misterio.
--Yo te lo cuento á ti porque tú sabes todas mis cosas, porque te
considero como de mi familia.
El piloto no parecía emocionarse con esta muestra de confianza.
Permaneció impasible, mientras en su interior empezaban á despertar
todas las inquietudes que le habían agitado en los días anteriores.
Siguió hablando el capitán. Los tiempos eran de guerra, y debían
aprovecharlos. Para los dos no representaba una novedad transportar
cargamentos de material militar. El había llevado una vez desde Europa
armas y municiones para una revolución de la América del Sur. Tòni le
había contado sus aventuras en el golfo de California mandando una
pequeña goleta que servía de transporte á los insurrectos de las
provincias septentrionales alzados contra el gobierno de Méjico.
Pero el segundo, á la vez que movía la cabeza afirmativamente, le miraba
con ojos interrogantes. ¿Qué iban á transportar en este viaje?...
--Tòni, no se trata de artillería ni de fusiles; tampoco de
municiones... Es un trabajo corto y bien pagado, que nos hará perder
poco camino en nuestra vuelta á Barcelona.
Se detuvo en su confidencia, sintiendo una última vacilación, y al fin
añadió bajando la voz:
--¡Los alemanes pagan!... Vamos á proveer de esencia de petróleo á los
submarinos que tienen en el Mediterráneo.
Contra lo que esperaba Ferragut, su segundo no hizo un gesto de
sorpresa. Permaneció impasible, como si esta noticia resultase sin
sentido para él. Luego sonrió levemente, moviendo los hombros lo mismo
que si hubiese escuchado algo absurdo... ¿Acaso los alemanes tenían
submarinos en el Mediterráneo? ¿Podía una de estas máquinas navegantes,
pequeñas y frágiles, hacer la larga travesía desde el mar del Norte al
estrecho de Gibraltar?
Estaba enterado de los grandes males que causaban los submarinos en las
cercanías de Inglaterra, pero en una zona reducida, en el limitado radio
de acción de que eran capaces. El Mediterráneo, afortunadamente para
los buques mercantes, se hallaba á cubierto de sus traidoras asechanzas.
Ferragut le interrumpió con una vehemencia meridional. Este hombre,
extremado en sus pasiones, se expresaba ya como si la doctora hablase
por su boca.
--Tú te refieres á los submarinos, Tòni, á los pequeños submarinos que
existían al empezar la guerra: cigarros de acero frágiles, que navegan
mal á ras del agua y pueden abrirse al menor choque... Pero ahora hay
algo más: hay el sumergible, que es como un submarino resguardado por un
casco de barco, el cual puede marchar oculto entre dos aguas y al mismo
tiempo puede navegar sobre la superficie mejor que un torpedero... Tú no
sabes de lo que son capaces los alemanes. Son un gran pueblo, ¡el
primero del mundo!...
Y con impulsiva exageración, insistió en proclamar la grandeza alemana y
su espíritu inventivo, como si le correspondiese una parte de esta
gloria mecánica y destructora.
Luego añadió confidencialmente, poniendo una mano sobre un brazo de
Tòni:
--A tí solo te lo digo; tú eres el único que conoce el secreto, aparte
de las personas que me lo han comunicado... Los sumergibles alemanes van
á entrar en el Mediterráneo. Nosotros saldremos á su encuentro para
renovar su provisión de aceite y de combustible.
Calló, mirando fijamente á su subordinado, mientras le sonreía para
vencer sus escrúpulos.
Durante unos segundos no supo qué creer. Tòni permanecía pensativo, con
los ojos bajos. Después se enderezó poco á poco; abandonando su asiento,
y dijo simplemente:
--¡No!
Ulises abandonó igualmente su sillón giratorio á impulsos de la
sorpresa. «¿No?... ¿Por qué?»
El era el capitán, y todos debían obedecerle. Por esto respondía del
buque, de la vida de sus tripulantes, de la suerte de la carga. Además,
era el propietario: nadie mandaba sobre él, su poder no tenía límites.
Por afecto amistoso, por costumbre, consultaba á su segundo, le hacía
partícipe de sus secretos, y Tòni, con una ingratitud nunca vista, osaba
rebelarse... ¿Qué significaba esto?...
Pero el segundo, en vez de dar explicaciones, se limitó á responder,
cada vez más terco y enfurruñado:
--¡No!... ¡no!
