Se casaron. Luego, Ferragut, que no podía vivir inactivo, volvió al mar,

pero como primer oficial de un trasatlántico que hacía viajes regulares

á la América del Sur. Para él, equivalía esto á ser empleado en una

oficina flotante, visitando los mismos puertos, repitiendo

invariablemente iguales trabajos. Su madre se mostraba satisfecha al

verle con uniforme. Cinta fijaba su vista en el almanaque como la esposa

de un empleado la fija en el reloj. Tenía la certeza de que,

transcurridos dos meses, le vería aparecer de nuevo viniendo del otro

lado de la tierra, cargado de regalos exóticos, lo mismo que un marido

que vuelve de la oficina con un ramo comprado en la calle.

Al regreso de los dos primeros viajes fué á esperarle en el muelle,

buscando con la vista su gorra de galón de oro y su levita azul entre

los pasajeros trasatlánticos que se agitaban en las cubiertas con la

alegría de la llegada á Europa.

En el viaje siguiente, doña Cristina la obligó á quedarse en casa,

temiendo que la emoción y las aglomeraciones del puerto perjudicasen su

próxima maternidad. Luego, en cada una de sus arribadas, vió Ferragut un

hijo nuevo, aunque siempre era el mismo; primeramente, un envoltorio de

batistas y blondas sostenido por una nodriza endomingada; luego--cuando

ya era capitán del trasatlántico--, un chicuelo con faldillas,

mofletudo, de cabeza redonda cubierta de sedosa pelusa, tendiendo hacia

él los bracitos; finalmente, un muchacho que empezaba á ir á la escuela

y al ver á su padre agarraba su dura diestra, admirándolo con ojos

profundos, como si contemplase en su persona la concreción de todas las

fuerzas del universo.

Don Pedro el catedrático siguió visitando la casa de doña Cristina,

aunque con menos asiduidad. Tenía el gesto resignado y fríamente

colérico del hombre que cree haber llegado demasiado tarde y está

convencido de que su desgracia es obra de su descuido... ¡Si él hubiese

hablado antes! La certeza de su importancia no le permitía dudar que la

joven le habría aceptado con júbilo.

A pesar de esta convicción, no podía contener en ciertos momentos una

agresividad irónica, que se desahogaba inventando apodos clásicos. La

joven esposa de Ulises, inclinada sobre su labor de encajera, era

Penélope esperando la vuelta del errabundo marido.

Doña Cristina aceptaba este sobrenombre, por saber vagamente que era el

de una reina de buenas costumbres. Pero el día en que el catedrático,

por una deducción lógica, llamó Telémaco al hijo de Cinta, la abuela

protestó.

--Se llama Esteban, como su abuelo... Eso de Telémaco es nombre de

teatro.

En uno de sus viajes aprovechó Ulises una escala de unas cuantas horas

en el puerto de Valencia para ver á su padrino. Recibía de tarde en

tarde cartas del poeta, cada vez más breves y más tristes, con letras

temblorosas que delataban su decadencia.

Al entrar en el despacho sintió la misma impresión de los durmientes de

las leyendas, que creen despertar después de unas horas de sueño y han

dormido docenas de años. Todo estaba igual que en su infancia: los

bustos de los grandes poetas en la cumbre de las librerías, las coronas

en sus encierros de vidrio, las joyas y estatuas ganadas á fuerza de

consonantes en sus vitrinas y pedestales, los libros de fulgurante lomo

formando apretados batallones á lo largo de los estantes. Pero la

blancura de los bustos había tomado un color de chocolate; los bronces

estaban enrojecidos por el óxido, los oros eran verdes, las coronas se

deshojaban. Parecía que hubiese llovido ceniza sobre la inmovilidad de

las cosas.

Las personas ofrecían igual aspecto de abandono y decadencia. Ulises

encontró al poeta flaco y amarillento, sumido en un sillón, con la barba

luenga y blanca, un ojo casi cerrado y el otro enormemente abierto. Al

ver al marino, ancho de pecho, forzudo, bronceado, Labarta se echó á

llorar con un hipo infantil, como si llorase sobre la miseria de las

ilusiones humanas, sobre la brevedad de una vida engañosa que necesita

el oleaje de la continua renovación.

