Una noche sorprendió á sus parientes haciéndoles saber que volvía al

mar. Cinta asintió con un silencio doloroso á esta resolución, como si

la hubiese adivinado mucho antes. Era algo inevitable y fatal que debía

aceptar. El fabricantes Blanes tartamudeó de asombro. ¡Volver á su vida

de aventuras cuando los grandes señores del partido se ocupaban de su

persona!... Tal vez en las primeras elecciones le hiciesen concejal.

Ferragut rió de la simpleza de su primo. Quería mandar otra vez un

barco, pero suyo, sin tener que sufrir las imposiciones de los

armadores. El podía permitirse este lujo. Sería como un yate enorme,

pronto á hacer rumbo á su gusto ó su conveniencia y proporcionándole al

mismo tiempo cuantiosas ganancias. Tal vez su hijo llegase á ser

director de compañía marítima, al convertirse con los años este primer

vapor en una flota enorme.

Conocía todos los puertos del mundo, todos los caminos del tráfico, y

sabría adivinar los lugares faltos de buques, donde se pagan fletes

altos. Hasta ahora había sido un asalariado valeroso y ciego. Iba á

empezar su vida de explotador del mar.

Dos meses después escribió desde Inglaterra diciendo que había comprado

el _Fingal_, vapor-correo de tres mil toneladas, que hacía el servicio

dos veces por semana entre Londres y un puerto de Escocia.

Ulises se mostraba entusiasmado por la baratura de su adquisición. El

_Fingal_ había sido propiedad de un capitán escocés, que, á pesar de sus

largas dolencias, no quiso abandonar nunca el mando, muriendo á bordo de

su buque. Los herederos, hombres de tierra adentro, cansados de una

larga espera, ansiaban deshacerse de él á cualquier precio.

Cuando el nuevo propietario entró en el salón de popa, rodeado de

camarotes--único lugar habitable en este buque de carga--, los recuerdos

del muerto salieron á su paso. En los planos de las entrepuertas estaban

pintados los héroes de la Ilíada escocesa: el bardo Ossián y su arpa;

Malvina la de los redondos brazos y sueltas crenchas de oro; los

guerreros bigotudos, con cascos de aletas y salientes bíceps, que se

daban cuchilladas en los broqueles, despertando los ecos de los lagos

verdes.

Un sillón mullido y profundo abría sus brazos ante una estufa. Allí

había pasado sus últimos años el dueño del buque, enfermo del corazón,

con las piernas hinchadas, dirigiendo desde su asiento un rumbo que se

repetía todas las semanas, á través de las nieblas, á través de las olas

invernales que arrastraban pedazos de hielo arrancados á los _icebergs_.

Cerca de la estufa había un piano, y sobre su tapa un rimero de

partituras amarilleadas por el tiempo: _La sonámbula_, _Lucía_, romanzas

de Tosti, canciones napolitanas, melodías fáciles y graciosas que

esparcían las viejas cuerdas del instrumento con el timbre frágil y

cristalino de una caja de música. El pobre nauta de piernas de piedra

tendía su corazón enfermo hacia el mar de la luz. Esta música hacía

surgir en medio de los cielos brumosos las colinas de Sorrento,

cubiertas de naranjos y limoneros, las costas de Sicilia, perfumadas por

una flora ardorosa.

Ferragut tripuló el buque con gente amiga. Su segundo fué un piloto que

había empezado su carrera en las barcas de pesca. Era del mismo pueblo

de los abuelos de Ulises, y se acordaba del _Dotor_ con respeto y

admiración. Había conocido á su capitán actual cuando éste era pequeño é

iba á pescar con su tío. En dicha época, Tòni era ya marinero en un laúd

de cabotaje, superioridad de años que le había autorizado para tutear á

Ulises.

Al verse ahora bajo sus órdenes, quiso modificar el tratamiento, pero el

capitán no lo consintió. Tòni y él eran tal vez parientes lejanos. Todos

los de aquel pueblo de la Marina estaban unidos por largos siglos de

existencia aislada y peligros comunes. La tripulación, desde el primer

maquinista á los últimos marineros, se mostraba igualmente familiar en

su respeto. Unos eran de la misma tierra del capitán, otros habían

navegado largamente á sus órdenes.