--Pero ¿por qué no?--insistió Ferragut, impacientándose, con un temblor
de cólera en la voz.
Tòni, sin perder energía en sus negativas, vacilaba, confuso,
desorientado, rascándose la barba, bajando los ojos para reflexionar
mejor.
No sabía explicarse. Envidiaba la facilidad de su capitán para encontrar
las palabras. La más simple de sus ideas sufría angustiosamente antes de
surgir de su boca... Pero al fin, poco á poco, entre balbuceos, fué
diciendo su odio contra aquellos monstruos de la industria moderna que
deshonraban el mar con sus crímenes.
Cada vez que leía en los periódicos sus hazañas en el mar del Norte, una
oleada de indignación pasaba por su conciencia de hombre simple, franco
y recto. Atacaban traidoramente escondidos en el agua, disimulando su
ojo asesino y largo, semejante á las antenas visuales de los monstruos
de la profundidad. Esta agresión sin peligro parecía resucitar en su
alma las almas indignadas de cien abuelos mediterráneos, tal vez piratas
y crueles, pero que habían buscado al enemigo frente á frente, con el
pecho desnudo, el hacha en la mano y el arpón de abordaje como únicos
medios de pelea.
--¡Si sólo torpedeasen á los buques armados!--añadió--. La guerra es un
salvajismo, y hay que cerrar los ojos ante sus golpes traidores,
aceptándolos como hazañas gloriosas... Pero hacen algo más: tú lo sabes.
Echan á pique buques de comercio, vapores de pasajeros, donde van
mujeres, donde van pequeños.
Sus mejillas curtidas tomaron una coloración de ladrillo cocido. Le
brillaron los ojos con un resplandor azulado. Sentía la misma cólera que
al leer los relatos da los primeros torpedeamientos de grandes
trasatlánticos en las costas de Inglaterra.
Veía la muchedumbre indefensa y pacífica amontonándose en los botes, que
zozobraban; las mujeres arrojándose al mar con un niño en brazos; toda
la confusión mortal de la catástrofe... Luego, el submarino que emergía
para contemplar su obra; los alemanes agrupados en la cubierta de acero
húmedo, riendo y bromeando, satisfechos de la rapidez de su labor; y en
una extensión de varias millas, el mar poblado de bultos negros
arrastrados lentamente por las olas: hombres que flotaban de espaldas,
inmóviles, con los ojos vidriosos fijos en el cielo; niños con la rubia
cabellera tendida como una máscara sobre su rostro lívido; cadáveres de
madres oprimiendo sobre su seno, con fría rigidez, el pequeño cadáver de
una criatura asesinada antes de que pudiera darse cuenta de la vida.
Leyendo el relato de estos crímenes pensaba en su mujer y en sus hijos,
imaginándose que podían haber estado en aquel vapor, sufriendo la misma
suerte de sus inocentes pasajeros. Esta suposición le hacía sentir una
cólera tan intensa, que hasta llegaba á dudar de su cordura el día en
que volviera á tropezarse en cualquier puerto con marinos alemanes... ¿Y
Ferragut, un hombre honrado, un capitán bueno, al que todos elogiaban,
podía ayudar al trasplante de tales horrores en el Mediterráneo?...
¡Pobre Tòni!... No sabía explicarse, pero la idea de que su mar
presenciase estos crímenes daba nuevas vehemencias á su indignación. El
alma del doctor Ferragut parecía revivir en el rudo navegante
mediterráneo. No había visto á Anfitrita, pero temblaba por ella, sin
conocerla, con religioso fervor. Era el azul luminoso de donde habían
surgido los primeros dioses deshonrado por la mancha aceitosa que
denuncia un asesinato en masa; las costas rosadas, cuyas espumas
fabricaron á Venus, recibiendo racimos de cadáveres empujados por las
olas; las alas de gaviota de las barcas de pesca huyendo amedrentadas
ante el gris tiburón de acero; su familia y sus convecinos aterrados al
despertar frente al cementerio flotante arrastrado por la noche hasta
sus puertas.
Todo esto lo pensaba, lo veía; pero no acertando á expresarlo, se limitó
á insistir en su protesta.
--¡No!... ¡En nuestro mar, no quiero!
Ferragut, á pesar de su carácter impetuoso, adoptó un tono de bondad,
como un padre que desea convencer á su hijo fosco y testarudo.
