Aleccionado por mis males sé no pocos modos de expiar un delito, y

cuándo se debe hablar y cuándo callar. A la sazón, yo debo alzar mi

voz; que así me lo ordena sabio maestro. Ya se secó la sangre que

había en mi mano; ya se adormeció; ya está lavada la mancha de mi

parricidio. Todavía estaba reciente cuando me purifiqué de ella,

inmolando en el ara del dios Febo los puercos expiatorios. Decir aquí

todos los hombres con quienes he comunicado sin que mi presencia les

trajese mal alguno, largo discurso pediría. El tiempo al par que

envejece va borrando todas las cosas. Hoy ya sin impiedad y con pureza

de labio puedo invocarte, ¡oh Atena! reina augusta de esta comarca;

¡ven en mi auxilio! Y sin guerra me ganarás a mí, y ganarás la tierra

y pueblo de Argos; que te seremos siempre fieles, y tus aliados y

auxiliares en toda empresa. Ea, pues, ora que en los líbicos campos,

junto a las riberas del Tritón donde naciste, estés peleando por los

tuyos a los ojos de todos o envuelta en celeste nube; ora que a modo

de esforzado caudillo hagas alarde y muestra de tus huestes en las

llanuras de Flegra; estés dondequiera, ven a mí. Eres diosa, y por

lejos que estés me oyes. ¡Ven, y sálvame de mis males!

CORO

Ni Apolo ni el poder de Atena podrán salvarte de perecer miserablemente

abandonado; sin saber jamás qué es alegría; consumido y exangüe; sombra

viviente, hecha pasto de las Furias. ¡Nada respondes y desdeñas hablar,

tú que me estás consagrado, que has sido criado para mí!... Pues en

vida me has de servir el manjar regalado de tus carnes: ni siquiera

serás degollado sobre el ara. Ahora vas a oír el himno que a mí te

encadena.

Ea, pues, formemos nuestro coro. Ocasión es ésta de hacer resonar

nuestro horrendo cántico. Digamos la suerte que destina nuestro

tribunal a cada uno de los mortales. Nosotras nos complacemos

en ser rectos jueces. El que conserva la pureza de sus manos, no

tiene que temer nuestra cólera, y su vida se pasará en paz. Mas

para los malvados, como ese hombre, que tratan de ocultar sus manos

ensangrentadas, para estos somos testigos incorruptibles; vengadoras de

la sangre de sus víctimas, que los perseguimos hasta acabarlos.

¡Oh Noche! ¡Oh madre! ¡Madre, que me pariste para castigo de vivos y

muertos, escúchame! El hijo de Latona me ha deshonrado, arrebatándome

la presa que debía pagar la sangre de una madre. ¡Caiga siquiera sobre

esa víctima que me está consagrada, este mi canto; canto de delirio, de

locura, de furor; himno de las Erinnas, que encadena las almas; que no

se acompaña jamás de los dulces conciertos de la lira; himno que seca y

consume a los mortales!

La Moira, que nada deja por castigar, señalóme esta suerte por decreto

irrevocable. A aquellos mortales insensatos que se hacen reos y autores

de crimen, yo les he de servir de cortejo hasta que desciendan a las

mansiones infernales, y todavía no se han de ver libres de mí ni con

la muerte. ¡Caiga, pues, sobre esa víctima, que me está consagrada,

este mi canto; canto de delirio; de locura, de furor; himno de las

Erinnas, que encadena las almas; que no se acompaña jamás de los dulces

conciertos de la lira; himno que seca y consume a los mortales!

Luego que nacimos quedó fija nuestra suerte. Nuestras manos no debían

de llegar jamás a los inmortales. Nuestros banquetes no habían de tener

a ninguno de ellos por convidado. Las cándidas vestiduras de la alegría

estaríanos para siempre vedadas. Nuestro destino era arruinar las

casas donde Ares en traidora guerra de familia arma a deudos contra

deudos. ¡Oh! Sobre quien a tal se atreve, sobre ese nos lanzamos,

apenas derrama la sangre, y le perseguimos, y por fuerte que él sea, le

hacemos desaparecer.

