De su refugio en las tenebrosas profundidades subían á la superficie,

agitados por la primavera, deseosos de tomar su parte en la alegría del

universo. Nadaban unos contra otros, oprimidos, compactos, formando

bancos, como pedazos de playa que se hubiesen soltado á navegar.

Parecían una isla que emerge ó un continente que empieza á hundirse. En

los pasajes estrechos eran tantos, que las aguas se solidificaban,

dificultando el avance á remo. Su número escapaba á los límites de todo

cálculo, como las arenas y las estrellas.

Hombres y peces carnívoros caían sobre ellos abriendo anchos surcos de

destrucción. Pero las brechas se cerraban instantáneamente, y el banco

viviente seguía su camino cada vez más denso, como si desafiase á la

muerte. Cuantos más destruían los enemigos, más numerosos eran. Las

columnas en marcha, espesas y profundas, copulaban y se reproducían sin

detenerse. El amor era para ellos una navegación, y en su ruta iban

derramando torrentes de fecundidad. El agua desaparecía bajo la

abundancia del flujo materno, en el que nadaban racimos de huevos. Al

surgir el sol, el mar aparecía blanco hasta perderse de vista: blanco de

jugo masculino. Las olas eran grasientas y viscosas, repletas de vida

que fermentaba rápidamente. En un espacio de centenares de leguas, el

salado Océano era de leche.

La fecundidad de estas tierras animales ponía en peligro al mundo. Cada

individuo podía producir hasta sesenta mil huevos. Pocas generaciones

bastaban para llenar el Océano, hacerlo sólido, pudrirlo, suprimiendo

los demás seres, despoblando el globo... Pero la muerte se encargaba de

salvar la vida universal. Los cetáceos se hundían en este espesor

viviente y con sus bocas insaciables absorbían el alimento á toneladas.

Peces infinitamente pequeños secundaban á los gigantes marinos,

atracándose de huevos de arenque. Los pescados más glotones, la merluza

y el bacalao, perseguían á estas praderas de carne, empujándolas hacia

las costas y acabando por dispersarlas.

Se multiplicaba el bacalao hartándose de merluzas, y otra vez reaparecía

el peligro para el mundo. El Océano podía convertirse en una masa de

bacalaos: cada uno llegaba á dar hasta nueve millones de huevos... Los

hombres habían caído sobre el más fecundo de los peces, y el bacalao

mantenía flotas inmensas, creando además colonias y ciudades. Se

agotaban las generaciones humanas sin llegar á vencer esta monstruosa

reproducción. Los grandes devoradores marinos eran los que restablecían

el equilibrio y el orden. El esturión, estómago insaciable, intervenía

en el banquete oceánico, encontrando en el bacalao la substancia

concentrada de ejércitos de arenques. Pero este devorador ovíparo, de

amplia reproducción, continuaba el peligro mundial, hasta que

intervenía otro monstruo tan ávido en sus apetitos como pobre en sus

procreaciones, cortando de golpe la fecundidad siempre renaciente del

Océano.

Era el tiburón, boca con aletas, intestino natatorio, que traga con

indiferencia muertos y vivos, carnes y maderos, limpiando las aguas de

vida, dejando la soledad detrás de su coleo. Este destructor sólo

elaboraba en sus entrañas un tiburón único, que nacía armado y feroz,

dispuesto desde el primer momento á continuar las hazañas paternas, como

un heredero feudal.

Sólo en los raros momentos de amor acallaban su hambre y su crueldad

estos ásperos guerreros, despobladores del mar. Las parejas se abstenían

de devorarse. Se encontraban apetecibles, pero sus triples dientes y sus

aletas de sierra se limitaban á una ruda caricia. La hembra se dejaba

dominar por el compañero que enganchaba en ella sus instrumentos de

presa. Por primera vez el macho no devoraba: era ella la que lo

absorbía, arrastrándolo. Y confundidos los dos monstruos rodaban en las

olas semanas enteras, sufriendo los tormentos de un hambre sin fin á

cambio de las delicias del amor, dejando escapar á las víctimas

asustadas, resistiendo á las tempestades con su áspero abrazo de

colmillos y epidermis de lija, corriendo centenares de leguas entre el

principio y el fin de uno de sus espasmos de placer.

