Ella no quiso continuar alojada en el hotel. Acometida por un pudor

repentino, le molestaban las curiosidades y sonrisas de pasajeros y

criados. Además, quería gozar de una libertad completa en sus relaciones

amorosas. Su amiga, que era para ella como una madre, facilitaba sus

deseos. Los dos iban á vivir en su casa.

Ferragut se sorprendió al conocer la amplitud del piso ocupado por la

doctora. Más allá de su salón existían un sinnúmero de habitaciones algo

destartaladas y sin muebles; un dédalo de tabiques y pasillos en el que

se perdía el capitán, teniendo que apelar al auxilio de Freya. Todas las

puertas del rellano de la escalera, que parecían sin relación con la

mampara verde de la oficina, eran otras tantas salidas de la misma

vivienda.

Los amantes se alojaron en un extremo, como si viviesen en una casa

aparte. Una de las puertas era sola para ellos. Ocupaban un gran salón,

rico en molduras y dorados y pobre en mueblaje. Tres sillas, un diván

viejo, una mesa cargada de papeles, de artículos de tocador, de

comestibles, y una cama algo estrecha en uno de los rincones, eran todas

las comodidades de su nueva instalación.

En la calle hacía calor y ellos temblaban de frío en esta pieza

magnífica, donde jamás habían penetrado los rayos solares. Ulises

intentó hacer fuego en una chimenea de mármol de colores, grande como un

monumento, y tuvo que desistir, medio ahogado por el humo. Para ir hasta

la doctora tenían que atravesar un sinnúmero de habitaciones abandonadas

y en fila.

Vivieron como recién casados, en amorosa soledad, comentando con un

regocijo infantil los defectos de su aposento y los mil inconvenientes

de la existencia material. Freya preparaba el desayuno en un hornillo de

alcohol, defendiéndose de su amante, que se creía con mayor competencia

para los trabajos culinarios. Un marino sabe algo de todo.

La proposición de buscar una sirvienta para los más vulgares menesteres

irritó á la alemana.

--¡Nunca!... Tal vez sería una espía.

Y la palabra «espía» tomaba en sus labios una expresión de inmenso

desprecio.

La doctora se ausentaba con viajes frecuentes, y era Karl, el empleado

del escritorio, el que recibía á los visitantes. Algunas veces

atravesaba la fila de piezas desiertas para pedir á Freya un informe, y

ésta le seguía, dejando á su amante por unos momentos.

Al verse Ulises solo, experimentaba un repentino desdoblamiento de su

personalidad. Resurgía el hombre anterior al encuentro en Pompeya. Veía

su buque, veía su casa de Barcelona.

«¿En dónde te has metido?--se preguntaba con remordimiento--. ¿Cómo

terminará todo esto?...»

Pero al sonar los pasos de ella en la habitación inmediata, al percibir

la onda atmosférica producida por el desplazamiento de su adorable

cuerpo, se replegaba en su interior esta segunda persona y un telón

opaco caía en su memoria, dejando visible únicamente la realidad actual.

Con la sonrisa beatífica de los fumadores de opio, aceptaba la caricia

turbadora de sus labios, el enroscamiento de sus brazos, que le oprimían

como boas de marfil.

--¡Ulises! ¡dueño mío!... Los minutos que me separo de ti me pesan como

siglos.

El, en cambio, había perdido la noción del tiempo. Los días se

embrollaban en su memoria, y tenía que pedir ayuda para contar su paso.

Llevaba una semana en casa de la doctora, y unas veces creía que el

dulce secuestro era sólo de cuarenta y ocho horas, otras que había

transcurrido cerca de un mes.

Salían poco. La mañana transcurría insensiblemente entre los largos

desperezamientos del despertar y los preparativos del almuerzo,

confeccionado por ellos mismos. Si había que ir en busca de un

comestible olvidado el día antes, era ella la que se encargaba de la

expedición, queriendo evitarle todo contacto con la vida exterior.

Las tardes eran tardes de harén, pasadas sobre el diván ó tendidos en el

suelo. Ella entonaba á media voz cantos orientales incomprensibles y

misteriosos. De pronto saltaba impetuosamente, como un muelle que se

despliega, como una serpiente que se yergue, y empezaba á bailar casi

sin mover los pies, ondulando sus ágiles miembros... Y él sonreía con

estúpido arrobamiento, tendiendo la diestra hacia un taburete árabe

cargado de botellas.

