Bajo la lámpara eléctrica estaba ella, una Freya distinta á la que había

visto siempre, con los cabellos opulentos cayendo en sierpes sobre sus

hombros, completamente desnuda en el interior de una túnica asiática que

la envolvía como una nube.

No era el kimono japonés vulgarizado por el comercio. Consistía en una

pieza de tela indostánica bordada de fantásticas flores y plegada

caprichosamente. A través de su tejido sutil se percibía el contacto de

la fina carne, como si fuese una envoltura de aire multicolor.

Ella lanzó un murmullo de protesta. Luego imitó el gesto de Ulises

tendiendo una mano hacia la pared... Y se hizo la obscuridad.

Sintió él que se anudaban como tentáculos irresistibles en torno de su

cuello los brazos soberanos, y que una boca dominadora se apoderaba de

la suya lo mismo que en el Acuario... Y rodó bajo esta caricia de fiera,

con el pensamiento perdido, olvidándose del resto del mundo,

descendiendo y descendiendo por un mar de sensaciones nuevas, como un

náufrago satisfecho de su suerte... Pero esta vez llegó al fondo.

* * *

Despertó al sentir en su rostro un rayo de sol. La ventana, cuyas

cortinas se había olvidado de correr, estaba azul: azul de cielo en lo

alto y azul de mar en sus vidrios inferiores.

Miró junto á él... ¡Nadie! Por un momento creyó haber soñado. Pero el

suave perfume de su cabellera impregnaba aún la almohada. El lecho

desordenado guardaba todavía la huella de su cuerpo... Recordó entonces,

como una de esas visiones pálidas de la mañana que animan las últimas

horas del sueño, el paso de un cuerpo sobre el suyo con suave

precaución; un beso de despedida que le había hecho entreabrir los ojos,

volviendo á cerrarlos; el ruido de una puerta...

La realidad del despertar fué tan alegre para Ulises como dulces habían

sido las horas de la noche en el misterio de la sombra. Estaba fatigado;

sus piernas vacilaron al tocar el suelo, y al mismo tiempo nunca se

había sentido tan fuerte y tan feliz.

Sonó en la ventana su voz de barítono cantando una de las canciones de

Nápoles. ¡Oh dulce tierra! ¡dulce golfo!... Aquel era el lugar más

hermoso del mundo. Satisfecho y orgulloso de su suerte, hubiese querido

abrazar las olas, las islas, la ciudad, el Vesubio.

El timbre repiqueteó con impaciencia en el corredor. El capitán Ferragut

tenía hambre: el hambre de la desnutrición, el hambre del náufrago que

ha consumido todas las reservas de su cuerpo.

Abarcó con una mirada de ogro el café con leche, el abundante pan y la

escasa mantequilla que le trajo el camarero. ¡Poca cosa para él!... Y

cuando atacaba todo esto con avidez, se abrió la puerta y entró Freya,

sonrosada, fresca por un baño reciente y vestida de hombre.

La túnica indostánica había sido reemplazada por un pijama masculino de

seda violeta. El pantalón tenía los bordes levantados sobre unas

babuchas blancas que contenían sus pies desnudos. En el lugar del

corazón llevaba bordada una cifra, cuyas letras no pudo desenmarañar

Ulises. Encima de esta cifra avanzaba su punta un pañuelo asomado á la

abertura del bolsillo. La opulenta cabellera retorcida en lo alto del

cráneo y las curvas voluptuosas que tomaba la seda en ciertos lugares

del masculino traje eran lo único que denunciaba á la mujer.

El capitán olvidó su desayuno, entusiasmado por esta novedad. ¡Era una

segunda Freya: un paje, un andrógino adorable!... Pero ella repelió sus

caricias, obligándole á sentarse.

Había entrado con una expresión interrogante en los ojos. Sentía la

inquietud de toda mujer á la segunda entrevista de amor. Deseaba

adivinar las impresiones de él, convencerse de su gratitud, tener la

certeza de que la embriaguez de la primera hora no se había disipado

durante su ausencia.

Mientras el marino volvía á atacar su desayuno, con la familiaridad de

un amante que ha llegado á la posesión y no necesita ocultar y poetizar

sus necesidades groseras, ella se sentó en una vieja _chaise longue_,

encendiendo un cigarrillo.

