nunca de contiendas. Se lo estoy diciendo a quien lo sabe como yo. Por
saciar su encono se han hecho a la mar con todas esas negras y bien
trabadas naves, y con tal aparato de atezada y numerosa gente de armas.
DANAO
Con quien tendrán que habérselas son muchos en número también y de
brazos endurecidos y curtidos por los rayos del sol del Mediodía.
CORO
No me dejes sola, padre; te lo suplico. Una mujer abandonada a sí
sola, nada es. El valor de las batallas no se alberga en su corazón. Y
ellos... ellos son impíos y de bien torcidos y bajos pensamientos, y
no serás más respetuosos con las aras de los dioses que los cuervos.
DANAO
Lo cual ayudará a maravilla a nuestros deseos, hijas mías, pues que tan
odiosos como a vosotras les serán a los dioses.
CORO
Por temor a esos tridentes ni a la majestad de estas imágenes no
dejarán de poner manos en nosotras, padre; que son por demás soberbios
e impíos esos rabiosos y desvergonzados perros, y se harán sordos a la
voz de los dioses.
DANAO
Pero sabido es que los lobos pueden más que los perros. El fruto del
papiro no aventaja a la espiga.
CORO
Con todo, guardémonos de su poder; que encierran en su pecho toda la
rabia y crueldad de las bestias feroces.
DANAO
No es maniobra tan pronta la arribada y desembarco de una armada. No
se hallan al paso los fondeaderos, ni en todo paraje se puede amarrar
los cables sin peligro, ni así a la primera se fía a las anclas un
patrón de nave; y más cuando se aborda a tierra donde no hay puertos.
Al ponerse el sol y venir ya la noche, el timonel más experto se llena
siempre de temores vivísimos, aunque se eche el viento y la mar duerma
serena y en calma. Antes de encontrar fondeadero cómodo donde la armada
pueda confiarse, la gente de mar no haría desembarco seguro. Piensa tú
que el terror no te haga olvidar a los dioses, y pídeles su auxilio. Yo
corro a avisar a la ciudad. No me desatenderá, porque viejo como soy,
mi corazón y mi lengua son jóvenes todavía.
~(Vase.)~
CORO
¡Oh tierra montuosa, de mí con tanta justicia venerada! ¿Qué va a ser
de nosotras? ¿Dónde refugiarme en esta tierra de Apis? ¿Habrá alguna
sombría y caliginosa caverna donde nos ocultemos? ¡Que no me volviera
yo negro humo para subir hasta las nubes de Zeus y allí desvanecerme; o
bien, que no pudiese yo volar sin alas como el polvo y desaparecer en
el aire!
¡Alienta, corazón, ten fuerzas para huír de aquí! Pero ¡ay! que mi
corazón tan sólo las tiene para palpitar, cubierto con las negras
sombras del espanto. Estos lugares, donde mi padre vió mi salvación,
serán mi ruina. ¡Me muero de terror! Echémonos un lazo al cuello y
quitémonos la vida antes que nos lleguen las manos de esos hombres
abominables. ¡Antes muertas y sometidas al imperio caliginoso de Hades!
¡Quién me diera a mí un lugar en aquellos etéreos espacios donde la
nieve se engendra en las acuosas nubes, o la escueta cima de altiva,
tajada y áspera roca, que se pierde en las alturas; yerma, cerrada a
las cabras, y sólo de los buitres apetecida! Siquiera me aseguraría
caída de muerte, antes que pasar por un cruel himeneo que rechaza mi
corazón.
Y luego, sea yo pasto de los perros y aves de esta tierra; no diré que
no: el morir libra de lágrimas y males. ¡Venga la muerte antes que la
consumación de esas bodas! ¿Dónde, si no, encontrar camino que de ellas
me liberte?
¡Alza hasta el cielo tu triste voz; rompe en doloridas letanías
que te alcancen de los dioses auxilio y remedio contra tus penas!
