Todo quedó concertado entre los dos. Ella daba las órdenes. Ferragut

volvería á tierra, aposentándose en el mismo _albergo_. Continuarían su

vida de antes, como si nada hubiese ocurrido.

--Esta tarde me esperarás en los jardines de la _Villa Nazionale_... Sí,

allí donde quisiste matarme, ¡bandido!...

Antes de que pudiese evocar la imagen de aquella noche de violencia,

Freya se adelantaba á sus recuerdos con una astucia femenil... Era

Ulises el que había querido matarla; lo afirmaba ella, sin admitir

respuesta.

--Iremos á visitar á la doctora--continuó--. La pobre desea verte, y me

ha rogado que te lleve. Se interesa mucho por ti desde que sabe que te

amo, ¡pirata mío!...

Después de haber fijado la hora del encuentro, Freya quiso irse. Pero

antes de volver á su lancha sintió la curiosidad de registrar el buque,

como había registrado el salón y los camarotes.

Con aires de princesa reinante, precedida del capitán y seguida de los

oficiales, corrió las dos cubiertas; se asomó á las galerías de hierro

de las máquinas y al abismo cuadrado de las escotillas de carga,

recibiendo el olor mohoso de las bodegas. En el puente tocó con un

entusiasmo pueril la caperuza de bronce de la bitácora y los demás

instrumentos de dirección, brillantes como si fuesen de oro.

Quiso ver la cocina, ó invadió los dominios del tío _Caragòl_, poniendo

en lamentable desorden sus formaciones de cacerolas, asomando su hocico

sonrosado á la boca humeante del gran puchero en el que hervía el

almuerzo de la gente.

El viejo pudo verla de cerca con sus ojos cegatos. «¡Sí que era guapa!»

El revoloteo de sus faldas y los frecuentes encontrones que tuvo con

ella en sus idas y venidas por la cocina perturbaron al apóstol. Su

olfato de guisandero se sintió molestado por el perfume de esta señora.

«Guapa, pero con olor de...», repitió mentalmente. Para él, todo perfume

femenil merecía este título injurioso. Las mujeres buenas huelen á

pescado y á estropajo: estaba seguro de ello... En su lejana juventud,

los conocimientos del pobre _Caragòl_ no habían ido más allá.

Al quedar solo, agarró un trapo, agitándolo violentamente como si

sacudiese moscas. Quería limpiar el ambiente de malos olores. Sentíase

escandalizado, como si hubiesen dejado caer una pastilla de jabón en uno

de sus arroces.

Los hombres del buque se amontonaron en las bordas para seguir la marcha

del bote que se alejaba.

Tòni, al pie del puente, lo contempló también con ojos enigmáticos.

--Hermosa eres; pero ¡que la mar te trague antes de que vuelvas!...

Un brazo tremolaba un pañuelo en la popa de la barca. «¡Adiós, capitán!»

Y el capitán movía la cabeza, sonriente y emocionado por el saludo

femenil, mientras los marineros envidiaban su buena suerte.

Otra vez un hombre de la tripulación llevó el equipaje de Ferragut al

_albergo_ de la ribera de Santa Lucía. El portero, como si presintiese

las inclinaciones de este cliente de propina fácil, se encargó de

escoger su habitación: un piso más abajo que la vez anterior, cerca de

la que ocupaba la _signora_ Talberg.

Se encontraron á media tarde en la _Villa Nazionale_, y emprendieron

juntos la marcha por las calles de Chiaia. Al fin iba á saber Ulises

dónde ocultaba la doctora su majestuosa personalidad. Presentía algo

extraordinario en este alojamiento, pero estaba dispuesto á disimular

sus impresiones, por miedo á perder el afecto y el apoyo de la sabia

dama, que parecía ejercer un gran dominio sobre Freya.

Entraron en el zaguán de un antiguo palacio. Muchas veces se había

detenido el marino ante su puerta, pero seguía adelante, desorientado

por las chapas de metal que anunciaban las oficinas y escritorios

instalados en sus diversos pisos.

