entendería. Cruel dolor desgarra mi alma. Quebrántame oír el triste
lamentar de tu desventura.
CASANDRA
¡Oh trabajos! ¡Oh trabajos sufridos por una ciudad que al fin había de
ser arrasada! ¡Oh sacrificios que ofrecía mi padre por la salvación
de nuestros muros! ¡Ganados de nuestras praderas degollados a miles!
¡Y cuán de ningún remedio servisteis para que Ilión no padeciese la
calamidad que le ha acabado! Yo misma, que me siento encendida por el
soplo divino, bien pronto caeré también bajo igual golpe.
CORO
Todavía prosigues en tu triste historia. Algún mal espíritu, que te es
contrario, se apoderó de ti y te fuerza a romper en lastimeros ayes de
dolor y muerte. Pero no alcanzo adónde van tus palabras.
CASANDRA
Y con todo ello, ya no mirará más el oráculo a través de velos a modo
de recién desposada. El aparecerá todo resplandeciente, y se lanzará,
respirando furor, hacia el sol que nace. A la luz del día una calamidad
más grande aún que esta de ahora lo inundará todo, semejante a la
onda que se encrespa e inunda la ribera. Pero basta de advertiros por
enigmas. Dad testimonio de la finura de mi olfato, y de que sé correr
bien derecha tras la pista de las maldades que se cometieron aquí en lo
antiguo. Un coro hay que hace su habitación bajo este techo, y jamás
le abandonará; tropa de hermanas, de Erinnas, que a una voz cantan
desapacible y temerosa canción de maldiciones. Cobran nuevos bríos
bebiendo sangre humana, y permanecen en este palacio sin que haya quien
sea poderoso a alejarlas de él. Fijas en esta casa como en su natural
asiento, celebran con himno de muerte el primer crimen que engendró
tantos crímenes, o ya lanzan airados gritos de execración contra el
impío que violó el lecho de su hermana. ¿Erré por ventura, o dí en el
blanco como buen flechero? ¿Soy acaso una embaucadora que va de puerta
en puerta fingiendo embelecos? Da testimonio de la verdad con que te
hablo; jura antes de nada que yo conozco bien las antiguas maldades de
este palacio.
CORO
Y ese juramento con toda su virtud y firmeza, ¿en qué podría
remediarnos? Pero te admiro, pues criada más allá del mar, en ciudad
extraña, así hablas de nuestras desdichas como si hubieses estado
presente.
CASANDRA
Apolo, dios de las profecías, me concedió este dón.
CORO
Dios como es, ¿también él se sintió herido de amor?
CASANDRA
En otro tiempo rubor me hubiera causado decirlo.
CORO
Sí, que la felicidad de ordinario nos hace desdeñosos.
CASANDRA
Pero me acometía de tal manera, y ardía por mí en amor tan encendido...
CORO
¿Qué, cumplisteis con lo que pide la ley de amor...?
CASANDRA
Prometíme a Loxias por suya, mas no lo cumplí.
CORO
¿Poseías ya entonces el divino arte?
CASANDRA
Sí, ya vaticinaba a los míos todos sus infortunios.
CORO
¿Y cómo escapaste del rencor de Loxias?
CASANDRA
Después de mi engaño, nadie creyó más en mis palabras.
CORO
Pues a nosotros parécenos que tus oráculos merecen fe.
CASANDRA
¡Ay de mí! ¡oh desventura! ¡otra vez esta cruel fatiga, este espíritu
profético que se apodera de mi mente, y me atormenta con siniestros
anuncios! ¿No veis ahí, sentados en esa casa, a esos niños que
semejan la aparición de un sueño? Los mismos que les debían amor les
dieron muerte. ¡Vedlos ahí que aparecen sustentando en sus manos
miserabilísima carga; su propia carne, sus entrañas, su corazón, manjar
que gustó su mismo padre! Pero alguien medita su venganza; yo os lo
afirmo; un león cobarde, guarda infiel de la casa, que se revuelca en
el lecho conyugal, y está acechando la vuelta de mi dueño. ¡Ay de mí,
que es mi dueño; que me veo forzada a sufrir el yugo de la esclavitud!
