Las palabras pendían tristemente, como pedazos de hielo, sin levantar

eco en su caída. A cada vuelta de las ruedas, la imponente señora era

más reservada y silenciosa. Todo lo había dicho. Las dos se quedaban en

Salerno para hacer una excursión en carruaje á lo largo del golfo. Iban

á Amalfi, y se alojarían por la noche en la cumbre alpestre de Ravello,

ciudad medioeval, donde había pasado Wágner los últimos meses de su

vida, antes de morir en Venecia. Luego, saltando al golfo de Nápoles,

descansarían en Sorrento y tal vez fuesen á la isla de Capri.

Ulises quiso decir que también era éste su viaje, pero tuvo miedo á la

doctora. Además, la excursión era en un vehículo alquilado por ellas, y

no le concederían un asiento.

Freya pareció adivinar su tristeza y quiso consolarle.

--Es un viaje corto. Tres días nada más... Pronto estaremos en Nápoles.

La despedida en Salerno fué breve. La doctora se abstuvo de indicarle su

domicilio. Por ella terminaba allí mismo la amistad.

--Es fácil que volvamos á vernos--dijo lacónicamente--. Sólo las

montañas no se encuentran.

La joven había sido más explícita, nombrando el hotel de la ribera de

Santa Lucía en que estaba alojada.

De pie en el estribo del vagón, las vió alejarse, tal como las había

visto aparecer en una calle de Pompeya. La doctora se perdió tras de una

mampara de vidrios hablando con el cochero que había venido á

recibirlas. Freya, antes de desaparecer, se volvió para enviarle una

sonrisa pálida. Luego levantó su enguantada mano con el índice rígido,

amenazándole lo mismo que á un niño revoltoso y audaz.

Al verse solo en este compartimiento, que llevaba hacia Nápoles las

huellas y el perfume de la ausente, Ulises se sintió desalentado, como

si viniera de un entierro, como si acabase de perder un sostén de su

vida.

Se presentó á bordo del _Mare nostrum_ lo mismo que una calamidad. Fué

caprichoso é intratable, quejándose de Tòni y los otros dos oficiales

porque no aceleraban las reparaciones del buque. A continuación habló de

la conveniencia de no tener prisa, para que el trabajo resultase más

completo. Hasta _Caragòl_ fué víctima de su mal humor, que se desahogó

en forma de crueles sermones contra los aficionados al veneno del

alcohol.

--Cuando los hombres necesitan alegrarse tienen algo mejor que el vino,

algo que proporciona mayor embriaguez que la bebida... Es la mujer, tío

_Caragòl_. No olvide este consejo.

El cocinero, por la fuerza de la costumbre, contestó: «Así es, mi

capitán...» Pero se apiadaba en su interior de la ignorancia de los

hombres, que les hace concentrar toda su felicidad en los espasmos y

muecas del más frívolo de los juegos.

A los dos días la gente de á bordo respiró viendo que el capitán se

trasladaba á tierra. El buque estaba en un lugar incómodo, cerca de los

descargaderos de carbón, con la popa en alto para que la hélice fuese

recompuesta. Los obreros reemplazaban las planchas abolladas y rotas con

un martilleo irresistible. Ya que había de esperar cerca de un mes, era

preferible alojarse en un hotel. Y envió su equipaje al _albergo_

Paternope, en la antigua ribera de Santa Lucía, el mismo que le había

designado Freya.

Dar suelta á un billete de cinco liras, como avanzada de varias

preguntas, fué lo primero que hizo Ferragut al instalarse en una pieza

alta, viendo el redondel azul del golfo encuadrado por el marco de un

balcón. El camarero, cetrino y bigotudo, le escuchó atentamente, con una

complacencia de tercero, y al fin pudo formar una personalidad completa

con todos sus datos. La dama por quien preguntaba era la _signora_

Talberg. Estaba de viaje, pero iba á volver de un momento á otro.

Ulises pasó un día entero con la tranquilidad del que espera en lugar

seguro. Miraba el golfo desde el balcón. A sus pies estaba la isla del

Huevo, unida á tierra por un puente.

