Mediterráneo se veía surcado por los buques de la marina catalana, que
recibían los más diversos nombres. Los ligeros, que se ayudaban con
remos, se llamaban galeas y galiotas, leños, corcias, burcias, taridas,
fustas mancas, xuseres y saetias. Unos eran de _ligna alsata_, ó sea con
altas bandas; otros, de _ligna plana_, ó cubierta corrida. Para las
navegaciones largas á Berbería y Oriente estaban los guarapos,
xalandros, buscios, nizardos, bajeles y cocas. La cabida de estos buques
se marcaba por salmas, botas y cántaros, que equivalían á las modernas
toneladas. La coca era el navío de línea para los grandes combates y los
cargamentos importantes. Las había de dos ó tres cubiertas, y las
armadas en guerra se llamaban encastilladas, por sus dos castillos á
proa y á popa. Además, cubrían su casco sobre la línea de flotación con
cueros vacunos, excelente coraza para evitar el «fuego griego», botes de
materias inflamables que eran la artillería de entonces.
Roger de Lauria y Conrado Lanza habían venido de la Italia aragonesa á
formarse como hombres de mar en la marina catalana.
Génova y Venecia, enriquecidas por las Cruzadas y dueñas de numerosas
factorías en Oriente, veían nacer con inquietud esta tercera potencia
mediterránea. La coca catalana anclaba junto á sus naves en los puertos
de Egipto, en la marina de Trebisonda, en el frío mar de Azof. Sus
mercaderes eran audaces para la navegación, ásperos para la ganancia,
prontos para la pelea. Tal vez por ser los genoveses de igual carácter y
sus vecinos más inmediatos, rompían con ellos. Los astutos venecianos,
para arruinar á Génova, ajustaban un tratado en Perpiñán con la marina
de Cataluña, y empezaba en el Mediterráneo una de las guerras más
crueles de la Historia, guerra de escuadras numerosas y odio implacable,
en la que eran pasadas á cuchillo tripulaciones enteras y los capitanes
vencidos morían pendientes de una antena de su buque.
Los choques iniciados frente á Italia iban á terminarse en la costa de
Asia. Todo el Mediterráneo servía de palenque.
Catalanes y venecianos buscaban á los genoveses en Negroponto; pero
éstos, sintiéndose inferiores, volaban á refugiarse en el Bósforo. Ante
las cúpulas de Santa Sofía, á la vista de los aterrados vecinos de
Constantinopla, todos estos mediterráneos de la cuenca occidental
libraban la llamada batalla de Pera, carnicería marítima en el estrecho
brazo de mar que tiene por orillas los dos continentes. Moría Poncio de
Santapáu, el almirante catalán; moría después el almirante valenciano
Bernardo Ripoll, y la pérdida de estos jefes daba la victoria á los de
Génova.
Pero, un año después, la marina catalana tomaba el desquite en las
costas de Cerdeña, sorprendiendo á la flota genovesa que favorecía la
insurrección del juez de Arborea contra los monarcas de Aragón, señores
de la isla. Ocho mil genoveses quedaban en el fondo del mar, y las naves
vencedoras volvían á Barcelona con tres mil quinientos prisioneros y
cuarenta y una galeras enemigas.
Con este desastre se iniciaba la decadencia marítima de Génova. Los
catalanes expulsaban á sus mercaderes de Egipto, monopolizando el
comercio de África. Alfonso V de Aragón, el único rey marino de España,
empleaba años después el resto de su existencia en expediciones contra
Génova. Sus principios eran desgraciados.
Ulises se acordó de su padrino Labarta al oír cómo este amigo del pasado
hablaba del combate naval de la isla de Ponza. Aún no había llegado á
consolarse de una derrota ocurrida en 1435.
El rey y todos sus feudatarios aragoneses y sicilianos iban con
armaduras de hierro, lo mismo que para un combate terrestre, y la
pesada superioridad de sus armas les hacía ser vencidos por la ligereza
y la táctica de las galeras genovesas. Alfonso V, su hermano el rey de
Navarra y todo el cortejo de magnates quedaban prisioneros de la
República. Asustada ésta por la importancia de su presa, confiaba los
cautivos á la guarda del duque de Milán... Pero los monarcas se
entienden fácilmente para engañar á los gobiernos democráticos, y el
soberano milanés daba suelta al rey de Aragón con todo su
acompañamiento. Luego, éste bloqueaba á Génova con una enorme flota. La
marina provenzal iba en ayuda de sus vecinos y el rey aragonés forzaba
el puerto de Marsella, llevándose como trofeo las cadenas que cerraban
su entrada.
