blancos como el cristal de roca, con suaves bordes de color de rosa ó
violeta, eran urticantes lo mismo que las ortigas y se defendían con un
contacto de llama. Algunas sombrillas sutiles ó incoloras vivían en el
estanque bajo el amparo de un segundo encierro de cristal, y apenas si
su mucosa vaporosidad se marcaba dentro de la campana como una débil
línea de humo azul.
Por debajo de estas formas transparentes y frágiles que quemaban cuanto
tocaban, atreviéndose á capturar presas mucho más grandes que ellas,
extendíase en jardines la llamada «flor de sangre», el coral rojo, y
especialmente el astroides, formando con sus corolas una alfombra de
color anaranjado.
El marino había visto estas vegetaciones pétreas, como bosques
sumergidos, en el fondo del mar Rojo y en los mares del Sur. Había
navegado sobre ellas haciéndose la ilusión de que por las entrañas
azules del Océano circulaban anchos ríos de sangre.
Los oseznos y las estrellas agitaban lentamente sus formas que habían
dado origen á sus nombres, secretando venenos para aturdir á sus
víctimas, contrayéndose hasta formar una bola de lanzas que atravesaba á
la presa con abrazo mortal ó cortándola con los cuchillos óseos de su
cuerpo radiado. Los lirios de mar se balanceaban al término de su
varilla, moviendo sus miembros en forma de pétalos.
Sobre fondos de menuda arena ó agarrados á la roca vivían los moluscos
en el refugio de sus conchas.
La necesidad de entregarse al sueño con relativa seguridad, sin miedo al
devoramiento general, que es la ley oceánica, preocupa á todos los seres
marinos, haciéndolos constructores é inventores. Los crustáceos viven
metidos en corazas ó aprovechan como refugio las envolturas calcáreas,
expulsando á sus dueños; los animales-plantas expelen toxinas; los seres
planctónicos, transparentes y gelatinosos, queman como un cristal puesto
al fuego; algunos organismos en apariencia débiles y blanduchos tienen
en su cola la fuerza del berbiquí, perforando la roca hasta crearse una
caverna de refugio en sus duras entrañas... Y los tímidos moluscos, de
carne dulce y temblona, se habían fabricado los fuertes escudos de sus
valvas, dos murallas cóncavas que al abrirse son puerta y al cerrarse
son casa.
Un pedazo de su carne asomaba fuera de la concha como una lengua blanca.
En unos tomaba la forma de suela y servía de pie, marchando el molusco,
con la vivienda á cuestas, sobre este único sostén. En otros era
nadadera, y la concha, abriendo y cerrando sus valvas como una boca
propulsora, subía en línea recta á la superficie, para dejarse caer
luego con los dos escudos apretados.
Estos dulces herbívoros vivían de beber la luz, sintiendo la necesidad
de las aguas superficiales ó de los fondos escasos con sus claras
praderas. La luz, al esparcirse por el blanco interior de su vivienda,
la decoraba con todos los colores temblones del iris, dando á la cal la
palpitación misteriosa de la madreperla.
Ulises admiró las bizarras formas de sus envolturas. Eran iguales á los
palacios de Oriente: obscuras y tristes en los muros exteriores;
deslumbrantes en su interior, como un lago de nácar. Algunos recibían
nombres terrestres, por la forma especial de su concha: la liebre, el
casco, el cuerno de Tritón, el tonel, la sombrilla mediterránea.
Pacían con una tranquilidad bucólica en los céspedes marítimos,
contemplados de lejos por las almejas, las ostras y otros bivalvos
adheridos á las rocas por una madeja de seda dura y córnea que envolvía
sus encierros. Algunas de estas conchas--las llamadas «jamones»--,
almejas de gran tamaño, con las valvas en forma de maza, se fijaban,
rectas en el fango, dando la impresión de un campo celta sumergido, de
una sucesión de menhires tragados por el fondo del mar.
El llamado «dátil», valiéndose de un líquido ácido, perforaba la piedra
más dura con cilíndrico taladro. Las columnas de los templos helénicos
sumergidos en el golfo de Nápoles y vueltos á la luz por un
levantamiento del suelo aparecían atravesadas de parte á parte por este
diminuto perforador.
