--Usted es un exagerado, un meridional, que lo amplifica todo y miente,

creyéndose sus propias mentiras. Pero tengo la seguridad de que si

llegara á enamorarse de veras, sin frases, sin embustes pasionales, su

afecto sería más sano y profundo que el de los otros hombres.... Mi

amiga la doctora dice que son ustedes un pueblo crudo, que sólo ha

tomado en apariencia las nerviosidades, desequilibrios y cabildeos que

acompañan al amor en otros países civilizados hasta el refinamiento.

Miró Freya al marino, haciendo una larga pausa.

--Por eso ustedes pegan--continuó--, por eso ustedes matan cuando

sienten el amor y los celos. Son brutos, pero no son mediocres. No

abandonan á una mujer por cálculo; no la explotan... Usted es un hombre

nuevo para mí, que he conocido tantos. Si yo pudiese creer en el amor,

me tendría á su lado por toda la vida... ¡por toda la vida!

Una música suave, ligera, como la vibración de un vaso de cristal frágil

y delgado, se esparció por la terraza. Freya siguió su ritmo con un leve

movimiento de cabeza. Conocía esta música dulzona, la _Serenata_ de

Toselli, lamento de pasión que removía el alma de las viajeras en los

_halls_ de los grandes hoteles. Ella, que había reído otras veces de

esta musiquilla artificial y refinada, sintió que las lágrimas se

agolpaban ahora en sus ojos.

--¡No poder amar á nadie!--murmuró--. ¡Vagar sola por el mundo!... ¡Tan

hermoso que es el amor!

Adivinó lo que iba á decir Ferragut, sus protestas de eterna pasión,

sus ofrecimientos de unir su vida á la de ella para siempre, y cortó sus

palabras con un gesto enérgico.

--No, Ulises, usted no me conoce, no sabe quién soy... Aléjese de mí.

Hace unos días me era indiferente. Y odio á los hombres, y nada me

importa hacerles daño. Pero ahora me inspira usted cierto interés,

porque le creo bueno y franco á pesar de sus exterioridades

arrogantes... ¡Márchese, no me busque! Es la mejor prueba de afecto que

puedo darle.

Dijo esto con vehemencia, como si viera á Ferragut corriendo hacia un

peligro y le gritase para apartarlo de él.

--En el teatro--continuó--hay un papel que llaman de «mujer fatal», y

ciertas artistas no pueden desempeñar otro. Han nacido para fingir este

personaje... Yo soy una «mujer fatal», pero en la realidad. ¡Si usted

conociese mi vida!... Es mejor que no la conozca: yo misma quiero

ignorarla. Únicamente soy feliz cuando pierdo la memoria... Ferragut,

amigo mío, dígame ¡adiós! y no me salga más al paso.

Pero Ferragut protestaba, como si le propusiese una cobardía. ¿Huir,

amándola tanto?... Si tenía enemigos, podía contar con él para su

defensa. Si deseaba riquezas, él no era un millonario, pero...

--Capitán--interrumpió Freya--, váyase con los suyos. Yo no he nacido

para usted. Piense en su mujer y en su hijo; siga su vida. No soy la

conquista que se guarda unas semanas nada más. A mí nadie me toca

impunemente. Tengo ventosas, como los animales que vimos el otro día;

quemo como las sombrillas transparentes del Acuario... ¡Huya,

Ferragut!... Déjeme sola... ¡sola!

Y la imagen de un vacío inmenso como único porvenir hizo saltar lágrimas

de la humedad aglomerada en sus ojos.

La música había cesado. Un camarero, inmóvil, fingía mirar á lo lejos,

escuchando al mismo tiempo su conversación. Los dos ingleses

interrumpieron su pintura para contemplar duramente á este _gentleman_

que hacía llorar á una mujer. El marino sintió la inquietud nerviosa que

infunde una situación ridícula.

--Ferragut, pague y vámonos--dijo ella, adivinando su estado.

Mientras Ulises daba dinero á los camareros y los músicos, ella se

limpió los ojos y reparó los estragos de su fisonomía sacando del bolso

de oro la borla de polvos y un pequeño espejo, en cuyo óvalo se

contempló largamente.

Al salir, el ostricario le volvió la espalda, fingiéndose muy ocupado en

el arreglo de los limones que adornaban su puesto. No pudo verle la

cara, y sin embargo adivinó que una mala palabra agitaba sus bigotes: la

más terrible que puede decirse á una mujer.

