La joven sonreía al encontrarle. Su compañera pasaba adelante, con la

mirada vaga, queriendo ignorar su presencia.

En la noche se vieron á más corta distancia. Vivían en el mismo hotel,

un alojamiento igual á todos los de los pequeños puertos, con excelente

comida y dormitorios inmundos. Sus mesas estaban próximas, y Ferragut,

después de un saludo fríamente contestado, pudo contemplar á las dos

señoras, que hablaban poco y en voz baja, temiendo ser escuchadas por el

vecino.

Al ver á la de más edad con el rostro libre de velos, no sufrió ninguna

decepción. Su enemiga tal vez habría perturbado en otro tiempo la

tranquilidad de los hombres, pero ahora podía continuar impunemente sus

gestos hostiles y alojadores: el capitán no pensaba entristecerse por

ello.

Debía estar más allá de los cuarenta años. Sus carnes abundantes

guardaban cierta frescura, obra de los cuidados higiénicos y los

ejercicios gimnásticos. En cambio, su rostro, de blanca piel,

transparentaba una inundación subcutánea amarillenta, que parecía

formada con olas de salvado.

Sobre la antigua cabellera, de un tono rojo, se amontonaban los rizos

artificiales ocultando calvicies y canas. Sus pupilas, verdes, tenían la

opacidad calmosa de los ojos bovinos cuando quedaban libres de unos

lentes de miope. Pero apenas estos cristales montados en oro se

interponían entre ella y el mundo exterior, las dos gotas glaucas

tomaban una agudeza perforadora de personas y objetos. Otras veces

esparcían en torno un vacío altivo y glacial, semejante al círculo que

traza una espada.

La joven era menos adusta. Parecía sonreír con las comisuras de sus

ojos, mientras estaba medio vuelta de espaldas á Ferragut, agradeciendo

su admiración muda y escrutadora. Llevaba la cabellera en desorden, como

una mujer que no teme las indiscreciones de su peinado y deja que surjan

bajo el sombrero las mechas serpenteantes con toda su rebeldía natural.

Era de un rubio ceniciento y suave; un color discreto que desentonaba

con el resto de su persona, hecha de rudos contrastes. Los ojos, negros,

grandes, abiertos en forma de almendra, parecían de una bailarina

oriental, y aún estaban prolongados por hábiles retoques de sombra, que

aumentaban la seductora desarmonía con el oro apagado de su cabellera.

La blancura de su cutis se delataba al avanzar un brazo fuera de la

manga ó al entreabrirse el escote; pero esta blancura estaba borrada en

el rostro por una máscara rojiza. Su belleza vigorosa arrostraba sin

miedo el sol y el hálito del mar. Un triángulo escarlata cortaba la

dulce curva de su pecho, marcando el escote del vestido. Sobre esta

carne algo tostada por el sol una fila de perlas extendía sus gotas de

luz lunar. Más arriba, en el rostro obscurecido por la intemperie,

entreabría la boca sus dos valvas de escarlata con una sonrisa audaz y

serena, dejando escapar el reflejo de los dientes, hermosos y agresivos.

Ferragut, al mirarla, repasó su pasado, sin encontrar una sola mujer que

pudiera compararse con ella. El lejano perfume de su persona y su

elegante gallardía le recordaban á ciertas señoras que viajaban solas

cuando él era capitán de trasatlántico. ¡Pero habían sido tan rápidos

estos conocimientos y estaban tan lejanos!... Nunca, en su historia de

vagabundo mundial, tendría la fortuna de conseguir una mujer como ésta.

Al cruzarse una vez más la mirada de ella con la de Ferragut, éste creyó

sentir el golpe en el corazón y el relampagueo en el cerebro que

acompañan á un descubrimiento fulminante é inesperado... Conocía á

aquella mujer; no recordaba dónde la había visto, pero estaba seguro de

conocerla.

El rostro no decía nada á su memoria, pero aquellos ojos se habían

encontrado otras veces con los suyos. En vano reflexionó, concentrando

su pensamiento. Y lo más bizarro fué que, por una misteriosa percepción,

tuvo la certeza de que ella había hecho á la vez la misma descubierta.

También le había reconocido, y se esforzaba visiblemente por darle un

nombre y un lugar en su memoria. No había mas que ver la frecuencia con

que volvía hacia él los ojos; su nueva sonrisa, más confiada y

espontánea, como si fuese dedicada á un amigo antiguo.

