El ermitaño.
Caminando, como hemos dicho, se encontró con un ermitaño cuya luenga
barba descendia hasta el estómago. Llevaba este un libro que iba
leyendo muy atentamente. Paróse Zadig y le hizo una profunda
reverencia, á que correspondió el ermitaño de manera tan afable y tan
noble, que á Zadig le vino la curiosidad de razonar con él. Preguntóle
qué libro era el que leía. El libro del destino, dixo el ermitaño:
¿quereis leer algun trozo? Pusosele en las manos; mas aunque fuese
Zadig vorsado en muchos idiomas, no pudo conocer ni una letra, con lo
qual se aumentó su curiosidad. Muy triste pareceis, le dixo el buen
padre. ¡Tanto motivo tengo para estarlo! respondió Zadig. Si me dais
licencia para que os acompañe, repuso el anciano, acaso podré serviros
en algo; que á veces he hecho baxar el consuelo á las almas de los
desventurados. La traza, la barba y el libro del ermitaño infundiéron
respeto en Zadig, y en su conversacion encontró superiores luces.
Hablaba el ermitaño del destino, de la justicia, de la moral, del sumo
bien, de la humana flaqueza, de las virtudes y los vicios con tan viva
y penetrante eloqüencia, que Zadig por un irresistible embeleso se
sentia atraído hácia él, y le rogó con ahinco que no le dexara hasta
que estuviesen de vuelta en Babilonia. Ese mismo favor os pido yo;
juradme por Orosmades, que sea lo que fuere lo que me veais hacer, no
os habeis de separar de mí en algunos dias. Jurólo Zadig, y siguiéron
juntos ámbos su camino.
Aquella misma tarde llegáron á una magnifica quinta, y pidió el
ermitaño hospedage para sí y para el mozo que le acompañaba.
Introdúxolos en casa, con ademan de desdeñosa generosidad, un portero
que parecia un gran señor, y los presentó á un criado principal, que
les enseñó los aposentos de su amo. Sentáronlos al cabo de la mesa,
sin que se dignara el dueño de aquel palacio de honrarlos con una
mirada; pero los sirviéron, como á todos los demas, con opulencia y
delicadeza. Diéronles luego agua á manos en una palangana de oro,
guarnecida de esmeraldas y rubíes; lleváronlos á acostar á un suntuoso
aposento, y la mañana siguiente traxo el criado á cada uno una moneda
de oro, y despues los despidiéron.
El amo de esta casa, dixo Zadig en el camino, me parece que es hombre
generoso, aunque algo altivo, y que exercita con nobleza la
hospitalidad. Al decir estas palabras, advirtió que parecia tieso y
henchido una especie de costal muy largo que traía el ermitaño, y vió
dentro la palangana de oro guarnecida de piedras preciosas, que habia
hurtado. No se atrevió á decirle nada, pero estaba confuso y perplexo.
A la hora de mediodia se presentó el ermitaño á la puerta de una
casuca muy mezquina, donde vivia un rico avariento, y pidió que le
hospedaran por pocas lloras. Recibióle con áspero rostro un criado
viejo mal vestido, y llevó á Zadig con el ermitaño á la caballeriza,
donde les sirviéron unas aceytunas podridas, un poco de pan bazo, y de
vino avinagrado. Comió y bebió el ermitaño con tan buen humor como el
dia ántes; y dirigiéndose luego al criado viejo que no quitaba la
vista de uno y otro porque no hurtaran nada, y que les daba priesa
para que se fuesen, le dió las dos monedas de oro que habia recibido
aquella mañana, y agradeciéndole su cortesía, añadió: Ruégoos que me
permitais hablar con vuestro amo. Atónito el criado le presentó los
dos caminantes. Magnífico señor, dixo el ermitaño, no puedo ménos de
daros las mas rendidas gracias por el agasajo tan noble con que nos
habeis hospedado; dignaos de admitir esta palangana de oro en corta
paga de mi gratitud. Poco faltó para desmayarse con el gozo el
avariento; y el ermitaño, sin darle tiempo para volver de su asombro,
se partió á toda priesa con su compañero jóven. Padre mio, le dixo
Zadig, ¿qué quiere decir lo que estoy viendo? paréceme que no os
semejais in nada á los demas: ¡robais una palangana de oro guarnecida
de piedras preciosas á un señor que os hospeda con magnificencia, y se
la dais á un avariento que indignamente os trata! Hijo, respondió el
anciano, el hombre magnífico que solo por vanidad, y por hacer alarde
de sus riquezas, hospeda á los forasteros, se tornará mas cuerdo; y
aprenderá el avariento á exercitar la hospitalidad. No os dé pasmo
nada, y seguidme. Todavía no atinaba Zadig si iba con el mas loco ó
con el mas cuerdo de los hombres; pero tanto era el dominio que se
habia grangeado en su ánimo el ermitaño, que obligado tambien por su
juramento no pudo ménos de seguirle.