Caminaron lentamente hacia la estación del funicular por calles

solitarias, entre muros de jardín, con un lado amarillo de sol y el otro

azul de sombra.

Ella fué la que buscó el brazo de Ulises, apoyándose con un abandono

pueril, como si la fatiga la hubiese dominado desde los primeros pasos.

Ferragut apretó este brazo contra su cuerpo, sintiendo inmediatamente la

excitación del contacto. Nadie podía verles; los pasos resonaban en las

aceras, bajo las guirnaldas de las tapias, con un eco de lugar

abandonado. El ardor fermentativo de las libaciones á los dioses daba al

capitán una nueva audacia.

--¡Pobrecita mía!... ¡cabecita loca!...--murmuró atrayendo hacia él la

cabeza de Freya, reclinada en uno de sus hombros.

La besó, sin que opusiese resistencia. Y ella, á su vez, le besó á él,

pero con un beso triste, ligero, desmayado, que en nada recordaba la

histérica caricia del Acuario. Su voz, que parecía venir de muy lejos,

fué repitiendo lo que le había aconsejado en la _trattoria_.

--Váyase, Ulises, no me vea más. Se lo digo por su bien... Yo traigo

desgracia. Lamentaría que maldijese el momento en que me conoció.

El marino aprovechaba todas las revueltas de la calle para cortar estas

recomendaciones con sus besos. Ella avanzó remolcada por él, sin

voluntad, como si fuera á dormirse marchando. Una voz cantaba con

diabólica satisfacción en el cerebro del capitán: «¡Ya está madura!...

¡ya está madura!» Y seguía tirando de ella, siempre en línea recta, sin

saber hacia dónde caminaba, pero seguro de su triunfo.

Cerca de la estación, un hombre se aproximó á la pareja: un señor

respetable, canoso, con chaqué viejo y gafas. Les dió la tarjeta de un

hotel que poseía en las inmediaciones, ensalzando las cualidades de sus

cuartos: «Todo el _confort_ moderno... Agua caliente.» Ferragut la tuteó

por primera vez.

--¿Quieres?... ¿quieres?...

Ella pareció despertar, abandonando bruscamente su brazo.

--No sea loco, Ulises... Eso no será nunca... ¡nunca!

Y súbitamente engrandecida al alejarse, entró en la estación con paso

altanero, sin volver la cabeza, sin preocuparse de si Ferragut la seguía

ó la abandonaba.

Durante la larga espera y el descenso á la ciudad, Freya se mostró

irónica y frívola, como si no guardase ya memoria de su reciente

indignación. El marino, bajo el peso de su fracaso y de las

extraordinarias libaciones, se sumió en un mutismo enfurruñado.

En el barrio de Chiaia se separaron. Ferragut, al quedar solo, sintió

con más fuerza los efectos de la embriaguez que le dominaba, una

embriaguez de sobrio, con la sorpresa fulminante de la novedad.

Por un momento tuvo la mala idea de ir á su buque. Necesitaba dar

órdenes, pelear con alguien. Pero la flojedad de sus piernas le empujó

hacia el hotel, y se dejó caer de bruces en la cama, mientras rodaba por

tierra su sombrero, contento de la grave tiesura con que había llegado

hasta su cuarto sin llamar la atención de la servidumbre.

Se durmió inmediatamente; pero apenas la noche hubo caído sobre sus

ojos, volvieron éstos á abrirse, ó á lo menos él creyó que se abrían,

viéndolo todo bajo una luz que no era la del sol.

Alguien había entrado en el cuarto y avanzaba de puntillas hasta su

lecho.

Ulises, que no podía moverse, vió con el rabillo de un ojo que la que

llegaba era una mujer, y que esta mujer se parecía á Freya. ¿Era

realmente ella?...

Tenía el mismo rostro, los cabellos rubios, los ojos negros y

orientales, igual óvalo de cara. Era Freya y no era, como dos gemelas

repetidas exactamente en el mismo molde físico guardan siempre un aire

indefinible que las diferencia.

Un lento trabajo que venía minando desde mucho antes, con labor sorda y

subterránea, la parte inconsciente de Ferragut hizo de pronto explosión.

Siempre que veía á la viuda, este inconsciente se agitaba, presintiendo

que la había conocido mucho antes del viaje trasatlántico. Ahora, bajo

una luz de fantástico resplandor, los vagos pensamientos se precisaron.