Nosotras nos afanamos por quitar de este cuidado a los dioses;

confirmen, pues, ellos la inmunidad de nuestros juicios; no quieran

sujetarlos a apelación.

No ha de comunicar Zeus con una raza odiosa que está goteando sangre,

a la cual jamás tuvo por merecedora de su presencia. De un salto caigo

sobre el criminal y le atajo por lejos que esté: mis pies chocan

pesadamente contra sus piernas cansadas de tan larga huída; flaquea él

y sucumbe sin remedio. No hay debajo del cielo gloria de mortal tan

altiva que yo no la derribe miserablemente en tierra al acercarme a

él con impetuoso salto, envuelta en mis negras vestiduras, y que no

desaparezca pisoteada por mis pies enemigos.

Loco y ciego con su culpa cae el malvado y no sabe que cae. ¡Tal niebla

tiende sobre él su crimen! Su morada queda envuelta en tinieblas

oscurísimas que la fama pregonará con lastimeras voces.

Así es, y así será. En el idear, hábiles; en el conseguir, seguras; en

la memoria de las maldades, firmes y severas; en nuestros juicios, para

todo mortal incorruptibles; nosotras marchamos por los caminos que nos

marcó la suerte: caminos sin honores, y de los dioses y de la luz del

sol nunca visitados, donde por igual se pierden y despeñan los vivos y

los muertos.

¿Qué mortal habrá que no sienta reverencia temerosa al oír de mis

labios el ministerio que me confiaron los decretos de la Moira y la

voluntad de los dioses? Dignidad antigua y no despreciable ni sin

gloria, aunque tenga su asiento en las caliginosas mazmorras del sol

nunca esclarecidas.

~(Aparece en el aire la diosa ATENA en un carro.)~

ATENA

De lejos oí una voz que me imploraba; desde las riberas del Escamandro

donde tomaba posesión de la tierra que me dedicaron los príncipes y

caudillos Aqueos en absoluto y perpetuo dominio: porción magnífica de

los ricos despojos de la guerra y para los hijos de Teseo recompensa

selectísima. De allí vengo con presuroso e incansable paso. No hube

menester de alas: tendí al viento mi égida haciendo gemir los aires,

y uncí a este carro mis poderosos corceles. -- Extraña gente es la que

se ofrece a mis ojos aquí reunida, la cual cierto que no me espanta;

pero me asombra. ¿Quién podéis ser? A todos vosotros me dirijo; a

ese peregrino que está abrazado a mi imagen, y a vosotras, que ni os

asemejáis a casta ninguna de criaturas, ni los dioses os vieron jamás

entre las diosas, ni tenéis figura humana. -- Mas echar a uno en cara su

deformidad ni es justo ni piadoso.

CORO

Con una palabra lo sabrás todo, hija de Zeus. Somos hijas de la lúgubre

Noche; en las mansiones subterráneas nos llaman las Imprecaciones.

ATENA

Conozco vuestro linaje y vuestro nombre.

CORO

Pues ahora sabrás cuál es mi ministerio.

ATENA

Lo sabré si me lo explicáis.

CORO

Nosotras arrojamos a los homicidas de toda habitación de hombres.

ATENA

Y entonces ¿dónde acabará para el matador su huír?

CORO

Donde jamás imperó la alegría.

ATENA

Y ¿a huída tal condenas tú a este hombre, acosándolo con roncos gritos?

CORO

Él fué bastante osado para matar a su madre.

ATENA

¿No le forzaría acaso el temor a alguna airada potestad que le

amenazara?

CORO

Y ¿qué fuerza hay tan poderosa que arrastre a matar a una madre?

ATENA

Aquí hay dos partes; hasta ahora no he oído más que a una.

CORO

Es que él no deferiría a mi juramento y tampoco quiere prestarlo.

