ella se está ociosa en casa.
CLITEMNESTRA
Hijo de mis entrañas, ¿te parece lícito matar a tu madre?
ORESTES
No soy yo quien te mato; eres tú.
CLITEMNESTRA
Repara; guárdate de las perras irritadas que vengarán a una madre.
ORESTES
Y las que vengan a un padre, ¿cómo las huiré si desisto?
CLITEMNESTRA
Aún vivo; pero en vano es que clame; como si clamase al sepulcro.
ORESTES
La suerte de mi padre ha fijado tu suerte.
CLITEMNESTRA
¡Ay de mí, que parí esta serpiente y la crié!
ORESTES
Cierto; presagio fué aquel sueño que despertó tus terrores.
CLITEMNESTRA
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
ORESTES
Mataste a quien no debiste; padece ahora lo que no debías.
~(Entra en palacio arrastrando tras sí a CLITEMNESTRA.)~
CORO
Lloremos la desdichada suerte de los dos; pero ya que el infortunado
Orestes llenó la sangrienta medida, prefirámoslo, que al fin la luz de
esta casa no se ha extinguido para siempre.
Al cabo de tiempo la Justicia descargó sobre los hijos de Príamo el
grave castigo que merecían. También ha descargado por fin sobre la casa
de Agamemnón. Un doble león, un doble Ares ha penetrado en ella. El
desterrado cumplió hasta el ápice los oráculos pitios; los dioses le
alentaron a la empresa, y le sostuvieron con sus consejos.
Celebrad con jubiloso himno de triunfo la terminación de los males que
afligían a la regia morada, y el rescate de sus tesoros usurpados por
aquellos dos infames que tuvieron tan desastrada muerte.
Con engaños asaltó el castigo a quienes vencieron con engaños. La santa
hija de Zeus, respirando odio mortal contra nuestros enemigos, tomó de
la mano al vengador y le guió en la pelea. ¡Razón tenemos los mortales
para darle el nombre de Justicia!
Sucedió según lo predijo Loxias Parnasio, el dios que habita el centro
de la tierra: pasó tiempo; pero la justicia llegó, y arrastró al
abismo a la mujer que la había ultrajado, valiéndose de sus mismas
artes. También lo divino tiene leyes por qué regirse; modo de ley es
que no pueda ayudar a los malos. Adoremos el poder que gobierna los
cielos. Por fin vemos la luz.
Ya cayó el freno que oprimía a estas casas. Ea, pues, ¡levantaos!
Sobrado tiempo habéis yacido ahí, siempre humilladas. Pero el tiempo
todo lo vence. Pronto se volverán tus pórticos de tristes, alegres,
cuando la expiación haya purificado tu hogar de las manchas que lo
afeaban. Entonces, aquellas que en este palacio habían hecho su
habitación, se alejarán, y la fortuna pondrá buen rostro a los que
antes llorábamos de tanto ver y oír. Por fin, por fin vemos la luz.
~(Ábrense las puertas del palacio y aparece ORESTES con el ramo de los
suplicantes en la mano. En el fondo se ven los cuerpos de EGISTO y
CLITEMNESTRA.)~
ORESTES
Contemplad a los dos tiranos de nuestra ciudad; a los asesinos de
mi padre; a los que arruinaron mi casa. Bien se entendían mientras
estuvieron sentados en el trono; mas todavía sigue su amorosa alianza,
como se puede presumir de la suerte que han tenido. ¡Fieles se
mantuvieron a sus juramentos! Juraron dar muerte desastrada a mi padre
y morir juntos, y lo han cumplido religiosamente. ~(Mostrando el velo
en que fué envuelto Agamemnón.)~ Vosotros, que oísteis hablar de aquel
crimen, contemplad también el artificio que les sirvió de grillos y
esposas con que mi desdichado padre quedase sujeto de pies y manos.
