Las respuestas eran incompletas. Ella se había limitado á obedecer á la

doctora, que lo sabía todo... Luego vacilaba, rectificándose. No; su

amiga no podía saberlo todo. Por encima de ella estaban el conde y otros

personajes que venían de tarde en tarde á visitarla, como viajeros de

paso. Y la cadena de agentes, de menor á mayor, se perdía en misteriosas

alturas que hacían palidecer á Freya, poniendo en sus ojos y en su voz

una expresión de supersticioso respeto.

Únicamente le era lícito hablar de sus trabajos, y lo hacía

discretamente, contando los procedimientos que había empleado, pero sin

nombrar á sus colaboradores ni decir cuál era su finalidad. Las más de

las veces se había movido sin saber adónde convergían sus esfuerzos,

como voltea una rueda, conociendo únicamente su engranaje inmediato,

ignorando el conjunto de la maquinaria y la clase de producción á que

contribuye.

Se admiró Ulises de los inverosímiles y grotescos procedimientos

empleados por los agentes del espionaje.

--¡Pero eso es de novela de folletón!... Son medios gastados y ridículos

que todos pueden aprender en libros y melodramas.

Freya asentía. Por eso mismo los empleaban. El medio más seguro de

desorientar al enemigo era valerse de procedimientos vulgares; así, el

mundo moderno, inteligente y sutil, se resistía á creer en ellos.

Bismarck había engañado á toda la diplomacia europea diciendo

simplemente la verdad, por lo mismo que nadie esperaba que la verdad

saliese de su boca. El espionaje alemán se agitaba como los personajes

de una novela policíaca, y la gente no quería creer en sus trabajos,

aunque estos trabajos pasasen ante sus ojos, por parecerle demasiado

gastados y fuera de moda.

--Por eso--continuó ella--cada vez que Francia descubría una parte de

nuestros manejos, la opinión mundial, que sólo cree en cosas ingeniosas

y difíciles, se reía de ella, considerándola atacada del delirio de

persecuciones.

La mujer entraba por mucho en el servicio de espionaje. Las había sabias

como la doctora, elegantes como Freya, venerables y con un apellido

célebre, para obtener la confianza que inspira una viuda noble. Eran

numerosas, pero no se conocían unas á otras. Algunas veces se tropezaban

en el mundo, se presentían, pero cada una continuaba su camino,

empujadas en distintas direcciones por la fuerza omnipotente y oculta.

Le mostró retratos suyos que databan de algunos años. Ulises tardó en

reconocerla al contemplar la fotografía de una japonesa delgada,

jovencita, envuelta en un kimono sombrío.

--Soy yo, cuando estuve allá. Nos interesaba conocer la verdadera fuerza

de ese pueblo de hombrecitos con ojos de ratón.

El otro retrato aparecía con falda corta, botas de montar, camisa de

hombre y un fieltro de _cow-boy_. Era del Transvaal. También había

andado por el Sur de África, en compañía de otros alemanes del

«servicio», para sondear el estado de ánimo de los boers bajo la

dominación inglesa.

--Yo he estado en todas partes--afirmó ella con orgullo.

--¿También en París?--dijo el marino.

Dudó antes de contestar, pero al fin hizo un movimiento de cabeza...

Había estado muchas veces en París. La guerra le había sorprendido

viviendo en el Gran Hotel. Afortunadamente, recibió aviso dos días antes

de la ruptura de hostilidades, pudiendo librarse de quedar prisionera en

un campo de concentración... Y no quiso decir más. Era verbosa y franca

al relatar los trabajos pasados, pero el recuerdo de los recientes le

infundía una reserva inquieta y medrosa.

Para torcer el curso de la conversación, habló de los peligros que la

habían amenazado en sus viajes.

--Necesitamos ser valientes... La doctora, tal como la ves, es una

heroína... Ríete; pero si conocieses su arsenal, tal vez te infundiese

miedo. Es una científica.

La grave señora experimentaba una repugnancia invencible por las armas

vulgares. Freya le conocía todo un botiquín portátil lleno de

anestésicos y venenos.

--Además, lleva encima un saquito repleto de ciertos polvos de su

invención: tabaco, pimienta... ¡demonios! El que los recibe en los ojos

queda ciego. Es como si le echasen llamas.