ATENA

Y tú quieres más oír hablar de justicia, que no practicarla.

CORO

¿Cómo? Explícate, que no te faltará saber para ello.

ATENA

Digo, que la injusticia no vence por juramentos que se hagan.

CORO

Ea, pues examina la causa y falla en justicia.

ATENA

¿Remitís, pues, a mí el fallo de esta causa?

CORO

Y ¿cómo no? Nadie más que tú merece este honor, y por tal te acatamos.

ATENA

¿Qué tienes tú que contestar a esto, extranjero? Dime tu patria, tu

linaje y tus aventuras, y luego excúlpate de la acusación, si es

verdad que fiado en la justicia de tu causa has venido a ampararte de

mi templo e imagen y pides con piadosas súplicas, cual otro Ixión, la

expiación de tu delito. Responde a todas mis preguntas de modo que yo

quede bien informada.

ORESTES

Soberana Atena, ante todas cosas te libraré de ese grave cuidado que

revelan tus últimas palabras. No vengo a ti menesteroso de expiación,

ni me abracé a tu imagen con las manos manchadas por el crimen. Yo

te daré prueba cierta de ello. La ley reduce a silencio al matador

mientras la sangre de tierna víctima no le purifique de su mancha.

Tiempo ha que así expié mi delito, y corrí casas extrañas y tierras y

mares. Sobre esto, pues, desecha todo cuidado. En cuanto a mi linaje,

al punto vas a saberlo. Soy de Argos; a mi padre Agamemnón bien le

conociste, que él fué el capitán de la armada griega, y con su ayuda

arrasaste no ha mucho la ciudad de Ilión. Vuelto a su casa, halló la

muerte, y no con gloria, sino que mi madre con negras entrañas le mató,

envolviéndole en la red de traidor artificio. Testigo es aquel baño

donde corrió su sangre. Yo estaba huído hacía tiempo, mas por fin volví

de mi destierro, y maté a la que me parió; no he de negarlo ahora. Pagó

con su muerte la muerte de mi amadísimo padre. Cómplice mío fué Loxias,

que me anunció grandes males de no castigar a los autores del crimen;

con que puso acicates a mi voluntad. Decide tú si obré en justicia o

no. A ti remito la causa: cualquiera que sea la sentencia, yo la acato.

ATENA

El caso es más grave de juzgar que cuantos imaginaron nunca los

hombres. Tampoco me es lícito a mí conocer en una causa de muerte

donde tan enconados se hallan los ánimos. Sobre todo porque bien que

perpetrador de un crimen, tú has llegado a mi templo suplicante y

purificado y sin ofenderle con tu presencia; y así he de acogerte en mi

ciudad como a quien no tengo que hacer cargo ninguno. Por otra parte,

éstas no son tan blandas de condición que si salen vencidas en juicio

no derramen después sobre esta tierra el veneno de sus corazones; que

sería triste e incurable daño. El trance es tal, que yo no podría sin

ofensa ni retener aquí a entrambas partes ni tampoco despedirlas. Mas

ya que aquí llegaron las cosas, yo elegiré jueces del crimen, y los

ligaré con juramento, y constituiré tribunal que dure para siempre.

Vosotros reunid los testimonios y pruebas que habéis de traer a la

causa y todos los medios de defensa. Así que haya elegido los mejores

de mis ciudadanos, con ellos vendré, y ellos sentenciarán en justicia

sin apartarse un punto del juramento que prestaren.

~(Vase.)~

CORO

Si vence la causa de este parricida, su crimen, nuevas leyes habrán

trastornado bien pronto el orden del mundo. Todos los mortales se

encontrarán sueltos y expeditos para lanzarse a igual atentado. ¡Qué

de golpes, no imaginarios sino verdaderos, esperan en adelante a los

padres de mano de sus hijos!