De no estar presente la compañera, se habrían aproximado sin esfuerzo,

instintivamente, como dos curiosidades inquietas que necesitan una

explicación. Pero los lentes de oro brillaban autoritarios y hostiles,

interponiéndose entre los dos. Varias veces habló la gruesa señora en un

idioma que llegaba á Ferragut confusamente, y que no era el inglés. Y

apenas terminada la comida desaparecieron, lo mismo que en la calle de

Pompeya: la mayor imponiendo su voluntad á la otra.

Volvieron á encontrarse á la mañana siguiente en la estación de Salerno,

dentro de un vagón de primera clase. Iban, sin duda, con el mismo

destino. Al iniciar Ferragut un saludo, la dama hostil se dignó

contestarle, mirando luego á su compañera con expresión interrogante. El

marino adivinó que durante la noche habían hablado de su persona,

mientras él, bajo el mismo techo, pugnaba inútilmente antes de dormirse

por concentrar sus recuerdos.

No supo con certeza cómo se inició la conversación. Se vió de pronto

hablando con la más joven en inglés, lo mismo que en la mañana anterior.

Ella, con la audacia del que desea terminar pronto una situación

equívoca, le preguntó si era marino. Y al recibir una respuesta

afirmativa, preguntó de nuevo para saber si era español.

--Sí, español.

La contestación de Ferragut fué seguida de una mirada de triunfo de la

joven á su acompañante. Esta pareció dilatarse á impulsos de la

confianza, perdiendo su encogimiento hostil. Y sonrió por primera vez al

capitán, con su boca de un rosa azulado, con sus mejillas blancas

espolvoreadas de amarillo y sus cristales de fosforescente resplandor.

Mientras tanto, la joven hablaba y hablaba, satisfecha de la potencia

extraordinaria de su memoria.

Había viajado por todo el mundo, sin olvidar uno solo dé los lugares

vistos; podía repetir los títulos de los ochenta grandes hoteles en que

se alojan los que dan la vuelta á la tierra. Al encontrarse con un

antiguo compañero de viaje reconocía inmediatamente su rostro, por corta

que hubiese sido la visión, y muchas veces recordaba su nombre. Esto

último era lo que la hacía reflexionar, frunciendo las cejas y

contrayéndose con un esfuerzo mental.

--¿Usted se llama capitán...? ¿usted se llama...?

Y de pronto sonrió, dando fin á sus dudas.

--Usted se llama--dijo resueltamente--el capitán Ulises Ferragut.

Paladeó con largo y risueño silencio el asombro del marino. Luego, como

si se apiadase de su estupefacción, dió nuevas explicaciones. Había

hecho un viaje de Buenos Aires á Barcelona en el trasatlántico mandado

por él.

--Esto fué hace seis años--añadió--. No; hace siete.

Ferragut, que había sido el primero en presentir un conocimiento

anterior, no llegaba á dar un nombre y un estado á esta mujer entre las

innumerables pasajeras que llenaban su recuerdo. Sin embargo, creyó

necesario mentir por galantería, afirmando que se acordaba de ella.

--No, capitán; usted no puede acordarse de mí. Yo iba con mi marido y

usted no me miró nunca. Todas sus atenciones eran en aquel viaje para

una viuda brasileña muy hermosa.

Dijo esto en español, un español suave, de tono cantante, aprendido en

América, al que comunicaba cierto atractivo infantil su acento

extranjero. Luego añadió con coquetería:

--Le conozco, capitán. ¡Siempre el mismo!... Lo de la rosa de Pompeya

estuvo muy bien... Fué digno de usted.

Al verse olvidada la grave señora de los lentes, sin poder entender una

palabra del nuevo idioma empleado en la conversación, habló en voz alta,

mostrando las córneas de sus ojos vueltas hacia arriba por el

entusiasmo.

--¡Oh, España!--dijo en inglés--. ¡Tierra de caballeros!...

¡Cervantes!... ¡Lope!... ¡El Cid!...

Se detuvo, buscando algo más. De pronto agarró un brazo del marino y le

gritó con energía, como si acabase de hacer un descubrimiento por la

portezuela del coche: «¡Calderón de la Barca!» Ferragut saludó. «Sí,

señora.» La joven, después de esto, creyó necesario presentar á su

compañera.

