Al llegar á la estación supo la verdad; se enteró del suceso al que

había aludido el comerciante mientras iban en el bote. ¡Era la

guerra!... Italia había roto sus relaciones el día anterior con los

Imperios centrales.

Ulises se sintió agitado por la inquietud al recordar lo que había hecho

en pleno Mediterráneo. Creyó que los grupos populares que pasaban dando

vivas detrás de las banderas iban á adivinar su hazaña, cayendo sobre

él. Necesitaba alejarse de este entusiasmo patriótico; y respiró

satisfecho al verse en el interior de un vagón... Además, iba á ver á

Freya, y le bastaba evocar su imagen para que se desvaneciesen todos sus

remordimientos.

El viaje fué largo y difícil. Las necesidades de la guerra se hacían

sentir desde el primer momento, absorbiendo todos los medios de

comunicación. El tren quedaba inmóvil horas enteras para dejar paso á

otros trenes cargados de hombres y de material militar. En todas las

estaciones había soldados en traje de campaña, banderas, muchedumbres

que vitoreaban.

Cuando llegó á Nápoles, fatigado por un viaje de cuarenta y ocho horas,

le pareció que el cochero se dirigía con demasiada lentitud hacia el

viejo palacio de Chiaia.

Al atravesar el zaguán con su pequeña maleta, le cortó el paso la

portera, gruesa comadre de pelo encrespado y polvoriento, que sólo había

entrevisto algunas veces en las profundidades de su caverna.

--Las señoras ya no viven en la casa... Las señoras han partido de

repente con Karl, su empleado.

Y explicaba el resto de esta huída con una sonrisa hostil y maligna.

Comprendió Ferragut que no debía insistir. La mujerona estaba furiosa

por la fuga de las damas _tedescas_, y examinaba al marino como un

presunto espía, bueno para una denuncia patriótica. Sin embargo, por

honradez profesional, le avisó que la _signora_ rubia, la más joven y

simpática, había pensado en él al irse, dejando su equipaje en la

portería.

Se apresuró Ulises á desaparecer. Ya enviaría alguien que recogiese sus

maletas. Y tomando otro carruaje, se dirigió al _albergo_ de Santa

Lucía... ¡Qué golpe inesperado!

Al verle entrar, el portero hizo un gesto de sorpresa y de asombro.

Antes de que Ferragut alcanzase á preguntarle por Freya, con la vaga

esperanza de que se hubiese refugiado en el hotel, este hombre le dió

una noticia.

--Capitán, aquí ha estado su hijo esperándole.

El capitán balbuceó, desorientado: «¿Qué hijo?...» El hombre de las

llaves bordadas trajo el libro de viajeros, mostrándole una línea:

«Esteban Ferragut. Barcelona.» Y Ulises reconoció la letra de su hijo,

al mismo tiempo que se le oprimía el pecho con una angustia indefinible.

La sorpresa le dejó sin voz, y el portero se aprovechó de su silencio

para seguir hablando.

Era un muchacho simpático é inteligente... Algunas mañanas le había

acompañado para enseñarle lo mejor de la ciudad. Se había puesto en

relación con los consignatarios del _Mare nostrum_, buscando por todas

partes noticias de su padre. Al fin, convencido de que el capitán estaba

ya de regreso á Barcelona, había partido á su vez el día anterior.

--Si llega usted doce horas antes, todavía lo encuentra aquí.

El portero no sabía más. Ocupado en cumplir los encargos de unas señoras

sudamericanas, no había podido saludar al joven cuando salió del hotel.

Dudaba entre hacer el viaje en un vapor inglés hasta Marsella ó ir por

ferrocarril á Génova, donde encontraría buques directos para Barcelona.

Ferragut quiso saber cuándo había llegado, y el portero, elevando los

ojos, se entregó á un largo cálculo mental... Al fin marcó una fecha, y

el marino, á su vez, compulsó sus recuerdos.

Se dió en la frente una palmada, ruda como un puñetazo.

Era su hijo el joven que había visto entrando en el _albergo_ cuando él

marchaba á encargarse de la goleta para llevar combustible á los

submarinos alemanes.

VIII

EL JOVEN TELÉMACO

Siempre que el _Mare nostrum_ volvía á Barcelona, Esteban Ferragut

experimentaba una sensación de deslumbramiento, lo mismo que si se

abriese un glorioso ventanal en su existencia obscura y monótona de hijo

de familia.