Poneos en círculo y desplegadlo bien, y mostrad la red en que fué
cogido varón tan insigne. Que aquel Padre, no el mío, sino Helios que
lo ve todo, contemple las impías maldades de mi madre, porque si soy
acusado alguna vez, pueda dar testimonio de la justicia con que la dí
muerte. No hablaré de la de Egisto. Él sufrió el castigo que impone la
ley al que atropella la honestidad. Pero ella, que imaginó aquel odioso
atentado contra el hombre cuyos hijos llevó en su seno; carga entonces
dulce, y ahora, ya lo veis, por su desgracia, aborrecida; ella, ¿qué
te parece? Era una murena, una víbora; tan sólo su contacto, que no
ya su mordedura, bastaba a emponzoñar. Tal era de procaz y malvado su
instinto. ¡Jamás esposa como ella habite bajo mi techo! ¡Permitan los
dioses primero que muera sin hijos!
CORO
¡Ay, ay, crímenes miserables! ~(Contemplando el cuerpo de
CLITEMNESTRA.)~ ¡Horrenda muerte has tenido! ~(Viendo a ORESTES, que
comienza a dar señales de turbación.)~ ¡Ay cielos! ¡También para el que
sobrevive comienza a dar frutos la desdicha!
ORESTES
¿Hízolo o no lo hizo ella? -- Hable por mí este velo, ensangrentado
por la espada que la dió Egisto. Pasó el tiempo; pero la mancha de
la sangre quedó aquí e hizo que se perdiesen los variados matices de
este rico tejido. ¿Qué nombre le daré que le cuadre? ¿Le llamaré lazo
de coger fieras, o sábana mortuoria en que envolver el cuerpo para la
tumba? Trampa, red, grillos; todo esto a la vez pudieras llamar a este
velo. A lograrlo un ladrón de esos que se pasan la vida engañando a
los viajeros y robándoles sus caudales, ¿a cuántos no diera muerte con
un artificio como él, y cuántos felicísimos golpes no maquinara en
su ánimo? ¡Contigo hablo, velo parricida! Presente estás a mis ojos,
y al verte, ya me alabo; ya rompo en gemidos, y me duelo del crimen,
y del castigo, y de mi raza entera, y siento sobre mí el peso de esta
desdichada victoria que me mancha.
CORO
No hay mortal que pueda asegurarse una felicidad perpetua. Hoy éste,
mañana aquél, todos han de encontrarse con el dolor.
ORESTES
Mas para que lo sepáis... Porque ni yo sé dónde irá esto a parar.
Como caballos desbocados que se lanzan fuera de la carrera, así mis
pensamientos se desmandan y alborotan y me arrastran, mal que me pese.
Ya oigo la voz del terror que se levanta en mi corazón. Ya el corazón
se estremece enfurecido. Pero mientras sea dueño de mí, todavía yo
afirmaré ante vosotros, amigos míos; yo proclamaré que si maté a mi
madre, no fué sin justicia. Ella se manchó con la sangre de mi padre;
ella se hizo blanco del aborrecimiento de los dioses. Apolo fué el
principal autor de mi obra, yo os lo digo; Apolo, que alentó mi audacia
y me anunció, por boca del oráculo pitio, que esta acción no se me
imputaría a delito; mas a qué retroceder... No os diré la pena. No
habría flechero tan hábil que pudiese alcanzar con sus flechas a lo
espantoso de tales horrores. Y ahora, ya lo estáis viendo, armado
con este ramo, que coronan listones de lana, me encamino al templo
que marca el ombligo de la tierra, sagrado lugar donde arde, sin
extinguirse jamás, el rutilante fuego de Loxias. Allí me lavaré de la
sangre de mi madre: Loxias me ha prohibido volverme a otro altar que al
suyo. Vosotros, Argivos todos, cuando sea hora, atestiguar por mí de
los terribles desastres que pesaron sobre los míos; que yo, desterrado
de mi patria, viviré errante, y en vida y después de muerto dejaré
memoria de esta triste hazaña.
CORO
Pues que obraste en justicia, no cierres tu boca ante los que te
acusen; ni rompas en maldiciones después que has vuelto su libertad
a toda la ciudad de Argos, cortando valeroso la cabeza a esas dos
serpientes.