La vida errante del piloto Ferragut abundó en dramáticas aventuras.

Algunas quedaron vivas para siempre en su memoria, donde empezaban á

confundirse tantos recuerdos de tierras exóticas y mares interminables.

En Glásgow se embarcó como segando de una fragata vieja que iba á Chile

para descargar carbón en Valparaíso y cargar salitre en Iquique. La

travesía del Atlántico fué buena; pero á partir de las islas Malvinas,

el buque tuvo que hacer frente á la furia austral que le cerraba el

acceso al Pacífico. El estrecho de Magallanes es para los vapores, que

pueden disponer á su voluntad de una fuerza propulsora. El velero busca

mar amplia y viento favorable para doblar el cabo de Hornos, punta

avanzada del mundo, lugar de tempestades interminables y gigantescas.

Mientras ardía el verano en el otro hemisferio, el terrible invierno

austral salió al encuentro de los navegantes. El buque necesitaba hacer

rumbo al Oeste, y precisamente los vientos soplaban del Oeste,

cortándole la ruta. Ocho semanas pasaron bregando con el mar y con la

atmósfera. El viento se llevó un velamen completo. El buque, de madera,

algo descoyuntado por esta lucha interminable, comenzó á hacer agua, y

la tripulación tuvo que mover día y noche las bombas. Nadie llegaba á

dormir varias horas seguidas. Todos estaban enfermos. La voz ruda y los

juramentos del capitán apenas podían sostener la disciplina. Algunos

marineros se acostaban deseando morir, y había que levantarlos á golpes.

Ulises conoció por primera vez lo que son las olas. Vió montañas de

agua, verdaderas montañas, avanzando sobre el cascarón del buque. Su

misma enormidad las hacía formar por ambos lados larguísimas pendientes.

Cuando alguna derrumbaba su cresta sobre la fragata, el piloto Ferragut

podía darse cuenta de la monstruosa pesadez del agua salada. Ni la

piedra ni el hierro tenían el golpe brutal de esta fuerza líquida, que

al derrumbarse huía en raudales ó se elevaba hecha polvo. En ciertos

momentos había que abrir brechas en la obra muerta para dar salida á su

masa abrumadora.

Una penumbra lívida y brumosa era el día austral, repitiéndose semanas y

semanas sin el menor rayo de claridad, como si el sol se hubiese alejado

para siempre de la tierra. El color blanco no existía en este

esfumamiento tempestuoso; todo era gris: el cielo, la espuma, las

gaviotas, las nieves... De tarde en tarde, los velos plomizos de la

tormenta se rasgaban para dejar visible una pavorosa aparición. Una vez

eran las montañas negras con sudarios de ventisqueros del estrecho de

Beagle. Y el buque viraba, huyendo de este pasadizo acuático lleno de

escollos. Otra vez surgieron ante la proa los peñascos de Diego Ramírez,

el punto más extremo del cabo, y también viró la fragata, huyendo de

este cementerio de navíos. Capeando el viento llegaron á ver los

primeros _icebergs_, é igualmente hicieron rumbo atrás para no perderse

en las soledades del polo Sur.

Ferragut llegó á creer que no doblarían nunca el cabo, quedando para

siempre en plena tempestad, lo mismo que el navío errante y maldito de

la leyenda. El capitán, un salvaje del mar, taciturno y supersticioso,

mostraba el puño al promontorio, maldiciéndolo como á una divinidad

infernal. Estaba convencido de que no conseguiría doblarlo hasta que lo

ablandase con un tributo humano. Ulises vió en este inglés á los

argonautas primitivos, que aplacaban con sacrificios la cólera de las

deidades marinas.

Una noche, las olas se llevaron á un tripulante; al día siguiente cayó

desde lo alto de la arboladura un gaviero, sin que nadie pensase en una

salvación imposible. Y como si el demonio austral sólo esperase este

tributo, cesó el viento Oeste, el buque no tuvo ante su proa la

infranqueable barrera de un mar hostil, y pudo entrar en el Pacífico,

anclando doce días después en Valparaíso.

Ulises se explicó el grato recuerdo que deja este puerto en la memoria

de los navegantes. Era el descanso después de la pelea por doblar el

cabo, la alegría de existir luego de haber sentido el soplo de la

muerte, la vida en los cafés y las casas alegres, comiendo y bebiendo

hasta la hartura, con el estómago lastimado aún por la alimentación

salitrosa y la piel martirizada por los furúnculos del mar.