Ya no vagaba por el puerto, admirando de lejos los grandes

trasatlánticos anclados frente al monumento de Colón ó los vapores de

carga que se alineaban en los muelles comerciales. Un buque importante

era de su absoluta propiedad por algunas semanas. El capitán y los

oficiales pasaban el tiempo en tierra con sus familias. Tòni, el

segundo, era el único que dormía á bordo. Muchos de los marineros

solicitaban permiso para vivir en la ciudad, y el vapor quedaba confiado

á la guarda del tío _Caragòl_, con media docena de hombres para la

diaria limpieza.

El pequeño Ferragut podía hacerse la ilusión de que era el capitán del

_Mare nostrum_. Se movía en el puente imaginándose que estaba

arrostrando una gran tormenta; examinaba los instrumentos náuticos con

una gravedad de experto conocedor; corría todos los departamentos

habitables del buque, bajaba á las bodegas, que se aireaban, abiertas,

en espera de carga, y finalmente se metía en el bote de servicio,

desamarrándolo de la escala, para remar unas horas con más satisfacción

que en los ligeros _yoles_ del Club de Regatas.

Sus visitas terminaban en la cocina, invitado por el tío _Caragòl_, que

le trataba con una familiaridad paternal. El joven remero estaba

sudando. «¿Un _refresquet_?...» Y preparaba su dulce mixtura, que hacía

caer á los hombres de un solo salto en las nebulosidades de la

embriaguez.

Esteban tenía en mucho los «refrescos» del cocinero. Su imaginación,

excitada por la frecuente lectura de novelas de viajes, le había hecho

concebir un tipo de marino heroico, atrevido, galanteador, y capaz de

tragarse á jarros las bebidas más incendiarias sin pestañear. El quería

ser así; todo buen navegante debe beber.

Aunque en tierra no conocía otros licores que los inocentes y dulzones

guardados por su madre para las fiestas de familia, una vez pisaba la

cubierta del buque sentía la necesidad de líquidos alcohólicos, para

hacer ver que era todo un hombre. «No había en el mundo una bebida que

pudiese con él...» Y al segundo «refresco» del tío _Caragòl_ quedaba

sumido en plácido nirvana, viéndolo todo de color de rosa y

considerablemente agrandado: el mar, los buques cercanos, los _docks_ y

la montaña de Montjuich, que servía de fondo.

El cocinero, al contemplarle amorosamente con sus ojos enfermos, creía

haber dado un salto atrás de docenas de años y hallarse todavía en

Valencia hablando con el otro Ferragut que se escapaba de la Universidad

para remar en el puerto. Casi llegó á creer que había vivido dos veces.

Escuchaba las quejas del muchacho, interrumpiéndolas con solemnes

consejos. Este Ferragut de quince años se mostraba descontento de la

vida. Era un hombre, y tenía que vivir entre mujeres: su madre y dos

sobrinas que le acompañaban haciendo encajes, lo mismo que ella había

acompañado en otro tiempo á su suegra doña Cristina. Quería ser marino,

y le obligaban á estudiar las materias antipáticas del bachillerato.

¿Acaso un capitán necesita saber latín?...

Deseaba terminar su vida de estudiante, para hacerse piloto y seguir las

prácticas en el puente, al lado de su padre. Tal vez llegase á mandar á

los treinta años el _Mare nostrum_ ú otro buque semejante.

Mientras tanto, la atracción del mar le arrastraba lejos de las aulas,

yendo á ver á _Caragòl_ á la misma hora en que sus profesores pasaban

lista á los alumnos, anotando sus ausencias.

El viejo y su protegido se recluían en la cocina con una inquietud de

culpables. Pasos y voces en la cubierta alteraban su conversación.

«¡Escóndete!» Y Esteban se metía debajo de una mesa ó se ocultaba en el

cuartucho de las provisiones, mientras el cocinero salía al encuentro

del recién llegado con una cara seráfica.

Algunas veces era Tòni, y el muchacho osaba salir, contando con su

silencio. También éste le quería y aprobaba su aversión por los libros.

Si de tarde en tarde era el capitán el que venía al buque por unos

momentos, _Caragòl_ le hablaba obstruyendo la puerta con su cuerpo, al

mismo tiempo que sonreía maliciosamente.