ORESTES
¡Ah, ah! Vedlas, esclavas: ¡ahí están! ¡parecen las Gorgonas! ¡Sus
vestiduras son negras! ¡En sus cabellos se enroscan multitud de
serpientes! Ya no podría yo permanecer aquí ni un instante más.
CORO
¿Qué imágenes son esas que te trastornan, oh hijo el más cariñoso para
su padre? Serénate; no te dejes vencer tan pronto del terror.
ORESTES
No son imaginaciones; son realidades horrendas. Son las perras furiosas
que vienen a vengar a mi madre. ¡Harto lo sé!
CORO
Su sangre, caliente aún en tus manos, es lo que pone terror en tu alma.
ORESTES
¡Soberano Apolo! su número aumenta; de sus ojos destilan horrenda
sangre.
CORO
Una purificación queda para ti. Abrázate al ara de Loxias, y él te hará
libre de tus tormentos.
ORESTES
¡Vosotras no las veis, pero yo sí las veo! ¡Me persiguen! ¡No, no puedo
estar aquí!
~(Huye despavorido.)~
CORO
¡Que tengan buen suceso tus desventuras! ¡Que el dios eche sobre ti
mirada amiga, y te guarde en los peligros!
He ahí la tercera tempestad que se desencadenó sobre el alcázar de
nuestros reyes. Los mismos de su linaje la han movido. Comenzaron por
el horrendo banquete que se ofreció al desdichado Tiestes. Vino después
el desastrado fin de aquel valeroso rey que acaudilló a todos los
Aqueos: asesináronle en el baño. Y ahora, ¿cómo llamaré a esto último?
¿mi salvación o mi ruina? ¡Cuándo se saciará, cuándo se calmará, cuándo
se adormecerá siquiera el encono de la desgracia!
[Ilustración]
[Ilustración]
III
_LAS EUMÉNIDES_
CUADRO PRIMERO
~La escena representa el exterior del templo de Delfos.~
LA PITONISA ~(que aparece en el pórtico del templo.)~
Sean para la Tierra mis primeras preces, mis primeros actos de
adoración: ella fué, antes que ningún otro dios, quien pronunció
aquí sus oráculos. Después para Themis, que según cuentan, sucedió
a su madre en este profético templo. Sentóse en él la tercera otra
Titánida, hija de la tierra, Febe; por voluntad de Themis, que no por
fuerza ninguna. Febo, al nacer, recibiólo de Febe, como regalo que
ella quiso hacerle en su nacimiento, y con él aquel nombre tomado de
su madre. El dios deja el lago de la isla Delos y su riscoso suelo;
aborda a las costas de Palas, de los navegantes visitadísimas, y
por fin llega a esta comarca donde se asienta el Parnaso. Los hijos
de Hefestos le acompañan con gran veneración; allánanle el camino,
y le van abriendo paso por una tierra agreste, hasta entonces nunca
cultivada. Luego que llegó, el pueblo entero y Delfos, que era el rey
que a la sazón le gobernaba, ríndenle singularísimos honores. Zeus
le infunde el divino arte, y le sienta en este trono profético, que
él es el cuarto a ocupar. Desde entonces, Loxias es el profeta de su
padre Zeus. Comiencen, pues, por estos dioses mis oraciones. Pero
además, reciba sobre todos homenaje de adoración la diosa Palas, cuya
imagen se ostenta frente a este templo; sean también veneradas las
Ninfas que pueblan la hueca peña Coricia, lugar de las aves deseado,
y para los dioses apacible retiro; sin que deje de recordar a Bromio,
que en aquella región tiene su morada, y de ella lanzó sus bacantes
contra Pentheo y le dió la muerte de una fiera. Por último, invoquemos
a la fuente del Plisto, y al poderoso Poseidón, y a Zeus, altísimo
y omnipotente, y vamos a sentarnos en el trono de sus profecías. Al
pasar estos sagrados umbrales, ¡quieran los dioses mostrarse conmigo
más amigos que nunca! Si hay algunos helenos que vengan a consultar al
oráculo, acérquense por el orden que la suerte les designe, que así
lo manda la ley; y yo en mis oráculos sólo me guío de la voluntad del