Y el capitán de la armada, el destructor de Ilión, ¡no ve cuán fiero
destino le prepara a traición con sus largas arengas y sus dulces
sonrisas esa perra aborrecible! A tanto se atreverá. La mujer será
homicida de su marido. ¿Qué nombre daría yo a ese monstruo venenoso?
¿La llamaré víbora? ¿la llamaré Escila, habitadora de los escollos y
perdición de los navegantes? ¿la llamaré madre y ministro del Hades que
respira odio implacable contra todos los suyos? ¡Y cómo la muy atrevida
y malvada mujer brincaba y gritaba de contento cual si hubiese vencido
en la pelea! ¡No parecía sino que se regocijaba con el feliz retorno de
su esposo! Después de esto, si todavía no se me cree, ¿qué hacer? Lo
que ha de ser, ello vendrá. Bien pronto presenciarás el suceso, y te
moverás a lástima de mí y me llamarás adivina demasiado verdadera.
CORO
Bien he reconocido horrorizada, el festín donde Tiestes comió la carne
misma de sus hijos; y apodérase de mí el temor oyendo relación tan
verdadera, que nada tiene de inventado. Pero lo demás lo oigo, y me
pierdo en mil imaginaciones, sin saber dónde irá a parar todo ello.
CASANDRA
Digo que vas a ver la muerte de Agamemnón.
CORO
Cállate, infeliz, y cierra tu boca.
CASANDRA
Mas no por callar habrá remedio alguno contra lo que os he anunciado.
CORO
Cierto que no, si es que hubiere de suceder; mas ojalá nunca jamás
suceda.
CASANDRA
Tú haces súplicas; pero ellos se aprestan a matar.
CORO
¿Y qué hombre habrá que cometa ese crimen?
CASANDRA
Muy torpe andas, en verdad, para entender mis oráculos.
CORO
Sí, no comprendo qué maquinación es esa que se ha de consumar.
CASANDRA
Pues yo sé bastante bien la lengua griega.
CORO
También la saben los oráculos de Pythio, y sin embargo son difíciles de
entender.
CASANDRA
¡Ay! ¿qué fuego es este que llega hasta mis entrañas? ¡Oh dolor! ¡Apolo
Licio! ¡Ay, ay de mí! ¡Infeliz que yo soy! Esa misma leona de dos pies,
que yace con el lobo en ausencia del generoso león, me dará muerte.
Como quien confecciona venenosas hierbas, ella está afilando el puñal
para herir al esposo, y tanto se gloría de que ha de satisfacer su
rencor y me ha de dar el pago, y a él la muerte por haberme traído. ¿A
qué guardar ya estas insignias para mi propio escarnio; este cetro,
y estas ínfulas de profetisa que ciñen mi cuello? Yo te haré pedazos
antes de morir. ~(Arroja el cetro.)~ Anda en mal hora y caed en el
polvo. ~(Arroja las ínfulas.)~ Este es el pago de vuestros servicios.
Enriqueced a otra y no a mí con vuestros tesoros de maldición. Helo
ahí, Apolo; tú me despojas de mis vestiduras de profetisa. Tú me veías
con estos ornamentos, y así todo hecha la burla de los míos, que eran
unos a odiarme los insensatos. ¡Y cómo sufría que me motejasen de loca
y vagabunda, cual mendiga hambrienta y miserable que va de plaza en
encrucijada diciendo la buena ventura. Y ahora, dios profeta, después
que me hiciste tu sacerdotisa, me arrastras a tan fiero trance de
muerte! En lugar del ara de mi padre, me espera un tajo de carnicero
donde seré degollada con cruel golpe, y correrá mi sangre humeante.
Mas, gracias a los dioses, no quedará nuestra muerte sin venganza.
