¡Ay, dioses nuevos! ¡habéis pisoteado las antiguas leyes! ¡me lo

habéis arrebatado de las manos! Pero yo, la miserable, la despreciada,

encendida en cólera arrojaré sobre este suelo en desagravio de mi

afrenta, todo el veneno que gotea mi corazón. ¡Vaya si lo arrojaré! Y

este veneno se derramará por la tierra, y su ponzoña secará hojas y

flores, y matará a todo sér viviente, y no perdonará a los hombres.

¡Oh justicia! ¡Todo, todo lo apestará y asolará! ¿Lloro? ¡Qué hacer!

¿Me río? ¡Lo que he padecido ha de pesar mucho a los Atenienses! ¡Ay,

hijas de la Noche! ¡infelices! ¡cuán grande y afrentosa es la desdicha

que lloráis!

ATENA

Creedme a mí, y no lo llevéis así con ese llanto. No habéis sido

vencidas. Salió igual número de votos por ambas partes, con toda buena

fe y no para tu afrenta. Pero había claros testimonios de la voluntad

de Zeus; el mismo dios que pronunció el oráculo, salió por fiador de

él. Bien que autor de su delito, Orestes no debía llevar pena. No os

irritéis pues; no queráis descargar vuestra cólera sobre esta tierra ni

hacerla estéril; no derraméis sobre ella la baba de vuestro furor, que

implacable corroe todo germen de vida. Yo os prometo solemnemente que

tendréis en este suelo un templo donde moréis, y ricos tronos junto a

vuestras aras, donde seáis honradas de los ciudadanos de Atenas.

CORO

¡Ay dioses nuevos! ¡habéis pisoteado las antiguas leyes! ¡me lo

habéis arrebatado de las manos! Pero yo la miserable, la despreciada,

encendida en cólera arrojaré sobre este suelo en desagravio de mi

afrenta, todo el veneno que gotea mi corazón. ¡Vaya si lo arrojaré! ¡Y

este veneno se derramará por la tierra, y su ponzoña secará hojas y

flores, y matará a todo sér viviente, y no perdonará a los hombres! ¡Oh

justicia! ¡Todo, todo lo apestará y asolará! ¿Lloro? ¡Qué hacer! ¿Me

río? ¡Lo que he padecido ha de pesar mucho a los Atenienses! ¡Ay, hijas

de la Noche! ¡infelices! ¡Cuán grande y afrentosa es la desdicha que

lloráis!

ATENA

Nadie os ha menospreciado. No os irritéis tanto, oh diosas, ni vayáis a

infestar de males sin remedio esta tierra habitación de los mortales.

Por mi parte, cuento con el poder de Zeus, y ¿a qué decir más? Yo sola

entre los dioses conozco las llaves del sellado tesoro donde se guarda

el rayo. Pero nada de esto se necesita, pues, atenta a mis razones, no

querrás tú arrojar sobre este suelo el fruto maléfico de tu lengua, del

cual toda triste calamidad se engendraría. Calma las negras oleadas de

tu amarga cólera, y aquí serás honrada y venerada; y aquí habitarás

conmigo; y en natalicios e himeneos recibirás en ofrenda las primicias

de esta dilatada comarca, y por siempre celebrarás mi consejo.

CORO

¡Yo sufrir esto, cielos! ¡Yo con mi saber y experiencia habitar en

estos lugares despreciada de todos! ¡Maldición! ¡Maldad execrable!

¡Vomitemos todo el furor, todo el odio de nuestro pecho! ¡Ah, ah! ¡oh

tierra! ¡oh cielos! ¿Qué dolor es éste que me llega al alma? Noche,

madre mía, oye los alaridos de mi cólera. Los engaños de los dioses me

han envuelto sin que me pudiese defender y han reducido a la nada los

honores que los pueblos me ofrecían.