Los sumergibles alemanes se limitarían en el Mediterráneo á una acción
militar. No había cuidado de que atacasen á los barcos indefensos, como
en los mares del Norte. Sus tristes hazañas de allá habían sido
impuestas por las circunstancias, por el sano deseo de terminar cuanto
antes la guerra dando golpes aterradores é inauditos.
--Te aseguro que en nuestro mar no harán nada de eso. Me lo han dicho
personas que pueden saberlo... De no ser así, no me hubiese comprometido
á darles ayuda.
Lo afirmó varias veces, de buena fe, con una absoluta seguridad en las
gentes que le habían hecho la promesa.
--Echarán á pique, si pueden, los navíos de los aliados que están en los
Dardanelos. Pero ¿qué nos importa eso?... ¡Es la guerra! Cuando en
América llevábamos cañones y fusiles á los revolucionarios, no nos
preocupaba el uso que pudieran hacer de ellos.
Tòni insistió en su negativa.
--No es lo mismo... No sé explicarme; pero no es lo mismo. Al cañón le
puede contestar otro cañón. El que pega también recibe golpes... Pero
ayudar á los submarinos es otra cosa. Atacan ocultos, sin peligro... y á
mí no me gustan las traidorías.
Esta insistencia de su segundo acabó por irritar á Ferragut,
desvaneciendo su forzada bondad.
--¡No hablemos más!--dijo con arrogancia--. Soy el capitán, y mando lo
que quiero... He dado mi palabra, y no voy á faltar á ella por darte
gusto... Hemos terminado.
Vaciló Tòni, como si acabase de recibir un golpe en el pecho. Sus ojos
volvieron á brillar, humedeciéndose. Después de una larga reflexión
tendió su diestra velluda al capitán.
--¡Adiós, Ulises!...
El no quería obedecer, y un marino que desacata las órdenes de su jefe
debe desembarcar. En ningún buque viviría como en el _Mare nostrum_. Tal
vez le faltase colocación; tal vez los otros capitanes no quisieran de
él, por considerarle habituado á una excesiva familiaridad; pero si era
necesario, volvería á ser patrón de barca de cabotaje... ¡Adiós! Aquella
noche no dormiría á bordo.
Ferragut se indignó, hasta gritar de coraje:
--¡Pero no seas bárbaro!... ¡Qué testarudez la tuya!... ¿A qué vienen
esos escrúpulos exagerados?...
Luego sonrió malignamente, y dijo en voz baja:
--Ya sabes que nos conocemos, y no ignoro que en tu juventud has hecho
el contrabando.
Se irguió Tòni con altivez. Ahora era él quien se indignaba.
--He hecho el contrabando; ¿y qué hay de extraordinario en eso?...
También lo hicieron tus abuelos. No hay en nuestro mar un solo navegante
honrado que no conozca ese pecadillo... ¿A quién se hace daño con
ello?...
El único que podía quejarse era el Estado, vaga personalidad que nadie
sabe dónde habita ni qué cara tiene, y que sufre diariamente un millón
de atentados semejantes. Tòni había visto en las aduanas á viajeros
riquísimos engañar la vigilancia de los empleados por evitarse un pago
insignificante. Toda persona lleva dentro un contrabandista... Además,
gracias á los navegantes del fraude, los pobres fumaban mejor y más
barato. ¿A quién asesinaban con sus negocios?... ¿Cómo se atrevía
Ferragut á comparar estas faltas á la ley, sin perjuicio para las
personas, con la tarea de ayudar á los piratas submarinos en la
continuación de sus crímenes?...
El capitán, desarmado por esta lógica simple, quiso apelar á la
seducción.
--Tòni, á lo menos hazlo por mí. Sigamos amigos como siempre. Yo me
sacrificaré en otra ocasión. Piensa que he dado mi palabra.
Y el segundo, algo conmovido por sus ruegos, contestó dolorosamente:
--No puedo... ¡no puedo!
Necesitaba decir más, completar su pensamiento, y añadió:
--Soy republicano...
Esta profesión de fe la elevaba como un muro infranqueable, golpeándose
al mismo tiempo el pecho para demostrar la dureza del obstáculo.
Ulises sintió tentaciones de reír, lo mismo que hacía siempre ante las
afirmaciones políticas de Tòni. Pero la situación no era para burlas, y
siguió hablando con el deseo de convencerle.
