llevase á él. En días de tormenta, cuando las olas barrían la cubierta
de proa ó popa y los marineros avanzaban recelosos, temiendo que se los
llevase un golpe de mar, _Caragòl_ sacaba la cabeza por la puerta de la
cocina, despreciando un peligro que no podía ver.
Las trombas de agua pasaban sobre él, yendo á apagar sus fogones, pero
esto enardecía su fe. «¡Animo, muchachos!» El Cristo del Grao se ocupaba
en protegerles, y nada malo podría ocurrirle al baque... Unos marineros
callaban; otros, irritados, se hacían esto y aquello en la imagen y su
santa escala, sin que el devoto se indignase. Dios, que envía los
peligros al hombre de mar, sabe que sus malas palabras carecen de
malicia.
Su religiosidad se extendía á las profundidades. Nada quería decir de
los peces del Océano. Le inspiraban la misma indiferencia que aquellos
buques fríos y sin perfume que ignoraban el aceite y todo lo guisaban
con «pomada». Debían ser herejes.
A los peces del Mediterráneo los conocía mejor, y llegaba á tenerlos por
buenos católicos, ya que proclamaban á su modo la gloria de Dios. De pie
junto á la borda, en las tardes cálidas del Trópico, contaba, para honra
de los habitantes del lejano mar, el portentoso milagro del barranco de
Alboraya.
Un sacerdote vadeaba á caballo su desembocadura para llevar el Viático á
un moribundo, cuando tropezó la bestia, y abriéndose el copón cayeron
las hostias, siendo arrastradas por la corriente. Desde entonces
brillaron todas las noches luces misteriosas en el mar, y á la salida
del sol un enjambre de pececillos venía á situarse frente al barranco,
emergiendo sus cabezas del agua para mostrar la hostia que cada uno de
ellos llevaba en la boca. En vano quisieron los pescadores quitárselas.
Huían mar adentro con su tesoro. Sólo cuando llegó el clero con cruz
alzada y el mismo sacerdote se metió en el barranco hasta las rodillas,
se decidieron á acercarse, y uno tras otro fueron depositando su hostia
en el copón, retirándose luego, de ola en ola, moviendo graciosamente
sus colitas.
A pesar de la vaga esperanza de un porrón de vino extraordinario que
animaba á los más de los oyentes, un murmullo de incredulidad surgía al
final del relato. El devoto _Caragòl_ era iracundo y malhablado como un
profeta cuando consideraba en peligro su fe. «¿Quién era el hijo de
pulga que se atrevía á dudar de lo que él había visto?...» Y lo que él
había visto era la fiesta de los _peixets_, que se celebraba todos los
años, oyendo á doctísimos varones el relato del milagro en la capilla
conmemorativa edificada al borde del barranco.
Este prodigio de los pescaditos iba seguido casi siempre de lo que él
llamaba el milagro del _peixòt_, pretendiendo con el peso del tal
pescadote aplastar las dudas de la impiedad.
La galera de Alfonso V de Aragón--el único rey marino de España--chocaba
al salir del golfo de Nápoles con un peñasco oculto, cerca de la isla de
Capri. Se partía un costado de la nave, sin que ésta hiciese agua, y
seguía navegando á velas desplegadas, con el rey, las damas de su corte
y el séquito de barones cubiertos de hierro. Veinte días después
llegaban á Valencia sanos y salvos, como todo navegante que en momentos
de peligro pide auxilio á la Virgen del Puig. Al registrar los maestros
calafates el casco de la galera, veían á un pescado enorme desprenderse
de su fondo con la tranquilidad de una persona honrada que ha cumplido
su deber. Era un delfín enviado por la Santísima Señora para que pegase
su lomo á la brecha abierta. Y así, como un tapón, había navegado de
Nápoles á Valencia, sin dejar pasar una gota de agua.
El cocinero no admitía críticas y protestas. Este milagro era innegable.
El lo había visto con sus ojos cuando estaban buenos; lo había visto en
un cuadro antiguo del monasterio del Puig, y todo aparecía en la tabla
con el relieve de la verdad: la galera, el rey, el _peixòt_, y la Virgen
en lo alto dándole la orden.