Vendrá a su vez el que nos ha de vengar; un hijo que matará a su madre,
y castigará el asesinato de su padre. Hoy anda errante y fugitivo
y desterrado de su patria; pero él volverá para dar cima a la total
perdición de los suyos. Porque los dioses hicieron solemne juramento de
que le ha de traer la sombra de su padre muerto y tendido en tierra. ¿A
qué llorar así al entrar en esa casa? Yo contemplé antes la desolación
de Ilión, y ahora aquellos que conquistaron mi patria son a su vez
sentenciados por los dioses. Entraré, sí; sufriré mi destino. Tendré
valor para morir. Puertas del Hades, ya os veo. Yo os saludo. ¡Así
reciba golpe tan certero, que entre arroyos de sangre me dé súbita
muerte, y sin estremecerme siquiera cierre mis ojos!
CORO
¡Oh infelicísima y sapientísima mujer, mucho es lo que nos has
revelado! Pero si de cierto sabes tu muerte, ¿cómo con firme paso te
encaminas al ara, tan animosa como becerrilla a quien los dioses llevan
al sacrificio?
CASANDRA
No hay huír posible, amigos. Nada haría con retardarlo.
CORO
Pero a lo menos la muerte cuanto más tarde es mejor.
CASANDRA
Ha llegado el día; huírle sería de bien poco provecho.
CORO
Tu temeridad te pierde. Considéralo.
CASANDRA
¡Nunca tales cargos se le hacen al dichoso!
CORO
Si fuera a morir con gloria... entonces cualquier mortal pudiera
graduarlo de ventura.
CASANDRA
¡Ay de ti, oh padre! ¡Ay de tus generosos hijos!
CORO
¿Qué es eso? ¿Qué temor es ese que te hace retroceder?
CASANDRA
¡Oh, oh!
CORO
¿Por qué gritas así? ¿Qué te espanta?
CASANDRA
Despide esa casa aliento de sangre y muerte.
CORO
¿Cómo? Será el perfume de los sacrificios que se están haciendo en el
hogar.
CASANDRA
No; diríase que es el hedor de los sepulcros.
CORO
A lo que tú dices, no son perfumes de Siria los de esa casa.
CASANDRA
Pero vamos ya. Lloraré en ese palacio mi muerte y la muerte de
Agamemnón. -- Basta ya de vida. -- ¡Ay huéspedes míos! No tiemblo sin
razón como el pajarillo a la vista del zarzal. Dad testimonio de ello
cuando yo sea muerta; cuando una mujer pague mi vida con su vida,
y un hombre expíe con su sangre la sangre del infeliz esposo de una
mala esposa. Venid en lo que os pide quien por toda hospitalidad va a
recibir la muerte.
CORO
¡Oh infeliz! Lloro el destino que te anuncian los dioses.
CASANDRA
Una sola palabra: todavía quiero lamentar mi muerte una sola vez. ¡Oh
Helios! por esos tus rayos que no volveré a ver más, yo te pido que mis
odiosos asesinos reciban de mis vengadores el pago de la fácil muerte
de una esclava indefensa.
~(Entra en el palacio de Agamemnón.)~
CORO
¡Oh condición de las cosas humanas! Prósperas, cualquiera sombra os
pone en huída; adversas, el frote de una esponja húmeda basta para
borrar vuestra imagen. Olvido que entre todas las desdichas es la más
digna de ser lamentada.
Jamás se sacian de felicidad los mortales. Ninguno hay que os cierre
las puertas de esos ricos alcázares, que las gentes señalan con el
dedo por su magnificencia, y os rechace diciendo: no entréis ahí. Y
bien, he ahí a Agamemnón, a quien concedieron los bienaventurados que
conquistase la ciudad de Príamo, y volviese colmado de honores por los
dioses; pues si ahora tiene que pagar la sangre en otro tiempo vertida;
si su muerte ha de satisfacer por otras muertes; si han de consumarse
sangrientas venganzas, ¿cuál será el mortal que en oyendo esto pueda
jactarse de haber nacido con buena estrella?
AGAMEMNÓN ~(Dentro.)~
¡Ay de mí que me hirieron de muerte!
PRIMER SEMICORO
¡Callad! ¿Quién clama? ¿Quién es muerto?