dios. ~(Entra en el templo y al punto vuelve a salir despavorida.)~
¡Horrendo, horrendo de contar, horrendo de ver lo que me arroja del
templo de Loxias! Ni puedo dar un paso, ni tenerme en pie; apoyada en
mis manos voy arrastrándome como puedo, que las piernas se niegan a
llevarme. Vieja con miedo, nada: igual que un niño. Llegaba yo, pues,
arrastrando al sagrario del templo, donde cuelgan tantas coronas,
cuando en la piedra misma, que ocupa el ombligo de la tierra, me veo
un hombre en ademán suplicante, que, a no dudar, tiene sobre sí algún
nefando sacrilegio. Sangre destilan sus manos; sangre la espada que
empuña con la una de ellas, mientras que en la otra ostenta lozano
ramo de oliva, piadosamente coronado con largas cintas de blanquísimo
vellón. En esto no me engaño; desde luego salta a la vista. Pero
delante de este hombre, sentadas en las gradas del altar, duerme
extraña caterva de mujeres... ¿De mujeres dije? No, sino de Gorgonas.
Mas tampoco se parece su figura a la de las Gorgonas... Yo las he
visto pintadas alguna vez, que arrebataban a Fineo los manjares: con
todo, éstas no tienen alas. Están vestidas de negro, y son por extremo
horrendas: con sus ronquidos despiden ponzoñoso aliento, que no deja
acercárseles; de sus ojos se destilan lágrimas de sangre que espantan,
y todo su arreo y compostura es tal, que no es para tolerado ni ante
estatuas de dioses, ni en moradas de hombres. Gente de este linaje no
la vi jamás, ni es posible que tierra ninguna se gloríe de haberlas
criado, sin que tenga que llorar desastres. Pero de lo que se siga, a
Loxias toca cuidar como prepotente señor de esta santa casa; pues que
él es médico divino y profeta, e intérprete de agüeros y prodigios, y
quien toda otra casa purifica.
~(Vase.)~
~(Ábrese la escena y aparece el interior del templo. Junto al ara
está el mismo dios APOLO; a su lado HERMES, y a sus pies, en ademán
suplicante, ORESTES, del modo que le ha pintado la PITONISA. Las
ERINNAS le rodean como guardándole; están dormidas.)~
APOLO
No, no te entregaré. Cerca de ti o lejos, yo seré tu guarda hasta
el fin, y no he de usar de blanduras con tus enemigos. Ahora, ya
lo ves, esas furiosas están cogidas; tomólas sueño pesadísimo.
Vírgenes abominables y vetustas que después de tantos años guardan
su doncellez, pues ni dios, ni hombre, ni siquiera fiera ninguna,
querría comunicarlas jamás. Nacieron para el mal; habitan las horrendas
tinieblas del Tártaro en las profundidades de la tierra, y de los
hombres y de los dioses del Olimpo son por igual aborrecidas. No
desfallezcas; pero huye, porque ellas te perseguirán, ya atravieses el
dilatado continente, ya en el mar, ya en las islas; por dondequiera
que eches tus errantes pasos. Sufre esta fatiga y no desmayes, y en
llegando a la ciudad de Palas, póstrate a los pies de la antigua imagen
de la diosa y abrázate con ella. Allá tendremos quienes nos juzguen, y
no dejaremos de encontrar palabras con qué moverlos, y modo de librarte
de todas tus penas, pues que yo te persuadí a dar muerte a tu madre.
ORESTES
Soberano Apolo, bien sabes tú ser justo. Siendo así, por tu justicia,
considera la que me asiste y no me abandones. Tu poder basta a salvarme.
APOLO
Acuérdate que el temor no se apodere de tu ánimo. ~(A HERMES.)~ Y tú,
Hermes, hermano mío, hijo del mismo padre que yo, guárdale, haz con él
según tu nombre, guíale en su camino y asístele. Es mi suplicante. Zeus
mismo reverencia la piedad que se debe a los proscritos de la justicia,
y que para bien de los mortales siempre los acompaña.