Padre celestial, tú cuyos severos ojos aborrecen la iniquidad, mira
la bárbara fuerza que se me hace. ¡Sé benigno con tus suplicantes,
soberano señor de la tierra, Zeus omnipotente!
Porque los hijos de Egipto con insolencia intolerable corren tras de
mí, y me persiguen y acosan con grandes voces por ver de lograrme,
siquier tengan que usar de la fuerza. Pero sobre todo está el fiel de
tu balanza. Sin ti ¡qué pueden los mortales!
¡Oh, oh, oh! ¡ah, ah, ah! ¡Nuestro raptor, que dejó ya la nave y saltó
en tierra! ¡Así mueras a mi vista antes de llegar aquí, raptor inicuo!
¡Socorro, socorro! ¡Por todas partes se oyen mis gritos de terror
y angustia! ¡Principios de los males y violencias que me aguardan,
ya os veo! -- ¡Pronto, pronto, venid a favorecer nuestra huída! --
¡Por tierra y por mar resuenan los brutales y odiosos alaridos de
la lascivia de nuestros perseguidores, codiciosa de satisfacerse!
¡Protégenos, señor del universo!
~(Sale un HERALDO egipcio con acompañamiento de soldados.)~
HERALDO
¡Corriendo, corriendo, a las naves! ¡Pronto!
CORO
¡Bien, aquí nos tenéis! ¡Heridnos el rostro; maltratadnos; cortadnos la
cabeza; derramad nuestra sangre toda!
HERALDO
¡Corre, infeliz, corre a la nave! ¡Ven conmigo por el dilatado espacio
donde se agitan las saladas ondas! Cede por fin al deseo de tu señor y
al poder de su férrea lanza. Bañada en sangre te arrojaré en la nave.
Allí, tendida en el fondo, podrás gritar cuanto quieras. Ceda, mal que
te pese, tu obstinada locura. ¡Lo mando!
CORO
¡Ay, ay de mí!
HERALDO
Deja esas aras; anda a la nave. Ven a adorar a los dioses que venera
nuestro pueblo.
CORO
¡Nunca más vuelva yo a ver el almo río, el de las crecidas fecundantes,
el de las aguas vivíficas que vigorizan la sangre de los hombres! Mi
patria, anciano, mi antigua y sagrada patria es la tierra donde se
alzan las aras de estos dioses.
HERALDO
Que quieras que no, a la nave irás; a la nave, y pronto. Sucumbirás a
la fuerza; a la fuerza de tu señor, que es poderosa; y después de haber
recibido miles de ultrajes de sus manos crueles, tendrás que sufrir su
lecho.
CORO
¡Ay, ay! ¡Ojalá hubieses perecido miserablemente al cruzar la movible
selva de los mares, arrojado por desecha borrasca contra el arenoso
promontorio de Sarpedón!
HERALDO
Grita; vocifera; llama a los dioses. No escaparás a la nave egipcia.
Grita, clama; puedes quejarte de tu miseria con más amargura todavía.
CORO
¡Ay cielos! ¡Perezcas tú frente a esas costas dando voces y ladridos;
tú que tan jactancioso me escarneces! ¡Que el caudaloso Nilo, que te
crió, te haga desaparecer a ti, insolente, y a tu insolencia!
HERALDO
Andad, os digo. La nave ya se balancea en las ondas. ¡Pronto! Nada de
tardanzas, y así no seréis llevadas de los cabellos.
CORO
¡Ay, ay, Padre mío celestial! ¡Busqué mi defensa en estas aras, y hallé
mi perdición! Ya me arrastran al mar. Ya me cercan, y se van llegando
a mí como la araña a su presa. ¡Parece un sueño!... ¡sueño negro y
espantoso! ¡Socorro, socorro! ¡Madre Tierra, madre Tierra, aleja de mí
estos gritos furiosos que me llenan de espanto! ¡Oh Rey, hijo de Gea!