ATENA

Tolero tus arrebatos porque tienes más años que yo. A no dudar, tú

eres mucho más sabia, aunque también a mí me concedió Zeus no pensar

del todo mal. Si marcháis a extrañas regiones, ya echaréis de menos

esta tierra; yo os lo predigo. Porque correrán los tiempos, y cada

vez serán más gloriosos para mi pueblo. Y tendríais venerando altar

junto al templo de Erecteo, y allí recibiríais de hombres y mujeres

en las grandes fiestas honores cual de ningún otro mortal del mundo

podríais obtener jamás... No arrojes, pues, en este suelo, que es

mío, el aguijón sangriento de tus odios que corrompan las entrañas de

la juventud y la abrasen en furiosa ira, y sin vino la perturben y

embriaguen. No siembres la discordia en el corazón de mis ciudadanos,

porque no se empeñen entre sí como los gallos en impías y feroces

luchas. La guerra... con el extranjero y no larga. Allí es donde el

amor a la gloria es noble y generoso: ¡no se llame guerra a una riña de

aves domésticas! Acepta lo que te ofrezco, que te está bien aceptarlo.

Haz bien, y bien recibirás, y serás grandemente honrada, y poseerás

conmigo esta tierra predilecta de los dioses.

CORO

¡Yo sufrir esto, cielos! ¡Yo con mi saber y experiencia habitar en

estos lugares despreciada de todos! ¡Maldición! ¡Maldad execrable!

¡Vomitemos todo el furor, todo el odio de nuestro pecho! ¡Ah, ah! ¡oh

tierra! ¡oh cielos! ¿Qué dolor es éste que me llega al alma? Noche,

madre mía, oye los alaridos de mi cólera. Los engaños de los dioses me

han envuelto sin que me pudiese defender y han reducido a la nada los

honores que los pueblos me ofrecían.

ATENA

No me cansaré de aconsejarte bien, porque no digas nunca que las

antiguas diosas salisteis de esta tierra, arrojadas de ella con

desprecio por una diosa más joven que vosotras y por los mortales

que habitan la ciudad. A poder algo contigo la dulce e irresistible

fuerza de la persuasión; si mis palabras fuesen poderosas a calmarte

y ablandarte, aquí te quedarías. Mas si no quisieres quedarte aquí,

no por ello sería justo que descargases sobre esta ciudad tu furioso

encono, ni que hicieses a mi pueblo daño ninguno; pues que en ti está

poseer conmigo esta tierra, y ser en ella dignamente honrada.

CORO

Diosa Atena, ¿qué morada dices tú que tendría yo?

ATENA

Una donde jamás hallaría asiento el infortunio. Acéptala pues.

CORO

Y ¿qué honores me esperan si acepto?

ATENA

No habrá casa que pueda prosperar sin ti.

CORO

¿Tanto harás tú que sea mi poder?

ATENA

Levantaré hasta la cumbre de la fortuna a quien te rindiere culto.

CORO

¿Y me prometes que así será en todo tiempo?

ATENA

Yo no prometo jamás lo que no he de cumplir.

CORO

Siento que me ablandas y que desecho todo mi rencor.

ATENA

Corre, pues, a los que acabas de ganarte por amigos.

CORO

¿Qué bienes quieres tú que pida en mis cánticos para este pueblo?

ATENA

Cuanto sea nobles y leales victorias; y que la tierra y el cielo, y el

mar con sus aguas, y los vientos con sus blandas corrientes, y el sol

con sus claros rayos traigan sobre este suelo toda suerte de bienes.

Que la tierra abunde en frutos y rebaños; que vivan los ciudadanos en

prosperidad, jamás derribada a los golpes del tiempo; que se logren y

florezcan los tiernos retoños infantiles. Pero a los impíos ya puedes

exterminarlos con más furor que nunca. Yo amo a los hombres como el

hortelano a las plantas, y quiero que la semilla de los buenos no se

dañe con la mala hierba de los malos. Tal es lo que te incumbe. A mí

toca no permitir jamás que esta ciudad vencedora deje de llevarse nunca

entre los hombres el honor y lauro del triunfo en los más gloriosos

combates.

