mirada vaga, queriendo ignorar su presencia.
En la noche se vieron á más corta distancia. Vivían en el mismo hotel,
un alojamiento igual á todos los de los pequeños puertos, con excelente
comida y dormitorios inmundos. Sus mesas estaban próximas, y Ferragut,
después de un saludo fríamente contestado, pudo contemplar á las dos
señoras, que hablaban poco y en voz baja, temiendo ser escuchadas por el
vecino.
Al ver á la de más edad con el rostro libre de velos, no sufrió ninguna
decepción. Su enemiga tal vez habría perturbado en otro tiempo la
tranquilidad de los hombres, pero ahora podía continuar impunemente sus
gestos hostiles y alojadores: el capitán no pensaba entristecerse por
ello.
Debía estar más allá de los cuarenta años. Sus carnes abundantes
guardaban cierta frescura, obra de los cuidados higiénicos y los
ejercicios gimnásticos. En cambio, su rostro, de blanca piel,
transparentaba una inundación subcutánea amarillenta, que parecía
formada con olas de salvado.
Sobre la antigua cabellera, de un tono rojo, se amontonaban los rizos
artificiales ocultando calvicies y canas. Sus pupilas, verdes, tenían la
opacidad calmosa de los ojos bovinos cuando quedaban libres de unos
lentes de miope. Pero apenas estos cristales montados en oro se
interponían entre ella y el mundo exterior, las dos gotas glaucas
tomaban una agudeza perforadora de personas y objetos. Otras veces
esparcían en torno un vacío altivo y glacial, semejante al círculo que
traza una espada.
La joven era menos adusta. Parecía sonreír con las comisuras de sus
ojos, mientras estaba medio vuelta de espaldas á Ferragut, agradeciendo
su admiración muda y escrutadora. Llevaba la cabellera en desorden, como
una mujer que no teme las indiscreciones de su peinado y deja que surjan
bajo el sombrero las mechas serpenteantes con toda su rebeldía natural.
Era de un rubio ceniciento y suave; un color discreto que desentonaba
con el resto de su persona, hecha de rudos contrastes. Los ojos, negros,
grandes, abiertos en forma de almendra, parecían de una bailarina
oriental, y aún estaban prolongados por hábiles retoques de sombra, que
aumentaban la seductora desarmonía con el oro apagado de su cabellera.
La blancura de su cutis se delataba al avanzar un brazo fuera de la
manga ó al entreabrirse el escote; pero esta blancura estaba borrada en
el rostro por una máscara rojiza. Su belleza vigorosa arrostraba sin
miedo el sol y el hálito del mar. Un triángulo escarlata cortaba la
dulce curva de su pecho, marcando el escote del vestido. Sobre esta
carne algo tostada por el sol una fila de perlas extendía sus gotas de
luz lunar. Más arriba, en el rostro obscurecido por la intemperie,
entreabría la boca sus dos valvas de escarlata con una sonrisa audaz y
serena, dejando escapar el reflejo de los dientes, hermosos y agresivos.
Ferragut, al mirarla, repasó su pasado, sin encontrar una sola mujer que
pudiera compararse con ella. El lejano perfume de su persona y su
elegante gallardía le recordaban á ciertas señoras que viajaban solas
cuando él era capitán de trasatlántico. ¡Pero habían sido tan rápidos
estos conocimientos y estaban tan lejanos!... Nunca, en su historia de
vagabundo mundial, tendría la fortuna de conseguir una mujer como ésta.
Al cruzarse una vez más la mirada de ella con la de Ferragut, éste creyó
sentir el golpe en el corazón y el relampagueo en el cerebro que
acompañan á un descubrimiento fulminante é inesperado... Conocía á
aquella mujer; no recordaba dónde la había visto, pero estaba seguro de
conocerla.
El rostro no decía nada á su memoria, pero aquellos ojos se habían
encontrado otras veces con los suyos. En vano reflexionó, concentrando
su pensamiento. Y lo más bizarro fué que, por una misteriosa percepción,
tuvo la certeza de que ella había hecho á la vez la misma descubierta.
También le había reconocido, y se esforzaba visiblemente por darle un
nombre y un lugar en su memoria. No había mas que ver la frecuencia con
que volvía hacia él los ojos; su nueva sonrisa, más confiada y
espontánea, como si fuese dedicada á un amigo antiguo.