--La doctora Fedelmann... Una sabia en filología y en letras.

Ferragut, luego de estrechar la gruesa mano de la doctora, se lanzó

indiscretamente á pedir informes.

--¿La señora es alemana?--dijo á la joven en español. Los lentes de oro

parecieron adivinar la pregunta, enviando un brillo inquieto á su

acompañante.

--No--dijo ésta--. Mi amiga es rusa; mejor dicho, polaca.

--¿Y usted, también es polaca?--continuó el marino.

--No; yo soy italiana.

A pesar de la seguridad con que dijo esto, Ferragut sintió la tentación

de gritar: «¡Mentira!...» Luego se quedó contemplando sus ojos audaces,

rasgados y negros, fijos en él. Empezó á dudar... Tal vez decía verdad.

Otra vez se sintió atraído por el palabreo de la doctora. Hablaba en

francés, repitiendo sus elogios á la patria de Ferragut. Podía leer el

castellano en las obras clásicas, pero no se atrevía á hablarlo. ¡Ah,

España! ¡País de nobles tradiciones!... Y como si necesitase dar relieve

á estos elogios con un rudo contraste, torció el gesto, hasta tomar una

expresión colérica.

El tren corría por la costa, teniendo á un lado el desierto azul del

golfo de Salerno y al otro las montañas rojas y verdes, manchadas de

blanco por aldeas y caseríos. Todo lo abarcó la doctora con sus vidrios

fulgurantes.

--¡País de bandidos!--dijo mostrando el puño--. ¡Tierra de

mandolinistas, sin palabra y sin gratitud!...

La joven rió de esta cólera, con el regocijo de un pensamiento ligero en

el que no son durables las impresiones y que considera sin importancia

todo lo que no atañe directamente á su egoísmo.

Por algunas palabras de las dos señoras sacó Ulises en consecuencia que

vivían antes en Roma y hacía poco tiempo que estaban en Nápoles, tal vez

contra su voluntad. La joven conocía el país, y su compañera aprovechaba

este viaje forzoso para ver lo que tantas veces había admirado en los

libros.

Bajaron los tres en la estación de Battipaglia para tomar el tren de

Pestum. Era una espera algo larga, y el marino las invitó á entrar en el

restorán, barracón de madera impregnado de un doble olor de resina y de

vino.

Esta vivienda evocó en la memoria de Ferragut y de la joven el recuerdo

de las casas improvisadas en los desiertos de la América del Sur, y otra

vez volvieron á hablar de su viaje oceánico. Ella quiso al fin

satisfacer la curiosidad del capitán.

--Mi marido era un profesor, un sabio como la doctora... Estuvimos un

año en Patagonia haciendo exploraciones científicas.

Había arrostrado el viaje por un océano de llanuras desiertas que se iba

dilatando así como avanzaba la expedición; había dormido en ranchos

cuyos techos derramaban insectos sanguinarios; había pasado á caballo

por remolinos de tierra que la sacaban de la silla; había sufrido el

tormento de la sed y del hambre en un extravío de ruta y pasado las

noches á la intemperie, sin otra cama que el poncho y los arreos de la

cabalgadura. Así llegaron á explorar los lagos de los Andes, entre

Argentina y Chile, que guardan en su intacta soledad el misterio de los

primeros tiempos de la creación.

Los vagabundos de estas tierras vírgenes, pastores y bandidos, hablaban

de gigantescos animales entrevistos al anochecer en las orillas de los

lagos, devorando de un golpe praderas enteras; y el doctor, como otros

muchos sabios, había creído en la posibilidad de encontrar un

superviviente prehistórico, una bestia de los rebaños monstruosos

anteriores al hombre retardada en este paraje inexplorado del planeta.

Vieron esqueletos de docenas de metros de longitud en los

desmoronamientos de la Cordillera, agitada frecuentemente por

cataclismos volcánicos. Los guías les enseñaron en las inmediaciones de

los lagos pieles de reses devoradas, enormes montones de materia seca

que parecían excrementos de monstruo. Pero por más que batieron las

soledades, no pudieron encontrar ningún descendiente vivo de la fauna

prehistórica.

El marino la escuchó distraídamente, pensando en algo que atenaceaba su

curiosidad.

--¿Y usted cómo se llama?--dijo de pronto.