Los _bersaglieri_ ocupaban su antiguo castillo, obra del virrey don

Pedro de Toledo. Eran varios torreones de color rosa obscuro, que se

aglomeraban sobre la estrecha ínsula de forma oval. En esta fortaleza se

encerraba en otros tiempos la corta guarnición española para apuntar sus

bombardas y culebrinas contra el pueblo napolitano cuando no quería

pagar más gabelas é impuestos. Sus muros se habían levantado sobre las

ruinas de otro castillo en el que Federico II guardaba sus tesoros, y

cuya capilla había pintado Giotto. Y el castillo medioeval, del que sólo

quedaba el recuerdo, se había alzado á su vez sobre los restos del

palacio de Lúculo, que tenía el centro de sus célebres jardines en esta

pequeña isla, llamada entonces Megaris.

Las cornetas de los _bersaglieri_ alegraban al capitán como el anuncio

de una entrada triunfal. «Va á llegar, va á llegar de un momento á

otro...» Miraba la doble montaña de la isla de Capri, negra por la

distancia, cerrando el golfo como un promontorio, y la costa de

Sorrento, rectilínea lo mismo que un muro. «Allí está ella...» Luego

seguía amorosamente el curso de los vaporcitos que surcaban la inmensa

copa azul, abriendo un triángulo de espumas. En cualquiera de ellos

llegaría Freya.

El primer día fué de oro y esperanza. Brillaba el sol en un cielo sin

nubes; hervía el golfo con burbujas de luz, bajo una atmósfera inmóvil,

sin que la más leve ráfaga rizase su superficie; el penacho del Vesubio

era recto y esbelto, dilatándose sobre el horizonte como un pino de

blancos vapores. Al pie del balcón se sucedían de hora en hora los

músicos ambulantes, cantando voluptuosas barcarolas y serenatas de amor.

¡Y ella no vino!

El segundo día fué de plata y desesperación. Había bruma en el golfo, el

sol no era mas que un redondel rojo que podía mirarse de frente, lo

mismo que en los países septentrionales; las montañas tenían un vestido

de plomo; las nubes ocultaban el cono del volcán; el mar parecía de

estaño, y un viento frío hinchaba, como velas, faldas y gabanes,

haciendo correr á las gentes por el paseo de la ribera. Los músicos

seguían cantando, pero con suspiros melancólicos, al abrigo de una

esquina, para librarse de las ráfagas furiosas del mar. «_¡Morir...

morir per te!_», gemía una voz de barítono entre arpas y violines... ¡Y

ella llegó!

Al avisarle el camarero que la _signora_ Talberg estaba en su habitación

del piso inferior, Ulises se estremeció de inquietud. ¿Qué diría ella al

encontrarle instalado en su hotel?...

La hora del almuerzo estaba próxima, y aguardó con impaciencia las

señales diarias para bajar al comedor. Primeramente sonaba una explosión

á espaldas del _albergo_, que hacía temblar paredes y techos,

dilatándose en la inmensidad del golfo. Era el cañonazo de mediodía

salido del alto castillo de _Sant Elmo_. Las cornetas de la isla del

Huevo respondían á continuación, con su alegre llamada á la olla

humeante, y por la escalera del hotel ascendía el chinesco estrépito del

_gong_ anunciando que el almuerzo estaba servido.

Ulises bajó á ocupar su mesa, mirando inútilmente á los otros huéspedes

que se habían adelantado. Freya se presentaría con el retraso de una

viajera que acaba de llegar y está ocupada en el arreglo de su persona.

Almorzó mal, mirando continuamente una gran vidriera con dibujos de

barcos, peces y gaviotas, atragantándosele el bocado cada vez que se

abrían sus hojas policromas. Y llegó al final del almuerzo, y tomó

lentamente su café, sin que ella apareciese.

Al volver á su habitación envió al camarero bigotudo en busca de

noticias... La _signora_ no había almorzado en el hotel: la _signora_

había salido mientras él estaba en el comedor. Seguramente que á la

noche se dejaría ver.

Durante la comida sufrió iguales inquietudes, creyendo que aparecería

Freya cada vez que una mano borrosa y una vaga silueta de mujer

empujaban la puerta al otro lado de los opacos vidrios.

Paseó largo rato por el vestíbulo, mascando rabiosamente su cigarro,

hasta que se decidió á abordar al portero, cabeza morena y astuta que

asomaba al borde de su pupitre, sobre unas solapas azules con llaves de

oro bordadas, viéndolo todo, enterándose de todo, mientras parecía

dormir.

La aproximación de Ulises le hizo levantarse de un salto, lo mismo que

si oyese el revoloteo de un papel-moneda. Sus informes fueron precisos.