Siguió el paso gracioso de las tapadas de negro manto, que le hicieron

recordar á su tío el médico. En las noches de _remolienda_ apartaba su

vista muchas veces de los beldades morenas y jóvenes que danzaban la

zamacueca en medio del salón. Le interesaban las matronas envueltas en

velos de luto que hacían sonar el piano y el arpa, acompañando la danza

con cánticos suspirantes. Tal vez alguna de estas damas sentimentales y

bigotudas había podido ser su tía.

Mientras la fragata completaba en Iquique su cargamento, estuvo en

contacto con la muchedumbre trabajadora de las salitreras, _rotos_

chilenos, obreros de todos los países, que no sabían cómo derrochar sus

valiosos jornales en la monotonía de unas poblaciones nuevas. Su

embriaguez se recreaba con las más disparatadas magnificencias. Unos

hacían correr el vino de todo un tonel para llenar un solo vaso. Otros

empleaban como blanco de su revólver las botellas de champaña alineadas

en las anaquelerías de los cafés, pagando las roturas al contado.

De este viaje guardó Ferragut un sentimiento de orgullo y confianza que

le hizo despreciar los peligros. Conoció después los tornados de Asia,

las horribles tormentas circulares, que en el hemisferio boreal ruedan

de derecha á izquierda y en el austral de izquierda á derecha. Eran

accidentes rápidos, de horas, ó de días cuando más. El había doblado el

cabo de Hornos en pleno invierno, después de una lucha contra los

elementos que duró dos meses. Podía atreverse á todo: el Océano había

agotado en él todas sus sorpresas... Y sin embargo, la peor de sus

aventuras ocurrió estando el mar en calma.

Siete años llevaba de navegante, y se disponía una, vez más á volver á

España, cuando en Hamburgo aceptó puesto de piloto en un velero que iba

á hacer rumbo al Camerón y al África oriental alemana. Un marino noruego

quiso disuadirle de este viaje. Era un buque viejo y lo habían asegurado

por el cuádruplo de su valor. El capitán estaba asociado con el

propietario, que había hecho quiebra varias veces... Y precisamente

porque era irracional este viaje, Ulises se apresuró á embarcarse. La

prudencia era para él una vulgaridad. Todo lo absurdo suponía obstáculos

y peligros, tentando de un modo irresistible su atrevimiento.

Una tarde, á la altura de Portugal, cuando estaban lejos de la ruta

seguida por la navegación regular, una columna de humo y de llamas se

elevó sobre la cubierta, rompiendo las escotillas y devorando el

velamen. Mientras el piloto, al frente de unos negros, pretendía dominar

el fuego, el capitán y los tripulantes alemanes escaparon del buque en

dos balleneras preparadas. Ferragut tuvo la seguridad de que los

fugitivos se reían de él al verle correr por la cubierta, que empezaba á

combarse echando fuego por sus resquebrajaduras.

Se vió, sin saber cómo, en el bote más pequeño, rodeado de varios negros

y diversos objetos amontonados con la precipitación de la fuga: un

barril de galleta medio vacío, otro de agua que sólo contenía unos pocos

litros.

Remaron toda una noche, teniendo á sus espaldas, como astro de

desgracia, el buque ardiente, que enviaba sobre las olas sus

resplandores sangrientos. Al amanecer se marcaron en el disco del sol

unas ligeras ondulaciones negras. Era la tierra... ¡pero tan lejos!

Dos días vagaron sobre las crestas móviles y los valles sombríos del

desierto azul. Ferragut se sumió varias veces en un letargo mortal, con

los pies hundidos en el agua que llenaba el fondo del bote. Los pájaros

de mar trazaban espirales en torno de este ataúd flotante, y huían

después con vigorosos golpes de ala, lanzando un graznido de muerte. Las

olas se elevaban lentas y mansas sobre los escasos centímetros de la

borda, como si quisieran contemplar con sus ojos glaucos este amasijo de

cuerpos blancos y obscuros. Remaban los náufragos con nerviosa

desesperación; luego yacían inertes, reconociendo la ineficacia de su

esfuerzo perdido en la inmensidad.

