CAPITULO XVIII.

El basilisco.

Llegó Zadig á un hermoso prado, donde vió una muchedumbre de mugeres

que andaban buscando solícitas cosa que parecia que habian perdido.

Acercóse á una de ellas, y le preguntó si queria que las ayudara á

buscar lo que querían hallar. Dios nos libre, respondió la Syria; lo

que nosotras buscamos solo las mugeres pueden tocarlo. Raro es eso,

dixo Zadig: ¿me haréis el favor de decirme qué cosa es esa que solo

las mugeres pueden tocarla? Un basilisco, respondió ella. ¡Un

basilisco, señora! ¿y por qué motivo buscais un basilisco? Para

nuestro señor y dueño Ogul, cuyo palacio estais viendo á orillas del

rio, y al cabo de este prado, que somos sus mas humildes esclavas. El

señor Ogul está malo, y le ha recetado su médico que coma un basilisco

hervido en agua de rosas; y como es animal muy raro, y que solo de las

mugeres se dexa coger, ha prometido el señor Ogul que escogerá por su

querida esposa á la que le lleve un basilisco: con que así dexádmele

buscar; que ya veis lo mucho que yo perderia, si una de mis compañeras

ántes que yo le topara.

Dexó Zadig á esta Syria y á todas las demas que buscaran su basilisco,

y siguió su camino por la pradera. Al llegar á la orilla de un

arroyuelo, encontró á otra dama acostada sobre los céspedes, que no

buscaba nada. Parecia magestuosa su estatura, aunque tenia cubierto el

rostro de un velo. Estaba inclinada la cabeza al anoyo; exhalaba de

rato en rato hondos sollozos, y tenia en la mano una varita con la

qual estaba esciibiendo letras en una fina arena que entre los

céspedes y el arrojo mediaba. Quiso ver Zadig qué era lo que escribia:

arrimóse, y vió una Z, luego una A, y se maravilló: despues leyó una

D, y le dió un vuelco el corazon; mas nunca fué tanto su pasmo, como

quando leyó las dos postreras letras de su nombre. Permaneció inmoble

un rato; rompiendo al fin el silencio, con voz mal segura, dixo:

Generosa dama, perdonad á un extrangero desventurado, que á preguntar

se atreve ¿por qué extraño acaso encuentro aquí el nombre de Zadig,

por vuestra divina mano escrito? Al oir esta voz y estas palabras,

alzó con trémula mano su velo la dama, mitó á Zadig, dió un grito de

temura, de asombro y de alborozo, y rindiéndose á los diversos afectos

que de consuno embatian su alma, cayó desmayada en sus brazos. Era

Astarte, era la reyna de Babilonia, la misma que idolatraba Zadig, y

de cuyo amor le acusaba su conciencia; aquella cuya suerte tantas

lágrimas le habia costado. Estuvo un rato privado del uso de sus

sentidos; y quando cluvó sus miradas en los ojos de Astarte que

lentamente se abrian de nuevo entre desmayados, confusos y amorosos:

¡O potencias inmortales! exclamó, ¿me restitais á mi Astarte? ¿en qué

tiempo, en qué sitio, en qué estado torno á verla? Hincóse de rodillas

ante Astarte, inclinando su fiente baxo del polvo de sus pies. Alzale

la reyna de Babilonia, y le sienta cabe sí en la orilla del arroyo,

enxugando una y mil veces sus ojos que siempre en frescas lágrimas se

bañaban. Veinte veces añudaba ci hilo de razones que interrumpian sus

gemidos; hacíale preguntas acerca del acaso que los habia reunido, y

no daba lugar á que respondiese con preguntas nuevas; empezaba á

contar sus desventuras, y queria saber las de Zadig. Habiendo

finalmente ámbos sosegado un poco el alboroto de su pecho, dixo en

breves palabras Zadig por qué acaso se encontraba en esta pradera.

¿Pero como os hallo, o reyna respetable y desdichada, en este desviado

sitio, vestida de esclava, y acompañada de otras esclavas que buscan

un basilisco, para hervirle, en virtud de una receta de médico, en

agua de rosas?

Miéntras que andan buscando su basilisco, voy á informaros, dixo la

hermosa Astarte, de todo lo que he padecido, y que perdono al cielo

una vez que vuelvo á veros. Ya sabeis que el rey mi esposo llevó á mal

que fuéseis el mas amable de todos los hombres, y acaso por este

motivo tomó una noche la determinacion de mandaros ahorcar, y darme un

tósigo; y tambien sabeis que los cielos compasivos dispusiéron que me

avisara mi enano mudo de las órdenes de su sublime magestad. Apénas os

hubo precisado el fiel Cador á obedecerme y partiros, se atrevió á

penetrar por una puerta excusada en mi quarto á media noche, me sacó

de palacio, y me llevó al templo de Orosmades, donde me encerró su

hermano el mago dentro de una estatua colosal cuya basa se apoya en

los cimientos del templo, y la cabeza toca con la bóveda. Aquí quedé

como enterrada, puesto que el mago que me servia cuidó de que nada me

faltase. Al rayar el dia, entró en mi quarto el boticario de su

magestad con una pócima de beleño, opio, cicuta, eléboro negro, y

anapelo; y otro oficial se encaminó á vuestra casa con un cordon de

seda azul; nias no halláron á nadie. Por engañar mas al rey, le hizo

Cador una falsa denuncia contra nosotros dos, fingiendo que llevábais

vos el camino de la India, y yo el de Menfis; y enviáron gente en

nuestro seguimiento.