La brisa levantaba el faldón del narrador, apareciendo su abdomen
partido en dos hemisferios por la tirantez del botón único.
--Tío _Caragòl_, ¡que se le escapa!--avisaba una voz burlona.
El santo hombre sonreía con la calma seráfica del que se ve más allá, de
las pompas y vanidades de la existencia.
--Déjalo: ya no vuela.
Y emprendía el relato de un nuevo milagro.
Ferragut asimilaba estas exaltaciones del cocinero á su ligereza de ropa
en todo tiempo. Ardía en su interior un fuego incesantemente renovado.
En los días brumosos subía al puente con unos vasos de bebida humeante
que él llamaba _calentets_. Nada mejor para los hombres que habían de
pasar largas horas á la intemperie, en inmóvil vigilancia. Era café
mezclado con aguardiente de caña, pero en desiguales proporciones,
siendo más el alcohol que el líquido negro. Tòni bebía rápidamente todos
los vasos ofrecidos. El capitán los rechazaba, pidiendo café puro.
Su sobriedad era la del antiguo nauta: la sobriedad del padre Ulises,
que mezclaba el vino con agua en todas sus libaciones. Las divinidades
del viejo mar no amaban las bebidas alcohólicas. Anfitrita y las
nereidas sólo aceptaban en sus altares frutos de la tierra, sacrificios
de palomas, libaciones de leche. Tal vez á causa de esto los marineros
del Mediterráneo, siguiendo una preocupación hereditaria, veían en la
embriaguez el más vil de los rebajamientos. Los que no eran sobrios
evitaban emborracharse francamente como los marineros de otros mares,
disimulando la rudeza del brebaje alcohólico con el café ó con el
azúcar.
_Caragòl_ era el encargado de beberse todos los «calentitos»
despreciados por el capitán, con otros más que se dedicaba á sí mismo en
el misterio de la cocina. En los días calurosos confeccionaba
_refresquets_, y estos «refrescos» eran vasos enormes, mitad de agua,
mitad de caña, sobre un grueso lecho de azúcar, mixtura que hacía pasar
fulminantemente, sin gradaciones, de la vulgar serenidad á una angélica
embriaguez.
El capitán le reñía al ver sus ojos inflamados y enrojecidos. Iba á
quedarse ciego... Pero él no se conmovía ante la amenaza. Necesitaba
celebrar á su modo la prosperidad del buque. Y de esta prosperidad, lo
más interesante para él era poder abusar del aceite y de la caña, sin
miedo á recriminaciones en el momento de las cuentas. ¡Cristo del Grao,
que durase siempre la guerra!...
El tercer viaje de la América del Sur á Europa vino á terminarlo el
_Mare nostrum_ en Nápoles, donde desembarcó trigo y cueros. Una colisión
á la entrada del puerto con un buque-hospital inglés que iba á los
Dardanelos abolló su popa, rompiéndole además una aleta de la hélice.
Tòni rugió de impaciencia al enterarse de que tendrían que permanecer
cerca de un mes en forzosa inmovilidad. Italia no había intervenido aún
en la guerra, pero sus precauciones defensivas acaparaban todas las
industrias navales. No era posible hacer antes la reparación. Ferragut
calculó lo que representaba para sus negocios esta pérdida de tiempo. Le
esperaban valiosos fletes en Marsella y Barcelona. Pero queriendo
tranquilizarse á sí mismo y aplacar á su segundo, repetía muchas veces:
--Inglaterra nos indemnizará... Los ingleses son generosos.
Y para adormecer su impaciencia, se trasladaba á tierra.
Nápoles no le parecía gran cosa al compararla con otras ciudades
célebres italianas. Su verdadera belleza era el golfo inmenso, entre
colinas de naranjos y pinos, con un segundo marco de montañas, una de
las cuales extendía sobre el azul del cielo su eterna cimera de vapores
volcánicos.
El caserío no abundaba en edificios famosos. Los monarcas de Nápoles
habían sido las más de las veces extranjeros que residían lejos y
gobernaban por delegación. Las mejores calles, los palacios, las
fontanas monumentales, procedían de los virreyes españoles. Un soberano
de origen mixto. Carlos III, castellano de nacimiento y napolitano de
corazón, había hecho lo mejor de la ciudad. Sus entusiasmos de
constructor embellecían aún los barrios antiguos con obras semejantes á
las que había levantado años después en España al ocupar su trono.