Más trabajo le costó todavía á Ferragut reconocer á una señora pequeña y

encogida que estaba junto al poeta. Colgaban de su esqueleto flácidas

adiposidades, como harapos de un pasado esplendor. La cabeza era exigua;

su rostro tenía el arrugamiento de las manzanas invernizas, de las

ciruelas, de todas las frutas que se contraen y momifican, perdiendo su

líquido. «¡Doña Pepa!...» Los dos viejos se tuteaban ahora en presencia

de Ulises, con la tranquila amoralidad de los que se ven próximos á la

muerte y olvidan los temores y escrúpulos de una vida que se va

derrumbando á sus espaldas.

El marino vió en esta miseria física el triste final de un régimen

alimenticio absurdo, alegre y pueril: los dulces sirviendo de base de

nutrición, los grandes arroces como plato diario, las sandías y melones

llenando el intermedio entre las comidas, los helados servidos en copas

enormes, esparciendo el perfume de su nieve melosa.

Los dos le hablaron suspirando de sus enfermedades, que juzgaban

incomprensibles, atribuyéndolas á ignorancia de los médicos. Era la

consunción que ataca de pronto á las gentes de los países abundantes. Su

vida se fundía en un chorreo de azúcar líquido... Y todavía adivinaba

Ferragut las desobediencias de los dos viejos á las disciplinas del

régimen, sus ocultamientos infantiles, sus astucias para gustar á solas

las frutas y los jarabes, encanto de su existencia.

Fué corta la entrevista. El capitán debía volver al Grao, donde le

esperaba su trasatlántico, pronto á zarpar para la América del Sur.

El poeta lloró otra vez, besando á su ahijado. Ya no vería más á este

coloso que parecía repeler sus débiles abrazos con el fuelle de su

respiración.

--Ulises, ¡hijo mío!... piensa siempre en Valencia... Haz por ella todo

lo que puedas... Ya lo sabes. ¡Siempre Valencia!

Juró todo lo que quiso el poeta, sin comprender qué es lo que Valencia

podía esperar de él, simple marino errante por todos los mares. Labarta

quiso acompañarle hasta la puerta, pero se hundió en su asiento,

obediente al cariñoso despotismo de su compañera, que temía para él las

mayores catástrofes.

¡Pobre doña Pepa!... Ferragut sintió deseos de reír y de llorar al

recibir un beso de su boca arrugada, cuyo vello se había convertido en

púas. Fué un beso de beldad vieja que se recuerda al contacto de un buen

mozo; un beso de mujer infecunda que acaricia al hijo que pudo tener.

--¡El infeliz Carmelo!... Ya no escribe; ya no lee... ¡Ay! ¿qué será de

mí?...

Hablaba de la decadencia de su poeta con la conmiseración de un ser

fuerte y sano. Se aterraba al pensar en los años que podría sobrevivir á

su señor. Ocupada en cuidarle, no se miraba á ella misma.

Un año después, el capitán encontró en Port-Said, á la vuelta de las

Filipinas, una carta de su padrino. Doña Pepa había muerto, y Labarta,

sacudiendo la modorra lacrimosa de su abatimiento, la despedía con un

largo cántico. Ulises pasó los ojos por el recorte de periódico que iba

dentro de la carta conteniendo los últimos versos del poeta. Eran versos

en castellano. ¡Malo!... Después de esto, resultaba indudable su próximo

fin.

No tuvo ocasión de verle otra vez: murió estando él de viaje. Al

desembarcar en Barcelona, su madre le entregó una carta escrita casi en

su agonía. «Valencia, hijo mío; ¡siempre Valencia!» Y luego de repetir

varias veces esta recomendación, le hacía saber que era su heredero.

Los libros, las estatuas, todos los recuerdos gloriosos de Labarta,

pasaron á Barcelona para adornar la casa del marino. El pequeño Telémaco

pudo entretenerse rompiendo las viejas coronas del trovador, arrancando

estampas á los volúmenes, con la inconsciencia de un niño fogoso que

tiene á su padre muy lejos y vive sometido á dos señoras que le adoran.

Además, el poeta dejó á su ahijado una casa vieja en Valencia, varias

tierras y cierta cantidad en valores cotizables. Total: treinta mil

duros.

El otro tutor de su infancia, el vigoroso _Tritón_, permanecía

insensible al paso de los años. Ferragut le encontró varias veces, al

llegar á Barcelona, instalado en su casa, en sorda hostilidad con doña

Cristina, dedicando á Cinta y á su hijo una parte del cariño que antes

era sólo para Ulises.