Ella era menos complicada en sus medios de defensa. Tenía el revólver,

arma que lograba ocultar como esconden el aguijón ciertos insectos, sin

saberse nunca con certeza de dónde volvía á surgir. Y por si no le era

posible valerse de él, contaba con el alfiler de su sombrero.

--Míralo... ¡Con qué gusto lo clavaría en el corazón de muchos!...

Y le mostró una especie de puñal disimulado, un estilete sutil y

triangular de verdadero acero, rematado por una perla larga de vidrio

que podía servir de empuñadura.

«¡Entre qué gente vives!--murmuraba en el interior de Ferragut la voz de

la cordura--. ¡Dónde te has metido, hijo mío!»

Pero su tendencia á desafiar el peligro, á no vivir como los demás, le

hizo encontrar un profundo encanto á esta existencia novelesca.

La doctora ya no emprendió más viajes. En cambio aumentaban sus

visitantes. Algunas veces, cuando Ulises intentaba dirigirse hacia sus

habitaciones, le detenía Freya.

--No vayas... Tiene una consulta.

Al abrir la puerta del rellano que correspondía á su alojamiento, vió en

varias ocasiones la mampara verde de la oficina cerrándose detrás de

muchos hombres, todos ellos de aspecto germánico: viajeros que venían á

embarcarse en Nápoles con cierta precipitación, vecinos de la ciudad que

recibían órdenes de la doctora.

Esta se mostró más preocupada que de costumbre. Sus ojos pasaban con

distracción sobre Freya y el marino, como si no los viese.

--Malas noticias de Roma--decía á Ferragut su amante--. Estos

mandolinistas malditos se nos escapan.

Ulises empezó á sentir la saciedad de los días voluptuosos, que se

sucedían siempre iguales. Sus sentidos se embotaban con tantos placeres

repetidos maquinalmente. Además, un monstruoso desgaste le hacía pensar

por instinto defensivo en la vida tranquila del hogar.

Tímidamente hacía cálculo sobre su dulce reclusión. ¿Cuánto tiempo vivía

en ella?... Su memoria confusa y nebulosa pedía auxilio.

--Quince días--contestaba Freya.

De nuevo insistía en sus cálculos, y ella le afirmaba que sólo iban

transcurridas tres semanas desde que su vapor partió de Nápoles.

--Tendré que irme--decía Ulises con vacilación--. Me esperan en

Barcelona: no tengo noticias... ¿Qué será de mi buque?...

Ella, que le escuchaba con aire distraído, no queriendo entender sus

tímidas insinuaciones, respondió una tarde categóricamente:

--Se acerca el momento de que cumplas tu palabra, de que te sacrifiques

por mí. Luego podrás marcharte á Barcelona, y yo... yo iré á juntarme

contigo. Si no puedo ir, ya nos encontraremos... El mundo es pequeño.

Su pensamiento no llegaba más allá de este sacrificio exigido á

Ferragut. Luego, ¿quién podía saber dónde iría ella á parar?...

Dos tardes después, la doctora y el conde llamaron al marino. La voz de

la dama, siempre bondadosa y protectora, tomó esta vez un leve acento de

mando.

«Todo está listo, capitán.» Como no había podido disponer de su vapor,

ella le tenía preparado otro buque. Debía limitarse á seguir las

instrucciones del conde. Este le enseñaría el barco cuyo mando iba á

tomar.

Se marcharon juntos los dos hombres. Era la primera vez que Ulises salía

á la calle sin Freya, y á pesar de su entusiasmo amoroso, sintió una

agradable sensación de libertad.

Descendieron á la ribera, y en el pequeño puerto de la isla del Huevo

pasaron el tablón que servía de puente entre el muelle y una goleta

pequeña de casco verdoso. Ferragut, que la había apreciado exteriormente

de una sola ojeada, corrió su cubierta... «Ochenta toneladas.» Luego

examinó el aparejo y la máquina auxiliar, un motor á petróleo que le

permitía hacer siete millas por hora cuando el velamen no encontraba

viento.

Había visto en la popa el nombre del buque y su procedencia, adivinando

en seguida la clase de navegación á que estaba dedicado. Era una goleta

siciliana de Trápani, construida para la pesca. Un calafate artista

había esculpido una langosta de madera subiendo por el timón. Por los

dos lados de la proa se remontaba un doble rosario de cangrejos,

tallados con la prolijidad inocente de un imaginero medioeval.

