No todos los días conseguía Ulises el placer de esta conversación que se

desarrollaba invariablemente desde la vía Partenope al monumento de

Virgilio. Las más de las mañanas aguardaba en vano frente á los puestos

de los ostricarios, escuchando á los músicos que saludaban con sus

romanzas y sus mandolinas las ventanas cerradas de los hoteles. Freya no

aparecía.

La impaciencia arrastraba á Ulises hasta su hotel, para implorar las

luces del portero. Este, animado por la esperanza de un nuevo billete,

hacía sonar el teléfono y preguntaba á los criados de los pisos

superiores. Luego una sonrisa triste y obsequiosa, como si lamentase sus

propias palabras: «La _signora_ no está. La _signora_ ha pasado la noche

fuera del _albergo_.» Y Ferragut partía furioso.

Unas veces iba á ver cómo marchaban las reparaciones de su buque,

excelente pretexto para descargar en alguien su mal humor. Otras mañanas

se dirigía al jardín de la ribera de Chiaia por los mismos lugares que

había pisado yendo con Freya. Esperaba verla aparecer de un momento á

otro. Todo lo que le rodeaba tenía algo de ella. Arboles y bancos,

aceras y candelabros eléctricos, la conocían perfectamente, por hallarse

en su camino habitual.

Al convencerse de que esperaba en vano, una última ilusión le hacía

volver los ojos hacia el blanco palacio del Acuario.

Freya le había hablado de él. Con frecuencia se entretenía horas enteras

contemplando la vida de los seres marinos. Y Ferragut parpadeaba al

pasar rápidamente del jardín caldeado por el sol á la penumbra de unas

galerías húmedas, sin otro alumbrado que el de la luz diurna descendida

al interior de los acuarios: luz que tomaba á través del agua y el

cristal un tono misterioso, el tinte verde y difuso de las profundidades

submarinas.

Esta visita le hacía pasar el tiempo plácidamente. Surgían en su memoria

antiguas lecturas, afirmadas ahora por una visión directa. El no era de

los marinos que navegan sin preocuparse de lo que existe debajo de su

quilla. Había querido conocer los misterios del inmenso palacio azul por

cuyo techo circulaba, dedicándose al estudio de la oceanografía, la más

reciente de las ciencias.

Al dar sus primeros pasos en el Acuario, se imaginaba inmediatamente la

marina profundidad, con las divisiones desiguales en que la ha

fraccionado la exploración. Junto á las orillas la zona llamada litoral,

donde desembocan los ríos, se amontonan las substancias nutridoras al

impulso de mareas y corrientes y crecen las vegetaciones subacuáticas.

Esta zona era la de las grandes pescas, y llegaba hasta doscientos

metros de fondo, profundidad en la que se pierden los rayos del sol. Más

allá cesaba la luz, desaparecían las plantas, y con ellas los animales

herbívoros.

La pendiente submarina, suave hasta este límite, se acentuaba,

descendiendo rápidamente á los abismos oceánicos, y esta parte del

mar--la casi totalidad del Océano--, inmensa masa de agua sin luz, sin

olas, sin mareas, sin corrientes, sin oscilaciones de temperatura, era

la llamada zona abisal.

En el litoral, las aguas, saludablemente agitadas, cambiaban de

salinidad según la cercanía de los ríos. Las rocas y fondos se cubrían

de una vegetación que era verde cerca de la superficie y se iba

ensombreciendo, hasta llegar al rojo obscuro y al amarillo bronce así

como se alejaba de la luz. En este paraíso oceánico, de aguas nutritivas

y luminosas cargadas de bacterias y alimentos microscópicos, se

desarrollaba la vida con exuberancia. A pesar de los continuos ataques

del pescador, los rebaños marinos se mantenían incólumes por medio de

una procreación infinita.

La fauna de la profundidad abisal, donde la falta de luz hace imposible

toda vegetación, era forzosamente carnívora. Los habitantes débiles

devoraban los residuos y los animales muertos que descendían de la

superficie. Los fuertes se nutrían á su vez con las substancias

concentradas de los pequeños carniceros.