¡Oh Zeus!
HERALDO
No temo yo a los dioses de este pueblo. Ni ellos me criaron de niño, ni
ellos me han de sostener en la vejez.
CORO
Cerca de mí bípeda serpiente se retuerce furiosa. ¡Es una víbora que me
va a sujetar entre sus dientes! ¡Socorro, socorro! ¡Madre Tierra, madre
Tierra; aleja de mí esos gritos que me llenan de espanto! ¡Oh Rey, hijo
de Gea! ¡Oh Zeus!
HERALDO
Si no venís a la nave, si no me obedecéis, no me detengo ante vuestros
vestidos, y los hago jiras.
CORO
¡Favor, príncipes que veláis por la ciudad, que me roban!
HERALDO
¿Príncipes llamáis que os acorran? Pronto vais a ver aquí, no uno,
sino muchos: a todos los hijos de Egipto. Perded cuidado, que no os
quejaréis por falta de señores.
~(Sale el REY con su acompañamiento.)~
CORO
¡Perdidas somos! -- ¡Oh Rey, qué nunca vista violencia!
HERALDO
Paréceme que os voy a llevar arrastrando de los cabellos, ya que no
queréis atender a mis razones.
REY
¡Hola, tú! ¿qué estás haciendo ahí? ¿Qué arrogancia es esa con que
ultrajas esta tierra, la tierra pelásgica? ¿Por ventura piensas que has
venido a una ciudad de mujeres? Para ser bárbaro, alardeas demasiado
con los Griegos. Grave es tu atentado: sin duda tienes perdido el
juicio.
HERALDO
Pues ¿en qué yerro yo, ni me aparto de la justicia?
REY
En primer lugar, con ser extranjero no sabes lo que es hospitalidad.
HERALDO
¿Cómo que no? Encuentro lo que perdí, y lo recobro.
REY
Y ¿a cuál de los patronos que la ciudad tiene diputados para proteger a
los extranjeros, los reclamaste tú?
HERALDO
A Hermes, máximo patrono de los extranjeros, y abogado de las cosas
perdidas.
REY
¡Hablas de invocar a los dioses, y no tienes para los dioses ninguna
reverencia!
HERALDO
Yo venero a los dioses del Nilo.
REY
A lo que te oigo, ¿los de aquí no son nada?
HERALDO
Si no es que por la fuerza me las quitáis, yo me las he de llevar.
REY
Pudiera ser que lo llorases si las tocas, y no muy tarde.
HERALDO
¡Nada tienen de hospitalarias tus palabras!
REY
Yo no doy jamás hospitalidad a los que ultrajan a los dioses.
HERALDO
¿Irías tú a decir eso a los hijos de Egipto?
REY
Y ¿qué cuidado me podrá dar a mí?
HERALDO
Pero, en fin, para que yo lo sepa y pueda comunicarlo mejor, según
conviene a un heraldo que debe hacer relación fiel y exacta de cada
punto; en fin, ¿quién eres tú? ¿Quién les digo que les ha tomado sus
primas hermanas? ¡Asegúroos que Ares no llamará testigos para dirimir
esta contienda, ni admitirá composición, sino que antes que sentencie
han de caer muchos hombres y han de perderse muchas vidas entre agonías
espantosas!
REY
¿A qué decirte mi nombre? Luego lo aprenderéis lo mismo tú que los que
vienen contigo. Si estas doncellas lo quieren así, y ese es el deseo de
su corazón; si con blandas y comedidas razones las persuades, puedes
llevártelas; mas a la fuerza no se te entregarán. Así lo ha proclamado
y ratificado la ciudad de Argos por voto unánime. Y el decreto está
bien clavado, de modo que nadie será poderoso a moverlo. No lo hemos
grabado en tablas, ni lo refrendamos y confirmamos en las vueltas de
un papiro; pero te lo dice, fiándotelo, la boca de un hombre libre.
Quítate cuanto antes de mi vista.