Al asomarse á una escotilla vió la mitad de la cala llena de cajas.

Ferragut reconoció este cargamento. Cada una de las cajas contenía dos

latas de esencia de petróleo.

--Muy bien--dijo al conde, que había permanecido silencioso á sus

espaldas, siguiéndole en todas sus evoluciones--. ¿Dónde está la

tripulación?...

Kaledine le señaló tres marineros algo viejos acurrucados en la proa y

un muchacho vestido de andrajos. Eran veteranos del Mediterráneo,

silenciosos y ensimismados, que obedecían maquinalmente las órdenes, sin

preocuparse de adonde iban ni de quién los mandaba.

--¿No hay más?--preguntó Ferragut.

El conde aseguró que otros hombres vendrían á reforzar la tripulación en

el momento de la salida. Esta iba á ser tan pronto como la carga quedase

terminada. Había que tomar ciertas precauciones para no llamar la

atención.

--De todos modos, esté usted pronto para embarcarse, capitán. Tal vez le

avise con sólo un par de horas de avance.

En la noche, hablando á Freya, se asombró Ulises de la prontitud con que

la doctora había encontrado un buque, de la discreción con que hacían su

carga, de todos los detalles de este negocio, que se desarrollaba fácil

y misteriosamente en la misma boca de un gran puerto, sin que nadie se

percatase de ello.

Su amante afirmó con orgullo que Alemania sabía conducir bien sus

asuntos. No era la doctora la que obraba tales prodigios. Todos los

negociantes germánicos de Nápoles y Sicilia le habían dado ayuda... Y

convencida de que el capitán iba á ser avisado de un momento á otro,

puso en orden su equipaje, arreglando una pequeña maleta que le había de

acompañar en la corta navegación.

Al anochecer del día siguiente el conde vino á buscarle. Todo estaba

listo: el buque esperaba á su capitán.

La doctora despidió á Ulises con cierta solemnidad. Se hallaban en el

salón, y dió una orden en voz baja á Freya. Esta salió para volver

inmediatamente con una botella estrecha y larga. Era vino añejo del

Rhin, regalo de un comerciante de Nápoles, que guardaba la doctora para

una ocasión extraordinaria. Llenó cuatro vasos; y tomando el suyo, miró

en torno de ella con indecisión.

--¿Dónde cae el Norte?

El conde lo señaló silenciosamente. Entonces la dama fué levantando su

vaso con solemne lentitud, como si ofreciese una libación religiosa al

misterioso poder oculto en el Norte, lejos, muy lejos. Kaledine la imitó

con el mismo gesto de fervor.

Ulises iba á llevarse el vaso á los labios, queriendo ocultar un

principio de risa provocado por la gravedad de la imponente señora.

--Haz lo mismo que ellos--murmuró Freya junto á su oído.

Y los dos brindaron mudamente, con los ojos vueltos hacia el Norte.

--¡Buena suerte, capitán!--dijo la doctora--. Volverá usted pronto y con

toda felicidad, ya que trabaja por una causa justa... Nunca olvidaremos

sus servicios.

Freya quiso acompañarlo hasta el buque. El conde inició una protesta,

pero se contuvo viendo el gesto bondadoso de la sensible dama. «¡Se

amaban tanto!... Había que conceder algo al amor...»

Bajaron los tres por las calles pendientes de Chiaia hasta la ribera de

Santa Lucía. Ferragut, á pesar de su preocupación, se fijó en el

aspecto del conde. Iba vestido de azul y con gorra negra, lo mismo que

un _yachtman_ que se prepara á tomar parte en una carrera de balandros.

Sin duda había adoptado este traje para hacer más solemne la despedida.

En los jardines de la _Villa Nazionale_ se detuvo Kaledine, dando una

orden á Freya. No toleraba que pasase más adelante. Podía llamar la

atención en el pequeño puerto de la isla del Huevo, frecuentado sólo por

pescadores. El tono de la orden fué cortante, imperioso, y ella obedeció

sin protesta, como si estuviese habituada á tal superioridad.

--¡Adiós!... ¡adiós!

Olvidando la presencia del testigo severo, abrazó á Ulises

ardorosamente. Después rompió á llorar con un estertor nervioso. Le

pareció á él que nunca había sido tan sincera como en este momento, y

tuvo que esforzarse para salir del anillo de sus brazos. «¡Adiós!...