No me conocian los mensageros que fuéron en busca riña, porque casi

nunca habia mostrado mi semblante, como no fuese á vos, delante de mi

marido y por órden suya. Ibanme persiguiendo por las señas que de mi

persona les habian dado; y se encontráron á la raya de Egipto con otra

de mi estatura misma, y que acaso era mas hermosa. Estaba bañada en

llanto, y andaba desatentada, de suerte que no dudáron de que era la

reyna de Babilonia, y la conduxéron á Moabdar. Enojóse violentamente

el rey por la equivocacion; mas habiendo luego contemplado mas

atentamente á esta muger, vió que era muy hermosa, y se consoló.

Llamábase Misuf, nombre que, segun despues me han dicho, significa en

egipcíaco la bella antojadiza, y lo era efectivamente; pero no iban en

zaga sus artes á sus antojos, tanto que habiendo gustado á Moabdar, le

cautivó de manera que la declaró su legítima esposa. Manifestóse

entónces su índole sin rebozo, entregándose sin freno á todas las

extravagancias de su imaginacion. Quiso precisar al sumo mago, viejo y

gotoso, á que baylase en su presencia; y habiéndose negado este, le

persiguió de muerte. A su caballerizo mayor le mandó hacer una tarta

de dulce; y puesto que representó que no era repostero, todo fué en

balde: tuvo que hacer la tarta, y le despidió porque estaba muy

tostada. El cargo de caballerizo mayor se le dió á su enano, y á un

page le hizo fiscal del consejo: de esta suerte gobernó á Babilonia.

Llorábame todo el mundo; y el rey, que hasta que habia mandado

ahorcaros y darme veneno habia sido bastante bueno, dexó que sus

virtudes corriesen naufragio en su amor á la bella antojadiza. El dia

del fuego sagrado vino al templo, y le ví implorar á los Dioses por

Misuf, postrado ante la estatua donde estaba yo metida. Alzando

entónces la voz, le dixe: "Los Dioses desechan las súplicas de un rey

convertido en tirano, y que ha querido quitar la vida á una muger de

juicio, por casarse con una loca." Pusiéron estas palabras en tamaña

confusion á Moabdar, que se le fué la cabeza. Con el oráculo que habia

yo pronunciado, y con la tiranía de Misuf sobraba para que perdiera la

razon; y con efecto en pocos dias se volvió loco.

Esta locura, que se atribuyó á castigo del cielo, fué la señal de

rebelion: amotinóse el pueblo, y tomó armas; Babilonia, donde reynaba

tanto tiempo hacia una muelle ociosidad, se convirtió en teatro de una

horrorosa guerra civil. Sacáronme del hueco de mi estatua; pusiéronme

al frente de un partido, y fué Cador corriendo á Menfis, para traeros

á Babilonia. Noticioso de tan fatales nuevas acudió el príncipe de

Hircania con su exército á formar tercer partido en la Caldea, y vino

á embestir al rey que le salió al encuentro con su desatinada

egipcíaca. Murió Moabdar, traspasado de mil heridas, y cayó Misuf en

poder del vencedor. Quiso mi desventura que yo tambien fuera cogida

por una partida de guerrilla hircana, que me conduxo á presencia del

príncipe, al mismo tiempo que le llevaban á Misuf. Sin duda sabréis

con satisfaccion que me tuvo este por mas hermosa que la egipcia, pero

no será de ménos sentimiento para vos qué os diga que me destinó para

su serrallo, diciéndome sin andarse con rodeos, que luego que

concluyese una expedicion militar para la qual iba á partirse, vendria

á mí. Figúraos qual fué mi quebranto: rotos los vínculos que con

Moabdar me estrechaban, podia ser de Zadig, y caía en los hierros de

un bárbaro. Respondíle con toda la altivez que me inspiraban mi alta

gerarquía y mis afectos, habiendo oido decir toda mi vida que las

personas de mi dignidad las habian dotado los cielos de tal grandeza,

que con una palabra y un mirar de ojos confundian en el polvo de la

nada á quantos temerarios eran osados á apartarse un punto del mas

reverente acatamiento. Hablé como reyna, pero fuí tratada como una

moza de cántaro: el Hircano, sin dignarse siquiera de responderme, le

dixo á su eunuco negro que yo era mal hablada, pero que le parecia

linda. Mandóle que me cuidase y me diera el trato que á las que

estaban en su privanza, para que me volviesen los colores, y fuese mas

digna de sus caricias el dia que le pareciese oportuno honrarme con

ellas. Díxele que me mataria, y me respondió riéndose que ninguna se

mataba por esas cosas, y que estaba acostumbrado á semejantes

melindres, y se fué dexándome como un xilguero en jaula. ¡Qué

situacion para la primera reyiia del universo, y mas para un corazon

que era de Zadig!

