El basilisco.
Llegó Zadig á un hermoso prado, donde vió una muchedumbre de mugeres
que andaban buscando solícitas cosa que parecia que habian perdido.
Acercóse á una de ellas, y le preguntó si queria que las ayudara á
buscar lo que querían hallar. Dios nos libre, respondió la Syria; lo
que nosotras buscamos solo las mugeres pueden tocarlo. Raro es eso,
dixo Zadig: ¿me haréis el favor de decirme qué cosa es esa que solo
las mugeres pueden tocarla? Un basilisco, respondió ella. ¡Un
basilisco, señora! ¿y por qué motivo buscais un basilisco? Para
nuestro señor y dueño Ogul, cuyo palacio estais viendo á orillas del
rio, y al cabo de este prado, que somos sus mas humildes esclavas. El
señor Ogul está malo, y le ha recetado su médico que coma un basilisco
hervido en agua de rosas; y como es animal muy raro, y que solo de las
mugeres se dexa coger, ha prometido el señor Ogul que escogerá por su
querida esposa á la que le lleve un basilisco: con que así dexádmele
buscar; que ya veis lo mucho que yo perderia, si una de mis compañeras
ántes que yo le topara.
Dexó Zadig á esta Syria y á todas las demas que buscaran su basilisco,
y siguió su camino por la pradera. Al llegar á la orilla de un
arroyuelo, encontró á otra dama acostada sobre los céspedes, que no
buscaba nada. Parecia magestuosa su estatura, aunque tenia cubierto el
rostro de un velo. Estaba inclinada la cabeza al anoyo; exhalaba de
rato en rato hondos sollozos, y tenia en la mano una varita con la
qual estaba esciibiendo letras en una fina arena que entre los
céspedes y el arrojo mediaba. Quiso ver Zadig qué era lo que escribia:
arrimóse, y vió una Z, luego una A, y se maravilló: despues leyó una
D, y le dió un vuelco el corazon; mas nunca fué tanto su pasmo, como
quando leyó las dos postreras letras de su nombre. Permaneció inmoble
un rato; rompiendo al fin el silencio, con voz mal segura, dixo:
Generosa dama, perdonad á un extrangero desventurado, que á preguntar
se atreve ¿por qué extraño acaso encuentro aquí el nombre de Zadig,
por vuestra divina mano escrito? Al oir esta voz y estas palabras,
alzó con trémula mano su velo la dama, mitó á Zadig, dió un grito de
temura, de asombro y de alborozo, y rindiéndose á los diversos afectos
que de consuno embatian su alma, cayó desmayada en sus brazos. Era
Astarte, era la reyna de Babilonia, la misma que idolatraba Zadig, y
de cuyo amor le acusaba su conciencia; aquella cuya suerte tantas
lágrimas le habia costado. Estuvo un rato privado del uso de sus
sentidos; y quando cluvó sus miradas en los ojos de Astarte que
lentamente se abrian de nuevo entre desmayados, confusos y amorosos:
¡O potencias inmortales! exclamó, ¿me restitais á mi Astarte? ¿en qué
tiempo, en qué sitio, en qué estado torno á verla? Hincóse de rodillas
ante Astarte, inclinando su fiente baxo del polvo de sus pies. Alzale
la reyna de Babilonia, y le sienta cabe sí en la orilla del arroyo,
enxugando una y mil veces sus ojos que siempre en frescas lágrimas se
bañaban. Veinte veces añudaba ci hilo de razones que interrumpian sus
gemidos; hacíale preguntas acerca del acaso que los habia reunido, y
no daba lugar á que respondiese con preguntas nuevas; empezaba á
contar sus desventuras, y queria saber las de Zadig. Habiendo
finalmente ámbos sosegado un poco el alboroto de su pecho, dixo en
breves palabras Zadig por qué acaso se encontraba en esta pradera.
¿Pero como os hallo, o reyna respetable y desdichada, en este desviado
sitio, vestida de esclava, y acompañada de otras esclavas que buscan
un basilisco, para hervirle, en virtud de una receta de médico, en
agua de rosas?
Miéntras que andan buscando su basilisco, voy á informaros, dixo la
hermosa Astarte, de todo lo que he padecido, y que perdono al cielo
una vez que vuelvo á veros. Ya sabeis que el rey mi esposo llevó á mal
que fuéseis el mas amable de todos los hombres, y acaso por este
motivo tomó una noche la determinacion de mandaros ahorcar, y darme un
tósigo; y tambien sabeis que los cielos compasivos dispusiéron que me
avisara mi enano mudo de las órdenes de su sublime magestad. Apénas os
hubo precisado el fiel Cador á obedecerme y partiros, se atrevió á
penetrar por una puerta excusada en mi quarto á media noche, me sacó
de palacio, y me llevó al templo de Orosmades, donde me encerró su
hermano el mago dentro de una estatua colosal cuya basa se apoya en
los cimientos del templo, y la cabeza toca con la bóveda. Aquí quedé
como enterrada, puesto que el mago que me servia cuidó de que nada me
faltase. Al rayar el dia, entró en mi quarto el boticario de su
magestad con una pócima de beleño, opio, cicuta, eléboro negro, y
anapelo; y otro oficial se encaminó á vuestra casa con un cordon de
seda azul; nias no halláron á nadie. Por engañar mas al rey, le hizo
Cador una falsa denuncia contra nosotros dos, fingiendo que llevábais
vos el camino de la India, y yo el de Menfis; y enviáron gente en
nuestro seguimiento.