Luego de admirar en los museos la estatuaria griega y los objetos
desenterrados que revelaban la vida íntima de los antiguos, corrió
Ulises las arterias tortuosas y muchas veces sombrías de los barrios
populares.
Eran calles en pendiente, formando rellanos, flanqueadas de casas
estrechas y altísimas. Todos los huecos tenían balcones, y de una
baranda á la de enfrente se tendían cuerdas, empavesadas con ropas de
diversos colores puestas á secar. La fecundidad napolitana hacía hervir
de gentío estas callejuelas. En torno de las cocinas al aire libre se
agolpaban los clientes, comiendo de pies los macarrones hervidos ó los
pedazos de carne.
Anunciaban los vendedores sus géneros con pregones melódicos semejantes
á romanzan, y de los balcones bajaban á su encuentro cordeles rematados
por castillos. Los regateos y compras eran desde el fondo de la
calle-zanja á los séptimos pisos. En cambio, los rebaños de cabras
subían las escaleras tortuosas, con la agilidad de la costumbre, para
dejarse vaciar las ubres en todas las mesetas.
Los muelles de la Marinela atraían al capitán por su «color» de puerto
mediterráneo. La unidad italiana había derribado y reconstruido mucho,
pero aún quedaban en pie varias filas de casitas, bajas de techo, con la
fachada blanca ó rosada, las puertas verdes y el piso bajo más avanzado
que el superior, sirviendo de sostén á una galería con balaustres de
madera. Todo lo que en ellas no era ladrillo era carpintería gruesa,
igual al trabajo de los calafates. El hierro no existía en estas
construcciones terrestres que recordaban el buque de vela. Las piezas
eran obscuras como camarotes. Por las ventanas se veían grandes
caracolas de mar sobre las cómodas, cuadros de pintura dura y pueril
representando fragatas, conchas multicolores traídas de lejanos mares.
Estas viviendas se repetían en todos los puertos del Mediterráneo, como
si fuesen obra de la misma mano. Ferragut las había visto de niño en el
Grao de Valencia, y todavía las encontraba en la Barceloneta, en los
suburbios de Marsella, en la Niza vieja, en los puertos de las islas
occidentales, en las marinas de la costa africana ocupadas por malteses
y sicilianos.
Sobre el caserío alineado á lo largo de la Marinela, las iglesias de
Nápoles asomaban sus cúpulas y torres con tejas barnizadas, verdes y
amarillas. Más que techos de templos cristianos, parecían remates de
baños orientales.
Ya no existía el _lazarone_ descalzo y con gorro rojo, pero la
muchedumbre--vestida como los trabajadores de todos los puertos--se
aglomeraba aún en torno del cartelón pintarrajeado que representaba un
crimen, un milagro ó un específico prodigioso, escuchando en silencio el
relato del narrador ó el charlatán. Los viejos recitantes populares
declamaban con heroicos manoteos las octavas épicas del Tasso. Sonaban
arpas y violines acompañando la última romanza que Nápoles había puesto
de moda en el mundo entero. Los puestos de los ostricarios esparcían un
perfume orgánico de ola muerta. En torno de ellos, las conchas vacías de
las ostras destacaban sobre el barro los redondeles de su cal nacarada.
Junto á la antigua Capitanía del puerto--palacete de Carlos III, blanco
y azul, con una imagen de la Inmaculada--se aglomeraban los carros del
desembarque. Ferragut los encontraba lo mismo que años antes, con sus
tiros de híbrida originalidad. Las varas estaban ocupadas por un buey
blanco, lustroso, con cuernos enormes y muy abiertos, un animal
semejante á los que figuraban en las ceremonias religiosas de los
antiguos. A su derecha iba enganchado un caballo, á su izquierda un asno
grande y enjuto. Y este triple y discordante enganche se repetía en
todos los carros inmóviles ante los buques á lo largo de los muelles ó
volteando sus pesadas ruedas por la pendiente que conduce á la ciudad
alta.