Ulises hacía gestos afirmativos. El rey navegante las había depositado
en la catedral de Valencia. Su padrino el poeta se las había enseñado en
una capilla gótica formando una guirnalda de hierro sobre los negros
sillares.
Cuando Génova, agotada, iba á entregarse, moría Alfonso el Magnánimo, y
sus sucesores olvidaban las rivalidades con la República, para dedicarse
á las guerras por el dominio de Nápoles.
La marina catalana aún siguió dominando el Mediterráneo comercialmente.
A sus antiguos buques agregó las galeras gruesas y las galeras sutiles,
las tafureyas, panfiles, rampines y carabelas.
--Pero Colón--añadía tristemente el catalán--descubrió las Indias, dando
un golpe de muerte á la riqueza marítima del Mediterráneo. Además,
Aragón y Castilla se juntaron, y la vida y el poder fueron contrayéndose
al centro de la Península, lejos de todo mar.
De ser Barcelona la capital de España, ésta habría conservado la
dominación mediterránea. De serlo Lisboa, el imperio colonial español
habría resultado algo orgánico, sólido, con vida robusta. Pero ¿qué
podía esperarse de una nación que había puesto su cabeza en la almohada
de las amarillas estepas interiores, lo más lejos posible de los caminos
del mundo, y sólo enseñaba sus pies á las olas?...
El catalán terminaba hablando tristemente de la decadencia de la marina
mediterránea: combates aislados con los berberiscos de galera á galera;
expediciones inútiles á la costa de África; hazañas de Barceló, el
marino mallorquín; navegaciones comerciales en polacras, tartanas,
pingües, londros, laúdes y canarios.
Todo lo que daba placer á sus gustos lo hacía remontar á los buenos
tiempos de la dominación del Mediterráneo por la marina catalana. Un día
ofreció á Ulises un vino dulce y perfumado.
--Es malvasía. Las primeras cepas las trajeron los almogávares de
Grecia.
Luego dijo, para halagar al muchacho:
--Vecino de Valencia fué Ramón Muntaner, el que escribió la expedición
de catalanes y aragoneses á Constantinopla.
Se entusiasmaba con el recuerdo de esta novelesca aventura, la más
inaudita de la Historia, admirando de paso al almogávar cronista, Homero
rudo en el contar, Ulises y Néstor en el consejo, Aquiles en la dura
acción.
La impaciencia de doña Cristina por reunirse con su marido y devolverle
las comodidades de una casa bien gobernada arrancó á Ulises de esta vida
de la costa.
Durante varios años no vió otro mar que el del golfo valenciano. El
notario se opuso con diversos pretextos á que el médico se llevase otra
vez á su sobrino. Y el _Tritón_ menudeó los viajes á Valencia,
arrostrando todos los inconvenientes y peligros de estas aventuras
terrestres, á impulsos de su desorientada paternidad de célibe.
El y Labarta, al ocuparse del porvenir de Ulises, tomaban cierto aire de
bondadosos regentes encargados del gobierno de un pequeño príncipe. El
muchacho parecía pertenecerles á ellos más que al padre. Sus estudios y
su futuro destino ocupaban las conversaciones de sobremesa cuando el
médico estaba en la ciudad.
Don Esteban sentía cierta satisfacción en molestar á su hermano haciendo
el elogio de una existencia sedentaria y fructuosa.
Allá en las costas de Cataluña vivían sus cuñados los Blanes, unos
verdaderos lobos de mar. Esto último no lo podría contradecir el médico.
Pues bien; sus hijos estaban en Barcelona, unos como dependientes de
comercio, otros plumeando en el despacho de su tío el rico. Todos eran
hijos de marinos, y sin embargo se habían emancipado del mar. En tierra
firme estaban los negocios. Sólo las cabezas locas podían pensar en
barcos y aventuras.
