Las justas.
Fué recibida la reyna en Babilonia con aquel júbilo con que se recibe
siempre una princesa hermosa y desdichada. Entónces Babilonia parecia
algo mas quieta: el príncipe de Hircania habia perdido la vida en una
batalla, y los Babilonios vencedores declaráron que Astarte se casaria
con el que fuera elegido por soberano. Mas no quisiéron que el primer
puesto del mundo, que era el de esposo de Astarte y monarca de
Babilonia, pendiese de enredos y partidos; y juráron reconocer por rey
al mas valiente y discreto. Levantáron á pocas leguas de la ciudad un
vasto palenque cercado de anfiteatros magníficamente adornados; los
mantenedores se habian de presentar armados de punta en blanco, y se
le habia señalado á cada uno un aposento separado, donde no podia ver
ni hablar á nadie. Se habian de correr quatro lanzas; y los que
tuviesen la dicha de vencer á quatro caballeros, habian luego de
pelear unos con otros: de suerte que el postrero por quien quedara el
campo fuese proclamado vencedor del torneo. Quatro dias despues habia
de volver con las mismas armas, y acertar las adivinanzas que
propusiesen los magos; y si no las acertase, no habia de ser rey, mas
se habian de volver á correr lanzas, hasta que se diese con un hombre
que saliese con victoria en ámbas pruebas; porque estaban resueltos á
no reconocer por rey á quien no fuese el mas valiente y mas discreto.
En todo este tiempo no se permitia á la reyna comunicar con nadie:
solo se le daba licencia para que asistiera á los juegos cubierta de
un velo; pero no se le consentia hablar con ninguno de los
pretendientes, porque no hubiese injusticia ni valimiento.
Este aviso daba Astarte á su amante, esperando que acreditada por ella
mas valor y discrecion que nadie. Partióse Zadig, suplicando á Venus
que fortaleciera su ánimo y alumbrara su entendimiento, y llegó á las
riberas del Eufrates la víspera del solemne dia. Hizo asentar luego su
mote entre los de los demas combatientes, escondiendo su nombre y su
rostro, como mandaba la ley, y se fué á descansar al aposento que le
habia cabido eu suerte. Su amigo Cador que estaba de vuelta en
Babilonia, habiéndole buscado en Egipto, mandó llevar á su quarto una
armadura completa que le enviaba la reyna, y tambien con ella el
caballo mas lozano de la Persia. Bien vió Zadig que estas dádivas eran
de mano de Astarte, y adquirió nuevo vigor, y esperanzas nuevas su
amor y su denuedo.
Al dia siguiente, sentada la reyna baxo un dosel guarnecido de piedras
preciosas, y llenos los anfiteatros de todas las damas y de gente de
todos estados de Babilonia, se dexáron ver en el circo los
mantenedores. Puso cada uno su mote á los piés del sumo mago:
sorteáronse, y el de Zadig fué el postrero. Presentóse el primero un
señor muy rico, llamado Itobad, tan lleno de vanidad como falto de
valor, de habilidad, y de entendimiento. Habíanle persuadido sus
sirvientes á que un hombre como el debia de ser rey, y él les habia
respondido: Un hombre como yo debe reynar. Habíanle armado pues de
piés á cabeza: llevaba unas armas de oro con esmaltes verdes, un
penacho verde, y la lanza colgada con cintas verdes. Por el modo de
gobernar Itobad su caballo, se echó luego de ver que no habia
destinado el cetro de Babilonia á un hombre como él el cielo. El
primer caballero que corrió lanza le hizo perder los estribos, y el
segundo le tiró por las ancas del caballo á tierra, las piernas
arriba, y los brazos abiertos. Volvió á montar Itobad, pero haciendo
tan triste figura, que todo el anfiteatro soltó la risa. No se dignó
el tercero de tocarle con la lanza; sino que al pasar junto á él le
agarró por la pierna derecha, y haciéndole dar media-vuelta, le
derribó en la arena; los escuderos de los juegos acudiéron á
levantarle riéndose: el quarto combatiente le coge por la pierna
izquierda, y le tira del otro lado. Conduxéronle con mil baldones á su
aposento, donde conforme á la ley habia de pasar aquella noche: y
decia, pudiendo apénas menearse: ¡Qué aventura para un hombre como yo!
Mejor desempeñáron su obligacion los demas adalides: hubo algunos que
venciéron á dos combatientes, y unos pocos llegáron hasta tres. Solo
el príncipe Otames venció á quatro. Presentóse el postrero Zadig, y
con mucho donayre sacó de los estribos á quatro ginetes uno en pos de
otro; con esto empezó la lid entre Zadig y Otames. Este traía armas de
azul y oro con un penacho de lo mismo; las de Zadig eran blancas. Los
ánimos de los asistentes estaban dividídos entre el caballero azul y
el blanco: á la reyna le palpitaba el corazon, haciendo fervientes
ruegos al ciclo por el color blanco.
