sin temor ninguno. Porque yo soy Pelasgo, rey de esta comarca, hijo
del terrígena Palectón. El pueblo que posee esta tierra y coge sus
frutos, son los Pelasgos, que como es razón, toman su nombre de mí
que los gobierno. Domino en toda la región que atraviesa el sagrado
Estrimonio al poniente, y encierro dentro de mis fronteras la tierra
de los Perrebos, y las que hay más allá del Pindo, aledañas de los
Peonios, y los montes de Dodona. De la otra parte tengo por límites las
aguas del mar. Tales son mis dominios. De antiguo se llama a este suelo
comarca de Apis, en honor del médico Apis, hijo de Apolo, a la vez
médico y profeta, el cual de las playas de Naupactia vino aquí y limpió
nuestros campos de aquellas alimañas que devoraban a los hombres, las
cuales había arrojado de sí esta tierra manchada con antiguos delitos;
y de las bestias fieras, y de la multitud de dragones que nos hacían
vecindad terrible. Y porque Apis con sus remedios nos libró de nuestros
males y exterminó los monstruos, mereció de los Argivos tributo de
alabanza, y que siempre hagamos memoria de él en nuestras preces. Ya
que sabes de mí quién soy, puedes decirme tu linaje y proseguir tu
historia; mas te advierto que mi ciudad no es aficionada a discursos
largos.
CORO
Breve y clara será la respuesta. Nosotras nos gloriamos de ser de raza
argiva; de la sangre de aquella becerrilla que tuvo nobilísimo hijo.
Esta es la verdad, que estoy pronta a probar cumplidamente.
REY
¡Oh extranjeras! no puedo creer lo que decís sobre que sois de nuestra
raza argiva. Más bien parecéis mujeres de la Libia; pero en manera
ninguna de nuestro país. El Nilo debe haber sido quien crió planta tal,
porque tenéis todo el sello que en el molde de sus mujeres imprimen a
sus obras los maridos Ciprios. He oído también que los Indios nómadas,
que viven vecinos a los Etíopes, se valen de camellos que a la vez les
sirven de cabalgaduras y bestias de carga. Y aun si fueseis armadas
de arcos, de cierto que os tomaría por aquellas Amazonas que dicen
que viven sin maridos y se alimentan de carne cruda. Pero vosotras me
enteraréis de todo, y así podré saber cómo es que sois de sangre y
procedencia argiva.
CORO
Se cuenta que Io, que fué en otro tiempo custodia del templo de Hera,
nació en este suelo de Argos; aquella de la cual habrás oído tantas
veces...
REY
Que mortal como era ella, Zeus buscó sus favores. ¿No es esto?
CORO
Sí, y por el pronto su comunicación fué a hurto de Hera.
REY
Y después, ¿en qué paró la celosa desavenencia del Rey y la Reina del
Olimpo?
CORO
La diosa de Argos convirtió a la mortal en becerrilla.
REY
Hecha una becerrilla y ceñida de cuernos su frente, ¿se llegó a ella
todavía Zeus?
CORO
Sí. Dicen que tomando la forma de un toro en celo.
REY
¿Qué hizo a esto entonces la severa esposa de Zeus?
CORO
Puso a la becerrilla guarda tal que todo lo viese.
REY
Y ese pastor omnividente, puesto para guardar una sola vaquilla, ¿quién
era?
CORO
Argos, hijo de la Tierra, que fué muerto por Hermes.
REY
¿Qué otra cosa dispuso Hera contra la mísera becerrilla?
CORO
Esa mosca zumbadora que pica a los bueyes y los espanta, a la cual
llaman tábano en la ribera del Nilo.
REY
¿Y fué persiguiéndola desde su patria durante una larga carrera?...
CORO
Cabalmente; eso mismo iba a decir yo.
REY
Y llegó a Canopos, y hasta Menfis.
CORO
Y Zeus con sólo tocarla con la mano la hizo madre.
REY
¿Quién fué el que pudo llamarse novillo hijo de Zeus y de una
becerrilla?