Vió un patio de arcadas, pavimentado con grandes losas, al que daban los

balcones ventrudos en los cuatro lados interiores del palacio. Subieron

por una escalera de ecos despiertos, grande como una calle en pendiente,

con revueltas anchurosas que permitían en otros tiempos el paso de las

literas y sus portadores. Como recuerdo de los personajes de blanca

peluca y las damas de anchuroso guardainfante que habían pasado por

ella, quedaban algunos bustos clásicos en los rellanos, una baranda de

hierro forjada á martillo y varios farolones de oros borrosos y vidrios

turbios.

Se detuvieron en el primer piso, ante una fila de puertas algo

carcomidas por los años.

--Aquí es--dijo Freya.

Y señaló precisamente la única puerta que estaba cubierta con una

mampara de cuero verde, ostentando un rótulo comercial, enorme, dorado,

pretencioso. La doctora se alojaba en una oficina... ¡Cómo hubiera

llegado él á encontrarla!

La primera pieza era realmente una oficina, un despacho de comerciante,

con casillero para los papeles, mapas, caja de caudales y varias mesas.

Un solo empleado trabajaba: un hombre de edad incierta, con cara pueril

y bigote recortado. Su gesto obsequioso y sonriente contrastaba con su

mirada fugitiva; una mirada de alarma y desconfianza.

Al ver á Freya se levantó de su asiento. Esta le saludó llamándole Karl,

y pasó adelante, como si fuese un simple portero. Ulises, al seguirla,

adivinó fija en sus espaldas la mirada recelosa del escribiente.

--¿También es polaco?--preguntó.

--Sí, polaco... Es un protegido de la doctora.

Entraron en un salón amueblado á toda prisa, con el arte especial y

fácil de los que están acostumbrados á viajar y tienen que improvisarse

una vivienda: divanes con indianas vistosas y baratas, pieles de guanaco

americano, tapices chillones, de un falso orientalismo, y en las paredes

láminas de periódicos entre varillas doradas. Sobre una mesa lucía sus

marfiles y platas un gran neceser con la tapa de cuero abierta. Unas

cuantas estatuillas napolitanas habían sido compradas á última hora

para dar cierto aire de sedentaria respetabilidad á este salón que podía

deshacerse rápidamente, y cuyos adornos más valiosos eran objetos de

viaje.

Por una cortina entreabierta distinguieron á la doctora, que escribía en

la pieza inmediata. Estaba encorvada sobre un pupitre americano, pero

los vió inmediatamente en el espejo que tenía delante de ella para

espiar todo lo que pasaba á sus espaldas.

Adivinó Ulises que la imponente señora había hecho ciertos preparativos

de tocador para recibirle. Un vestido estrecho como una funda moldeaba

la exuberancia de su formas. La falda, recogida y angosta en el remate

de sus piernas, parecía el mango de una maza enorme. Sobre el verde

marino del traje llevaba un tul blanco con lentejuelas plateadas, á modo

de chal. El capitán, á pesar de su respeto por la sabia dama, la comparó

á una nereida madre bien alimentada en las praderas oceánicas.

Con las manos tendidas y una expresión gozosa en el rostro, que hacía

irradiar sus lentes, avanzó hacia Ferragut. Su encontrón casi fué un

abrazo... «¡Querido capitán! ¡tanto tiempo sin verle!...» Sabía de él

con frecuencia, por los informes de su amiga; pero aun así, lamentaba

como una desgracia que el marino no hubiese venido á verla.

Parecía olvidar su frialdad al despedirse en Salerno, el cuidado que

había tenido en ocultarle las señas de su domicilio.

Ferragut tampoco se acordó de esto, gratamente conmovido por la

amabilidad de la doctora. Se había sentado entre los dos, como si

quisiera protegerles con toda la majestad de su persona y el afecto de

sus ojos. Era una madre para su amiga. Acariciaba, al hablar, los

mechones de la cabellera de Freya, que acababan de librarse del encierro

del sombrero. Y Freya, adaptándose al ambiente tierno de la situación,

se apelotonaba contra la doctora, tomando un aire de niña tímida y

acariciante, mientras fijaba en Ulises sus ojos de dulce promesa.

--Quiérala usted mucho, capitán--siguió diciendo la matrona--, Freya

sólo habla de usted... ¡Ha sido tan desgraciada!... ¡La vida se ha

mostrado tan cruel con ella!...