Gritos de sorpresa y nerviosas risas llegaban de pronto hacia Ferragut.
Procedían de la parte del Acuario donde estaban los estanques de los
peces. En el corredor había una pileta de agua y en su fondo una especie
de harapo flácido y gris, con redondeles negros en el dorso. Este animal
atraía inmediatamente la curiosidad de los visitantes. Todos preguntaban
por él.
Los grupos de campesinos, las familias de la ciudad precedidas de su
prole, las parejas de soldados, se consultaban y dudaban al avanzar una
mano sobre la pileta con cierta vacilación. Al fin tocaban el trapo
viviente del fondo, la carne gelatinosa del pez-torpedo, recibiendo una
serie de descargas eléctricas que les hacían soltar la presa, riendo y
llevándose la otra mano al brazo sacudido.
Ulises, al llegar á los estanques de los peces, experimentaba una
sensación igual á la del viajero que luego de vivir entre una humanidad
inferior tropieza con seres que casi son de su raza.
Allí estaba la aristocracia oceánica, el pez, libre como el mar, suelto,
onduloso y resbaladizo lo mismo que la ola. Todos ellos le habían
acompañado durante muchos años, dejándose ver en las transparencias
abiertas por la proa de su buque.
Eran vigorosos, y por esto habían suprimido el cuello--la parte más
frágil y débil de los organismos terrestres--, asemejándose al toro, al
elefante, á todos los animales arietes. Necesitaban ser ligeros, y para
serlo prescindían de la coraza rígida y dura del crustáceo, que impide
los movimientos, prefiriendo la cota de malla cubierta de escamas, que
se dilata y se pliega, cede al golpe y no se rompe. Querían ser libres,
y su cuerpo, como el de los luchadores antiguos, estaba cubierto de un
aceite resbaladizo, el _mucus_ oceánico, que escapa fugaz á toda
presión.
Los animales más sueltos de la tierra no podían compararse con ellos.
Los pájaros necesitan posarse y descansar durante su sueño; el pez sigue
flotando y moviéndose mientras duerme. El mundo entero les pertenecía.
Allí donde hubiera una masa de agua, océano, río ó lago, fuese cual
fuese la altura y la latitud, montaña perdida en las nubes, valle
hirviente como una olla, mar tropical y luminoso con selvas de colores
en sus entrañas, mar polar con corteza de hielos poblados de focas y
osos blancos, el pez hacía su aparición.
El público del Acuario, al ver junto á los vidrios las chatas cabezas de
los animales nadadores, gritaba y movía los brazos, como si pudiera ser
visto por sus ojos de estúpida fijeza. Luego experimentaba cierto
desaliento al notar que continuaban indiferentes al curso de sus
flotaciones.
Ferragut sonreía ante esta decepción. El cristal que separaba el agua de
la atmósfera tenía un espesor de millones de leguas: era un obstáculo
insuperable entre dos mundos que no se conocen.
Recordaba el marino la imperfecta visión de los habitantes oceánicos. A
pesar de sus ojos abultados y movibles, que les permiten ver delante y
detrás de ellos, su potencia visual sólo abarcaba cortas distancias. Los
esplendores de mariposa con que los viste la Naturaleza no podían
apreciarlos. Como el enfermo daltoniano, todos ellos ignoraban los
colores y sólo conocían las diferencias de claridad.
Un absoluto silencio acompañaba á su visión incompleta. Todos los
animales acuáticos eran sordos, ó más bien, carecían completamente de
órganos auditivos, por serles innecesarios. Los estrépitos atmosféricos,
truenos y huracanes, no penetraban en el agua. Sólo el crujido de la
coraza de ciertos cangrejos y el mugir doloroso, cerca de la superficie,
de algunos peces llamados «roncadores» alteraban este silencio.
Como el Océano carece de ondas acústicas, sus habitantes no habían
necesitado formar los órganos que las transforman en sonidos. Sentían
impetuosamente las necesidades primarias de la vida animal: el hambre y
el amor; sufrían rabiosamente la crueldad de enfermedades y dolores; se
batían entre ellos á muerte por la comida ó por la hembra; pero todo
esto en absoluto mutismo, sin los aullidos de triunfo ó de agonía con
que acompañan los animales terrestres iguales manifestaciones de su
existencia.