El _Tritón_ sonreía humildemente ante estas alusiones y cruzaba miradas
con su sobrino.
Un secreto existía entre los dos. Ulises, que terminaba su bachillerato,
asistía al mismo tiempo en el Instituto á los cursos de pilotaje. Dos
años le bastaban para completar estos estudios. El tío le había
facilitado las matrículas y los libros, recomendándolo además á uno de
los profesores, antiguo compañero de navegación.
III
PATER OCEANUS
Cuando murió casi repentinamente don Esteban Ferragut, su hijo tenía
diez y ocho años y estudiaba en la Universidad.
En sus últimos tiempos, el notario llegó á sospechar que Ulises no iba á
ser el jurisconsulto célebre que él había soñado. Huía de las clases,
para pasar la mañana en el puerto ejercitándose en el remo. Si entraba
en la Universidad, los bedeles le vigilaban, temiendo la largura de sus
manos. El se creía un marino, é imitaba á los hombres de mar, que,
acostumbrados á medirse con los elementos, consideran poca cosa reñir
con un hombre.
Con violentas alternativas de estudio y de holganza se aproximaba
trabajosamente al término de su carrera, cuando una angina de pecho
acabó de pronto con el notario.
Doña Cristina, al salir de la estupefacción de su dolor, miró en torno
de ella con extrañeza. ¿Por qué seguir en Valencia?... Quiso reunirse
con los suyos al verse sin el hombre que la había trasplantado á este
país. El poeta Labarta cuidaría de sus bienes, que no eran tan
cuantiosos como lo hacía esperar el rendimiento de la notaría. Don
Esteban había sufrido grandes pérdidas en negocios extravagantes
aceptados por bondad; pero aun así, dejaba fortuna suficiente para que
la esposa viviese una desahogada viudez entre sus parientes de
Barcelona.
La pobre señora no sufrió otra contrariedad en el arreglo de su nueva
existencia que la rebeldía de Ulises. Se negaba á continuar su carrera:
quería embarcarse, alegando que para esto se había hecho piloto. En vano
doña Cristina impetró el auxilio de parientes y amigos, prescindiendo
del _Tritón_, pues adivinaba su respuesta. El hermano rico de Barcelona
fué breve y afirmativo: «¿Si eso le da dinero?...» Los Blanes de la
costa mostraron un sombrío fatalismo. Era inútil oponerse si el muchacho
sentía vocación. El mar agarra bien á sus elegidos, y no hay poder
humano que logre desasirlos. Por eso ellos, que ya eran viejos, no oían
á sus hijos que les llamaban á las comodidades de la capital.
Necesitaban vivir junto á la costa, en agradecido contacto con el
monstruo obscuro y pesado que les había mecido maternalmente, cuando con
tanta facilidad podía haberlos hecho pedazos.
El único que protestó fué Labarta. «¿Marino?... Sea en buen hora; pero
marino de guerra, oficial de la Real Armada.» Y el poeta veía su ahijado
revestido de los esplendores de una bélica elegancia: levita azul con
botón de oro todos los días, y en las fiestas casaca de galones y
vueltas rojas, sombrero de picos, sable...
Ulises levantó los hombros ante tales grandezas. Tenía demasiados años
para entrar en la Escuela Naval. Además, quería navegar por todos los
océanos, y aquellos marinos sólo tenían ocasión de ir de un puerto á
otro, como las gentes de cabotaje, ó pasaban años y años sentados en un
ministerio. Para envejecer como un oficinista, era preferible
reconquistar la notaría de su padre.
Al verse doña Cristina bien instalada en Barcelona, con una corte de
sobrinos que adulaban á la tía rica de Valencia, su hijo se embarcó como
aspirante en un trasatlántico que hacía viajes regulares á Cuba y los
Estados Unidos. Así empezaron las navegaciones de Ulises Ferragut, que
sólo habían de terminar con su muerte.
El orgullo de su familia le colocó en un vapor de lujo, un buque-correo
lleno de pasajeros, un hotel flotante, en el que los oficiales tenían
algo de gerentes de «Palace» y la verdadera importancia correspondía á
los maquinistas, que andaban siempre por abajo y al volver á la luz
quedaban modestamente en segundo término, por una ley de jerarquías
anterior á los progresos de la mecánica.