¡adiós!...» Luego marchó detrás del conde, sin atreverse á volver la

cabeza, presintiendo que ella le seguía con los ojos.

En la ribera de Santa Lucía vió de lejos su antiguo hotel con las

ventanas iluminadas. El portero precedía los pasos de un joven que

acababa de descender de un carruaje llevando su maleta. Ferragut se

acordó de pronto de su hijo Esteban. El viajero adolescente ofrecía de

lejos cierta semejanza con él... Y siguió adelante, sonriendo con

amargura de este recuerdo inoportuno.

Al entrar en la goleta encontró á Karl, el dependiente de la doctora,

que había traído su pequeño equipaje y acababa de instalarlo en el

camarote. «Podía retirarse...» Luego pasó revista á la tripulación.

Además de los tres sicilianos viejos, vió ahora siete mocetones rubios y

carnudos con los brazos arremangados. Hablaban italiano, pero el capitán

no tuvo dudas sobre su verdadera nacionalidad.

Empezaron varios de ellos á levar el ancla, y Ferragut miró al conde

como si le invitase á salir. El buque se despegaba poco á poco del

muelle. Iban á retirar la tabla que servía de puente.

--Yo voy también--dijo Kaledine--. Me interesa el paseo.

Ulises, que estaba dispuesto á no sorprenderse de nada en este viaje

extraordinario, se limitó á una exclamación de alegría cortés. «¡Tanto

mejor!...» Ya no se ocupó de él, dedicándose á sacar el barco del

pequeño puerto, dirigiendo su rumbo hacia la salida del golfo. Los

vidrios de la ribera de Santa Lucía temblaron con el ronquido del motor

de la goleta, máquina vieja y escandalosa, que imitaba el chapoteo de un

perro cansado. Mientras tanto, las velas se tendían á lo largo de los

mástiles, aleteando bajo los primeros manotones del viento.

Tres días duró la navegación. En la primera noche el capitán paladeó el

voluptuoso egoísmo del descanso á solas. Ya no tenía una mujer á su lado

como prolongación inevitable; vivía entre hombres... Y apreció la

castidad como un placer que se le ofrecía con todos los encantos de lo

nuevo.

La segunda noche, en la estrecha y maloliente cámara del patrón, se

sintió desvelado por los recuerdos, que volvían á retoñar. ¡Oh,

Freya!... ¡Cuándo la vería otra vez!...

El conde y él hablaron poco, pero pasaban largas horas juntos, sentados

al lado de la rueda del timón, mirando el mar. Eran más amigos que en

tierra, aunque se cruzaban entre ellos escasas palabras. La vida común

aminoraba la altivez del fingido diplomático y hacía que el capitán

descubriese nuevos méritos en su persona.

La soltura con que andaba por el buque y ciertas palabras técnicas

empleadas contra su voluntad no permitieron á Ferragut más dudas sobre

su verdadera profesión.

--Usted es marino--dijo de pronto.

Y el conde asintió, juzgando inútil el disimulo. Sí, era marino.

«Entonces, ¿qué hago yo aquí? ¿Para qué me han dado el mando?...» Así

pensó Ferragut, sin atinar por qué buscaba su concurso este hombre que

podía dirigir el buque sin ayuda ajena.

Indudablemente era un oficial de marina, y también debían proceder de

una flota todos los marineros rubios que trabajaban como autómatas. La

disciplina les hacía acatar las órdenes de Ferragut, pero se adivinaba

que para ellos su mando no pasaba de ser una simple delegación, y que el

verdadero jefe de á bordo era el conde.

La goleta pasó á la vista del archipiélago de Lípari; luego, torciendo

el rumbo hacia el Oeste, siguió las costas de Sicilia desde el cabo

Gallo al cabo de San Vito. A partir de aquí puso su proa al Sudoeste,

yendo en busca de las islas Egades.

Debía esperar en estas aguas, donde empieza á angostarse el Mediterráneo

entre Túnez y Sicilia, irguiéndose el pico volcánico de la isla

Pantelaria en mitad del inmenso estrecho.

Le bastaban al conde breves indicaciones para que el rumbo seguido por

Ferragut fuese con arreglo á sus deseos. Acabó por no ocultar la

admiración que le inspiraba su maestría de navegante.