La _signora_ Talberg comía pocas veces en el hotel. Tenía unos amigos

que ocupaban un piso amueblado en el barrio de Chiaia, y con ellos

pasaba casi todo el día. Algunas veces ni siquiera venía á dormir... Y

volvió á sentarse, guardando apretado en una mano el billete que había

presentido con su imaginación.

Después de una mala noche, Ulises se levantó, resuelto á esperar á la

viuda en la entrada del hotel. Tomó su desayuno en un velador del

vestíbulo, leyó periódicos, tuvo que salir á la puerta huyendo de la

matinal limpieza, perseguido por el polvo de las escobas y las alfombras

sacudidas, y una vez allí, fingió gran interés por los músicos

ambulantes, que le dedicaban romanzas y serenatas, poniendo los ojos en

blanco al presentarle sus sombreros.

Alguien vino á hacerle compañía. Era el portero, que se mostró familiar

y confianzudo, como si desde la noche anterior se hubiese establecido

entre los dos una firme amistad basada en un secreto.

Le habló de las bellezas del país, aconsejándole diversas excursiones...

Una sonrisa, una palabra animadora de Ferragut, y le habría propuesto

inmediatamente otros recreos cuyo anuncio parecía voltear en torno de

sus labios. Pero el marino acogió con enfurruñamiento tanta amabilidad.

Este belitre iba á estorbar con su presencia el deseado encuentro; tal

vez se mantenía á su lado por el deseo de ver y saber... Y aprovechando

una de sus rápidas ausencias, Ulises se alejó por la larga vía

Partenope, siguiendo la baranda que da sobre el mar, fingiendo

interesarse por todo lo que encontraba, pero sin perder de vista la

puerta del hotel.

Se detuvo ante los puestos de los ostricarios, examinando las valvas de

concha-perla alineadas en los estantes, sobre los cestos de ostras de

Fusaro; las enormes caracolas, cadáveres huecos, en cuya garganta mugía,

según los vendedores, como un recuerdo, el lejano zumbido del mar. Miró,

uno á uno, todos los botes automóviles, las balandras de regatas, los

barcos de pesca y las goletas de cabotaje fondeadas en el pequeño puerto

de la isla del Huevo. Quedó inmóvil ante las olas mansas que peinaban

sus espumas en los peñascos del malecón bajo las cañas horizontales de

varios pescadores burgueses.

De pronto vió á Freya siguiendo la avenida por el lado de las casas.

Ella le reconoció á su vez, y este descubrimiento la hizo detenerse

junto á una bocacalle, dudando entre seguir adelante ó huir hacia el

interior de Nápoles. Luego pasó á la acera del mar, avanzando hacia

Ferragut con plácida sonrisa, saludándolo de lejos como á un amigo cuya

presencia nada tiene de extraordinaria.

Esta seguridad desconcertó al capitán. Se dieron las manos, y ella le

preguntó tranquilamente qué hacía allí mirando las olas y si avanzaban

las reparaciones de su buque.

--¡Pero confiese usted que mi presencia la ha sorprendido!--dijo Ulises,

algo irritado por esta tranquilidad--. Reconozca que no esperaba

encontrarme aquí.

Freya repitió su sonrisa con una expresión de dulce lástima.

--Es natural que le encuentre aquí. Está usted en su barrio, á la vista

de su hotel... Somos vecinos.

Para recrearse con el asombro del capitán, hizo una larga pausa. Luego

añadió:

--Vi su nombre en la lista de huéspedes ayer mismo, al llegar al hotel.

Es mi costumbre. Me gusta saber quiénes son mis vecinos.

--¿Y por eso no bajó usted al comedor?...

Ulises formuló esta pregunta esperando que ella respondiera

negativamente. No podía hacerlo de otro modo, aunque sólo fuera por

buena educación.

--Sí, por eso--contestó Freya sencillamente--. Adiviné que me esperaba

para hacerse el encontradizo, y no quise entrar en el comedor... Le

advierto que siempre haré lo mismo.

Ulises lanzó un «¡ah!» de asombro... Ninguna mujer le había hablado con

tanta franqueza.

--Tampoco me ha sorprendido su presencia aquí--continuó ella--; la

esperaba. Conozco las inocentes astucias de los hombres. «Ya que ayer no

me encontró en el hotel, me esperará hoy en la calle», me he dicho esta

mañana al levantarme... Antes de salir he seguido sus paseos desde la

ventana de mi cuarto...