AGAMEMNÓN
¡Ay de mí, otra vez segundaron el golpe!
SEGUNDO SEMICORO
Se consumó el crimen. Ese gemido, a lo que parece, es del Rey. Tratemos
pues entre nosotros cómo tomar alguna acertada resolución.
PRIMER SEMICORO
Yo os diré mi dictamen. Llamemos a los ciudadanos a palacio pidiendo
socorro.
SEGUNDO SEMICORO
Pues a mí me parece que cuanto antes caigamos sobre los matadores
espada en mano para sorprenderlos en su crimen.
PRIMER SEMICORO
Lo mismo pienso yo. Fuerza es hacer algo. No es ocasión ésta de
dilaciones.
SEGUNDO SEMICORO
Pero bueno es examinarlo. Por tales comienzos se anuncian los que
intentan tiranizar a un pueblo.
PRIMER SEMICORO
Nosotros pasamos el tiempo en estas dudas; ellos marchan con firme
planta hacia su futuro encumbramiento, y no dejan dormir su mano.
SEGUNDO SEMICORO
No encuentro qué aconsejaros. Andar en consejos es de quien puede poner
por obra alguna resolución.
PRIMER SEMICORO
Otro tanto digo yo; mal podremos con palabras resucitar al muerto.
SEGUNDO SEMICORO
¿Y seremos los matadores de nuestra propia vida cediendo a que nos
manden los que han manchado ese palacio?
PRIMER SEMICORO
No; eso es intolerable. Morir sería mejor. La muerte es más dulce que
la tiranía.
SEGUNDO SEMICORO
¿Mas por la prueba de esos lamentos, diremos ya que ha perecido nuestro
Rey?
PRIMER SEMICORO
Veámoslo por nuestros propios ojos, y entonces hablaremos como se debe;
que uno es imaginárselo y otro saberlo a ciencia cierta.
SEGUNDO SEMICORO
Todo viene en apoyo de esa resolución. Sepamos con certeza qué es del
Atrida.
~(Ábrense las puertas del palacio y aparece CLITEMNESTRA. Más al fondo,
tendidos en el suelo, los cuerpos de AGAMEMNÓN y de CASANDRA.)~
CLITEMNESTRA
Si antes dije todas aquellas cosas, según pedía la ocasión, no me
avergonzaré ahora de decir lo contrario. Pues, si no, el que prepara
la ruina de un enemigo, a quien parece amar, ¿cómo podría envolverle
en la red de su perdición, de modo que ni con el más poderoso salto se
desenredase? Era esto para mí la decisión de una contienda ha mucho
meditada. Aunque al cabo de tiempo, por fin llegó. Aquí estoy en pie
y serena, en el mismo lugar donde le maté; junto a mi obra. De manera
lo hice, y no he de negarlo, que ni pudiese huír, ni defenderse de
la muerte. Envolvíle como quien coge peces, en la red sin salida de
rozagante vestidura, para él mortal. Dos veces le hiero; lanza dos
gemidos, y cae su cuerpo desplomado. Ya en tierra, le doy un tercer
golpe más, que ofrezco en reverencia de Hades, guardián de los muertos
en la mansión del profundo. Así caído, estremécese por última vez;
da su espíritu, y de las anchas heridas salta impetuosa la hirviente
sangre. Las negras gotas del sangriento rocío me salpican y alégrame
no menos que la lluvia de Zeus alegra la mies al brotar de la espiga.
Esto es todo, tal como ha sucedido. Ahora, ancianos de Argos, podéis
alegraros, si es que queréis. Yo por mí me glorío de mi obra. A ser
lícito hacer libaciones sobre un cadáver, justas, justísimas serían en
esta ocasión. -- Este hombre había llenado la copa de los enormes y
execrable crímenes de su casa, y a su vuelta él mismo la ha apurado.
CORO
Me pasma la insolencia atrevida de tu lengua. ¡Así te jactas de hablar
contra tu esposo!
