes novelescos que desde las páginas de los libros
habían pasado á alojarse en su imaginación tenían el rostro y los gestos
del capitán Ferragut.
De pequeño había visto llorar algunas veces á su madre con resignada
tristeza. Años adelante, al conocer con su precocidad de muchacho poco
vigilado las relaciones que existen entre hombres y mujeres, presintió
que todas estas lágrimas debían ser motivadas por ligerezas é
infidelidades del lejano navegante.
El adoraba á su madre con una pasión de hijo único y mimado, pero no
admiraba menos al capitán, excusando todas las faltas que pudiese
cometer. Su padre era el hombre más valiente y más hermoso de la tierra.
Así lo veía él. Y un día que, examinando los cajones de su camarote,
encontró varias fotografías de mujeres llevando al pie los nombres de
lejanos países, su admiración aún fué más grande. Todas debían haber
enloquecido de amor por el capitán del _Mare nostrum_. ¡Ay! Por más que
él hiciese al ser hombre, nunca llegaría á igualarse con este triunfador
que le había dado la existencia...
Cuando el buque llegó á Barcelona sin su propietario de vuelta de
Nápoles, el hijo de Ferragut no experimentó ninguna sorpresa.
Tòni, que era siempre de pocas palabras, las prodigó en la presente
ocasión. El capitán Ferragut se había quedado allá por un negocio
importante, pero no tardaría en volver. Su segundo le esperaba de un
momento á otro. Tal vez hiciese el viaje por tierra, para llegar antes.
Esteban se asombró al ver que su madre no aceptaba esta ausencia como un
suceso insignificante. La buena señora se mostró preocupada y con los
ojos lacrimosos. Su instinto femenil le hacía presentir algo malo en el
retraso de su marido.
Por la tarde, cuando la visitó, como de costumbre, su antiguo enamorado
el catedrático, los dos hablaron lentamente, con palabras medidas, pero
entendiéndose con los ojos durante los largos intervalos de silencio.
Llegado don Pedro á la cumbre de su carrera gloriosa con la posesión de
una cátedra en el Instituto de Barcelona, visitaba todas las tardes á
Cinta, pasando hora y media en su salón con exactitud cronométrica. Ni
el más leve pensamiento de impureza agitó jamás al profesor. Lo pasado
había caído en el olvido... Pero él necesitaba ver diariamente á la
esposa del capitán tejiendo encajes entre sus dos pequeñas sobrinas,
como había visto años antes á la viuda de Ferragut.
Le hacía saber los sucesos más importantes de Barcelona y del mundo
entero; comentaban juntos los futuros destinos de Esteban; oía él con
arrobamiento su voz dulce, concediendo gran importancia á los detalles
de economía doméstica ó á las descripciones de fiestas religiosas, sólo
porque era ella la que hacía tales relatos.
Muchas veces quedaban en largo mutismo. Don Pedro representaba la
paciencia, el humor igual, el respeto silencioso, en aquella casa
tranquila y limpia, que únicamente perdía su calma monástica al
presentarse el dueño por unos días, entre dos viajes.
Cinta se había acostumbrado á las visitas del catedrático. Al marcar el
reloj las tres y media presentía sus pasos en la escalera.
Si alguna tarde no llegaba, la dulce Penépole sufría una decepción.
--¿Qué le pasará á don Pedro?--preguntaba á sus sobrinas con inquietud.
Esta pregunta la hacía algunas veces extensiva al hijo; pero Esteban,
sin odiar al visitante, le apreciaba en muy poco.
Don Pedro pertenecía al grupo de aquellos señores del Instituto que
pagaba el gobierno para que fastidiasen con sus explicaciones y sus
exámenes á la juventud. Recordaba aún los dos años que había pasado en
su cátedra, como en una cámara de tormento, sufriendo el suplicio del
latín. Además, era un miedoso, que siempre temía resfriarse y no osaba
salir á la calle en los días nublados si le faltaba el paraguas. A él
que le hablasen de hombres valientes.
--No sé...--respondía á su madre--. Tal vez estará metido en cama, con
siete pañuelos en la cabeza.
Cuando volvía don Pedro, la casa recobraba su normalidad de reloj
pausado y seguro. Doña Cinta, de consulta en consulta, había acabado por
considerar indispensable su colaboración. El catedrático suplía
dulcemente la autoridad del marido viajero: él se había encargado de
representar al jefe de la familia en todos los asuntos exteriores...
