se hubiese separado de él poco tiempo antes.
Luego explicó su presencia á esta hora tardía. Llevaba mucho tiempo sin
visitar el Acuario. El estanque de los pulpos era para ella como la
jaula de pájaros tropicales, llena de colores y de gritos, que alegra la
soledad de una dama melancólica.
Adoraba á los monstruos que vivían al otro lado del cristal, y antes de
ir á almorzar había sentido la irresistible necesidad de verlos. Temía
que el guardián no los hubiese cuidado bien durante su ausencia.
--¡Mire usted qué hermosos son!
Y señaló el estanque, que parecía vacío. En sus aguas muertas y en el
suelo de gruesa arena no se notaba el más leve estremecimiento animal.
Ferragut siguió los ojos de ella, y aleccionado por sus largas
contemplaciones, fué encontrando á los tres huéspedes.
Con el poderoso mimetismo de su especie, se habían convertido en
minerales. Sólo unos ojos expertos los podían descubrir, apelotonado
cada uno en una grieta de las rocas, alterando voluntariamente su piel
lisa con protuberancias y arrugas iguales á las de la piedra. Su
facultad de cambiar de color les permitía adquirir el de su duro zócalo,
y disimulados de este modo, como tres tumores peñascosos, esperaban
traidoramente el paso de sus víctimas, lo mismo que si estuviesen en
pleno mar.
--Pronto los verá usted con toda su majestad--continuó Freya, como si
hablase de algo que le pertenecía--. El guardián va á darles de comer...
¡Pobres! Nadie se ocupa de ellos; todos los detestan. A mí me deben sus
comidas suplementarias.
Como si oliese la proximidad del alimento, una de las tres piedras se
agitó con policromo escalofrío. Su envoltura elástica se fué hinchando.
Pasaron por ella rayas de color, nubes ruborosas que iban del rojo al
verde, redondeles que se inflaban sobre la hinchazón, formando temblonas
excrecencias. Entre des arrugas se abrió un ojo amarillento, de feroz y
estúpida fijeza, un globo empañado y maligno, igual al de las
serpientes, que miró hacia el cristal como si pudiese ver más allá de
esta muralla de diamante.
--¡Me conocen!--exclamó Freya con alegría--. ¡Yo creo que me conocen!...
Y enumeró las habilidades de estos monstruos, á los que atribuía una
gran inteligencia. Ellos eran los que habían rodado, como astutos
constructores, las piedras amontonadas en el suelo, formando baluartes,
á cuyo abrigo se disimulaban para caer sobre sus víctimas. En el mar,
cuando querían sorprender á una ostra de carne sabrosa, esperaban
ocultos á que abriese sus dos valvas para nutrirse de agua y de luz, é
introducían un guijarro entre ellas, metiendo á continuación por el
intersticio sus tentáculos mortales.
Su amor á la libertad era otro motivo de los entusiasmos de Freya. Si
llevaban más de un año encerrados en el Acuario, enfermaban de tristeza
y roían sus patas hasta matarse.
--¡Ah, bandidos simpáticos y vigorosos!--continuó, con un entusiasmo
histérico--. ¡Los adoro! Quisiera tenerlos en mi casa, como se tienen
los peces dorados, en un bocal; darles de comer á todas horas; ver cómo
devoran...
Ferragut sintió la misma inquietud que había experimentado una mañana
ante el templete de Virgilio.
«¡Está loca!», se dijo mentalmente.
Pero á pesar de su locura, la apetecía vehementemente al percibir el
suave perfume que exhalaba su carne por el escote del vestido.
No vió ya el mundo silencioso que nadaba ó rampaba con un chisporroteo
de colores detrás de los cristales. Sólo ella existía. Y escuchó, como
una música lejana, su voz, que iba explicando brevemente todas las
particularidades de aquellas piedras que pasaban á ser animales, de
aquellos globos que, al hincharse, mostraban sus órganos, volviendo á
ocultarlos bajo un oleaje gelatinoso.
Eran un saco, una bolsa, una máscara elástica, en cuyo interior sólo
existía agua ó aire. Entre las raíces de sus brazos estaba la boca,
armada de fuertes mandíbulas semejantes á un pico de loro. Al respirar,
una grieta de su piel se abría y cerraba alternativamente. De uno de sus
costados surgía un tubo en forma de embudo, que tragaba igualmente el
agua respirable, alimentándose por ambas entradas su cavidad branquial.