Era el olfato su principal sentido, así como la vista es el del pájaro.
En el mundo crepuscular del Océano, cortado por resplandores fosfóricos
y engañosos, los grandes pescados sólo fiaban en su olfato y á veces en
el tacto.
Algunos, enterrados en el fango, ascendían centenares de metros,
atraídos por el olor de los peces que nadan en la superficie. Esta
prodigiosa facultad inutilizaba en parte los colores de que se visten
las especies tímidas para fundirse con la luz ó la sombra. Los grandes
carniceros veían mal, pero rascaban el fondo con un tacto adivinatorio y
husmeaban á prodigiosas distancias.
Sólo peces mediterráneos, especialmente los del golfo de Nápoles, vivían
en los estanques de Acuario. Faltaban algunos: el delfín, de nerviosa
movilidad; el atún, impetuoso en su carrera. El capitán sonrió al pensar
en la travesura de estos huéspedes ingobernables, cuya presencia había
sido desdeñada.
El voraz tiburón «cabeza de olla», lobo perseguidor de los rebaños
mediterráneos, tampoco estaba allí. Para suplir su ausencia nadaban
otros animales de la misma especie, blancuzcos, largos, de grandes
aletas, con los ojos siempre abiertos por falta de párpados movibles y
una boca hendida en media luna debajo de la cabeza, al principio del
estómago.
Ferragut buscó en el suelo de los estanques los llamados peces de fondo,
bestias aplanadas que pasaban la mayor parte del tiempo hundidas en la
arena bajo un sudario de algas. El uranoscopo obscuro, con los ojos casi
unidos en la cumbre de su enorme cabeza y el cuerpo en forma de maza,
sólo dejaba visible un largo hilo que surgía de su mandíbula inferior,
agitándolo en todas direcciones para atraer á sus víctimas. Estas
perseguían el movible objeto creyéndolo una lombriz, hasta que eran
alcanzadas por los dientes del cazador. Luego surgía de su lecho,
flotaba unos minutos y caía pesadamente en el fondo, abriéndose una
nueva fosa con sus nadaderas pectorales en forma de palas.
El llamado peje-sapo--el animal más feo del Mediterráneo--cazaba de
igual modo. Las tres cuartas partes de su cuerpo aplastado eran la
cabeza, con una boca no menos grande armada de ganchos y cuchillos
encorvados. Con los ojos amarillentos fijos en lo alto, agitaba las
barbillas de su rostro, recortadas como hojas, y unos apéndices dorsales
semejantes á plumas. Este cebo falaz atraía á los inexpertos, cerrándose
sobre ellos las cavernosas mandíbulas.
Los peces planos nadaban veloces sobre estos monstruos del fango, que
también eran planos, pero en sentido horizontal, descansando sobre el
vientre, mientras que la platitud de los lenguados y otros de su misma
especie era vertical. Las dos caras del cuerpo de los lenguados,
comprimido lateralmente, tenían diversa coloración. De este modo,
acostándose, podían fundirse á la vez con la luz de la superficie y la
penumbra del fondo, librándose de sus perseguidores.
Todas las infinitas variedades de la fauna mediterránea se movían en los
otros estanques.
Pasaban por las láminas de cristal verdoso las salpas, las bogas y las
obladas, vestidas de plata viva con bandas de oro en los costados.
Pasaban también el purpúreo relámpago del salmonete, la majestad
brillante de la dorada, el vientre azulado de los pajeles, el lomo
rallado del sargo, la boca en forma de trompeta de la brema de mar, la
risa inmóvil del llamado festivo, el remate dorsal del pavón, que
parecía hecho de plumas, la cola inquieta y hondamente bifurcada de la
caballa, el estiramiento del mújol entre sus triples aletas, las
redondeces grotescas del peje-jabalí y del peje-cerdo, la platitud
obscura de la pastinaca flotando como un harapo, el largo hocico del
peje-becacina, la esbeltez del róbalo, ágil y recogido como un torpedo,
el rubio, todo espina, el ángel de mar, con sus carnosas alas, el gobio,
erizado de angulosidades natatorias, el escribano, rojo y blanco, con
bandas negras semejantes al rubricado de las firmas, el esmarrido
modesto, el pequeño peje-araña, el soberbio rodaballo, casi redondo, con
la cola de abanico y un ribete natatorio en torno de su disco manchado á
redondeles, y la corvina sombría, que tiene en su piel el negro azulado
de los cuervos.