Se replegó en este asiento, con las piernas encogidas y formando ángulo

dentro del círculo de uno de sus brazos. Apoyó luego la cabeza en las

rodillas, y así estuvo largo rato, fumando con los ojos fijos en el mar.

Se adivinaba que iba á decir algo interesante, algo que arañaba el

interior de su frente pugnando por salir.

Al fin habló con lentitud, sin dejar de mirar al golfo. De vez en cuando

se arrancaba de esta contemplación, para fijar los ojos en Ulises,

midiendo el efecto de sus palabras.

Este dejó de ocuparse definitivamente de la bandeja del desayuno,

presintiendo la aproximación de algo muy importante.

--Tú has jurado que harás por mí todo lo que yo te pida... Tú no querrás

perderme para siempre.

Ulises protestó. ¿Perderla?... No podía vivir sin ella.

--Yo conozco tu existencia anterior: me la has contado... Tu nada sabes

de mí, y debes conocerme, ya que soy tuya.

El marino movió la cabeza: nada más justo.

--Te he engañado, Ulises... Yo no soy italiana.

Ferragut sonrió. ¡Si sólo consistía en esto el engaño!... Desde el día

en que se hablaron por primera vez, yendo á Pestum, había adivinado que

lo de su nacionalidad era una mentira.

--Mi madre fué italiana. Te lo juro... Pero mi padre no lo era...

Se detuvo un momento. El marino la escuchó con interés, vuelta la

espalda á la mesa.

--Yo soy alemana y...

VII

EL PECADO DE FERRAGUT

Al despertar Tòni todas las mañanas con las primeras luces del alba,

experimentaba una sensación de sorpresa y desaliento.

--¡Todavía en Nápoles!--decía mirando por el ventano de su camarote.

Luego contaba los días. Diez iban transcurridos desde que el _Mare

nostrum_, terminadas sus reparaciones, había anclado en el puerto

comercial.

--Veinticuatro horas más--añadía mentalmente el segundo.

Y reanudaba su vida monótona, paseando por la cubierta del buque, vacío

y muerto, sin saber qué hacer, desesperándose á la vista de los otros

vapores, que movían sus antenas de carga, tragándose cajas y fardos, y

empezaban á lanzar por sus chimeneas el humo anunciador de su próximo

viaje.

Sufría remordimientos al calcular lo que podía haber ganado el buque de

hallarse navegando. El provecho era para el capitán, pero eso no evitaba

que se desesperase por el dinero perdido.

La necesidad de comunicar á alguien sus impresiones, de protestar á coro

contra esta inercia lamentable, le empujaba hacia los dominios de

_Caragòl_. A pesar de la diferencia de categorías, el segundo trataba al

cocinero con afectuosa familiaridad.

--¡Nos separa un abismo!--decía Tòni gravemente.

Este «abismo» era una metáfora sacada de sus lecturas de periódicos

radicales, y hacía alusión á las creencias fervorosas y simples del

viejo. Pero el cariño por el capitán, el ser todos de la misma tierra y

el empleo del valenciano como lengua de la intimidad, les bacía buscarse

á los dos instintivamente. _Caragòl_ era para Tòni la persona más cuerda

de á bordo... después de él.

Apenas se detenía en la puerta de la cocina, apoyando un codo en el

quicio y obstruyendo con su cuerpo la entrada da la luz solar, el viejo

echaba mano á la botella de caña, preparando un «refresco» ó un

«caliente» en honor del segundo.

Bebían con lentitud, interrumpiendo el paladeo del líquido para

lamentarse de la inmovilidad del _Mare nostrum_. Hacían cuentas, como si

el buque fuese suyo. Mientras estaba en reparación había podido

tolerarse la conducta del capitán.

--Los ingleses pagaban--decía Tòni--. Pero ahora no paga nadie, el barco

está sin ganar, y gastamos todos los días... ¿qué es lo que gastamos?

Calculaban él y el cocinero detalladamente el costo del sostenimiento

del vapor, asustándose al llegar al total. Un día de su inmovilidad

representaba más que lo que ganaban los dos hombres en un mes.

--Esto no puede seguir--protestaba Tòni.

Su indignación le llevó varias veces á tierra, en busca del capitán.

Temía hablarle, considerando una falta de disciplina el ingerirse en la

dirección del buque, é inventaba los más absurdos pretextos para abordar

á Ferragut.