No me conocian los mensageros que fuéron en busca riña, porque casi
nunca habia mostrado mi semblante, como no fuese á vos, delante de mi
marido y por órden suya. Ibanme persiguiendo por las señas que de mi
persona les habian dado; y se encontráron á la raya de Egipto con otra
de mi estatura misma, y que acaso era mas hermosa. Estaba bañada en
llanto, y andaba desatentada, de suerte que no dudáron de que era la
reyna de Babilonia, y la conduxéron á Moabdar. Enojóse violentamente
el rey por la equivocacion; mas habiendo luego contemplado mas
atentamente á esta muger, vió que era muy hermosa, y se consoló.
Llamábase Misuf, nombre que, segun despues me han dicho, significa en
egipcíaco la bella antojadiza, y lo era efectivamente; pero no iban en
zaga sus artes á sus antojos, tanto que habiendo gustado á Moabdar, le
cautivó de manera que la declaró su legítima esposa. Manifestóse
entónces su índole sin rebozo, entregándose sin freno á todas las
extravagancias de su imaginacion. Quiso precisar al sumo mago, viejo y
gotoso, á que baylase en su presencia; y habiéndose negado este, le
persiguió de muerte. A su caballerizo mayor le mandó hacer una tarta
de dulce; y puesto que representó que no era repostero, todo fué en
balde: tuvo que hacer la tarta, y le despidió porque estaba muy
tostada. El cargo de caballerizo mayor se le dió á su enano, y á un
page le hizo fiscal del consejo: de esta suerte gobernó á Babilonia.
Llorábame todo el mundo; y el rey, que hasta que habia mandado
ahorcaros y darme veneno habia sido bastante bueno, dexó que sus
virtudes corriesen naufragio en su amor á la bella antojadiza. El dia
del fuego sagrado vino al templo, y le ví implorar á los Dioses por
Misuf, postrado ante la estatua donde estaba yo metida. Alzando
entónces la voz, le dixe: "Los Dioses desechan las súplicas de un rey
convertido en tirano, y que ha querido quitar la vida á una muger de
juicio, por casarse con una loca." Pusiéron estas palabras en tamaña
confusion á Moabdar, que se le fué la cabeza. Con el oráculo que habia
yo pronunciado, y con la tiranía de Misuf sobraba para que perdiera la
razon; y con efecto en pocos dias se volvió loco.
Esta locura, que se atribuyó á castigo del cielo, fué la señal de
rebelion: amotinóse el pueblo, y tomó armas; Babilonia, donde reynaba
tanto tiempo hacia una muelle ociosidad, se convirtió en teatro de una
horrorosa guerra civil. Sacáronme del hueco de mi estatua; pusiéronme
al frente de un partido, y fué Cador corriendo á Menfis, para traeros
á Babilonia. Noticioso de tan fatales nuevas acudió el príncipe de
Hircania con su exército á formar tercer partido en la Caldea, y vino
á embestir al rey que le salió al encuentro con su desatinada
egipcíaca. Murió Moabdar, traspasado de mil heridas, y cayó Misuf en
poder del vencedor. Quiso mi desventura que yo tambien fuera cogida
por una partida de guerrilla hircana, que me conduxo á presencia del
príncipe, al mismo tiempo que le llevaban á Misuf. Sin duda sabréis
con satisfaccion que me tuvo este por mas hermosa que la egipcia, pero
no será de ménos sentimiento para vos qué os diga que me destinó para
su serrallo, diciéndome sin andarse con rodeos, que luego que
concluyese una expedicion militar para la qual iba á partirse, vendria
á mí. Figúraos qual fué mi quebranto: rotos los vínculos que con
Moabdar me estrechaban, podia ser de Zadig, y caía en los hierros de
un bárbaro. Respondíle con toda la altivez que me inspiraban mi alta
gerarquía y mis afectos, habiendo oido decir toda mi vida que las
personas de mi dignidad las habian dotado los cielos de tal grandeza,
que con una palabra y un mirar de ojos confundian en el polvo de la
nada á quantos temerarios eran osados á apartarse un punto del mas
reverente acatamiento. Hablé como reyna, pero fuí tratada como una
moza de cántaro: el Hircano, sin dignarse siquiera de responderme, le
dixo á su eunuco negro que yo era mal hablada, pero que le parecia
linda. Mandóle que me cuidase y me diera el trato que á las que
estaban en su privanza, para que me volviesen los colores, y fuese mas
digna de sus caricias el dia que le pareciese oportuno honrarme con
ellas. Díxele que me mataria, y me respondió riéndose que ninguna se
mataba por esas cosas, y que estaba acostumbrado á semejantes
melindres, y se fué dexándome como un xilguero en jaula. ¡Qué
situacion para la primera reyiia del universo, y mas para un corazon
que era de Zadig!