HERALDO
Sábelo, pues: pronto tendréis guerra. ¡Sean la victoria y la dominación
de los que sean hombres!
REY
Aquí, en los ciudadanos de Argos encontraréis hombres, y que no beben
vino de cebada. ~(Vase el Heraldo.)~ -- Vosotras, cobrad ánimos, y
acompañadas de vuestras fieles siervas, dirigíos todas a la ciudad:
está muy bien guarnecida de muros, y fortificada con torres de
profundo y solidísimo cimiento. Allí encontraréis muchos edificios
públicos que poder ofreceros, y aun mi casa, pues no se labró con
encogida y corta mano. Es gran contento habitar bien dispuesta casa en
numerosa compañía; pero si os aplace más vivir solas, podéis hacerlo
así. Pronto está todo; escoged, pues, lo que mejor os parezca y más os
agrade. Yo estoy aquí para defenderos, y conmigo los ciudadanos todos;
que por voto unánime se han empeñado en esta empresa. ¿Podrás esperar
tú mejor fianza?
CORO
¡No en verdad! ¡Antes, divino rey de los Pelasgos, que seas colmado
de bienes en premio del que tú nos haces! Pero dígnate traernos aquí
a nuestro animoso padre Danao; a nuestro guía y consejero. Su consejo
ha de resolver qué casa nos conviene habitar y dónde debe ser nuestro
puesto. Tratándose de extranjeros, cada cual se apresura a murmurarlos.
Sigamos el partido más prudente.
REY
Vosotras seréis recibidas en la ciudad con aplauso de todo el pueblo,
y nadie os ofenderá, ni tendrá para vosotras más que palabras de
alabanza. Fieles siervas, marchad en su compañía, y cada una con
aquella a cuyo servicio la hubiese destinado Danao.
~(Sale DANAO.)~
DANAO
Bendigamos a los Argivos, hijas mías, y ofrezcámosles sacrificios
y libaciones como a los dioses del Olimpo, porque todos ellos sin
excepción, acaban de salvarnos. Con grande acedía y enojo oyeron de mi
boca lo sucedido con nuestros obstinados deudos; y luego ordenaron
que viniesen escoltándome estos guardias armados por hacerme honor y
para estorbar que golpe aleve e inesperado me diese muerte: con que
caería sobre este suelo mancha sempiterna. Después de tales beneficios
les debéis aún más acendrado agradecimiento y reverencia que a mí.
Grabad ahora en vuestra mente esta máxima junto a los demás avisos que
os dió la prudencia de vuestro padre: el tiempo es el que prueba lo
que son y valen los desconocidos. Al extranjero que se avecinda entre
nosotros, todos nos adelantamos a murmurarle, y la lengua anda lista
para demostrarlo y ejercitarse a su costa. Encarézcoos, pues, que
cuidéis de no afrentarme, porque estáis en ese verdor de la mocedad
que tanto atrae las miradas de los hombres. Fruta en sazón nunca fué
buena de guardar: todos son a arrebatarla, los hombres y las fieras;
las alimañas que surcan los aires, y las que se arrastran por el suelo.
¿Y cómo no? Cipris convida a voz de pregón a coger el fruto sazonado, y
marchita su lozanía y no deja vivir la flor. Cualquiera que pasa junto
a una doncella se siente vencido del deseo, y lanza sobre los encantos
de su hermosura dardo de amorosa mirada. ¡Mirad, no veamos menoscabada
nuestra honra, que tantos trabajos nos ha costado salvar, y por la cual
tan dilatados mares hemos tenido que correr; que esto sería trabajar
en nuestra afrenta y en contento de nuestros enemigos! En cuanto a
habitación donde nos alojemos, dos hay, la de Pelasgo, y la que nos
ofrece la ciudad, y ambas sin merced ninguna; negocio es, pues, de
bien poca monta. Sólo os digo que guardéis las advertencias de vuestro
padre, y tengáis la honestidad en más que la vida.