CORO
Épafo, con razón llamado así del precio a que su madre se libró de sus
trabajos.
REY
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
CORO
Libia, poseedora de la más grande porción de la tierra.
REY
Y ella ¿qué descendencia tuvo?
CORO
Belo, que tuvo dos hijos; uno de los cuales fué el padre de este mi
padre que ves aquí.
REY
Dime el nombre de este mortal venerable.
CORO
Danao, y su hermano es padre de cincuenta hijos.
REY
Dime también su nombre.
CORO
Egipto. Y ya que conoces mi linaje, haz conmigo de modo que saques de
su miserable infortunio a esta familia argiva hoy perseguida.
REY
Ya veo que vuestro linaje procede de esta tierra. Cierto. Mas ¿cómo os
atrevisteis a dejar vuestra patria? ¿Qué golpe de fortuna os sobrevino?
CORO
Rey de los Pelasgos; muchos y varios son los males de los hombres.
¡Ojalá no veas jamás el infortunio tendiendo hacia ti sus alas! ¿Quién
se hubiese imaginado nunca esta huída inesperada, ni que habíamos de
arribar a esta tierra de Argos, de donde somos oriundas, por escapar a
unas bodas aborrecidas?
REY
¿Qué pides ahí postrada delante de los dioses de nuestra ciudad? ¿Por
qué esos verdes ramos de suplicantes, orlados de blanca lana?
CORO
Por no verme esclava de los hijos de Egipto.
REY
¿Es que los odias, o que huyes de cometer un crimen?
CORO
¿Y quién ha de querer comprar con su dote un pariente para haber de
servirle después?
REY
Así se acrecienta entre los mortales el lustre y fortuna de una casa.
CORO
¡Y así a lo menos fácilmente se remedian los que no son bien heredados!
REY
Pero, en fin, ¿qué he de hacer yo en pro vuestro para satisfacer a la
amistad?
CORO
Si los hijos de Egipto nos reclaman, no entregarnos a ellos.
REY
Grave es lo que dices; acaso provocar una guerra.
CORO
Pero la justicia sostendrá a mis defensores.
REY
Cierto, si desde luego estuvo con vuestra causa.
CORO ~(señalando el altar.)~
Teme a esta popa de la ciudad que coronan nuestros ramos.
REY
Tiemblo al ver esos ramos dando sombra a las aras de nuestros dioses.
SEMICORO
¡Pesado es, en verdad, el enojo de Zeus; del dios que vela por los
suplicantes!
CORO
Hijo de Palectón, rey de los Pelasgos, escúchame con benevolencia.
Mírame postrada ante ti, fugitiva y errante como vaquita perseguida del
lobo, que se sube a las rocas escarpadas, y desde allí avisa con sus
mugidos al pastor el peligro en que se halla, esperando que la acorra.
REY
Estoy viendo todas estas tiernas doncellas acogidas a la sombra de esos
verdes ramos con que imploran protección en nombre de nuestros dioses
tutelares.
¡Ojalá sea sin daño para nosotros la venida de estas oriundas de Argos,
que hoy solicitan su hospitalidad, y que no nos traiga alguna guerra
este improviso y no esperado suceso! ¡Que Argos no tiene necesidad
ahora de tales aventuras!
CORO
Vuelva a mí sus ojos la diosa Themis, patrona de los suplicantes e hija
de Zeus, distribuidor de todo bien; proteja mi huída que no manchó
crimen ninguno. Y tú, anciano, aprende lo que te avisa una tierna
doncella. Sé piadoso con quienes te suplican, y no padecerás reveses de
la fortuna; que siempre fueron aceptas a los dioses las ofrendas de un
corazón puro...
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
REY
No es en mi hogar donde os habéis amparado suplicantes: no. Si aquí hay
sacrilegio, será para toda la ciudad, y así al pueblo en común toca
procurar el remedio. Yo no puedo hacer promesa ninguna sin comunicarlo
antes con todos los ciudadanos.