Ferragut la miraba con sorpresa y desaliento. ¡Qué mujer!...

--Podía haberme escapado por cualquiera calle transversal mientras

estaba usted de espaldas. Le he visto antes que usted á mí... Pero no me

gustan las situaciones falsas que se prolongan. Es mejor decirse toda la

verdad cara á cara... Y por eso he venido á su encuentro.

El instinto le hizo volver la cabeza hacia el hotel. El portero estaba

en la entrada, contemplando el mar, pero con los ojos vueltos

indudablemente hacia ellos.

--Sigamos--dijo Freya--. Acompáñeme un poco; hablaremos, y luego me

dejará usted... Tal vez nos separemos más amigos que antes.

Anduvieron en silencio toda la vía Partenope, hasta llegar á los

jardines de la ribera de Chiaia, perdiendo de vista el hotel. Ferragut

quiso reanudar la conversación, pero no encontró las primeras palabras.

Temía parecer ridículo. Le infundía miedo esta mujer.

Se dió cuenta al contemplarla con ojos adorantes de los grandes cambios

que se habían efectuado en el adorno de su persona. Ya no vestía el

_tailleur_ obscuro con que la había visto por primera vez. Llevaba un

traje de seda, azul y blanco, con una rica piel sobre los hombros y un

penacho de plumas de garza real en la cumbre del amplio sombrero.

El saco de mano negro que la acompañaba en su viaje había sido

sustituído por un bolso de oro de una riqueza aparatosa: oro

australiano, de un tono verde, semejante á la pátina de los bronces

florentinos. Llevaba en las orejas dos gruesas esmeraldas cuadradas y en

los dedos media docena de brillantes, que se pasaban de faceta en faceta

la luz del sol. El collar de perlas seguía fijo en su cuello, asomando

por el escote angular... Era una magnificencia de artista rica que todo

se lo echa encima; de enamorada de las joyas que no puede vivir sin su

contacto y las coloca sobre su piel apenas salta de la cama,

despreciando la hora y las reglas de la discreción.

Pero Ferragut no podía distinguir lo extemporáneo de este lujo. Todo lo

de ella le parecía admirable.

Sin saber cómo, se lanzó á hablar. El mismo se asombró al oír su voz,

diciendo siempre las mismas cosas con distintas palabras. Sus

pensamientos eran incoherentes, pero todos se iban aglomerando en torno

de una afirmación incesantemente repetida: su amor, su inmenso amor por

Freya.

Y Freya seguía marchando en silencio, con una expresión de lástima en

los ojos y en las comisuras de su boca. Le placía á su orgullo de mujer

contemplar á este hombre fuerte balbuceando con una confusión infantil.

Al mismo tiempo se impacientaba ante la monotonía de sus palabras.

--No siga, capitán--interrumpió al fin--. Adivino todo lo que le queda

por decir, y he oído muchas veces lo que lleva dicho. «Usted no duerme,

usted no come, usted no vive por mi culpa.» Su existencia es imposible

si no le amo. Un poco más de conversación, y me amenazará con pegarse un

tiro si no soy suya... ¡Música conocida! Todos dicen lo mismo. No hay

criaturas con menos originalidad que los hombres cuando desean algo...

Estaban en una avenida del paseo. A través de las palmeras y las

magnolias se veía por un lado el golfo luminoso y por el otro los ricos

edificios de la ribera de Chiaia. Unos chicuelos desarrapados

corretearon en torno de la pareja, persiguiéndose. Luego fueron á

situarse junto á un templete blanco que se alzaba en el fondo de la

avenida.

--Pues bien, lobo de mar amoroso--continuó Freya--, no duerma usted, no

coma usted, mátese si es su capricho; pero yo no puedo quererle, yo no

le querré nunca. Pierda toda esperanza. La vida no es una diversión, y

yo tengo otras preocupaciones más graves que absorben todo mi tiempo.

A través de la risa juguetona con que acompañaba estas palabras,

Ferragut adivinó una voluntad firmísima.

--Entonces--dijo con desaliento--,¿todo será inútil?... ¿Aunque yo haga

los mayores sacrificios?... ¿Aunque le dé pruebas de un amor como jamás

se haya conocido?...

--Todo inútil--contestó ella rotundamente, sin dejar de sonreír.