--Conoce usted bien su mar--dijo el conde.

El capitán se encogió de hombros sonriendo. Era verdaderamente suyo.

Podía llamarle _mare nostrum_, lo mismo que los romanos, sus antiguos

dominadores.

Como si adivinase el fondo á simple vista, mantuvo el buque en los

límites del extenso banco de la Aventura. Navegaba lentamente con sólo

algunas velas, cruzando y recruzando las mismas aguas.

Kaledine, al transcurrir dos días, empezó á inquietarse. Varias veces

oyó Ferragut cómo murmuraba el nombre de Gibraltar. El paso del

Atlántico al Mediterráneo era el mayor peligro para los que él esperaba.

Desde la cubierta de la goleta sólo se podía ver á corta distancia, y el

conde trepó repetidas veces por las escalas de cuerda de la arboladura,

para abarcar con sus ojos un espacio más extenso.

Una mañana gritó desde lo alto al capitán, señalándole un punto del

horizonte. Debía hacer rumbo en la misma dirección. Allí estaban los que

él buscaba.

Ferragut le obedeció, y media hora después fueron apareciendo, uno tras

otro, dos buques prolongados y bajos de borda, que navegaban con gran

velocidad. Eran como destroyers, pero sin mástiles, sin chimeneas,

deslizándose casi á ras del agua, pintados de un color gris que les

hacía confundirse con el mar á cierta distancia.

Se colocaron á ambos lados del velero, aproximándose á él de tal modo,

que parecía que iban á aplastarlo con el encontrón de sus cascos. Varios

cables metálicos surgieron de sus cubiertas para enroscarse en los palos

de la goleta, aprisionándola, formando una sola masa de los tres buques,

que siguieron unidos la lenta ondulación del mar.

Ulises examinó curiosamente á los dos compañeros de flotación. ¿Estos

eran los famosos submarinos?... Vió en su cubierta de acero escotillas

redondas y salientes como chimeneas, por las que asomaban grupos de

cabezas. Los oficiales y tripulantes iban vestidos como pescadores de

las costas del Norte, con traje impermeable de una sola pieza y casco

encerado. Muchos de ellos agitaron en lo alto estos cascos, y el conde

les respondió tremolando su gorra. Los marineros rubios de la goleta

gritaron, contestando á las aclamaciones de sus camaradas de los

sumergibles: «_¡Deutschland über alles!_...»

Pero este entusiasmo en medio de la soledad del mar, que equivalía á un

canto da triunfo, duró muy poco. Sonaron pitos, corrieron hombres por

las aceradas cubiertas, y Ferragut vió invadido su buque por dos filas

de marineros. En un momento quedaron abiertas las escotillas, sonó un

ruido de maderas rotas, y las latas de esencia empezaron á transbordarse

por ambos lados. En torno del velero se pobló el agua de cajones

abiertos, que se alejaban con mansa flotación.

El conde oía en la popa á un hombre vestido de tela impermeable, que era

un oficial.

Relataba el paso por el estrecho de Gibraltar completamente sumergidos,

viendo por el periscopio los torpederos ingleses en patrulla de

vigilancia.

--Nada, comandante--continuó el oficial--; ni el menor incidente... Una

navegación magnífica.

--¡Que Dios castigue á Inglaterra!--dijo el conde, llamado ahora

comandante.

--¡Que Dios la castigue!--repuso el oficial, como si dijese «amén».

Ferragut se vió olvidado, desconocido por todos estos hombres que

llenaban la goleta. Algunos marineros le empujaron en la precipitación

de su trabajo. Era el patrón del velero, un civil falto de jerarquía al

estar entre hombres de guerra.

Empezó á comprender por qué motivo le habían dado el mando del pequeño

buque. El conde se quedaba. Le vió acercarse como si de repente se

acordase de él, tendiéndole su diestra con una afabilidad de camarada.

--Capitán, muchas gracias. Este servicio es de los que no se olvidan.

Tal vez no nos veremos nunca... Pero, por si alguna vez me necesita,

sepa quién soy.

Y como si presentase á otra persona, dijo sus nombres ceremoniosamente:

Archibaldo von Kramer, teniente de navío de la flota imperial... Su

personalidad de diplomático no era enteramente falsa. Había servido como

agregado naval en varias Embajadas.