El dormido vió que Freya vestía un justillo de mangas sueltas ajustadas

á los brazos, con botones de filigrana de oro; que unas joyas algo

bárbaras adornaban su pecho y sus orejas; que una falda de flores cubría

el resto de su persona. Era un traje de labradora de otros siglos que él

había visto pintado. ¿Dónde?... ¿dónde?...

--¡Doña Constanza!...

Freya era igual á la augusta basilisa de Bizancio. Tal vez era la misma,

que se perpetuaba á través de los siglos valiéndose de prodigiosos

avatares. En aquel momento todo lo encontraba posible Ulises.

Además, le preocupaba muy poco la racionalidad de las cosas; lo

importante era que existiesen. Y Freya estaba á su lado: Freya y la

otra, fundidas en una sola mujer que iba vestida como la soberana griega

del exvoto.

Otra vez repitió el dulce nombre que había iluminado su infancia con un

esplendor novelesco. «¡Doña Constanza! ¡Oh, doña Constanza!...» Y se

sumió en la noche definitivamente, sin una nueva visión, abrazándose á

la almohada lo mismo que cuando era niño y creía dormirse teniendo entre

sus brazos á la joven viuda de «Vatacio el Herético».

Cuando al día siguiente volvió á encontrar á Freya, se sintió atraído

por una nueva fuerza, el interés redoblado que inspiran las personas

vistas en sueños. Fuese realmente la emperatriz resucitada bajo una

nueva forma, como en los libros de caballerías, ó fuese simplemente la

viuda errante de un sabio, para el marino era lo mismo. El la deseaba, y

á su deseo carnal se iban yuxtaponiendo otros menos materiales: la

necesidad de velar por el placer de verla, de oírla, de sufrir sus

negativas, de sentirse repelido en todos sus avances.

Ella guardaba un buen recuerdo de la expedición á las alturas de San

Martino.

--Debió usted encontrarme ridícula á causa de mis sensiblerías y mis

lágrimas. Usted, por su parte, fué como siempre, impetuoso y atrevido...

La próxima vez beberemos menos.

La «próxima vez» era una invitación que Ferragut repetía diariamente.

Deseaba llevarla á comer en una de las _trattorias_ del camino de

Possilipo, viendo á sus pies todo el golfo coloreado de rosa por la

puesta del sol.

Freya había aceptado su invitación con un entusiasmo de colegiala. Estos

paseos representaban para ella horas de alegría y libertad, como si sus

largas permanencias al lado de la doctora fuesen de monótona

servidumbre.

Una tarde la esperó Ulises lejos del hotel, para evitar el espionaje del

portero. Al juntarse y lanzar una mirada hacia el inmediato puesto de

coches, cuatro vehículos avanzaron á la vez, como una fila de carros

romanos ansiosos de obtener el premio del circo, con estrepitoso pataleo

de bestias, crujidos de tralla y gesticulaciones rabiosas de los

cocheros, que se amenazaban apelando á la Madona.

Iban á matarse entre ellos. Ferragut lo creyó por un instante, oyendo

sus maldiciones napolitanas... Subieron los dos al vehículo más próximo,

é inmediatamente cesó el tumulto. Los coches vacíos volvieron á ocupar

su lugar en la fila y los rivales á muerte reanudaron su plácida y

risueña conversación.

Una pluma recta y enorme se balanceaba sobre la cabeza del caballo. El

cochero, para no ser descortés con sus dos clientes, á los que

presentaba la espalda, volvía de vez en cuando el busto, dándoles

explicaciones.

--Por aquí--y señalaba con el látigo--se va á Piedigrotta. Los señores

debían ver el día de la fiesta: es en Septiembre. Pocos vuelven de ella

á pie firme. _Santa María di Piedigrotta_ hizo que Carlos III derrotase

á los _tedescos_ en Velletri... _¡Aooó!_

Movía su látigo lo mismo que una caña de pescar sobre la enhiesta pluma,

excitando la marcha del caballo con un alarido profesional... Y como si

su grito figurase entre las más dulces melodías, continuó diciendo, por

una asociación de ideas:

--En la fiesta de Piedigrotta se daban á conocer, siendo yo mozo, las

mejores canciones del año. Allí se proclamaba la romanza de moda, y

cuando ya la habíamos olvidado, venían los extranjeros, años después, á

repetirla como una novedad.

Hizo una breve pausa.

