pero como primer oficial de un trasatlántico que hacía viajes regulares
á la América del Sur. Para él, equivalía esto á ser empleado en una
oficina flotante, visitando los mismos puertos, repitiendo
invariablemente iguales trabajos. Su madre se mostraba satisfecha al
verle con uniforme. Cinta fijaba su vista en el almanaque como la esposa
de un empleado la fija en el reloj. Tenía la certeza de que,
transcurridos dos meses, le vería aparecer de nuevo viniendo del otro
lado de la tierra, cargado de regalos exóticos, lo mismo que un marido
que vuelve de la oficina con un ramo comprado en la calle.
Al regreso de los dos primeros viajes fué á esperarle en el muelle,
buscando con la vista su gorra de galón de oro y su levita azul entre
los pasajeros trasatlánticos que se agitaban en las cubiertas con la
alegría de la llegada á Europa.
En el viaje siguiente, doña Cristina la obligó á quedarse en casa,
temiendo que la emoción y las aglomeraciones del puerto perjudicasen su
próxima maternidad. Luego, en cada una de sus arribadas, vió Ferragut un
hijo nuevo, aunque siempre era el mismo; primeramente, un envoltorio de
batistas y blondas sostenido por una nodriza endomingada; luego--cuando
ya era capitán del trasatlántico--, un chicuelo con faldillas,
mofletudo, de cabeza redonda cubierta de sedosa pelusa, tendiendo hacia
él los bracitos; finalmente, un muchacho que empezaba á ir á la escuela
y al ver á su padre agarraba su dura diestra, admirándolo con ojos
profundos, como si contemplase en su persona la concreción de todas las
fuerzas del universo.
Don Pedro el catedrático siguió visitando la casa de doña Cristina,
aunque con menos asiduidad. Tenía el gesto resignado y fríamente
colérico del hombre que cree haber llegado demasiado tarde y está
convencido de que su desgracia es obra de su descuido... ¡Si él hubiese
hablado antes! La certeza de su importancia no le permitía dudar que la
joven le habría aceptado con júbilo.
A pesar de esta convicción, no podía contener en ciertos momentos una
agresividad irónica, que se desahogaba inventando apodos clásicos. La
joven esposa de Ulises, inclinada sobre su labor de encajera, era
Penélope esperando la vuelta del errabundo marido.
Doña Cristina aceptaba este sobrenombre, por saber vagamente que era el
de una reina de buenas costumbres. Pero el día en que el catedrático,
por una deducción lógica, llamó Telémaco al hijo de Cinta, la abuela
protestó.
--Se llama Esteban, como su abuelo... Eso de Telémaco es nombre de
teatro.
En uno de sus viajes aprovechó Ulises una escala de unas cuantas horas
en el puerto de Valencia para ver á su padrino. Recibía de tarde en
tarde cartas del poeta, cada vez más breves y más tristes, con letras
temblorosas que delataban su decadencia.
Al entrar en el despacho sintió la misma impresión de los durmientes de
las leyendas, que creen despertar después de unas horas de sueño y han
dormido docenas de años. Todo estaba igual que en su infancia: los
bustos de los grandes poetas en la cumbre de las librerías, las coronas
en sus encierros de vidrio, las joyas y estatuas ganadas á fuerza de
consonantes en sus vitrinas y pedestales, los libros de fulgurante lomo
formando apretados batallones á lo largo de los estantes. Pero la
blancura de los bustos había tomado un color de chocolate; los bronces
estaban enrojecidos por el óxido, los oros eran verdes, las coronas se
deshojaban. Parecía que hubiese llovido ceniza sobre la inmovilidad de
las cosas.
Las personas ofrecían igual aspecto de abandono y decadencia. Ulises
encontró al poeta flaco y amarillento, sumido en un sillón, con la barba
luenga y blanca, un ojo casi cerrado y el otro enormemente abierto. Al
ver al marino, ancho de pecho, forzudo, bronceado, Labarta se echó á
llorar con un hipo infantil, como si llorase sobre la miseria de las
ilusiones humanas, sobre la brevedad de una vida engañosa que necesita
el oleaje de la continua renovación.