De no estar presente la compañera, se habrían aproximado sin esfuerzo,
instintivamente, como dos curiosidades inquietas que necesitan una
explicación. Pero los lentes de oro brillaban autoritarios y hostiles,
interponiéndose entre los dos. Varias veces habló la gruesa señora en un
idioma que llegaba á Ferragut confusamente, y que no era el inglés. Y
apenas terminada la comida desaparecieron, lo mismo que en la calle de
Pompeya: la mayor imponiendo su voluntad á la otra.
Volvieron á encontrarse á la mañana siguiente en la estación de Salerno,
dentro de un vagón de primera clase. Iban, sin duda, con el mismo
destino. Al iniciar Ferragut un saludo, la dama hostil se dignó
contestarle, mirando luego á su compañera con expresión interrogante. El
marino adivinó que durante la noche habían hablado de su persona,
mientras él, bajo el mismo techo, pugnaba inútilmente antes de dormirse
por concentrar sus recuerdos.
No supo con certeza cómo se inició la conversación. Se vió de pronto
hablando con la más joven en inglés, lo mismo que en la mañana anterior.
Ella, con la audacia del que desea terminar pronto una situación
equívoca, le preguntó si era marino. Y al recibir una respuesta
afirmativa, preguntó de nuevo para saber si era español.
--Sí, español.
La contestación de Ferragut fué seguida de una mirada de triunfo de la
joven á su acompañante. Esta pareció dilatarse á impulsos de la
confianza, perdiendo su encogimiento hostil. Y sonrió por primera vez al
capitán, con su boca de un rosa azulado, con sus mejillas blancas
espolvoreadas de amarillo y sus cristales de fosforescente resplandor.
Mientras tanto, la joven hablaba y hablaba, satisfecha de la potencia
extraordinaria de su memoria.
Había viajado por todo el mundo, sin olvidar uno solo dé los lugares
vistos; podía repetir los títulos de los ochenta grandes hoteles en que
se alojan los que dan la vuelta á la tierra. Al encontrarse con un
antiguo compañero de viaje reconocía inmediatamente su rostro, por corta
que hubiese sido la visión, y muchas veces recordaba su nombre. Esto
último era lo que la hacía reflexionar, frunciendo las cejas y
contrayéndose con un esfuerzo mental.
--¿Usted se llama capitán...? ¿usted se llama...?
Y de pronto sonrió, dando fin á sus dudas.
--Usted se llama--dijo resueltamente--el capitán Ulises Ferragut.
Paladeó con largo y risueño silencio el asombro del marino. Luego, como
si se apiadase de su estupefacción, dió nuevas explicaciones. Había
hecho un viaje de Buenos Aires á Barcelona en el trasatlántico mandado
por él.
--Esto fué hace seis años--añadió--. No; hace siete.
Ferragut, que había sido el primero en presentir un conocimiento
anterior, no llegaba á dar un nombre y un estado á esta mujer entre las
innumerables pasajeras que llenaban su recuerdo. Sin embargo, creyó
necesario mentir por galantería, afirmando que se acordaba de ella.
--No, capitán; usted no puede acordarse de mí. Yo iba con mi marido y
usted no me miró nunca. Todas sus atenciones eran en aquel viaje para
una viuda brasileña muy hermosa.
Dijo esto en español, un español suave, de tono cantante, aprendido en
América, al que comunicaba cierto atractivo infantil su acento
extranjero. Luego añadió con coquetería:
--Le conozco, capitán. ¡Siempre el mismo!... Lo de la rosa de Pompeya
estuvo muy bien... Fué digno de usted.
Al verse olvidada la grave señora de los lentes, sin poder entender una
palabra del nuevo idioma empleado en la conversación, habló en voz alta,
mostrando las córneas de sus ojos vueltas hacia arriba por el
entusiasmo.
--¡Oh, España!--dijo en inglés--. ¡Tierra de caballeros!...
¡Cervantes!... ¡Lope!... ¡El Cid!...
Se detuvo, buscando algo más. De pronto agarró un brazo del marino y le
gritó con energía, como si acabase de hacer un descubrimiento por la
portezuela del coche: «¡Calderón de la Barca!» Ferragut saludó. «Sí,
señora.» La joven, después de esto, creyó necesario presentar á su
compañera.