Ya no perseguirá los delitos la cólera de estas Furias que estaban

siempre con atentos ojos sobre los hombres. Dejaremos correr todo

crimen. Cada cual se quejará de las maldades de los suyos y buscará por

todas partes el fin de sus penas o su alivio; pero no hallará remedio

seguro, y en vano será que el afligido pida consuelo.

Vosotros, los heridos de la desgracia, no nos invoquéis más; no

gritéis: ¡oh justicia, oh trono de las Erinnas! Así clamarán de aquí a

poco los padres y las madres entre lastimeros gemidos que les arrancará

su infortunio; pero cuando ya el templo de la Justicia se derrumba.

A las veces es saludable el terror. Conviene que se asiente en el

ánimo, y que allí esté vigilante; que los remordimientos ayudan a

aprender a bien vivir. ¿Pues qué ciudad ni qué mortal rendirá culto a

la justicia, si se crían sin ningún temor de corazón en la bienandanza?

No desees vivir ni en licencia ni en servidumbre. El cielo puso

siempre en el medio la virtud, y mira los extremos con ojos enemigos.

Muy conforme a razón es la sentencia que dice: “La impiedad es hija

legítima de la soberbia; sólo de la rectitud del corazón nace la

felicidad de todos querida y codiciosamente deseada.”

Pero sobre todo te digo: respeta el ara de la justicia; no la derribes

con impío pie por mirar a tu provecho, porque la pena seguirá a la

culpa, y te aguardará el fin merecido. Así pues, honren todos a sus

padres, y respete cada cual los santos fueros del huésped que viene a

acogerse a su casa.

De esta suerte el hombre que de voluntad sea justo no será infeliz;

jamás podrá ser absolutamente desventurado. Pero el atropellador de

toda ley, que a todo se atreve, y todo lo trastorna y confunde sin

atender a la justicia, ese hombre será al fin abatido; yo lo afirmo:

cuando la borrasca rasgue las velas de su nave, y tronche las antenas.

En su vana lucha con la tormenta que le asalta por todas partes,

llamará entonces a los que no le oirán. Los cielos ríen viendo al

temerario, contra todo lo que él se imaginó nunca, aprisionado en los

lazos inquebrantables de la desgracia y sin poder ganar la orilla.

Aquella su felicidad de otro tiempo se estrelló en la roca de la

justicia, y él perece y nadie tiene para él ni una lágrima ni un

recuerdo.

~(Sale ATENA acompañada de los jueces areopagitas, un pregonero, pueblo

y cortejo de matronas y doncellas atenienses.)~

ATENA

Pregonero, haz tu oficio y contén a la muchedumbre. Que la trompeta

tirrena se llene con el humano aliento de tu pecho, y que su aguda voz

invada la región del éther y se haga oír de todo el pueblo. El Consejo

está aquí reunido. Silencio, pues, ahora. Escuche la ciudad entera

estas mis leyes que por siempre han de gobernarla, y cómo se falla en

justicia la causa que se nos ha sometido.

~(Sale APOLO.)~

CORO

Dios Apolo, manda en lo que tienes bajo tu imperio; ¿qué te interesa a

ti este negocio? ¡Di!

APOLO

Vengo a dar mi testimonio. Este hombre llegó suplicante a mi templo,

y se acogió a mis aras, y yo le purifiqué. Con él debo ser procesado,

pues que yo tengo la culpa de la muerte de su madre. Atena, abre el

juicio con las formalidades que tan bien conoces, y sigue la causa.

ATENA

Se abre el juicio. Vosotras tenéis la palabra. El acusador es quien

debe hablar primero y exponer conforme a derecho los puntos de su

querella.

CORO

Muchas somos, mas con todo ello hablaremos poco y breve. ~(A ORESTES.)~

Tú contesta extremo por extremo conforme vayamos preguntándote. En

primer lugar di si mataste a tu madre.

ORESTES

La maté. No podría negarlo.

CORO

Bueno. De las tres caídas del lidiador ya tenemos una.

ORESTES

Todavía no he caído para que te jactes así.