Ulises conoció como armador un sinnúmero de preocupaciones que no había

sospechado antes. Se verificó en él la angustiosa transformación del

artista que se convierte en empresario, del literato que se desdobla en

editor, del ingeniero dedicado á la fantasía de los inventos que pasa á

ser dueño de fábrica. Su amor romántico por el mar y sus aventuras fué

acompañado ahora de preocupaciones sobre el precio y el consumo del

carbón, sobre la concurrencia rabiosa que hacía bajar los fletes, y la

busca de puertos nuevos con carga pronta y remuneradora.

El _Fingal_, que había sido rebautizado por su nuevo propietario con el

nombre de _Mare nostrum_, en memoria de su tío, resultaba una compra

dudosa á pesar de su bajo precio. Ulises se había entusiasmado como

navegante al ver su proa alta y afilada dispuesta á afrontar los peores

mares, su esbeltez de buque veloz, sus máquinas sobradamente poderosas

para un vapor de carga, todas las condiciones que le habían hecho servir

de correo durante varios años. Consumía demasiado combustible para

dedicarse con ganancia al transporte de mercancías. El capitán, durante

sus navegaciones, sólo pensaba ahora en el alimento de las calderas.

Siempre le parecía que _Mare nostrum_ marchaba con excesiva rapidez.

--¡Media máquina!--gritaba por el tubo á su primer mecánico.

Pero á pesar de esta precaución y de otras, el gasto de combustible

resultaba enorme al hacer el arqueo de un viaje. El buque consumía todas

las ganancias. Su velocidad era insignificante comparada con la de un

trasatlántico, pero resultaba absurda en relación con la de los vapores

mercantes de gran casco y pequeña máquina que iban solicitando carga á

cualquier precio por todos los puntos.

Esclavo de la superioridad de su buque y en continua lucha con ella,

Ferragut se esforzó por seguir navegando sin grandes pérdidas. Todas las

aguas del planeta vieron á _Mare nostrum_ dedicado á los transportes más

raros. Gracias á él ondeó la bandera española en puertos que no la

habían visto nunca.

Hizo viajes por los mares solitarios de Siria y Asia Menor, ante costas

donde la novedad de un buque con chimenea hacía correr y aglomerarse á

las gentes de los aduares. Realizó desembarcos en puertos fenicios y

griegos cegados por la arena, que sólo conservaban unas cuantas chozas

al pie de montones de ruinas. Algunas columnas de mármol se erguían aún

como troncos de palmeras desmochadas. Ancló junto á temibles rompientes

de la costa occidental de África, bajo un sol que hacía arder la

cubierta, para recibir caucho, plumas de avestruz y colmillos de

elefante traídos en largas piraguas por remeros negros. Salían siempre

de un río poblado de cocodrilos é hipopótamos, en cuyas orillas alzaba

la factoría los conos pajizos de sus techumbres.

Cuando faltaban estos viajes fuera de las rutas ordinarias, _Mare

nostrum_ hacía rumbo á América, resignándose á luchar en baratura con

ingleses y escandinavos, que son los arrieros del Océano. Su tonelaje y

su calado le permitían remontar los grandes ríos de la América del

Norte, llegando hasta las ciudades del remoto interior que hacen humear

las filas de chimeneas de sus fábricas al borde de un lago dulce

convertido en puerto.

Navegó por el rojizo Paraná hasta Rosario y Colastiné, para cargar trigo

argentino; fondeó en las aguas de ámbar de Uruguay, frente á Paysandú y

Fray Ventos, recibiendo cueros destinados á Europa y carne salada para

las Antillas. En el Pacífico remontó el Guayas á través de una

vegetación ecuatorial, en busca del cacao de Guayaquil. Su proa cortó la

infinita lámina del Amazonas, apartando los troncos gigantescos

arrastrados por las inundaciones de la selva virgen, para anclar frente

á Pará ó frente á Manaos, tomando cargamentos de tabaco y café. Hasta

llevó de Alemania pertrechos de guerra para los revolucionarios de una

pequeña República.

Estos viajes, que en otro tiempo entusiasmaban á Ferragut, tenían ahora

como final una decepción. Después de pagados los gastos y de haber

vivido con rabiosa economía, apenas quedaba algo para el armador. Cada

vez eran más numerosos los buques de carga y el flete más barato.