~(Vanse HERMES y ORESTES. APOLO desaparece en el santuario. Luego
al punto ábrese el suelo y surge por escotillón la SOMBRA DE
CLITEMNESTRA.)~
LA SOMBRA ~(a las Erinnas que duermen.)~
¿Dormís? ¡Hola! ¡sús! ¿A qué es dormir ahora? Entre todos los muertos
yo sola soy la despreciada de vosotras. Y en tanto me echan en rostro
que maté, y no se perdona para mí afrenta ninguna, y ando errante y
avergonzada entre las sombras. Sí, os lo repito; todos son a acusarme
como al mayor de los criminales. ¡Y yo, que tan cruelmente fuí tratada
por quien debió amarme más; yo degollada por manos parricidas, no
tengo ni un solo dios que sienta indignación por mi suerte! Contempla
estas heridas; míralas con los ojos del alma, más despiertos aún y
perspicaces en el sueño; que a la luz del día parece que es destino
de los mortales apenas alcanzar a ver. ¡Qué de veces bebisteis las
libaciones sin vino que yo os hacía, sobrias y dulces ofrendas que
os deleitaban, y gustasteis los festines que os daba en mi hogar, en
aquellas temerosas horas de la noche que ningún otro dios comparte con
vosotras! ¡Y todos mis homenajes los veo hollados por vuestros pies!
¡Y él se ha escapado y huye como un cervatillo! De un salto salvó
vuestras redes vanas, y ahora se ríe de vosotras en grande. Oíd, ¡es
de mi salvación de lo que os hablo! ¡Volved en vuestro acuerdo, diosas
subterráneas! ¡Soy yo, Clitemnestra, quien os invoca! ¡soy su sombra!
CORO
¡Joooh, joooh, joooh, joooh!
LA SOMBRA
¿Roncáis? Y él se os escapa, y huye lejos de aquí. ¡Tan sólo mis dioses
no escuchan a quien les suplica!
CORO
¡Joooh, jooh, jooh!
LA SOMBRA
¡Ya es demasiado dormir! ¡No compartís mis penas, y Orestes huye; mi
asesino, el asesino de su madre!
CORO
¡Oh, oh, oh, oh!
LA SOMBRA
¿A qué esos gritos? ¿Dormís aún? ¿Qué, no te levantarás al punto? ¿Qué
otra cosa tienes que hacer más que perseguir a los culpados?
CORO
¡Oh, oh, oh, oh!
LA SOMBRA
El sueño y la fatiga se conjuraron para señorearse de ellas. Estas
horrendas serpientes perdieron toda su furia.
CORO
¡Oh, oh, oh! ~(redoblados y agudos: en sueños.)~ ¡Cógele, cógele,
cógele! ¡ten cuidado!
LA SOMBRA
En sueños persigues tu presa, y ladras como perro que va tras la pista
sin rendirse al cansancio. Ea, pues, ¿qué haces? ¡levanta! no te dejes
vencer de la fatiga. Mira el mal que te avino por ceder al sueño.
Así te duelan en el alma mis justas reprensiones; que ellas sirven
de aguijón al pundonoroso. Arroja sobre mi asesino tu ensangrentado
aliento; que el fuego que arde en tus entrañas, le abrase y le consuma.
Persíguele; que él se sienta morir al ver a su perseguidor segunda vez
sobre sus huellas.
~(Húndese. Las Furias van despertando según indica el texto. Una vez en
pie, cada cual por su lado y alborotadas corren. Su traje y apostura
conforme a lo que ha dicho la Pithia. Acaso también con antorchas
encendidas en las manos.)~
CORO
¡Despierta, que te llamo; despierta tú y despierta a ésa! ¡Duermes!
¡Arriba! Sacude el sueño. ¡Sepamos si soñábamos sueños o realidades!