Miró con antipatía al portero del _albergo_, porque siempre la

contestaba que el capitán había salido. Este individuo con aire de

alcahuete debía tener gran culpa en la inmovilidad del vapor: se lo

avisaba el corazón.

Por no irse á las manos con él y porque no riese solapadamente al verle

esperar horas y horas en el vestíbulo, se apostaba en la calle, espiando

las entradas y salidas da Ferragut.

Las tres veces que consiguió hablar con él obtuvo al mismo éxito. El

capitán celebraba mucho el verle, como si fuese un aparecido del pasado

al que podía comunicar la alegría de su exuberante felicidad.

Escuchaba á su segundo, alegrándose de que todo marchase bien en el

buque. Y cuando Tòni, con voz balbuciente, se atrevía á preguntarle la

fecha de la partida, Ulises ocultaba sus vacilaciones bajo un tono de

prudencia. Estaba á la espera de un cargamento valiosísimo. Cuanto más

aguardasen, más dinero iban á ganar... Pero sus palabras no convencían á

Tòni. Recordaba las protestas de su capitán, quince días antes, por la

falta de buena carga en Nápoles y su deseo de salir sin pérdida de

tiempo.

Al volver á bordo, el segundo buscaba á _Caragòl_, comentando ambos las

transformaciones de su jefe. Tòni lo había visto hecho otro hombre, con

la barba recortada, vistiendo lo mejor de su equipaje, delatando en el

arreglo de su persona un esmero minucioso, una voluntad decidida de

agradar. EL rudo piloto hasta había creído percibir al hablarle cierto

perfume femenil igual al de la visitante rubia.

Esta noticia era la más inaudita para _Caragòl_.

--¡El capitán Ferragut perfumado!... ¡El capitán oliendo á... pulga!

Y elevaba los brazos, mientras sus ojos cegatos buscaban las botellas de

caña y las alcuzas de aceite para hacerlas testigos de su indignación.

Los dos hombres estaban acordes al apreciar la causa de sus tristezas.

Ella era la culpable de todo, ella la que iba á tener el buque encantado

en este puerto, quién sabe hasta cuándo, con su poder irresistible de

bruja.

--¡Ah, las hembras!... El diablo va como un perro faldero detrás de sus

enaguas... Son la podredumbre de nuestra vida.

Y la iracunda castidad del cocinero seguía lanzando contra las mujeres

injurias y maldiciones iguales á las de los primeros padres de la

Iglesia.

Una mañana, los tripulantes que limpiaban la cubierta hicieron pasar un

grito de la proa á la popa. «¡El capitán!» Lo veían aproximarse en un

bote, y la voz se extendió por cámaras y corredores, dando nueva fuerza

á los brazos, animando los rostros soñolientos. El segundo salió á la

cubierta y _Caragòl_ sacó la cabeza por la puerta de la cocina.

Desde su primera ojeada presintió Tòni que algo importante iba á

ocurrir. El capitán tenía un aire animoso y alegre. Al mismo tiempo vió

en la exagerada amabilidad de su sonrisa un deseo de seducir, de imponer

dulcemente algo que consideraba de dudosa aceptación.

--Ya estarás contento--dijo Ferragut al darle la mano--. Pronto vamos á

zarpar.

Entraron en el salón. Ulises miró su buque con cierta extrañeza, como si

volviese á él después de un largo viaje. Lo encontraba con aspecto

diferente; surgían ante sus ojos detalles que nunca habían atraído su

atención.

Recapituló en una síntesis, que fué como un relámpago cerebral, todo lo

que había ocurrido en menos de dos semanas. Pudo darse cuenta por

primera vez del gran cambio de su vida desde que Freya había venido á

buscarle en el vapor.

Se vió en su cuarto del hotel frente á ella, que iba vestida como un

hombre y fumaba mirando el golfo.

--Yo soy alemana y...

Iba á explicarse de pronto su vida misteriosa, hasta en los detalles

menos comprensibles.

Ella, era alemana y servía á su país. La guerra moderna levanta las

naciones en masa; no es, como en otros siglos, un choque de exiguas

minorías profesionales que tienen por oficio el pelear. Todos los

hombres vigorosos iban á los campos de batalla; los demás trabajaban en

los centros industriales convertidos en talleres de guerra. Y esta

actividad general comprendía también á las mujeres, que dedicaban al

servicio de la patria su labor en fábricas y hospitales ó su

inteligencia más allá de las fronteras.