Más trabajo le costó todavía á Ferragut reconocer á una señora pequeña y
encogida que estaba junto al poeta. Colgaban de su esqueleto flácidas
adiposidades, como harapos de un pasado esplendor. La cabeza era exigua;
su rostro tenía el arrugamiento de las manzanas invernizas, de las
ciruelas, de todas las frutas que se contraen y momifican, perdiendo su
líquido. «¡Doña Pepa!...» Los dos viejos se tuteaban ahora en presencia
de Ulises, con la tranquila amoralidad de los que se ven próximos á la
muerte y olvidan los temores y escrúpulos de una vida que se va
derrumbando á sus espaldas.
El marino vió en esta miseria física el triste final de un régimen
alimenticio absurdo, alegre y pueril: los dulces sirviendo de base de
nutrición, los grandes arroces como plato diario, las sandías y melones
llenando el intermedio entre las comidas, los helados servidos en copas
enormes, esparciendo el perfume de su nieve melosa.
Los dos le hablaron suspirando de sus enfermedades, que juzgaban
incomprensibles, atribuyéndolas á ignorancia de los médicos. Era la
consunción que ataca de pronto á las gentes de los países abundantes. Su
vida se fundía en un chorreo de azúcar líquido... Y todavía adivinaba
Ferragut las desobediencias de los dos viejos á las disciplinas del
régimen, sus ocultamientos infantiles, sus astucias para gustar á solas
las frutas y los jarabes, encanto de su existencia.
Fué corta la entrevista. El capitán debía volver al Grao, donde le
esperaba su trasatlántico, pronto á zarpar para la América del Sur.
El poeta lloró otra vez, besando á su ahijado. Ya no vería más á este
coloso que parecía repeler sus débiles abrazos con el fuelle de su
respiración.
--Ulises, ¡hijo mío!... piensa siempre en Valencia... Haz por ella todo
lo que puedas... Ya lo sabes. ¡Siempre Valencia!
Juró todo lo que quiso el poeta, sin comprender qué es lo que Valencia
podía esperar de él, simple marino errante por todos los mares. Labarta
quiso acompañarle hasta la puerta, pero se hundió en su asiento,
obediente al cariñoso despotismo de su compañera, que temía para él las
mayores catástrofes.
¡Pobre doña Pepa!... Ferragut sintió deseos de reír y de llorar al
recibir un beso de su boca arrugada, cuyo vello se había convertido en
púas. Fué un beso de beldad vieja que se recuerda al contacto de un buen
mozo; un beso de mujer infecunda que acaricia al hijo que pudo tener.
--¡El infeliz Carmelo!... Ya no escribe; ya no lee... ¡Ay! ¿qué será de
mí?...
Hablaba de la decadencia de su poeta con la conmiseración de un ser
fuerte y sano. Se aterraba al pensar en los años que podría sobrevivir á
su señor. Ocupada en cuidarle, no se miraba á ella misma.
Un año después, el capitán encontró en Port-Said, á la vuelta de las
Filipinas, una carta de su padrino. Doña Pepa había muerto, y Labarta,
sacudiendo la modorra lacrimosa de su abatimiento, la despedía con un
largo cántico. Ulises pasó los ojos por el recorte de periódico que iba
dentro de la carta conteniendo los últimos versos del poeta. Eran versos
en castellano. ¡Malo!... Después de esto, resultaba indudable su próximo
fin.
No tuvo ocasión de verle otra vez: murió estando él de viaje. Al
desembarcar en Barcelona, su madre le entregó una carta escrita casi en
su agonía. «Valencia, hijo mío; ¡siempre Valencia!» Y luego de repetir
varias veces esta recomendación, le hacía saber que era su heredero.
Los libros, las estatuas, todos los recuerdos gloriosos de Labarta,
pasaron á Barcelona para adornar la casa del marino. El pequeño Telémaco
pudo entretenerse rompiendo las viejas coronas del trovador, arrancando
estampas á los volúmenes, con la inconsciencia de un niño fogoso que
tiene á su padre muy lejos y vive sometido á dos señoras que le adoran.
Además, el poeta dejó á su ahijado una casa vieja en Valencia, varias
tierras y cierta cantidad en valores cotizables. Total: treinta mil
duros.
El otro tutor de su infancia, el vigoroso _Tritón_, permanecía
insensible al paso de los años. Ferragut le encontró varias veces, al
llegar á Barcelona, instalado en su casa, en sorda hostilidad con doña
Cristina, dedicando á Cinta y á su hijo una parte del cariño que antes
era sólo para Ulises.