¡El amaba la libertad y se ponía del lado del despotismo!... Inglaterra
era la gran tirana de los mares: había provocado la guerra para reforzar
su poderío, y si alcanzaba la victoria, su soberbia no tendría límites.
La pobre Alemania no hacía mas que defenderse... Repitió Ferragut todo
lo que había escuchado en casa de la doctora, para terminar con tono de
reproche:
--¿Y tú estás al lado de los ingleses, Tòni? ¿Tú, un hombre de ideas
avanzadas?...
Se rascó la barba el piloto con una expresión de perplejidad, rebuscando
las palabras fugitivas. No ignoraba lo que debía responder. Lo había
leído en escritos de señores que sabían tanto como su capitán. Además,
había reflexionado mucho sobre esto en sus solitarios paseos sobre el
puente.
--Yo estoy donde debo estar. Estoy con Francia...
Torpemente, con balbuceos y palabras incompletas, expuso su pensamiento.
Francia era el país de la gran Revolución, y él la consideraba por esto
como algo que le pertenecía, uniendo su suerte á la de su propia
persona.
--Y no necesito decir más. En cuanto á Inglaterra...
Aquí hizo una pausa, como el que descansa y toma fuerzas para dar un
salto penoso.
--Siempre habrá una nación--continuó--que esté encima de las otras...
Nosotros apenas somos algo en el presente, y según he leído, España pesó
sobre el mundo entero durante siglo y medio. Estábamos en todas partes:
nos encontraban hasta en la sopa. Después le llegó el turno á Francia.
Ahora es Inglaterra... A mí no me molesta que un pueblo se coloque sobre
los demás. Lo que me interesa es lo que representa ese pueblo: la moda
que va á imponer al mundo.
Ferragut concentraba su atención para comprender lo que Tòni quería
decir.
--Si triunfa Inglaterra--siguió diciendo el piloto--, será de moda la
libertad. ¿Qué me importa su soberbia, si siempre ha de existir un
pueblo soberbio?... Las naciones copiarán seguramente al que gane...
Inglaterra, según dicen, es una República que se paga el lujo de un rey
para las grandes ceremonias. Con ella serán de rigor la paz, el gobierno
desempeñado por los paisanos, la desaparición de los grandes ejércitos,
la verdadera civilización. Si triunfa Alemania, viviremos como en un
cuartel, gobernará el militarismo, criaremos hijos, no para que gocen de
la vida, sino para que sean soldados y se hagan matar en plena juventud.
La fuerza como único derecho: esa es la moda alemana; la vuelta á los
tiempos bárbaros bajo una careta de civilización.
Calló un instante, como si recapitulase mentalmente todo lo dicho, para
convencerse de que no había dejado ninguna idea olvidada en los rincones
de su pensamiento. Después se golpeó el pecho. El estaba donde debía
estar, y le era imposible obedecer á su capitán.
--¡Soy republicano!... ¡soy republicano!--repitió con energía, como si
luego de dicho esto no necesitase añadir más.
Ferragut, no sabiendo qué contestar á su entusiasmo simple y sólido, se
entregó á la cólera.
--¡Márchate, bruto!... ¡No quiero verte, mal agradecido! Yo haré las
cosas solo: no te necesito. Me basto para llevar el buque allá donde me
plazca y cumplir mi santa voluntad. Aléjate con todas las mentiras
viejas de que te han atiborrado el cráneo... ¡ignorante!
Su rabia le hizo caer en un sillón, volviendo la espalda al piloto,
ocultando su cabeza entre las manos, para dar á entender con este
silencio despectivo que todo había terminado.
Los ojos de Tòni, cada vez más hinchados y vidriosos, acabaron por
soltar una lágrima... ¡Separarse así después de una vida fraternal en la
que los meses valían por años!...
Avanzó tímidamente para apoderarse de una de las manos de Ferragut,
blanda, desmayada, inexpresiva. Su frío contacto le hizo vacilar. Se
sintió inclinado á ceder... Pero inmediatamente borró esta debilidad
con el tono firme y breve de su voz:
--¡Adiós, Ulises!...
El capitán no le contestó, dejando que se alejase sin la menor palabra
de despedida.
Se hallaba ya el piloto junto á la puerta, cuando se detuvo para
hablarle con una expresión doliente y afectuosa:
--No temas que diga esto á nadie... Todo queda entre los dos. Inventaré
un pretexto para que la gente de á bordo no se extrañe de mi marcha.