A los pocos días, el capitán se sintió fatigado de Nápoles y su
bullicio. En los cafés de la calle de Toledo y de la Galería de Humberto
I tenía que defenderse de unos mozos inquietantes, con chaleco de gran
escote, corbata de mariposa y un pequeño fieltro ladeado sobre las
guedejas, que le proponían en voz baja espectáculos inauditos
organizados para recreo de los extranjeros.
Bastante había visto también las pinturas y objetos domésticos de las
ciudades antiguas desenterradas. Las lubricidades del gabinete secreto
acababan por irritarle. Le parecía un recreo de invertido contemplar
tantas fantasías pueriles de la escultura y la pintura teniendo el falo
como personaje principal...
Una mañana tomó el tren, y luego de faldear la montaña humeante del
Vesubio, pasando entre pueblos de color de rosa circundados de viñas,
bajó en una estación: Pompeya.
De los hoteles y restoranes, en fúnebre soledad, surgieron los guías
como un enjambre de avispas súbitamente despertadas. Se lamentaban de la
guerra, que había cortado la circulación de viajeros. El era tal vez el
único que iba á llegar en todo el día. «¡Señor, á cualquier precio!...»
Pero el marino siguió adelante. Siempre, al acordarse de Pompeya, había
formulado el deseo de volver á verla solo, absolutamente solo, para
recibir una impresión directa de la vida antigua.
Su primera visita había sido diez y siete años antes, cuando era piloto
de un velero catalán, surto en el puerto de Nápoles, aprovechando la
baratura de precios de un domingo. Todo lo había visto confundido en un
grupo que se empujaba y pisaba por escuchar al guía de más cerca.
Al frente de la expedición iba un sacerdote joven y elegante, un
monseñor romano vestido de seda, y con él dos damas extranjeras y
guapetonas, que se plantaban en los lugares más altos, teniendo sus
faldas algo levantadas por miedo á las salamanquesas que serpenteaban en
las ruinas. Ferragut, con la humildad de la admiración, se quedaba
siempre abajo, viéndolo todo al través de sus piernas. «¡Ay! ¡veintidós
años!...» Luego, cuando oía hablar de Pompeya, se verificaba en su
memoria una superposición de imágenes: «Muy hermoso, muy interesante.»
Veía las calles, los palacios, los templos, pero en segundo término,
como un fondo esfumado, mientras se destacaban en primera línea cuatro
piernas magníficas, una columnata humana de fustes esbeltos forrados en
seda negra que transparentaba la blancura de la carne.
La soledad tantas veces deseada para su segunda visita le salió al
encuentro. La ciudad muerta no tenía otros ruidos que el aleteo de los
insectos sobre las plantas, que empezaba á vestir la primavera, y el
correteo invisible de los reptiles bajo las capas de hiedra.
En la Puerta Herculana, el guardián del pequeño museo dejó que Ferragut
examinase en paz los vaciados de los cadáveres seculares: varios
pompeyanos de yeso en la actitud del terror en que los había sorprendido
la muerte. No abandonó la silla para molestarle con sus explicaciones;
apenas levantó los ojos del diario que tenía delante. Le absorbían las
noticias de Roma, las intrigas de los diplomáticos alemanes, la
posibilidad de que Italia entrase en la guerra.
Luego, en las calles solitarias, el marino tropezó con la misma
preocupación. Retumbaban sus pasos bajo la luz del sol con una sonoridad
igual á la de los subterráneos de huecas tumbas. Al detenerse, renacía
el silencio: «un silencio de dos mil años», según pensaba Ferragut. Y en
este silencio antiguo sonaban voces lejanas con la violencia de una
agria discusión. Eran los guardianes y los empleados de las
excavaciones, que, faltos de trabajo, gesticulaban y se insultaban en
sus asientos de veinte siglos, profundamente separados por el entusiasmo
patriótico ó el miedo á los horrores de la guerra.
Ferragut, con el plano en la mano, pasó ante estos grupos, sin que nadie
se levantase para guiarle. Durante dos horas pudo creerse un vecino de
la antigua Pompeya que había quedado solo en la ciudad en un día de
fiesta dedicado á las divinidades campestres. Su mirada iba hasta el
último extremo de las rectas calles, sin tropezar con personas ni cosas
que le recordasen los tiempos modernos.