Freya cuidaba de la provisión de licores más aún que de los comestibles.

El marino estaba ebrio, con una borrachera sabiamente dosificada que

nunca iba más allá del período de color de rosa. ¡Pero era tan feliz!...

Comían fuera de la casa. Algunas veces sus salidas eran á media tarde, é

iban á los restoranes de Possilipo ó del Vomero, los mismos que lo

habían conocido á él como suplicante sin esperanza, y le veían ahora

llevándola del brazo con orgulloso aire de posesión. Si les sorprendía

la noche en su encierro, se dirigían á toda prisa á un café del interior

de la ciudad, una cervecería, cuyo dueño hablaba en voz baja con Freya,

empleando el idioma alemán.

Siempre que la doctora estaba en Nápoles los sentaba á su mesa, con el

aire de una buena madre que recibe á su hija y á su yerno. Sus lentes

escrutadores parecían registrar el alma de Ferragut, como si dudasen de

su fidelidad. Luego se enternecía en el curso de estos banquetes,

compuestos de fiambres á uso alemán, con gran abundancia de bebidas. El

amor era para ella lo más hermoso de la existencia, y no podía ver á los

dos enamorados sin que un vaho de emoción empañase los cristales de sus

segundos ojos.

--¡Ah, capitán!... ¡Quiérala usted mucho!... No la contraríe, obedézcala

en todo... Ella le adora.

Frecuentemente, volvía de sus viajes con visible mal humor. Ulises

adivinaba que había estado en Roma. Otros días se mostraba alegre, con

una alegría irónica y pesada. «Los mandolinistas parecían entrar en

razón. Cada vez contaba Alemania más partidarios entre ellos. En Roma,

la propaganda germánica repartía millones.»

Una noche, la emoción conmovía su áspera sensibilidad. Traía de su viaje

un retrato, que apoyó amorosamente en el vasto pecho antes de mostrarlo.

--¡Vedlo!--dijo á los dos--. Este es el héroe cuyo nombre hace derramar

lágrimas de entusiasmo á todos los alemanes... ¡Qué honor para nuestra

familia!

El orgullo le hizo apresurarse, arrancando la fotografía de manos de

Freya para pasársela á Ulises. Este vió á un oficial de marina algo

maduro rodeado de numerosa familia. Dos niñas de cabellera rubia estaban

sentadas en sus rodillas. Cinco chiquillos cabezudos y peliblancos

aparecían á sus pies con las piernas cruzadas, alineados por orden de

edad. Junto á sus hombros se extendían en doble ala varias señoritas

huesudas, con las trenzas anudadas en forma de cesto, imitando el

peinado de las emperatrices y grandes duquesas... Detrás se erguía la

compañera virtuosa y prolífica, aventajada por los excesos de una

maternidad de repetición.

Ferragut contempló largamente á este patriarca guerrero. Tenía cara de

buena persona, con sus ojos claros y su barba canosa y puntiaguda. Casi

le inspiró una tierna compasión por sus abrumadores deberes de padre.

Mientras tanto, la voz de la doctora cantaba las glorias de su pariente.

--¡Un héroe!... Nuestro gracioso kaiser le ha dado la Cruz de Hierro.

Varias capitales lo han hecho ciudadano honorífico... ¡Dios castiga á

Inglaterra!

Y ensalzó la inaudita hazaña de este jefe de familia. Era el comandante

del submarino que había torpedeado á uno de los más grandes

trasatlánticos ingleses. De mil doscientos pasajeros que venían de Nueva

York, estaban ahogados más de ochocientos... Mujeres y niños habían

entrado en la destrucción general.

Freya, más ágil de pensamiento que la doctora, leyó en los ojos de

Ulises... Miraba ahora con asombro la fotografía de este oficial rodeado

de su bíblica prole como un burgués bondadoso. ¿Y un hombre que parecía

bueno había hecho tal carnicería sin arrostrar peligro alguno, oculto

en el agua, con el ojo pegado al periscopio, ordenando fríamente el

envío del torpedo contra la ciudad flotante é indefensa?...

--¡Es la guerra!--dijo Freya.

--¡Claro que es la guerra!--repuso la doctora, como si le ofendiese el

tono de excusa de su amiga--. Y es también nuestro derecho. Nos

bloquean, quieren matar de hambre á nuestras mujeres y nuestros niños, y

nosotros les matamos á los suyos.