El qual se hincó de rodillas al oir estas razones, regando con sus
lágrimas las plantas de Astarte. Alzóle esta cariñosamente, y
prosiguió diciendo: Víame en poder de un bárbaro, y en competencia con
una loca con quien estaba encerrada. Contóme Misuf su aventura de
Egipto; y por la pintura que de vos hizo, por el tiempo, por el
dromedario en que ibais montado, y por las demas circunstancias vine
en conocimiento de que era Zadig quien habia peleado en su defensa; y
no dudando de que estuviérais en Menfis, me determiné á refugiarme en
esta ciudad. Bella Misuf, le dixe, vos sois mucho mas donosa que yo, y
divertiréis mas bien al príncipe de Hircania: procuradme medio para
escapar; reynaréis vos sola, y me haréis feliz, librándoos de una
rival. Misuf me ayudó á efectuar mi fuga, y me partí secretamente con
una esclava egipcia.
Ya tocaba con la Arabia, quando me robó un bandolero muy nombrado,
llamado Arbogad, el qual me vendió á unos mercaderes que me traxéron á
este palacio, donde reside el señor Ogul, que me compró sin saber
quien yo fuese. Es este un gloton, que solo piensa en atracarse bien,
y cree que le ha echado Dios al mundo para disfrutar de una bueua
mesa. Está tan excesivamente gordo, que á cada instante parece que va
á reventar. Su médico poco influxo tiene con él quando hace buena
digestion, pero le manda despóticamente quando tiene ahitera; y ahora
le ha hecho creer que le habia de sanar con un basilisco hervido en
agua de rosas. Ha prometido dar su mano á la esclava que le traxere un
basilisco, y ya veis que yo las dexo que se merezcan tan alta honra,
no habiendo nunca tenido ménos ganas de topar el tal basilisco que
desde que han querido los cielos que volviese á veros.
Dixéronse entónces Astarte y Zadig quanto á los mas generosos y
apasionados pechos pudiéron inspirar afectos tanto tiempo
contrarestados, y tanto amor, y tanta desdicha; y los genios que al
amor presiden lleváron las razones de ámbos á la esfera de Vénus.
Tornáronse á la quinta de Ogul las mugeres sin haber hallado nada.
Zadig se presentó á él, y le habló así: Descienda del cielo la
inmortal Hygia para dilatar vuestros años. Yo soy médico; he venido
habiendo oido hablar de vuestra dolencia, y os traygo un basilisco
hervido en agua de rosas; no porque aspire á casarme con vos, que solo
os pido la libertad de una esclava jóven de Babilonia, que os
vendiéron pocos dias hace; y me allano á permanecer esclavo en su
lugar, si no tengo la dicha de sanar al magnifico señor Ogul.
Fué admitida la propuesta, y se partió Astarte para Babilonia en
compañía del criado de Zadig, prometiéndole que le despacharia sin
tardanza un mensagero, para informarle de quanto hubiese sucedido. No
ménos que su reconocimiento fuéron amorosos sus vales: porque, como
está escrito en el gran libro del Zenda, las dos épocas mas solemnes
de la vida son el instante en que nos volvemos á ver, y aquel en que
nos separamos. Queria Zadig á la reyna tanto como se lo juraba, y la
reyna queria á Zadig mas de lo que decia.
Zadig habló de esta suerte á Ogul: Señor, mi basilisco no se come, que
toda su virtud se os ha de introducir por los poros; yo le he puesto
dentro de una odre bien henchida de viento, y cubierta de un cuero muy
fino; es menester que empujeis hácia mí dicha odre en el ayre con toda
vuestra fuerza, y que yo os la tire muchas veces; y con pocos dias de
dieta y de este exercicio veréis la eficacia de mi arte. Al primer dia
se hubo de ahogar Ogul, y creyó que iba á exhalar el alma; al segundo
se cansó ménos, y durmió mas bien: por fin á los ocho dias recobró
toda la fuerza, la salud, la ligereza, y el buen humor de sus mas
floridos años. Zadig le dixo: Habeis jugado á la pelota, y no os
habeis hartado: sabed que no hay tal basilisco en el mundo; que un
hombre sobrio y que hace exercicio siempre vive sano, y que tan
imaginado es el arte de amalgamar la gula con la salud como la piedra
filosofal, la astrología judiciaria, y la teología de los magos.
Conociendo el primer médico de Ogul quan peligroso para la medicina
era semejante hombre, se coligó con el boticario del gremio para
enviarle á buscar basiliscos al otro mundo: de suerte que habiendo
sido castigado siempre por sus buenas acciones, iba á morir por haber
dado la salud á un señor gloton. Convidáronle á un espléndido
banquete, donde le debian dar veneno al segundo servicio; pero estando
en el primero, recibió un parte de la hermosa reyna, y se levantó de
la mesa, partiéndose sin tardanza. El que es amado de una hermosa,
dice el gran Zoroastro, de todo sale bien en este mundo.