Para Esteban, las dos cosas más dignas de admiración eran el mar y su

padre. Todos los héroes novelescos que desde las páginas de los libros

habían pasado á alojarse en su imaginación tenían el rostro y los gestos

del capitán Ferragut.

De pequeño había visto llorar algunas veces á su madre con resignada

tristeza. Años adelante, al conocer con su precocidad de muchacho poco

vigilado las relaciones que existen entre hombres y mujeres, presintió

que todas estas lágrimas debían ser motivadas por ligerezas é

infidelidades del lejano navegante.

El adoraba á su madre con una pasión de hijo único y mimado, pero no

admiraba menos al capitán, excusando todas las faltas que pudiese

cometer. Su padre era el hombre más valiente y más hermoso de la tierra.

Así lo veía él. Y un día que, examinando los cajones de su camarote,

encontró varias fotografías de mujeres llevando al pie los nombres de

lejanos países, su admiración aún fué más grande. Todas debían haber

enloquecido de amor por el capitán del _Mare nostrum_. ¡Ay! Por más que

él hiciese al ser hombre, nunca llegaría á igualarse con este triunfador

que le había dado la existencia...

Cuando el buque llegó á Barcelona sin su propietario de vuelta de

Nápoles, el hijo de Ferragut no experimentó ninguna sorpresa.

Tòni, que era siempre de pocas palabras, las prodigó en la presente

ocasión. El capitán Ferragut se había quedado allá por un negocio

importante, pero no tardaría en volver. Su segundo le esperaba de un

momento á otro. Tal vez hiciese el viaje por tierra, para llegar antes.

Esteban se asombró al ver que su madre no aceptaba esta ausencia como un

suceso insignificante. La buena señora se mostró preocupada y con los

ojos lacrimosos. Su instinto femenil le hacía presentir algo malo en el

retraso de su marido.

Por la tarde, cuando la visitó, como de costumbre, su antiguo enamorado

el catedrático, los dos hablaron lentamente, con palabras medidas, pero

entendiéndose con los ojos durante los largos intervalos de silencio.

Llegado don Pedro á la cumbre de su carrera gloriosa con la posesión de

una cátedra en el Instituto de Barcelona, visitaba todas las tardes á

Cinta, pasando hora y media en su salón con exactitud cronométrica. Ni

el más leve pensamiento de impureza agitó jamás al profesor. Lo pasado

había caído en el olvido... Pero él necesitaba ver diariamente á la

esposa del capitán tejiendo encajes entre sus dos pequeñas sobrinas,

como había visto años antes á la viuda de Ferragut.

Le hacía saber los sucesos más importantes de Barcelona y del mundo

entero; comentaban juntos los futuros destinos de Esteban; oía él con

arrobamiento su voz dulce, concediendo gran importancia á los detalles

de economía doméstica ó á las descripciones de fiestas religiosas, sólo

porque era ella la que hacía tales relatos.

Muchas veces quedaban en largo mutismo. Don Pedro representaba la

paciencia, el humor igual, el respeto silencioso, en aquella casa

tranquila y limpia, que únicamente perdía su calma monástica al

presentarse el dueño por unos días, entre dos viajes.

Cinta se había acostumbrado á las visitas del catedrático. Al marcar el

reloj las tres y media presentía sus pasos en la escalera.

Si alguna tarde no llegaba, la dulce Penépole sufría una decepción.

--¿Qué le pasará á don Pedro?--preguntaba á sus sobrinas con inquietud.

Esta pregunta la hacía algunas veces extensiva al hijo; pero Esteban,

sin odiar al visitante, le apreciaba en muy poco.

Don Pedro pertenecía al grupo de aquellos señores del Instituto que

pagaba el gobierno para que fastidiasen con sus explicaciones y sus

exámenes á la juventud. Recordaba aún los dos años que había pasado en

su cátedra, como en una cámara de tormento, sufriendo el suplicio del

latín. Además, era un miedoso, que siempre temía resfriarse y no osaba

salir á la calle en los días nublados si le faltaba el paraguas. A él

que le hablasen de hombres valientes.

--No sé...--respondía á su madre--. Tal vez estará metido en cama, con

siete pañuelos en la cabeza.