Habían llegado al templete, cúpula sostenida por columnas blancas, con

una verja en torno. El busto de Virgilio se alzaba en el centro: una

cabeza enorme, de hermosura algo femenil.

El poeta había muerto en Nápoles, «la dulce Partenope», á su regreso de

Grecia, y su cadáver tal vez estaba hecho polvo en las entrañas de este

jardín. La muchedumbre napolitana de la Edad Media le había atribuído

toda clase de prodigios, hasta convertir al poeta en mago poderoso. El

brujo Virgilio construía en una noche el castillo del Huevo, colocándolo

con sus manos sobre un gran huevo que flotaba en el mar. Igualmente

había abierto con su soplo el viejo túnel de Possilipo, cerca del cual

existen una viña y una tumba, visitadas durante siglos como última

morada del poeta.

Los pilluelos, jugueteando en torno de la verja, arrojaban papeles y

piedras al interior del templete. Les atraía la cabeza blanca del

poderoso encantador, sintiendo á la vez admiración y miedo.

Ella se detuvo cerca del abandonado monumento.

--Hasta aquí nada más--ordenó--. Usted seguirá su camino. Yo voy á la

parte alta de Chiaia... Pero antes de separarnos como buenos amigos, me

va á dar su palabra de no seguirme, de no importunarme con sus

pretensiones amorosas, de no mezclarse más en mi vida.

Ulises no contestó. Bajaba la cabeza con un desaliento real. A su

decepción se unía el dolor del orgullo herido. ¡El que se había

imaginado cosas tan distintas para cuando se viesen por primera vez á

solas!...

Freya se apiadó de su tristeza.

--No sea usted niño... Eso pasará. Piense en sus negocios, piense en su

familia, que le espera allá en España. Además, el mundo está lleno de

mujeres: yo no soy la única.

Pero Ferragut la interrumpió. Sí; era la única... ¡la única! Y lo dijo

con una convicción que provocó en ella otra vez una sonrisa de lástima.

La tenacidad de este hombre empezaba á irritarla.

--Capitán, le conozco bien. Es usted un egoísta, como todos los hombres.

Su buque está detenido en el puerto por una avería; debe usted quedarse

un mes en tierra; encuentra en un viaje á una mujer que comete la

tontería de acordarse de que le conoció en otros tiempos, y se dice:

«Magnífica ocasión para entretener agradablemente el fastidio de la

espera...» Si yo le creyese, si aceptase sus deseos, dentro de unas

semanas, al quedar listo el buque, el héroe de mi amor, el paladín de

mis ensueños, se haría al mar diciendo como último saludo: «¡Adiós,

imbécil!»

Ulises protestó con energía. No: él deseaba que su buque no estuviese

nunca recompuesto; calculaba con angustia los días que faltaban. Si era

preciso, lo abandonaría, quedándose para siempre en Nápoles.

--¿Y qué tengo yo que hacer en Nápoles?--interrumpió Freya--. Soy aquí

un pájaro de paso, lo mismo que usted. Nos conocimos en los mares del

otro hemisferio, y hemos venido á reencontrarnos en Italia. La próxima

vez, si volvemos á vernos, será en el Japón, en el Canadá, en el Cabo...

Siga su rumbo, enamoradizo tiburón, y déjeme seguir el mío. Figúrese que

somos dos barcos que se encuentran en una calma, se hacen señales,

cambian saludos, se desean buena suerte, y después cada uno se aleja por

su lado, tal vez para no volver á verse nunca.

Ferragut movió la cabeza negativamente. Eso no podía ser; él no se

resignaba á perderla de vista para siempre.

--¡Los hombres!--continuó ella, cada vez más irritada--. Todos se

imaginan que las cosas deben ser con arreglo á sus caprichos. «Porque te

deseo, debes ser mía...» ¿Y si yo no quiero?... ¿Y si yo no sufro la

necesidad de ser amada?... ¿No puedo vivir en libertad, sin otro amor

que el que yo siento por mí misma?...

Consideraba una desgracia el ser mujer. Los hombres le inspiraban

envidia por su independencia. Podían mantenerse aparte, absteniéndose de

las pasiones que desgastan la vida, sin que nadie viniera á

importunarles en su retiro. Les era lícito ir á todos lados, recorrer el

mundo, sin llevar tras de sus pasos una estela de solicitantes.