Deseaba que el pequeño Esteban conociese la casa de los bisabuelos.

--¿Me lo dejarás?... Ya sabes que allá en la Marina los hombres se hacen

fuertes como el bronce. ¿De veras que me lo dejarás?...

Dudaba de su influencia ante el gesto indignado de la suave doña

Cristina. ¿Confiar su nieto al _Tritón_, para que le infundiese el amor

á las aventuras marítimas, lo mismo que á Ulises?... ¡Atrás, demonio

azul!

El médico vagaba desorientado por el puerto de Barcelona... Demasiado

ruido, demasiado movimiento. Marchaba al lado de Ulises orgullosamente,

haciéndole relatar las aventuras de sus años de marino vagabundo y

cosmopolita. Veía en él al más grande de los Ferragut: hombre de mar

como sus abuelos, pero con título de capitán; aventurero de todos los

océanos como él lo había sido, pero con un sitio en el puente, revestido

del mando absoluto que confieren la responsabilidad y el peligro.

Al reembarcarse Ulises, se alejaba el _Tritón_ hacia sus dominios.

--Será la próxima vez--decía para consolarse al partir sin el hijo de su

sobrino.

Y pasados unos meses reaparecía, cada vez más grande, más feo, más

curtido, con una sonrisa silenciosa que estallaba en palabras ante

Ulises, lo mismo que una nube tempestuosa estalla en truenos.

A la vuelta de un viaje al mar Negro, doña Cristina anunció á su hijo:

--Tu tío ha muerto.

La piadosa señora lamentaba cristianamente la desaparición de su cuñado,

dedicándole una parte de sus rezos, pero insistió con cierta crueldad en

el relato de su triste fin. No podía perdonarle su fatal intervención en

el destino de Ulises. Había muerto como había vivido, en el mar, víctima

de su temeridad, sin confesión, lo mismo que un pagano.

Otra herencia que caía sobre Ferragut... Su tío se había lanzado á nadar

en una mañana asoleada de invierno, y no había vuelto. Los viejos de la

costa explicaban á su modo el accidente: un desmayo, un choque con las

rocas. El _Dotor_ era aún vigoroso, pero los años no pasan sin dejar

huella. Algunos creían en una lucha con un «cabeza de olla» ú otro pez

carnívoro de los que cazan en las aguas mediterráneas. En vano los

pescadores llevaron sus barcas por todas las angulosidades entrantes y

salientes del promontorio, explorando las cuevas sombrías y los bajos

fondos de cristalina transparencia. Nadie pudo encontrar el cadáver del

_Tritón_.

Ferragut recordó el cortejo de Afrodita que el médico le había descrito

tantas veces en las noches estivales, viendo á lo lejos las luces de los

faros. Tal vez había tropezado con la alegre comitiva de las nereidas,

uniéndose á ella para siempre.

Esta suposición absurda que Ulises formuló mentalmente, con incrédula y

triste sonrisa, se repitió al mismo tiempo en el pensamiento simple de

muchas gentes de la Marina.

Se negaban á creer en su muerte. Un brujo no se ahoga. Habría encontrado

abajo algo muy interesante, y cuando se cansase de vivir en las verdes

profundidades volvería nadando á su casa.

No; el _Dotor_ no había muerto.

Y durante muchos años, las mujeres que seguían la costa al anochecer

apresuraron el paso, persignándose, al distinguir en las aguas obscuras

un madero ó un paquete de algas. Temían que surgiese de pronto el

_Tritón_, barbudo, lúbrico, chorreante, volviendo de su correría por las

misteriosas entrañas del mar.

IV

FREYA

El nombre de Ulises Ferragut empezó á ser famoso entre los capitanes de

los puertos españoles. Las aventuras náuticas de su primera época

entraban por muy poco en esta popularidad. Los más de ellos habían

arrostrado mayores peligros, y si le apreciaban, era por el instintivo

respeto que sienten los hombres enérgicos y simples ante una

inteligencia que consideran superior. Sin otras lecturas que las de su

carrera, hablaban con asombro de los numerosos libros que llenaban el

camarote de Ferragut, muchos de ellos sobre materias que les parecían

misteriosas. Algunos hasta hacían afirmaciones inexactas para completar

el prestigio de su camarada:

--Sabe mucho... Además de marino, es abogado.