Cuando volvía don Pedro, la casa recobraba su normalidad de reloj

pausado y seguro. Doña Cinta, de consulta en consulta, había acabado por

considerar indispensable su colaboración. El catedrático suplía

dulcemente la autoridad del marido viajero: él se había encargado de

representar al jefe de la familia en todos los asuntos exteriores...

Muchas veces le esperaba con impaciencia la esposa de Ferragut para

pedirle un consejo urgente, y él emitía su opinión con voz lenta,

después de largas reflexiones.

Esteban encontraba intolerable que este señor, que no era mas que un

pariente lejano de su abuela, se mezclase en los asuntos de la casa,

pretendiendo dirigirle á él como un padre. Pero aún le irritaba más

verlo de buen humor y con pretensiones de gracioso. Le daba rabia que

llamase á su madre Penépole y á él joven Telémaco... «¡Tío _latero_ y

pesado!»

El joven Telémaco no vacilaba en sus venganzas. De pequeño interrumpía

sus diversiones para «trabajar» en el recibidor, junto al perchero

vecino á la puerta. Y el pobre catedrático encontraba abollado su

sombrero de copa, con los pelos en desorden, ó salía llevando en las

haldas del gabán varios salivazos.

Ahora el muchacho se limitaba á ignorar su existencia, pasando ante él

sin reconocerle, saludándolo únicamente cuando su madre se lo ordenaba.

El día en que trajo la noticia de la vuelta del vapor sin su capitán,

don Pedro hizo la visita más larga que de costumbre. Cinta derramó dos

lágrimas sobre los encajes, pero tuvo que cortar su llanto, vencida por

el buen sentido de su consejero.

--¿Por qué llorar y calentarse la cabeza con tantas suposiciones sin

fundamento?... Lo que usted debe hacer, hija mía, es llamar á ese Tòni

que es el segundo del buque. El debe saberlo todo... Tal vez le diga la

verdad.

Recibió Esteban el encargo de buscarle al día siguiente, y pudo darse

cuenta de la inquietud que experimentó Tòni al saber que doña Cinta

quería hablarle. Salió del buque con lúgubre mutismo, como si le

llevasen á sufrir tormentos mortales. Luego canturreó sordamente, lo que

era en él indicio de honda preocupación.

No pudo asistir el joven Telémaco á la entrevista, pero rondó por las

inmediaciones de la puerta cerrada, alcanzando á oír algunas palabras en

voz más fuerte que se deslizaron por las rendijas. Su madre era la que

hablaba con más frecuencia. Tòni repetía con voz sorda las mismas

excusas: «No sé. El capitán va á llegar de un momento á otro...» Pero al

verse fuera del salón y de la casa, estalló su cólera contra él mismo,

contra su maldito carácter que no sabía mentir, contra todas las

mujeres, malas y buenas. Creía haber dicho demasiado. Aquella señora

tenía una habilidad de juez para extraer las palabras.

En la noche, á la hora de la cena, la madre apenas abrió la boca. Sus

dedos comunicaron un temblor nervioso á los platos y los tenedores.

Miraba á su hijo con trágica conmiseración, como si presintiese enormes

desgracias que iban á desplomarse sobre su cabeza. Opuso un mutismo

desesperado á las preguntas de Esteban, y al fin exclamó:

--¡Tu padre nos abandona!... ¡Tu padre se ha olvidado de nosotros!...

Y salió del comedor para ocultar las lágrimas que habían afluído á sus

párpados.

El muchacho durmió algo intranquilo, pero durmió. La admiración que

sentía por su padre y cierta solidaridad con los ejemplares fuertes de

su sexo le hicieron tener en poco estos llantos. ¡Cosas de mujeres! Su

madre no sabía ser la esposa de un varón extraordinario como el capitán

Ferragut. El, que era todo un hombre á pesar de sus pocos años, iba á

intervenir en el asunto para poner en claro la verdad.

Cuando Tòni, desde la cubierta del buque, le vió avanzar por el muelle á

la mañana siguiente, tuvo tentaciones de esconderse... «¡Doña Cinta, que

le llamaba otra vez para interrogarle!...» Pero se tranquilizó al

decirle el muchacho que venía por su voluntad á pasar unas horas en el

_Mare nostrum_. Aun así, quiso evitar su presencia, como si temiese

algún descuido al hablar con él, y fingió trabajos en las bodegas. Luego

salió del buque, yendo á visitar á un amigo en un vapor algo lejano.

