El perro y el caballo.
En breve experimentó Zadig que, como dice el libro de Zenda-Vesta, si
el primer mes de matrimonio es la luna de miel, el segundo es la de
acibar. Vióse muy presto precisado á repudiar á Azora, que se habia
tornado inaguantable, y procuró ser feliz estudiando la naturaleza. No
hay ser mas venturoso, decia, que el filósofo que estudia el gran
libro abierto por Dios á los ojos de los hombres. Las verdades que
descubre son propiedad suya: sustenta y enaltece su ánimo, y vive con
sosiego, sin temor de los demas, y sin que venga su tierna esposa á
cortarle las narices.
Empapado en estas ideas, se retiró á una quinta á orillas del
Eufrates, donde no se ocupaba en calcular quantas pulgadas de agua
pasan cada segundo baxo los arcos de un puente, ni si el mes del raton
llueve una línea cúbica de agua mas que el del carnero; ni ideaba
hacer seda con telarañas, ó porcelana con botellas quebradas;
estudiaba, sí, las propiedades de los animales y las plantas, y en
poco tiempo grangeó una sagacidad que le hacia tocar millares de
diferencias donde los otros solo uniformidad veían.
Paseándose un dia junto á un bosquecillo, vió venir corriendo un
eunuco de la reyna, acompañado de varios empleados de palacio: todos
parecian llenos de zozobra, y corrian á todas partes como locos que
andan buscando lo mas precioso que han perdido. Mancebo, le dixo el
principal eunuco, ¿vísteis al perro de la reyna? Respondióle Zadig con
modestia: Es perra que no perro. Teneis razon, replicó el primer
eunuco. Es una perra fina muy chiquita, continuó Zadig, que ha parido
poco ha, coxa del pié izquierdo delantero, y que tiene las orejas muy
largas. ¿Con que la habeis visto? dixo el primer eunuco fuera de sí.
No por cierto, respondió Zadig; ni la he visto, ni sabia que la reyna
tuviese perra ninguna.
Aconteció que por un capricho del acaso se hubiese escapado al mismo
tiempo de manos de un palafrenero del rey el mejor caballo de las
caballerizas reales, y andaba corriendo por la vega de Babilonia. Iban
tras de él el caballerizo mayor y todos sus subalternos con no ménos
premura que el primer eunuco tras de la perra, Dirigióse el
caballerizo á Zadig, preguntándole si habia visto el caballo del rey.
Ese es un caballo, dixo Zadig, que tiene el mejor galope, dos varas de
alto, la pesuña muy pequeña, la cola de vara y quarta de largo; el
bocado del freno es de oro de veinte y tres quilates, y las herraduras
de plata de once dineros. ¿Y por donde ha ido? ¿donde está? preguntó
el caballerizo mayor. Ni le he visto, repuso Zadig, ni he oido nunca
hablar de él.
Ni al caballerizo mayor ni al primer eunuco les quedó duda de que
habia robado Zadig el caballo del rey y la perra de la reyna;
conduxeronle pues á la asamblea del gran Desterham, que le condenó á
doscientos azotes y seis años de presidio. No bien hubiéron dado la
sentencia, quando pareciéron el caballo y la perra, de suerte que se
viéron los jueces en la dolorosa precision de anular su sentencia;
condenaron empero á Zadig á una multa de quatrocientas onzas de oro,
porque habia dicho queno habia visto habiendo visto. Primero pagó la
multa, y luego se le permitió defender su pleyto ante el consejo del
gran Desterliam, donde dixo así:
Astros de justicia, pozos de ciencia, espejos de la verdad, que con la
gravedad del plomo unís la dureza del hierro, el brillo del diamante,
y no poca afinidad con el oro, siéndome permítido hablar ante esta
augusta asamblea, juro por Orosmades, que nunca ví ni la respetable
perra de la reyna, ni el sagrado caballo del rey de reyes. El suceso
ha sido como voy á contar. Andaba paseando por el bosquecillo donde
luego encontré al venerable eunuco, y al ilustrísimo caballerizo
mayor. Observé en la arena las huellas de un animal, y fácilmente
conocí que era un perro chico. Unos surcos largos y ligeros, impresos
en montoncillos de arena entre las huellas de las patas, me diéron á
conocer que era una perra, y que le colgaban las tetas, de donde
colegí que habia parido pocos dias hacia. Otros vestigios en otra
direccion, que se dexaban ver siempre al ras de la arena al lado de
los piés delanteros, me demostráron que tenia las orejas largas; y
como las pisadas del un pié eran ménos hondas en la arena que las de
los otros tres, saqué por conseqüencia que era, si soy osado á
decirlo, algo coxa la perra de nuestra augusta reyna.
En quanto al caballo del rey de reyes, la verdad es que paseándome por
las veredas de dicho bosque, noté las señales de las herraduras de un
caballo, que estaban todas á igual distancia. Este caballo, dixe,
tiene el galope perfecto. En una senda angosta que no tiene mas de dos
varas y media de ancho, estaba á izquierda y á derecha barrido el
polvo en algunos parages. El caballo, conjeturé yo, tiene una cola de
vara y quarta, que con sus movimientos á derecha y á izquierda ha
barrido este polvo. Debaxo de los árboles que formaban una enramada de
dos varas de alto, estaban recien caidas las hojas de las ramas, y
conocí que las habia dexado caer el caballo, que por tanto tenia dos
yaras. Su freno ha de ser de oro de veinte y tres quilates, porque
habiendo estregado la cabeza del bocado contra una piedra que he visto
que era de toque, hice la prueba. Por fin, las marcas que han dexado
las herraduras en piedras de otra especie me han probado que eran de
plata de once dineros.
Quedáronse pasmados todos los jueces con el profundo y sagaz tino de
Zadig, y llegó la noticia al rey y la reyna. En antesalas, salas, y
gabinetes no se hablaba mas que de Zadig, y el rey mandó que se le
restituyese la multa de quatrocientas onzas de oro á que habia sido
sentenciado, puesto que no pocos magos eran de dictámen de quemarle
como hechicero. Fuéron con mucho aparato á su casa el escribano de la
causa, los alguaciles y los procuradores, á llevarle sus quatrocientas
onzas, sin guardar por las costas mas que trecientas noventa y ocho;
verdad es que los escribientes pidiéron una gratificacion.
Viendo Zadig que era cosa muy peligrosa el saber en demasía, hizo
propósito firme de no decir en otra ocasion lo que hubiese visto, y la
ocasion no tardó en presentarse. Un reo de estado se escapó, y pasó
por debaxo de los balcones de Zadig. Tomáronle declaracion á este, no
declaró nada; y habiéndole probado que se habia asomado al balcon, por
tamaño delito fué condenado á pagar quinientas onzas do oro, y dió las
gracias á los jueces por su mucha benignidad, que así era costumbre en
Babilonia, ¡Gran Dios, decia Zadig entre sí, qué desgraciado es quien
se pasea en un bosque por donde haya pasado el caballo del rey, ó la
perrita de la reyna! ¡Qué de peligros corre quien á su balcon se
asoma! ¡Qué cosa tan difícil es ser dichoso en esta vida!