El fondo del Océano, desierto monótono de barro ó de arena, producto de

un sedimento de centenares de siglos, ofrecía de tarde en tarde un oasis

de extraña vegetación. Estos bosques surgían como manchas de vida allí

donde el encuentro de las corrientes superficiales hacía llover un maná

de diminutos cadáveres. Las plantas retorcidas y calcáreas, duras como

la piedra, no eran plantas: eran animales. Sus hojas, tentáculos inertes

y traidores, se encogían de pronto. Sus flores, bocas ávidas, se

inclinaban sobre la presa, sorbiéndola por sus ventosas glotonas.

Una luz fantástica atravesaba con ráfagas multicolores este mundo de

absoluta lobreguez. Era luz animal, producida por los organismos

vivientes.

En los abismos abisales resultaban muy contados los seres ciegos, contra

la opinión del vulgo, que se los imagina á casi todos faltos de ojos por

su lejanía del sol. Los filamentos de los árboles carnívoros eran

guirnaldas de lámparas; los ojos de los animales cazadores, globos

eléctricos; las insignificantes bacterias, glándulas fotógenas; y todos

ellos abrían ó cerraban sus conmutadores fosforescentes según la

necesidad del momento, unas veces para perseguir y devorar, otras para

mantenerse disimulados en las tinieblas.

Los animales-plantas, inmóviles como estrellas, rodeaban de un círculo

de rayos sus bocas feroces, y los seres minúsculos se sentían empujados

irresistiblemente hacia ellos, lo mismo que las mariposas vuelan hacia

la lámpara y los pájaros de mar chocan con el faro.

Ninguna de las luces de la tierra podía compararse con las del mundo

abisal. Todos los fuegos de artificio palidecían ante las variedades del

fulgor orgánico.

Las ramas vivientes del polípero, los ojos de las bestias, hasta el

barro sembrado de puntos brillantes, emitían chorros fosfóricos, haces

de chispas cuyos resplandores se abrían y cerraban incesantemente. Y

estas luces iban pasando en su gradación por los más diversos colores:

violeta, púrpura, rojo anaranjado, azul, y, sobre todo, verde. Los

pulpos gigantescos se iluminaban al percibir la proximidad de una

víctima como soles lívidos, moviendo sus brazos de mortífero tirón.

Todos los seres abisales tenían el órgano de la vista enormemente

desarrollado, para poder captar hasta los más débiles rayos de luz.

Muchos eran de ojos salientes y enormes. Otros los tenían despegados del

cuerpo, al final de dos tentáculos cilíndricos como telescopios.

Los que eran ciegos y no producían resplandor compensaban esta

inferioridad con el desarrollo de los órganos táctiles. Sus antenas y

nadaderas se prolongaban desmesuradamente en la obscuridad. Los

filamentos de su cuerpo, largos pelos ricos en terminaciones nerviosas,

distinguían instantáneamente la presa apetecida ó el enemigo en acecho.

El abismo abisal tenía dos pisos ó techumbres. En lo más alto estaba la

llamada zona nerítica, la superficie oceánica, diáfana y luminosa, lejos

de toda costa. A continuación venía la zona pelágica, mucho más

profunda, en la que residen los peces de incesante movimiento, capaces

de vivir sin reposarse en el fondo.

Los cadáveres de los animales neríticos y de los que nadan entre dos

aguas eran el sustento directo é indirecto de la fauna abisal. Los seres

de frágil dentadura y escasa velocidad, mal armados para la conquista de

las presas vivas, se alimentaban con las gotas de esta lluvia de materia

alimenticia. Los grandes nadadores, pertrechados de mandíbulas

formidables y estómagos elásticos é inmensos, preferían las peripecias

de la lucha, las persecuciones de la caza viviente, y devoraban--como

devoran en la tierra los carnívoros á los herbívoros--á todos los

pequeños comedores de residuos y de _plancton_.

Esta palabra, de invención científica reciente, hacía ver al capitán

Ferragut el más humilde é interesante de todos los personajes del

Océano. El _plancton_ es la vida que flota en grumos sueltos ó formando

nubes á través de la superficie nerítica, descendiendo hasta las

profundidades abisales.