Esteban entró en la cocina, llamando alegremente al tío _Caragòl_.

Tampoco éste era el mismo. Sus ojos húmedos y rojizos miraban al

muchacho con una ternura extraordinaria. Detenía repentinamente su

lengua, con una expresión de inquietud en el rostro. Miraba indeciso en

torno de él, como si temiese que fuera á abrirse un precipicio ante sus

pies.

No olvidaba nunca los respetos debidos á todo visitante de sus dominios,

y preparó dos «refrescos». Por primera vez iba á obsequiar á Esteban en

esta vuelta de viaje. Los días anteriores, por inverosímil que parezca

el hecho, no había pensado en confeccionar uno siquiera de sus

delirantes brebajes. El regreso de Nápoles á Barcelona había sido

triste; el buque tenía un ambiente fúnebre sin su dueño.

Por todas estas razones, se le fué la mano á _Caragòl_ en la medida,

prodigando la caña hasta que el líquido tomó un color de tabaco.

Bebieron... El joven Telémaco empezó á hablar de su padre cuando los

vasos sólo guardaban la mitad del «refresco», y el cocinero agitó ambas

manos en el aire, dando un gruñido que significaba su deseo de no

ocuparse de la ausencia del capitán.

--Tu padre volverá, Estevet--añadió--. Volverá, pero no sé cuándo.

Seguramente más tarde de lo que asegura Tòni.

Y no queriendo decir más, se tragó todo el resto del vaso, dedicándose á

la confección de un segundo «refresco» precipitadamente, para recobrar

el tiempo perdido.

Poco á poco se deshizo la prudente barrera que contenía su verbosidad, y

habló con el mismo abandono de siempre; pero su flujo de palabras no

arrastraba noticias precisas.

_Caragòl_ predicó moral al hijo de Ferragut; una moral á su modo,

interrumpida por frecuentes caricias al vaso.

--Estevet, hijo mío, respeta mucho á tu padre. Imítale como marino. Sé

bueno y justiciero con los hombres que mandes... pero ¡huye de las

mujeres!

¡Las mujeres!... No había tema mejor para su elocuencia de ebrio

piadoso. El mundo le infundía lástima. Todo en él estaba gobernado por

la infernal atracción que ejerce la hembra. Los hombres trabajaban,

peleaban, querían hacerse ricos ó célebres, todo por conquistar la

posesión de un pedazo de carne, el más inmundo y vergonzoso del cuerpo

humano.

--Mira cómo será, Estevet, que hasta en los animales comestibles no hay

cocinero que sepa aprovecharlo. Siempre lo arrojan á la basura...

Créeme, hijo mío: no imites en eso á tu padre.

El viejo había dicho demasiado para retroceder, y tuvo que ir soltando á

fragmentos todo lo restante. Así se enteró Esteban de que el capitán

andaba en amoríos con una señora de Nápoles, y se había quedado allá

fingiendo negocios, pero en realidad dominado por la influencia de esta

mujer.

--¿Es guapa?--preguntó el muchacho con avidez.

--Guapísima--repuso _Caragòl_--. ¡Y unos olores!... ¡y un ruido de ropas

finas!...

Telémaco se estremeció con una sensación contradictoria de orgullo y de

envidia. Admiró á su padre una vez más, pero esta admiración sólo duró

breves instantes. Una nueva idea se apoderó de él, mientras el cocinero

seguía hablando.

--No vendrá por ahora. Conozco lo que son esas mujeres elegantes y

llenas de perfumes: verdaderos demonios que enclavijan sus uñas cuando

agarran y hay que cortarles las manos para que suelten... ¡Y el buque

sin trabajar, como si estuviese varado, mientras que los otros se llenan

de oro!... Créeme, hijo mío: en el mundo sólo esto es verdad.

Y acabó de beberse de un trago todo lo que quedaba del segundo vaso.

Mientras tanto, el muchacho seguía dando forma en su pensamiento á una

idea sugerida por la dulce embriaguez. ¡Si él fuese á Nápoles para traer

á su padre!...

En este momento todo le parecía posible. El mundo era de color de rosa,

como siempre que lo contemplaba vaso en mano junto al tío _Caragòl_. Los

obstáculos resultaban blandos, todo se arreglaba con prodigiosa

facilidad; los hombres podían caminar á saltos.