Pasó por el Océano varias veces como se pasa ante un paisaje terrestre á
toda la velocidad de un tren expreso. La calma augusta del mar se
borraba con el batir de las hélices y el ruido sordo de las máquinas.
Por azul que fuese el cielo, siempre lo empañaba un crespón flotante
salido de las chimeneas. Envidiaba á los buques veleros que el
trasatlántico dejaba atrás. Eran iguales á los caminantes reflexivos,
que se saturan del paisaje y entran en largo contacto con su alma. Las
gentes del vapor vivían como los viajeros terrestres que contemplan
adormecidos desde las ventanillas de los vagones una sucesión de vistas
pálidas y vertiginosas rayadas por los hilos telegráficos.
Terminadas sus pruebas de aspirante, fué segundo piloto de una fragata
que iba á la Argentina para cargar trigo en Bahía Blanca. Las lentas
singladuras en días de poco viento, las largas calmas ecuatoriales, le
permitieron penetrar un poco en los misterios de la inmensidad oceánica,
amarga y obscura, que había sido para los pueblos antiguos la «noche del
abismo», el «mar de las tinieblas», el dragón azul que diariamente se
traga al sol.
Ya no vió en el padre Océano el dios caprichoso y tiránico de los
poetas. Todo funcionaba en sus entrañas con una regularidad vital,
sujeto á las leyes generales de la existencia. Hasta las tempestades
rugían dentro del cuadriculado de una reglamentación.
Los dulces vientos alisios empujaban al buque hacia el Sudoeste,
manteniendo una serenidad paradisíaca en el cielo y en el mar. Ante la
proa chisporroteaban las alas de tafetán de los peces voladores,
abriéndose sus enjambres como escuadrillas de diminutos aeroplanos.
Sobre la arboladura cubierta de lonas trazaban largos círculos los
albatros, águilas del desierto atlántico, extendiendo en el purísimo
azul el enorme velamen de sus alas. De tarde en tarde encontraba el
buque praderas flotantes, extensos campos de algas despegadas del mar de
los Sargazos. Tortugas enormes dormitaban hundidas en estas hierbas,
sirviendo de isla de reposo á las gaviotas posadas en su caparazón. Unas
algas eran verdes, nutridas por el agua luminosa de la superficie; otras
tenían el color rojo de las profundidades, adonde llegan mortecinos y
enfriados los últimos rayos del sol. Como frutos de la pradera oceánica,
flotaban apretados racimos de uvas obscuras, cápsulas coriáceas repletas
de agua salobre.
Al aproximarse á la línea ecuatorial, la brisa iba cayendo y la
atmósfera se hacía sofocante. Era la zona de las calmas, el Océano de
aceite obscuro, en el que permanecen los buques semanas enteras con el
velamen rígido, sin que lo haga estremecer un suspiro atmosférico.
Nubes de color de hulla reflejaban en el mar su lento arrastre; lluvias
azotantes se derramaban sobre la cubierta, seguidas de un sol
incendiario que á los pocos minutos era borrado por un nuevo aguacero.
Estas nubes preñadas de cataratas, esta noche tendida en pleno sol sobre
el Atlántico, habían sido el terror de los antiguos. Y sin embargo,
merced á tales fenómenos podían los navegantes pasar de un hemisferio á
otro sin que la luz los hiriese de muerte, sin que el mar quemase como
un espejo de fuego. El calor de la Línea, elevando el agua en vapores,
formaba una banda sombría en torno de la tierra. Desde los otros mundos
debía verse con un cinturón de nubes, casi semejante á los anillos
siderales.
En este mar sombrío y caliente estaba el corazón del Océano, el centro
de la vida circulatoria del planeta. El cielo era un regulador que,
absorbiendo y devolviendo, equilibraba la evaporación. De allí se
expedían las lluvias y los rocíos á todo el resto de la tierra,
modificando sus temperaturas favorablemente para el desarrollo de
animales y vegetales. Allí se cambiaban los vapores de dos mundos, y el
agua del hemisferio Sur--el hemisferio de los grandes mares, sin otros
relieves que los triángulos extremos de África y América y las gibas de
los archipiélagos oceánicos--iba á reforzar, convertida en nubes, los
ríos y arroyos del hemisferio Norte, ocupado en su mayor parte por la
tierras habitadas.