Pompeya le pareció más pequeña en esta soledad. Era un cruzamiento de
vías estrechas con altas aceras pavimentadas de bloques poligonales de
lava azul. En sus intersticios formaba la fecundidad primaveral
apretados cordones de hierba moteados de florecillas. Carruajes
milenarios, de los que no quedaba ni el polvo, habían abierto con sus
ruedas profundos relejes en este pavimento. En todas las encrucijadas se
encontraba una fuente pública con un mascarón que había arrojado agua
por su boca.
Ciertos letreros rojos de las paredes eran anuncios de elecciones
verificadas en los principios de la era actual: candidaturas de edil ó
de diunviro que se recomendaban á los electores pompeyanos. Unas puertas
ostentaban el falo, para conjurar el mal de ojo; otras un par de
serpientes enroscadas, símbolo de la vida familiar. En los rincones de
las callejuelas, un verso latino grabado en el muro rogaba al transeúnte
que se abstuviese de sucios desahogos. Vivían aún en las paredes de
estuco caricaturas y monigotes, obra de los pilluelos del siglo de
César.
Las casas estaban construídas á la ligera sobre un suelo en el que se
habían sucedido los temblores, hasta la llegada de la catástrofe final.
Sólo tenían de ladrillos ó de cemento el piso bajo. Los otros eran de
maderos, y habían sido devorados por el fuego volcánico, quedando
únicamente las escaleras.
En esta ciudad graciosa, de vida amable y fácil, más griega que romana,
todos los pisos bajos de las casas plebeyas habían estado ocupados por
pequeños comercios. Eran tiendas con la puerta del mismo tamaño que el
establecimiento: cuevas cuadradas, iguales á las de los zocos árabes,
que dejan ver hasta sus últimos rincones al comprador detenido en la
calle. Muchas guardaban aún sus mostradores de piedra y sus tinajas de
barro. Los edificios particulares carecían de fachada. Sus muros
exteriores eran lisos, inabordables, con algún que otro tragaluz
enrejado y alto, lo mismo que en los palacios de Oriente. La puerta se
asemejaba á un portillo de escape; toda la vida estaba vuelta hacia el
interior, afluyendo las riquezas y magnificencias al patio central,
adornado con piscinas, estatuas y arriates de flores.
El mármol era raro. Las columnas, construídas con ladrillos, estaban
cubiertas de un estuco que ofrecía su superficie á la pintura. Pompeya
había sido una ciudad policroma. Todas las columnas, rojas ó amarillas,
tenían capiteles de diversos colores. Predominaba en los muros el negro
charolado con el rojo y el ámbar, ocupando su centro un pequeño cuadro,
las más de las veces erótico. En los frisos cabalgaban amores y tritones
entre emblemas campestres y marítimos.
Cansado de su excursión por la muerta ciudad, Ferragut se sentó en un
banco de piedra entre las ruinas de un templo. Miraba el plano puesto
sobre sus rodillas, saboreando los títulos con que habían sido
designadas las construcciones más interesantes á causa de un mosaico ó
de una pintura: villa de Diómedes, casa de Meleagro, de Adonis herido,
del Laberinto, del Fauno, del Muro Negro. Los nombres de las calles no
eran menos interesantes: vía de las Termas, vía de las Tumbas, vía de la
Abundancia, vía de los Teatros.
Un ruido de pasos hizo levantar la cabeza al marino. Dos señoras
marchaban precedidas por un guía. Eran de alta estatura y andar firme.
Llevaban el rostro cubierto con el velo del sombrero y otro velo más
grande cruzaba sus espaldas, sostenido por los brazos á guisa de chal.
Ferragut adivinó una diferencia importante en las edades de las dos. La
más gruesa se movía con disimulada pesadez. Su paso era vivo, pero
apoyaba en el suelo con cierta autoridad sus pies voluminosos, calzados
ampliamente y con tacones bajos. La joven, más alta y esbelta, caminaba
á pequeños saltos, como un ave que sólo sabe volar, contoneándose sobre
sus empinados talones.
Las dos miraron con inquietud á este hombre que surgía inesperadamente
entre las ruinas. Mostraban el aire preocupado y temeroso del que va á
un lugar prohibido ó medita una mala acción. Su primer movimiento fué de
retroceso; pero el guía continuó impasible su camino, y acabaron por
seguirle.
