comida. A la botella de vino vesubiano, completamente agotada, había
sucedido otra distinta, que perdía poco á poco su contenido.
Los dos comieron poco; pero sentían una sed nerviosa, que les hizo
tender la mano hacia el vaso frecuentemente. El vino de Freya era
melancólico. La dulzura del crepúsculo parecía hacerlo fermentar,
dándole el acre perfume de los recuerdos tristes.
Sintió nacer el marino en su interior la fiebre agresiva de los sobrios
cuando caen en la embriaguez. De estar con un hombre, habría entablado
una discusión violenta bajo cualquier pretexto. Encontró sin sabor las
ostras, la sopa marineresca, la langosta, todo lo que hacía sus delicias
otras veces al comer solo ó con una amiga de paso en este mismo sitio.
Miraba á Freya con ojos enigmáticos, mientras en su pensamiento empezaba
á bullir la cólera. Sentía odio al recordar la arrogancia con que ella
le había tratado huyendo del cuarto. «¡Farsante!...» Se estaba
divirtiendo con él. Era una gata juguetona y feroz prolongando la agonía
del ratón caído en sus zarpas. En su cerebro hablaba una voz brutal,
como si le aconsejase un homicidio. «¡De hoy no pasa!... ¡de hoy no
pasa!...», se repitió varias veces, dispuesto á las mayores violencias
para salir de una situación que consideraba ridícula.
Y ella, ignorante de los pensamientos de su compañero, engañada por la
inmovilidad de su rostro, seguía hablando con la mirada perdida en el
horizonte, hablando con voz queda, lo mismo que si se contase á sí
misma sus ilusiones.
La dominaba como una obsesión el momentáneo proyecto de vivir en una,
casita de Possilipo, completamente sola, llevando una existencia de
aislamiento monacal con todas las comodidades de la vida moderna.
--Y sin embargo--siguió diciendo--, este ambiente no es favorable á la
soledad; este paisaje es para el amor. ¡Envejecer lentamente dos que se
amen, ante la eterna belleza del golfo!... ¡Lástima que no haya sido yo
amada nunca!...
Esto fué una ofensa para Ulises, que le hizo expresarse con toda la
agresividad que hervía en el fondo de su mal humor. ¿Y él?... ¿No la
amaba y estaba dispuesto á probárselo con toda clase de sacrificios?...
Los sacrificios como prueba de amor dejaban fría á esta mujer,
acogiéndolos con un gesto escéptico.
--Todos los hombres me han dicho lo mismo--añadió--; todos prometen
matarse si no se les ama... y en la mayor parte de ellos no es mas que
una frase de retórica pasional. Y aunque se maten de verdad, ¿qué prueba
esto?... Quitarse la vida es una resolución de un minuto, que no da
lugar á arrepentimiento; una simple ráfaga nerviosa, un gesto que se
hace muchas veces pensando en lo que dirá la gente, con el orgullo
frívolo del actor que desea caer en buena postura. Yo sé lo que es eso.
Un hombre se mató por mí...
Ferragut, al oír las últimas palabras, sacudió su inmovilidad. Una voz
maliciosa cantó en su cerebro: «¡Ya van tres!...»
--Le vi moribundo--continuó ella--en una cama de hotel. Tenía una mancha
roja como una estrella en el vendaje de su frente: el agujero del
pistoletazo. Murió agarrado á mis manos, jurando que me amaba y que se
había matado por mí... Una escena penosa, horrible... Y sin embargo,
estoy segura de que se engañaba á sí mismo, de que no me amaba. Se mató
por vanidad herida al ver que me alejaba de él, por testarudez, por
gesto teatral, por influencia de sus lecturas... Era un tenor rumano.
Esto fué en Rusia... Yo he sido artista un poco de tiempo...
El marino quiso expresar el asombro que le producían las diversas
mutaciones de esta existencia andante y misteriosa que cada vez mostraba
una nueva faceta; pero se contuvo, para oír mejor los crueles consejos
de la voz maligna que hablaba en su pensamiento... El no pretendía
matarse por ella... Muy al contrario: su agresividad silenciosa la
examinaba como una víctima próxima. Había en sus ojos algo del difunto
_Tritón_ cuando columbraba en la costa una falda mujeril lejana y
fugitiva.
Freya siguió hablando.