CORO

Sí; acepto habitar en compañía de Atena. No he de menospreciar yo

ciudad donde moran el omnipotente Zeus y Ares, y que es alcázar

fortísimo de los dioses, honor y contento de las deidades griegas

y baluarte de sus aras. A la cual mi amorosa voluntad le desea, le

predice que los espléndidos rayos del sol han de hacer brotar de la

tierra en abundosa copia cuantos frutos hacen afortunada la vida.

ATENA

Obra es de mi amor a esta ciudad haber hecho que en ella pongan su

habitación las potentes e implacables diosas cuyo destino es regir

todas las cosas humanas. Pues el que no se granjea a estos terribles

enemigos, no sabe qué calamidades le aguardan aún en la vida. Los

pecados de sus mayores le arrastran hasta ellas; la muerte llega en

silencio, y con sañuda crueldad le reduce a polvo cuando se jactaba de

su fortuna.

CORO

Oíd lo que mi amor os desea. Que jamás la furia de los vientos pierda

los árboles; ni los ardores del sol abrasen las plantas e impidan

que se abran lozanos los pimpollos; ni la triste y estéril sequía os

azote. Antes bien, que vuestros ganados se multipliquen, y a su tiempo

os regalen con dobles crías; y que los ricos tesoros arrancados a las

entrañas de la tierra honren la liberalidad de los dioses que os los

dieron.

ATENA ~(a los AREOPAGITAS.)~

Ya habéis oído, custodios de nuestra ciudad, cuántas bendiciones llaman

sobre vosotros. Mucho puede en verdad la veneranda Erinna con los

dioses del cielo y con los que habitan las mansiones subterráneas, y

bien se ve cómo dispone de la suerte de los humanos: a éstos les da

cánticos y alegrías; a aquéllos una vida de sombras y lágrimas.

CORO

Alejaos de aquí, azotes que malográis a los hombres con prematura

muerte. Dioses, de quienes penden los destinos de los mortales, dejad

que las tiernas y amorosas doncellas gocen de las dulzuras de Himeneo;

permitidlo vosotras también, oh divinas Moiras, hermanas mías de madre,

que a cada cual recompensáis según sus obras, sin que haya lugar a que

no asistáis, ni tiempo en que no hagáis sentir el peso de vuestras

justas leyes; diosas honradísimas de todos los dioses.

ATENA

Al oírte pedir para mi pueblo con tanto amor dichas y bendiciones,

me lleno de alegría. ¡Oh atractivos ojos de la Persuasión, y cuán

merecedores sois de que yo os ame, pues que habéis velado por mi lengua

cuando hablaba a quien con dura tenacidad se resistía a escucharme!

Venció por fin Zeus, dios de la elocuencia, y nuestra causa, la causa

del bien, alcanzó completa victoria.

CORO

Quiera el cielo que jamás se oigan en esta ciudad los rugidos de la

discordia, que no se sacia de males. Jamás se empape el suelo en

la sangre de los ciudadanos, derramada en fratricidas y vengativas

contiendas; sino antes con el deseo del bien común sean unas sus mutuas

alegrías, y unos también sus odios: que en la unión tienen los hombres

el remedio de sus mayores infortunios.

ATENA

¿No es verdad que, serena ya su razón, encontró por fin su lengua

el camino de las bendiciones? Tengo para mí que de estas diosas de

espantable catadura han de venir grandes ganancias a mi pueblo.

Pagadles amor con amor; tributadles grandes honores, y la ciudad y toda

su comarca verán pasar los tiempos en gloria y en justicia.

CORO

¡Salve, salve; los dioses os den felicidades y abundancia! Salve,

pueblo de Atenas. Palas, la bien amada hija de Zeus, os mira con amor

y habita a vuestro lado. Que no se desmientan nunca vuestras virtudes.

Zeus honra a los mortales que Palas acoge bajo sus alas.