CORO
Quieran los dioses favorecernos en todo lo demás, que en cuanto a mi
mocedad, descuida, padre, que a no determinar otra cosa los dioses, no
se ha de apartar paso mi corazón de la senda que ha emprendido.
PRIMER SEMICORO
Marchad; celebrad con jubilosos cánticos a los bienaventurados dioses,
señores y patronos de la ciudad, y a los que habitan las riberas del
antiguo Erasino.
SEGUNDO SEMICORO
Responded a mis cánticos, vosotras que me acompañáis. ¡Gloria y
alabanza a la ciudad de los Pelasgos! ¡Ya no más celebrar con mis
himnos las aguas del Nilo!
PRIMER SEMICORO
Sino los ríos que tienden sus múltiples brazos por esta región, y con
sus sabrosas fecundantes aguas alegran y sustentan sus campiñas.
SEGUNDO SEMICORO
Mire con piedad la casta Artemisa a estas mujeres fugitivas. Que
Cithera no nos imponga sus lazos por la fuerza: ¡tormento aborrecible!
PRIMER SEMICORO
Cipris, tampoco te olvido a ti en mis piadosos cultos. Tu poder con
el de Hera iguala casi al de Zeus. Tus golpes, oh astuta diosa,
son temidos de los mortales, y así intentan ganarte con homenajes
reverentes.
SEGUNDO SEMICORO
Acompáñanla siempre, como a su querida madre, el Deseo, y la blanda
Persuasión a quien nadie se resiste y aquella Harmonía, a la cual ha
dado en suerte Afrodita los susurrantes requiebros de los amores.
PRIMER SEMICORO
Pero ¡ay! ¡que temo mucho la tormenta que se ha de levantar con mi
huída; los fieros males y sangrientas guerras que han de sobrevenir!
¿Por qué hicieron tan feliz navegación nuestros activos y tenaces
perseguidores?
SEGUNDO SEMICORO
¡Cúmplanse los decretos del Destino! Nadie hay que pueda escapar a los
designios altísimos e insondables de Zeus. ¡Quizá como tantas otras
mujeres antes de nosotras, habremos de acabar por contraer un lazo
aborrecido!
PRIMER SEMICORO
¡Gran Zeus, aparta de mí el himeneo con los hijos de Egipto!
SEGUNDO SEMICORO
¡Sería eso el mayor de los bienes! Pero quizá tratas de mover a un dios
inexorable.
PRIMER SEMICORO
Lo que ha de suceder no lo sabes tú.
SEGUNDO SEMICORO
¿A qué esforzarme a penetrar en el abismo de la mente de Zeus, a cuyo
fondo no llegó jamás mirada alguna? Sé más moderada en tus deseos.
PRIMER SEMICORO
¿Por qué me das esta lección?
SEGUNDO SEMICORO
Porque no te atrevas curiosa a las cosas divinas.
PRIMER SEMICORO
¡Soberano Zeus, líbranos de un himeneo funesto y aborrecido! Tú
libraste a Io de sus males, acariciándola con mano que la volvió la
salud. ¡Dichosa fuerza aquélla, donde se engendró nuestro linaje!
SEGUNDO SEMICORO
¡Danos la victoria, que somos débiles mujeres! ¡Permita el cielo que
entre dos males tan sólo padezca el menor, templado siquiera con algún
bien! Alcancen mis súplicas que la Justicia triunfe de sus enemigos con
ayuda de los dioses.
[Ilustración]
[Ilustración]
_APÉNDICE_
LOS POETAS TRÁGICOS
Eskylo es el viejo ático, aristócrata y religioso. Descendía de la
generación que levantó en el Ágora un monumento a los Tiranicidas;
y fué iniciado en los misterios de Eleusis, en el culto pacificador
y purificador de la =Mater Dolorosa=, de la transparente Deméter.
Su espíritu se formó con ejemplos severos y con prácticas augustas.