Oculta entre dos rocas, como los crustáceos cazadores, estaba la
rascaza. Era la _escòrpa_ del mar de Valencia, que Ferragut había
conocido en su niñez; el animal amado de su tío el _Tritón_, á causa de
su carne substanciosa que espesa la sopa marinera; el precioso
componente buscado por el tío _Caragòl_ para el caldo de sus arroces. La
cabeza, enorme, tenía unos ojos completamente rojos. Sus grandes
nadaderas picaban venenosamente. El cuerpo, pesado, con fajas y manchas
sombrías, estaba cubierto de apéndices singulares en forma de hojas y
tomaba fácilmente el color del fondo. En la semiobscuridad parecía una
piedra cubierta de plantas. Con este mimetismo se libraba de los
enemigos, espiando mejor á su presa.
Un animal sombrío--igual, en opinión de Ferragut, á un alguacil del
Santo Oficio--iba por la parte alta de los estanques, pasando de vidrio
en vidrio y reflejándose como un animal doble cuando llegaba á la
superficie. Era la raya, de cabeza chata, ojos feroces y cola da látigo,
moviendo el negro manteo de sus alas carnosas con una lentitud que
rizaba los bordes.
Del arenoso fondo se desprendía un escudo convexo, que, al flotar,
mostraba su cara inferior plana y amarillenta. Las cuatro patas rugosas
de la tortuga y su cabeza de serpiente emergían de esta coraza de carey.
Los caballitos de mar, esbeltos y graciosos como piezas de ajedrez,
subían y bajaban en el ambiente azulado, contrayendo sus colas,
retorciéndose como un signo de interrogación.
Cuando el capitán llegaba al final de las cuatro galerías del Acuario
sin haber visto mas que animales marítimos detrás de los vidrios
luminosos y personas indiferentes y escasas en la verde penumbra, sentía
el desaliento de una jornada perdida.
--¡Ya no vendrá!...
Al pasar de este ambiente de bodega húmeda al jardín, amarillo de sol,
recibía como un puñetazo atmosférico el disparo del mediodía. ¡La hora
del almuerzo!... ¡Y seguramente Freya no iba á almorzar en el hotel!
Por la tarde, sus pasos le llevaban instintivamente hacia las calles
empinadas del barrio de Chiaia. Todos los edificios viejos y de aspecto
señorial atraían su atención. Eran caserones rojizos del tiempo de los
virreyes españoles ó palacios del reinado de Carlos III. Sus anchas
escalinatas estaban adornadas con bustos policromos procedentes de las
primeras excavaciones en Herculano y Pompeya.
Ulises esperaba tropezarse con la viuda al pasar frente á una de estas
mansiones, loteadas ahora por pisos, y que exhibían en el portal las
chapas indicadoras de oficinas y almacenes. En una de ellas viviría
indudablemente la familia amiga de Freya.
Luego dudaba, atraído por la blancura de las flamantes construcciones
surgidas entre el caserío venerable. La doctora sólo podía habitar un
edificio moderno é higiénico. Pero no se atrevía á hacer preguntas y
pasaba adelante, temiendo ser espiado desde una ventana.
Al fin desistía de su empeño. Chiaia tiene muchas calles, y él vagaba
sin rumbo, pues el conserje del hotel no había podido proporcionarle
ninguna indicación precisa. La _signora_ Talberg burlaba todas sus
astucias, procurando mantener ocultas las señas de sus amigos.
El capitán, á la mañana siguiente, hacía como de costumbre su guardia en
el paseo, al pie del blanco Virgilio. Todo inútil. Pasadas las diez se
introducía en el Acuario animado por una vaga esperanza.
--Tal vez venga hoy...
Con la superstición de los enamorados y de todos los que esperan,
buscaba ciertos lugares preferidos por la viuda, creyendo que de este
modo tiraría de su pensamiento lejano, obligándola á venir.