ATENA

Salve, también vosotras. Yo saldré delante para mostraros vuestra

morada. Marchad al resplandor de las antorchas de ese religioso

cortejo y en medio de las sagradas víctimas que os serán ofrecidas en

sacrificio. Corred a vuestro templo subterráneo, y apartad de esta

tierra la adversidad, y traed sobre ella la bienandanza y la victoria.

Y vosotros, ciudadanos de Atenas, hijos de Cranao, guiad a las que

vienen a habitar entre vosotros. ¡Ojalá que la ciudad recuerde siempre

la memoria de tales beneficios!

CORO

Salve, salve, diré otra vez y otra; salve todos los que habitan en

esta ciudad de Palas, dioses y mortales. Honrad con vuestro culto la

vecindad que me habéis concedido y jamás tendréis que lamentar los

reveses de la fortuna.

ATENA

Vuestros votos me colman de contento. Que el resplandor de las

lucíferas antorchas os acompañe hasta los profundos lugares donde

tenéis vuestro templo subterráneo. Vayan también mis sacerdotisas,

piadosas guardas de mi sagrada imagen. Y vosotras, gloria y ornamento

de la tierra de Teseo, cortejo insigne de doncellas y matronas;

y vosotras, ancianas venerables, llegad todas luciendo vuestras

vestiduras de púrpura y en las manos encendidas teas, y tributad así

a estas diosas públicos honores porque su estancia entre nosotros se

señale en las edades futuras con dichosa y perdurable bienandanza.

~(Vase.)~

CORTEJO

Marchad a vuestra morada, poderosas y venerables hijas de la Noche,

castas vírgenes, acompañadas de este pueblo que os ama. Aplaudid,

Atenienses.

Descended a esos antiguos y profundos antros donde recibiréis insigne

culto de honores y sacrificios. Pueblo de Atenas, aplaudid todos.

Venid acá, venerandas diosas; sednos propicias. Mirad con amor a

nuestra comarca, y recibid el agasajo de estas encendidas antorchas

que arden en vuestro obsequio. Y nosotras acompañemos su carrera con

alegres cánticos y gritos de regocijo.

Por siempre jamás ofrecerá en tu templo la ciudad de Palas libaciones

y lucientes antorchas. Así lo concertaron la Providencia infinita de

Zeus, y la Moira. Rompamos en cánticos de alegría y regocijo.

[Ilustración]

[Ilustración]

_LAS SUPLICANTES_

~(Aparecen el CORO DE DANAIDES, con ramos de suplicantes en sus manos,

y DANAO.)~

CORO

Zeus que protege a los suplicantes, nos mire con piadosos ojos al tomar

tierra en este puerto. Hicímonos a la mar en las arenosas bocas del

Nilo, y dejamos aquella sagrada región, vecina a la Siria. Venimos

huyendo. No nos destierra sentencia ninguna popular por sangre que

no hemos derramado: huímos de los hijos de Egipto, por escapar a sus

abominables, impías e incestuosas nupcias. Danao, nuestro padre, ha

sido nuestro consejero y nuestro guía; él quien entre los males,

resolviéndose por el más honroso, determinó que huyésemos sin tardanza,

cruzásemos el mar y arribásemos a esta tierra de Argos, de donde

desciende nuestro linaje: porque nos gloriamos de venir de aquel Épafo,

a quien concibió con sólo el tacto de Zeus, con un soplo suyo, la

becerrilla perseguida del Tábano. Y ¿a qué pueblo que nos fuese más

amigo pudiéramos llegar en súplica con estos ramos vestidos de lana,

que ostentan nuestras manos? ¡Oh dioses, señores de esta ciudad, y de

sus campos y de las claras corrientes que los riegan; oh dioses del

cielo, y vosotros los que ocupáis las sedes subterráneas, tremendos

vengadores; y tú, Zeus, que guardas la morada del piadoso, acoged todos

a estas mujeres que os suplican, y haced que las voluntades les sean

favorables! Antes que la caterva insolente de los hijos de Egipto ponga

el pie en esta arenosa playa, volvedlos al mar, a ellos y a sus remeras

naves. Y allí perezcan asaltados por las olas embravecidas en deshecha

borrasca de truenos, relámpagos y vientos, antes que hagan suyas a las

hijas del hermano de su padre, y profanen con impía fuerza lechos de

que la ley los rechaza.