Sintió el capitán la necesidad de protestar, sin hacer caso de los

gestos de su amante y de sus tirones ocultos. La doctora le había dicho

muchas veces que Alemania no conocería nunca el hambre, gracias á su

organización, y que podía resistirse años y años con el consumo de sus

propios productos.

--Así es--contestó la dama--. Pero la guerra hay que hacerla feroz,

implacable, para que dure menos. Es un deber humano aterrar á los

enemigos con una crueldad que vaya más allá de lo que puedan imaginarse.

El marino durmió mal aquella noche, con una visible preocupación. Freya

adivinó la presencia de algo que encapaba al influjo de sus caricias. Al

día siguiente persistió este alejamiento pensativo, y ella, conociendo

la causa, quiso disiparlo con sus palabras...

Los torpedeamientos de vapores indefensos sólo se hacían en las costas

de Inglaterra. Había que cortar, fuese como fuese, el abastecimiento de

la isla odiada.

--En el Mediterráneo no ocurrirá nunca eso. Puedo asegurártelo... Los

submarinos sólo atacarán á los buques de guerra.

Y como si temiese un renacimiento de los escrúpulos de Ulises, extremó

sus seducciones en las tardes de voluptuoso encierro. Se renovaba, para

que su amante no conociese el hastío. El, por su parte, llegó á creer

que vivía á la vez con varias mujeres, lo mismo que un personaje

oriental. Freya, al multiplicarse, no hacía mas que girar sobre sí

misma, mostrándole una nueva faceta de su pasada existencia.

El sentimiento de los celos, la amargura de no haber sido el primero y

el único, rejuvenecía la pasión del marino, alejando el cansancio de la

hartura, dando á las caricias de ella el sabor acre, desesperado y

atrayente al mismo tiempo de una forzosa confraternidad con ignorados

antecesores.

Dejando libres sus encantos, iba y venía por el salón, segura de su

hermosura, orgullosa de su cuerpo duro y soberbio, que no había cedido

aún bajo el paso de los años. Unos chales de colores le servían de

vestiduras transparentes. Agitándolos como fragmentos de arco iris en

torno de su marfileña desnudez, esbozaba las danzas sacerdotales, las

danzas al terrible Siva que había aprendido en Java.

De pronto, el frío de la habitación mordía en sus carnes, despertándola

de este ensueño tropical. De un último salto iba á refugiarse en los

brazos de él.

--¡Oh, mi argonauta amado!... ¡Tiburón mío!

Se apelotonaba contra el pecho del navegante, acariciándole las barbas,

empujándolo para incrustarse en el diván, que resultaba estrecho para

los dos.

Adivinaba inmediatamente la causa de su enfurruñamiento, de la flojera

con que respondía á sus caricias, del fuego sombrío que pasaba por sus

ojos... La danza exótica le hacía recordar el pasado de ella. Y para

dominarle de nuevo, sometiéndolo á una dulce pasividad, saltaba del

diván, corriendo por la habitación.

--¿Qué le daré á mi hombrecito malo para que sonría un poco?... ¿Qué le

haré para que olvide sus malas ideas?...

Los perfumes eran su afición dominante. Como ella misma declaraba, podía

faltarle que comer, pero nunca las esencias más ricas y costosas. En

aquel salón de muebles escasos, semejante al interior de una tienda de

campaña, los frascos tallados, con cerraduras doradas y niqueladas,

asomaban entre ropas y papeles, surgían de los rincones, denunciando el

olvido en que vivían con su embriagadora respiración.

--¡Toma!... ¡toma!

Y derramaba los perfumes preciosos como si fuesen agua sobre la cabeza

de Ferragut, sobre sus barbas rizosas, teniendo el marino que cerrar los

párpados para no quedar ciego bajo el loco bautismo.

Ungido y oloroso como un déspota asiático, el fuerte Ulises se revolvía

algunas veces contra este afeminamiento. Otras lo aceptaba, con la

delectación de un placer nuevo.

Veía abrirse de pronto un ventanal en su imaginación, y pasaban por este

cuadro luminoso la melancólica Cinta, su hijo Esteban, el puente del

buque, Tòni junto al timonel.

«¡Olvida!--gritaba la voz de los malos consejos, borrando la visión--.

¡Goza del presente!... Tiempo te queda para ir en busca de ellos.»