Ferragut sonrió. Sabía adónde iban. La callejuela de los Lupanares
estaba próxima. El guardián abriría una puerta, quedándose luego en
acecho, con dramática ansiedad, como si expusiera su empleo por esta
complacencia á cambio de una propina. Y las dos señoras iban á ver unas
pinturas borrosas que demuestran cómo no hay nada nuevo y original en
este mundo: figuras amarillentas y desnudas, iguales á primera vista,
sin otra novedad que el exagerado abultamiento del sexo diferencial.
Media hora después, Ulises abandonó su banco con las ojos fatigados por
la inmovilidad severa de las ruinas. En la calle de las Termas volvió á
visitar la casa del poeta trágico; luego admiró la de Pansa, la más
grande y lujosa de la ciudad. Este Pansa había sido, indudablemente, el
burgués más ostentoso de Pompeya. Su vivienda ocupaba toda una ínsula.
El _xystos_, jardín adosado á la casa, había sido replantado con una
vegetación griega de cipreses y laureles entre cuadros de rosas y
violetas.
Al seguir el muro exterior del jardín, Ferragut encontró á las dos
señoras. Cotemplaban las flores á través de los barrotes de una puerta.
La más joven expresaba en inglés su admiración por unas rosas que
balanceaban su púrpura en torno del pedestal de un viejo fauno.
Ulises experimentó un irresistible deseo de mostrarse intrépido y
galante. Quiso interesar á las dos extranjeras con un homenaje teatral.
Sintió esa necesidad de llamar la atención con algo gallardo y atrevido
que agita á todo español lejos de su patria.
Con una agilidad de trepador de arboladuras, salvó de un salto la tapia
del jardín. Las dos señoras dieron un grito de sorpresa, como si
presenciasen algo inaudito. Esta audacia pareció trastornar las ideas de
la más vieja, acostumbrada á la vida en pueblos disciplinados que
respetan duramente todas las prohibiciones establecidas. Su primer
movimiento fué de fuga, para no verse complicadas en el atentado de este
desconocido. Pero á los pocos pasos se detuvieron. La más joven sonreía
mirando á la tapia, y al reaparecer sobre ella el capitán, casi palmoteó
de entusiasmo, como si celebrase una arriesgada suerte de gimnasia.
El marino las creía inglesas, y habló en su idioma al entregarlas las
dos rosas que llevaba en la mano. Eran unas flores como todas, nacidas
en una tierra igual á las otras tierras; pero el marco de las tapias
milenarias, la vecindad de los cubículos y _taberne_ de la casa
edificada por Pansa en tiempo de los primeros Césares, les daban el
mismo interés que si fuesen rosas de dos mil años, milagrosamente
conservadas.
La más grande y lozana se la dió á la joven, y ella la aceptó sonriendo,
como algo que le correspondía indiscutiblemente. Su compañera, una vez
pasada la primera impresión del regalo, mostró impaciencia por alejarse
de este desconocido. «¡Gracias... gracias!» Y empujó á la otra, que aún
no había terminado su sonrisa, marchándose las dos precipitadamente. Una
esquina adornada con una fuente las ocultó á los pocos pasos.
Cuando Ulises, después de un ligero almuerzo en el restorán Diómedes,
llegó corriendo á la estación, el tren iba á partir. Deseaba ver
Salerno, célebre en la Edad Media por sus médicos y sus navegantes, y á
continuación los templos ruinosos de Pestum. Al subir en el primer vagón
que encontró al paso, le pareció ver los velos de las dos señoras
desapareciendo detrás de una portezuela que se cerraba.
En la estación de Salerno volvió á columbrarlas ocupando un carruaje de
alquiler que se perdía en una calle próxima. Luego, en el resto de la
tarde, se tropezó con ellas forzosamente, por la atracción que sufren
los viajeros dentro de una ciudad pequeña.
Se encontraron en el puerto, mortalmente amenazado por las barras de
movible arena; se vieron en los jardines cercanos al mar, junto al
monumento de Pisicane, el romántico duque de San Juan, un precursor de
Garibaldi, muerto en plena juventud por la libertad de Italia.