Allá donde iba el plancton iba la animación viviente, agrupándose en

apretadas colonias animales. El agua salada más pura y diáfana mostraba

bajo ciertos rayos luminosos una multitud de pequeños cuerpos, inquietos

como las espirales de polvo que danzan en un rayo de sol. Estos seres

transparentes, revueltos con algas microscópicas y mucosidades

embrionarias, eran el plancton. En su masa densa y poco visible para el

ojo humano flotaban los sifonóforos, guirnaldas de individuos unidos por

un hilo transparente, frágiles, delicados y luminosos como cristales de

Bohemia. Otros organismos igualmente sutiles tenían la forma de pequeños

torpedos de vidrio. La suma de todas las materias albuminúricas

flotantes en el mar se condensaba en estas nubes nutritivas, añadiéndose

á ellas las secreciones de los animales vivientes, los residuos de sus

cadáveres, los cuerpos arrastrados por los ríos, las briznas

alimenticias de los prados de algas.

Cuando el plancton, á impulsos del azar ó siguiendo misteriosas

atracciones se iba aglomerando en un punto determinado del litoral, las

aguas hervían en peces con asombrosa fecundidad. Las poblaciones

ribereñas se agrandaban, el mar se llenaba de velas, las mesas eran más

opulentas, surgían industrias, se abrían fábricas y circulaba el dinero

en la costa, atraído del interior por el comercio de pesquería y de

conservas.

Si se retiraba el plancton caprichosamente, bogando hacia otro litoral,

los rebaños marinos emigraban detrás de las praderas vivientes y la

llanura azul quedaba vacía como un desierto maldito. Las flotas de

barcas permanecían en seco, se cerraban los talleres, ya no humeaba la

olla, los caballos de la gendarmería cargaban contra la muchedumbre

protestante y famélica, la oposición gritaba en las Cámaras y los

periódicos hacían responsable de todo al gobierno.

Este polvo animal y vegetal nutría á las especies más numerosas, para

que ellas á su vez sirviesen de pasto á los grandes nadadores armados de

dientes.

La ballena, el más voluminoso de los habitantes oceánicos, cerraba este

ciclo destructor en el que se devoran unos á otros para vivir. El

gigante pacífico y sin dientes mantenía su organismo sólo con plancton,

absorbiéndolo á toneladas. El maná imperceptible y cristalino alimentaba

su cuerpo de campanario tumbado, haciendo circular bajo la piel grasosa

ríos purpúreos de sangre caliente.

La transparencia de los seres planctónicos evocaba en la memoria de

Ferragut las coloraciones maravillosas de los habitantes del mar,

ajustadas exactamente á las necesidades de su conservación. Las especies

que viven en la superficie tenían, por lo general, el lomo azul y el

vientre plateado. De este modo les era posible escapar á la vista de los

enemigos. Su color claro, visto desde las tinieblas de la profundidad,

se confundía con la lámina blanca y luminosa de la superficie. Las

sardinas, que nadan en bancos, podían pasar inadvertidas gracias á sus

lomos azules como el agua, librándose así de los peces y los pájaros que

las dan caza.

Viviendo en abismos donde la luz no penetra nunca, los animales

pelágicos ignoraban la necesidad de ser transparentes ó azules como los

seres neríticos de la superficie. Unos eran opacos é incoloros, otros

bronceados y negros; los más se revestían con tintas soberbias, cuyo

esplendor desesperaba á los pinceles humanos, incapaces de imitarlas. Un

rojo magnífico era la base de esta coloración, descendiendo gradualmente

al rosa pálido, al violeta, al ámbar, hasta perderse en el lácteo iris

de las perlas y la policromía temblona y vagorosa del nácar de los

moluscos. Los ojos de ciertos peces, colocados al final de varillas

separadas del cuerpo, brillaban como diamantes en los extremos de un

doble alfiler. Las glándulas salientes, las verrugas, las sinuosidades

dorsales, tomaban coloraciones de joyería.

Pero las piedras preciosas de la tierra son minerales muertos que

necesitan el rayo de luz para existir con breve chisporroteo. Las

alhajas animadas del Océano, peces y corales, brillaban con colores

propios que eran reflejos de su vitalidad. Su verde, su rosado, su

amarillo intenso, sus iris metálicos, tintas jugosas eternamente

barnizadas por un charol húmedo, no podían subsistir en el mundo

atmosférico.