Ulises, con su elegante _Mare nostrum_, no podía luchar contra los

capitanes septentrionales, alcoholizados y taciturnos, que aceptaban á

cualquier precio el llenar sus buques sórdidos, emprendiendo una marcha

de tortuga á través de los océanos.

--No puedo más--decía con tristeza á su segundo--. Voy á arruinar á mi

hijo. Si me compran _Mare nostrum_, lo vendo.

En una de sus expediciones infructuosas, cuando sentía mayor desaliento,

una noticia inesperada cambió su situación. Acababan de llegar á

Tenerife con maíz de la Argentina y fardos de alfalfa seca. Tòni volvió

á bordo después de haber legalizado los papeles del buque.

--_¡La guèrra, che!_--gritó en valenciano, la lengua de su intimidad.

Ulises, que se paseaba por el puente, acogió la noticia con

indiferencia. «¿La guerra?... ¿Qué guerra era esa?...» Pero al saber que

Alemania y Austria habían roto las hostilidades contra Francia y Rusia,

y que Inglaterra acababa de intervenir en defensa de Bélgica, el

capitán se lanzó á calcular las consecuencias políticas de esta

conflagración. No veía otra cosa.

Tòni, menos desinteresado, habló de la suerte futura del buque...

¡Terminada la miseria! Los fletes á trece chelines tonelada de un

hemisferio á otro iban á ser en adelante un recuerdo vergonzoso. No

tendrían ya que solicitar carga de puerto en puerto como quien pide una

limosna. Ahora les tocaba darse importancia, viéndose solicitados por

los consignatarios y comerciantes desdeñosos. _Mare nostrum_ iba á valer

como si fuese de oro.

Tales predicciones, que Ferragut se resistía á aceptar, empezaron á

cumplirse al poco tiempo. Escasearon los barcos en las rutas del Océano.

Unos se refugiaban en los puertos neutrales más próximos, temiendo á los

cruceros enemigos. Los más eran movilizados por sus gobiernos para los

enormes transportes de material que exige la guerra moderna. Los

corsarios alemanes, valiéndose de astucias, aumentaban con sus presas el

pánico de la marina mercante.

Saltó el precio del flete de trece chelines la tonelada á cincuenta;

luego á sesenta, y á los pocos días á ciento. Ya no podía subir más,

según el capitán Ferragut.

--Aún subirá--afirmaba el segundo con una alegría cruel--. Veremos la

tonelada á ciento cincuenta, á doscientos... ¡Vamos á hacernos ricos!

Y Tòni empleaba el plural al hablar de la futura riqueza, sin que se le

ocurriese por un momento pedir á su capitán unos céntimos más sobre los

cuarenta y cinco duros que recibía al mes. La fortuna de Ferragut y del

buque la consideraba como suya. Se tenía por dichoso siempre que no le

faltase el tabaco y pudiera enviar su sueldo íntegro á la mujer y los

hijos, que vivían allá en la Marina.

Su ambición era la de todos los navegantes modestos: comprar un pedazo

de tierra y hacerse labrador en su vejez. Los pilotos vascos soñaban con

praderas y manzanos, una casita en una cumbre, y muchas vacas. El se

imaginaba una viña en la costa, una vivienda blanca con emparrado, á

cuya sombra fumaría su pipa, y toda la familia, hijos y nietos,

extendiendo la cosecha de pasa sobre los cañizos.

Le unía á Ferragut una admiración familiar, igual á la del antiguo

escudero por su paladín, á la de un sargento viejo por un oficial de

genio. Los libros que llenaban el camarote del capitán le hacían

recordar sus angustias al examinarse en Cartagena para adquirir el

título de piloto. Los graves señores del tribunal le habían visto

palidecer y balbucear como un niño ante los logaritmos y las fórmulas

trigonométricas. A él que le preguntasen sobre casos prácticos, y su

pericia de patrón de barca, habituado á todos los peligros del mar, le

haría responder con el aplomo de un sabio.

En los trances difíciles--días de tormenta, bajos tortuosos, vecindad de

costas traidoras--, Ferragut sólo se decidía á descansar cuando Tòni le

reemplazaba en el puente. Con él no había miedo á que entrase por

descuido la ola de través que barre la cubierta y apaga las máquinas, ó

que el escollo invisible clavase su colmillo de piedra en el vientre del

buque. Seguía junto al timonel el rumbo indicado, inmóvil y silencioso,

como si durmiese de pie; pero en el momento oportuno dejaba caer la

breve palabra de mando.