Deseaba que el pequeño Esteban conociese la casa de los bisabuelos.
--¿Me lo dejarás?... Ya sabes que allá en la Marina los hombres se hacen
fuertes como el bronce. ¿De veras que me lo dejarás?...
Dudaba de su influencia ante el gesto indignado de la suave doña
Cristina. ¿Confiar su nieto al _Tritón_, para que le infundiese el amor
á las aventuras marítimas, lo mismo que á Ulises?... ¡Atrás, demonio
azul!
El médico vagaba desorientado por el puerto de Barcelona... Demasiado
ruido, demasiado movimiento. Marchaba al lado de Ulises orgullosamente,
haciéndole relatar las aventuras de sus años de marino vagabundo y
cosmopolita. Veía en él al más grande de los Ferragut: hombre de mar
como sus abuelos, pero con título de capitán; aventurero de todos los
océanos como él lo había sido, pero con un sitio en el puente, revestido
del mando absoluto que confieren la responsabilidad y el peligro.
Al reembarcarse Ulises, se alejaba el _Tritón_ hacia sus dominios.
--Será la próxima vez--decía para consolarse al partir sin el hijo de su
sobrino.
Y pasados unos meses reaparecía, cada vez más grande, más feo, más
curtido, con una sonrisa silenciosa que estallaba en palabras ante
Ulises, lo mismo que una nube tempestuosa estalla en truenos.
A la vuelta de un viaje al mar Negro, doña Cristina anunció á su hijo:
--Tu tío ha muerto.
La piadosa señora lamentaba cristianamente la desaparición de su cuñado,
dedicándole una parte de sus rezos, pero insistió con cierta crueldad en
el relato de su triste fin. No podía perdonarle su fatal intervención en
el destino de Ulises. Había muerto como había vivido, en el mar, víctima
de su temeridad, sin confesión, lo mismo que un pagano.
Otra herencia que caía sobre Ferragut... Su tío se había lanzado á nadar
en una mañana asoleada de invierno, y no había vuelto. Los viejos de la
costa explicaban á su modo el accidente: un desmayo, un choque con las
rocas. El _Dotor_ era aún vigoroso, pero los años no pasan sin dejar
huella. Algunos creían en una lucha con un «cabeza de olla» ú otro pez
carnívoro de los que cazan en las aguas mediterráneas. En vano los
pescadores llevaron sus barcas por todas las angulosidades entrantes y
salientes del promontorio, explorando las cuevas sombrías y los bajos
fondos de cristalina transparencia. Nadie pudo encontrar el cadáver del
_Tritón_.
Ferragut recordó el cortejo de Afrodita que el médico le había descrito
tantas veces en las noches estivales, viendo á lo lejos las luces de los
faros. Tal vez había tropezado con la alegre comitiva de las nereidas,
uniéndose á ella para siempre.
Esta suposición absurda que Ulises formuló mentalmente, con incrédula y
triste sonrisa, se repitió al mismo tiempo en el pensamiento simple de
muchas gentes de la Marina.
Se negaban á creer en su muerte. Un brujo no se ahoga. Habría encontrado
abajo algo muy interesante, y cuando se cansase de vivir en las verdes
profundidades volvería nadando á su casa.
No; el _Dotor_ no había muerto.
Y durante muchos años, las mujeres que seguían la costa al anochecer
apresuraron el paso, persignándose, al distinguir en las aguas obscuras
un madero ó un paquete de algas. Temían que surgiese de pronto el
_Tritón_, barbudo, lúbrico, chorreante, volviendo de su correría por las
misteriosas entrañas del mar.
IV
FREYA
El nombre de Ulises Ferragut empezó á ser famoso entre los capitanes de
los puertos españoles. Las aventuras náuticas de su primera época
entraban por muy poco en esta popularidad. Los más de ellos habían
arrostrado mayores peligros, y si le apreciaban, era por el instintivo
respeto que sienten los hombres enérgicos y simples ante una
inteligencia que consideran superior. Sin otras lecturas que las de su
carrera, hablaban con asombro de los numerosos libros que llenaban el
camarote de Ferragut, muchos de ellos sobre materias que les parecían
misteriosas. Algunos hasta hacían afirmaciones inexactas para completar
el prestigio de su camarada:
--Sabe mucho... Además de marino, es abogado.