El piloto, al adormecerse en la dura popa, acababa por sonreír con los

ojos cerrados. Todo era un mal ensueño. Estaba seguro de despertar en la

cama, rodeado de las comodidades familiares de su camarote. Y cuando

abría los ojos, la realidad le hacía prorrumpir en órdenes desesperadas,

que obedecían los africanos maquinalmente, como si estuviesen dormidos.

«¡No quiero morir!... ¡no debo morir!», clamaba en su interior una voz

de bronce.

Gritaron é hicieron inútiles señales á buques lejanos, que se perdían en

la inmensidad sin verles. Dos negros murieron de frío. Sus cadáveres

flotaron largas horas junto al bote, como si no pudieran despegarse de

él. Luego se hundieron con invisible tirón. Varias aletas triangulares

pasaron sobre el agua, cortándola como cuchillos, al mismo tiempo que la

profundidad se ensombrecía con veloces sombras de ébano.

Cuando al fin se aproximaron á la tierra, Ferragut vió la muerte más de

cerca que en alta mar. La costa se elevaba como una muralla inmensa.

Vista desde el bote, parecía cubrir la mitad del cielo. La larga

ondulación oceánica se convertía en ola rabiosa al encontrar los

baluartes avanzados de sus islotes, al desplomarse en el vacío de sus

abismos, formando cascadas de espuma que rodaban de abajo á arriba,

levantando furiosas columnas de polvo con estampido de cañonazo.

Una mano irresistible agarró la quilla, poniendo la embarcación

verticalmente. Ferragut salió despedido como un proyectil, cayendo en

los espumosos remolinos, y al caer tuvo la percepción de que rodaban

igualmente, llovidos en el mar, hombres y toneles.

Vió blancuras burbujeantes y simas negras. Se sintió empujado por

fuerzas contradictorias. Unas tiraban de su cabeza y otras de sus pies

en sentido inverso, haciéndole voltear como la saeta de un reloj. Su

pensamiento se hizo doble. «Es inútil resistir», murmuraba en su cerebro

el desaliento. Y la otra mitad de su persona afirmaba con desesperación:

«¡Yo no quiero morir!... ¡no debo morir!»

Así vivió unos segundos, que fueron horas. Sintió el roce brutal de

ocultas asperezas; luego un choque en el abdomen, que detuvo su arrastre

entre dos aguas. Y agarrándose á las anfractuosidades de la roca,

emergió la cabeza y pudo respirar. La ola se retiraba, pero otra le

sumergió de nuevo, despegándolo de la peña con su espumoso mazazo,

haciéndole dejar en las pétreas aristas la piel de sus manos, de su

pecho, de sus rodillas.

La succión oceánica le arrastró, á pesar de sus desesperados braceos.

«¡Todo es inútil, voy á morir!», decía una mitad de su pensamiento. Y á

la vez, el otro hemisferio mental evocaba con sintético relampagueo su

vida entera. Vió la barbuda cara del _Tritón_ en este supremo instante,

vió al poeta Labarta lo mismo que cuando contaba á su ahijado las

aventuras del viejo Ulises, su lucha de náufrago con los peñascos y las

olas.

De nuevo la dilatación marina le arrojó contra una roca, anclándose en

ella con el agarreo instintivo de sus manos. Pero antes de que esta ola

se retirase, avanzó desesperadamente hasta otra piedra, pasándole el

tirón del reflujo por debajo del vientre. Así bregó largo tiempo,

pegándose á las peñas cuando el mar lo cubría, arrastrándose sobre las

desoladas conyunturas cuando su cabeza quedaba al aire libre,

expeliendo agua por todos sus orificios.

Al verse sobre un saliente de la costa, libre ya de la absorción de las

olas, se extinguió de golpe su energía. El agua que goteaba su cuerpo

era roja, cada vez más roja, esparciéndose en regueros por las verdes

anfractuosidades de la piedra. Sintió un dolor inmenso, como si todo su

organismo hubiese perdido el amparo de su envoltura, quedando expuesta

al aire la carne viva.