Algunos de estos seres eran capaces de un poderoso mimetismo que les

hacía confundirse con los objetos inanimados ó pasar en pocos momentos

por toda la gama de colores. Unos, de nerviosa actividad, se

inmovilizaban y encogían, llenándose de rugosidades, tomando el tono

obscuro de las rocas. Otros, en momentos de irritación ó de fiebre

amorosa, se cubrían de rayas y temblonas manchas, extendiéndose por su

epidermis nubes diversas con cada uno de sus estremecimientos. Las

sepias y calamares, al verse perseguidos, se hacían invisibles dentro de

una nube, lo mismo que los encantadores de los libros de caballerías,

enturbiando el agua con la tinta almacenada en sus glándulas.

Ferragut iba avanzando entre las dos filas de estanques verticales del

Acuario, escaparates de rocas con un grueso vidrio que dejaba á la vista

todo su interior. Estos dos muros claros y luminosos, que recibían el

fuego del sol por su parte alta, esparcían un reflejo verde en la

penumbra de los corredores. Al circular, los visitantes tomaban una

palidez lívida, como si marchasen por un desfiladero submarino.

El agua tranquila de los estanques apenas era visible. Detrás de los

vidrios sólo parecía existir una atmósfera maravillosa, un ambiente de

sueño, en el que subían y bajaban flotantes seres de colores. Las

burbujas de su respiración era lo único que delataba la presencia del

líquido. En la parte superior de estas jaulas acuáticas, la atmósfera

luminosa se estremecía bajo un chorro continuo de polvo transparente.

Era agua de mar con aire inyectado, que renovaba las condiciones de

existencia de los huéspedes del Acuario.

Viendo el capitán estas mangas vivificantes, admiró la fuerza nutridora

del agua azul sobre la que había transcurrido casi toda su existencia.

La tierra perdía sus orgullos al ser comparada con la inmensidad

acuática. En el Océano habían apuntado las primeras manifestaciones de

la vida, continuando luego su ciclo evolutivo sobre las montañas,

surgidas igualmente de su seno. Si la tierra era la madre del hombre, el

mar era su abuela.

El número de los animales terrestres resultaba insignificante comparado

con el de los marítimos. Sobre la tierra--mucho más pequeña que el

Océano--, los seres sólo ocupan la superficie del suelo y una capa

atmosférica de unos cuantos metros. Las aves y los insectos rara vez van

más allá en sus vuelos. En el mar, los animales están dispersados en

todos los niveles de su espesor, pudiendo disponer de muchos kilómetros

de profundidad, multiplicados por miles y miles de leguas de extensión.

Cantidades infinitas de seres que escapan á todo cálculo nadan

incesantemente en todos los pisos de sus aguas. La tierra es una

superficie, un plano, y el mar es un volumen.

La inmensa masa acuática--tres veces más salada que al nacer el planeta,

á causa de una evaporación milenaria que había disminuido el líquido sin

absorber sus componentes--guardaba, revueltos con sus cloruros, el

cobre, el níquel, el hierro, el cinc, el plomo, y hasta el oro

procedente de los filones que la ebullición planetaria aglomeró en el

fondo oceánico, y de cuya masa no son mas que insignificantes tentáculos

los filones de las montañas, con sus arenas auríferas arrastradas por

los ríos.

También la plata estaba disuelta en sus aguas. Ferragut sabía por

ciertos cálculos que con la plata flotante en el Océano podían

levantarse pirámides más enormes que las de Egipto.

Los hombres que habían pensado en la explotación de estas riquezas

minerales desistían de su quimera. Estaban tan diluidas, que era

imposible su aprovechamiento. Los seres oceánicos sabían reconocer mejor

su presencia, filtrándolas á través de su cuerpo para la renovación y

coloración de sus órganos. El cobre lo acumulaban en su sangre; el oro y

la plata se descubrían en los tejidos de los animales-plantas; el

fósforo era absorbido por las esponjas; el plomo y el cinc, por los

fucos.