Los múltiples brazos armados de ventosas funcionaban como aparatos de
presión. Les servían para asir y mantener su presa, para rampar y
correr.
El ojo vidrioso de uno de los monstruos asomando y desapareciendo entre
los blandos repliegues evocaba los recuerdos de Freya. Habló á media
voz, para ella misma, sin preocuparse de Ferragut, que estaba
desorientado por la incoherencia de sus palabras. Esta mirada del pulpo
traía á su memoria la de _Ojo de la mañana_.
El marino preguntó: «¿Quién es _Ojo de la mañana_?...» Y volvió á
decirse mentalmente que Freya estaba loca al saber que este nombre era
el de una serpiente amiga, un reptil de lomo cuadriculado que le servía
de collar y de pulsera allá en su casa de la isla de Java, entre bosques
que exhalaban un perfume irresistible, cubiertos á la luz del sol de
flores temblonas y monstruosas semejantes á animales, poblados
nocturnamente de fosforescentes estrellas que saltaban de árbol en
árbol.
--Yo danzaba desnuda, con un velo transparente anudado á mis caderas y
otro flotante sobre mi cabeza... Danzaba horas y horas, lo mismo que una
sacerdotisa brahmánica ante la imagen del terrible Siva, y _Ojo de la
mañana_ seguía mis danzas con sus ondulaciones elegantes... Yo creo en
el divino Siva. ¿Usted no conoce á Siva?...
Ferragut dió de lado al sombrío dios. Lo que él quería conocer era el
motivo que la había llevado á Java, la isla paradisíaca y misteriosa.
--Mi marido era comandante holandés--dijo ella--. Nos casamos en
Amsterdam y le seguí á Asia.
Ulises protestó ante esta noticia. ¿No había sido un sabio su esposo?...
¿No la había llevado á los Andes, en busca de bestias prehistóricas?...
Freya vaciló un momento para hacer memoria; pero su duda fué corta.
--Así es--dijo con naturalidad--. El profesor fué mi segundo marido. Yo
he sido casada dos veces.
No tuvo tiempo el capitán de manifestar su sorpresa. En lo alto del
estanque, sobre la superficie cristalina plateada por el sol, pasó una
sombra humana. Era la silueta del guardián. Abajo se conmovieron las
tres bolsas informes. Freya temblaba de emoción, como un espectador
entusiasta é impaciente.
Algo cayó en el agua, descendiendo poco á poco: un pedazo de sardina
muerta, que iba soltando filamentos de carne y escamas amarillas. Una
extraña solidaridad parecía existir entre los monstruos. Sólo se agitaba
para comer aquel que veía más cerca la presa. Tal vez se sometían
voluntariamente á un turno; tal vez su vista sólo alcanzaba un poco más
allá de sus tentáculos.
El que estaba más próximo al vidrio se desdobló de pronto con la
violencia de un muelle que se escapa, de un proyectil que hace
explosión. Dió un salto, quedando pegado al suelo por una de sus patas y
teniendo las otras en alto como un manojo de reptiles. De informe
guiñapo se convirtió en estrella monstruosa, llenando casi todo el
vidrio con su cuerpo hinchado de rabia y de agua, coloreando su
envoltura de verde, de azul, de rojo.
Los tentáculos agarraron la triste presa, doblándose hacia adentro para
llevarla á su boca. La bestia se contrajo, se fué aplanando, hasta
descansar en el suelo. Desaparecieron las patas, y sólo quedó á la vista
una bolsa temblona por la que pasaba como un oleaje, de extremo á
extremo, la hinchazón digestiva. Fué un bullón de mucosidades que se
colorearon y descolorieron con las contorsiones de la furia
asimilatoria, dejando al descubierto de vez en cuando sus ojos estúpidos
y feroces.
Siguieron cayendo nuevas víctimas y los otros monstruos saltaron á su
vez, distendiendo sus estrellas, encogiéndolas luego para moler la presa
en sus entrañas con una digestión de tigre.
Freya asistía á esta alimentación horrorosa con temblores de
voluptuosidad. Ulises sintió cómo se apoyaba en él instintivamente, con
un contacto que fué haciéndose por momentos más íntimo. Del hombro al
tobillo percibió el capitán los suaves relieves de una carne tibia y
firme, que se hacía sentir á través de las ropas y parecía tirar de él
con nerviosos estremecimientos.