--Si los señores quieren--continuó--, los llevaré á la vuelta á

Piedigrotta. Verán la pequeña iglesia de San Vitale. Muchas señoras

extranjeras la buscan para colocar flores en la sepultura de un

jorobadito que hacía versos: el conde Giacomo Leopardi.

El silencio con que acogían estas explicaciones los dos clientes le hizo

abandonar su oratoria maquinal para fijarse en ellos. El señor le había

tomado una mano á la señora y se la apretaba hablando en voz muy baja.

La señora fingía no escucharle, mirando las «villas» y los jardines del

lado izquierdo del camino, que descendían hasta el mar.

Todavía, con doble magnanimidad, quiso instruir á estos parroquianos

indiferentes, mostrando á punta de látigo las bellezas y curiosidades de

su catálogo.

--Aquella iglesia es Santa María del Parto, llamada por otros del

Sannazaro. El Sannazaro fué también un gran poeta, que describió amores

de pastoras, y Federico II de Aragón le hizo el regalo de una «villa»

con jardines, para que trabajase con más comodidad... ¡Otros tiempos,

señores míos! Sus herederos la convirtieron en iglesia, y...

Se cortó la voz del cochero. A sus espaldas hablaba la pareja en un

idioma incomprensible, sin prestarle atención, sin agradecer sus

eruditas explicaciones. ¡Extranjeros ignorantes!... Y ya no dijo más. Se

replegó en un silencio ofendido, aliviando su verbosidad napolitana con

una serie de gritos y gruñidos dedicados á su caballo.

El camino nuevo de Possilipo, obra del rey Murat, costeaba el golfo,

elevándose lentamente por la falda de la montaña, haciendo cada vez

mayor el declive entre su calzada y el borde del mar. En esta pendiente

asomaban las «villas» sus fachadas blancas ó rosadas entre los

esplendores de una vegetación siempre verde y lustrosa.

Más allá de las columnatas de palmeras y pinos parasoles se elevaba el

golfo, como un telón azul. Su borde superior sobrepasaba las rumorosas

copas de los árboles.

Un edificio enorme apareció, metido en el agua. Era un palacio en

ruinas, ó más bien un palacio sin terminar, de gruesos muros, labrados

ventanales y sin techo. En el piso bajo entraban las olas mansamente por

puertas y ventanas, sirviendo sus salones de refugio á las barcas de los

pescadores.

Los dos viajeros hablaban indudablemente de esta ruina, y el cochero,

piadoso, olvidó su enfado para venir en su ayuda.

--Eso es lo que muchos llaman el palacio de la reina Juana... ¡Error,

señores míos!... ¡Ignorancia de la gente indocta! Este es el palacio de

_Donna Anna_, y doña Ana Carafa fué una gran señora napolitana, mujer

del duque, de Medina, virrey español, que construyó el palacio para ella

y no pudo acabarlo.

Iba á decir más, pero se contuvo. ¡Ah, no! ¡por la Madona!... Otra vez

se ponían á hablar, sin escucharle... Y se sumió definitivamente en un

silencio ofendido, mientras á sus espaldas continuaba la charla.

Ferragut sintió interés por los remotos amores de aquella napolitana,

gran señora, con el magnate español, prudente y linajudo. La pasión

había hecho cometer al grave virrey la locura de construir un palacio en

el mar. También el marino amaba á una mujer de otra raza y sentía

iguales deseos de hacer por ella cosas disparatadas.

--Yo he leído los mandamientos de Nietzsche--dijo, para explicar su

entusiasmo--. «Busca tu mujer fuera de tu país...» Esto es lo mejor.

Freya sonrió tristemente.

--¡Quién sabe!... Es complicar el amor con las preocupaciones del

antagonismo nacional. Es crear hijos con doble patria, que acaban por no

tener ninguna, y vagan por el mundo lo mismo que mendicantes sin

abrigo... Yo sé algo de eso.

Y volvió á sonreír con tristeza y escepticismo.

Ferragut iba leyendo los rótulos de las _trattorias_ á ambos lados del

camino: _El escollo de la sirena_, _La alegría de Partenope_, _El mazo

de flores_... Y mientras tanto, apretaba la mano de Freya, avanzando sus

dedos por la parte interior de la muñeca, acariciando su piel, que se

estremecía á cada nuevo rozamiento.

El cochero dejó al caballo que ascendiese lentamente la cuesta continua

de Possilipo. Se preocupaba ahora de no volverse para no ser molesto.