¡Ay, ay! ¡oh rabia! ¡Perdidas somos, amigas! ¡Tanto pasar: y todo en
vano! ¡Oh dolor! ¡Qué cruel calamidad, qué insufrible desdicha pesa
sobre nosotras! La fiera se escapó de las redes y ha huído. Dejéme
rendir del sueño y perdí la presa. ¡Ay, hijo de Zeus, tú has sido el
astuto ladrón! ¡Tú, dios mozo, que has puesto bajo tus pies a estas
antiguas diosas, dando oídos piadosos a las súplicas de un impío que
sólo tuvo crueldad para la que le parió! ¿Tú eres un dios, y hurtas
a mi venganza al que mató a su madre? ¿Habrá quién diga que esto es
justicia?
Yo he oído en sueños amargas quejas que venían sobre mí. Como aguijón
bien empuñado por el auriga, así me han herido el corazón y las
entrañas. Todavía siento el hielo del terror que me ha causado el azote
de aquel fiero verdugo.
¡Ahí está lo que hacen estos dioses nuevos con su reinar fuera de los
términos de la justicia! Ya podéis ver ese trono, ombligo de la tierra,
todo él goteando sangre de arriba abajo, desde que quiso sufrir la
horrenda mancha del crimen.
Dios Profeta, tú has contaminado este sagrado recinto, acogiendo en tus
aras el crimen impuro; tú le incitaste; tú le llamaste; tú atendiste a
los humanos con desprecio de lo divino; tú hollaste las antiguas leyes.
Tú has sido malo para mí; pero él no se escapará. Así se esconda debajo
de la tierra, que no ha de verse libre. Él trajo sobre sí la maldición
del cielo; pues hasta en el abismo sentirá caer sobre su cabeza el
golpe de la venganza.
~(Sale APOLO.)~
APOLO
Sal al punto de este templo: yo lo mando. Libra de tu presencia este
profético recinto, no sea que te alcance la veloz y alada serpiente
de mi áureo arco y tengas que vomitar en tu dolor, entre torrentes de
negra espuma, la sangre humana que has chupado. -- No es a esta mansión
donde tú puedes acercarte, sino al lugar de las sangrientas justicias;
allí donde se cortan cabezas, y se arrancan ojos, y se degüella, y se
provocan abortos, y se castra, y se descuartiza, y se apedrea, y se
pone a los reos en el espantable tormento de la estaca, sin compasión
a sus lastimeros gemidos. ¿No oís, aborrecidas de los dioses, cuáles
fiestas os contentan? Harto lo dice vuestra catadura: la caverna de
sangriento león es la morada que te está bien habitar, que no manchar
con tu impura planta estos proféticos lugares. ¡Marchad; corred los
campos a la ventura, rebaño sin pastor; pues que ganado como vosotras
no habría dios que quisiera pastorearle!
CORO
Soberano Apolo, escúchame a tu vez ahora. No has sido tú cómplice en
este crimen, sino quien lo has hecho todo, como solo y único autor.
APOLO
¿Qué dices?... Explícate más.
CORO
Tu oráculo dió por respuesta a tu huésped que matase a su madre.
APOLO
Respondíle que vengase a su padre. Bien, ¿y qué?
CORO
Después te constituíste en su amparo cuando aún estaba caliente la
sangre.
APOLO
Y le mandé que buscase asilo en mi templo.
CORO
¡Y a nosotras, que le perseguimos, nos llenas de injurias!
APOLO
Porque el llegaros a este templo os está vedado.
CORO
Pero este es nuestro oficio.
APOLO
¡Qué honor es ese!... ¡Jáctate de tu honrado ministerio!
CORO
Nosotras arrojamos de dondequiera que habiten hombres, a los que
derraman la sangre de su madre.
APOLO
¿Y qué? El que mata a la mujer que dió muerte a su marido...
CORO
A lo menos la que tal hizo no derramó su propia sangre.
APOLO
¡Así tienes tú por cosa vil y para nada la fe y los juramentos de
Zeus y Hera, augustos patronos del himeneo! Y no sale de tus labios
más honrada la diosa Cipris, por quien tienen los mortales los más
regalados gustos. Es el lecho nupcial, donde quiso el Destino juntar
a los esposos, más sagrado que un juramento, y guárdale la justicia.