--Matarse no es una prueba de amor. Todos me han prometido desde las
primeras palabras el sacrificio de su existencia. Los hombres no saben
otra canción... No les imite, capitán.
Quedó pensativa largo rato. El crepúsculo avanzaba rápidamente. Medio
cielo era de ámbar y el otro medio de azul nocturno, en el que empezaban
á parpadear las primeras estrellas. El golfo se adormecía bajo la capa
plomiza de sus aguas, exhalando una frescura misteriosa que se
comunicaba á las montañas y los árboles. Todo el paisaje parecía
adquirir la fragilidad del cristal. El aire silencioso temblaba con
exagerada sonoridad, repitiendo la caída de un remo en las barcas,
pequeñas como moscas, que se deslizaban abajo por la copa del golfo,
prolongando las voces femeninas é invisibles que se perseguían en las
arboledas de las alturas.
Los sirvientes fueron de mesa en mesa colocando bujías encerradas en
faroles de papel. Los mosquitos y falenas, revividos por el crepúsculo,
zumbaron en torno de estas flores de luz rojas y amarillas.
Volvió á sonar la voz de ella en el ambiente crepuscular, con la misma
vaguedad que si hablase en sueños.
--Hay un sacrificio mayor que el de la vida, el único que puede
convencer á una mujer de que es amada. ¿Qué significa la vida para un
hombre como usted?... Su profesión la pone en peligro todos los días, y
cuando descansa en tierra le creo capaz de arriesgarla por el más fútil
motivo...
Hizo una nueva pausa y continuó:
--El honor vale más que la vida para ciertos hombres; la
respetabilidad, la conservación del lugar que ocupan. Sólo me
convencería un hombre que arriesgase por mí honra y posición, que
descendiese á lo más bajo, sin perder su voluntad de vivir... ¡Eso es un
sacrificio!
Ferragut se sintió alarmado por tales palabras. ¿Qué sacrificio deseaba
proponerle esta mujer?... Pero se calmó al seguirla escuchando. Todo era
una hipótesis de su desordenada imaginación. «Está loca», afirmó de
nuevo en su cerebro el consejero interior.
--He soñado muchas veces--continuó ella--con un hombre que robase por
mí, que matase si era preciso, y fuese á pasar el resto de sus años en
una cárcel... ¡Pobre ladrón mío!... Yo viviría únicamente para él,
pasando día y noche junto á las murallas de su prisión, espiando las
rejas, trabajando como una mujer del pueblo para enviar buena comida á
mi bandido... Eso es amor, y no las mentiras frías, los juramentos
teatrales de nuestro mundo.
Ulises repitió su comentario mental: «Decididamente está loca.» Pero
este pensamiento se reflejó en sus ojos con tal claridad, que ella lo
adivinó.
--No tenga miedo, Ferragut--dijo sonriendo--. No pienso exigirle tal
sacrificio. Todo esto que hablo son fantasías, inventos imaginativos
para llenar el vacío de mi alma. Culpa del vino, de nuestras exageradas
libaciones á los dioses, que hoy han sido sin agua... ¡Mire usted!
Y señaló con una gravedad cómica las dos botellas vacías que ocupaban el
centro de la mesa.
Había cerrado la noche. En el cielo obscuro parpadeaban los infinitos
ojos de la luz sideral. La taza inmensa del golfo reflejaba sus
destellos como helados fuegos fatuos. Los farolillos del restorán
trazaban manchas purpúreas sobre los manteles, viéndose en torno de
ellas los rostros de los que comían, con violentos contrastes de luz y
de sombra. De los cuartos cerrados se escapaban escandalosos ruidos de
besos, persecuciones y caídas de muebles.
--¡Vámonos!--ordenó Freya.
Le molestaba este estrépito de orgía vulgar, como si deshonrase la
majestad de la noche. Necesitaba moverse, caminar en la obscuridad,
aspirando el fresco de la misteriosa lobreguez.
En la puerta del jardín vacilaron ante los ofrecimientos de varios
cocheros. Freya fué la que desechó sus ofertas. Quería volver á pie á
Nápoles, siguiendo el suave descenso del camino de Possilipo, después de
la larga inmovilidad en el restorán. Su rostro estaba acalorado y rojo
por el abuso del vino.