--La doctora Fedelmann... Una sabia en filología y en letras.
Ferragut, luego de estrechar la gruesa mano de la doctora, se lanzó
indiscretamente á pedir informes.
--¿La señora es alemana?--dijo á la joven en español. Los lentes de oro
parecieron adivinar la pregunta, enviando un brillo inquieto á su
acompañante.
--No--dijo ésta--. Mi amiga es rusa; mejor dicho, polaca.
--¿Y usted, también es polaca?--continuó el marino.
--No; yo soy italiana.
A pesar de la seguridad con que dijo esto, Ferragut sintió la tentación
de gritar: «¡Mentira!...» Luego se quedó contemplando sus ojos audaces,
rasgados y negros, fijos en él. Empezó á dudar... Tal vez decía verdad.
Otra vez se sintió atraído por el palabreo de la doctora. Hablaba en
francés, repitiendo sus elogios á la patria de Ferragut. Podía leer el
castellano en las obras clásicas, pero no se atrevía á hablarlo. ¡Ah,
España! ¡País de nobles tradiciones!... Y como si necesitase dar relieve
á estos elogios con un rudo contraste, torció el gesto, hasta tomar una
expresión colérica.
El tren corría por la costa, teniendo á un lado el desierto azul del
golfo de Salerno y al otro las montañas rojas y verdes, manchadas de
blanco por aldeas y caseríos. Todo lo abarcó la doctora con sus vidrios
fulgurantes.
--¡País de bandidos!--dijo mostrando el puño--. ¡Tierra de
mandolinistas, sin palabra y sin gratitud!...
La joven rió de esta cólera, con el regocijo de un pensamiento ligero en
el que no son durables las impresiones y que considera sin importancia
todo lo que no atañe directamente á su egoísmo.
Por algunas palabras de las dos señoras sacó Ulises en consecuencia que
vivían antes en Roma y hacía poco tiempo que estaban en Nápoles, tal vez
contra su voluntad. La joven conocía el país, y su compañera aprovechaba
este viaje forzoso para ver lo que tantas veces había admirado en los
libros.
Bajaron los tres en la estación de Battipaglia para tomar el tren de
Pestum. Era una espera algo larga, y el marino las invitó á entrar en el
restorán, barracón de madera impregnado de un doble olor de resina y de
vino.
Esta vivienda evocó en la memoria de Ferragut y de la joven el recuerdo
de las casas improvisadas en los desiertos de la América del Sur, y otra
vez volvieron á hablar de su viaje oceánico. Ella quiso al fin
satisfacer la curiosidad del capitán.
--Mi marido era un profesor, un sabio como la doctora... Estuvimos un
año en Patagonia haciendo exploraciones científicas.
Había arrostrado el viaje por un océano de llanuras desiertas que se iba
dilatando así como avanzaba la expedición; había dormido en ranchos
cuyos techos derramaban insectos sanguinarios; había pasado á caballo
por remolinos de tierra que la sacaban de la silla; había sufrido el
tormento de la sed y del hambre en un extravío de ruta y pasado las
noches á la intemperie, sin otra cama que el poncho y los arreos de la
cabalgadura. Así llegaron á explorar los lagos de los Andes, entre
Argentina y Chile, que guardan en su intacta soledad el misterio de los
primeros tiempos de la creación.
Los vagabundos de estas tierras vírgenes, pastores y bandidos, hablaban
de gigantescos animales entrevistos al anochecer en las orillas de los
lagos, devorando de un golpe praderas enteras; y el doctor, como otros
muchos sabios, había creído en la posibilidad de encontrar un
superviviente prehistórico, una bestia de los rebaños monstruosos
anteriores al hombre retardada en este paraje inexplorado del planeta.
Vieron esqueletos de docenas de metros de longitud en los
desmoronamientos de la Cordillera, agitada frecuentemente por
cataclismos volcánicos. Los guías les enseñaron en las inmediaciones de
los lagos pieles de reses devoradas, enormes montones de materia seca
que parecían excrementos de monstruo. Pero por más que batieron las
soledades, no pudieron encontrar ningún descendiente vivo de la fauna
prehistórica.
El marino la escuchó distraídamente, pensando en algo que atenaceaba su
curiosidad.
--¿Y usted cómo se llama?--dijo de pronto.