De esta zona ecuatorial, corazón del globo, partían dos ríos de agua
tibia, que iban á calentar las costas del Norte. Eran dos corrientes que
arrancaban del golfo de Méjico y del mar de Java. Su enorme masa
líquida, huyendo sin cesar del Ecuador, determinaba un vasto llamamiento
de agua de los polos que venía á ocupar su espacio. Y estas corrientes
frías y más dulces se precipitaban en el hogar eléctrico de la Línea,
que las calentaba y salaba de nuevo, renovando la vida mundial con su
sístole y su diástole.
El Océano comprimía en vano á los dos ríos cálidos, sin llegar á
confundirse con ellos. Eran torrentes de un intenso azul, casi negro,
que corrían á través de las aguas verdes y frías. Antes que admitir á
éstas, el río azul se acumulaba en su curso formando un dorso, una
bóveda, con dos pendientes por las que resbalaban los cuerpos.
La corriente atlántica, al llegar á Terranova, se abría de brazos,
enviando uno de ellos al mar del Polo. Con el otro, débil y rendido por
el largo viaje, modificaba la temperatura de las islas Británicas,
entibiando dulcemente las costas de Noruega. La corriente indiánica, que
los japoneses llamaban «el río negro» á causa de su color, circulaba
entre las islas, manteniendo más tiempo que la otra sus potencias
prodigiosas de creación y agitación, lo que le permitía trazar sobre el
planeta una enorme cola de vida.
Su centro era el apogeo de la energía terrestre en creaciones vegetales
y animales, en monstruos y pescados. Uno de sus brazos, escapando al
Sur, formaba el mundo misterioso del mar de Coral. En un espacio grande
como cuatro continentes, los pólipos, fortalecidos por el agua tibia,
levantaban millares de atolones, islas anilladas, bancos y arrecifes,
pilares submarinos, terror de la navegación, que, al ligarse entre sí
con un trabajo milenario, iban á crear una nueva tierra, un continente
de recambio, por si la especie humana perdía en un cataclismo su zócalo
actual.
El pulso del dios azul eran las mareas. La tierra se volvía hacia la
luna y los astros con una rotación simpática igual á la de las flores
que se vuelven hacia el sol. Todo lo que en ella hay de más móvil--la
masa flúida de la atmósfera--se dilataba dos veces diariamente, hinchado
su seno, y esta succión atmosférica, obra de la atracción universal, se
reflejaba en las aguas, conmoviéndolas. Los mares cerrados como el
Mediterráneo apenas sentían sus efectos. Las mareas se detenían á su
puerta. Pero en las costas oceánicas la pulsación marina alborotaba el
ejército de las olas, lanzándolas diariamente al asalto de los
acantilados, haciéndolas rugir con babeos de furor entre islas,
promontorios y estrechos, impulsándolas á tragarse extensas tierras, que
devolvían horas después.
Este mar salado, como nuestra sangre, que tiene un corazón, un pulso y
una circulación de dos sangres distintas, renovadas y transformadas
incesantemente, se encolerizaba lo mismo que una criatura orgánica
cuando á las corrientes horizontales de su seno venían á añadirse las
corrientes verticales descendidas de la atmósfera. Las violencias
pasajeras de los vientos, las crisis de la evaporación, las obscuras
fuerzas eléctricas, producían las tempestades.
No eran mas que estremecimientos cutáneos. La tormenta mortal para los
hombres sólo contraía la epidermis marina, mientras la masa profunda de
sus aguas permanecía en lóbrega calma, para cumplir la gran función de
amamantar y renovar los seres. El padre Océano desconocía la existencia
de los infusorios humanos que osaban deslizarse por su superficie en
microscópicos cascarones. No se enteraba de los incidentes que podían
desarrollarse en el techo de su vivienda. Su vida continuaba
equilibrada, calmosa, infinita, engendrando millones de millones de
seres por milésima de segundo.