Era enjuto de carnes, con la recocida delgadez de los mediterráneos

bronceados. El viento salino más que los años había curtido su rostro,

frunciéndolo con profundas arrugas. Una coloración caprichosa hacía

negro el fondo de estas grietas, mientras que la parte expuesta al sol

parecía lavada por la luz, con tonos más claros. La barba corta y dura

se extendía por los surcos y lomas de su piel. Además, tenía pelo en las

orejas, pelo en las fosas nasales, anchas y respingadas, prontas á

estremecerse en los momentos de cólera ó de admiración... Pero esta

fealdad disminuía bajo la luz de sus ojos pequeños, con las pupilas

entre verdes y aceitosas; unos ojos que miraban dulcemente, con

expresión canina de resignación, cuando el capitán se burlaba de sus

creencias.

Tòni era «hombre de ideas». Ferragut sólo le conocía cuatro ó cinco,

pero duras, cristalizadas, inconmovibles, como los moluscos que,

adheridos á la roca, acaban por convertirse en una excrecencia pétrea.

Las había adquirido en veinticinco años de cabotaje mediterráneo,

leyendo todos los periódicos de un radicalismo lírico que le salían al

encuentro en los puertos. Además, al final de sus viajes estaba

Marsella, y en una de sus callejuelas un salón rojo adornado de columnas

simbólicas, donde se encontraba con navegantes de todas las razas y

todas las lenguas, entendiéndose fraternalmente por medio de signos

misteriosos y palabras rituales.

Cuando entraba en un puerto de la América del Sur, después de larga

ausencia, admiraba los rápidos adelantos de los pueblos jóvenes: muelles

enormes construídos en un año, calles interminables que no existían en

el viaje anterior, parques frondosos y elegantes sobre antiguas lagunas

desecadas.

--Es natural--afirmaba rotundamente--. Por algo son República.

Al entrar en los puertos españoles, la menor contrariedad en el amarre

del buque, una discusión con los empleados oficiales, la falta de

espacio para un buen fondeo, le hacían sonreír con amargara.

«¡Desgraciado país!... Todo era obra del altar y el trono.»

En el río de Londres ó ante los muelles de Hamburgo, el capitán Ferragut

se burlaba de su subordinado.

--¡Aquí no hay República, Tòni...! Y sin embargo, esto es algo.

Pero Tòni no se daba por vencido. Contraía el peludo rostro, haciendo un

esfuerzo mental para dar forma á sus vagas ideas, vistiéndolas de

palabras. En el fondo de estas grandezas presentía una afirmación de sus

mismos pensamientos. Al fin se entregaba, desarmado, pero no convencido.

--No sé explicarme: me faltan palabras... Son las gentes las que hacen

todo eso.

Al recibir en Tenerife la noticia de la guerra, resumió todas sus

doctrinas con el laconismo de un triunfador.

--Hay en Europa demasiados reyes... ¡Si todos los pueblos fuesen

Repúblicas!... Esta calamidad había de llegar forzosamente.

Y Ferragut no se atrevió á burlarse esta vez de la simpleza de su

segundo.

Toda la gente de _Mare nostrum_ se mostraba entusiasmada por el nuevo

aspecto de los negocios. Los marineros, taciturnos en las navegaciones

anteriores, como si presintiesen la ruina ó el cansancio de su capitán,

trabajaban ahora alegremente, lo mismo que si fuesen á participar de las

ganancias.

En el rancho de proa se entregaban muchos de ellos á cálculos

comerciales. El primer viaje de la guerra equivalía á diez de los

anteriores; el segundo tal vez proporcionase ganancia como veinte. Y se

alegraban por Ferragut, con el mismo desinterés que su primer oficial,

acordándose de los malos negocios de antes. Los maquinistas ya no eran

llamados al camarote del capitán para idear nuevas economías de

combustible. Había que aprovechar el tiempo, y _Mare nostrum_ iba á todo

vapor, haciendo catorce millas por hora, como un buque de pasajeros,

deteniéndose únicamente cuando le cerraba el paso un destroyer inglés á

la entrada del Mediterráneo, enviándole un oficial para convencerse de

que no llevaba á bordo súbditos de los Imperios enemigos.