Ferragut, sorprendido por esta revelación brutal, quedó silencioso, y al

fin se atrevió á formular su pensamiento.

--Según eso, ¿tú eres una espía?...

Ella acogió con desprecio la palabra. Era un término anticuado que había

perdido su primitiva significación. Espías eran los que en otros

tiempos, cuando sólo los soldados profesionales tomaban parte en la

guerra, se mezclaban voluntariamente ó por interés en las operaciones,

sorprendiendo los preparativos del enemigo. Ahora con la movilización en

masa de los pueblos, había desaparecido el antiguo espía de oficio,

despreciable y villano, que arrostraba la muerte por dinero. Sólo

existían patriotas ganosos de trabajar por su país, unos con las armas

en la mano, otros valiéndose de la astucia ó explotando las cualidades

de su sexo.

Ulises quedó desconcertado por esta teoría.

--¿Entonces, la doctora...?--volvió á preguntar, adivinando lo que podía

ser la imponente dama.

Freya contestó con una expresión de entusiasmo y de respeto. Su amiga

era una patriota ilustre, una sabia que ponía todas sus facultades al

servicio de su país. Ella la adoraba. Era su protectora: la había

salvado en los momentos más difíciles de su existencia.

--¿Y el conde?--siguió preguntando Ferragut.

Aquí la mujer hizo un gesto da reserva.

--También es un gran patriota... Pero no hablemos de él.

Había en sus palabras respeto y miedo. Se adivinaba su voluntad de no

ocuparse de este altivo personaje.

Un largo silencio. Freya, como si temiese los efectos de la meditación

del capitán, la cortó de pronto con su charla apasionada.

La doctora y ella habían venido de Roma á refugiarse en Nápoles, huyendo

de las intrigas y murmuraciones de la capital. Los italianos se peleaban

entre ellos: unos eran partidarios de la guerra, otros de la

neutralidad. Ninguno quería ayudar á Alemania, su antigua aliada.

--¡Tanto que les hemos protegido!--exclamó--. ¡Raza, falsa é ingrata!...

Sus gestos y sus palabras evocaron en la memoria de Ulises la imagen de

la doctora increpando á la tierra italiana desde una ventanilla del

vagón el primer día en que se hablaron.

Estaban las dos mujeres en Nápoles, entreteniendo su inútil espera con

viajes á las poblaciones cercanas, cuando encontraron al marino.

--Yo guardaba un buen recuerdo de ti--continuó Freya--. Adiviné desde

el primer instante que nuestra amistad iba á terminar como ha

terminado...

Leyó en la mirada de él una pregunta.

--Sé lo que vas á decirme. Te extrañas de que te haya hecho esperar

tanto, de que te hiciese sufrir con mis caprichos... Es que te amaba y

al mismo tiempo quería alejarte. Representabas una atracción y un

estorbo. Temí complicarte en mis asuntos... Además, yo necesito estar

libre, para dedicarme al cumplimiento de mi misión.

Hubo otra larga pausa. Los ojos de Freya se fijaron en los de su amante

con una tenacidad escrutadora. Quería sondear su pensamiento, darse

cuenta de la madurez de su preparación, antes de arriesgar el golpe

decisivo. Su examen fué satisfactorio.

--Y ahora que me conoces--dijo con una lentitud dolorosa--,

¡márchate!... Tú no puedes quererme; soy una espía como tú dices: un ser

despreciable... Sé que no puedes seguir amándome después de lo que te he

revelado. Aléjate en tu buque, como los héroes de las leyendas; ya no

nos veremos más. Todo lo nuestro habrá sido un hermoso ensueño... Déjame

sola. Ignoro qué suerte será la mía, pero lo que me importa es tu

tranquilidad.

Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se dejó caer de bruces en el diván,

ocultando el rostro entre los brazos, mientras un hipo de llanto

estremecía las adorables sinuosidades de su dorso.

Ulises, conmovido por este dolor, admiró al mismo tiempo la perspicacia

de Freya, que adivinaba todas sus ideas. La voz del buen consejo,

aquella voz cuerda que hablaba en la mitad de su cerebro siempre que el

capitán se veía en un momento difícil, había empezado á gritar

escandalizada á las primeras revelaciones de esta mujer:

«Ferragut, ¡huye!... Estás metido en un mal paso. No te conviene el

trato con tales gentes. ¿Qué tienes tú que ver con el país de esta

aventurera? ¿Por qué arrostrar peligros por una causa que nada te

importa?... Lo que deseabas de ella ya lo tienes. ¡Sé egoísta, hijo

mío!»

