Las narices.
Un dia que volvia del paseo Azora toda inmutada, y haciendo
descompuestos ademanes: ¿Qué tienes, querida? le dixo Zadig; ¿qué es
lo que tan fuera de tí te ha puesto? ¡Ay! le respondió Azora, lo mismo
hicieras tú, si hubieses visto la escena que acabo yo de presenciar,
Habia ido á consolár á Cosrúa, la viuda jóven que ha erigido, dos días
ha, un mausoleo al difunto mancebo, marido suyo, cabe el arroyo que
baña esta pradera, jurando á los Dioses, en su dolor, que no se
apartaria de las inmediaciones de este sepulcro, miéntras el arroyo no
mudara su corriente. Bien está, dixo Zadig; eso es señal de que es una
muger de bien, que amaba de veras á su marido. Ha, replico Azora, si
tú supieras qual era su ocupacion quando entré á verla.--¿Qual era,
hermosa Azora?--Dar otro cauce al arroyo. Añadió luego Azora tantas
invectivas, prorumpió en tan agrias acusaciones contra la viuda moza,
que disgustó mucho á Zadig virtud tan jactanciosa. Un amigo suyo,
llamado Cador, era uno de los mozos que reputaba Azora por de mayor
mérito y probidad que otros; Zadig le fió su secreto, afianzando, en
quanto le fué posible, su fidelidad con quantiosas dádivas. Despues de
haber pasado Azora dos dias en una quinta de una amiga suya, se volvió
á su casa al tercero. Los criados le anunciáron llorando que aquella
misma noche se habia caido muerto de repente su marido, que no se
habian atrevido á llevarle tan mala noticia, y que acababan de
enterrar á Zadig en el sepulcro de sus padres al cabo del jardin.
Lloraba Azora, mesábase los cabellos, y juraba que no queria vivir.
Aquella noche pidió Cador licencia para hablar con ella, y lloráron,
ámbos. El siguiente dia lloráron ménos, y comiéron juntos. Fióle Cador
que le habia dexado su amigo la mayor parte de su caudal, y le dió á
entender que su mayor dicha seria poder partirle con ella. Lloró con
esto la dama, enojóse, y se apaciguó luego; y como la cena fué mas
larga que la comida, habláron ámbos con mas confianza. Hizo Azora el
panegírico del difunto, confesando empero que adolecia de ciertos
defectillos que en Cador no se hallaban.
En mitad de la cena se quejó Cador de un vehemente dolor en el bazo, y
la dama inquieta y asustada mandó le traxeran todas las esencias con
que se sahumaba, para probar si alguna era un remedio contra los
dolores de bazo; sintiendo mucho que se hubiera ido ya de Babilonia el
sapientísimo Hermes, y dignándose hasta de tocar el lado donde sentia
Cador tan fuertes dolores. ¿Suele daros este dolor tan cruel? le dixo
compasiva. A dos dedos de la sepultura me pone á veces, le respondió
Cador, y no hay mas que un remedio para aliviarme, que es aplicarme al
costado las narices de un hombre que haya muerto el dia ántes. ¡Raro
remedio! dixo Azora. No es mas raro, respondió Cador, que los cuernos
de ciervo que ponen á los niños para preservarlos del mal de ojos.
Esta última razon con el mucho mérito del mozo determináron al cabo á
la Señora. Por fin, dixo, si las narices de mi marido son un poco mas
cortas en la segunda vida que en la primera, no por eso le ha de
impedir el paso el ángel Asrael, quando atraviese el puente Sebinavar,
para transitar del mundo de ayer al de mañana. Diciendo esto, cogió
una navaja, llegóse al sepulcro de su esposo bañándole en llanto, y se
baxó para cortarle las narices; pero Zadig que estaba tendido en el
sepulcro, agarrando con una mano sus narices, y desviando la navaja
con la otra, se alzó de repente exclamando; Otra vez no digas tanto
mal de Cosrúa, que la idea de cortarme las narices bien se las puede
apostar á la de mudar la corriente de un arroyo.