El marino sintió la misma emoción que si se hallase en un plácido

ambiente de familia. Aquella señora daba las cosas por hechas

discretamente, hablándole como á un yerno. Su mirada de bondad tenía una

expresión melancólica. Era la dulce tristeza de las personas maduras que

ven monótono el presente, medido el porvenir, y se refugian en los

recuerdos del pasado, envidiando á las jóvenes porque pueden gozar en la

realidad lo que ellas sólo paladean con la memoria.

--¡Felices ustedes!... ¡Amense mucho!... Únicamente por el amor vale la

vida la pena de ser vivida.

Y Freya, como si le enterneciesen de un modo irresistible estos

consejos, avanzó un brazo sobre los globos encorsetados de la doctora,

apretando convulsivamente la diestra de Ulises.

Los lentes de oro, con su brillo protector, parecían incitarles á

mayores intimidades. «Podían besarse...» La imponente señora, para

facilitar sus expansiones, iba á salir, alegando un pretexto

insignificante, cuando se levantó el cortinaje de la puerta que

comunicaba el salón con la oficina.

Entró un hombre de la edad de Ferragut, pero más bajo de estatura, menos

endurecido el rostro por el curtimiento de la intemperie. Iba vestido á

la inglesa, con escrupulosa corrección. Se adivinaban en él las

preocupaciones más nimias y pueriles en todo lo referente al adorno de

su persona. El traje, de lanilla gris, aparecía realzado por la unidad

de la corbata, los calcetines y el pañuelo asomado al bolsillo del

pecho. Las tres prendas eran azules, sin la más leve variación en su

tono, escogidas con exactitud, como si este hombre pudiese sufrir

crueles molestias saliendo á la calle con la corbata de un color y los

calcetines de otro. Sus guantes tenían el mismo amarillo obscuro de sus

zapatos.

Ferragut pensó que este _gentleman_, para ser completo, debía llevar el

rostro afeitado. Y sin embargo, usaba barba, una barba recortada á flor

de piel en las mejillas y formando sobre el mentón una punta corta y

aguda. El capitán presintió que era un marino. En la flota alemana, en

la rusa, en todas las marinas del Norte, los oficiales que no iban

rasurados á la inglesa usaban esta barbilla tradicional.

Se inclinó, ó más bien dicho, se dobló en ángulo, con brusca rigidez, al

besar las manos de las dos señoras. Luego se llevó un monóculo de

impertinente fijeza á uno de sus ojos, mientras la doctora hacía las

presentaciones.

--El conde Kaledine... El capitán Ferragut.

Dió la mano el conde al marino, una mano dura, bien cuidada y forzuda,

que se mantuvo largo rato sobre la de Ulises, queriendo dominarla con

una presión sin afecto.

La conversación continuó en inglés, que era el idioma empleado por la

doctora en sus relaciones con Ulises.

--¿El señor es marino?--preguntó éste para aclarar sus dudas.

No se movió el monóculo de su órbita, pero un temblor ligero de sorpresa

parecía rizar su luminosa convexidad. La doctora se apresuró á

responder:

--El conde es un diplomático ilustre que está ahora con licencia,

cuidando su salud. Ha viajado mucho, pero no es marino.

Y continuó sus explicaciones. Los Kaledine eran una noble familia rusa

de tiempos de la gran Catalina. La doctora, por ser polaca, estaba

relacionada con ellos hacía muchos años... Y cesó de hablar, dando

entrada á Kaledine en la conversación.

Al principio el conde se mostró frío y algo desdeñoso en sus palabras,

como si no pudiera despojarse de su altivez diplomática. Pero lentamente

esta altivez se fué fundiendo.

Conocía por su «distinguida amiga la señora Talberg» muchas de las

aventuras náuticas de Ferragut. A él le interesaban los hombres de

acción, los héroes del Océano.

Ulises notó de pronto en su noble interlocutor un afecto caluroso, un

deseo de agradar semejante al de la doctora. ¡Hermosa casa aquella, en

la que todos se esforzaban por hacerse simpáticos al capitán Ferragut!

El conde, sonriendo amablemente, dejó de valerse del inglés, y le habló

de pronto en español, como si hubiese reservado este golpe final para

acabar de captarse su afecto con el más irresistible de los halagos.

--He vivido en Méjico--dijo para explicar su conocimiento de esta

lengua--. He hecho un largo viaje por las Filipinas cuando vivía en el

Japón.

Los mares del Extremo Oriente eran los menos frecuentados por Ulises.