Vacilaba como si tuviese miedo á parecer importuno, pero añadió:
--Te aconsejo que no intentes ese viaje. Sé cómo piensan nuestros
hombres: no cuentes con ellos. Hasta el tío _Caragòl_, que sólo se ocupa
de su cocina, te criticará... Tal vez te obedezcan porque eres el
capitán, pero cuando bajen á tierra no serás dueño de su silencio...
Créeme: no lo intentes. Vas á deshonrarte... Tú sabrás por qué causa...
¡Adiós, Ulises!
Cuando éste levantó la cabeza, el piloto ya había desaparecido. La
soledad pesó de pronto con una gravitación mortal sobre su pensamiento.
Sintió miedo á realizar sus planes sin el auxilio de Tòni. Le pareció
que se había roto la cadena de autoridad que iba desde él á sus gentes.
El piloto se llevaba una parte del prestigio que Ferragut ejercía sobre
los tripulantes. ¿Cómo explicar su desaparición en vísperas de un viaje
ilegal que exigía gran reserva? ¿Cómo asegurarse del silencio de
todos?...
Quedó pensativo largo rato, y de pronto abandonó su sillón, saliendo á
la cubierta.
Dió un grito á los marineros que trabajaban en la limpieza: «¿Dónde está
don Antonio? ¡A ver: uno que le llame!»
--_¡Don Antòni!... ¡don Antòni!_--contestó una fila de voces de la popa
á la proa, mientras el tío _Caragòl_ asomaba la cabeza á la puerta de
sus dominios.
Surgió _don Antòni_ por una escotilla. Estaba revisando todo el buque
antes de despedirse de su capitán. Este le recibió volviendo el rostro,
evitando su mirada, con un gesto complejo y contradictorio. Sentía la
cólera de su vencimiento, la vergüenza de su debilidad, y junto con esto
la gratitud instintiva del que se ve librado de un mal paso por una mano
violenta que lo maltrata y lo salva.
--¡Quédate, Tòni!--dijo con voz sorda--. Nada hay de lo dicho. Yo
recobraré mi palabra como pueda... Mañana sabrás con certeza lo que
vamos á hacer.
La cara solar de _Caragòl_ sonreía beatíficamente á lo lejos, sin ver
nada, sin oír nada. Había presentido algo grave con la llegada del
capitán, su larga entrevista á solas con el segundo, y la salida de
éste, que pasó silencioso y ceñudo ante la puerta de la cocina. Ahora,
el mismo presentimiento le avisaba una reconciliación de los dos
hombres, cuyos bultos distinguía confusamente. ¡Bendito sea el Cristo
del Grao!... Y al saber que el capitán se quedaba á bordo hasta la
tarde, se lanzó á la confección de uno de sus arroces magistrales, para
solemnizar la vuelta de la paz.
Poco antes de la puesta del sol, Ulises se encontró con su amante en el
hotel. Volvió á tierra nervioso é inquieto. Su zozobra le hacía temer
esta entrevista, y al mismo tiempo la deseaba.
«¡Adelante! Yo no soy un niño para sentir tales miedos», se dijo al
entrar en su cuarto y ver á Freya esperándole.
La habló con la brutalidad del que necesita terminar pronto... «No podía
encargarse del servicio que le había pedido la doctora. Retiraba su
palabra. El segundo de á bordo no quería seguirle.»
Estalló la cólera de ella sin ningún miramiento, con la franqueza de la
intimidad. Odiaba á Tòni. «¡Fauno viejo y feo!...» Desde el primer
momento había adivinado en él á un enemigo.
--Pero tú eres dueño del buque--continuó--. Tú puedes hacer lo que
quieras, y no necesitas su ayuda para navegar.
Cuando dijo Ulises que tampoco estaba seguro de su gente y que el viaje
era imposible, la mujer volvió su cólera contra él. Parecía haber
envejecido de golpe diez años. El marino la vió con otra cara, de una
palidez cenicienta, las sienes fruncidas, los ojos con lágrimas
iracundas y una leve espuma en las comisuras de su boca.
--Hablador... embustero... ¡meridional!
Ulises intentó calmarla. Era posible encontrar otro barco: se ofrecía á
ayudarles en la busca. Iba á enviar _Mare nostrum_ á que le esperase en
Barcelona, y él permanecería en Nápoles todo el tiempo que ella
quisiera.
--¡Farsante!... ¡Y yo he creído en ti! ¡Y yo me he entregado
considerándote un héroe, tomando como verdad tus ofertas de
sacrificio!...