Muchas veces le esperaba con impaciencia la esposa de Ferragut para
pedirle un consejo urgente, y él emitía su opinión con voz lenta,
después de largas reflexiones.
Esteban encontraba intolerable que este señor, que no era mas que un
pariente lejano de su abuela, se mezclase en los asuntos de la casa,
pretendiendo dirigirle á él como un padre. Pero aún le irritaba más
verlo de buen humor y con pretensiones de gracioso. Le daba rabia que
llamase á su madre Penépole y á él joven Telémaco... «¡Tío _latero_ y
pesado!»
El joven Telémaco no vacilaba en sus venganzas. De pequeño interrumpía
sus diversiones para «trabajar» en el recibidor, junto al perchero
vecino á la puerta. Y el pobre catedrático encontraba abollado su
sombrero de copa, con los pelos en desorden, ó salía llevando en las
haldas del gabán varios salivazos.
Ahora el muchacho se limitaba á ignorar su existencia, pasando ante él
sin reconocerle, saludándolo únicamente cuando su madre se lo ordenaba.
El día en que trajo la noticia de la vuelta del vapor sin su capitán,
don Pedro hizo la visita más larga que de costumbre. Cinta derramó dos
lágrimas sobre los encajes, pero tuvo que cortar su llanto, vencida por
el buen sentido de su consejero.
--¿Por qué llorar y calentarse la cabeza con tantas suposiciones sin
fundamento?... Lo que usted debe hacer, hija mía, es llamar á ese Tòni
que es el segundo del buque. El debe saberlo todo... Tal vez le diga la
verdad.
Recibió Esteban el encargo de buscarle al día siguiente, y pudo darse
cuenta de la inquietud que experimentó Tòni al saber que doña Cinta
quería hablarle. Salió del buque con lúgubre mutismo, como si le
llevasen á sufrir tormentos mortales. Luego canturreó sordamente, lo que
era en él indicio de honda preocupación.
No pudo asistir el joven Telémaco á la entrevista, pero rondó por las
inmediaciones de la puerta cerrada, alcanzando á oír algunas palabras en
voz más fuerte que se deslizaron por las rendijas. Su madre era la que
hablaba con más frecuencia. Tòni repetía con voz sorda las mismas
excusas: «No sé. El capitán va á llegar de un momento á otro...» Pero al
verse fuera del salón y de la casa, estalló su cólera contra él mismo,
contra su maldito carácter que no sabía mentir, contra todas las
mujeres, malas y buenas. Creía haber dicho demasiado. Aquella señora
tenía una habilidad de juez para extraer las palabras.
En la noche, á la hora de la cena, la madre apenas abrió la boca. Sus
dedos comunicaron un temblor nervioso á los platos y los tenedores.
Miraba á su hijo con trágica conmiseración, como si presintiese enormes
desgracias que iban á desplomarse sobre su cabeza. Opuso un mutismo
desesperado á las preguntas de Esteban, y al fin exclamó:
--¡Tu padre nos abandona!... ¡Tu padre se ha olvidado de nosotros!...
Y salió del comedor para ocultar las lágrimas que habían afluído á sus
párpados.
El muchacho durmió algo intranquilo, pero durmió. La admiración que
sentía por su padre y cierta solidaridad con los ejemplares fuertes de
su sexo le hicieron tener en poco estos llantos. ¡Cosas de mujeres! Su
madre no sabía ser la esposa de un varón extraordinario como el capitán
Ferragut. El, que era todo un hombre á pesar de sus pocos años, iba á
intervenir en el asunto para poner en claro la verdad.
Cuando Tòni, desde la cubierta del buque, le vió avanzar por el muelle á
la mañana siguiente, tuvo tentaciones de esconderse... «¡Doña Cinta, que
le llamaba otra vez para interrogarle!...» Pero se tranquilizó al
decirle el muchacho que venía por su voluntad á pasar unas horas en el
_Mare nostrum_. Aun así, quiso evitar su presencia, como si temiese
algún descuido al hablar con él, y fingió trabajos en las bodegas. Luego
salió del buque, yendo á visitar á un amigo en un vapor algo lejano.
Esteban entró en la cocina, llamando alegremente al tío _Caragòl_.