Conocía bien á los que hablaban á sus espaldas: «Enamorados; gente que

no desea llegar pronto.» Y olvidó sus ofensas, pensando en la

generosidad del señor al ir en tan buena compañía.

Ulises le hizo detenerse en lo alto de Possilipo. Era allí donde había

comido una famosa «sopa marinesca» y donde se vendían las mejores ostras

de Fusaro. A la derecha del camino se alzaba un edificio pretencioso y

moderno, con el título del restorán en letras de oro. En el lado opuesto

estaba el anexo, un jardín cortado por terrazas que descendían hasta el

mar, y en dichas terrazas había mesas al aire libre ó casitas de techos

bajos con las paredes cubiertas de enredadera. Estas construcciones

tenían ventanas discretas, abiertas sobre el golfo á gran altura, que no

permitían ninguna curiosidad exterior.

Al recibir la generosa propina de Ferragut, el cochero le saludó con una

sonrisa familiar, un gesto de compañerismo que pasaba por encima de

todas las diferencias sociales, uniéndolos como simples hombres. El

había traído muchas parejas á este discreto jardín, con sus cerrados

comedores sobre el golfo. «Buen apetito, _signore_.»

El viejo camarero que salió al encuentro de la pareja en un senderillo

descendente mostró un gesto idéntico al fijar sus ojos en Ferragut.

«Tenía lo que necesitaba el señor.» Y atravesando una terraza bajo

emparrado, con varias mesas libres, abrió una puerta y les hizo entrar

en una habitación que sólo tenía una ventana.

Freya fué instintivamente hacia ella, como un insecto hacia la luz,

dejando á sus espaldas el cuarto sombrío y húmedo, cuyo papel pendía á

trechos. «¡Qué hermoso!» El golfo, encuadrado por la ventana, parecía un

lienzo con marco, un original vivo y palpitante de las infinitas copias

esparcidas por el mundo.

Mientras tanto, el capitán, sin dejar de enterarse de los platos

disponibles, seguía la discreta mímica del camarero. Con una de sus

manos sostenía la puerta entreabierta. Sus dedos acariciaban en la cara

interior un cerrojo enorme, arcaico, que había pertenecido á una puerta

mucho más grande, y parecía que iba á desprenderse de la madera por su

peso excesivo... Ferragut adivinó que este cerrojo iba á gravitar sobre

la cuenta de la comida con todo su volumen.

Interrumpió ella su contemplación del panorama al sentir los labios de

Ferragut que intentaban acariciar su cuello.

--¡Quieto, capitán!... Ya sabe usted lo que hemos convenido. Recuerde

que he aceptado su convite con la condición de que me dejará en paz.

Permitió que el beso se pasease por su mejilla, llegando hasta su boca.

Esta caricia estaba ya aceptada: tenía la fuerza de la costumbre. Por

esto no se resistió á ello, recordando los precedentes, pero el miedo al

abuso la hizo retirarse de la ventana.

--Veamos el palacio encantado que me ha prometido mi _flirt_--dijo

alegremente, para distraer la insistencia de Ulises.

En el centro había una mesa de tablas mal cepilladas y rudos pies. Los

manteles y los platos disimularían luego este horror. Sus ojos, pasando

despectivamente por las sillas viejas, las paredes de suelto empapelado

y los cromos de marcos verdosos, tropezaron con algo obscuro,

rectangular y profundo que ocupaba todo un ángulo de la pieza. No se

sabía si era un diván, una cama ó un catafalco fúnebre. Las mantas

pardas que lo cubrían evocaban en la memoria los lechos de cuartel ó de

presidio.

«¡Ah, no!...» Freya dió un salto hacia la puerta. Ella no podría comer

al lado de este mueble inmundo, por el que había pasado lo peor de

Nápoles. «¡Ah, no! ¡Qué asco!»

Ulises estaba junto á la puerta, temiendo que los descubrimientos de

Freya fuesen más allá, tapando con su espalda aquel cerrojo que era el

orgullo del camarero. Balbuceaba excusas, pero ella se engañó al notar

su insistencia, creyendo que pretendía cerrarle el paso.

--¡Capitán, déjeme salir!--dijo con voz colérica--. Usted no me conoce.

Eso es para otras... ¡Atrás, si no quiere que le tenga por un

grosero!...

Y lo empujó en su salida, á pesar de que Ulises le dejaba franco el

paso, repitiendo sus excusas, haciendo recaer toda la responsabilidad en

la torpeza del sirviente.