La consideración de su fortuna contribuía igualmente al aprecio general.
Era accionista importante de la compañía naviera á la que prestaba sus
servicios. Los compañeros calculaban con orgullosa exageración la
riqueza de su madre, tasándola en millones.
Encontraba amigos en todo buque que ostentase á popa la bandera
española, fuese cual fuese su puerto de origen y el regionalismo de sus
tripulantes.
Todos le querían: los capitanes vascos, sobrios en palabras, rudos y de
tuteo confianzudo; los capitanes asturianos y gallegos, enamoradizos y
derrochadores, que desmienten con su carácter la avaricia y la tristeza
de tierra adentro; los capitanes andaluces, que parecen llevar en su
gracioso lenguaje un reflejo de la blanca Cádiz y sus vinos luminosos;
los capitanes valencianos, que hablan de política en el puente,
imaginando lo que podrá ser la marina de la futura República; los
capitanes de Cataluña y de Mallorca, conocedores de los negocios tan á
fondo como sus armadores. Siempre que les unía la necesidad de defender
sus derechos, pensaban inmediatamente en Ulises. Ninguno escribía como
él.
Los viejos pilotos venidos de abajo, hombres de mar que habían empezado
su carrera en las barcas de cabotaje y á duras penas ajustaban sus
conocimientos prácticos al manejo de los libros, hablaban de Ferragut
con orgullo:
--Dicen que los del mar somos gente bruta... Ahí tienen á don Luis, que
es de los nuestros. Pueden preguntarle lo que quieran... ¡Un sabio!
El nombre de Ulises les hacía titubear. Lo creían apodo, y no queriendo
incurrir en una falta de respeto, habían acabado por transformarlo en
don Luis. Para algunos de ellos, el único defecto de Ferragut era su
buena suerte. Aún no se había perdido un buque mandado por él. Y todo
buen marino que navega sin descanso debe tener en su historia una de
estas desgracias para ser un capitán completo. Solamente los labradores
no pierden barcos.
Cuando murió su madre, Ulises quedó indeciso ante el porvenir, no
sabiendo si continuar su vida de navegante ó emprender otra
completamente nueva. Sus parientes de Barcelona, mercaderes de ágil
entendimiento para la evaluación de una fortuna, sumaban lo que habían
dejado el notario y su esposa, y añadiendo lo de Labarta y el médico,
casi llegaban á un millón de pesetas... ¿Y un hombre con tanto dinero
iba á seguir viviendo lo mismo que un pobre capitán que necesita el
sueldo para mantener á su familia?...
Su primo Joaquín Blanes, dueño de una fábrica de géneros de punto, le
instó repetidas veces á que siguiese su ejemplo. Debía quedarse en
tierra y emplear su capital en la industria catalana. Ulises era del
país, por su madre y por haber nacido en la vecina tierra de Valencia.
Se necesitaban hombres de fortuna y energía para que interviniesen en el
gobierno. Blanes hacía política regionalista con el entusiasmo de un
burgués que se lanza en aventuras novelescas.
Cinta no dijo una palabra para decidir á su esposo. Era hija de un
marino y había aceptado ser la esposa de otro. Además, entendía el
matrimonio con arreglo á la tradición familiar: la mujer dueña absoluta
del interior de la casa, pero confiada en los asuntos exteriores á la
voluntad del señor, del guerrero, del jefe del hogar, sin permitirse
pensamientos ni objeciones sobre sus actos.
Fué Ulises el que adoptó por sí mismo la decisión de abandonar la vida
de navegante. Trabajado por las sugestiones de sus primos, le bastó una
pequeña disputa con uno de los directores de la casa armadora para
ofrecer su renuncia, sin que lograsen hacerle retroceder los ruegos y
explicaciones de los otros consocios.
En los primeros meses de su existencia terrestre, extrañó la inmovilidad
desesperante de las cosas. El mundo era de una rigidez y una dureza
antipáticas. Sintió algo semejante á un principio de mareo al ver que
todo permanecía allí donde él lo dejaba, sin permitirse el menor vaivén,
la más leve fantasía dinámica.