Tampoco éste era el mismo. Sus ojos húmedos y rojizos miraban al
muchacho con una ternura extraordinaria. Detenía repentinamente su
lengua, con una expresión de inquietud en el rostro. Miraba indeciso en
torno de él, como si temiese que fuera á abrirse un precipicio ante sus
pies.
No olvidaba nunca los respetos debidos á todo visitante de sus dominios,
y preparó dos «refrescos». Por primera vez iba á obsequiar á Esteban en
esta vuelta de viaje. Los días anteriores, por inverosímil que parezca
el hecho, no había pensado en confeccionar uno siquiera de sus
delirantes brebajes. El regreso de Nápoles á Barcelona había sido
triste; el buque tenía un ambiente fúnebre sin su dueño.
Por todas estas razones, se le fué la mano á _Caragòl_ en la medida,
prodigando la caña hasta que el líquido tomó un color de tabaco.
Bebieron... El joven Telémaco empezó á hablar de su padre cuando los
vasos sólo guardaban la mitad del «refresco», y el cocinero agitó ambas
manos en el aire, dando un gruñido que significaba su deseo de no
ocuparse de la ausencia del capitán.
--Tu padre volverá, Estevet--añadió--. Volverá, pero no sé cuándo.
Seguramente más tarde de lo que asegura Tòni.
Y no queriendo decir más, se tragó todo el resto del vaso, dedicándose á
la confección de un segundo «refresco» precipitadamente, para recobrar
el tiempo perdido.
Poco á poco se deshizo la prudente barrera que contenía su verbosidad, y
habló con el mismo abandono de siempre; pero su flujo de palabras no
arrastraba noticias precisas.
_Caragòl_ predicó moral al hijo de Ferragut; una moral á su modo,
interrumpida por frecuentes caricias al vaso.
--Estevet, hijo mío, respeta mucho á tu padre. Imítale como marino. Sé
bueno y justiciero con los hombres que mandes... pero ¡huye de las
mujeres!
¡Las mujeres!... No había tema mejor para su elocuencia de ebrio
piadoso. El mundo le infundía lástima. Todo en él estaba gobernado por
la infernal atracción que ejerce la hembra. Los hombres trabajaban,
peleaban, querían hacerse ricos ó célebres, todo por conquistar la
posesión de un pedazo de carne, el más inmundo y vergonzoso del cuerpo
humano.
--Mira cómo será, Estevet, que hasta en los animales comestibles no hay
cocinero que sepa aprovecharlo. Siempre lo arrojan á la basura...
Créeme, hijo mío: no imites en eso á tu padre.
El viejo había dicho demasiado para retroceder, y tuvo que ir soltando á
fragmentos todo lo restante. Así se enteró Esteban de que el capitán
andaba en amoríos con una señora de Nápoles, y se había quedado allá
fingiendo negocios, pero en realidad dominado por la influencia de esta
mujer.
--¿Es guapa?--preguntó el muchacho con avidez.
--Guapísima--repuso _Caragòl_--. ¡Y unos olores!... ¡y un ruido de ropas
finas!...
Telémaco se estremeció con una sensación contradictoria de orgullo y de
envidia. Admiró á su padre una vez más, pero esta admiración sólo duró
breves instantes. Una nueva idea se apoderó de él, mientras el cocinero
seguía hablando.
--No vendrá por ahora. Conozco lo que son esas mujeres elegantes y
llenas de perfumes: verdaderos demonios que enclavijan sus uñas cuando
agarran y hay que cortarles las manos para que suelten... ¡Y el buque
sin trabajar, como si estuviese varado, mientras que los otros se llenan
de oro!... Créeme, hijo mío: en el mundo sólo esto es verdad.
Y acabó de beberse de un trago todo lo que quedaba del segundo vaso.
Mientras tanto, el muchacho seguía dando forma en su pensamiento á una
idea sugerida por la dulce embriaguez. ¡Si él fuese á Nápoles para traer
á su padre!...
En este momento todo le parecía posible. El mundo era de color de rosa,
como siempre que lo contemplaba vaso en mano junto al tío _Caragòl_. Los
obstáculos resultaban blandos, todo se arreglaba con prodigiosa
facilidad; los hombres podían caminar á saltos.