CORO

Respóndeme ahora a esto: ¿cómo la mataste?

ORESTES

Respondo. Esta mano la clavó el hierro y la degolló.

CORO

¿Quién te lo aconsejó? ¿Quién te movió a ello?

ORESTES

Los oráculos de este dios. Él dará testimonio.

CORO

¡Qué! ¿El dios profeta te había de inducir a matar a tu madre?

ORESTES

Y hasta aquí cierto que no tengo que acusar a mi fortuna.

CORO

Si la votación te es contraria, pronto mudarás de parecer.

ORESTES

Espero confiado. Mi padre me auxiliará desde el sepulcro.

CORO

¡Confía en los muertos, matador de tu madre!

ORESTES

Sobre ella había caído la mancha de un doble crimen.

CORO

¿Cómo? Demuéstralo ante los jueces.

ORESTES

Al matar a su marido mató a mi padre.

CORO

Y ¿qué? Tú vives aún, mientras que ella pagó ya con la muerte.

ORESTES

Y ¿por qué no la perseguiste en vida?

CORO

Ella no era de la misma sangre del hombre a quien mató.

ORESTES

Pues ¿yo soy de la misma sangre de mi madre?

CORO

Pues ¡malvado! ¿cómo si no te alimentó en sus entrañas? ¿Renegarás de

la sangre amadísima de una madre?

ORESTES

Apolo, depón ya tu testimonio. Ven y di si la maté en justicia. Que lo

hice no lo negaré; así es la verdad; pero dinos si en tu sentir fuí

justo al verter su sangre o no. Decide tú para que yo pueda responder.

APOLO

Yo declaro ante vosotros, augusto tribunal de Atena, que este hombre

obró en justicia. Mis profecías no engañan. Jamás desde mi vatídico

trono dije a hombre ni a mujer ni a ciudad ninguna, cosa que no me

dictase Zeus, el padre del Olimpo. Cuanta sea, pues, la fuerza de

nuestro derecho, yo os recomiendo que lo consideréis, y que acatéis el

decreto de mi padre; que no hay juramento ninguno que pueda prevalecer

contra Zeus.

CORO

¡Así pues a lo que tú dices, Zeus fué quien te dictó ese oráculo de

ordenar aquí a Orestes que vengase la muerte de su padre sin tener en

nada el amor y reverencia de una madre...!

APOLO

Mayor que no igual crimen es hacer que muera un varón generoso a quien

Zeus había honrado con el cetro; y que muera a manos de su esposa y

no en leal combate al golpe de un dardo como los que disparan las

Amazonas, sino... Lo diré para que lo oigas, oh Palas, y vosotros

jueces que con vuestros votos habéis de sentenciar esta causa. Volvía

él de la guerra, donde había dado felice cima a grandes hazañas;

acógele ella con amoroso semblante, condúcele al baño, y cuando ya se

disponía a salir de él, en el mismo punto y término ella le echa encima

con artero golpe un ancho velo, y así envuelto en aquella red le hiere

de muerte. Expuesta queda a vuestra consideración la suerte infortunada

del más augusto de los príncipes; de aquel soldado que capitaneó la

armada griega. Os la he contado tal como fué, para mover a justa cólera

a este pueblo que ha de dictar sentencia.

CORO

Según tu dicho, Zeus gradúa de más grave que todo otro crimen el

homicidio de un padre; y sin embargo él aherrojó entre cadenas a su

anciano padre Cronos. ¿Cómo no ves aquí la contradicción de tus

palabras? Pero vosotros lo habéis oído; yo daré fe.

APOLO

¡Oh monstruos, de todos abominados y de los dioses aborrecidos! Se

pueden romper las cadenas: remedios tiene la esclavitud; hay muchos

caminos de recobrar la libertad. Pero una vez muerto un hombre, y que

el polvo se traga su sangre, ya no hay resurrección para él. Contra la

muerte no inventó mi padre encantamientos; él que gobierna y muda todas

las cosas, y las humilla y las ensalza sin fatigarse del esfuerzo.