La consideración de su fortuna contribuía igualmente al aprecio general.

Era accionista importante de la compañía naviera á la que prestaba sus

servicios. Los compañeros calculaban con orgullosa exageración la

riqueza de su madre, tasándola en millones.

Encontraba amigos en todo buque que ostentase á popa la bandera

española, fuese cual fuese su puerto de origen y el regionalismo de sus

tripulantes.

Todos le querían: los capitanes vascos, sobrios en palabras, rudos y de

tuteo confianzudo; los capitanes asturianos y gallegos, enamoradizos y

derrochadores, que desmienten con su carácter la avaricia y la tristeza

de tierra adentro; los capitanes andaluces, que parecen llevar en su

gracioso lenguaje un reflejo de la blanca Cádiz y sus vinos luminosos;

los capitanes valencianos, que hablan de política en el puente,

imaginando lo que podrá ser la marina de la futura República; los

capitanes de Cataluña y de Mallorca, conocedores de los negocios tan á

fondo como sus armadores. Siempre que les unía la necesidad de defender

sus derechos, pensaban inmediatamente en Ulises. Ninguno escribía como

él.

Los viejos pilotos venidos de abajo, hombres de mar que habían empezado

su carrera en las barcas de cabotaje y á duras penas ajustaban sus

conocimientos prácticos al manejo de los libros, hablaban de Ferragut

con orgullo:

--Dicen que los del mar somos gente bruta... Ahí tienen á don Luis, que

es de los nuestros. Pueden preguntarle lo que quieran... ¡Un sabio!

El nombre de Ulises les hacía titubear. Lo creían apodo, y no queriendo

incurrir en una falta de respeto, habían acabado por transformarlo en

don Luis. Para algunos de ellos, el único defecto de Ferragut era su

buena suerte. Aún no se había perdido un buque mandado por él. Y todo

buen marino que navega sin descanso debe tener en su historia una de

estas desgracias para ser un capitán completo. Solamente los labradores

no pierden barcos.

Cuando murió su madre, Ulises quedó indeciso ante el porvenir, no

sabiendo si continuar su vida de navegante ó emprender otra

completamente nueva. Sus parientes de Barcelona, mercaderes de ágil

entendimiento para la evaluación de una fortuna, sumaban lo que habían

dejado el notario y su esposa, y añadiendo lo de Labarta y el médico,

casi llegaban á un millón de pesetas... ¿Y un hombre con tanto dinero

iba á seguir viviendo lo mismo que un pobre capitán que necesita el

sueldo para mantener á su familia?...

Su primo Joaquín Blanes, dueño de una fábrica de géneros de punto, le

instó repetidas veces á que siguiese su ejemplo. Debía quedarse en

tierra y emplear su capital en la industria catalana. Ulises era del

país, por su madre y por haber nacido en la vecina tierra de Valencia.

Se necesitaban hombres de fortuna y energía para que interviniesen en el

gobierno. Blanes hacía política regionalista con el entusiasmo de un

burgués que se lanza en aventuras novelescas.

Cinta no dijo una palabra para decidir á su esposo. Era hija de un

marino y había aceptado ser la esposa de otro. Además, entendía el

matrimonio con arreglo á la tradición familiar: la mujer dueña absoluta

del interior de la casa, pero confiada en los asuntos exteriores á la

voluntad del señor, del guerrero, del jefe del hogar, sin permitirse

pensamientos ni objeciones sobre sus actos.

Fué Ulises el que adoptó por sí mismo la decisión de abandonar la vida

de navegante. Trabajado por las sugestiones de sus primos, le bastó una

pequeña disputa con uno de los directores de la casa armadora para

ofrecer su renuncia, sin que lograsen hacerle retroceder los ruegos y

explicaciones de los otros consocios.

En los primeros meses de su existencia terrestre, extrañó la inmovilidad

desesperante de las cosas. El mundo era de una rigidez y una dureza

antipáticas. Sintió algo semejante á un principio de mareo al ver que

todo permanecía allí donde él lo dejaba, sin permitirse el menor vaivén,

la más leve fantasía dinámica.

Por las mañanas, al entreabrir sus ojos, experimentaba la dulce

sensación de la libertad irresponsable. Nada le importaba la suerte de

aquella casa. Las vidas de los que dormían en los otros pisos, encima y

debajo de él, no estaban confiadas á su vigilancia... Pero á los pocos

días sintió que le faltaba algo que era una de las mayores

satisfacciones de su existencia: la voluntad del poder, el gusto del

mando.