Varias veces los ojos de ella se apartaron del cruento espectáculo para
mirarle rápidamente de un modo extraño. Sus pupilas parecían agrandadas.
Sus córneas tenían una acuosidad de malsano reflejo. Ferragut pensó que
así debían mirar las locas en sus grandes crisis.
Hablaba entre dientes, con pausas de emoción, admirando la ferocidad de
aquellas bestias, doliéndose de no poseer su vigor y su crueldad.
--¡Ser así!... Poder ir por las calles... por el mundo, tendiendo las
garras... ¡Devorar!... ¡devorar! Ellos se debatirían inútilmente por
deshacer el anillo de mis tentáculos... ¡Absorberlos!... ¡comerlos!...
¡hacerlos desaparecer!
Ulises la vió como el primer día, junto al templete del poeta, poseída
de una cólera sorda contra los hombres, ansiando su exterminio con
temblores voluptuosos.
Los pulpos, terminada su digestión, se habían lanzado á nadar. Eran
ahora madejas horizontales que surcaban el estanque con elegancia.
Parecían torpedos de proa cónica, llevando á la rastra la gruesa y larga
cabellera de sus tentáculos. Su apetito excitado les hacía correr el
agua en todos sentidos, buscando nuevas víctimas.
Freya protestó. El guardián sólo les había arrojado cuerpos inanimados.
Ella deseaba la lucha, el sacrificio, la muerte. Los pedazos de sardina
eran una comida sin substancia para estos bandidos que sólo encontraban
sabor al alimento sazonado con el asesinato.
Como si los pulpos entendiesen sus quejas, se habían dejado caer en el
fondo arenoso, flácidos, inertes, respirando por sus embudos.
Un pequeño cangrejo empezó á descender al extremo de un hilo, con
pataleo desesperado.
Ella se apretó aún más contra Ulises, emocionada al pensar en el próximo
espectáculo. Saltó una de las bolsas convertida en estrella: sus patas
serpentearon buscando al recién llegado. En vano el guardián movió hacia
arriba el hilo, queriendo prolongar la caza. Los tentáculos pegaron sus
irresistibles ventosas al cuerpo de la víctima y al bramante, tirando de
este último con tal fuerza, que se rompió, cayendo en el fondo el pulpo
con su presa.
Freya hizo un movimiento como si fuese á aplaudir. «¡Bravo!...» Estaba
intensamente pálida. Un calor de fiebre pasó á través de las ropas desde
un costado de su cuerpo al costado de Farragut que le servía de apoyo.
Avanzaba el busto hacia el cristal para ver mejor la actividad
devoradora de este estómago en forma de pirámide, que tenía en su
cúspide una diminuta cabeza de loro con dos ojos feroces y en torno da
la base la retorcida madeja de sus patas llenas de redondeles salientes.
Con ellas apretaba al cangrejo contra su boca, inyectando bajo su
caparazón el producto venenoso de sus glándulas salivares, paralizando
todo movimiento de resistencia. Luego se lo tragó lentamente, con una
deglución de boa.
--¡Qué hermoso!--dijo ella.
Las otras bestias tenían igualmente su víctima viva y la paralizaban y
devoraban, agitando sus cuerpos blanduchos, por los que hacía pasar la
hinchazón nutritiva rayas y nubes de diversos colores.
Ahora el guardián arrojó un cangrejo, pero en libertad, sin atadura
alguna. Freya gritó de entusiasmo.
Era la caza tal como se desarrolla en el feroz misterio del mar, la
carrera de la muerte, la destrucción precedida de angustias y azares
emocionantes. El pobre crustáceo, adivinando el peligro, nadaba hacia
las rocas, para guarecerse en la grieta más próxima. Un pulpo salió tras
de él, mientras los otros continuaban su digestión.
--¡Se escapa!... ¡se escapa!--gritó Freya, palpitando de interés.
El cangrejo corrió por las piedras, abrigándose en sus sinuosidades. El
pulpo ya no nadaba; corría también como un animal terrestre, subiendo
por las rocas con sus garras armadas, que le servían de aparatos de
locomoción. Era una lucha de tigre contra rata... Cuando el cangrejo
tenía ya medio cuerpo oculto entre los verdes líquenes de un agujero,
cayó sobre su posterior una de las pesadas serpientes, arrancándolo con
el tirón irresistible de sus ventosas, haciéndole desaparecer entre la
madeja de tentáculos.