Diéron ámbos campeones repetidas vueltas y revueltas con tanta
ligereza, asentáronse y esquiváron tales botes con las lanzas, y tan
fuertes se mantenian en sus estribos, que todos, ménos la reyna,
deseaban que hubiese dos reyes en Babilonia. Cansados ya los caballos,
y rotas las lanzas, usó Zadig esta treta: pasa por detras del príncipe
azul, se abalanza á las ancas de su caballo, le coge por la mitad del
cuerpo, le derriba en tierra: monta en la silla vacía, y empieza á dar
vueltas al rededor de Otames tendido en el suelo. Clama todo el
anfiteatro: Victoria por el caballero blanco. Alzase enfurecido
Otames, saca la espada; da Zadig un salto del caballo el alfange
desnudo. Ambos empiezan en la arena nueva y mas peligrosa batalla; ora
triunfa la agilidad, ora la fuerza. Vuelan al viento heridos de
menudeados golpes el plumage de sus yelmos, los clavos de sus
braceletes, la malla de sus armas. De punta y de filo se hieren á
izquierda, á derecha, la cabeza, el pecho: retiranse, acométense; se
apartan, se agarran de nuevo; dóblanse como serpientes, embísterise
como leones: á cada instante salfan chispas de los golpes que se
pegan. Zadig cobra en fin algún aliento, se para, esquiva un golpe de
Otames, no le da vagar, le derriba, le desarma, y Otames exclama:
Caballero blanco, á vos es debido el trono de Babilonia. No cabia en
sí la reyna de alborozo. Lleváron al caballero azul y al caballero
blanco, á cada uno á su aposento, como habian hecho con todos los
demas, cumpliendo con lo que mandaba la ley. Unos mudos los viniéron á
servir, y les traxéron de comer. Bien se puede presumir si seria el
mudo de la reyna el que sirvió á Zadig. Dexáronlos dormir solos hasta
el otro dia por la mañana, que era quando habia de llevar el vencedor
su mote al sumo mago, para cotejarle y darse á conocer.
Tan cansado estaba Zadig que durmió profundamente, puesto que
enamorado; mas no dormia Itobad que estaba acostado en el quarto
inmediato: y levantándose por la noche entró en el de Zadig, cogió sus
armas blancas y su mote, y puso las suyas verdes en lugar de ellas.
Apénas rayaba el alba, quando se presentó ufano al sumo mago,
declarándole que un hombre como él era el vencedor. Nadie lo esperaba,
pero fué proclamado, miéntras que aun estaba durmiendo Zadig. Volvióse
Astarte á Babilonia atónita y desesperada. Casi vacío estaba todo el
anfiteatro quando despertó Zadig, y buscando sus armas se encontró con
las verdes en su lugar. Vióse precisado á revestirse de ellas, no
teniendo otra cosa de que echar mano. Armase atónito, indignado y
enfurecido, y sale con este arreo. Toda quanta gente aun habia en el
anfiteatro y el circo le acogió con mil baldones; todos so le
arrimaban, y le daban vaya en su cara: nunca hombre sufrió tan
afrentoso desayre. Faltóle la paciencia, y desvió á sablazos el
populacho que se atrevió á denostarle; pero no sabia que hacerse, no
pudiendo ni ver á la reyna, ni reclamar las armas blancas que esta le
habia enviado, por no aventurar su reputacion: y miéntras que estaba
Astarte sumida en un piélago de dolor, fluctuaba él entre furores y
zozobras. Paseábase por las orillas del Eufrates, persuadido á que le
habia destinado su estrella á irremediable desdicha, y recapitulaba en
su mente todas sus desgracias, desde la muger que no podia ver á los
tuertos, hasta la de su armadura. Eso he grangeado, decia, con haber
despertado tarde; si no hubiera dormido tanto, fuera rey de Babilonia,
y posesor de Astarte. Así el saber, las buenas costumbres, el esfuerzo
nunca para mas que para mi desdicha me han valido. Exhalóse al cabo en
murmuraciones contra, la Providencia, y le vino la tentacion de creer
que todo lo regia un destino cruel que á los buenos oprimia, y hacia
que prosperasen los caballeros verdes: que uno de sus mayores
sentimientos era verse con aquellas armas verdes que tanta mofa le
habian acarreado. Pasó un mercader, á quien se las--vendió muy
baratas, y le compró una bata y una gorra larga. En este trage iba
siguiendo la corriente del Eufrates, desesperado, y acusando en su
corazon á la Providencia que no se cansaba de perseguirle.