Ulises la dió el brazo y empezaron á avanzar en la sombra impulsados
insensiblemente en su marcha por la facilidad de ir cuesta abajo. Freya
sabía lo que representaba este viaje. A los primeros pasos se lo avisó
el marino con un beso en el cuello. Iba á aprovecharse de todos los
recodos del camino; de los altos en ciertos lugares descubiertos para
columbrar el golfo fosforescente á través de la arboleda; de los largos
espacios de sombra, cortada sólo de tarde en tarde por los reverberos
públicos ó las linternas de carruajes y tranvías...
Pero estas libertades de su acompañante eran ya cosa aceptada: ella
había dado el primer paso en el Acuario. Además, estaba segura de su
serenidad, que mantendría al enamorado en el límite que ella quisiera
fijarle... Y convencida de su fuerza para reaccionar á tiempo, se
abandonó lo mismo que una mujer vencida.
Jamás había tenido Ferragut una ocasión tan propicia. Era una cita á
solas en el misterio de la noche, con un amplio espacio de tiempo por
delante. Lo único molesto era la necesidad de marchar, de unir á los
abrazos y los juramentos de amor una incesante actividad ambulatoria.
Ella protestaba, saliendo de su arrobamiento, cada vez que el enamorado
le proponía sentarse al borde del camino.
La esperanza hizo que Ulises obedeciese á Freya, deseosa de llegar
cuanto antes á Nápoles. Allá abajo, en la curva de luces vecinas al
golfo, estaba el hotel, y el marino lo veía como un lugar de felicidad.
--¡Di que sí!--susurró en el oído de ella, cortando las palabras con
besos--. ¡Di que será esta noche!...
Ella no contestaba, abandonándose en el brazo que el capitán había
pasado por su talle, dejándose arrastrar como si estuviese medio
desvanecida, entornando los ojos y ofreciendo su boca.
Mientras Ulises iba repitiendo súplicas y caricias, la voz de su cerebro
cantaba victoria. «¡Ya está!... ¡Esto es hecho!... Lo que importa es
meterla en el hotel.»
Llevaban caminando cerca de una hora y se imaginaban que sólo habían
transcurrido unos minutos.
Al llegar á los jardines de la _Villa Nazionale_, cerca del Acuario, se
detuvieron un instante. Había más luz y menos gente que en el camino de
Possilipo. Huyeron de los faros eléctricos de la vía _Caracciolo_, que
reflejaban en el mar sus lunas de nácar. Los dos, instintivamente se
aproximaron á un banco, buscando la sombra de ébano de los árboles.
Freya se había serenado de pronto. Parecía irritada contra ella misma
por su abandono durante la marcha. La excitación de los besos,
incesantemente renovada, le había hecho ansiar una entrega inmediata,
con el exasperamiento del deseo... Al verse ahora cerca del hotel
recobró su energía, como en presencia de un peligro.
--¡Adiós, Ulises! Mañana nos veremos... Voy á pasar la noche en casa de
la doctora.
El marino se apartó un poco, con el tirón de la sorpresa. «¿Era una
broma?...» Pero no: no podía dudar. El tono de sus palabras delataba una
firme resolución.
Suplicó humildemente para que no se marchase, con voz entrecortada y
fosca. Al mismo tiempo el consejero mental le decía rencorosamente: «¡Se
está burlando de ti!... Hora es ya de que esto acabe... Hazla sentir tu
autoridad de hombre.» Y esta voz tenía el mismo timbre que la del
difunto _Tritón_.
De pronto ocurrió una cosa violenta, brutal, innoble. Ulises se arrojó
sobre ella como si fuese á matarla, la oprimió en sus brazos, y los dos,
hechos un solo cuerpo, cayeron sobre el banco, jadeando, luchando. La
sombra se rasgó con el blanco relampagueo de un oleaje de ropas
interiores removidas. Pero esto sólo duró un instante.
El vigoroso Ferragut, temblando de emoción y de deseo, sólo disponía de
la mitad de sus fuerzas. Saltó repentinamente hacia atrás llevándose las
dos manos á un hombro. Experimentaba un dolor agudísimo, como si uno de
sus huesos acabase de quebrarse. Ella le había repelido con una certera
presión de la hábil esgrima japonesa, que emplea las manos como armas
irresistibles.
--¡Ah... _tal_!--rugió lanzando el peor de los insultos femeninos.
Y cayó sobre ella otra vez, como si fuese un hombre, uniendo á su ansia
amorosa un deseo de maltratarla, de envilecerla, haciéndola su esclava.