Si te muestras clemente con los esposos que uno a otro se quitan la
vida, para no tomar venganza ni airarte siquiera por ello, niego que
en justicia puedas perseguir a Orestes. ¡Arrebatada de cólera te veo
para lo uno; muy blanda y sosegada para lo otro! Pero la diosa Palas
sentenciará este juicio.
CORO
Jamás dejaré de perseguir a ese hombre.
APOLO
Persíguele, pues, y cánsate más todavía.
CORO
No ofendas con tus palabras los honores de mi oficio.
APOLO
Honores tales, si me los dieras, ¡a buen seguro que yo los recibiese!
CORO
Verdad. Sobrada gloria tienes ya junto al trono de Zeus. Pero la sangre
de una madre me arrastra. Yo pediré venganza contra ese hombre y le
perseguiré como el cazador a su presa.
APOLO
Y yo acorreré a mi suplicante y le salvaré. Entregar a un suplicante,
pudiendo defenderle, crimen es que provoca su cólera, por igual temible
a mortales y dioses.
~(Retírase al interior del Santuario. El CORO deja también la escena.
Mutación escénica.)~
CUADRO SEGUNDO
~Exterior del templo de Atena Polías en la acrópolis de Atenas.
Frontera al templo la estatua de la diosa.~
ORESTES ~(que aparece postrado a los pies de la estatua en ademán
suplicante.)~
Augusta Atena, a ti vengo. Loxias es quien me manda. Acoge piadosa a
un homicida que ya no necesita purificarse por su delito; cuyas manos
ya no gotean sangre, sino que borró el reato de su culpa con la recia
fatiga de tantas casas extrañas como conoció; de tantos caminos y
jornadas como caminó. Igual atravesé tierras que mares; y ahora, fiel a
las órdenes del oráculo de Loxias, me acerco, oh diosa, a tu templo y a
tu imagen. Aquí haré descanso; aquí esperaré mi sentencia.
~(Sale el CORO y se esparce por la orquesta. ORESTES permanece en el
_logeum_.)~
CORO
¡Ea! aquí tenemos una señal del paso de nuestro hombre, y bien clara.
Sigue los avisos de ese mudo delator. Como perro que va tras la
pista de herido cervatillo, así nosotras por estas gotas de sangre
reconocemos sus huellas. Llego rendida de fatiga y jadeante de tanto
correr tras de este hombre. No hay lugar de la tierra que no haya
recorrido yo; sin tener alas, de un vuelo he salvado el mar, no menos
ligera que una nave; siempre persiguiéndole. Mas ahora no hay duda; él
se oculta en alguna parte no lejos de aquí, porque el olor a sangre
humana me sonríe. Mira, mira otra vez; mira mejor; escudriña por todos
lados, no sea que a hurto de nosotras escape sin castigo el que mató
a su madre. ~(Reparando en ORESTES.)~ Hele allí, que otra vez logró
asilo; hele allí abrazado a la imagen de la inmortal diosa. Pretende
que su acción sea juzgada: no ha lugar a juicio. Una vez derramada la
sangre de una madre, ya no vuelve a sus venas; caliente aún, apenas
cae en el suelo la absorbe la tierra y desaparece. Fuerza es, pues,
que sufras la pena de tu delito; que yo chupe toda la sangre de tus
miembros; que yo me cebe en esa roja bebida, que nadie sino yo osara
beber, y que después de haberte consumido en vida, te arrastre a los
infiernos. Allí verás a todos los demás mortales que fueron culpables
como tú; a los que pecaron contra los dioses; a los que profanaron
el sagrado de la hospitalidad; a los que no honraron a sus padres
con piedad de hijos: a cada cual sufriendo la pena que mereció por
su pecado. Que Hades, el poderoso juez que habita las mansiones
infernales, toma estrecha cuenta a los hombres, y no hay acción que
no escriba en el libro de memorias de su pensamiento, al cual nada se
oculta.
ORESTES