--Usted me es simpático, capitán. El otro día me alegré de encontrarle:

fué una aparición del pasado. Vi en usted la alegría de mi juventud que

empieza á irse y la melancolía de ciertos recuerdos... Y sin embargo,

acabaré por odiarle: ¿me oye usted, argonauta pesado?... Le aborreceré

porque no sirve para amigo; porque sólo sabe usted hablar de la misma

cosa; porque es un personaje de novela, un latino, muy interesante tal

vez para otras mujeres, pero insufrible para mí.

Su rostro se contrajo con un gesto de desprecio y lástima. «¡Ah, los

latinos!...»

--Todos son lo mismo; españoles, italianos, franceses. Todos han nacido

para la misma cosa. Apenas encuentran á una mujer deseable, creen faltar

á sus deberes si no le piden su amor y lo que viene luego... ¿No pueden

un hombre y una mujer ser amigos simplemente? ¿No podría usted ser un

buen camarada y tratarme como á un compañero?

Ferragut protestó enérgicamente. No, no podría. El la amaba, y después

de verse repelido con tanta crueldad, su amor iría en aumento. Estaba

seguro de ello.

Un temblor nervioso hizo aguda y cortante la voz de Freya. Sus ojos

tomaron un brillo malsano. Miró á su acompañante como si fuese un

enemigo cuya muerte deseaba.

--Pues bien, sépalo usted. Yo aborrezco á los hombres: los aborrezco

porque los conozco. Quisiera la muerte de todos ellos, ¡de todos!... ¡El

mal que han hecho en mi vida!... Quisiera ser inmensamente hermosa, la

mujer más hermosa de la tierra y poseer el talento de todos los sabios

concentrado en mi cerebro, y ser rica, y ser reina, para que todos los

hombres del mundo, locos de deseo, vinieran á postrarse ante mí... Y yo

levantaría mis pies con tacones de hierro, é iría aplastando cabezas...

así... ¡así!...

Golpeaba la arena del jardín con las suelas de sus breves zapatos. Un

rictus histérico contraía su boca.

--A usted tal vez lo exceptuase... Usted, con todas sus arrogancias de

matamoros, es un ingenuo, un simple. Le creo capaz de soltar á una mujer

toda clase de mentiras... creyéndolas usted antes. Pero á los otros...

¡ay, á los otros!... ¡cómo los odio!...

Miró hacia el palacio del acuario, que asomaba su blancura entre la

columnata de los árboles.

--Quisiera ser--continuó, pensativa--uno de esos animales de mar que

cortan con las tenazas de sus patas... que tienen en los brazos tijeras,

sierras, pinzas... que devoran á sus semejantes y absorben todo lo que

les rodea.

Miró después una rama de árbol, de la que pendían varios hilos de plata

sosteniendo á un insecto de activos tentáculos.

--Quisiera ser araña, una araña enorme, y que todos los hombres fuesen

moscas y vinieran á mí, irresistiblemente. ¡Con qué fruición los

ahogaría entre mis patas! ¡Cómo pegaría mi boca á sus corazones!... ¡Y

los chuparía... los chuparía, hasta que no les quedase una gota de

sangre, arrojando luego sus cadáveres huecos!...

Ulises llegó á pensar si estaría enamorado de una loca. Su inquietud,

sus ojos sorprendidos é interrogantes, parecieron devolver la serenidad

á Freya.

Se pasó una mano por la frente, como si despertase de una pesadilla y

quisiera repeler sus recuerdos con este ademán. Su mirada fué

serenándose.

--Adiós, Ferragut; no me haga hablar más. Acabaría usted por dudar de mi

razón... Ya lo sabe: seremos amigos, amigos nada más. Es inútil pensar

en lo otro. No me siga... Nos veremos... Yo le buscaré... ¡Adiós!...

¡adiós!

Y aunque Ferragut sentía la tentación de seguirla, permaneció inmóvil,

viéndola alejarse con paso rápido, como si huyese de las palabras que

había dejado caer ante el pequeño templo del poeta.

V

EL ACUARIO DE NÁPOLES

A pesar de su promesa, Freya no hizo nada para volver á encontrarse con

el marino. «Nos veremos... Yo le buscaré.» Pero era Ferragut quien

buscaba el encuentro, apostándose en las inmediaciones del hotel.

--¡Qué loca estuve la otra mañana!... ¡Qué habrá pensado usted de

mí!--dijo ella la primera vez que volvieron á hablarse.

Mare nostrum · 第 10 / 36 段