--¡Ah!--suspiró Freya, echándose atrás como si fuese á desmayarse sobre
el pecho de Ulises.
Este se estremeció, sintiendo que se había enroscado á su cuerpo un
anillo de temblona presión. Los actos de aquella desequilibrada habían
acabado por excitar sus nervios.
Creyó que un monstruo de la misma clase que los del estanque, pero mucho
mayor, un pulpo gigantesco de los fondos oceánicos, se había deslizado
traidoramente á sus espaldas, echándole de pronto uno de sus tentáculos.
Sentía la presión de esta garra en su cintura, cada vez más apretada,
más feroz.
Freya le tenía sujeto con uno de sus brazos. Violentamente se había
enroscado á él y le apretaba el talle con toda su fuerza, como si
pretendiese partir en dos su cuerpo vigoroso.
Luego vió aproximarse la cabeza de esta mujer con una rapidez agresiva,
cual si fuese á morderle... Sus ojos, agrandados, lagrimeantes y
vagorosos, parecían estar lejos, muy lejos. Tal vez no le veían... Su
boca, temblona y azuleada por la emoción, una boca redonda y en relieve,
como un músculo absorbente, buscó la boca del marino, apoderándose de
ella, tirando de sus labios.
Fué un beso de ventosa, largo, dominador, doloroso. Ulises reconoció que
nunca había sido besado así. El agua de aquella boca, remontándose al
filo de los dientes, se desbordó en la suya como dulce veneno. Un
estremecimiento desconocido hasta entonces corrió á lo largo de su
espalda, haciéndole cerrar los ojos.
Se sintió vaciado, como si todo su interior se liquidase, pasando al
otro cuerpo á través de la imperiosa succión. Tuvo el presentimiento de
que este beso iba á datar en su vida; de que empezaba para él una nueva
existencia; de que nunca llegaría á despegarse de estos labios
mordedores y acariciantes, que tenían un lejano sabor de canela, de
incienso, de selva asiática poblada de voluptuosidades y asechanzas.
Y se dejó arrastrar por la caricia de fiera, con el pensamiento perdido
y el cuerpo inerte y resignado, lo mismo que el náufrago que desciende y
descienda las infinitas capas del abismo, sin llegar nunca al fondo.
VI
LOS ARTIFICIOS DE CIRCE
Creyó después de este beso que sus otros deseos iban á realizarse
inmediatamente. Lo más difícil del camino ya estaba andado. Pero con
Freya había que esperar siempre algo absurdo é inconcebible.
El cañonazo del mediodía los sacó de su arrobamiento voluptuoso, que
había durado unos segundos, largos como años. Los pasos del guardián,
cada vez más próximos, acabaron por separar sus dos bustos y desenredar
sus brazos.
Freya fué la primera en serenarse. Sólo un ligero humo quedó flotando en
el fondo de sus pupilas, como si fuese el vaho del ardor recién
extinguido.
--¡Adiós!... Me esperan.
Y salió del Acuario seguida de Ferragut, todavía balbuciente y
tembloroso.
Fueron inútiles las preguntas y ruegos con que la persiguió al atravesar
el paseo.
--Hasta aquí nada más--dijo ella en una de las bocacalles de Chiaia--.
Nos veremos... Se lo prometo formalmente... Ahora déjeme...
Y desapareció con su paso firme de hermosa cazadora, sereno el rostro,
como si no quedase en ella el menor recuerdo de su fiero arrebato
pasional.
Esta vez cumplió su promesa. Ferragut la vió todos los días.
Se encontraron por las mañanas en las inmediaciones del hotel, y algunas
veces bajó ella al comedor, cruzando sonrisas y miradas con el marino,
que ocupaba por su desgracia una mesa lejana. Luego pasearon, hablaron,
rió Freya bondadosamente de los amorosos juramentos del capitán... Y
esto fué todo.