Aquella tarde llegáron á una casa aseada, pero sencilla, y donde nada
respiraba prodigalidad ni parsimonia. Era su dueño un filósofo
retirado del tráfago del mundo, que cultivaba en paz la sabiduría y la
virtud, y que nunca se aburria. Habia tenido gusto especial en
edificar este retirado albergue, donde recibia á los forasteros con
una dignidad que en nada se parecia á la ostentacion. El mismo salió
al encuentro á los dos caminantes, los hizo descansar en un aposento
muy cómodo; y poco despues vino él en persona á convidarlos á un
banquete aseado y bien servido, durante el qual habló con mucho tino
de las últimas revoluciones de Babilonia. Pareció adicto de corazon á
la reyna, y hubiera deseado que Zadig se hubiera hallado entre los
competidores á la corona; pero no merecen los hombres, añadió, tener
un rey como Zadig. Abochornado este sentia crecer su dolor. En la
conversacion estuviéron todos conformes en decir que no siempre iban
las cosas de este mundo á gusto de los sabios; pero sustento el
ermitaño que no conocíamos las vias de la Providencia, y que era
desacierto en los hombres fallar acerca de un todo, quando no vían mas
que una pequeñísima parte.
Tratóse de las pasiones. ¡Quan fatales son! dixo Zadig. Son, replicó
el ermitaño, los vientos que hinchen las velas del navío; algunas
veces le sumergen, pero sin ellas no es posible navegar. La bílis hace
iracundo, y causa enfermedades; mas sin bílis no pudiera uno vivir. En
la tierra todo es peligroso, y todo necesario.
Tratóse del deleyte, y probó el ermitaño que era una dádiva de la
divinidad; porque el hombre, dixo, por sí propio no puede tener
sensaciones ni ideas: todo en él es prestado, y la pena y el deleyte
le vienen de otro, como su mismo ser.
Pasmábase Zadig de que un hombre que tantos desatinos habia cometido,
discurriese con tanto acierto. Finalmente despues de una conversacion
no ménos grata que instructiva, llevó su huésped á los dos caminantes
á un aposento, dando gracias al cielo que le habia enviado dos hombres
tan sabios y virtuosos. Brindóles con dinero de un modo ingenuo y
noble que no podia disgustar: rehusóle el ermitaño, y le dixo que se
despedia de él, porque hacia ánimo de partirse para Babilonia ántes
del amanecer. Fué afectuosa su separacion, y con especialidad Zadig se
quedó penetrado de estimacion y cariño á tan amable huésped.
Quando estuvo con el ermitaño en su aposento, hiciéron ámbos un
pomposo elogio de su huésped. Al rayar el alba, despertó el anciano á
su camarada. Vámonos, le dixo; quiero empero, miéntras que duerme todo
el mundo, dexar á este buen hombre una prueba de mi estimacion y mi
cariño. Diciendo esto, cogió una tea, y pegó fuego á la casa. Asustado
Zadig dió gritos, y le quiso estorbar que cometiese accion tan
horrenda; pero se le llevaba tras sí con superior fuerza el ermitaño.
Ardia la casa, y el ermitaño que junto con su compañero ya estaba
desviado, la miraba arder con mucho sosiego. Loado sea Dios, dixo, ya
está la casa de mi buen huésped quemada hasta los cimientos, ¡Qué
hombre tan feliz! Al oir estas palabras le viniéron tentaciones á
Zadig de soltar la risa, de decir mil picardías al padre reverendo, de
darle de palos, y de escaparse; pero las reprimió todas, siempre
dominado por la superioridad del ermitaño, y le siguió hasta la última
jornada.