CORO
Tú eres la ciudad; tú eres el pueblo; tú, que eres sumo juez a quien
nadie juzga, e imperas en el altar, hogar común de la patria. Con sólo
tu voto, a una seña tuya, todo lo decides desde lo alto de tu trono,
donde no hay más cetro que el tuyo. ¡Guárdate de un sacrilegio!
REY
¡Recaiga el sacrilegio sobre mis enemigos! No puedo daros auxilio sin
daño para mí, ni despreciar vuestras súplicas sin tocar en lo inhumano.
No sé qué hacer, no sé qué partido tomar, y el alma se llena de temor
lo mismo si quiero concederte lo que pides, que si quiero negártelo.
CORO
Piensa en aquel que desde lo alto está velando por nosotras; en aquel
custodio de los mortales atribulados que acuden a sus prójimos y no
consiguen ser oídos en sus justas súplicas. Nada hay que aplaque
la cólera de Zeus, protector de los suplicantes, encendida con los
lamentos del que padece.
REY
Pero si los hijos de Egipto alegan derecho sobre ti por las leyes de su
pueblo, a título de tus parientes más próximos, ¿quién querrá oponerse
a su demanda? Preciso que será que excepciones con las leyes de Egipto,
probando que conforme a ellas no tienen sobre ti autoridad ninguna.
CORO
¡Jamás me vea yo en manos de esos hombres! Por huír de tan odioso
himeneo me aventuré a esta larga travesía y me puse a merced de las
estrellas del cielo, que me guiaron. Toma, pues, por aliado a la
Justicia, y decreta como pide la piedad que se debe a los dioses.
REY
La causa no es tan fácil de juzgar. No me tomes por juez. Ya dije antes
que yo no haría nada sin el pueblo. Cuando tuviera potestad para ello,
no querría yo que el pueblo pudiese decir nunca, si teníamos algún
desastre: por favorecer a unos extranjeros has perdido a Argos.
CORO
Zeus es el juez de esta causa entre mis parientes y yo; Zeus, que se
inclina siempre del lado de la justicia, y a cada cual le da lo que se
merece: castigo a los inicuos, y premio a los justos. Siendo la balanza
igual para todos, ¿qué mal temes tú que te avenga por hacer justicia?
REY
Negocio es éste que pide reflexión profunda. A modo del buzo que
desciende al fondo del abismo, necesito yo un ojo perspicaz y nada
turbado de la embriaguez, porque estas cosas sin daño para la ciudad
ni para nosotros felicísimamente se rematen. No quiero que las
reclamaciones de los Egipcios nos traigan una guerra; pero tampoco que
por entregaros a vosotras, después que habéis buscado asilo en las
aras de nuestros dioses, nos granjeemos el tremendo castigo de aquel
dios vengador, huésped terrible que no se aparta del culpado ni en la
muerte, sino que le persigue en el seno mismo del infierno. ¿Os parece,
por ventura, que no necesito considerarlo para llegar a una buena
resolución?
CORO
Mira solícito por nosotras; sé nuestro piadoso patrono, como es justo.
No hagas traición a una fugitiva a quien una impía violencia ha sacado
de tan lejanas tierras.
¡Oh, tú, absoluto señor de esta comarca, no quieras ver que me
arranquen de las aras de todos estos dioses a cuya sombra busqué un
asilo! Reconoce la insolencia de aquellos hombres, y guárdate de la
cólera del cielo.
No sufras que a tus ojos esta suplicante sea arrancada del pie de estos
divinos simulacros, con agravio de la justicia, y que tiren de mí como
de una yegua, asiéndome de las cintas que adornan mi frente y de los
velos que me cubren.
Porque ten por cierto que, según como obrares, así les aguardará la
recompensa a tus hijos y a tu casa. Tales son los justos juicios de
Zeus. Considéralo bien.