Freya le aguardó á pie firme... Viendo el brillo glacial de uno de sus
ojos, Ulises, sin saber por qué, se acordó de _Ojo de la mañana_, el
reptil compañero de sus danzas.
En este ataque de toro furioso quedó detenido por un simple contacto en
la frente, un diminuto círculo metálico, una especie de dedal helado que
se apoyaba en su piel.
Miró... Era un pequeño revólver, un juguete mortífero de relumbrante
níquel. Había aparecido en la mano de Freya saliendo del secreto de sus
ropas, ó tal vez de aquel bolso de oro cuyo contenido parecía
inagotable.
Ella, puesto un dedo en el gatillo, le contempló fijamente. Se adivinaba
su familiaridad con el arma que tenía en la mano. No debía ser la
primera vez que la sacaba á la luz.
La indecisión del marino fué breve. Con un hombre, su garra se hubiese
apoderado de la mano amenazante, torciéndola hasta romperla, sin que le
inspirase miedo el revólver. Pero tenía enfrente á una mujer... Y esta
mujer era capaz de herirle, colocándolo al mismo tiempo en una situación
ridícula...
--¡Retírese, señor!--ordenó Freya con tono ceremonioso y amenazante,
como si hablase á un extraño.
Pero fué ella la que se retiró finalmente al ver que Ulises daba un paso
atrás, quedando meditabundo y confuso. Le volvió la espalda, al mismo
tiempo que desaparecía de su mano el revólver.
Antes de alejarse murmuró varias palabras que no pudo entender Ferragut,
mirándole por última vez con ojos despectivos. Debían ser terribles
insultos, y por lo mismo que los profería en un idioma misterioso, él
sintió más profundamente su menosprecio.
--No puede ser... Se acabó, ¡se acabó para siempre!...
Dijo esto repetidas veces antes de volver al hotel, y lo pensó durante
toda una noche de vigilia, cortada por pesadillas angustiosas. Bien
avanzada la mañana le despertaron del sopor final las trompetas de los
_bersaglieri_.
Pagó su cuenta en el despacho del gerente y dió la última propina al
portero, anunciándole que horas después vendría un hombre del buque á
llevarse su equipaje.
Estaba alegre, con la alegría forzosa del que necesita amoldarse á los
acontecimientos. Se felicitaba por su libertad, como si esta libertad la
hubiese conquistado voluntariamente y no le fuese impuesta por el
desprecio de ella. Le dolía el recuerdo del día anterior, viéndose
ridículo y grosero. Era mejor no acordarse de lo pasado.
Se detuvo en la calle para lanzar una última mirada al hotel. «¡Adiós,
maldito _albergo_!... Nunca volvería á verle. ¡Ojalá se quemase con
todos sus habitantes!»
Al pisar la cubierta del _Mare nostrum_, su forzada satisfacción fué en
aumento. Sólo aquí podía vivir, lejos de las complicaciones y mentiras
de la vida terrestre.
Todas las gentes del buque, que en las semanas anteriores temían la
llegada del malhumorado capitán, sonrieron ahora, como si viesen la
salida del sol después de una tormenta. Distribuyó buenas palabras y
palmadas afectuosas. El trabajo de recomposición iba á terminarse al día
siguiente... ¡Muy bien! Estaba contento. Pronto volverían á navegar.
Saludó en la cocina al tío _Caragòl_... Este era un filósofo. Todas las
mujeres del mundo no valían para él lo que un buen arroz. ¡Ah, grande
hombre!... Seguramente iba á llegar á les cien años. Y el cocinero,
halagado por tantas alabanzas, cuyo origen no acertaba á comprender,
respondía como siempre: «Así es, mi capitán.»
Tòni, silencioso, disciplinado y familiar, le inspiraba no menos
admiración. Su vida era una vida recta, firme y llana como el camino del
deber. Cuando los oficiales jóvenes hablaban en su presencia de ruidosas
cenas al saltar á tierra con mujeres de distintos países, el piloto se
encogía de hombros. «El dinero y lo otro deben guardarse para casa»,
decía sentenciosamente.
Ferragut había reído muchas veces de la virtud de su segundo, que se
paseaba encogida y soñolienta por una gran parte del planeta, sin
permitirse distracción alguna, para despertar con una tensión
arrolladora siempre que los azares de la carrera le llevaban á vivir
unos días en su casa de la Marina.