CLITEMNESTRA
Me tratáis como una mujer sin consejo, pero yo os lo digo con el
corazón bien sereno, para que lo sepáis. -- Alábame o vitupérame,
si quieres; me es igual. Este es Agamemnón, mi esposo ~(señalando
al cadáver)~, muerto por esta mi mano derecha. La obra es de hábil
artífice. Tales son los hechos.
CORO
¡Oh mujer! ¿qué mala ponzoña criada en la tierra o en las corrientes
del mar tomaste tú, que así te precipitó a ese horrendo crimen, y
a ponerte a las maldiciones de un pueblo? Lo has derribado, lo has
degollado; pero tú vivirás desterrada de nuestra ciudad; blanco del
odio implacable de los ciudadanos.
CLITEMNESTRA
¡Tú ahora me sentencias a destierro, y a llevar sobre mí el odio y las
maldiciones de los ciudadanos, y nada tienes que decir contra este
hombre que, mientras abundaban en los rebaños las ovejas de rico vellón
por aplacar los vientos thracios inmoló a su propia hija, al fruto
amadísimo de mi vientre, sin tener su vida en más de lo que pudiera
haber tenido la de una res! ¿Por ventura no era justo que le hubieses
desterrado a él en pago de su sacrílego crimen? Pero sabes lo que he
hecho, y entonces eres juez riguroso. Pues bien, yo te digo que me
amenaces, como quien por igual está apercibida a todo. Luchemos. Si
tú me vences, tú quedarás por mi dueño; mas si el cielo dispone lo
contrario, tarde habrás aprendido a saber vivir con prudencia.
CORO
Rebosa soberbia tu corazón y arrogancia tus palabras, como si la vista
de tu sangrienta obra te sacase de ti y te enloqueciese. En tu rostro
se ostenta la mancha de una sangre que ha de ser vengada. Hora llegará
que, privada de los tuyos, pagarás sangre con sangre.
CLITEMNESTRA
Pues oye ahora mi sagrado juramento. Por la justicia, que vengó la
muerte de mi hija; por Ate, por Erinis, con cuyo auxilio he degollado
a este hombre, te juro que no espero que el temor ponga su pie jamás
en estos alcázares, mientras Egisto encienda el fuego de mi hogar, y
me guarde el amor que siempre me ha tenido; que él es el fuerte escudo
de mi confianza. ¡Ahí tenéis tendido a ese hombre que fué mi afrenta,
y el contento de las Criseidas allá en Ilión! Ahí lo tenéis, a él y
a esa cautiva ~(señalando el cadáver de Casandra)~, a esa intérprete
de agüeros y prodigios; a su concubina que tan fiel le fué en partir
con él su lecho y los trabajos de la navegación. Ninguno de los dos ha
llevado cosa que no mereciera. Cayó él según sabéis, y ella, después de
cantar como un cisne sus endechas funerarias, cayó también, y yace ahí
junto a su amante. ¡Sabroso contento que colma los gustos de mis amores!
CORO
¡Si ya que es muerto aquel nuestro guarda, que tanto amor nos tenía,
viniera la muerte con breve paso, y sin que el dolor me asaltase, ni el
lecho con enfadosa espera me consumiese, cerrara mis ojos a sempiterno
sueño!... ¡Murió a manos de una mujer quien por una mujer pasó tantos
trabajos! ¡Perdió la vida a manos de su esposa! ¡Ay, ay, loca Helena!
¡Cuántas y cuántas vidas se perdieron tan sólo por tu causa! Por ti
también ha perecido ahora esta vida preciosísima...
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
Por ti se ha derramado está sangre sobre aquella otra sangre para la
cual no hay olvido ni expiación. La fiera Eris habitaba desde entonces
este palacio, y ha sido por fin la ruina de un esposo.
CLITEMNESTRA
No te apesare lo pasado, ni llames sobre ti a la muerte, ni vuelvas tu
ira contra Helena, como si ella hubiese sido la perdición de nuestros
guerreros; como si sólo ella hubiese hecho que tantos Danaos perdiesen
la vida, y nos hubiese traído estos dolores que no se calmarán jamás.