CORO

¿Cómo defiendes su absolución? Considéralo. Este hombre regó la tierra

con la sangre de su madre, con la sangre que corre por sus venas: y ¿ha

de ir después a Argos y ha de habitar la casa de su padre? ¿A qué aras

públicas se atreverá él a acercarse? ¿Qué cofradía habrá que le reciba

a sus ceremonias y lustraciones?

APOLO

También contestaré a esto; reconoce tú la verdad de mis razones. No

es la madre engendradora del que llaman su hijo, sino sólo nodriza

del germen sembrado en sus entrañas. Quien con ella se junta es el

que engendra. La mujer es como huéspeda que recibe en hospedaje el

germen de otro y le guarda, si el cielo no dispone otra cosa. Te daré

la prueba de mi proposición. Se puede llegar a ser padre sin necesidad

de madre, y de ello aquí tenemos un testigo, la hija de Zeus Olímpico,

que no se nutrió en las tinieblas de materno seno; pero criatura cual

diosa ninguna hubiese podido engendrarla. ~(A ATENA.)~ En cuanto a mí,

¡oh Palas!, yo engrandeceré a tu ciudad y pueblo, como sé hacerlo; yo

que envié a mi suplicante a tus aras para que en todo tiempo fuese tu

amigo fiel, y por que te le granjeases por aliado, oh diosa, a él y a

sus descendientes. ¡Así se mantenga y se ratifique esta alianza para

siempre en las futuras edades!

ATENA

La causa está ya bastante dilucidada; consultad, pues, con vuestra

conciencia, oh jueces, y votad en justicia.

APOLO ~(a los jueces.)~

Atended a lo que habéis oído, y al dar vuestros votos, oh huéspedes

míos, respetad en vuestro corazón el juramento que prestasteis.

ATENA ~(al CORO.)~

Y ahora, ¿qué he de hacer yo para que no tengáis que acusarme jamás?

CORO

Yo he disparado todas mis fechas, y espero a ver cómo se decide el

combate.

ATENA

Ciudadanos de Atenas, que vais a juzgar por primera vez en causa de

sangre, mirad ahora la institución que yo fundo. En adelante subsistirá

por siempre en el pueblo de Egeo este senado de jueces. Se asentará

en esta colina donde acamparon las Amazonas y pusieron sus tiendas

cuando con ejército poderoso vinieron en son de guerra contra Teseo

y su recién edificada ciudad, y frente de sus torres alzaron otras

torres. En este lugar ofrecieron sacrificios al dios Ares, con que esta

roca tomó el nombre de Areópago, y aquí velarán por los ciudadanos

el respeto y el temor, igual de día que de noche, y contendrán la

injusticia mientras los mismos ciudadanos no alteren las leyes: que si

mezcláis con sucias y cenagosas aguas las claras linfas de una fuente,

no encontraréis después dónde beber. Oíd mi consejo, ciudadanos que

habéis de mirar por la república: no rindáis culto a la anarquía ni al

despotismo; pero no desterréis de la ciudad todo temor, que sin temor

no hay hombre justo. Mirad, pues, con temerosa y merecida reverencia

la majestad de este senado, porque así tengáis un baluarte defensor

de vuestra ciudad y patria, cual no lo tiene pueblo en el mundo, ni

se hallaría entre los Escithas ni en la tierra de Pélope. Yo os doy

un tribunal que nadie podrá cohechar; venerando, severo, guarda de

esta ciudad, que velará por los que duermen. Sirvan en lo venidero a

mis ciudadanos estas advertencias que les dirijo. Y ahora levantaos,

y dad vuestro voto, y sentenciad esta causa con respeto a vuestros

juramentos. He dicho.

CORO

Os aconsejamos que no nos tratéis con menosprecio; que pesaríamos harto

gravemente sobre vuestra tierra.