Con la habilidad de las mujeres para sondear al hombre y penetrar en sus
secretos, manteniendo cerrados é inabordables los secretos propios, ella
fué enterándose de los accidentes y aventuras de la vida de Ulises. En
vano éste, por una reciprocidad natural, habló de la isla de Java, de
las danzas misteriosas ante Siva, de los viajes por los lagos de los
Andes. Freya hacía un esfuerzo para recordar. «¡Ah!...¡sí!» Y después da
emitir por toda respuesta esta exclamación distraída, continuaba
averiguando con avidez la vida anterior de su enamorado. Ulises, en
algunos momentos, llegó á sospechar si lo del abrazo en el Acuario
habría ocurrido en sueños.
Una mañana consiguió el capitán ver realizado uno de sus deseos. Estaba
celoso de los incógnitos amigos que almorzaban con Freya. En vano afirmó
ésta que era la doctora la única compañera de las horas que pasaba fuera
del hotel. El marino, para tranquilizarse, exigió que la viuda aceptase
sus invitaciones. Debían dar mayor amplitud á sus paseos, debían visitar
las bellas afueras de Nápoles, almorzando en sus alegres _trattorias_.
Ascendieron juntos en el funicular del monte Vomero á las alturas
coronadas por el castillo de _Sant Elmo_ y la cartuja de San Martino.
Luego de admirar en el museo da la abadía los recuerdos artísticos de la
dominación borbónica y la dominación muratesca, entraron en un restorán
próximo, una _trattoria_ con las mesas puestas en una explanada desde
cuyas barandas podía abarcarse el espectáculo inolvidable del golfo,
viéndose además el Vesubio y la cadena de montañas que se esfumaba en el
horizonte como un oleaje inmóvil de rosa obscuro.
Nápoles se extendía en herradura por el borde arqueado del mar,
expeliendo de su enorme masa blanca, cual si fuesen núcleos de espuma,
los caseríos de los suburbios.
Un ostricario moreno, enjuto, de ojos de brasa y enormes bigotes, tenía
su puesto en la puerta del restorán, ofreciendo mariscos de intenso
olor, que tal vez habían echado media semana en ascender desde la ciudad
á las alturas del Vomero. Freya rió de la belleza típica del ostricario
y las miradas ardientes que dirigía por costumbre á todas las damas que
entraban en el establecimiento... Un verdadero hallazgo para una viajera
ansiosa de aventuras con color local.
En el fondo, una pequeña orquesta acompañaba la voz de un tenor, ó
sonaba sola, estirando las melodías, amplificando los compases con
napolitana exageración.
Freya sintió un regocijo infantil al sentarse á la mesa, viendo más allá
del mantel el vacío luminoso de la altura. Cortado en primer término por
un tubo de cristal lleno de flores, extendíase el lejano panorama de la
ciudad, el golfo y sus cabos. Le embriagó el aire de esta cumbre,
después de dos semanas transcurridas sin salir de Nápoles. Las arpas y
violines daban al ambiente un temblor patético y servían de fondo á las
conversaciones, como los vagos murmullos de una orquesta oculta realzan
en el teatro la salmodia de los versos melancólicos, arrancando
lágrimas.
Comieron con el apetito nervioso que proporciona la alegría. Unas mesas
más allá, una pareja joven olvidaba los platos para estrecharse las
manos por debajo del mantel y apretarse pierna contra pierna con
frenética presión. Los dos sonreían mirando el paisaje y mirándose
mutuamente. Tal vez eran extranjeros recién casados, tal vez amantes
fugitivos que veían realizadas sus ilusiones al arrullarse en este país
tantas veces evocado en sus lejanos galanteos.
Dos médicos ingleses de un buque-hospital, canosos y con uniforme,
despreciaban el almuerzo para pintar directamente en sus álbumes, con
una torpeza escrupulosa y pueril, el mismo panorama que figuraba en las
tarjetas postales ofrecidas á la puerta del restorán.
Una botella ventruda, con faldellín de paja y cuello larguísimo, atrajo
en la mesa las manos de Freya. Rió de la sobriedad de Ferragut, que
aclaraba con agua la rojiza negrura del vino italiano.
--Así debieron beber sus antecesores los argonautas--dijo alegremente--.
Así bebía indudablemente su abuelo Ulises.
Y llenando ella misma la copa del capitán, con una dosificación
exageradamente escrupulosa de la parte de agua y la parte de vino,
añadió alegremente:
--Vamos á hacer una libación á los dioses.