La pobre esposa, morena, enjuta y obediente, le veía llegar con alegría
y con susto, como si fuese una tormenta de lluvia interminable. Cuando
Tòni se sentía héroe, sus hazañas iban más allá del cero de la decena. Y
con el impudor tranquilo del virtuoso que todo lo deja en casa,
calculaba las fechas de sus viajes por la edad de sus ocho hijos: «Este
fué á la vuelta de Filipinas... Este otro, después que hice el cabotaje
en el golfo de California...»
Su serenidad de varón ordenado, incapaz de perturbarse con frívolas
aventuras, le hizo adivinar desde el primer momento el secreto de los
entusiasmos y las cóleras del capitán. «Debe vivir con una mujer», se
dijo al verle instalado en un hotel de Nápoles y al sufrir su mal humor
en las rápidas apariciones que hacía á bordo.
Ahora, al escuchar sus regocijados comentarios sobre la tranquila vida
de Tòni y su filosófica cordura, volvió á decirse mentalmente, sin que
el capitán pudiese adivinar nada en su rostro: «Ya ha roto con la mujer:
se ha cansado de ella. ¡Más vale así!»
Se afirmó aún más en esta creencia al escuchar los planes de Ferragut.
Tan pronto como el buque quedase listo, irían á fondear en el puerto
comercial. Le habían hablado de cierto cargamento para Barcelona, un
flete de ocasión; pero mejor era esto que ir de vacío... Si el
cargamento se demoraba, partirían con lastre. Deseaba reanudar cuanto
antes sus viajes. Cada vez eran más escasos y buscados los buques. Ya
era hora de salir de esta inercia forzosa.
--Sí, ya es hora--respondió Tòni, que en todo un mes sólo había bajado
dos veces á tierra.
El _Mare nostrum_ abandonó el lugar de su reparación, yendo á fondear
frente á los muelles de comercio, brillante y rejuvenecido, sin ningún
desperfecto que recordase sus recientes averías.
Una mañana, cuando el capitán y el segundo estaban en el salón de popa,
indecisos entre salir aquella misma noche ó esperar cuatro días más,
como lo solicitaban los dueños de la carga, se presentó el tercer
oficial, un joven andaluz, que parecía emocionado por la noticia de que
era portador. Una señora muy hermosa y muy elegante--el joven apoyó con
su admiración estos detalles--acababa de llegar en un bote, y sin pedir
permiso había subido la escala, metiéndose en el buque como si fuese su
vivienda propia.
A Tòni le dió un vuelco el corazón. Su rostro moreno tomó una palidez de
ceniza. «¡Cristo!... ¡la de Nápoles!» El no sabía quién era la de
Nápoles, no la había visto nunca, pero tenía la certeza de que llegaba
como un estorbo fatal, como una calamidad inesperada. ¡Tan bien que
marchaban las cosas!...
El capitán hizo girar su sillón, despegándose de la mesa, y en dos
saltos salió á la cubierta.
Algo extraordinario perturbaba á los tripulantes. Todos estaban arriba,
como si una atracción poderosa los hubiese arrancado de los sollados,
del fondo de las bodegas, de los metálicos corredores de las máquinas.
Hasta el tío _Caragòl_ sacaba su cara episcopal por la puerta de la
cocina, llevándose una mano cerrada en forma de telescopio á uno de sus
ojos, sin llegar á distinguir claramente la anunciada maravilla.
Freya estaba á pocos pasos, con un traje azul que tenía algo de marino,
como si esta visita al buque impusiera á su elegancia la necesidad de
imitar el porte de las multimillonarias que viven en un yate. Los
marineros fingían trabajos extraordinarios para aproximarse á ella,
limpiando cobres ó encerando maderas. Sentían la necesidad de
respirarla, de vivir en el ambiente perfumado que la envolvía, siguiendo
sus pasos.
Al ver al capitán le tendió una mano simplemente, lo mismo que si se
hubiesen visto el día anterior.
--¡No se quejará usted, Ferragut!... Como no le encontraba en el hotel,
he sentido la necesidad de visitarle en su buque... Deseaba conocer su
casa flotante. Todo lo de usted me interesa.
Parecía otra mujer. Ulises se dió cuenta del gran cambio que se había
efectuado en su persona durante los últimos días. Sus ojos eran
atrevidos, incitantes, de un impudor tranquilo. Toda ella parecía
ofrecerse. Sus sonrisas, sus palabras, su modo de marchar por la
cubierta hacia las cámaras del buque, denotaban una resolución de dar
fin cuanto antes á su larga resistencia, cediendo á los deseos del
marino.