La majestad del Atlántico en las noches tropicales hacía olvidar á
Ulises las cóleras de sus días negros. Bajo la luna, era una pradera
inmensa de plata viva cortada por serpenteos de sombra. Sus ondulaciones
pastosas, repletas de vida microscópica, iluminaban las noches. Los
infusorios, estremecidos de amor, ardían con azulada fosforescencia. El
mar era de leche luminosa. Las espumas, al romperse contra la proa,
brillaban como fragmentos de globos eléctricos agonizantes.
Cuando la tranquilidad era absoluta y el buque se mantenía inmóvil, con
las velas caídas, pasando lentamente las estrellas de un lado á otro de
sus mástiles, las delicadas medusas, que la más leve ola puede
desgarrar, subían á la superficie, flotando entre dos aguas en torno de
la isla de madera. Eran miles de sombrillas que desfilaban lentamente:
verdes, azules, rosadas, con una coloración vagorosa semejante á la de
las luces de aceite; una procesión japonesa vista desde lo alto, que se
perdía por un lado en el misterio de las aguas negras y llegaba
incesantemente por el lado opuesto.
El joven piloto amaba la navegación á vela, las luchas con el viento, la
soledad de las calmas. Estaba más cerca del Océano que en el puente de
un trasatlántico. La fragata no levantaba espumarajos de rabioso
paleteo. Se deslizaba discretamente en el silencio marítimo que guarda
el secreto de los primeros milenarios de la tierra recién nacida. Los
habitantes oceánicos se aproximaban á ella confiadamente al verla
cabecear como un cetáceo mudo é inofensivo.
En seis años cambió Ulises muchas veces de buque. Había aprendido el
inglés, lengua universal de los dominios azules, y se recreaba con el
estudio de las cartas de Maury, el Evangelio de los navegantes á vela,
obra paciente de un genio obscuro que arrancó por primera vez al Océano
y á la atmósfera el secreto de sus leyes.
Deseoso de conocer nuevos mares y nuevas tierras, no reparaba en la
longitud de los viajes ni en los puertos de destino. Los capitanes
británicos, noruegos y norteamericanos acogían con gusto á este oficial
de buenas maneras, poco exigente en la retribución. Así vagó Ulises
sobre los océanos, como el rey de Itaca sobre el Mediterráneo, guiado
por una fatalidad que lo alejaba de su patria con rudo empellón cada vez
que se proponía regresar á ella. La vista de un buque anclado junto al
suyo y próximo á partir con lejano destino era para él una tentación que
le hacía olvidar la vuelta á España.
Navegó en barcos sucios, viejos y alegres, donde los tripulantes
soltaban todas las velas al temporal y luego de embriagarse se dormían
confiados en el diablo, amigo de los bravos, que los despertaría á la
mañana siguiente. Vivió en buques blancos, silenciosos y limpios como
una casa holandesa, cuyos capitanes llevaban con ellos á la esposa y los
hijos. Unas camareras de albos delantales cuidaban de la cocina y el
aseo de este hogar flotante, compartiendo los peligros de los marineros
rojos y tranquilos, exentos de las tentaciones que provoca el roce de la
mujer. Los domingos, bajo el sol de los trópicos ó á la luz cenicienta
de los cielos septentrionales, el contramaestre leía la Biblia. Los
hombres escuchaban reflexivos, con la cabeza descubierta. Las mujeres se
habían vestido de negro, con una cofia de puntillas y las manos
enmitonadas.
Fué á Terranova á cargar bacalao. Allí era donde la corriente cálida del
golfo de Méjico se encontraba con la fría del Polo. En el choque de
estos dos ríos marinos, los infinitos seres que arrastra el _Gulf
Stream_ desde los mares tropicales morían súbitamente helados. Una
lluvia de pequeños cadáveres descendía á través de las aguas. Los
bacalaos se aglomeraban para nutrirse con este maná, y era tan espeso,
que gran parte de él, librándose de las ávidas mandíbulas, iba á
depositarse en el fondo como una nevada caliza.
En Islandia--la «última Thule» de los antiguos--le enseñaron trozos de
caoba que la corriente ecuatorial había arrastrado desde las Antillas.
En las costas de Noruega admiró la fecundidad formidable del mar viendo
los arenques en marcha.