Por las mañanas, al entreabrir sus ojos, experimentaba la dulce
sensación de la libertad irresponsable. Nada le importaba la suerte de
aquella casa. Las vidas de los que dormían en los otros pisos, encima y
debajo de él, no estaban confiadas á su vigilancia... Pero á los pocos
días sintió que le faltaba algo que era una de las mayores
satisfacciones de su existencia: la voluntad del poder, el gusto del
mando.
Dos criadas de aire azorado acudían á sus voces y sus repiqueteos de
timbre. Esto era todo para él, que había mandado docenas de hombres de
áspera dureza que infundían terror al bajar en los puertos.
Nadie le consultaba ahora, mientras que en el mar todos buscaban su
consejo y muchas veces necesitaban interrumpir su sueño. La casa podía
existir sin que él la visitase diariamente desde las cuevas al tejado,
revisando hasta el último grifo. Las mujeres que hacían la limpieza por
las mañanas le obligaban á refugiarse en el despacho con sus terrestres
escobazos. No le era permitido formular observaciones, no podía extender
un brazo galoneado, lo mismo que cuando reñía á la grumetería descalza y
despechugada, exigiendo que la cubierta quedase limpia como un salón. Se
sentía empequeñecido, exonerado. Pensaba en Hércules vestido de mujer,
hilando su rueca. El amor á la familia le había hecho renunciar á su
vida de varón poderoso.
Sólo el trato de su esposa, que le rodeaba de asiduos cuidados, como si
quisiera compensarse con esto de las largas separaciones, le hizo
llevadera la situación. Además, sentía satisfecha su conciencia al hacer
de padre «terrestre», preocupándose de su hijo, que empezaba á
prepararse para ingresar en el Instituto, repasando sus libros,
ayudándole en la comprensión de los textos.
Pero tampoco estos placeres fueron de larga duración. Le aburrían las
tertulias de familia en su casa y en la de sus parientes; las
conversaciones con tíos, primos y sobrinos sobre ganancias y negocios ó
sobre los defectos de la tiranía centralista. Según ellos, todas las
calamidades del cielo y de la tierra procedían de Madrid. El gobernador
de la provincia era el «cónsul de España».
Estos mercaderes sólo interrumpían sus críticas para oír con religioso
silencio la música de Wágner golpeada en el piano por las niñas de la
familia. Un amigo con voz de tenor cantaba _Lohengrin_ en catalán. El
entusiasmo hacía rugir á los más exaltados: «¡El himno... el himno!» No
era posible equivocarse. Para ellos sólo existía un himno. Y acompañaban
con una canturria á media voz la música litúrgica de _Los segadores_.
Ulises recordaba con nostalgia su vida de comandante de trasatlántico:
una vida amplia, mundial, de incesantes y variados horizontes, de
muchedumbres cosmopolitas. Se veía detenido en las cubiertas por grupos
de muchachas elegantes que le pedían nuevos bailes en la semana. Salían
á su paso faldas de blanco revoloteo, velos que ondulaban como nubes de
colores, risas y trinos parlantes en un español que parecía puesto en
música; todo el estrépito juguetón de una jaula de pájaros del Trópico.
Los ex presidentes de República--generales ó doctores que iban á
descansar á Europa--le contaban en el puente, con una gravedad
napoleónica, los principales hechos de su historia. Los hombres de
negocios, al dirigirse á América, le confiaban sus planes estupendos:
ríos cambiados de cauce, ferrocarriles á través de la selva virgen,
monstruosas fuerzas eléctricas extraídas de cascadas de varios
kilómetros de anchura, ciudades vomitadas por el desierto en unas
semanas; todas las maravillas de un mundo en la pubertad, que desea
realizar cuanto concibe su joven imaginación. Era el demiurgo del
pequeño mundo flotante; disponía á su antojo de la alegría y del amor.
En las tardes calurosas de la Línea, le bastaba dar una orden para
sacudir la embrutecida modorra de las cosas y los seres. «Que suba la
música y que sirvan refrescos.» Y á los pocos minutos giraban las
parejas á lo largo de la cubierta, sonreían las bocas, se iluminaba en
los ojos un punto brillante de ilusión y de deseo. A sus espaldas sonaba
el elogio. Las matronas le encontraban muy distinguido. «Se ve que es
persona _bien_.» Camareros y tripulantes hacían una relación exagerada
de su riqueza y sus estudios. Algunas jóvenes que navegaban hacia Europa
con la imaginación en pleno hervidero novelesco, se contraían
decepcionadas al saber que el héroe era casado y tenía un hijo. Las
damas solitarias, tendidas en una _chaise longue_, con un volumen en la
mano, arreglaban, al verle, la corola de sus faldas, tapándose las
piernas con tanta precipitación, que siempre las dejaban más al
descubierto. Luego, fijando en él una mirada profunda, iniciaban el
diálogo, siempre del mismo modo:
--¿Cómo ha llegado usted á capitán, siendo tan joven?