Ven, novillo hijo de Zeus y de nuestra abuela la becerrilla que pacía

la verde hierba de los prados; ven. Tú que fuiste concebido con sólo

el tacto de Zeus, con un soplo suyo, cruza los mares y acude a nuestra

venganza hoy que te invocamos. ¡Épafo! Así te llamaron del origen de

tu nacimiento. Pasados los meses que pide la ley de naturaleza, Io te

parió, y tu nombre confirmó la verdad de tu origen.

Aquí le pronunciaré yo en estas praderas, antiguamente visitadas de

mi progenitora, y recordaré sus trabajos, y daré señales ciertas de

mi linaje; las cuales bien que a los habitantes de esta tierra les

parezcan inauditas, pero al fin han de comprender, si me atienden, que

digo verdad.

Si pasa por aquí algún argivo que entienda el lenguaje de las aves, y

oye nuestras tristes quejas, se imaginará estar oyendo la voz de la

mísera esposa del pérfido Tereo; la voz de Filomela, perseguida por el

gavilán.

La cual, arrojada de los campos y ríos de su querencia, da suelta al

dolor en el lugar de su destierro, y junto con él llora la muerte de

aquel hijo que entregó a sus manos homicidas el furor de una madre

cruel y despiadada.

Así doy yo suelta a mis ayes, remedando la triste canturia jonia, y

castigo este delicado rostro, que tostaron los aires del Nilo, mientras

se ahoga el corazón con el peso de tantas lágrimas. Mi angustia es

extrema; estoy temblando que mi huída de aquella serena región de

Egipto ha de empeñar más a mis deudos en perseguirme.

Ea, pues, dioses de mi casa, escuchadme. Mirad por los fueros de la

justicia; no dejéis que la iniquidad se consume, y si es verdad que

sois aborrecedores de toda insolencia, sed justos con estas nefandas

nupcias. Hasta el vencido en la guerra, si se acoge a vuestras aras,

encuentra un asilo contra la fuerza del vencedor, y la majestad de

vuestra divina grandeza le protege.

¡Quiera Zeus disponerlo así! ¡Inescrutable es tu voluntad, oh Zeus; mas

a las veces muéstrase ella toda resplandeciente, aun en medio de las

tinieblas obscuras, para negra desdicha de la raza de los humanos!

Lo que la mente de Zeus tiene decretado que suceda, jamás se tuerce ni

se frustra, sino que llega a su fin por aquellos caminos dilatados del

pensamiento divino, envueltos en espesas tinieblas, donde el ojo del

hombre no pudo nunca penetrar.

Él precipita a los mortales en la sima de su perdición desde las altas

torres de sus soberbias esperanzas, y sin hacer esfuerzo ninguno; que

todo es llano y descansado para los dioses. Sentada la Mente divina en

la cumbre del cielo, ejecuta desde allí todos sus designios sin moverse

de su trono de gloria.

Eche, pues, desde la altura una mirada sobre la insolencia de los

hombres. Vea a aquellos verdes mozos, cómo se encienden con el lascivo

apetito de mis bodas; cual los ciega y enloquece el aguijón de su

furioso y desenfrenado deseo, que no les deja un punto; y más, que ya

habrán visto que salieron burlados sus malos intentos.