Y se sumía otra vez en su bienestar artificioso y refinado, con el

egoísmo del sátrapa que, luego de ordenar varias crueldades, se encierra

en el harén.

Lienzos finísimos esparcidos al azar se arrollaban á su cuerpo ó le

servían de almohada. Eran prendas interiores de ella, pétalos

desprendidos de su hermosura, pantalones y camisas que guardaban la

tibieza y el perfume de su carne. Los equipajes de los dos estaban

confundidos, como si sufriesen la misma atracción que juntaba sus

cuerpos con un enlazamiento continuo. Si Ferragut necesitaba buscar un

objeto de su pertenencia, se perdía en el oleaje de faldas, enaguas de

seda, ropa blanca, perfumes y retratos tendido sobre los muebles ó

encrespado en los rincones.

Cuando Freya no se apelotonaba en sus brazos, cansada de danzar en el

centro del salón, abría una caja de sándalo. En ella guardaba todas sus

joyas, volviendo á extraerlas con nerviosa inquietud, como si temiera

que se evaporasen en el encierro. Su amante tenía que oír las graves

explicaciones con que acompañaba la exhibición de sus tesoros.

--¡Toca!--decía mostrándole la sarta de perlas unida casi siempre á su

cuello.

Estos granos de resplandor lunar eran para ella animalillos vivientes,

criaturas que necesitaban el contacto de su piel para alimentarse con su

jugo. Se impregnaban de la esencia del que las llevaba: bebían su vida.

--¡Han dormido tantas noches sobre mí!--murmuraba contemplándolas

amorosamente--. Ese ligero tono de ámbar se lo he dado yo con mi calor.

Ya no eran una joya: formaban parte de su organismo. Podían palidecer y

morir si pasaban varios días olvidadas en el fondo de la caja.

Después iba sacando del perfumado encierro todas las joyas que

constituían su orgullo: pendientes y sortijas de gran precio revueltos

con otras alhajas exóticas de bizarras formas y escaso valor adquiridas

en sus viajes.

--¡Mira bien!--decía gravemente á Ferragut mientras frotaba contra su

brazo desnudo el enorme brillante de una de sus sortijas.

Al calentarse, la piedra preciosa se convertía en imán. Un pedazo de

papel colocado á unos cuantos centímetros lo atraía con irresistible

revoloteo.

A continuación frotaba una de aquellas joyas exóticas y falsas con

gruesos vidrios tallados, y el pedacito de papel quedaba inmóvil, sin

estremecerse bajo los efectos de la atracción.

Freya, satisfecha de estas experiencias, guardaba sus tesoros en la

cajita y la repelía con pasajero tedio, para arrojarse sobre Ulises lo

mismo que una bestia que quiere morder.

Estos largos encierros en una atmósfera cargada de esencias, de tabaco

oriental, de respiración de carne femenil, desordenaban el pensamiento

de Ferragut. Además, bebía para dar nuevo vigor á su organismo, que

empezaba á quebrantarse con los monstruosos excesos de la voluptuosa

reclusión. Al más leve signo de fastidio, Freya caía sobre él con sus

labios dominadores. Si lo dejaba libre de sus brazos, era para ofrecerle

la copa llena de licores fuertes.

La embriaguez, al apoderarse de él, entornando sus ojos, evocaba siempre

idénticos ensueños. En sus siestas de ebrio saciado y feliz, reaparecía

Freya, que no era Freya, sino doña Constanza, la emperatriz de Bizancio.

La veía vestida de labradora, tal como figuraba en el cuadro de la

iglesia de Valencia, y al mismo tiempo completamente desnuda, igual que

la otra cuando danzaba en el salón.

Esta doble imagen, que se separaba y se juntaba caprichosamente con las

inverosimilitudes del ensueño, decía siempre lo mismo. Freya era doña

Constanza perpetuándose á través de los siglos, tomando nuevas formas.

Había nacido de la unión de un alemán y una italiana, igual que la

otra... Pero la púdica emperatriz sonreía ahora de su desnudez; estaba

satisfecha de ser simplemente Freya. La infidelidad marital, la

persecución y la pobreza, habían sido el resultado de su primera

existencia, tranquila y virtuosa.

«Ahora conozco la verdad--continuaba diciendo doña Constanza con una

sonrisa dulcemente impúdica--. Sólo existe el amor; lo demás es engaño.

¡Bésame, Ferragut!... He vuelto á la vida para recompensarte. Tú me

diste la virginidad de tu cariño; me deseaste antes de ser hombre.»