Los estanques de los moluscos le atraían especialmente. Recordaba que
Freya le había hablado algunas veces de esta sección.
Entre sus escaparates acuáticos prefería el marcado con el número 15,
dominio exclusivo de los pulpos. Un vago presentimiento le avisaba que
en dicho lugar iba á desarrollarse algo importante para su vida. Siempre
que Freya visitaba el Acuario, era con el deseo de ver comer á estas
bestias repulsivas y ávidas. No había mas que permanecer ante su caverna
de horrores.
Y mientras ella llegaba, el capitán se entretenía, lo mismo que un
burgués de tierra adentro, contemplando las cazas feroces y las
laboriosas digestiones de estos monstruos.
Los había visto mucho más grandes en las pescas de alta mar; pero con un
encogimiento imaginativo, suponía que la lámina azul del estanque era
toda la masa del Océano, los pedruscos del fondo montañas submarinas, y
él, aplastando su personalidad, se hacía del tamaño de las pequeñas
víctimas que bajaban hasta los tentáculos devoradores. De este modo veía
á los pulpos del Acuario con dimensiones gigantescas, tal como deben ser
los calamares monstruosos que viven en fondos de miles de metros,
iluminando la lobreguez de las aguas con la estrella verdosa de sus
núcleos fosforescentes.
Desde tiempos remotos, los hombres de mar habían conocido á la gran
bestia blanda de los abismos. Los geógrafos de la antigüedad hablaban de
ella dando la medida de sus terribles brazos.
Plinio contaba las destrucciones realizadas por un pulpo gigantesco en
los viveros de pescado del Mediterráneo. Cuando unos marinos conseguían
matarlo, llevaban al epicúreo Lúculo la cabeza, grande como un tonel, y
algunos de sus tentáculos, que una persona apenas podía abarcar. Los
cronistas de la Edad Media hablaban también del pulpo gigante, que en
más de una ocasión había arrebatado á hombres, de las cubiertas de las
naos, con sus brazos de serpiente.
Los navegantes escandinavos, que lo habían entrevisto en sus _fiords_,
le apodaban el kraken, exagerando sus proporciones hasta convertirlo en
un ser fabuloso. Si subía á la superficie, lo confundían con una isla;
si permanecía entre dos aguas, los capitanes, al echar la sonda, se
desorientaban en sus cálculos, encontrando menos fondo que el marcado en
las cartas. En tal caso, había que escapar antes de que despertase el
kraken y hundiera la nave, como un frágil esquife, entre sus remolinos
de espuma.
Durante largos años la ciencia había reído del pulpo gigantesco y de la
serpiente de mar, otra bestia prehistórica entrevista muchas veces. Eran
invenciones de los navegantes de imaginación: cuentos de proa para pasar
las guardias nocturnas. Los sabios sólo pueden creer en lo que estudian
directamente y catalogan á continuación en sus museos...
Y Ferragut reía á su vez de la pobre ciencia, ignorante y desarmada ante
la inmensidad misteriosa del Océano. Apenas si había llegado á medir sus
grandes fondos: la escafandra del buzo sólo podía descender unos cuantos
metros. Su único instrumento de exploración era el alambre sondeador,
menos importante que un hilo de araña que intentase explorar la tierra
vagando á través de su atmósfera.
Los grandes pulpos, que viven en formidables profundidades, no se
dignaban subir para darse á conocer á los hombres. La enfermedad y la
guerra oceánica eran los únicos agentes que de tarde en tarde delataban
su existencia de un modo casual. Flotaban sobre las olas sus patas
sueltas, arrancadas por la férrea mandíbula de los peces carniceros. Lo
difícil era que el azar de una corriente ó de un rumbo colocase este
despojo, en el inmenso desierto marino, ante la proa de un velero sin
prisa.
Una corbeta de guerra francesa encontraba entero, cerca de las Canarias,
á uno de estos monstruos, flotando sobre el mar, enfermo ó herido. Los
oficiales habían dibujado sus formas y anotado sus fosforescencias y
cambios de color. Pero después de una lucha de dos horas con su fuerza
indomable y su mucosidad resbaladiza, que escapaba á la presa de nudos y
arpones, lo habían dejado perderse en la profundidad.