Las dos mujeres rieron de esta pregunta, que resultaba cómica por lo

inesperada.

--Llámeme Freya. Es un nombre de Wágner. Significa la Tierra y al mismo

tiempo la Libertad... ¿Le gusta á usted Wágner?

Y antes de que pudiera contestar, añadió en español, con un acento

criollo y entornando los ojos:

--Llámeme, si quiere, «la viudona»... El pobre doctor murió apenas

volvimos á Europa.

Tuvieron que correr los tres hacia el tren de Pestum, próximo á partir.

El paisaje cambió á ambos lados de la vía, que atravesaba ahora terrenos

pantanosos. En las blandas praderas chapoteaban y rumiaban rebaños de

búfalos, rudos animales que parecían tallados á hachazos.

La doctora habló de Pestum, la antigua Poseidonia, ciudad de Neptuno,

fundada por los griegos de Sybaris seis siglos antes de Jesucristo.

Su prosperidad comercial dominaba toda la costa. El golfo de Salerno era

llamado golfo de Pestum por los romanos. Y esta ciudad de monumentos

iguales á los de Atenas, poseedora de inmensas riquezas, se extinguía

repentinamente sin que el mar se la tragase, sin que un volcán la

cubriera con el sudario de sus cenizas.

La fiebre, el miasma de los pantanos, había sido la lava mortal de esta

Pompeya. El aire venenoso ahuyentaba á los habitantes, y los pocos que

insistían en vivir á la sombra de sus antiguos templos tenían que

escapar de las invasiones sarracenas, fundando en las montañas vecinas

una patria nueva: el humilde pueblo de Capaccio Vecchio. Luego, los

reyes normandos, precursores de Federico II--el padre de doña Constanza,

la emperatriz amada por Ferragut--, explotaban la ciudad desierta y

entera, arrancándole columnas y esculturas.

Todas las construcciones medioevales del reino de Nápoles tenían

despojos de Pestum. La doctora recordaba la catedral de Salerno, vista

en la tarde anterior, donde estaba enterrado Hildebrando, el más tenaz y

ambicioso de los papas. Sus columnas, sus sarcófagos, sus bajos

relieves, procedían de la ciudad griega olvidada siglos y siglos, y que

únicamente en la época presente volvía á recobrar su fama, gracias á los

anticuarios y los artistas.

En la estación de Pestum, la esposa del único empleado miró con

curiosidad á este grupo que llegaba cuando la guerra había cortado la

corriente de viajeros.

Freya la habló, interesada por su aspecto enfermizo y resignado. Todavía

estaban en el buen tiempo. El sol primaveral caldeaba estas tierras

bajas lo mismo que un sol de verano, pero aún podía resistirse. Luego,

en los meses de estío, huían á sus casas de la montaña los guardianes de

las ruinas, los jornaleros de las excavaciones, cediendo el campo á los

reptiles é insectos de los campos pantanosos.

El matrimonio albergado en la pequeña estación era la única muestra de

la especie humana que se mantenía en esta soledad, temblando de fiebre,

haciendo frente al aire corrompido, á la picadura envenenada del

mosquito, al fuego solar que sacaba del barro vapores de muerte. Cada

dos años, esta humilde estación, por donde pasaban los bienaventurados

de la tierra, millonarios de los dos hemisferios, damas bellas y

curiosas, gobernantes de naciones, grandes artistas, cambiaba de jefe.

Pasaron los tres viajeros junto á los restos de un acueducto y un

pavimento antiguos. Luego atravesaron la Puerta de la Sirena--arco de

entrada del olvidado recinto de la ciudad--y siguieron un camino,

teniendo á un lado la tierra pantanosa de exuberante vegetación y al

otro la larga tapia de una granja, en cuya argamasa asomaban fragmentos

de lápidas y columnas. Al doblar la esquina final se mostró de golpe el

imponente espectáculo de la ciudad muerta sobreviviéndose en las

magníficas proporciones de sus templos.

Eran tres, y alzaban sus columnatas como mástiles de navíos encallados

en un mar de verdura. La doctora, guía en mano, los iba designando con

su autoridad magistral: el de Neptuno, el de Ceres, y el llamado

Basilica sin motivo alguno.