APOLO

Y yo os mando que respetéis mis oráculos, que son los de Zeus, y no

hagáis que salgan vanos.

CORO

No te cuides de causas de sangre que no son de tu incumbencia, pues, si

te obstinas, ya no habrá más santidad en tus oráculos.

APOLO

¿Por ventura erró mi padre al escuchar las súplicas de Ixión, el primer

homicida?

CORO

¡Palabras! Si no obtengo justicia ya me haré yo sentir en este suelo.

APOLO

Tú eres despreciada de los nuevos dioses y de los viejos. Yo soy quien

venceré.

CORO

Tales fueron también tus hazañas en el palacio de Feres. Tú persuadiste

a las Moiras a hacer inmortales a los hombres.

APOLO

¿Y no es justo hacer beneficios a quien nos honra, y más cuando se

halla necesitado?

CORO

Tú derribaste todo el edificio de las antiguas leyes engañando con vino

a aquellas viejas deidades.

APOLO

Pronto vas a ser vencida en juicio. Vomita entonces tú ese veneno, que

no inquietará mucho a los que aborreces.

CORO

¡Dios nuevo! ¿Tú pisoteas a estas antiguas diosas? No obstante esperaré

a oír la sentencia, y en tanto no descargaré mi cólera sobre la ciudad.

APOLO

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

ATENA

Eso me toca a mí dar mi voto la última. Este es mi voto, que añadiré

a los que haya en favor de Orestes. Yo no nací de madre, y, salvo el

himeneo, en lo demás amo con toda el alma todo lo varonil. Estoy por

entero con la causa del padre. No ha de pesar más en mi ánimo la suerte

de una mujer que mató a su marido, al dueño de la casa. Orestes vencerá

aun en igualdad de votos por entrambas partes. Al punto, vaciad las

urnas y contad los votos, jueces a quienes está encomendado este cargo.

ORESTES

¡Oh Febo Apolo! ¿cómo se fallará la causa?

CORO

¡Oh negra Noche, madre mía! ¿no ves esto?

ORESTES

No es menos para mí que echarme un dogal al cuello o ver por fin la luz.

CORO

Ni para nosotras que perecer o conservar nuestros honores.

APOLO

Contad bien los votos al sacarlos, huéspedes míos, y en el escrutinio,

respeto a la justicia. Un voto que falte sería una gran desgracia; un

voto más puede levantar una familia de su abatimiento.

ATENA

Este hombre queda absuelto de su delito: el número de votos es igual

por ambas partes.

ORESTES

¡Oh Palas! ¡tú has salvado mi casa; tú me restituyes aquella patria

de que yo estaba privado! Y dirán los Helenos: ahí tenéis a ese hijo

de Argos que ha recobrado la posesión de la hacienda de sus padres,

gracias a Palas y a Loxias, y a aquel Autor sumo de todas las cosas,

su tercer salvador. ¡Sí, Zeus, tú eres quien me salva; tú, que al ver

a estas abogadas de mi madre, recordaste con horror la impía suerte

de mi padre! Marcho ya a mi patria, jurando a esta comarca, jurando a

tu pueblo que nunca jamás en los siglos de los siglos príncipe alguno

de Argos vendrá aquí en son de guerra, pues donde no contra los que

así quebrantaren los juramentos que yo hago, nosotros mismos desde

el sepulcro, donde entonces yaceremos, pondrémosles dificultades tan

invencibles; tan triste haremos su camino y tan infaustos sus pasos,

que les pese de su empresa. Mas si con fidelidad los guardaren, y en

paz y en guerra acuden siempre con su alianza a esta ciudad de Palas,

les seremos propicios. ¡Salve, oh diosa! y tú, pueblo de Atenas, ¡ojalá

que tus enemigos no puedan escapar jamás de tus golpes, y que seas

siempre salvo y vencedor!

~(Vanse APOLO y ORESTES.)~

CORO

Tragedias · 第 13 / 17 段