Quiso seguir su camino, pero sobre su cabeza se elevaba la costa

formando un muro cóncavo é inabordable. Imposible salir de allí. Se

había salvado del mar, para morir emparedado frente á él. Su cadáver no

flotaría hasta una playa habitada. Los únicos que iban á conocer su

muerte eran los cangrejos enormes que remontaban los peñascos buscando

su alimento en la resaca; las gaviotas que se dejaban caer

verticalmente, con las alas tendidas, desde lo alto del acantilado.

Hasta los más pequeños crustáceos eran superiores á él.

Sintió de golpe toda su debilidad, toda su miseria, mientras la sangre

seguía tiñendo de púrpura los minúsculos lagos de las rocas. Al cerrar

los ojos para morir, vió en la obscuridad una cara pálida, unas manos

que tejían sutiles encajes, y antes de que la noche cayese

definitivamente sobre sus párpados, murmuró con balido infantil:

--¡Mamá!... ¡mamá!...

Tres meses después, al llegar á Barcelona, encontró á su madre tal como

la había visto durante su agonía en la costa portuguesa... Unos

pescadores le recogieron cuando su vida iba á extinguirse. Durante su

permanencia en el hospital escribió varias veces á doña Cristina con un

tono alegre y confiado, pretextando importantes ocupaciones en Lisboa.

Al verle entrar, la buena dama abandonó su eterna labor de encajes,

lívida, con las manos trémulas y las pupilas vidriosas. Debía saber toda

la verdad; y si no la sabía, se la avisaba su instinto de madre viendo á

Ulises convaleciente, enflaquecido, vacilando entre la arrogancia y el

quebranto físico, lo mismo que los bravos cuando salían de la cámara del

tormento.

--¡Oh, hijo mío!... ¡Hasta cuándo!...

Era hora de que terminase su rabia de aventuras, su deseo loco de tentar

lo imposible, arrostrando los peligros más absurdos. Si quería ser

marino, podía serlo, pero en buques respetables, al servicio de una gran

Compañía, siguiendo una carrera de escalas determinadas, y no rodando

caprichosamente por todos los mares, mezclado con el bandidaje

internacional que se ofrece en los puertos para reforzar las

tripulaciones. Lo mejor de todo sería permanecer quieto en su casa. ¡Qué

felicidad si se quedase al lado de su madre!...

Y Ulises, con asombro de doña Cristina, adoptó esta última resolución.

La buena señora no estaba sola. Una sobrina vivía con ella, como si

fuese su hija. El marino tuvo que rebuscar en el fondo de su memoria

para acordarse de una chicuela de cuatro años que andaba á gatas por la

playa del pueblo de su madre mientras él, con una gravedad de

hombrecito, oía contar al viejo secretario del Municipio las pretéritas

grandezas de la marina catalana.

Era hija de un Blanes--el único pobre de la familia--que mandaba los

buques de sus parientes y había muerto de la fiebre amarilla en un

puerto de la América central. Ferragut no podía explicarse cómo la

criatura-reptil de la arena, con una eterna perla verde colgando de sus

narices, era aquella misma joven esbelta, de un moreno pálido de arroz,

que ostentaba su abultada cabellera semejante á un casco de ébano, con

dos pequeñas espirales ante las orejas. Sus ojos parecían tener las

tintas cambiantes del mar: negros á unas horas, azules á otras, verdes y

profundos cuando reflejaba la luz del sol como un punto de oro.

Se sintió atraído por su sencillez, por la gracia tímida de sus palabras

y sonrisas. Era algo de irresistible novedad para este ruedamundo que

sólo había conocido cobrizas de carcajada bestial, asiáticas

amarillentas de gestos felinos ó europeas de los grandes puertos, que á

las primeras palabras piden de beber y cantan sobre las rodillas del

invitante, poniéndose su gorra como testimonio de amor.

Cinta--este era su nombre--parecía conocerle toda su vida. Había sido

el objeto de sus conversaciones con doña Cristina cuando ambas

entretenían las monótonas horas tejiendo encajes al uso de su pueblo. Al

pasar Ulises ante el cuarto de ella, vió unos retratos suyos de la época

en que era simple agregado á bordo de un trasatlántico. Cinta los había

sustraído indudablemente de las habitaciones de su tía. Admiraba á aquel

primo aventurero desde mucho antes de conocerlo.