La abundancia reinaba igualmente entre el puente y la proa, donde

estaban la cocina y el alojamiento de los marineros, espacio del buque

respetado por todos como dominio incontestable del tío _Caragòl_.

Este viejo apodado «Caracol»--otro amigo antiguo de Ferragut--era el

cocinero de á bordo, y aunque no se atrevía á tutear al capitán, como en

otros tiempos, la expresión de su voz daba á entender que mentalmente

seguía usando de esta familiaridad. Había conocido á Ulises cuando huía

de las aulas para remar en el puerto, y él, por el mal estado de sus

ojos, acababa de retirarse de la navegación de cabotaje, descendiendo á

ser simple lanchero. Su gravedad y su corpulencia tenían algo de

sacerdotal. Era el mediterráneo obeso, de cabeza pequeña, cuello

voluminoso y triple mentón, sentado en la popa de su barca de pesca como

un patricio romano en el trono de la trirreme.

Su talento culinario sufría eclipses cuando no figuraba el arroz como

tema fundamental de sus composiciones. Todo lo que este alimento puede

dar de sí lo conocía perfectamente. En los puertos del Trópico, los

tripulantes, hastiados de bananas, piñas y aguacates, saludaban con

entusiasmo la aparición de la gran sartén de arroz con bacalao y patatas

ó de la cazuela de arroz al horno, con la dorada costra perforada por la

cara roja de los garbanzos y el lomo negro de las morcillas. Otras

veces, el cocinero, bajo el cielo plomizo de los mares septentrionales,

les hacía evocar el recuerdo de la lejana patria dándoles el monástico

arroz con acelgas ó el mantecoso arroz con nabos y judías.

En los domingos y fiestas de santos valencianos, que eran los primeros

del cielo para el tío _Caragòl_--San Vicente Mártir, San Vicente Ferrer,

la Virgen de los Desamparados y el Cristo del Grao--, aparecía la

humeante _paella_, vasto redondel de arroz, sobre cuya arena de

hinchados granos yacían despedazadas varias aves. El cocinero sorprendía

á su gente repartiendo cebollas crudas, voluminosas, de acre perfume que

arrancaba lágrimas y una blancura de marfil. Eran un regalo de príncipe

mantenido en secreto. No había mas que quebrarlas de un puñetazo para

que soltasen su viscosidad, y luego se perdían en los paladares como

bocados crujientes de un pan dulce y picante, alternando con las

cucharadas de arroz. El buque estaba á veces cerca del Brasil, á la

vista de Fernando de Noroña, distinguiéndose las chozas cónicas de los

negros instalados en la isla bajo un sol ecuatorial, y los tripulantes

creían comer en una barraca de la huerta de Valencia, pasándose de mano

en mano el porrón de vino fuerte de Liria.

Cuando anclaban en puertos de pesca abundante, acometía la magna obra de

guisar un arroz _abanda_. Los marmitones llevaban á la mesa del capitán

la olla donde habían hervido los pescados mantecosos, revueltos con

langostas, almejas y toda clase de mariscos. El se reservaba el honor de

ofrecer la gran fuente con su pirámide de arroz dorado y suelto.

Hervido aparte (_abanda_), cada grano estaba repleto del suculento caldo

de la olla. Era un arroz que contenía en sus entrañas la concentración

de todas las substancias del mar. Como si cumpliese una ceremonia

litúrgica, iba entregando medio limón á cada uno de los que ocupaban la

mesa. El arroz sólo debe comerse luego de humedecerlo con este rocío

perfumado, que evoca la imagen de un jardín oriental. Únicamente

desconocían esta voluptuosidad los infelices de tierra adentro, que

llaman á cualquier rancho arroz á la valenciana.

Ulises asentía á las reflexiones del cocinero, llevándose á la boca la

primera cucharada con gesto interrogante... Luego sonreía, sumiéndose en

gastronómica embriaguez. «¡Magnífico, tío _Caragòl_!» Su buen humor le

hacía afirmar que los dioses sólo se alimentaban con arroz _abanda_ en

su hotel del Olimpo. Lo había leído en los libros. Y _Caragòl_,

presintiendo en esto un elogio, contestaba gravemente: «Así es, mi

capitán.» Tòni y los otros oficiales masticaban con la cabeza baja,

interrumpiéndose únicamente para lamentar que el viejo se hubiese

quedado corto al medir la ambrosía.