Era el príncipe de Mónaco, sumo pontífice de la ciencia oceanógrafica,
el que afirmaba para siempre la existencia del fabuloso kraken con los
descubrimentos de sus sabias correrías á través de las soledades
oceánicas. En una de ellas había pescado una pata de pulpo de ocho
metros de longitud. Además, los estómagos de los tiburones, al ser
abiertos, revelaban las formas gigantescas de sus adversarios.
Batallas cortas y monstruosas agitaban con torbellinos de muerte las
aguas negras y fosforescentes á miles de brazas de la superficie.
El tiburón descendía atraído por el regalo de un animal sin huesos, todo
carne, y que pesa toneladas. Este viaje lo hacía á toda prisa, por no
poder soportar largo tiempo las formidables presiones del abismo. La
lucha era breve y mortal entre los dos guerreros feroces que se
disputan el dominio oceánico. La mandíbula batallaba con el chupón; la
dentellada cortante y sólida, con la mucosidad fosforescente que resbala
y huye; el golpe de cabeza demoledor como un ariete, con el latigazo de
los tentáculos, más gruesos y pesados que la trompa del elefante. Unas
veces el escualo se quedaba abajo para siempre, enredado en una madeja
de culebras blandas que le absorbían con glotona lentitud; otras llegaba
á la superficie con la piel erizada de negros tumores--huellas de unas
ventosas grandes como platos--, pero llevando el estómago bien repleto
de carne gelatinosa.
Estos pulpos del Acuario no eran mas que habitantes ribereños de las
costas mediterráneas, parientes pobres de los calamares gigantescos que
alumbran con su fuego azul de planetas devoradores la lúgubre negrura de
la noche oceánica. Pero á pesar de su relativa pequeñez, estaban
animados por la maldad destructura de los otros. Eran estómagos rabiosos
que limpiaban las aguas de toda vida animal, digiriendo en un vacío de
muerte. Hasta las bacterias é infusorios parecían huir del líquido que
envolvía á estos solitarios feroces.
Ferragut pasó varias mañanas contemplando su traidora inmovilidad,
seguida de desdoblamientos mortales apenas una presa descendía en el
estanque. Empezó á odiar á estos monstruos, por la sola razón de que
interesaban á Freya. Su estúpida crueldad le pareció un reflejo del
carácter de aquella mujer incomprensible que le repelía huyendo de él y
al mismo tiempo dejaba en su sonrisa y en sus palabras algo semejante á
un hilo suelto para mantenerle prisionero.
Una cólera viril estremecía al marino después de toda jornada inútil
transcurrida en la persecución de su personalidad invisible.
--¡Si lo hace por interesarme más!...--exclamaba--. ¡Se acabó! No admito
más toreo... Yo le demostraré que puedo vivir sin ella.
Juró no buscarla. Era un dulce entretenimiento para las semanas que
había de pasar en Nápoles; pero ¿qué hacer, si ella le fatigaba de un
modo insufrible?...
--Todo acabó--dijo otra vez, cerrando los puños.
Y á la mañana siguiente aguardaba fuera del hotel, como los otros días.
Luego iba al paseo; después entraba en el Acuario, con la esperanza de
verla ante el estanque de los pulpos.
Allí la encontró una mañana, cerca de mediodía. Había estado en su
buque, y al volver entró en el museo oceánico, por el automatismo de la
costumbre, seguro de que á esta hora sólo podía tropezarse con el
empleado que daba de comer á los peces.
Sus ojos parpadearon con instantánea ceguera antes de habituarse á la
penumbra de los verdosos corredores... Y cuando las primeras imágenes
fueron marcándose vagamente en su retina, casi hizo un paso atrás, á
impulsos de la sorpresa.
Dudó, se llevó una mano á los ojos, como si quisiera aclarar su visión
con enérgico restriego. ¿Realmente era ella?... Sí; era ella, vestida de
blanco, apoyándose en la barra de hierro que separaba los estanques del
público, mirando fijamente el espejo sin azogue que cubría como una
puerta transparente la caverna rocosa. Acababa de abrir su bolso de
mano, entregando varias monedas al guardián, que se alejó por el fondo
de la galería.