Su grandeza, su solidez, su elegancia, hacían olvidar los edificios de

Roma. Sólo Atenas podía comparar los monumentos de su Acrópolis con

estos templos del más severo dórico. El de Neptuno elevaba sus altas y

gruesas columnas tan juntas como los árboles de un plantel: troncos

enormes de piedra que sostenían aún el alto entablamento, la cornisa

saliente y los dos frontones triangulares de sus fachadas. La piedra

tenía el color rojizo de los países serenos, donde tuesta el sol

libremente, sin que la lluvia venga á superponer su pátina sucia.

La doctora evocaba las bellezas desaparecidas: la vieja vestidura de

estos esqueletos colosales, la capa fina y compacta de estuco que había

cubierto los poros de la piedra, dándola una superficie lisa como el

mármol; los vivos colores de sus acanalados y sus frontones, que hacían

de la antigua ciudad griega una masa de monumentos policromos. Esta

alegre decoración se había volatilizado con los siglos. Sus colores se

habían hecho viento ó caído como lluvia de polvo en una tierra de

ruinas.

Siguiendo á un viejo guardián, subieron las gradas de azulados bloques

del templo de Neptuno. Arriba, entre las cuatro filas de columnas,

estaba el verdadero santuario, la _cella_. Sus pasos sobre las losas del

pavimento, separadas por hondas grietas cubiertas de hierba, despertaron

todo un mundo animal que sesteaba al sol.

Corrieron en todas direcciones los actuales habitantes de la ciudad:

lagartos enormes con el dorso verde cubierto de negras verrugas. En su

fuga chocaron ciegamente con los pies de los visitantes. La doctora se

levantaba las faldas para evitar su contacto, lanzando al mismo tiempo

risas nerviosas que disimulaban su terror.

De pronto, Freya gritó, señalando con un dedo la base del antiguo altar.

Una culebra de color de ébano, con el lomo moteado de manchas rojas,

desenroscaba sus anillos sobre las piedras lenta y solemnemente. El

marino levantó su bastón, pero antes de que pudiera lanzarlo se sintió

con el brazo inmovilizado por dos manos nerviosas. Freya se apretaba

contra él, con el rostro pálido y los ojos dilatados por el miedo y la

súplica.

--¡No, capitán!... ¡Déjala!

Ulises se estremeció al sentir el firme contacto global de este pecho

femenil, al aspirar el soplo de su respiración, brisa tibia cargada de

lejanos perfumes. Por su gusto habría permanecido mucho tiempo en esta

actitud; pero Freya se despegó de él para avanzar hacia el reptil

runruneando y extendiendo sus manos, lo mismo que si pretendiese

acariciar á un animal doméstico. La negra cola de la serpiente acababa

de deslizarse y desaparecer entre dos baldosas. La doctora, que había

huído gradas abajo ante esta aparición, obligó á descender á Freya con

sus repetidos llamamientos.

El gesto agresivo del capitán despertó en su acompañante un nervioso

rencor. Creía conocer á este reptil. Era, indudablemente, la divinidad

del templo muerto, que había cambiado de forma para vivir sobre sus

ruinas. Esta culebra debía tener veinte siglos. Por culpa de Ferragut no

había podido tomarla entre sus manos... La habría hablado... Estaba

acostumbrada á conversar con otras...

Ulises iba á exponer rudamente sus dudas sobre el equilibrio mental de

la enfurruñada viuda, cuando les interrumpió la doctora.

Contemplaba la palúdica llanura de acantos y helechos vibrante bajo la

estridencia de las cigarras, y este espectáculo de verde desolación la

hizo evocar el recuerdo de las rosas de Pestum cantadas por los poetas

de la antigua Roma. Hasta recitó unos versos latinos, traduciéndolos,

para hacer saber á sus oyentes que los rosales de esta tierra florecían

dos veces al año.

Freya desarrugó su ceño, volviendo á sonreír. Había olvidado el disgusto

reciente, para desear uno de los rosales maravillosos. Y Ferragut, ante

este capricho de una vehemencia infantil, habló al guía con autoridad.

Necesitaba en seguida un rosal de Pestum, costase lo que costase.

El viejo hizo un gesto malicioso. Todos pedían lo mismo, y él, que era

del país, jamás había visto una rosa en Pestum... Algunas veces, para

satisfacer el deseo de las viajeras, traía rosales de Capaccio Vecchio y

otros pueblos de la montaña; rosales iguales á los demás, sin otra

diferencia que la del precio... Pero él no quería engañar á nadie.