El qual se hincó de rodillas al oir estas razones, regando con sus

lágrimas las plantas de Astarte. Alzóle esta cariñosamente, y

prosiguió diciendo: Víame en poder de un bárbaro, y en competencia con

una loca con quien estaba encerrada. Contóme Misuf su aventura de

Egipto; y por la pintura que de vos hizo, por el tiempo, por el

dromedario en que ibais montado, y por las demas circunstancias vine

en conocimiento de que era Zadig quien habia peleado en su defensa; y

no dudando de que estuviérais en Menfis, me determiné á refugiarme en

esta ciudad. Bella Misuf, le dixe, vos sois mucho mas donosa que yo, y

divertiréis mas bien al príncipe de Hircania: procuradme medio para

escapar; reynaréis vos sola, y me haréis feliz, librándoos de una

rival. Misuf me ayudó á efectuar mi fuga, y me partí secretamente con

una esclava egipcia.

Ya tocaba con la Arabia, quando me robó un bandolero muy nombrado,

llamado Arbogad, el qual me vendió á unos mercaderes que me traxéron á

este palacio, donde reside el señor Ogul, que me compró sin saber

quien yo fuese. Es este un gloton, que solo piensa en atracarse bien,

y cree que le ha echado Dios al mundo para disfrutar de una bueua

mesa. Está tan excesivamente gordo, que á cada instante parece que va

á reventar. Su médico poco influxo tiene con él quando hace buena

digestion, pero le manda despóticamente quando tiene ahitera; y ahora

le ha hecho creer que le habia de sanar con un basilisco hervido en

agua de rosas. Ha prometido dar su mano á la esclava que le traxere un

basilisco, y ya veis que yo las dexo que se merezcan tan alta honra,

no habiendo nunca tenido ménos ganas de topar el tal basilisco que

desde que han querido los cielos que volviese á veros.

Dixéronse entónces Astarte y Zadig quanto á los mas generosos y

apasionados pechos pudiéron inspirar afectos tanto tiempo

contrarestados, y tanto amor, y tanta desdicha; y los genios que al

amor presiden lleváron las razones de ámbos á la esfera de Vénus.

Tornáronse á la quinta de Ogul las mugeres sin haber hallado nada.

Zadig se presentó á él, y le habló así: Descienda del cielo la

inmortal Hygia para dilatar vuestros años. Yo soy médico; he venido

habiendo oido hablar de vuestra dolencia, y os traygo un basilisco

hervido en agua de rosas; no porque aspire á casarme con vos, que solo

os pido la libertad de una esclava jóven de Babilonia, que os

vendiéron pocos dias hace; y me allano á permanecer esclavo en su

lugar, si no tengo la dicha de sanar al magnifico señor Ogul.

Fué admitida la propuesta, y se partió Astarte para Babilonia en

compañía del criado de Zadig, prometiéndole que le despacharia sin

tardanza un mensagero, para informarle de quanto hubiese sucedido. No

ménos que su reconocimiento fuéron amorosos sus vales: porque, como

está escrito en el gran libro del Zenda, las dos épocas mas solemnes

de la vida son el instante en que nos volvemos á ver, y aquel en que

nos separamos. Queria Zadig á la reyna tanto como se lo juraba, y la

reyna queria á Zadig mas de lo que decia.

Zadig habló de esta suerte á Ogul: Señor, mi basilisco no se come, que

toda su virtud se os ha de introducir por los poros; yo le he puesto

dentro de una odre bien henchida de viento, y cubierta de un cuero muy

fino; es menester que empujeis hácia mí dicha odre en el ayre con toda

vuestra fuerza, y que yo os la tire muchas veces; y con pocos dias de

dieta y de este exercicio veréis la eficacia de mi arte. Al primer dia

se hubo de ahogar Ogul, y creyó que iba á exhalar el alma; al segundo

se cansó ménos, y durmió mas bien: por fin á los ocho dias recobró

toda la fuerza, la salud, la ligereza, y el buen humor de sus mas

floridos años. Zadig le dixo: Habeis jugado á la pelota, y no os

habeis hartado: sabed que no hay tal basilisco en el mundo; que un

hombre sobrio y que hace exercicio siempre vive sano, y que tan

imaginado es el arte de amalgamar la gula con la salud como la piedra

filosofal, la astrología judiciaria, y la teología de los magos.

Conociendo el primer médico de Ogul quan peligroso para la medicina

era semejante hombre, se coligó con el boticario del gremio para

enviarle á buscar basiliscos al otro mundo: de suerte que habiendo

sido castigado siempre por sus buenas acciones, iba á morir por haber

dado la salud á un señor gloton. Convidáronle á un espléndido

banquete, donde le debian dar veneno al segundo servicio; pero estando

en el primero, recibió un parte de la hermosa reyna, y se levantó de

la mesa, partiéndose sin tardanza. El que es amado de una hermosa,

dice el gran Zoroastro, de todo sale bien en este mundo.

Zadig, ó El Destino, Historia Oriental · 第 32 / 36 题