Se marchó furiosa, dando un terrible portazo.
«Va á ver á la doctora...--pensó Ferragut--. Todo ha terminado.»
Lamentó la pérdida de esta mujer, aun después de haberla visto con su
fealdad trágica y pasajera. Al mismo tiempo le escocían las palabras
injuriosas, los insultos cortantes con que había acompañado su salida.
Ya estaba harto de oírse llamar «meridional», como si esto fuese un
estigma.
Paladeó la alegría forzosa, la sensación de falsa libertad de todo
enamorado después de una escena de rompimiento. «¡A vivir!...» Quiso
volver inmediatamente al buque, pero temió la resurrección de sus
recuerdos evocados por la soledad. Era mejor quedarse en Nápoles, ir al
teatro, confiarse á la suerte de un buen encuentro, lo mismo que cuando
bajaba á tierra por unas horas. A la mañana siguiente abandonaría el
hotel, con todo su equipaje, y antes de la puesta del sol estaría
navegando en plena mar.
Comió fuera del _albergo_. Pasó la noche codeándose con hembras en cafés
cantantes, donde un espectáculo insípido y variado servía de pretexto
para disimular la feria de la carne. El recuerdo de Freya, fresco y
vivo, se elevaba entre él y las bocas pintadas cada vez que éstas le
sonreían queriendo atraerle.
A la una de la madrugada subió la escalera del hotel, sorprendiéndose al
ver una raya de luz por debajo de la puerta de su cuarto. Entró.... Ella
le aguardaba leyendo, tranquila y sonriente. Su rostro, refrescado y
retocado con juveniles colores, no guardaba ninguna huella del furioso
crispamiento que lo había ensombrecido horas antes. Estaba vestida con
su pijama hombruno.
Viendo entrar á Ulises, se levantó con los brazos tendidos.
--¡Di que no me guardas rencor!... ¡Di que me perdonas!... He sido muy
mala contigo esta tarde, lo reconozco.
Se había abrazado á él, frotando su boca contra su cuello con un arrullo
felino. Antes de que el capitán pudiese responder, ella continuó, con
una voz infantil:
--¡Mi tiburón! ¡Mi lobo marino, que me ha hecho esperar hasta estas
horas!... ¡Júrame que no me has sido infiel!... Deja que te respire. Yo
percibo en seguida la huella de otra mujer.
Oliéndole las barbas y el rostro, su boca se aproximó á la del marino.
--No, no has sido infiel... Encuentro aún mi perfume... ¡Oh Ulises!
¡héroe mío!...
Le besó con aquel beso absorbente que parecía apropiarse toda la vida de
él, obscureciendo su pensamiento, anulando su voluntad, haciéndole
temblar del occipucio á los talones. Todo quedó olvidado: ofensas,
despechos, propósitos de partida... Y cayó, como siempre, vencido bajo
la caricia vampiresca.
Se hizo la obscuridad; una obscuridad poblada de suspiros y misteriosos
rumores. Una hora después, cuando el silencio era absoluto, sonó
quedamente la voz de Freya. Recapitulaba lo que no se habían dicho, pero
que los dos pensaban á la vez.
--La doctora cree que debes quedarte. Deja que tu buque se marche con
ese fauno feo que sólo sirve de estorbo. Que te espere allá en tu
tierra... Tú puedes hacernos aquí un gran favor... Ya lo sabes: te
quedas... ¡Qué felicidad!
El destino de Ferragut era obedecer á esta voz amorosa y dominadora... Y
en la mañana siguiente, Tòni le vió llegar al vapor con un aire de mando
que no admitía réplica. _Mare nostrum_ debía partir cuanto antes con
rumbo á Barcelona. Confiaba el mando á su segundo. Iría á reunirse con
él tan pronto como terminase ciertos asuntos que le retenían en Nápoles.
Tòni dilató sus ojos con un gesto de sorpresa. Quiso responder, pero
quedó con la boca abierta, sin atreverse á dar salida á sus palabras...
Era el capitán, y él no iba á permitirse objeciones á todas sus órdenes.
--Está bien--dijo finalmente--. Sólo te ruego que vuelvas cuanto antes á
encargarte del mando... No olvides lo que pierdes teniendo el buque
amarrado.
Pocos días después de la partida del vapor, cambió radicalmente el modo
de vivir de Ulises.