El envidioso.
Apeló Zadig á la amistad y á la filosofia para consolarse de los males
que le habia hecho la fortuna. En un arrabal de Babilonia tenia una
casa alhajada con mucho gusto, y allí reunia las artes y las
recreaciones dignas de un hombre fino. Por la mañana estaba su
biblioteca abierta para todos los sabios, y por la tarde su mesa á
personas de buena educacion. Pero muy presto echó de ver que era muy
peligroso tratar con sabios. Suscitóse una fuerte disputa acerca de
una ley de Zoroastro, que prohibe comer grifo. ¿Como está prohibido el
grifo, decian unos, si no hay tal animal? Fuerza es que le haya,
decian otros, quando no quiere Zoroastro que le comamos. Zadig, por
ponerlos conformes, les dixo: Pues no comamos grifo, si grifos hay; y
si no los hay, ménos los comerémos, y así obedecerémos á Zoroastro.
Habia un sabio escritor que habia compuesto una obra en trece tomos en
folio acerca de las propiedades de los grifos, gran teurgista, que á
toda priesa se fué á presentar ante el archimago Drastanés, el mas
necio, y á conseqüencia el mas fanático de los Caldeos de aquellos
remotos tiempos. En honra y gloria del Sol, habria este mandado
empalar á Zadig, y rezado luego el breviario de Zoroastro con mas
devota compuncion. Su amigo Cador (que un amigo vale mas que un ciento
de clérigos) fué á ver al viejo Drastanés, y le dixo así: Gloria al
Sol y á los grifos; nadie toque al pelo á Zadig, que es un santo, y
mantiene grifos en su corral, sin comérselos: su acusador sí, que es
herege. ¿Pues no ha sustentado que no son ni solípedos ni inmundos los
conejos? Bien, bien, dixo Drastanés, meneando la temblona cabeza: á
Zadig se le ha de empalar, porque tiene ideas erróneas sobre los
glifos; y al otro, porque ha hablado sin miramiento de los conejos.
Apaciguólo Cador todo por medio de una moza de retrete de palacio, á
quien habia hecho un chiquillo, la qual tenia mucho influxo con el
colegio de los magos, y no empaláron á nadie; cosa que la murmuráron
muchos doctores, y por ello pronosticáron la próxîma decadencia de
Babilonia. Decia Zadig: ¿En qué se cifra la felicidad? Todo me
persigue en la tierra, hasta los seres imaginarios; y maldiciendo de
los sabios, resolvió ceñirse á vivir con la gente fina.
Reuníanse en su casa los sugetos de mas fino trato de Babilonia, y las
mas amables damas; servíanse exquisitas cenas, precedidas las mas
veces de academias, y que animaban conversaciones amables, en que
nadie aspiraba á echarlo de agudo, que es medio certísimo de ser un
majadero, y deslustrar la mas brillante tertulia. Los platos y los
amigos no eran los que escogia la vanagloria, que en todo preferia á
la apariencia la realidad, y así se grangeaba una estimacion sólida,
por eso mismo que ménos á ella aspiraba.
Vivia en frente de su casa un tal Arimazo, sugeto que llevaba la
perversidad de su ánimo en la fisonomía grabada: corroíale la envidia,
y reventaba de vanidad, dexando aparte que era un presumido de saber
fastidioso. Como las personas finas se burlaban de él, él se vengaba
hablando mal de ellas. Con dificultad reunia en su casa aduladores,
puesto que era rico. Importunábale el ruido de los coches que entraban
de noche en casa de Zadig, pero mas le enfadaba el de las alabanzas
que de él oía. Iba algunas veces á su casa, y se sentaba á la mesa sin
que le convidaran, corrompiendo el júbilo de la compañía entera, como
dicen que inficionan las arpías los manjares que tocan. Sucedióle un
dia que quiso dar un banquete á una dama, que, en vez de admitirle, se
fué á cenar con Zadig; y otra vez, estando ámbos hablando en palacio,
se llegó un ministro que convidó á Zadig á cenar, y no le dixo nada á
Arimazo. En tan flacos cimientos estriban á veces las mas crueles
enemigas. Este hombre, que apellidaba Babilonia el envidioso, quiso
dar al traste con Zadig, porque le llamaban el dichoso. Cien veces al
dia, dice Zoroastro, se halla ocasion para hacer daño, y para hacer
bien apénas una vez al año.