Dos criadas de aire azorado acudían á sus voces y sus repiqueteos de

timbre. Esto era todo para él, que había mandado docenas de hombres de

áspera dureza que infundían terror al bajar en los puertos.

Nadie le consultaba ahora, mientras que en el mar todos buscaban su

consejo y muchas veces necesitaban interrumpir su sueño. La casa podía

existir sin que él la visitase diariamente desde las cuevas al tejado,

revisando hasta el último grifo. Las mujeres que hacían la limpieza por

las mañanas le obligaban á refugiarse en el despacho con sus terrestres

escobazos. No le era permitido formular observaciones, no podía extender

un brazo galoneado, lo mismo que cuando reñía á la grumetería descalza y

despechugada, exigiendo que la cubierta quedase limpia como un salón. Se

sentía empequeñecido, exonerado. Pensaba en Hércules vestido de mujer,

hilando su rueca. El amor á la familia le había hecho renunciar á su

vida de varón poderoso.

Sólo el trato de su esposa, que le rodeaba de asiduos cuidados, como si

quisiera compensarse con esto de las largas separaciones, le hizo

llevadera la situación. Además, sentía satisfecha su conciencia al hacer

de padre «terrestre», preocupándose de su hijo, que empezaba á

prepararse para ingresar en el Instituto, repasando sus libros,

ayudándole en la comprensión de los textos.

Pero tampoco estos placeres fueron de larga duración. Le aburrían las

tertulias de familia en su casa y en la de sus parientes; las

conversaciones con tíos, primos y sobrinos sobre ganancias y negocios ó

sobre los defectos de la tiranía centralista. Según ellos, todas las

calamidades del cielo y de la tierra procedían de Madrid. El gobernador

de la provincia era el «cónsul de España».

Estos mercaderes sólo interrumpían sus críticas para oír con religioso

silencio la música de Wágner golpeada en el piano por las niñas de la

familia. Un amigo con voz de tenor cantaba _Lohengrin_ en catalán. El

entusiasmo hacía rugir á los más exaltados: «¡El himno... el himno!» No

era posible equivocarse. Para ellos sólo existía un himno. Y acompañaban

con una canturria á media voz la música litúrgica de _Los segadores_.

Ulises recordaba con nostalgia su vida de comandante de trasatlántico:

una vida amplia, mundial, de incesantes y variados horizontes, de

muchedumbres cosmopolitas. Se veía detenido en las cubiertas por grupos

de muchachas elegantes que le pedían nuevos bailes en la semana. Salían

á su paso faldas de blanco revoloteo, velos que ondulaban como nubes de

colores, risas y trinos parlantes en un español que parecía puesto en

música; todo el estrépito juguetón de una jaula de pájaros del Trópico.

Los ex presidentes de República--generales ó doctores que iban á

descansar á Europa--le contaban en el puente, con una gravedad

napoleónica, los principales hechos de su historia. Los hombres de

negocios, al dirigirse á América, le confiaban sus planes estupendos:

ríos cambiados de cauce, ferrocarriles á través de la selva virgen,

monstruosas fuerzas eléctricas extraídas de cascadas de varios

kilómetros de anchura, ciudades vomitadas por el desierto en unas

semanas; todas las maravillas de un mundo en la pubertad, que desea

realizar cuanto concibe su joven imaginación. Era el demiurgo del

pequeño mundo flotante; disponía á su antojo de la alegría y del amor.

En las tardes calurosas de la Línea, le bastaba dar una orden para

sacudir la embrutecida modorra de las cosas y los seres. «Que suba la

música y que sirvan refrescos.» Y á los pocos minutos giraban las

parejas á lo largo de la cubierta, sonreían las bocas, se iluminaba en

los ojos un punto brillante de ilusión y de deseo. A sus espaldas sonaba

el elogio. Las matronas le encontraban muy distinguido. «Se ve que es

persona _bien_.» Camareros y tripulantes hacían una relación exagerada

de su riqueza y sus estudios. Algunas jóvenes que navegaban hacia Europa

con la imaginación en pleno hervidero novelesco, se contraían

decepcionadas al saber que el héroe era casado y tenía un hijo. Las

damas solitarias, tendidas en una _chaise longue_, con un volumen en la

mano, arreglaban, al verle, la corola de sus faldas, tapándose las

piernas con tanta precipitación, que siempre las dejaban más al

descubierto. Luego, fijando en él una mirada profunda, iniciaban el

diálogo, siempre del mismo modo:

--¿Cómo ha llegado usted á capitán, siendo tan joven?