A pesar de los anteriores fracasos, éste sintió de nuevo la alegría del
triunfo. «¡Ahora va á ser! Mi ausencia la ha vencido...» Y al mismo
tiempo que paladeaba la dulce satisfacción del amor y el orgullo
triunfantes, un vago instinto le sugirió la sospecha de que esta mujer,
repentinamente transformada, tal vez le quería menos ahora que en los
días anteriores, cuando se resistía, aconsejándole que huyese.
En el comedor hizo la presentación de su segundo. El rudo Tòni
experimentó el mismo deslumbramiento que había perturbado á todos los
del buque. ¡Qué mujer!... En el primer instante excusó y comprendió la
conducta de su capitán. Luego, sus ojos quedaron fijos en ella con una
expresión de alarma, como si su presencia le hiciese temblar por la
suerte del vapor.
Acabó por sentirse cohibido delante de esta señora que examinaba el
salón como si fuese á quedarse en él para siempre.
Freya se interesó unos momentos por la peluda fealdad de Tòni. Era un
verdadero mediterráneo, tal como ella se los imaginaba: un fauno
perseguidor de ninfas. Ulises rió de los elogios dirigidos á su segundo.
--Debe tener dentro de los zapatos--continuó ella--unas pezuñitas lindas
como las de las cabras. Debe saber tocar el caramillo. ¿No lo cree así,
capitán?...
El fauno, enfurruñado y rabioso, acabó por marcharse, saludando
torpemente al salir. Ferragut sintió un gran alivio con esta ausencia,
pues temía alguna palabra ruda de Tòni.
Al quedar sola con Ulises, corrió de un lado á otro por la gran cámara.
--¿Aquí es donde vive usted, querido tiburón?... Déjeme que lo vea todo,
que lo registre todo. Me interesa lo suyo: no dirá ahora que no le
quiero. ¡Qué orgullo para el capitán Ferragut! Las señoras vienen á
buscarle en su buque...
Interrumpió su parloteo irónico y amoroso para defenderse suavemente del
marino. Este, olvidando lo pasado y queriendo aprovechar la felicidad
que se le ofrecía de pronto, abrazaba á la visitante, besándola en la
nuca.
--¡Luego... luego!--suspiró ella--. Ahora déjeme ver. Siento una
curiosidad de niña.
Abrió el piano, el pobre piano del capitán escocés, y unos acordes
tenues y lloriqueantes, producto de una desafinación de varios años,
conmovieron el salón con la melancolía de los recuerdos que resucitan.
Era una música igual á la de las cajas melódicas que se encuentran
olvidadas en el fondo de un armario, entre las ropas de una vieja
difunta. Freya declaró que esta música olía á rosas secas.
Luego, abandonando el piano, abrió una tras otra todas las puertas de
los camarotes que daban al salón. En la del dormitorio del capitán se
detuvo, sin querer pasar del umbral, sin soltar el picaporte de bronce
que mantenía en su diestra. Ferragut, detrás de ella, la empujaba con
suave traición, repitiendo al mismo tiempo sus caricias en la nuca.
--No, aquí no--dijo ella--. ¡Por nada del mundo!... Seré tuya, te lo
prometo: te doy mi palabra. Pero donde yo quiera, cuando á mí me
parezca... ¡Muy pronto, Ulises!
El sintió toda la voluptuosidad de estas afirmaciones, hechas con una
voz acariciadora y sumisa; todo el orgullo de este tuteo espontáneo, que
equivalía á una primera entrega.
La llegada de un acólito del tío _Caragòl_ les hizo recobrar su
tranquilidad. Traía dos enormes vasos llenos de un _cocktail_ rojizo y
espumoso; embriagadora y dulce mixtura, resumen de todos los
conocimientos adquiridos por el cocinero en su trato con los borrachos
de los primeros puertos del mundo.
Ella probó el líquido, entornando los ojos como una gata golosa. Luego
prorrumpió en alabanzas, elevando el vaso de un modo solemne. Ofrecía su
libación á Eros, el más bueno de los dioses. Y Ferragut, que siempre
había sentido cierto pavor ante las infernales y gratas mixturas de su
cocinero, apuró de un trago su vaso, para unirse á la invocación.