Pero horas después, cuando su pensamiento quedó limpio de nubes

seductoras, sintió miedo acordándose de su padre. ¿Cómo le recibiría al

verle llegar?... ¿Qué excusa darle de su presencia en Nápoles?... Tembló

evocando la imagen de su ceño fruncido y sus ojos irritados.

Al día siguiente, una repentina confianza se sobrepuso á esta inquietud.

Se acordó del capitán tal como le había visto algunas veces al celebrar

desde la cubierta del buque sus hazañas de remero en el puerto de

Barcelona ó al comentar con los amigos la inteligencia y la fuerza de su

hijo. La imagen del héroe paterno surgía ahora en su memoria con los

ojos bondadosos y una sonrisa que parecía agitar como un viento dulce el

bosque de sus barbas.

Le diría toda la verdad. Le haría saber que llegaba á Nápoles para

llevárselo, como un buen camarada que socorre á otro en un peligro. Tal

vez se irritase y le diese un golpe; pero él conseguiría su propósito.

El carácter de Ferragut renació en él con toda la fuerza de un argumento

decisivo. Si el viaje resultaba absurdo y peligroso... ¡mejor! ¡mucho

mejor! Bastaba esto para que lo emprendiese. Era un hombre, y no debía

conocer el miedo.

Durante dos semanas preparó su fuga. Nunca había hecho un viaje

importante. Sólo una vez había acompañado á su padre en una rápida

excursión de negocios á Marsella. Hora era ya de que saliese á correr el

mundo un hombre como él, que conocía por sus lecturas casi todos los

pueblos de la tierra.

El dinero no le preocupaba. Doña Cinta lo tenía en abundancia, y era

fácil encontrar su manojo de llaves. Un vapor viejo y lento, mandado por

un amigo de su padre, acababa de entrar en el puerto y zarpaba al día

siguiente para Italia.

Aceptó este marino al hijo de su camarada sin papeles de viaje. El

arreglaría la irregularidad con sus amigos de Génova. Entre capitanes se

debían estos servicios; y Ulises Ferragut, que esperaba á su hijo en

Nápoles--así lo afirmó Esteban--, no iba á perder el tiempo en vano por

unas formalidades oficinescas.

Telémaco, con mil pesetas en el bolsillo extraídas de un costurero que

servía á su madre de caja de caudales, se embarcó al día siguiente. Una

pequeña maleta sacada de su casa con lentas y hábiles astucias era todo

su equipaje.

De Génova fué á Roma, y de aquí á Nápoles, con el atrevimiento de la

inocencia, empleando palabras españolas y catalanas para reforzar un

italiano de corto léxico adquirido en las representaciones de opereta.

El único informe positivo que le guiaba en su viaje de aventuras era el

nombre de _albergo_ de la ribera de Santa Lucía que le había dado

_Caragòl_ como residencia de su padre.

Buscó á éste inútilmente durante varios días. Visitó á los

consignatarios de Nápoles, que se imaginaban al capitán de regreso á su

país hacía mucho tiempo.

Al no encontrarle sintió miedo. Debía estar ya en Barcelona, y lo que

había empezado como un viaje heroico iba á convertirse en una fuga de

adolescente travieso. Se acordó de su madre, que tal vez lloraba á

aquellas horas releyendo la carta que le había dejado para anunciarle el

objeto de su fuga.

Sobrevino además repentinamente la intervención de Italia en la guerra,

suceso que todos esperaban, pero que muchos veían aún lejano. ¿Qué le

quedaba que hacer en este país?... Y una mañana había desaparecido.

Como el portero del hotel no podía decir más, el padre, una vez pasada

la primera impresión de sorpresa, pensó en la conveniencia de visitar la

casa consignataria. Tal vez allí le diesen otras noticias.

La guerra era lo único interesante para los de esta oficina. Pero

Ferragut, dueño de buque y antiguo cliente, fué guiado por el director

hasta dar con los empleados que habían recibido á Esteban.

No sabían gran cosa. Recordaban vagamente á un joven español que decía

ser hijo del capitán, pidiéndoles noticias de éste. Su última visita

había sido dos días antes. Dudaba entre volver á su país por ferrocarril

ó embarcarse en uno de los tres vapores que estaban en el puerto listos

á salir para Marsella.

--Creo que se ha ido en ferrocarril--dijo uno de los empleados.

Mare nostrum · 第 21 / 36 段