Pero la voz de su otro hemisferio mental, aquella voz fanfarrona y loca

que le impulsaba á embarcarse en los buques destinados al naufragio, á

desafiar los peligros por el placer de poner á prueba su vigor, también

le dió consejos. Era villano abandonar á una mujer. Sólo un miedoso

podía hacerlo... ¡Tanto que parecía amarle esta alemana!...

Y con su exuberancia meridional, la abrazó y la levantó, apartando de su

frente los bucles de la cabellera, que se había deshecho, acariciándola

como á una niña enferma, bebiendo sus lágrimas con besos interminables.

¡No, no la abandonaría!... Es más: estaba dispuesto á defenderla de

todos sus enemigos. El no sabía quiénes eran estos enemigos; pero si

necesitaba un hombre, allí le tenía á él...

En vano la voz cuerda le insultó mientras formulaba tales ofrecimientos.

Se comprometía ciegamente; tal vez esta aventura iba á ser la más

terrible de su historia... Pero para acallar sus escrúpulos, la otra voz

gritaba: «Eres un caballero, y un caballero no abandona por miedo á una

mujer horas después de haber recibido el presente de su cuerpo.

¡Adelante, capitán!»

Una excusa de cobarde egoísmo emergió en su pensamiento, fabricado de

una sola pieza. El era español, era un neutral, que nada tenía que ver

en la contienda del centro de Europa. Su segundo le había hablado á

veces de solidaridad de raza, de pueblos latinos, de la necesidad de

acabar con el militarismo, de hacer la guerra para que no hubiese más

guerras... ¡Simplezas de lector crédulo! El no era inglés ni francés.

Tampoco era alemán; pero la mujer que él amaba lo era, y no iba á

abandonarla por unos antagonismos que le resultaban sin interés.

Freya no debía llorar. Su amante afirmó repetidas veces que deseaba

vivir siempre á su lado, que no pensaba abandonarla por lo que había

dicho, y hasta empeñó su palabra de honor, como prueba de que la

ayudaría en todo lo que considerase posible y digno de él.

Así decidió atropelladamente de su destino el capitán Ulises Ferragut.

Cuando su amante le llevó otra vez á la casa de la doctora, fué recibido

por ésta lo mismo que si perteneciese á su familia. Ya no tenía por qué

ocultar su nacionalidad. Freya le llamó simplemente _Frau Doktor_. Y

ella, con un entusiasmo verbal de profesora, acabó de catequizar al

marino, explicándole el derecho y la razón de su país al entrar en

guerra con media Europa.

La pobre Alemania había tenido que defenderse. El kaiser era el hombre

de la paz, á pesar de que durante muchos años había preparado

metódicamente una fuerza militar capaz de aplastar á la humanidad

entera. Todos le habían provocado, todos habían sido los primeros en

agredirle. Los insolentes franceses, mucho antes de la declaración de

guerra, enviaban nubes de aeroplanos sobre las ciudades alemanas,

bombardeándolas.

Ferragut parpadeó de sorpresa. Esto era nuevo para él. Debía de haber

ocurrido mientras estaba en alta mar. El autoritarismo verboso de la

doctora no le permitió duda alguna... Además, aquella señora debía saber

las cosas mejor que los que viven navegando.

Luego había surgido la provocación inglesa. Como un traidor de

melodrama, el gobierno británico venía preparando la guerra desde larga

fecha, no queriendo presentarse hasta el último momento. Y Alemania,

amante de la paz, tenía que defenderse de este enemigo, el peor de

todos.

--¡Dios castigará á Inglaterra!--afirmaba la doctora mirando á Ulises.

Y éste, para no defraudarla, en sus esperanzas, movía la cabeza

galantemente... Por él podía castigarla Dios.

Pero al expresarse de tal modo se sentía agitado por una nueva dualidad.

Los ingleses habían sido buenos camaradas; recordaba agradablemente sus

navegaciones como oficial á bordo de buques británicos. Al mismo tiempo

le producía cierta irritación su poder creciente, invisible para los

hombres de tierra adentro, monstruoso para los que viven en el mar. Se

les encontraba como dominadores en todos los océanos ó sólidamente

instalados en todas las costas estratégicas y comerciales.