Una tarde, contó el marinero á las dos mujeres cómo se había salvado en

la costa de Portugal. La madre le escuchó volviendo la vista,

temblándole las manos al mover los bolillos de su encaje. De pronto sonó

un alarido. Era Cinta, que no podía escuchar más. Y Ulises agradeció sus

lágrimas, sus lamentos convulsivos, sus ojos agrandados por una

expresión de terror.

La madre de Ferragut se preocupaba del porvenir de esta sobrina pobre.

Su única salvación era el matrimonio, y la buena señora había fijado sus

miras en cierto pariente que andaba más allá de los cuarenta,

necesitando el aporte de esta juventud para refrescar su vida de

solterón maduro. Era el sabio de la familia. Doña Cristina lo admiraba

porque no podía leer sin el auxilio de unos lentes y porque ingería en

la conversación palabras latinas, lo mismo que los clérigos. Enseñaba

retórica y latín en el Instituto de Manresa, y hablaba de ser trasladado

algún día á Barcelona, término glorioso de una carrera ilustre. Todas

las semanas se escapaba á la capital para hacer largas visitas á la

viuda del notario.

--Por mí no viene--decía la buena señora--. ¿Quién se molesta por una

vieja?... Te digo que quiere á Cinta, y para la chica será una suerte

casarse con este hombre tan sabio, tan serio.

Escuchándola, Ulises empezó á pensar qué hueso podría romperle un marino

á un catedrático de retórica sin incurrir en responsabilidad.

Un día, Cinta buscó por toda la casa un dedal opaco y gastado que le

servía muchos años. De pronto cesó en sus rebuscas, se puso encarnada y

bajó los ojos. Su mirada había encontrado la mirada fugitiva de su

primo. Lo tenía él. En el cuarto de Ulises se veían cintas, madejas de

hilo, un abanico viejo, depositados sobre papeles y libros, por el

mismo reflujo misterioso que había arrastrado sus retratos del

dormitorio de su madre al de su prima.

El marino gustaba de quedarse en casa. Pasaba largas horas meditando con

los codos en la mesa, pero atento al mismo tiempo á un susurro de

ligeros pasos que podía sonar de un momento á otro en el corredor

inmediato. Todo lo sabía: la trigonometría esférica y rectilínea, la

cosmografía, las leyes de vientos y tempestades, los últimos

descubrimientos oceanográficos. Pero ¿quién podría enseñarle la forma de

hablar á una señorita sin asustarla?... ¿Dónde diablos se aprendía el

arte de declararse á una persona decente?...

En él las dudas no eran nunca largas ni dolorosas. ¡Adelante! Cada uno

sale del paso como puede. Y una tarde, cuando Cinta iba del salón al

dormitorio de su tía para traerle un libro piadoso, tropezó en el

pasillo con Ulises.

De no conocerle, hubiese temblado por su existencia. Se sintió agarrada

por unas manos poderosas que la despegaron del suelo. Luego una boca

ávida estampó en la suya dos besos agresivos. «¡Toma, y toma!...»

Ferragut se arrepintió al ver á su prima temblando contra la pared, con

una palidez de muerte, los ojos lacrimosos.

--Te he hecho daño. Soy un bruto... ¡un bruto!

Casi se puso de rodillas, implorando su perdón; cerraba los puños como

si fuera á golpearse, castigando su atrevimiento. Pero ella no le dejó

seguir... «¡No, no!...» Y mientras gemía esta protesta, sus brazos se

cerraron formando un anillo en torno del cuello de Ulises. Su cabeza se

inclinó hacia él, buscando el abrigo de su hombro. Una boca húmeda se

unió modestamente á la boca del marino, al mismo tiempo que la barba de

éste se mojaba con un rocío de lágrimas.

Y no se dijeron más.

Cuando, semanas después, escuchó doña Cristina la petición de su hijo,

su primer movimiento fué de protesta. Una madre oye con anticipada

benevolencia toda pretensión sobre una hija, pero es ambiciosa y

exigente cuando se trata de un hijo. Ella había soñado algo más

brillante. Pero su indecisión fué corta. Aquella muchacha tímida era

tal vez la mejor compañera para Ulises. Además, estaba preparada, por lo

que había visto en su infancia, para ser la mujer de un marino... ¡Adiós

al catedrático!

Mare nostrum · 第 5 / 36 段