Fuése el envidioso á casa de Zadig, el qual se estaba paseando por sus
jardines con dos amigos, y una señora á quien decia algunas flores,
sin otro ánimo que decirlas. Tratábase de una guerra que acababa de
concluir con felicidad el rey contra el príncipe de Hircania,
feudatario suyo. Zadig que en esta corta guerra habia dado repetidas
pruebas de valor, hacia muchos elogios del rey, y mas todavía de la
dama. Cogió su libro de memoria, y escribió en él quatro versos de
repente, que dió á leer á su hermosa huéspeda; pero aunque sus amigos
le suplicáron que se los leyese, por modestia, ó acaso por un amor
propio muy discreto, no quiso hacerlo: que bien sabia que los versos
de repente hechos solo son buenos para aquella para quien se hacen.
Rasgó pues en dos la hoja del librillo de memoria en que los habia
escrito, y tiró los dos pedazos á una enramada de rosales, donde fué
en balde buscarlos. Empezó en breve á lloviznar, y se volviéron todos
á los salones; pero el envidioso que se habia quedado en el jardin,
tanto registró que dió con una mitad de la hoja, la qual de tal manera
estaba rasgada, que la mitad de cada verso que llenaba un renglon
formaba sentido, y aun un verso corto; y lo mas extraño es que, por un
acaso todavía mas extraordinario, el sentido que formaban los tales
versos cortos era una atroz infectiva contra el rey. Leíase en ellos:
Un monstruo detestable
Hoy rige la Caldea;
Su trono incontrastable
El poder mismo afea,
Por la vez primera de su vida se creyó feliz el envidioso, teniendo
con que perder á un hombre de bien y amable. Embriagado en tan
horrible júbilo, dirigió al mismo rey esta sátira escrita de pluma de
Zadig, el qual, con sus dos amigos y la dama, fué llevado á la cárcel,
y se le formó causa, sin que se dignaran de oirle. Púsose el
envidioso, quando le hubiéron sentenciado, en el camino por donde
habia de pasar, y le dixo que no valian nada sus versos. No lo echaba
Zadig de poeta; sentia empero en el alma verse condenado como reo de
lesa-magestad, y dexar dos amigos y una hermosa dama en la cárcel por
un delito que no habia cometido. No lo permitiéron alegar nada en su
defensa, porque el libro de memoria estaba claro, y que así era estilo
en Babilonia. Caminaba pues al cadahalso, atravesando inmensas filas
de gentes curiosas; ninguno se atrevia á condolerse de él, pero sí se
agolpaban para exâminar qué cara ponia, y si iba á morir con aliento.
Sus parientes eran los únicos afligidos, porque no heredaban,
habiéndose confiscado las tres quartas partes de su caudal á beneficio
del erario, y la restante al del envidioso.
Miéntras que se estaba disponiendo á morir, se voló del balcon el loro
del rey, y fué á posarse en los rosales del jardin de Zadig. Habia
derribado el viento un melocoton de un árbol inmediato, que habia
caido sobre un pedazo de un librillo de memoria escrito, y se le habia
pegado. Agarró el loro el melocoton con lo escrito, y se lo llevó todo
á las rodillas del rey. Curioso esta leyó unas palabras que no
significaban nada, y parecian fines de verso. Como era aficionado á la
poesía, y que siempre se puede sacar algo con los príncipes que gustan
de coplas, le dió en que pensar la aventura del papagayo. Acordándose
entónces la reyna de lo que habia en el trozo del libro de memoria de
Zadig, mandó que se le traxesen, y confrontando ámbos trozos se vió
que venia uno con otro; y los versos de Zadig, leidos como él los
habia escrito, eran los siguientes:
Un monstruo detestable es la sangrienta guerra;
Hoy rige la Caldea en paz el rey sin sustos:
Su trono incontrastable amor tiene en la tierra;
El poder mismo afea quien no goza sus gustos.
Al punto mandó el rey que traxeran á Zadig á su presencia, y que
sacaran de la cárcel á sus dos amigos y la hermosa dama. Postróse el
rostro por el suelo Zadig á las plantas del rey y la reyna; pidióles
rendidamente perdon por los malos versos que habia compuesto, y habló
con tal donayre, tino y agudeza, que los monarcas quisiéron volver á
verle: volvió, y gustó mas. Le adjudicáron los bienes del envidioso
que injustamente le habia acusado: Zadig se los restituyó todos, y el
único afecto del corazon de su acusador fué el gozo de no perder lo
que tenia. De dia en dia se aumentaba el aprecio que el rey de Zadig
hacia: convidábale á todas sus recreaciones, y le consultaba en todos
asuntos. Desde entónces la reyna empezó á mirarle con una complacencia
que podia acarrear graves peligros á ella, á su augusto esposo, á
Zadig y al reyno entero, y Zadig á creer que no es cosa tan
dificultosa vivir feliz.