REY
Ya está considerado; ahí vienen a dar todos mis pensamientos: o pelear
con los hijos de Egipto, o pelear con los dioses. Fuerza es lo uno o
lo otro; no hay salida. Ya está claveteada y carenada la nave, y rueda
sobre los rodillos. Dondequiera que me vuelva me he de encontrar con
el mal. Puede el que perdió su casa y su hacienda, levantarse a mayor
fortuna que antes tuvo y juntar grandes riquezas, si así place a Zeus,
dispensador de todo bien. Las heridas que abrió en el ánimo una lengua
indiscreta, ella misma puede curarlas; conque una palabra vendrá a ser
el bálsamo de otra palabra. Pero que corra la sangre de los nuestros...
calamidad como ésta es necesario que no suceda. Hagamos espléndidos
sacrificios; ofrezcamos a los dioses miles de víctimas, que éste es
seguro remedio contra los males. Quizá me engaño por completo acerca de
esta contienda; pero quiero más bien ser agorero ignorante que no sabio
previsor de desdichas. ¡Ojalá contra mi juicio tengamos buen suceso!
CORO
Escucha una palabra para fin de tantas súplicas.
REY
He escuchado hasta ahora. Puedes hablar, que no desoiré lo que digas.
CORO
Mira estos ceñidores con que sujeto mi túnica a la cintura.
REY
Muy propios de los arreos femeniles ciertamente.
CORO
Pues ten entendido que ellos serán excelente recurso.
REY
¡Explícate! ¿Qué quieres significar con eso?
CORO
Si no das una seguridad a estas fugitivas...
REY
¿Para qué te servirá entonces el recurso de esos ceñidores?...
CORO
Para adornar a esas imágenes con ex-votos nunca vistos.
REY
¿Qué enigma es ese? Habla claro.
CORO
Al punto nos colgaremos de esas imágenes.
REY
¡Oh, qué palabras que me han herido en el corazón!
CORO
¿Comprendiste?... ¡Bien claramente me he expresado!
REY
¡Cuánto imposible! ¡Multitud de males viene sobre mí como torrente que
se desborda! ¡Heme aquí en este mar sin fondo de la desgracia, donde me
anego sin poder ganar la orilla, ni hallar puerto que me abrigue contra
mis desventuras! Porque si no accedo a lo que deseas, me amenazas con
una resolución de cuya mancha jamás podríamos lavarnos; y si he de
venir a trance de batalla con los hijos de Egipto, tus deudos, delante
de nuestros muros, ¿cómo no sernos amargo, que por defender a unas
mujeres hayamos de ensangrentar el suelo de la patria con la sangre de
sus hijos? Y con todo, ello es fuerza temer la cólera de Zeus, patrono
de los suplicantes; que no hay para los hombres más formidable temor.
Anda, anciano, tú como padre de estas vírgenes toma en tus brazos esos
ramos, y al punto llévalos a las aras de los otros dioses de nuestro
pueblo, para que todos los ciudadanos puedan saber la razón de vuestra
llegada. Así no hablarán contra mí; que el pueblo es de suyo amigo de
culpar al que manda. Al ver esos ramos fácilmente se moverá a piedad,
y todos los Argivos se pondrán de vuestra parte con más empeño aún en
odio a vuestros insolentes perseguidores. No hay uno entre ellos que no
se incline a favorecer al débil.
DANAO
De grande estima es para nosotros el haber encontrado patrono tan
respetable. Pero manda conmigo gentes del país que me acompañen y me
enseñen el camino a fin de que podamos dar con las aras, que se alzan
fronteras a los templos donde moran vuestros dioses tutelares, y
discurramos seguros por la ciudad. Porque nuestro aire y porte no es el
mismo que el vuestro. La raza que cría el Nilo no se parece a la de las
riberas del Ínaco. Guarda, no sea que la demasiada confianza nos dé qué
temer. Ya se ha visto al amigo matar por ignorancia al amigo.
REY
Acompañadle, guardias. Dice bien el extranjero. Guiadle a las aras
y templos de los dioses de la ciudad. Y poco hablar con los que os
encontréis al paso: que vais acompañando a un extranjero, que llegó por
mar, y quiere postrarse en el santuario de nuestros dioses.
~(Vase DANAO acompañado de algunos guardias.)~
CORO
Tú te has dirigido a mi padre, y ya sabe él a qué ha de acomodar su
conducta; pero yo ¿qué haré? ¿Cómo proveerás a mi seguridad?