Las dos mujeres rieron de esta pregunta, que resultaba cómica por lo
inesperada.
--Llámeme Freya. Es un nombre de Wágner. Significa la Tierra y al mismo
tiempo la Libertad... ¿Le gusta á usted Wágner?
Y antes de que pudiera contestar, añadió en español, con un acento
criollo y entornando los ojos:
--Llámeme, si quiere, «la viudona»... El pobre doctor murió apenas
volvimos á Europa.
Tuvieron que correr los tres hacia el tren de Pestum, próximo á partir.
El paisaje cambió á ambos lados de la vía, que atravesaba ahora terrenos
pantanosos. En las blandas praderas chapoteaban y rumiaban rebaños de
búfalos, rudos animales que parecían tallados á hachazos.
La doctora habló de Pestum, la antigua Poseidonia, ciudad de Neptuno,
fundada por los griegos de Sybaris seis siglos antes de Jesucristo.
Su prosperidad comercial dominaba toda la costa. El golfo de Salerno era
llamado golfo de Pestum por los romanos. Y esta ciudad de monumentos
iguales á los de Atenas, poseedora de inmensas riquezas, se extinguía
repentinamente sin que el mar se la tragase, sin que un volcán la
cubriera con el sudario de sus cenizas.
La fiebre, el miasma de los pantanos, había sido la lava mortal de esta
Pompeya. El aire venenoso ahuyentaba á los habitantes, y los pocos que
insistían en vivir á la sombra de sus antiguos templos tenían que
escapar de las invasiones sarracenas, fundando en las montañas vecinas
una patria nueva: el humilde pueblo de Capaccio Vecchio. Luego, los
reyes normandos, precursores de Federico II--el padre de doña Constanza,
la emperatriz amada por Ferragut--, explotaban la ciudad desierta y
entera, arrancándole columnas y esculturas.
Todas las construcciones medioevales del reino de Nápoles tenían
despojos de Pestum. La doctora recordaba la catedral de Salerno, vista
en la tarde anterior, donde estaba enterrado Hildebrando, el más tenaz y
ambicioso de los papas. Sus columnas, sus sarcófagos, sus bajos
relieves, procedían de la ciudad griega olvidada siglos y siglos, y que
únicamente en la época presente volvía á recobrar su fama, gracias á los
anticuarios y los artistas.
En la estación de Pestum, la esposa del único empleado miró con
curiosidad á este grupo que llegaba cuando la guerra había cortado la
corriente de viajeros.
Freya la habló, interesada por su aspecto enfermizo y resignado. Todavía
estaban en el buen tiempo. El sol primaveral caldeaba estas tierras
bajas lo mismo que un sol de verano, pero aún podía resistirse. Luego,
en los meses de estío, huían á sus casas de la montaña los guardianes de
las ruinas, los jornaleros de las excavaciones, cediendo el campo á los
reptiles é insectos de los campos pantanosos.
El matrimonio albergado en la pequeña estación era la única muestra de
la especie humana que se mantenía en esta soledad, temblando de fiebre,
haciendo frente al aire corrompido, á la picadura envenenada del
mosquito, al fuego solar que sacaba del barro vapores de muerte. Cada
dos años, esta humilde estación, por donde pasaban los bienaventurados
de la tierra, millonarios de los dos hemisferios, damas bellas y
curiosas, gobernantes de naciones, grandes artistas, cambiaba de jefe.
Pasaron los tres viajeros junto á los restos de un acueducto y un
pavimento antiguos. Luego atravesaron la Puerta de la Sirena--arco de
entrada del olvidado recinto de la ciudad--y siguieron un camino,
teniendo á un lado la tierra pantanosa de exuberante vegetación y al
otro la larga tapia de una granja, en cuya argamasa asomaban fragmentos
de lápidas y columnas. Al doblar la esquina final se mostró de golpe el
imponente espectáculo de la ciudad muerta sobreviviéndose en las
magníficas proporciones de sus templos.
Eran tres, y alzaban sus columnatas como mástiles de navíos encallados
en un mar de verdura. La doctora, guía en mano, los iba designando con
su autoridad magistral: el de Neptuno, el de Ceres, y el llamado
Basilica sin motivo alguno.