Sólo dos veces había navegado hacia los puertos chinos y nipones, pero

conocía lo suficiente para mantener la conversación con este viajero que

mostraba en sus gustos cierto refinamiento de artista. Durante media

hora desfilaron por el vulgar ambiente del salón imágenes de enormes

pagodas de techos superpuestos, vibrantes á la brisa, como un arpa, con

sus filas de campanillas; ídolos monstruosos tallados en oro, en bronce

ó en marfil; casas de papel, tronos de bambú, muebles de nacaradas

incrustaciones, biombos con filas de cigüeñas volantes.

Desapareció la doctora, aturdida por este diálogo, del que sólo podía

adivinar algunas palabras. Freya, inmóvil, con los ojos adormecidos y

una rodilla entre sus manos cruzadas, se mantuvo aparte, entendiendo la

conversación, pero sin intervenir en ella, como si le ofendiese el

olvido en que la dejaban los dos hombres. Al fin se deslizó

discretamente, siguiendo el llamamiento de una mano asomada á un

cortinaje. La doctora preparaba el té y pedía auxilio.

La conversación continuó, sin hacer alto en estas ausencias. Kaledine

había abandonado los mares asiáticos para pasar al Mediterráneo, y se

anclaba en él con una insistencia admirativa. Un motivo más de afecto

para Ferragut, que lo encontraba cada vez más simpático, á pesar de su

trato un poco glacial.

Se dió cuenta repentinamente de que ya no era el conde ruso el que

hablaba, pues con breves y certeras preguntas le hacía hablar á él, lo

mismo que si lo sometiese á un examen.

Agradeció las muestras de interés que este gran viajero daba por el

pequeño _mare nostrum_, y especialmente por las particularidades de su

cuenca occidental, que deseaba conocer minuciosamente.

Podía preguntar cuanto quisiera. Ferragut poseía milla por milla todo el

litoral español, el francés y el italiano, así en la superficie como en

sus fondos.

Kaledine, tal vez por vivir en Nápoles, insistió con predilección en la

parte mediterránea comprendida entre la Cerdeña, la Italia del Sur y la

Sicilia, ó sea lo que los antiguos habían llamado el mar Tirreno...

¿Conocía el capitán Ferragut las islas poco frecuentadas y casi perdidas

enfrente de Sicilia?

--Yo lo conozco todo--afirmó éste con orgullo.

Y sin discernir completamente si era curiosidad del conde ó si quería

someterle á un examen interesado, habló y habló.

Conocía el archipiélago de las islas Lípari, con sus minas de azufre y

de piedra pómez, grupo de cimas volcánicas que emergen de las

profundidades del Mediterráneo. En ellas habían colocado los antiguos á

Eolo, señor de los vientos; en ellas está el Stromboli vomitando enormes

bolas de lava, que estallan con un estrépito de trueno. Las escorias

volcánicas vuelven á caer en las chimeneas del cráter ó ruedan por la

pendiente de la montaña, sumiéndose en las olas.

Más al Oeste, aislada y solitaria en un mar limpio de escollos, está

Ustica, una isla volcánica y abrupta que colonizaron los fenicios y

sirvió de refugio á los piratas sarracenos. Su población es escasa y

pobre. Nada hay que ver en ella, aparte de ciertas conchas fósiles que

interesan á los hombres de ciencia...

Pero el conde se sintió interesado por este cráter muerto y solitario en

medio de un mar que sólo frecuentan las barcas de pesca.

Ferragut había visto igualmente, aunque de lejos, al entrar en el puerto

de Trápani, el archipiélago de las Egades, donde existen grandes

pesquerías de atunes. Había desembarcado una vez en la isla Pantelaria,

situada á medio camino entre Sicilia y África. Era un cono volcánico

altísimo que emergía en mitad del estrecho, y á cuyo pie existían lagos

alcalinos, humaredas sulfurosas, aguas termales y construcciones

prehistóricas de grandes bloques, semejantes á las de Cerdeña y las

Baleares. Los buques que iban á Túnez y Trípoli tomaban cargamento de

pasas, única exportación de esta antigua colonia fenicia.

Entre la Panteleria y Sicilia, el suelo submarino se elevaba

considerablemente, guardando sobre su dorso una capa acuática que en

algunos puntos sólo tenía doce metros de espesor. Era el extenso banco

llamado de la Aventura, hinchazón volcánica, doble isla anegada,

pedestal submarino de Sicilia.