REY
Deja ahí esos ramos, ese emblema del dolor.
CORO
Y bien, ya los dejo, obediente a tus palabras y autoridad.
REY
Ahora retírate a aquel dilatado bosque.
CORO
¿Y qué defensa puede ofrecerme un bosque profano?
REY
No te entregaremos ciertamente a las aves de rapiña.
CORO
¿Y qué, si me entregas a hombres más aborrecibles que los crueles
dragones?
REY
Hable bien el que es bien tratado.
CORO
No es maravilla que el temor que se alberga en nuestro pecho nos haga
poco sufridas.
REY
Pero siempre se desconfía demasiado de los reyes.
CORO
Devuélvenos tú la alegría con tus palabras y con tus acciones.
REY
Vuestro padre no os dejará solas mucho tiempo. Yo convocaré a los
Argivos y trataré de persuadir a la ciudad, y de ver cómo puedo
ganarla en favor vuestro. Ya advertiré a tu padre lo que debe decir.
Por tanto, espera aquí. Eleva tus preces a los dioses de Argos,
y pídeles que se logren tus deseos. Yo marcho a disponerlo todo.
¡Asístanme la Persuasión y la Fortuna para alcanzar feliz suceso!
~(Vase con su acompañamiento.)~
CORO
¡Rey de reyes, santo de los santos, potestad altísima sobre todas las
potestades, bienaventurado Zeus, escucha mis votos y haz que lleguen
a cumplimiento! Aleja de nosotros a aquellos hombres insolentes;
muéstrales tu justo enojo; hunde en las purpúreas olas del mar la nave
fatal y sus negros remeros.
Mira por estas mujeres; mira por nuestro antiguo linaje, descendencia
de una mujer que te fué cara. Renueva la memoria de tus amores;
acuérdate bien cuando tu mano acariciaba la frente de aquella Io,
por la cual nos gloriamos de ser oriundas de esta tierra donde nos
amparamos hoy.
En ella estamos ahora marchando sobre los mismos antiguos pasos de mi
madre. Aquí en los floridos campos y herbosos prados donde ella se
apacentaba, siempre bajo los ojos vigilantes del pastor Argos; aquí de
donde, perseguida por el tábano, huyó furiosa, atravesando pueblos y
pueblos. Sumisa a su destino, pasa a nado el undoso estrecho, y demarca
así entrambos continentes.
Echa por Asia; atraviesa la Frigia, en rebaños abundante, y la ciudad
misia de Teutras, y los valles de Lydia, y los Cilicios montes; deja
atrás con precipitado curso la tierra de los Panfilios, y los ríos de
perenne corriente, y la región de la opulencia, y el suelo consagrado
a Afrodita, liberal en doradas espigas.
Aguijada por el dardo del alado boyero, llega a los feracísimos campos
de Zeus, a aquellos prados que las nieves fecundan cuando contra ellos
se desata la cólera de Tifón, el Nilo de saludables y no contaminadas
linfas. Ahí se lanza Io fuera de sí con el azote de los afrentosos
trabajos y agudos dolores que la hace padecer la furibunda Hera.
Los hombres que habitaban la comarca por aquel entonces, palidecieron
y comenzaron a temblar al ver aquella extraña figura; aquel bruto
espantable y semihumano, mitad mujer y mitad vaquilla; quedáronse
estupefactos del prodigio. ¿Quién fué el que endulzó entonces las penas
de la errante y sin ventura Io, y la libró del tábano que la acosaba?
Zeus, el rey que reinará por siglos de siglos...
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
Con su poder incontrastable, con su divino aliento pone fin a aquella
violencia. Io, así que recobra la razón, siente que los encendidos
colores de la honestidad asoman a su rostro, y se deshace en lágrimas
considerando sus desventuras. Pero ya había concebido en su seno el
fruto de los divinos amores. Así fué en verdad, que luego parió un hijo
sin tacha.