Su grandeza, su solidez, su elegancia, hacían olvidar los edificios de
Roma. Sólo Atenas podía comparar los monumentos de su Acrópolis con
estos templos del más severo dórico. El de Neptuno elevaba sus altas y
gruesas columnas tan juntas como los árboles de un plantel: troncos
enormes de piedra que sostenían aún el alto entablamento, la cornisa
saliente y los dos frontones triangulares de sus fachadas. La piedra
tenía el color rojizo de los países serenos, donde tuesta el sol
libremente, sin que la lluvia venga á superponer su pátina sucia.
La doctora evocaba las bellezas desaparecidas: la vieja vestidura de
estos esqueletos colosales, la capa fina y compacta de estuco que había
cubierto los poros de la piedra, dándola una superficie lisa como el
mármol; los vivos colores de sus acanalados y sus frontones, que hacían
de la antigua ciudad griega una masa de monumentos policromos. Esta
alegre decoración se había volatilizado con los siglos. Sus colores se
habían hecho viento ó caído como lluvia de polvo en una tierra de
ruinas.
Siguiendo á un viejo guardián, subieron las gradas de azulados bloques
del templo de Neptuno. Arriba, entre las cuatro filas de columnas,
estaba el verdadero santuario, la _cella_. Sus pasos sobre las losas del
pavimento, separadas por hondas grietas cubiertas de hierba, despertaron
todo un mundo animal que sesteaba al sol.
Corrieron en todas direcciones los actuales habitantes de la ciudad:
lagartos enormes con el dorso verde cubierto de negras verrugas. En su
fuga chocaron ciegamente con los pies de los visitantes. La doctora se
levantaba las faldas para evitar su contacto, lanzando al mismo tiempo
risas nerviosas que disimulaban su terror.
De pronto, Freya gritó, señalando con un dedo la base del antiguo altar.
Una culebra de color de ébano, con el lomo moteado de manchas rojas,
desenroscaba sus anillos sobre las piedras lenta y solemnemente. El
marino levantó su bastón, pero antes de que pudiera lanzarlo se sintió
con el brazo inmovilizado por dos manos nerviosas. Freya se apretaba
contra él, con el rostro pálido y los ojos dilatados por el miedo y la
súplica.
--¡No, capitán!... ¡Déjala!
Ulises se estremeció al sentir el firme contacto global de este pecho
femenil, al aspirar el soplo de su respiración, brisa tibia cargada de
lejanos perfumes. Por su gusto habría permanecido mucho tiempo en esta
actitud; pero Freya se despegó de él para avanzar hacia el reptil
runruneando y extendiendo sus manos, lo mismo que si pretendiese
acariciar á un animal doméstico. La negra cola de la serpiente acababa
de deslizarse y desaparecer entre dos baldosas. La doctora, que había
huído gradas abajo ante esta aparición, obligó á descender á Freya con
sus repetidos llamamientos.
El gesto agresivo del capitán despertó en su acompañante un nervioso
rencor. Creía conocer á este reptil. Era, indudablemente, la divinidad
del templo muerto, que había cambiado de forma para vivir sobre sus
ruinas. Esta culebra debía tener veinte siglos. Por culpa de Ferragut no
había podido tomarla entre sus manos... La habría hablado... Estaba
acostumbrada á conversar con otras...
Ulises iba á exponer rudamente sus dudas sobre el equilibrio mental de
la enfurruñada viuda, cuando les interrumpió la doctora.
Contemplaba la palúdica llanura de acantos y helechos vibrante bajo la
estridencia de las cigarras, y este espectáculo de verde desolación la
hizo evocar el recuerdo de las rosas de Pestum cantadas por los poetas
de la antigua Roma. Hasta recitó unos versos latinos, traduciéndolos,
para hacer saber á sus oyentes que los rosales de esta tierra florecían
dos veces al año.
Freya desarrugó su ceño, volviendo á sonreír. Había olvidado el disgusto
reciente, para desear uno de los rosales maravillosos. Y Ferragut, ante
este capricho de una vehemencia infantil, habló al guía con autoridad.
Necesitaba en seguida un rosal de Pestum, costase lo que costase.
El viejo hizo un gesto malicioso. Todos pedían lo mismo, y él, que era
del país, jamás había visto una rosa en Pestum... Algunas veces, para
satisfacer el deseo de las viajeras, traía rosales de Capaccio Vecchio y
otros pueblos de la montaña; rosales iguales á los demás, sin otra
diferencia que la del precio... Pero él no quería engañar á nadie.