¡Ahí está la causa de mis males; las penas que me afligen, y me hacen

romper en agudos gemidos, y derramar lágrimas! ¡Ay, ay de mí! En vida

estoy celebrando mis honras con estos funerarios plañidos que tan bien

sientan a mi dolor. ¡Oh montuosa tierra de la Argólide, séme propicia;

yo te adoro! Escucha benigna mi lengua bárbara. Mira cómo me precipito

a hacer jiras estos linos que me visten, y este velo de Sidón que cubre

mi cabeza.

En los días de bienandanza, cuando la muerte se aleja de nosotros,

ofrécense a los dioses sacrificios en acción de gracias por sus

bondades. Pero ¡ay de mí, ay de mí triste, que mis males no tienen fin!

¿Adónde me arrastrará el mar de mis infortunios? ¡Oh montuosa tierra

de la Argólide, séme propicia; yo te adoro! Escucha benigna mi lengua

bárbara. Mira cómo me precipito a hacer jiras estos linos que me visten

y este velo de Sidón que cubre mi cabeza.

Cierto que el leñoso edificio que arman linos y remos me guardó de las

olas, y favorecido de los vientos me trajo aquí sin haber pasado por

los horrores de la borrasca. No me quejaré, pues, de mi fortuna. ¡Pero

quiera el Padre omnividente mostrársenos propicio hasta el fin, porque

esta numerosa descendencia de una madre veneranda pueda huír, ¡ay de

mí!, pueda huír el lecho de tales esposos como aquellos, y queden

libres y doncellas!

Casta hija de Zeus, tú cuya serena mirada no hay poder que la turbe,

míranos piadosa, y defiéndenos de los que nos persiguen. Virgen, sé

el amparo de estas vírgenes, porque esta numerosa descendencia de una

madre veneranda pueda huír, ¡ay de mí! pueda huír el lecho de tales

esposos como aquellos y queden libres y doncellas.

Donde no, si no hallamos amparo en los dioses del Olimpo, lazos hay de

qué colgarnos, y una vez muertas nos encaminaremos a aquellas negras y

profundas mazmorras, en que el rayo precipitó a los hijos de la Tierra,

y nos postraremos ante el Zeus de los muertos, huésped que a nadie

rechaza, presentándole nuestros ramos de suplicantes. ¡Ay, Zeus! ¡Ay,

cólera divina que perseguiste a Io! Reconozco en mis males el furor

de aquella esposa augusta que se enseñorea de los cielos; que es muy

poderoso el viento que desencadenó esta tormenta.

Graves palabras tendría que sufrir Zeus, nada dignas de su majestad,

si menospreciando a las hijas de la becerrilla, después de haber sido

su primer padre, apartase ahora los ojos de nuestras súplicas. ¡Oiga

de las alturas donde habita, esta voz que le implora! ¡Ay, Zeus! ¡Ay,

cólera divina que perseguiste a Io! Reconozco en mis males el furor

de aquella esposa augusta que se enseñorea de los cielos; que es muy

poderoso el viento que desencadenó esta tormenta.