También el banco de la Aventura pareció interesar al conde.

--Conoce usted bien su mar--dijo con tono de aprobación.

Ferragut iba á seguir hablando, pero entraron las dos señoras con una

bandeja que contenía el servicio de té y varios platos de pasteles. El

capitán no extrañó esta falta de servidumbre. La doctora y su amiga eran

para él unas mujeres de costumbres extraordinarias, y todos sus actos

los encontraba lógicos y naturales. Freya sirvió el té con una gracia

púdica, como si fuese la hija de la casa.

Pasaron el resto de la tarde conversando sobre lejanos viajes. Nadie

aludió á la guerra ni á las preocupaciones de Italia en aquel momento

por mantener su neutralidad ó salir de ella. Parecían vivir en un lugar

inaccesible, á miles de leguas de todo tropel humano.

Las dos mujeres trataban al conde con una familiaridad de buen tono,

como personas de su mismo mundo; pero el marino creyó notar en ciertos

momentos que le tenían miedo.

Al terminar la tarde, este personaje abandonó su asiento, y Ferragut

hizo lo mismo, comprendiendo que debía poner fin á su visita. El conde

se ofreció á acompañarle. Mientras se despedía de la doctora,

agradeciendo con extremos corteses que le hubiese hecho conocer al

capitán, éste sintió que Freya le apretaba la mano de modo

significativo.

--Hasta la noche--murmuró levemente, sin mover apenas los labios--.

Volveré tarde... Espérame.

¡Oh, dicha!... Los ojos, la sonrisa, la presión de la mano, decían para

él mucho más.

Nunca dió un paseo tan agradable como al marchar al lado de Kaledine

por las calles de Chiaia hacia la ribera. ¿Qué decía aquel hombre?...

Cosas insignificantes para evitar el silencio, pero á él le parecieron

observaciones de profunda sabiduría. Su voz era, según él, armoniosa y

acariciadora. Todo lo encontraba igualmente amable, la gente que

transitaba por las calles, el ruido napolitano del anochecer, el mar

obscuro, la vida entera.

Se despidieron ante la puerta del hotel. El conde, á pesar de sus

ofrecimientos de amistad, se fué sin decirle cuál era su domicilio.

«No importa--pensó Ferragut--. Volveremos á encontrarnos en casa de la

doctora.»

El resto de la velada lo pasó agitado alternativamente por la esperanza

y la impaciencia. No quería comer; la emoción había paralizado su

apetito... Y una vez sentado á la mesa, comió más que nunca, con una

avidez maquinal y distraída.

Necesitaba pasear, hablar con alguien, para que transcurriese el tiempo

con mayor rapidez, engañando su inquieta espera. Ella no volvería al

hotel hasta muy tarde... Y precisamente se retiró á su habitación más

temprano que de costumbre, creyendo, con un ilogismo supersticioso, que

de este modo llegaría antes Freya.

Su primer movimiento al verse en su cuarto fué de orgullo. Miró al

techo, apiadándose del marino enamorado que una semana antes habitaba el

piso superior. ¡Pobre hombre! ¡Cómo se habían reído de él!... Ulises se

admiró á sí mismo como una personalidad completamente nueva, feliz y

triunfadora, separado de la otra por un período doloroso de

humillaciones y fracasos que no quería recordar.

¡Las horas larguísimas del que aguarda con ansiedad!... Se paseó

fumando, encendiendo un cigarro en el resto del anterior. Luego abrió la

ventana, queriendo borrar este perfume de tabaco fuerte. Ella sólo

gustaba de los cigarrillos orientales... Y como persistiese el acre olor

del cigarro habano, jugoso y bravío, rebuscó en su maletín de aseo,

derramando sobre la cama el fondo de varios frascos de esencia largo

tiempo olvidados.

Una repentina inquietud amargó su espera. La que iba á llegar ignoraba

tal vez cuál era su habitación. El no estaba seguro de haberle dado las

señas con suficiente claridad. Era posible que se hubiese equivocado...

Empezó á creer que, efectivamente, se había equivocado.