¡Ah, miseria!... El que había convivido varios años, de un extremo á

otro del Atlántico, con un mundo rico, alegre, perfumado, resistiéndose

unas veces por prudencia á los caprichos femeniles, entregándose otras

con un recato de marino discreto, se veía ahora sin otros admiradores

que la vulgarota tribu de los Blanes, sin otras ilusiones que las que le

sugería su primo el fabricante, entusiasmado porque los grandes

apóstoles del partido se fijaban con cierta simpatía en el capitán.

Todas las mañanas, al despertar, sufría un rudo choque en sus gustos. Lo

primero que contemplaba era una habitación «sin personalidad», una

vivienda que nada tenía de él, arreglada por las sirvientas con limpieza

prolija y falta de lógica, que cambiaba incesantemente el emplazamiento

de las cosas.

Recordaba con nostalgia su camarote reducido y ordenado, donde no había

un mueble que escapase á su vista ni un cajón cuyo contenido no

estuviera en su memoria. Su cuerpo se deslizaba, con el desembarazo de

la costumbre, por los desfiladeros del mobiliario. Se había adaptado á

todos los ángulos entrantes y salientes, como la carne del molusco se

adapta á las sinuosidades internas de sus valvas. El camarote parecía

formado con secreciones de su ser: era un caparazón, una concha que iba

con él de un extremo á otro de los océanos, caldeándose con las altas

temperaturas del Trópico, cerrándose con un calafateo de cabaña esquimal

al aproximarse á los mares fríos.

Le inspiraba un amor semejante al que siente el fraile por su celda;

pero esta celda era mundial, y al entrar en ella, después de una noche

de tormenta pasada en el puente ó de una bajada á tierra en los puertos

más diversos, la veía siempre lo mismo, con los papeles y los libros

inmóviles sobre la mesa, las ropas colgadas de las perchas, las

fotografías fijas en las paredes. Cambiaba el diario espectáculo de

mares y tierras, cambiaba la temperatura y el curso de los astros; las

gentes, arrebujadas en gabanes invernales, vestían de blanco una semana

después y buscaban en el cielo las nuevas estrellas del opuesto

hemisferio... y su camarote siempre igual, como si fuese un rincón de un

planeta aparte, insensible á las variaciones de este mundo.

Por las mañanas, al despertar en él, se veía envuelto en una atmósfera,

verdosa y suave, lo mismo que si hubiese dormido en el fondo de un lago

encantado. El sol trazaba sobre la blancura del techo y de las sábanas

una red inquieta de oro, cuyas mallas se sucedían incesantemente: era

el reflejo del agua invisible. En la inmovilidad de los puertos entraban

por el ventano el chirrido de las grúas, los gritos de los cargadores,

las conversaciones de los que ocupaban los botes en torno del

trasatlántico. En alta mar era el silencio fresco y rumoroso de la

inmensidad lo que llenaba su dormitorio. Un viento de infinita pureza,

que venía tal vez del otro lado del planeta, deslizándose miles de

leguas por los desiertos salados sin tocar una sola corrupción,

resbalaba en la garganta de Ferragut como un vino de gaseosa embriaguez.

Su duro costillaje iba dilatándose á impulsos de este trago de vida,

mientras sus ojos parpadeaban ante el azul luminoso del horizonte.

En su casa, lo primero que veía al despertar era un edificio catalán,

rico y monstruoso, semejante á los palacios que dibujan los hipnotizados

en sus ensueños: una amalgama de flores persas, columnas góticas,

troncos de árboles con cuadrúpedos, reptiles y caracoles entre follajes

de cemento. El adoquinado le enviaba por sus respiraderos la fetidez de

unas alcantarillas solidificadas por la escasez de agua; los balcones

esparcían el polvo de las alfombras sacudidas; el palacio-quimera se

tragaba con una insolencia de rico novel todo el cielo y el sol que

correspondían á Ferragut.

Mare nostrum · 第 6 / 36 段