El cual gozó de felicidad colmada por toda su larga vida. De donde
toda la tierra dijo a una voz: “¡Vivífica descendencia! ¡de Zeus es
a no dudar! ¿Pues quién otro hubiese podido poner fin a los males
causados por el rencor de Hera? ¡Obra de Zeus es ésta!” Y nosotras, la
descendencia de Épafo. Proclamándolo así no digo más que la verdad.
¿A qué otro dios pudiera yo invocar con más justos títulos que a aquel
padre, primer autor de mi linaje; a aquel poderoso señor que con sola
su mano fecundó a Io, y fundó larga descendencia; a aquel Zeus por
quien viene todo remedio en los trabajos?
No hay potestad alguna sobre él. En grandes y pequeños, en todos reina
como señor altísimo. Nadie se sienta en más encumbrado trono, ni puede
alegar títulos a su acatamiento. Habla, y se sigue la obra, y al punto
se cumple lo que decreta su mente.
~(Sale DANAO.)~
DANAO
Ánimo, hijas. Nuestras cosas con los Argivos van bien. El pueblo todo
ha votado por nosotros.
CORO
¡Salve, anciano padre mío, que tan gratas nuevas me anuncias! Pero
dinos qué se ha decretado; qué resolución se llevó la mayoría del
pueblo.
DANAO
Allí no hubo pareceres, sino que de modo fué que sentía yo remozarse mi
vieja alma. El aire apareció como erizado de diestras que se alzaban
de todo el pueblo argivo entero que a una voz sancionaba el decreto.
Podremos vivir aquí libres, y sin que mortal alguno pueda reclamarnos,
gozando del derecho de asilo: nadie, ni ciudadano ni extranjero, nos
arrancará de estos lugares. Notado de infame será y desterrado por
el pueblo, cualquier argivo que no acuda en nuestro socorro, si por
ventura se tratase de usar de la fuerza. Tal fué la sentencia que en
pro nuestro obtuvo el rey de los Pelasgos con su persuasiva palabra.
“Cuidad, les decía, no amontonéis para lo porvenir sobre la ciudad de
Argos la tremenda cólera de Zeus, que protege a los suplicantes. Ved
que dos veces los agraviaríais por huéspedes y por ciudadanos, y que
sería esto afrenta manifiesta de nuestra ciudad, y principio de males
sin remedio.” Lo cual, así que el pueblo lo oyó, sin aguardar la voz
del pregonero, todos los Argivos levantaron las manos, confirmando y
ratificando lo que el rey decía. Los Pelasgos se dejaron mover de la
palabra persuasiva que les hablaba; Zeus consumó la obra.
CORO
Ea, pues, respondamos con votos de bendición al bien que nos hacen los
Argivos. Zeus hospitalario atiende a la verdad con que la lengua de
esta huéspeda agradecida le ofrece tributo de honor y alabanza, para
que nuestros votos todos alcancen cabal y felicísimo suceso.
Vosotros también, dioses hijos de Zeus, escuchad las preces que por
este pueblo os dirigimos. Nunca jamás se vea presa de las llamas la
ciudad de los Pelasgos, ni oiga el bárbaro y desapacible clamor de la
pelea. Vaya Ares a segar hombres a otros campos. Porque se apiadaron de
nosotras, y nos dieron voto favorable, y tuvieron respeto para estas
suplicantes de Zeus, para este mísero rebaño.
No han desoído la demanda de unas débiles mujeres por sentenciar a
favor de sus perseguidores, sino que pusieron la consideración en aquel
vengador divino, celador de toda obra, en sus castigos inevitable.
Imposible que techo ninguno pudiera resistir el peso de la divina
venganza; ¡que es abrumadora pesadumbre! Pero han respetado nuestra
sangre; han respetado a las que suplicaban en nombre de Zeus santísimo,
y sus sacrificios serán puros y aceptos a los dioses.