Estaba triste: le preocupaba la posibilidad de la guerra.

--Tengo ocho hijos--dijo á la doctora, por parecerle la más digna de

recibir sus confidencias--. Si movilizan el ejército, se me irán seis.

Y añadió con resignación:

--Así debe ser, para que acabemos de una vez con nuestro eterno enemigo

el _tedesco_. Mis hijos pelearán contra él como peleó mi padre.

La doctora se alejó con altivez. Luego dijo á media voz á sus

acompañantes que el viejo guardián era un imbécil.

Vagaron dos horas por el antiguo recinto de la ciudad, viendo el trazado

de sus calles, las ruinas del anfiteatro, la Puerta Aurea, que daba

acceso á una vía flanqueada de tumbas. Por la _Porta di Mare_ subieron á

las murallas, baluartes de gruesos bloques calcáreos que aún se

mantenían de pie en una extensión de cinco kilómetros. El mar, visible

desde las tierras bajas como una estrecha faja azul, se mostró ahora

inmenso y luminoso; un mar solitario, sin un penacho de humo, sin una

vela, entregado por completo á las gaviotas.

Marchaba delante la doctora, consultando las páginas de su Guía. Aún

guardaba el mal humor que le habían producido las palabras del guardián.

Ulises, á sus espaldas, se aproximaba á Freya, atraído por el recuerdo

del contacto anterior.

Consideraba empresa fácil conquistar á esta mujer caprichosa y de

maneras sueltas. «¡Cosa hecha, capitán!» Los rápidos triunfos obtenidos

por él en sus viajes no le permitían duda alguna. Le bastaba ver la

sonrisa de la viuda, sus ojos apasionados, el gesto de maliciosa

coquetería con que contestaba á sus insinuaciones galantes. «¡Arriba,

lobo marino!...» Le tomó una mano mientras ella hablaba de la belleza

del mar solitario, y la mano se abandonó sin protesta entre sus dedos

acariciadores. La doctora estaba lejos, y él, suspirando falsamente,

abarcó con su otro brazo el talle de Freya, mientras inclinaba el rostro

sobre el escotado pecho como si fuese á besar las perlas.

Se sintió repelido, á pesar de su vigor, por un retorcimiento de

protesta. Vió á Freya libre de sus brazos á dos pasos de él, con unos

ojos hostiles que no había conocido hasta entonces.

--¡Nada de niñerías, capitán!... Conmigo es inútil... Pierde usted el

tiempo.

Y no dijo más. Su tiesura y su mutismo en el resto del paseo dieron á

entender al marino la magnitud de su equivocación. En vano quiso

mantenerse al lado de la viuda: ella maniobraba de modo que la doctora

venía á interponerse entre los dos.

Al volver á la estación se refugiaron, huyendo del calor, en un

saloncillo con divanes de terciopelo polvoriento. Para distraerse

mientras esperaban el tren, Freya sacó de su bolso una cigarrera de oro,

y el leve humo del tabaco egipcio cargado de opio volteó en los chorros

de sol de las ventanas algo entornadas.

Ferragut, que había salido para enterarse de la hora exacta de la

llegada del tren, se detuvo, al volver, junto á la puerta, sorprendido

por la animación con que hablaban las dos señoras en un idioma nuevo.

Surgió en su memoria el recuerdo de Hamburgo y de Brema. Sus compañeras

hablaban alemán con la dicción fácil de un idioma familiar. Al ver al

marino continuaron instantáneamente su conversación en inglés.

Buscando ingerirse en el diálogo, preguntó á Freya cuántos idiomas

poseía.

--Muy pocos: ocho nada más. La doctora tal vez conoce veinte. Sabe las

lenguas de pueblos que ya no existen hace muchos siglos.

Y la joven dijo esto con gravedad, sin mirarle, como si hubiera perdido

para siempre su sonrisa de mujer fácil que había engañado á Ferragut.

En el tren se humanizó, hasta perder su mal gesto de ofendida. Iban á

separarse pronto. La doctora parecía cada vez menos abordable, así como

rodaba el vagón hacia Salerno. Era la frialdad que se esparce entre los

compañeros de un día cuando se acerca la hora de la separación y cada

uno se va por su lado para no verse más.

Mare nostrum · 第 9 / 36 段