Estas libaciones sagradas fueron frecuentes. Las risas de Freya hacían
volver la vista á los ingleses, interrumpiéndolos en su concienzudo
trabajo. El marino se sintió invadido por un tibio bienestar, por una
sensación de reposo y confianza, como si esta mujer fuese ya suya
indiscutiblemente.
Al ver que los dos amorosos, terminando su almuerzo á toda prisa, se
levantaban con ruborosa precipitación, como si les pinchase un repentino
deseo, su mirada fué tierna y fraternal... ¡Adiós, compañeros!
La voz de la viuda le trajo á la realidad.
--Ulises, hábleme de amor... Aún no me ha dicho en todo el día que me
ama.
A pesar del tono risueño é irónico de esta orden, la obedeció,
repitiendo una vez más sus promesas y sus deseos. El vino daba á sus
palabras un temblor de emoción; los gemidos de la orquesta excitaban su
sensibilidad. Se conmovía á sí mismo, hasta el punto de que sus ojos se
humedecieron levemente.
La voz exasperada del tenor, como si fuese un eco del pensamiento de
Ferragut, lanzaba una romanza de la fiesta de Piedigrotta, una
lamentación de amor melancólica, un cántico á la muerte, última madre de
los enamorados sin esperanza.
--¡Todo mentira!--dijo Freya riendo--. Estos mediterráneos... ¡qué
comediantes para el amor!...
Ulises quedó indeciso, no sabiendo si se refería á él ó al cantante.
Ella continuó hablando, complacida y desdeñosa al mismo tiempo al
considerar el ambiente que la rodeaba.
--¡Amor... amor! En estos países no se habla de otra cosa. Es casi una
industria, algo preparado escrupulosamente para las gentes del Norte,
crédulas y simples. Todos representan el amor: ese cantante gritón,
usted... hasta el ostricario.
Luego añadió con malignidad:
--Debo advertirle que tiene usted un rival. ¡Mucho cuidado, Ferragut!
Volvió la cabeza para mirar al oscricario. Estaba ocupado en la
contemplación da una gruesa señora de pelo gris y abundantes joyas, una
viajera escoltada por su marido, que acogía con extrañeza las ojeadas
asesinas del vendedor, sin llegar á explicárselas.
Se atusaba el bigote, mirándose de vez en cuando el terno de lana
inglesa para corregir los pliegues y expulsar las motas de polvo. Era un
hermoso pirata disfrazado de _gentleman_. Al notar la atención de Freya
cambió el curso de sus miradas, balanceó el fino talle y contestó á los
ojos interrogantes de ella con una sonrisa de ángel malo, dando á
entender su discreción y habilidad para insinuarse á espaldas de mandos
y acompañantes.
--¡Ya está!--dijo Freya entre carcajadas--. ¡Ya tengo un nuevo
enamorado!...
El moreno seductor quedó cohibido por la escandalosa publicidad con que
acogía esta señora sus insinuaciones misteriosas. Ferragut habló de
acostar al badulaque sobre sus ostras y caracolas bajo un buen par de
bofetadas.
--No sea usted ridículo--protestó ella--. ¡Pobre hombre! Tal vez tiene
mujer y larga prole... Es un padre de familia que desea llevar dinero á
casa.
Hubo un largo silencio entre los dos. Ulises parecía ofendido por la
ligereza y la crueldad de su acompañante.
--No esté usted enfadado--dijo ella--. ¡A ver, tiburón mío, sonría usted
un poco, muéstreme sus dientes!... Las libaciones á los dioses tienen la
culpa. ¿Está usted ofendido porque he querido compararle con ese
tipo?... ¡Pero si usted es el único hombre que yo aprecio un poco!...
Ulises, le hablo en serio, con toda la franqueza que da el vino. No
debía decírselo, pero se lo digo... Si yo pudiese amar á un hombre, ese
hombre sería usted.
Olvidó instantáneamente Ferragut todo su enfado para escucharla y
envolverla en la luz admirativa de sus ojos. Freya volvió la cabeza al
hablar, no queriendo verle, como si le pesase lo que estaba diciendo, y
sus miradas vagaron por el amplio paisaje.
El origen de Ulises era lo que le interesaba más. Ella, que conocía casi
toda la tierra, sólo había pisado por unas horas el suelo de España,
cuando desembarcó en Barcelona del transatlántico mandado por él. Los
españoles le inspiraban miedo y atracción. Una noble gravedad reposaba
en el fondo de sus hipérboles amorosas.