Todos podían extraer del agua los residuos de unos metales disueltos en

fragmentos tan imponderablemente pequeños, que ningún procedimiento

químico alcanzaba á captarlos. Los carbonatos de cal arrastrados por los

ríos ó arrancados á las costas servían á innumerables especies para la

construcción de sus caparazones, esqueletos, conchas y caracolas. Los

corales, filtrando el agua á través de sus cuerpos blanduchos y mucosos,

solidificaban sus duros esqueletos, para convertirse al final en islas

habitables.

Los seres de una diversidad desconcertante que flotaban, rampaban ó

coleaban en torno de Ferragut no eran mas que agua oceánica. Los peces,

agua hecha carne; los animales mucosos, agua en estado de gelatina; los

crustáceos y los políperos, agua transformada en piedra.

Contempló en uno de los estanques un paisaje que parecía de otro

planeta, grandioso y reducido al mismo tiempo, como un bosque visto en

un diorama. Era un palmeral surgiendo entre rocas; pero las rocas no

pasaban de ser guijarros, y las palmeras anélidos de mar, simples

gusanos que se mantenían en vertical inmovilidad.

Guardaban su cuerpo anillado dentro de un tubo coriáceo que los

protegía, y sobre este tronco rectilíneo de color de marfil lanzaban,

como un surtidor de ramas, los tentáculos movedizos que les sirven para

respirar y para comer.

Dotados de una rara sensibilidad, bastaba el paso de una nube ante el

sol para que se contrajesen en el interior de los tubos, quedando éstos

sin su vistoso capitel, como palmeras desmochadas. Luego, lenta y

prudentemente, iban surgiendo otra vez los animados pinceles por la

abertura de sus vainas, flotando en el agua con ansiosa espera. Todos

estos árboles y flores-animales eran de una voracidad mecánica cuando

la víctima microscópica se dejaba atraer por sus tentáculos El suave

ramaje se contraía, se cerraba, arrastrando á la esbelta torre secretada

por él mismo, digería su conquista.

Otros estanques atrajeron después la atención del marino.

Deslizándose sobre las rocas, introduciéndose en las cavernas,

dormitando medio enterrada en la arena, toda la varia y tumultuosa

nación de los crustáceos movía sus herramientas cortantes y

tentaculares, hacía brillar sus armaduras japonesas, unas teñidas de

rojo casi negro, como si guardasen la sangre seca de un lejano combate,

otras de fresca escarlata, lo mismo que si reflejaran en su dureza los

primeros fuegos de la aurora.

El fiero bogavante--el _homard_, soberano de las ricas mesas--descansaba

sobre las tijeras de sus patas anteriores, arma poderosa como una doble

hacha de combate. La langosta saltaba con agilidad por las peñas

valiéndose de los ganchos de sus patas, herramientas de guerra y de

nutrición. Su próximo pariente la cigarra de mar, animal torpe y pesado,

permanecía en los rincones, cubierta de fango y de algas, en una

inmovilidad que le hacía confundirse con las piedras. Y en torno de

estos gigantes, como una democracia roja acostumbrada á sufrir de vez en

cuando el ataque de los fuertes, nadaban los enjambres de langostinos y

camarones. Sus movimientos eran sueltos y graciosos, su sensibilidad tan

afinada, que la menor agitación les hacía dar saltos enormes.

Ulises pensó en la esclavitud que había impuesto la Naturaleza á estos

animales dándoles su hermosa envoltura defensiva.

Nacían acorazados, y el crecimiento les obligaba repetidas veces á

cambiar de armadura. Mudaban de piel, como los reptiles; pero éstos, al

ser cilíndricos, podían ejecutar la operación con la misma facilidad que

una pierna que abandona su media. Los crustáceos habían de sacar de su

coraza, que empezaba á rajarse, el múltiple mecanismo de sus miembros y

sus apéndices: las patas, las antenas, las gruesas pinzas, operación

lenta y peligrosa, en la que muchos parecían rasgados por su propio

esfuerzo. Luego, desnudos é inermes, habían de esperar á que se formase

una nueva piel que á su vez se convirtiese en armadura. Y esto en medio

de un ambiente hostil, rodeados de ávidas bestias, grandes y pequeñas,

que sentían la atracción de su rica carne, y sin otra defensa que el

ocultamiento.