¡Ah, miseria!... El que había convivido varios años, de un extremo á
otro del Atlántico, con un mundo rico, alegre, perfumado, resistiéndose
unas veces por prudencia á los caprichos femeniles, entregándose otras
con un recato de marino discreto, se veía ahora sin otros admiradores
que la vulgarota tribu de los Blanes, sin otras ilusiones que las que le
sugería su primo el fabricante, entusiasmado porque los grandes
apóstoles del partido se fijaban con cierta simpatía en el capitán.
Todas las mañanas, al despertar, sufría un rudo choque en sus gustos. Lo
primero que contemplaba era una habitación «sin personalidad», una
vivienda que nada tenía de él, arreglada por las sirvientas con limpieza
prolija y falta de lógica, que cambiaba incesantemente el emplazamiento
de las cosas.
Recordaba con nostalgia su camarote reducido y ordenado, donde no había
un mueble que escapase á su vista ni un cajón cuyo contenido no
estuviera en su memoria. Su cuerpo se deslizaba, con el desembarazo de
la costumbre, por los desfiladeros del mobiliario. Se había adaptado á
todos los ángulos entrantes y salientes, como la carne del molusco se
adapta á las sinuosidades internas de sus valvas. El camarote parecía
formado con secreciones de su ser: era un caparazón, una concha que iba
con él de un extremo á otro de los océanos, caldeándose con las altas
temperaturas del Trópico, cerrándose con un calafateo de cabaña esquimal
al aproximarse á los mares fríos.
Le inspiraba un amor semejante al que siente el fraile por su celda;
pero esta celda era mundial, y al entrar en ella, después de una noche
de tormenta pasada en el puente ó de una bajada á tierra en los puertos
más diversos, la veía siempre lo mismo, con los papeles y los libros
inmóviles sobre la mesa, las ropas colgadas de las perchas, las
fotografías fijas en las paredes. Cambiaba el diario espectáculo de
mares y tierras, cambiaba la temperatura y el curso de los astros; las
gentes, arrebujadas en gabanes invernales, vestían de blanco una semana
después y buscaban en el cielo las nuevas estrellas del opuesto
hemisferio... y su camarote siempre igual, como si fuese un rincón de un
planeta aparte, insensible á las variaciones de este mundo.
Por las mañanas, al despertar en él, se veía envuelto en una atmósfera,
verdosa y suave, lo mismo que si hubiese dormido en el fondo de un lago
encantado. El sol trazaba sobre la blancura del techo y de las sábanas
una red inquieta de oro, cuyas mallas se sucedían incesantemente: era
el reflejo del agua invisible. En la inmovilidad de los puertos entraban
por el ventano el chirrido de las grúas, los gritos de los cargadores,
las conversaciones de los que ocupaban los botes en torno del
trasatlántico. En alta mar era el silencio fresco y rumoroso de la
inmensidad lo que llenaba su dormitorio. Un viento de infinita pureza,
que venía tal vez del otro lado del planeta, deslizándose miles de
leguas por los desiertos salados sin tocar una sola corrupción,
resbalaba en la garganta de Ferragut como un vino de gaseosa embriaguez.
Su duro costillaje iba dilatándose á impulsos de este trago de vida,
mientras sus ojos parpadeaban ante el azul luminoso del horizonte.
En su casa, lo primero que veía al despertar era un edificio catalán,
rico y monstruoso, semejante á los palacios que dibujan los hipnotizados
en sus ensueños: una amalgama de flores persas, columnas góticas,
troncos de árboles con cuadrúpedos, reptiles y caracoles entre follajes
de cemento. El adoquinado le enviaba por sus respiraderos la fetidez de
unas alcantarillas solidificadas por la escasez de agua; los balcones
esparcían el polvo de las alfombras sacudidas; el palacio-quimera se
tragaba con una insolencia de rico novel todo el cielo y el sol que
correspondían á Ferragut.