DANAO

Obremos con prudencia, hijas; Pues que la experiencia de vuestro

anciano padre fué el fiel piloto que os encaminó hasta aquí, ya que

estamos en tierra, os recomiendo que seáis prudentes y grabéis mis

palabras en la memoria. Estoy viendo una nube de polvo, muda mensajera

de un ejército; oigo el rechinar de los cubos de las ruedas, que nada

silenciosas giran sobre los ejes, y diviso multitud de peones armados

de escudos; y lanzas que se agitan; y corceles, y redondos carros de

guerra. Por ventura, serán los príncipes de la comarca, que avisados

de nuestro arribo, vienen a nosotros a verlo por sus propios ojos. Ya

vengan de paz, ya mueva a esa gente alguna cruel y airada resolución,

lo mejor será, oh hijas, que a todo evento nos refugiemos en esa colina

consagrada a los dioses públicos de este pueblo; que un ara vale más

que una torre: es un escudo impenetrable. Ea, pues, id lo más pronto

que podáis; ¡al punto! Mostrad reverentes en vuestras manos esos ramos

suplicantes, vestidos de blanca lana, alegría del venerando Zeus; y a

vuestros huéspedes respondedles lo que haya que responder, con modestia

y en tono que les mueva a lástima: en fin, cual conviene a quienes

llegan a suelo extraño. Explicadles bien cómo vuestra huída no fué por

sangre ninguna que hubieseis derramado. Nada de arrogancia en vuestro

acento: el semblante honesto, la mirada apacible, y todo vuestro

ademán dulce y mesurado. Mucho comedimiento en las palabras, y nada de

discursos prolijos: cosa a los de esta tierra aborrecidísima. Acuérdate

que hay que ceder; que eres una extranjera fugitiva y necesitada, y que

a los que están debajo no les cuadra hablar con altanería.

CORO

Hablaste de prudencia, padre, a quienes saben tenerla. Procuraremos

guardar en la memoria tus discretos consejos. ¡Mire por nosotras Zeus,

padre de nuestro linaje!

DANAO

No estéis ahí ociosas; apresuraos a poner por obra vuestro intento.

CORO

Quisiera estar ya a tu lado y sentada al pie de ese trono.

DANAO

¡Oh Zeus, compadécete de nosotros antes que sucumbamos a nuestros males!

CORO

Él nos mire con ojos de piedad; que si él quiere, todo acabará bien.

DANAO

Invocad ahora a ese ave de Zeus.

CORO

¡Saludables rayos de Helios, nosotras os invocamos! ¡Casto Apolo,

dios que en otro tiempo te viste desterrado de la mansión celeste,

compadécete de nosotras como quien sabe lo que es tal desventura!

DANAO

¡Sí, él se compadezca de nosotros y nos acuda propicio!

CORO

¿Y a cuál de estos otros dioses invocaré además?

DANAO

Ahí tienes el tridente, atributo de Poseidón.

CORO

¡El que nos trajo con bien a esta tierra, nos reciba en ella piadoso!

DANAO

Este otro es Hermes, según le presenta la tradición entre los Helenos.

CORO

¡Sea para nosotros mensajero de libertad y bienandanza!

DANAO

Rendid culto a todos los dioses que tienen aquí un altar común. Acogeos

al lugar santo bandada de palomas espantada por voladores gavilanes,

por enemigos incestuosos, afrenta de su propia raza. Ave que devora a

otra ave ¿cómo quedará pura? ¿Cómo quedar puro tampoco quien fuerza

a una virgen, y a pesar de ella y de su padre la desposa? Quien tal

hiciese, ni aun después de muerto en el mismo infierno escapará al

castigo de su temeraria culpa. Sabido es que ahí hay otro Zeus que

juzga sin apelación los delitos de los que murieron. Considerad bien lo

que os digo, y responded de esta suerte porque tengáis buen suceso en

este trance.

~(Sale el REY con acompañamiento de guardias.)~

REY

¿De dónde podremos decir que sois, extranjeras, que así venís tan

lujosamente aderezadas, con esas túnicas y esos velos a estilo bárbaro?

Porque ese no es el traje de Argos ni de ningún otro de los pueblos

de la Hélade. Pues cómo os habéis atrevido a llegar con intrépida

resolución a esta comarca, sin mensajeros que os anuncien, ni huéspedes

que os amparen, ni guías que os encaminen, cosa es también que

verdaderamente asombra. Veo junto a vosotras unos ramos de suplicantes,

depositados en las aras de los dioses de nuestra ciudad; sois, pues,

suplicantes, y esto es sólo lo que Grecia afirmaría que ha comprendido;

pero en lo demás pudieran hacerse con razón muchas conjeturas si yo no

hubiese venido aquí y vosotras no tuvieseis palabra que me explicara

todo vuestro suceso.

CORO

Bien has dicho acerca de mi traje. Pero ante todo, ¿estoy hablando con

un ciudadano, o con algún sacerdote, custodio de los templos, o con el

Jefe de la ciudad?

REY

Tragedias · 第 14 / 17 段