Atrevido y grandioso era el arco de su cabeza; meridiana la claridad
de sus pupilas; y, como la gruta de bronce de la Pytia, resonantes
y proféticos sus labios. En los momentos crueles del peligro persa,
cuando Athenas necesitaba de mucha fe y de mucho valor en sus hijos,
encontró en Eskylo un creyente y un héroe. Fué, dice una historia que
parece canto de errante aeda, uno de los hoplitas que, en Marathón,
después de peinar y trenzar sus cabelleras, como para una fiesta, se
lanzaron a paso veloz, cantando estrofas guerreras, sobre las pesadas
falanges de los bárbaros; y haciendo vivir, a fuerza de entusiasmo
y de bravura, una sangrienta Rapsodia de La Ilíada, desbarataron al
enemigo y lo arrojaron hasta la orilla del mar, en donde un hermano del
poeta, Cynegiro, murió homéricamente aferrando una galera persa con
las manos, y, cortadas éstas, con los dientes, hasta que un segundo
tajo hizo rodar su cabeza sobre las olas. Murió a los setenta años, al
parecer desterrado, en Sicilia, en el ardiente y trepidante país de los
Cíclopes, oyendo los rugidos del Titán que se sacude bajo la mole del
Etna. Compuso para su tumba este epitafio: “Esta piedra cubre a Eskylo,
hijo de Euphorión. Nacido en Athenas, duerme en las fecundas planicies
de Gela. El bosque sagrado de Marathón y el Meda de flotante cabellera
dirán si fué valiente: ¡bien lo vieron!” Así nos lo revela su obra, su
colosal obra trágica: hondo, alto, pomposo. Con médula de su alma formó
personajes “altos de cuatro codos, respirando lanzas y flechas, cascos
de penacho refulgente, escudos forrados de siete cueros de buey.” Su
musa “celebró las virtudes heroicas de los Patroklos y de los Teukros
corazones de león, a fin de contagiar con su ejemplo a los ciudadanos,
apenas oyeran la trompeta.” Inventó palabras de sonoridades inauditas,
de nunca vistos reflejos; construyó frases fuertes, compactas y bandera
al viento, como ejércitos en marcha y “llenó de almenas las alturas
del lenguaje.”[2] Decoró la escena con magnificencias dignas del
Olimpo; en su Coro cantó como canta el mar, el misterio, el dolor, la
anunciación... y tan alto levantó a la Humanidad sobre los coturnos
trágicos, que la envidia de los Dioses la corona con una diadema de
rayos. Como el árbol para erguirse frondoso necesita encajar sus raíces
en las profundidades de la tierra, el poeta sólo alcanza el ideal
cuando es verdaderamente humano, cuando tiene prendidas sus fibras en
el corazón vivo y nutricio de los hombres. Por humano y por ideal,
Eskylo es el trágico heleno que mayor fascinación ejerce sobre el
filósofo y sobre el poeta.
[2] Frases tomadas de “Las Ranas” de Aristóphanes.
Eurípides --¡oh, pobre e inquieto y amargo Eurípides!-- es el ático
decadente. La vida le dió todas las amarguras que enferman, las del
amor, las de la filosofía, las del arte. A falta de una, tuvo dos
mujeres infieles; quiso, se dice, ser atleta y dibujante; bebió veneno
intelectual en los =filosofaderos= de Athenas; fué raras veces coronado
en los concursos trágicos; y la leyenda, cruel leyenda, charlaba
que había muerto en tierra extraña devorado, como Acteón, por los
perros feroces de las montañas del Epiro. ¿Qué de extraño tiene que
haya sido, como lo llama Croiset, un “destructor de ilusiones”? ¿Qué
de extraño tiene que haya sido, como dice Benjamín Constant en un
admirable anacronismo, “un volteriano”? Por eso introdujo en el teatro
“el razonamiento, la argucia, la reflexión; y, con la vida íntima, las
rufianas, las hermanas incestuosas, las Phedras impúdicas,” en fin,
personajes con úlceras y en andrajos. Pero por eso mismo, por doloroso
y por pesimista, es el más interesante para el psicólogo. “Se asemeja,
escribe Paul de Saint Victor, a Pédaso, el tercer caballo del carro
de Aquiles, que no era de sangre divina como los otros dos, Xantos
y Balios; pero que, dice Homero, seguía sin embargo, a los corceles
inmortales.”[3]
[3] Les Deux Masques.