Y su beso era igual al de la espía, un beso absorbente que tiraba de

toda su persona, haciéndole despertar... Al abrir los ojos, veía á Freya

abrazada á él y con la boca junto á la suya.

--¡Levántate, mi lobo marino!... Ya es de noche. Vamos á comer.

Fuera de la casa, Ulises aspiraba el viento del crepúsculo, mirando las

primeras estrellas que empezaban á brillar sobre los tejados. Sentía la

fresca delectación y la flojedad de piernas de la odalisca que sale de

su encierro.

Terminada la comida, andaban por las calles más obscuras ó seguían los

paseos de la ribera, huyendo de la gente. Una noche se detuvieron en los

jardines de la _Villa Nazionale_, junto al banco que había presenciado

su lucha á la vuelta de Possilipo.

--¡Aquí me quisiste matar, ladrón!... ¡Aquí me amenazaste con tu

revólver, bandido mío!...

Ulises protestó... «¡Vaya un modo de recordar las cosas!» Pero ella dió

fin á sus rectificaciones con un autoritarismo audaz y mentiroso.

--Fuiste tú... ¡fuiste tú!... Lo digo y basta. Es preciso que te

acostumbres á aceptar lo que yo afirme.

En la cervecería donde comían las más de las noches, falso salón

medioeval, con vigas de artesonado hechas á máquina, paredes de yeso

imitando el roble y vidrieras neogóticas, el dueño mostraba como gran

curiosidad un jarro de figurillas grotescas entre los _bocks_ de

porcelana que adornaban las repisas del zócalo.

Ferragut lo reconoció inmediatamente: era un jarro antiguo peruano.

--Sí; es una _huaca_--dijo ella--. Yo también he estado allá... Nos

dedicábamos á fabricar antigüedades.

Freya interpretó mal el gesto que hizo su amante. Creyó que se asombraba

ante lo inaudito de esta fabricación de recuerdos incásicos. «Alemania

es grande. Nada se resiste al poder de adaptación de su industria...»

Y los ojos de ella brillaron con un fuego de orgullo al enumerar estas

hazañas de falsa resurrección histórica. Habían llenado museos y

colecciones particulares de estatuillas egipcias y fenicias recién

hechas. Luego habían fabricado en tierra alemana antigüedades del Perú

para venderlas á los viajeros que visitaban el antiguo Imperio de los

incas. Unos indígenas á sueldo se encargaban de desenterrarlas

oportunamente, con gran publicidad. Ahora, la moda favorecía al arte

negro, y los coleccionistas buscaban los ídolos horribles de madera

tallados por las tribus del interior de África.

Pero lo que interesaba á Ferragut era el plural empleado por ella al

hablar de tales industrias. ¿Quién fabricaba las antigüedades

peruanas?... ¿Era su marido el sabio?...

--No--dijo Freya tranquilamente--; fué otro: un artista de Munich. Tenía

escaso talento para la pintura, pero una gran inteligencia para los

negocios. Volvimos del Perú con la momia de un inca, que paseamos por

casi todos los museos de Europa, sin encontrar quien la comprase. Un mal

negocio. Guardábamos al inca en nuestro cuarto del hotel, y...

Ferragut no se interesó con las andanzas del pobre monarca indio

arrancado al reposo de su tumba... ¡Uno más! Cada confidencia de Freya

sacaba un nuevo antecesor de las tinieblas de su pasado.

Al salir de la cervecería, el capitán marchó con aspecto sombrío. Ella,

por el contrario, reía de sus recuerdos, viendo á través de los años,

con un optimismo halagador, esta lejana aventura de su época de bohemia;

regocijándose al evocar la carroña del inca paseada de hotel en hotel.

De pronto estalló la cólera de Ulises... El oficial holandés, el sabio

naturalista, el cantante que se pegó un tiro, y ahora el falsificador de

antigüedades... Pero ¿cuántos hombres había en su existencia? ¿Cuántos

quedaban aún por llegar?... ¿Por qué no los soltaba todos de una vez?...

Freya quedó sorprendida por la violencia del exabrupto. Le daba miedo la

cólera del marino. Luego rió, apoyándose con fuerza en su brazo,

tendiendo el rostro hacia él.