Estaba triste: le preocupaba la posibilidad de la guerra.
--Tengo ocho hijos--dijo á la doctora, por parecerle la más digna de
recibir sus confidencias--. Si movilizan el ejército, se me irán seis.
Y añadió con resignación:
--Así debe ser, para que acabemos de una vez con nuestro eterno enemigo
el _tedesco_. Mis hijos pelearán contra él como peleó mi padre.
La doctora se alejó con altivez. Luego dijo á media voz á sus
acompañantes que el viejo guardián era un imbécil.
Vagaron dos horas por el antiguo recinto de la ciudad, viendo el trazado
de sus calles, las ruinas del anfiteatro, la Puerta Aurea, que daba
acceso á una vía flanqueada de tumbas. Por la _Porta di Mare_ subieron á
las murallas, baluartes de gruesos bloques calcáreos que aún se
mantenían de pie en una extensión de cinco kilómetros. El mar, visible
desde las tierras bajas como una estrecha faja azul, se mostró ahora
inmenso y luminoso; un mar solitario, sin un penacho de humo, sin una
vela, entregado por completo á las gaviotas.
Marchaba delante la doctora, consultando las páginas de su Guía. Aún
guardaba el mal humor que le habían producido las palabras del guardián.
Ulises, á sus espaldas, se aproximaba á Freya, atraído por el recuerdo
del contacto anterior.
Consideraba empresa fácil conquistar á esta mujer caprichosa y de
maneras sueltas. «¡Cosa hecha, capitán!» Los rápidos triunfos obtenidos
por él en sus viajes no le permitían duda alguna. Le bastaba ver la
sonrisa de la viuda, sus ojos apasionados, el gesto de maliciosa
coquetería con que contestaba á sus insinuaciones galantes. «¡Arriba,
lobo marino!...» Le tomó una mano mientras ella hablaba de la belleza
del mar solitario, y la mano se abandonó sin protesta entre sus dedos
acariciadores. La doctora estaba lejos, y él, suspirando falsamente,
abarcó con su otro brazo el talle de Freya, mientras inclinaba el rostro
sobre el escotado pecho como si fuese á besar las perlas.
Se sintió repelido, á pesar de su vigor, por un retorcimiento de
protesta. Vió á Freya libre de sus brazos á dos pasos de él, con unos
ojos hostiles que no había conocido hasta entonces.
--¡Nada de niñerías, capitán!... Conmigo es inútil... Pierde usted el
tiempo.
Y no dijo más. Su tiesura y su mutismo en el resto del paseo dieron á
entender al marino la magnitud de su equivocación. En vano quiso
mantenerse al lado de la viuda: ella maniobraba de modo que la doctora
venía á interponerse entre los dos.
Al volver á la estación se refugiaron, huyendo del calor, en un
saloncillo con divanes de terciopelo polvoriento. Para distraerse
mientras esperaban el tren, Freya sacó de su bolso una cigarrera de oro,
y el leve humo del tabaco egipcio cargado de opio volteó en los chorros
de sol de las ventanas algo entornadas.
Ferragut, que había salido para enterarse de la hora exacta de la
llegada del tren, se detuvo, al volver, junto á la puerta, sorprendido
por la animación con que hablaban las dos señoras en un idioma nuevo.
Surgió en su memoria el recuerdo de Hamburgo y de Brema. Sus compañeras
hablaban alemán con la dicción fácil de un idioma familiar. Al ver al
marino continuaron instantáneamente su conversación en inglés.
Buscando ingerirse en el diálogo, preguntó á Freya cuántos idiomas
poseía.
--Muy pocos: ocho nada más. La doctora tal vez conoce veinte. Sabe las
lenguas de pueblos que ya no existen hace muchos siglos.
Y la joven dijo esto con gravedad, sin mirarle, como si hubiera perdido
para siempre su sonrisa de mujer fácil que había engañado á Ferragut.
En el tren se humanizó, hasta perder su mal gesto de ofendida. Iban á
separarse pronto. La doctora parecía cada vez menos abordable, así como
rodaba el vagón hacia Salerno. Era la frialdad que se esparce entre los
compañeros de un día cuando se acerca la hora de la separación y cada
uno se va por su lado para no verse más.