Pero horas después, cuando su pensamiento quedó limpio de nubes
seductoras, sintió miedo acordándose de su padre. ¿Cómo le recibiría al
verle llegar?... ¿Qué excusa darle de su presencia en Nápoles?... Tembló
evocando la imagen de su ceño fruncido y sus ojos irritados.
Al día siguiente, una repentina confianza se sobrepuso á esta inquietud.
Se acordó del capitán tal como le había visto algunas veces al celebrar
desde la cubierta del buque sus hazañas de remero en el puerto de
Barcelona ó al comentar con los amigos la inteligencia y la fuerza de su
hijo. La imagen del héroe paterno surgía ahora en su memoria con los
ojos bondadosos y una sonrisa que parecía agitar como un viento dulce el
bosque de sus barbas.
Le diría toda la verdad. Le haría saber que llegaba á Nápoles para
llevárselo, como un buen camarada que socorre á otro en un peligro. Tal
vez se irritase y le diese un golpe; pero él conseguiría su propósito.
El carácter de Ferragut renació en él con toda la fuerza de un argumento
decisivo. Si el viaje resultaba absurdo y peligroso... ¡mejor! ¡mucho
mejor! Bastaba esto para que lo emprendiese. Era un hombre, y no debía
conocer el miedo.
Durante dos semanas preparó su fuga. Nunca había hecho un viaje
importante. Sólo una vez había acompañado á su padre en una rápida
excursión de negocios á Marsella. Hora era ya de que saliese á correr el
mundo un hombre como él, que conocía por sus lecturas casi todos los
pueblos de la tierra.
El dinero no le preocupaba. Doña Cinta lo tenía en abundancia, y era
fácil encontrar su manojo de llaves. Un vapor viejo y lento, mandado por
un amigo de su padre, acababa de entrar en el puerto y zarpaba al día
siguiente para Italia.
Aceptó este marino al hijo de su camarada sin papeles de viaje. El
arreglaría la irregularidad con sus amigos de Génova. Entre capitanes se
debían estos servicios; y Ulises Ferragut, que esperaba á su hijo en
Nápoles--así lo afirmó Esteban--, no iba á perder el tiempo en vano por
unas formalidades oficinescas.
Telémaco, con mil pesetas en el bolsillo extraídas de un costurero que
servía á su madre de caja de caudales, se embarcó al día siguiente. Una
pequeña maleta sacada de su casa con lentas y hábiles astucias era todo
su equipaje.
De Génova fué á Roma, y de aquí á Nápoles, con el atrevimiento de la
inocencia, empleando palabras españolas y catalanas para reforzar un
italiano de corto léxico adquirido en las representaciones de opereta.
El único informe positivo que le guiaba en su viaje de aventuras era el
nombre de _albergo_ de la ribera de Santa Lucía que le había dado
_Caragòl_ como residencia de su padre.
Buscó á éste inútilmente durante varios días. Visitó á los
consignatarios de Nápoles, que se imaginaban al capitán de regreso á su
país hacía mucho tiempo.
Al no encontrarle sintió miedo. Debía estar ya en Barcelona, y lo que
había empezado como un viaje heroico iba á convertirse en una fuga de
adolescente travieso. Se acordó de su madre, que tal vez lloraba á
aquellas horas releyendo la carta que le había dejado para anunciarle el
objeto de su fuga.
Sobrevino además repentinamente la intervención de Italia en la guerra,
suceso que todos esperaban, pero que muchos veían aún lejano. ¿Qué le
quedaba que hacer en este país?... Y una mañana había desaparecido.
Como el portero del hotel no podía decir más, el padre, una vez pasada
la primera impresión de sorpresa, pensó en la conveniencia de visitar la
casa consignataria. Tal vez allí le diesen otras noticias.
La guerra era lo único interesante para los de esta oficina. Pero
Ferragut, dueño de buque y antiguo cliente, fué guiado por el director
hasta dar con los empleados que habían recibido á Esteban.
No sabían gran cosa. Recordaban vagamente á un joven español que decía
ser hijo del capitán, pidiéndoles noticias de éste. Su última visita
había sido dos días antes. Dudaba entre volver á su país por ferrocarril
ó embarcarse en uno de los tres vapores que estaban en el puerto listos
á salir para Marsella.
--Creo que se ha ido en ferrocarril--dijo uno de los empleados.