CORO
¡Oh espíritu de maldición que te señoreaste de esta casa y de los dos
hijos de Tántalo! El alma de sus mujeres, igual en fiereza a la de sus
hombres te ha dado otra victoria con que me oprimes y me desgarras el
corazón. ¡Como cuervo carnicero, así esa mujer se yergue insolente
junto a ese cadáver y se gloría de celebrar su triunfo!
CLITEMNESTRA
Ahora sí que vas bien en tus juicios; ahora que has mentado al
invencible espíritu de maldición de esta raza. Él alimenta en nuestras
entrañas esta sed de sangre codiciosa. No se ha cerrado la antigua
herida, cuando nueva sangre está corriendo ya.
CORO
¡Verdad dices al confirmar mis razones! ¡Formidable espíritu de odios
el que en esta casa hace su habitación! ¡Ay, ay! ¡fieros males,
engendrados por un destino cruel, que nunca se sacia! ¡Ah! ¡Permisión
es de Zeus, causa suma y hacedor de todas las cosas! Pues ¿qué sucederá
entre los mortales en que Zeus no medie? ¿Qué habrá en todos estos
crímenes que no esté decretado por los dioses? ¡Oh rey, oh rey! ¿Cómo
te lloraré yo? ¿Cómo significarte el amor de mi pecho? Ahí yaces en esa
tela de araña donde rendiste la vida con impía muerte. ¡Ay de mí! ¡Y
en qué lecho tan innoble para un hombre libre, te acabó mano aleve con
hierro de dos filos!
CLITEMNESTRA
Tú piensas que es mía esta obra. Pero entonces no digas que yo soy la
esposa de Agamemnón. Aquel antiguo y fiero espíritu de venganza que
aderezó el cruel festín de Atreo, ese es quien, tomando la apariencia
de la mujer del que ahí yace, vengó en un hombre el sacrificio de dos
niños.
CORO
¿Y quién habrá que atestigüe que estás inocente de esa muerte? ¿De
dónde ha de venir tal testimonio? ¿De dónde? Quizá acuda en tu defensa
ese espíritu vengador de los crímenes de los padres; pero la cruel
batalla sigue arreciando, y hará correr la sangre a manos parricidas,
y llegará a punto que helará de horror al mismo que devoró la carne de
sus hijos. ¡Oh rey, oh rey! ¿Cómo te lloraré yo? ¿Cómo significarte el
amor de mi pecho? ¡Ahí yaces en esa tela de araña donde rendiste la
vida con impía muerte! ¡Ay de mí! ¡Y en que lecho tan innoble para un
hombre libre te acabó mano aleve con hierro de dos filos!
CLITEMNESTRA
No sé por qué, muerte tal haya de ser indigna de este hombre. ¿Por
ventura no trajo él la desdicha a esta casa con torpe engaño? Inicuo
fué con mi lloradísima Ifigenia, con aquella su hija que llevé en mis
entrañas; que no diga ahora en los infiernos que padece injusticia
porque fué muerto a hierro y pagó las que hizo.
CORO
La casa de mis reyes se hunde, y yo, perdida mi razón, no sé qué hacer,
ni adónde vuelva mis cuidados. Me aterra oír el fragor de la lluvia de
sangre en que se va a anegar esta morada. Ya no cae gota a gota. A cada
nuevo crimen afila el destino en la piedra de otro crimen el hierro de
la justicia.
PRIMER SEMICORO
¡Oh tierra, tierra! ¡Ojalá me hubieses recibido en tu seno, antes
que ver a mi rey teniendo por lecho ese argentado baño! ¿Quién le
sepultará? ¿Quién cantará sus endechas? ¿Te atreverás tú a hacerlo,
tú, matadora de tu esposo? ¿Te atreverás tú a ofrecer a su ánima, en
satisfacción de tus enormes e inicuas maldades, el odioso tributo de tu
llanto?
SEGUNDO SEMICORO
¿Y quién será el que suelte la dolorida voz a cantar el elogio fúnebre
de este varón divino, con el llanto en los ojos y la sinceridad en el
corazón?