La doctora, como si adivinase la necesidad de atizar su odio contra el

gran enemigo, apelaba á los recuerdos históricos: Gibraltar robado por

los ingleses; las piraterías de Drake; los galeones de América

apresados con metódica regularidad por las flotas británicas; los

desembarcos en las costas de España, que habían perturbado la vida de la

Península en otros siglos. Inglaterra, al iniciar su grandeza en el

reinado de Elisabeth, era del tamaño de Bélgica. Si se había hecho

enorme, era á costa de los españoles y luego de Holanda, hasta dominar

el mundo entero.

Y con tanta vehemencia hablaba la doctora en inglés da las maldades de

Inglaterra contra España, que el impresionable marino acabó por decir

espontáneamente:

--¡Que Dios la castigue!...

Pero aquí reaparecía el navegante mediterráneo, el Ulises complicado y

contradictorio. Se acordó de pronto de las reparaciones de su buque, que

debían ser indemnizadas por Inglaterra.

«¡Que Dios la castigue... pero que espere un poco!», murmuró en su

pensamiento.

La imponente profesora se exasperaba al hablar de la tierra en que

vivía.

--¡Mandolinistas! ¡Bandidos!--gritó, como siempre, contra los italianos.

Cuanto eran lo debían á Alemania. El emperador Guillermo había sido un

padre para ellos. ¡Todo el mundo sabía esto!... Y sin embargo, al

estallar la guerra, se negaban á seguir á sus viejos amigos. Ahora la

diplomacia alemana debía trabajar, no para mantenerlos á su lado, sino

para impedir que se fuesen con los adversarios. Todos los días recibía

noticias de Roma. Había esperanzas de que Italia se mantuviese neutral.

Pero ¿quién podía fiarse de la palabra de tales gentes?... Y repetía sus

insultos iracundos.

Se habituó el marino inmediatamente á esta casa, como si fuese la suya.

Las contadas veces que Freya se separaba de él, iba á buscarla en el

salón de la imponente señora, que tomaba con Ulises un aire de suegra

bondadosa.

En varias de sus visitas se encontró con el conde. El taciturno

personaje le tendía una mano, guardando cierta distancia

instintivamente. Ulises conocía ahora su verdadera nacionalidad, y él

no ignoraba esto; pero los dos continuaron la ficción del conde

Kaledine, diplomático ruso. Como todo lo de este hombre imponía respeto

en la vivienda de la doctora, Ferragut, atento á su egoísmo amoroso, no

se permitía ninguna averiguación, acoplándose á las indicaciones de las

dos mujeres.

Nunca se había considerado tan feliz como en aquellos días.

Experimentaba la monstruosa voluptuosidad del que se halla sentado á la

mesa en un comedor bien caldeado y ve por los cristales el mar

tempestuoso, con un buque que lucha contra las olas.

Los vendedores de periódicos pregonaban terribles batallas en el centro

de Europa: ardían las ciudades bajo el bombardeo, morían cada

veinticuatro horas miles y miles de seres humanos... Y él no leía nada,

no quería saber nada. Continuaba su existencia como si el mundo viviese

en una felicidad paradisíaca, unas veces en espera de Freya, evocando en

su memoria las esplendideces de su cuerpo, los refinamientos y

sensaciones nuevas que le procuraba su pasión; otras abrazado á la

realidad, con un arrobamiento que borraba y suprimía todo lo que no

fuese ellos dos.

Algo, sin embargo, le sacó repentinamente de su egoísmo amoroso; algo

que ensombrecía su gesto, partía su frente con una arruga de

preocupación y le había hecho ir á bordo.

Cuando quedó sentado en la gran cámara del buque, frente á su segundo,

apoyó los codos en la mesa y comenzó á chupar un grueso cigarro que

acababa de encender.

--Vamos á salir muy pronto--repitió con visible preocupación--. Estarás

contento, Tòni; creo que estarás contento.

Tòni permaneció impasible. Esperaba algo más. El capitán, al iniciar un

viaje, le decía siempre el puerto de destino y la especialidad de la

carga. Por eso, al darse cuenta de que Ferragut no quería añadir nada,

se atrevió á preguntar:

--¿Es á Barcelona adonde vamos?...

Vaciló Ulises, mirando hacia la puerta como si temiese ser escuchado.

Luego avanzó el busto hacia Tòni.

Mare nostrum · 第 17 / 36 段