Entre estos dos genios extremos está Sóphokles. Entramos en la
belleza. Es el Heleno perfecto, el ático por excelencia, es la razón
limpia, la imaginación pura y el sentimiento exquisito de Athenas, en
la breve e incomparable mañana de su gloria. Es el poeta eminentemente
nacional. -- Athenas, después de las guerras médicas, sintió crecer
su alma; se exaltaron sus facultades, esas admirables facultades de
prudencia en la disciplina y de audacia en la acción, de que había dado
tantas pruebas para poder salvar a la Grecia; y logró consolidar su
=imperialismo=, como hoy se dice, su =hegemonía=, como más bellamente
se decía entonces, poniéndose al frente de la confederación de
Delos, y guiada por el infalible genio de Perikles. Centro político
y comercial del mundo griego, respetada y rica, fué también el foco
del arte. Con el dinero de los aliados se atavió de templos y de
estatuas; y atrayendo, magnética, a los filósofos, a los sabios y a los
poetas, pronunció las palabras eternas que nos hacen vivir todavía.
En las alturas del Akrópolis consagró el más bello de sus templos,
el Parthenón, a Pallas tutelar, guerrera y omnicia. Y semejante al
Parthenón fué la elocuencia del Dictador Olímpico, envuelto como una
estatua, en los marmóreos pliegues de su manto, porque sus frases
viriles y nobles, semejantes a columnas dóricas, encerraban, en pie y
armada, una diosa, la verdad, blanca y vestida de oro y pedrerías como
la que, dentro de la =Cella=, en el corazón del templo, habían pulido
en el marfil las manos mágicas de Phidias. Y Sóphokles hizo vibrar en
los labios de esta Virgen de marfil y de oro el Verso infinito de los
espacios celestes. Toda la vida del poeta fué canto y ambrosía. Tuvo de
seguro una nodriza de lenguaje inmaculado, como la recomendaba Crysipo,
que le murmuró muchas dulzuras en los oídos. Era afable, cordial y
piadoso: puso constancia y alegría en sus amistades, calor y luz en
sus amores, tranquilidad y esperanza en su culto. Bello como un dios,
en los banquetes coronaba su cabellera rubia de violetas y desataba
a la ironía su lengua elocuente. Era de los primeros en el gimnasio
y no tenía rival cuando, como un Musageta, cantaba acompañándose con
la lira. A los veintiocho años obtuvo su primera victoria en los
concursos trágicos, compitiendo con el viejo Eskylo. Oíd como la relata
Plutarco: “El auditorio estaba dividido: los partidarios de los dos
rivales estaban a punto de llegar a las manos. El arconte Aphepsion no
se atrevía a sacar en suerte, según el uso, los nombres de los cinco
jueces. Cimón, cubierto de gloria por uno de sus recientes triunfos
(había pacificado los mares de la Grecia y acababa de traer a Athenas
los huesos de Theseo), llega al teatro con sus nueve lugartenientes.
Apenas hicieron a los dioses su libación habitual, el Arconte,
súbitamente inspirado, ordenó a esos diez jueces que designasen al
vencedor: nombraron a Sóphokles. El auditorio, emocionado, respetó el
veredicto de los generales victoriosos, y el lustre del juicio hizo
callar los celos y las rivalidades. Al día siguiente Eskylo, humillado,
partió para Siracusa...”.[4]
[4] Vida de Cimón.