CLITEMNESTRA
No te tocan a ti esos cuidados. A nuestras manos cayó; a nuestras manos
murió; nosotros le sepultaremos. No le acompañarán lamentos de los
suyos...
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
Pero a la orilla del rápido río de los dolores, su hija Ifigenia le
saldrá al encuentro, como es natural, toda regocijada, y le echará los
brazos, y le llenará de besos.
CORO
A un ultraje responde con otro ultraje. Difícil de dirimir es la
contienda. El que quita la vida a otro pierde a su vez la vida; el que
mata, sufre la pena de su delito. Mientras exista Zeus, subsistirá que
quien tal haga, que tal pague. Así es la ley. ¿Y quién podría arrancar
de ese palacio la semilla de maldición? Que de tal modo ha arraigado en
esta raza, que ya son una misma cosa.
CLITEMNESTRA
Verdad dices; tus palabras son un oráculo. Mas con ser tan dura esa
ley, juro por el espíritu de los Plistenidas, que desde luego quiero
quedar sometida a ella. Salga de aquí ese mal espíritu; salga de esta
morada, y en adelante lleve la afición a otra raza con esas muertes
suicidas. La más pequeña porción de nuestros bienes bastará a darme yo
por contenta con tal que lograse arrojar de este palacio esa furiosa
locura de mutuos homicidios.
~(Sale EGISTO.)~
EGISTO
¡Oh alegre luz del día de la venganza! Ahora ya puedo decir que hay
dioses vengadores que desde lo alto echan una mirada acá, a la tierra,
sobre los crímenes de los mortales. Ahora, que estoy viendo a ese
hombre ¡brinco de mis ojos! tendido, y envuelto en ese manto, que
tejieron las Erinnas, en pago de las maquinaciones que urdió la mano de
su padre. Su padre, Atreo, el rey de esta tierra, el que desterró de
su casa y de su patria a Tiestes, a mi padre; y para decirlo más claro
aún, a su propio hermano, ¡después de disputarle el imperio! Un día,
el infeliz Tiestes vuelve a su hogar, póstrase suplicante, y se le da
seguro de la vida y de que su muerte no ha de ensangrentar el suelo
de sus antepasados. Allí fué. ~(Señalando a donde yace Agamemnón.)~
El padre de ese hombre, el impío Atreo, con más diligencia que amor,
finge entonces que regocijado quiere dar un día de festín en honor
de su huésped, y por todo manjar ¡preséntale a mi padre la carne de
sus hijos! Siéntanse a sendas mesas los convidados. Atreo, puesto a
la cabecera de la estancia, hace menudos trozos los dedos de los pies
y manos infantiles, y manda ofrecer los desfigurados despojos a mi
padre, el cual, luego al punto los toma, y sin conocerlos come de aquel
plato, que ya ves que había de ser mortal para esta raza. Comprende
él por fin la inicua maldad, lanza un ¡ay! lastimero, y cae en tierra
vomitando la sangrienta vianda, y llamando sobre los Pelópidas los más
fieros rigores del destino. En su furor derriba con el pie la mesa
del festín, y pide con justas maldiciones que así perezca, la raza
entera de Plistenes. He aquí por qué veis muerto a ese hombre. Yo he
sido el justiciero maquinador de su muerte; yo, el tercer hijo de mi
desventurado padre, que junto con él fuí arrojado de aquí, en mantillas
aún. Me hice hombre, y la justicia me volvió a traer. Bien que ausente
a la sazón que ese hombre moría, yo he sido quien me he apoderado de
él; yo el zurcidor de toda la trama. ¡La muerte misma sería para mí
hermosa después que le he visto cogido en la red de mi venganza!
CORO
Egisto, la insolencia en el crimen no me intimida.
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
Tú te alabas de haber muerto a ese hombre por tu propia voluntad; de
haber ideado tú solo este asesinato miserable; pero, óyelo bien, tu
cabeza no escapará de la justicia; las maldiciones de un pueblo te
condenarán, y serás apedreado.
EGISTO