Entre el hormiguero de pequeños crustáceos que se movían en el fondo

arenoso, cazando, comiendo ó batiéndose con feroz enredijo de patas,

buscaban los observadores á un ser bizarro y extravagante, el paguro,

apodado _Bernardo el Eremita_. Era una caracola que avanzaba recta como

una torre sobre unas patas de cangrejo, teniendo por corona la cabellera

de una anémona de mar.

La cómica aparición estaba compuesta de tres animales distintos, uno

sobre otro, ó más bien, de dos seres vivientes llevando en medio un

féretro. El paguro nacía con la parte posterior desprovista de coraza:

un excelente bocado, tierno y sabroso, para los peces hambrientos. La

necesidad de defenderse le hacía buscar una caracola para guardar la

parte débil de su organismo. Si encontraba vacía una vivienda de esta

especie, se la apropiaba. De no ser así, se comía al habitante,

introduciendo después en el nacarado refugio su posterior, armado de dos

patas ganchudas.

No bastaban al débil paguro sus precauciones defensivas. Necesitaba ser

ofensivo para vivir; inspirar respeto á los monstruos devoradores,

especialmente á los pulpos, que buscaban la presa de su busto y sus

patas peludas, asomadas por la locomoción fuera de la torre.

Una anémona de mar venía á fijarse en la cúspide calcárea: á veces

llegaban á ser cinco ó seis. Ninguna relación corporal existía entre el

paguro y los organismos de arriba. Eran simples socios, por un interés

recíproco. Los animales-plantas picaban como ortigas; todos los

monstruos sin coraza huían del veneno de sus órganos urticantes; las

briznas de su cabellera quemaban como alfileres de fuego. De este modo,

el humilde paguro inspiraba terror á las fieras gigantescas de la

profundidad, llevando sobre el dorso su torre coronada de formidables

baterías. Las anémonas, por su parte, le agradecían que las pasease

incesantemente de un lado á otro, poniéndolas en contacto con toda clase

de animales. Podían comer así con más facilidad que sus hermanas fijas

en la roca. No tenían que esperar, como ellas, que el alimento viniese

casualmente á sus tentáculos. Además, siempre flotaban hasta sus alturas

algunos despojos de las presas que hacía por abajo el cangrejo socarrón

en su errabunda impunidad.

Ferragut, al pasar de un estanque á otro, establecía mentalmente la

gradación de los diversos órdenes de la fauna marítima, desde el boceto

primitivo al organismo perfecto.

Las esponjas del Mediterráneo nadaban en los primeros días de su

nacimiento--cuando eran como cabezas de alfiler--con movimientos

vibrátiles. Luego permanecían inmóviles, filtrando el agua por las

celdas y corredores de sus tejidos, protegiendo su carne suave con un

erizamiento de espículas, agujas calcáreas y picantes, con las que

ensartaban é inmovilizaban á los peces, sirviéndolas de alimento sus

residuos en putrefacción.

Desplegaban por millares las ortigas de mar sus hilos urticantes,

proyectando un veneno que aturdía á la víctima y la hacía caer en su

corola, boca y ano al mismo tiempo. De una voracidad sin límites, se

apoderaban, fijas en su roca, de pescados más grandes que ellas, y al

presentir un peligro se encogían de tal modo, que era difícil verlas.

Las plumas de mar yacían flácidas y obscuras, como animales muertos,

hasta que absorbiendo el agua, se levantaban transparentes y llenas de

hojas. Así iban de un lado á otro, con una ligereza de pluma, ó se

clavaban en la arena, emitiendo un brillo fosfórico.

Las petimetras del mar, las elegantes medusas, extendían el ruedo

flotante de su hermosura frágil. Eran setas transparentes, sombrillas

abiertas de vidrio, que avanzaban por medio de contracciones. Del centro

interior de su cúpula colgaba un tubo igualmente transparente y

gelatinoso: la boca del animal. Largos filamentos pendían del ruedo de

sus bordes, tentáculos sensitivos que al mismo tiempo servían para

mantener el equilibro flotante.

Mare nostrum · 第 11 / 36 段