Luego le dió instrucciones para el regreso. Podía esperar frente á

Palermo. Un bote vendría en busca suya para llevarle á tierra. Todo

estaba previsto... Debía entregar el mando al verdadero dueño de la

goleta: un miedoso que se había hecho pagar muy caro el alquiler del

buque, pero sin atreverse á poner en riesgo su persona. En la cámara

estaban los papeles en regla para justificar esta navegación.

--Salude en mi nombre á las señoras... Dígales que pronto oirán hablar

de nosotros. Vamos á hacernos dueños del Mediterráneo.

Continuó el desembarque de combustible. Ferragut vió á Von Kramer

introduciéndose por la capota abierta de uno de los submarinos. Luego

creyó reconocer en el otro sumergible á dos marineros de los que habían

tripulado la goleta, los cuales fueron recibidos con gritos y abrazos

por sus camaradas, metiéndose á continuación por una escotilla tubular.

La descarga duró hasta media tarde. Ulises no se había imaginado que el

pequeño buque llevase tantas cajas. Cuando la bodega quedó vacía,

desaparecieron los últimos marineros germánicos, y con ellos los cables

que aprisionaban al velero. Un oficial le gritó que podía marcharse. Los

dos sumergibles, más achatados sobre el mar que á su llegada, con los

depósitos henchidos de esencia y aceite, empezaron á alejarse.

Al verse solo en la popa de la goleta, sintió una repentina inquietud.

«¿Qué has hecho?... ¿qué has hecho?», clamó una voz en su cerebro.

Pero contemplando á los tres viajeros y al muchacho que habían quedado

como única tripulación, olvidó sus remordimientos. Debía moverse mucho

para suplir esta falta de brazos. En dos noches y un día apenas

descansó, manejando casi al mismo tiempo el timón y el motor, pues no se

atrevía á emplear todas sus velas con esta escasez de hombres.

Cuando se vió, en un amanecer, frente al puerto de Palermo, que empezaba

á extinguir sus luces, Ferragut pudo dormir por primera vez, dejando

encargado á uno de los marineros la vigilancia del buque, que se

mantenía con el velamen recogido. A media mañana le despertaron unas

voces que gritaban desde el mar: «¿Dónde está el capitán?»

Vió un bote y varios hombres que saltaban á la goleta. Era el dueño, que

venía á recobrar su buque para hacerlo entrar en el puerto con toda

legalidad. El mismo bote se encargó de llevar á tierra á Ulises con su

pequeña maleta. Le acompañaba un señor rojizo y obeso, que parecía tener

gran ascendiente sobre el patrón.

--Ya estará usted enterado de lo que ocurre--le dijo, mientras dos

remeros hacían deslizar el bote sobre las olas--. ¡Esos bandidos!...

¡Esos mandolinistas!...

Ulises, sin saber por qué, hizo un gesto afirmativo. Este burgués

indignado era un alemán: uno de los que ayudaban á la doctora. Bastaba

oírle.

Media hora después, Ferragut saltó á un muelle, sin que nadie se

opusiera á su desembarco, como si la protección de su obeso compañero

adormeciese todas las vigilancias. A pesar de esto, el buen señor

mostraba un deseo ferviente de apartarse de él, de huir, atendiendo á

sus propios asuntos.

Sonrió al enterarse de que Ulises quería salir inmediatamente para

Nápoles. «Hace usted bien...» El tren partía dos horas más tarde. Y lo

metió en un coche de alquiler, desapareciendo con precipitación.

El capitán, al quedarse solo, casi creyó que había soñado lo de los días

anteriores.

Volvía á ver Palermo después de una ausencia de largos años. Experimentó

la alegría de un siciliano desterrado al cruzarse con varios carros del

país tirados por rocines con plumas y cuyas cajas pintarrajeadas

representaban escenas de _La Jerusalén libertada_. Recordó los nombres

de las vías principales, que eran los de antiguos virreyes españoles.

Vió en una plaza las estatuas de cuatro reyes de España... Pero todos

estos recuerdos sólo le inspiraron un interés fugaz. Le preocupaban el

movimiento extraordinario de las calles, el gentío formando grupos para

escuchar la lectura de los periódicos. Muchas ventanas tenían banderas

nacionales entrelazadas con las de Francia, Inglaterra y Bélgica.

Mare nostrum · 第 20 / 36 段