Se detuvo ella ante el emparrado, súbitamente tranquilizada al verse en

pleno aire. Buscó la mesa más lejana y fué á sentarse de espaldas al

cuarto.

--¡Qué antro!...--dijo--. Venga aquí, Ferragut. Estaremos mejor al aire

libre, contemplando el golfo... ¡Venga y no sea niño!... Todo está

olvidado. Usted no tiene la culpa.

El viejo camarero, que volvía con manteles y platos, no hizo el menor

gesto al ver á la pareja instalada en la terraza. Estaba acostumbrado á

estas sorpresas. Evitó los ojos de la señora, como un reo convicto, y

miró al señor con el mismo aire desolado que empleaba para anunciar el

agotamiento de un plato puesto en la lista. Sus gestos de muda

protección intentaban consolar á Ferragut de su fracaso. «¡Paciencia y

tenacidad!... Victorias más difíciles había visto él en su clientela.»

Antes de servir la comida puso sobre la mesa, á guisa de aperitivo, una

botella ventruda de vino del país, un néctar de las laderas del Vesubio,

con un lejano sabor de azufre. Freya tenía sed y le inspiraba recelo el

agua de esta _trattoria_. Ulises necesitaba olvidar su reciente

fracaso... Y los dos hicieron sus libaciones á los dioses, pero con

absoluta pureza, sin que una gota de agua viniese á cortar la diafanidad

de piedra preciosa del vino.

Un grupo de cantores y bailarines invadió la terraza. Una joven

cobriza, hermosa y sucia, con el pelo revuelto, grandes aros en las

orejas y un delantal de rayas multicolores, bailó bajo el emparrado,

moviendo en alto un pandero que era casi del tamaño de una sombrilla.

Dos chicuelos vestidos de antiguos _lazaroni_, con gorro rojo y las

piernas remangadas, acompañaron dando gritos la agitada danza de la

_tarantela_.

El golfo se coloreaba de rosa, como si creciesen en sus entrañas, bajo

los rayos oblicuos del sol, inmensos bosques de corales. El azul del

cielo también se tornó rosado, y las montañas se incendiaron al reflejar

el astro agonizante. El penacho del Vesubio era menos blanco que en la

mañana. Su columna nebulosa, rayada con estrías rojizas por la luz

moribunda, parecía reflejar el fuego interior.

Sintió Ulises la placidez amistosa que inspiran los paisajes

contemplados en la infancia. El había visto muchas veces este mismo

panorama, con sus bailarinas y su volcán, allá en su caserón de

Valencia: lo había visto en los abanicos del llamado «estilo romántico»

que coleccionaba su padre.

Freya experimentó una emoción igual á la de su compañero. El azul del

golfo era de una intensidad rabiosa allí donde no reflejaba el sol; las

costas parecían de ocre; las casas tenían unas fachadas chillonas; y sin

embargo, todos estos elementos discordes se compenetraban y se fundían

en un ambiente armonioso, discreto, de dulce elegancia. La vegetación

temblaba bajo la brisa con arreglo á una medida. El aire era musical,

como si en sus ondas vibrasen las cuerdas de invisibles arpas.

Esta era para Freya la verdadera Grecia imaginada por los poetas, no las

islas de rocas quemadas y desnudas de vegetación que había visto en sus

excursiones por el archipiélago helénico.

--¡Vivir aquí el resto de mi vida!--murmuró con los ojos húmedos--.

¡Morir aquí, olvidada, sola, feliz!...

Ferragut también quería morir en Nápoles... ¡pero con ella!... Y su

imaginación pronta y exuberante describió las delicias de una vida á

dos, de amor y de misterio, en cualquiera de las pequeñas «villas» con

jardín asomadas sobre el mar en la ladera de Possilipo.

Los bailarines habían pasado á una terraza interior, donde era más

grande la concurrencia. Entraban nuevos clientes--casi todos formando

parejas--así como iba cayendo el día. El camarero hizo pasar al comedor

cerrado á unas mujeres pintarrajeadas y con grandes sombreros, seguidas

de unos jóvenes. Por la puerta entreabierta salió un ruido de

persecuciones, de choques y saltos, con brutales carcajadas y risas de

sofocante cosquilleo.

Freya volvió la espalda, como si le ofendiese el recuerdo de su paso por

este antro.

Mare nostrum · 第 14 / 36 段