El aceite era para él tan precioso como el arroz. En la época de la

navegación miserable, cuando el capitán hacía esfuerzos por conseguir

nuevos ahorros, _Caragòl_ vigilaba especialmente la gran alcuza de su

cocina. Sospechaba que los marmitones y los marineros jóvenes se

atusaban el pelo para hacer el majo empleando el aceite como pomada.

Toda cabeza que se ponía al alcance de su vista turbia la sujetaba entre

sus brazos, llevando á ella las narices. El más lejano perfume del licor

de oliva despertaba su cólera. _«¡Ah, lladre!...»_ Y dejaba caer su

manaza enorme, blanda y pesada como un guantelete de esgrima.

Ulises le creía capaz de subir al puente declarando que la navegación no

podía continuar por haberse agotado los odres del líquido color de

amatista procedente de la sierra de Espadán.

Sus ojos cegatos reconocían inmediatamente en los puertos la

nacionalidad de los buques que fondeaban á ambos costados del _Mare

nostrum_. Su nariz sorbía con tristeza el ambiente. «¡Nada!...» Eran

barcos insípidos, barcos del Norte, que hacían su comida con manteca:

tal vez barcos protestantes.

Otras veces avanzaba por la borda con lentitud, siguiendo un rastro

embriagador, hasta que se colocaba enfrente de la cocina del buque

vecino, aspirando su rico perfume. «¡Hola, hermanos!...» Imposible

equivocarse. Eran españoles; y si no, procedían de Marsella, de Génova

ó de Nápoles; en suma, compatriotas que comían y vivían bajo todas las

latitudes lo mismo que si estuviesen en su pequeño mar interior. Pronto

se entablaban pláticas en el idioma mediterráneo, mezcla de español, de

provenzal y de italiano inventada por los pueblos híbridos de la costa

de África, desde Egipto á Marruecos. Unas veces se enviaban presentes

como los que se cruzan entre tribu y tribu: frutos del lejano país.

Otras, enemistados de pronto sin saber por qué, avanzaban los puños

sobre las bordas, gritándose insultos en los que reaparecían

metódicamente, á cada dos palabras, la Virgen y su santo hijo.

Esta era la señal para que el tío _Caragòl_, alma religiosa, volviese

con altivo silencio á su cocina. Tòni, el segundo, se burlaba de sus

entusiasmos devotos. La gente de proa, materialista y tragona, le

escuchaba en cambio con deferencia, por ser él quien medía el vino y los

mejores bocados. El viejo les hablaba del Cristo del Grao, cuya estampa

ocupaba el sitio más visible de la cocina, y todos oían como un relato

nuevo la llegada por el mar de la santa imagen, tendida sobre una

escalera, dentro de un buque que se hizo humo luego de soltar su

milagroso cargamento.

Había sido esto cuando el _Grau_ no era mas que un grupo de chozas lejos

de las murallas de Valencia y amenazado por los desembarcos de los

piratas moros. Durante muchos años, _Caragòl_ había sacado en hombros y

descalzo la sagrada escalera el día de la fiesta. Ahora, otros hombres

de mar disfrutaban de tal honor, y él, viejo y cegato, aguardaba entre

el público de la procesión para lanzarse sobre la enorme reliquia,

pasando sus ropas por la madera.

Todo cuanto llevaba encima estaba santificado por dicho contacto. En

realidad, no era gran cosa, pues andaba por el buque ligero de ropa, con

el impudor de un hombre que ve mal y se considera más allá de las

preocupaciones humanas.

Una camisa con el faldón siempre flotante y unos pantalones de sucio

algodón ó de bayeta amarilla, según las estaciones, eran su vestimenta.

El pecho de la camisa estaba abierto en todo tiempo, dejando ver un

matorral de pelos blancos. Los pantalones se sostenían invariablemente

con un solo botón, y cuando el viento levantaba la camisa, salía á la

luz un nuevo triángulo peludo y blanco, con el vértice hacia arriba, que

era continuación del triángulo enmarañado del pecho, con el vértice

hacia abajo. Un sombrero de palma cubría su cabeza hasta cuando

trabajaba en sus cacerolas.

Mare nostrum · 第 7 / 36 段