Salgan, pues, de mi boca sombreada por estas coronas de olivo, palabras
de bendición y dicha. Nunca jamás la peste deje a esta ciudad yerma de
sus hijos, ni guerras intestinas ensangrienten su suelo. Viva intacta
en su tallo la flor de tu juventud sin que el amante de Afrodita, sin
que el enemigo mortal de los hombres, Ares, venga a cortarla en su
gallarda lozanía.
Véanse rodeadas las aras humeantes de sus dioses de ancianos venerables
con que la república esté siempre bien y sabiamente regida. Rinda el
pueblo continuo culto de adoración al gran Zeus, altísimo amparador de
la hospitalidad, que con antigua ley dispone el destino de los humanos.
¡Jamás se extinga la raza de los fieles celadores de esta tierra!
¡Dígnese Artemisa Hécate asistir al parto de sus matronas!
Lejos de aquí las discordias civiles que pierden a los hombres, y
arruinan las ciudades, y ahuyentan los músicos apacibles coros, y
arman el brazo de Ares, fiero provocador de lágrimas para los pueblos,
y de voces lastimosas. Fuera de aquí el enjambre enfadoso de las
enfermedades; vaya a posarse lejos de la cabeza de estos ciudadanos.
Apolo Liceo vele amoroso por toda la juventud argiva.
Haga Zeus que en todo tiempo y estación produzca la fecunda tierra
frutos sazonados, y que los rebaños pueblen la pradera herbosa de
numerosas crías. ¡No haya bien que Argos no reciba de los dioses!
Rompan las musas, diosas del saber y del canto, en himnos de bendición
y alegría, y acompañe la cítara los acentos de su boca sagrada.
¡Ojalá que el pueblo, que es el soberano de la ciudad, guarde sin
mancha ni menoscabo el honor de sus legítimos derechos, y que los que
le manden provean siempre solícitos al bien común! Con el extranjero
antes sean prontos a entrar en pláticas que a declarar la guerra, y
quieran más satisfacer de justos que de vencidos.
Honren siempre a los dioses tutelares de la comarca con aquellos
homenajes que les tributaban sus antepasados. Ofrézcanles víctimas de
bueyes, y coronen de laurel sus altares. Así honrarán también a los
que les dieron la vida; que es otro de los tres preceptos que están
escritos en las leyes de la Justicia suma y perfectísima.
DANAO
Alabo esos buenos deseos, hijas mías. Pero escuchad ahora sin
alborotaros la inesperada nueva que tiene que daros vuestro padre.
Desde la atalaya de esta colina, asilo de nuestras súplicas, diviso un
navío: se ve harto bien para que me engañe. Distingo todo el aparejo
y velamen de él, y los parapetos con que se cubren sus remeros y
hombres de guerra. Allá veo la proa que sigue su derrota mirando hacia
nosotros; ¡demasiado obediente el timón, que desde popa le rige; porque
no es ninguna nave amiga aquélla! Las blancas túnicas de los marineros
hacen resaltar lo negro de sus miembros. He allí que aparecen bien
claro las demás naves: toda la escuadra está a la vista. La capitana
ha amainado velas, y forzando remos vira hacia la playa. Miradlo
con calma. Prudencia, y no olvidaros de estos dioses, que es lo que
importa. Yo parto en busca de defensores que tomen sobre sí nuestra
causa, y vuelvo al punto. Quizá venga algún heraldo o alguno de los
príncipes queriendo poner mano en vosotras y llevaros consigo; pero
nada harán. No tembléis al verlos. No obstante, por si se retarda el
socorro, lo mejor será que no os olvidéis nunca de que en esas aras
está vuestra defensa. ¡Ánimo! Al fin, a su tiempo y día el mortal que
menosprecie a los dioses paga la pena que merece.
CORO
¡Padre, estoy temblando! Ya abordan las naves, impelidas de sus ligeras
alas. Dentro de un instante los tenemos aquí. El pavor se apodera de mi
alma, ¡y con razón! ¿De qué me sirvió mi precipitada huída? ¡Me muero
de miedo, padre mío!
DANAO
¡Valor, hijas! Pues que los Argivos han decretado a tu favor, ellos
pelearán por vosotras; estoy cierto de ello.
CORO