Alojáronse en casa de una caritativa y virtuosa viuda, la qual tenia
un sobrino de catorce años, muchacho graciosísimo, y que era su única
esperanza. Agasajólos lo mejor que pudo en su casa, y al siguiente dia
mandó á su sobrino que fuera acompañando á los dos caminantes hasta un
puente que se habia roto poco tiempo hacia, y era un paso peligroso.
Precedíalos muy solícito el muchacho; y quando hubiéron, llegado al
puente, le dixo el ermitaño: Ven acá, hijo mio, que quiero manifestar
mi agradecimiento á tu tia; y agarrándole de los cabellos le tira al
rio. Cae el chico, nada un instante encima del agua, y se le lleva la
corriente. ¡O monstruo, o hombre el mas perverso de los hombres!
exclamó Zadig. De tener mas paciencia me habíais dado palabra,
interrumpió el ermitaño: sabed que debaxo de los escombros de aquella
casa á que ha pegado fuego la Providencía, ha encontrado su dueño un
inmenso tesoro; sabed que este mancebo ahogado por la Providencia
habia de asesinar á su tia de aquí á un año, y de aquí á dos á vos
mismo. ¿Quién te lo ha dicho, inhumano? clamó Zadig; ¿y aun quando
hubieses leido ese suceso en tú libro de los destinos, qué derecho
tienes para ahogar á un muchacho que no te ha hecho mal ninguno?
Todavía estaba hablando el Babilonio, quando advirtió que no tenia ya
barba el anciano, y que se remozaba su semblante. Luego desapareció su
trage de ermitaño, y quatro hermosas alas cubriéron un cuerpo
magestuoso y resplandeciente. ¡O paraninfo del cielo, ó ángel divino,
exclamó postrado Zadig, con que has baxado del empíreo para enseñar á
un flaco mortal á que se someta á sus eternos decretos! Los humanos,
dixo el ángel Jesrad, sin saber de nada fallan de todo: entre todos
los mortales tú eras el que mas ser ilustrado merecias. Pidióle Zadig
licencia para hablar, y le dixo: No me fío de mi entendimiento; pero
si he de ser osado á suplicarte que disipes una duda mia, dime ¿si no
valia mas haber enmendado á ese muchacho, y héchole virtuoso, que
ahogarle? Si hubiese sido virtuoso y vivido, respondió Jesrad, era su
suerte ser asesinado con la muger con quien se habia de casar, y el
hijo que de este matrimonio habia de nacer. ¿Con que es indispensable,
dixo Zadig, que haya atrocidades y desventures, y que estas recaygan
en los hombres virtuosos? Los malos, replicó Jesrad, siempre son
desdichados, y sirven para probar un corto número de justos sembrado
sobre la haz de la tierra, sin que haya mal de donde no resulte un
bien. Empero, dixo Zadig, ¿si solo hubiese bienes sin mezcla de males?
La tierra entónces, replicó Jesrad, fuera otra tierra; la cadena de
los sucesos otro órden de sabiduría; y este órden, que seria perfecto,
solo en la mansion del Ser Supremo, donde no puede caber mal ninguno,
puede exîstir. Millones de mundos ha criado, y no hay dos que puedan
parecerse uno á otro: que esta variedad inmensa es un atributo de su
inmenso poder. No hay en la tierra dos hojas de árbol, ni en los
infinitos campos del cielo dos globos enteramente parecidos; y quanto
ves en el pequeñisimo átomo donde has nacido forzosamente, habia de
exîstir en su tiempo y lugar determinado, conforme á las inmutables
órdenes de aquel que todo lo abraza. Piensan los hombres que este niño
que acaba de morir se ha caido por casualidad en el rio, y que aquella
casa se quemó por casualidad; mas no hay casualidad, que todo es
prueba ó castigo, remuneracion ó providencia. Acuérdate de aquel
pescador que se tenia por el mas desventurado de los mortales, y
Orosmades te envió para mudar su suerte. Dexa, flaco mortal, de
disputar contra lo que debes adorar. Empero, dixo Zadig.... Miéntras
él decia EMPERO, ya dirigia el ángel su raudo vuelo á la décima
esfera. Zadig veneró arrodillado la Providencia, y se sometió. De lo
alto de los ciclos le gritó el ángel: Encaminate á Babilonia.