El miedo y la impaciencia le hicieron abrir su puerta, plantándose en el

corredor para mirar de lejos el cerrado cuarto de Freya. Cada vez que

sonaban pasos en la escalera ó chirriaba la verja del ascensor, el

barbudo marino se estremecía con una inquietud infantil. Deseaba

esconderse y al mismo tiempo quería mirar, por si era ella la que

llegaba.

Los huéspedes que vivían en el mismo piso le fueron viendo, al retirarse

á sus cuartos, en las más inexplicables actitudes. Unas veces permanecía

firme en el corredor, como el que espera á los domésticos, fatigado por

inútiles llamamientos. Otras veces le sorprendían con la cabeza asomada

á la puerta entreabierta, retirándola precipitadamente. Un viejo conde

italiano le dirigió al pasar una sonrisa de inteligencia y

compañerismo... ¡Estaba en el secreto! Aguardaba, indudablemente, á una

de las doncellas del hotel.

Acabó por meterse en la habitación, pero dejando la puerta abierta... Un

rectángulo de viva luz que se marcaba en el suelo y la pared de enfrente

guiaría á Freya, indicándole el camino.

Tampoco pudo mantener mucho tiempo esta señal. Damas mal tapadas con un

kimono, señores en pijama, se deslizaban por el pasillo discretamente

sobre la suavidad silenciosa de sus pantuflas, todos en la misma

dirección, lanzando una ojeada de cólera hacia la puerta luminosa que

sorprendía el secreto de sus miserias corporales.

Por fin tuvo que cerrar la puerta. Abrió un libro, y le fué imposible

leer dos párrafos seguidos. Su reloj marcaba las doce.

--¡No vendrá!... ¡no vendrá!--dijo con desesperación.

Una idea nueva le sirvió de alivio. Era imposible que una persona

discreta como Freya se atreviese á avanzar hasta su cuarto viendo luz

por debajo de la puerta. El amor necesita obscuridad y misterio. Además,

esta espera visible podía atraer el espionaje de algún curioso.

Dió vuelta al conmutador eléctrico y buscó en la obscuridad su lecho,

tendiéndose con un ruido exagerado, para que nadie pudiese dudar de que

se acostaba. Esta lobreguez reanimó su esperanza.

--Va á venir... Llegará de un momento á otro.

Otra vez se levantó cautelosamente, sin ningún ruido, yendo de

puntillas. Había que facilitar las dificultades de la entrada. Dejó la

puerta entreabierta levemente, para evitar el ruido giratorio del

picaporte. Una silla mantuvo su hoja apoyada con suavidad en el marco

del quicio.

Todavía se levantó varias veces, despojándose en cada uno de estos

saltos de una parte de sus vestidos. Así aguardaría mejor.

Se estiró sobre el lecho, dispuesto á permanecer en vela toda la coche

si era preciso. No debía dormir; no quería dormir; lo ordenaba su

voluntad... Y media hora después dormía profundamente, sin saber en qué

momento se había dejado rodar por las blandas laderas del sueño.

Despertó de pronto, como si le hubiesen asestado un mazazo en el cráneo.

Los oídos le zumbaban... Era la brusca impresión del que se duerme sin

deseo de dormir y se siente sacudido por la inquietud resucitadora.

Tardó unos instantes en darse cuenta de su situación. Luego lo recordó

todo de golpe... ¡Solo!... ¡Ella no había llegado!... Ignoraba si iban

transcurridos minutos ú horas.

Otra cosa, además de la inquietud, le había vuelto á la vida. Adivinó en

la silenciosa obscuridad algo real que se acercaba. Un pequeño ratón

parecía moverse en el corredor. Los zapatos colocados ante una de las

puertas resbalaron con leve chirrido. Ferragut percibió una vaga

impresión de aire que se desplaza con el lento avance de un cuerpo.

Se movió la puerta; la silla retrocedió poco á poco, suavemente

empujada. En la obscuridad fué marcándose una sombra móvil, mucho más

negra y densa. El hizo un movimiento.

--¡Quieto!--suspiró una voz tenue, de fantasma, una voz del otro

mundo--. Soy yo.

Pero Ferragut había saltado cama abajo, avanzando las manos en la

sombra. Tropezó con unos brazos desnudos y mórbidos, luego con la

frescura suave de una carne envuelta en velos.

Instintivamente llevó su diestra á la pared, y se hizo la luz.

Mare nostrum · 第 16 / 36 段