--¡Tienes celos!... ¡Mi tiburón tiene celos! Sigue hablando. No sabes lo

que me gusta oírte. ¡Quéjate!... ¡pégame!... Es la primera vez que veo á

un hombre con celos. ¡Ah, los meridionales!... Por algo os adoran las

mujeres.

Y decía verdad. Experimentaba una sensación nueva ante esta cólera viril

provocada por el despecho amoroso. Ulises se le aparecía como un hombre

distinto á todos los que había conocido en su existencia anterior,

fríos, acomodaticios y egoístas.

--¡Ferragut mío!... ¡Mi mediterráneo! ¡Cómo te amo! Ven... ven...

Necesito recompensarte.

Estaban en una calle céntrica, junto á la esquina de un callejón que

formaba una cuesta de rellanos. Ella le empujó, y á los primeros pasos

en la estrecha y obscura vía se abrazó á él, volviendo la espalda al

movimiento y la luz de la gran calle para besarlo con aquel beso que

hacía temblar las piernas del capitán.

Aplacado en su cólera, siguió quejándose durante el resto del paseo.

¿Cuántos le habían precedido?... Necesitaba conocerlos. Quería saber,

por lo mismo que esto le causaba un daño horrible. Era el sádico deleite

del celoso que persiste en arañar su herida.

--Quiero conocerte--repitió--. Debo conocerte, ya que me perteneces.

¡Tengo derecho!...

Este derecho, invocado con una testarudez infantil, hizo sonreír á Freya

dolorosamente. Largos siglos de experiencia parecieron asomar en el

fruncimiento melancólico de su boca. Brilló en ella la sabiduría de la

mujer, más cauta y previsora que la del hombre, por ser el amor su única

preocupación.

--¿Por qué quieres saber?--preguntó con desaliento--. ¿Qué adelantas con

eso?... ¿Serás acaso más feliz cuando sepas?...

Calló durante algunos pasos, y luego dijo sordamente:

--Para amar no es preciso conocerse. Todo lo contrario: un poco de

misterio mantiene la ilusión y aleja la hartura... El que quiere saber

nunca es dichoso.

Siguió hablando. La verdad tal vez era buena en las otras cosas de la

existencia, pero resultaba fatal para el amor. Era demasiado fuerte,

demasiado cruda. El amor se asemejaba á ciertas mujeres, bellas como

diosas á una luz artificial y discreta, horribles como monstruos bajo

los resplandores quemantes del sol.

--Créeme: repele esas quimeras del pasado. ¿No te basta el presente?...

¿No eres feliz?

Y necesitando convencerla de que lo era, pobló aquella noche el cerrado

misterio del dormitorio con una serie interminable de voluptuosidades

feroces, exasperadas, que hicieron caer á Ulises en un anonadamiento

pesado y dulce á la vez.

Tenía la convicción de su vileza. Adoraba y detestaba á esta mujer que

dormía á su lado con un cansancio impuro... ¡Y no poder separarse!...

Ansioso de encontrar una excusa, evocó la imagen de su cocinero tal como

era cuando filosofaba en el rancho de la marinería. Para desear los

mayores males á un enemigo, este varón cuerdo formulaba siempre el mismo

anatema: «¡Permita Dios que encuentres una mujer arreglada á tu

gusto!...»

El piadoso y malhablado _Caragòl_ no designaba á la mujer por entero,

circunscribiéndose á nombrar la parte más interesante de su sexo; pero

la maldición era la misma.

Ferragut había encontrado la mujer «arreglada á su gusto» y era esclavo

para siempre de su suerte. La seguiría, á través de todos los

envilecimientos, hasta donde ella quisiera llevarle; cada vez con menos

energía para protestar, aceptando las situaciones más deshonrosas á

cambio del amor... ¡Y siempre sería así! ¡Y él, que se consideraba meses

antes un hombre duro y dominador, acabaría por suplicar y llorar si

ella se alejaba!... ¡Ah, miseria!...

En las horas de tranquilidad, cuando la hartura les hacía conversar

plácidamente como dos amigos del mismo sexo, Ulises evitaba las

alusiones al pasado y le dirigía preguntas sobre su vida actual. Le

preocupaban los trabajos misteriosos de la doctora; quería conocer la

parte que tomaba Freya en ellos, con el interés que inspiran siempre las

acciones más fútiles de la persona amada. ¿No pertenecía él á la misma

asociación por el hecho de obedecer sus órdenes?...

Mare nostrum · 第 19 / 36 段