No es lícito profanar un fausto día contando malas nuevas. Hoy tan

sólo es dado honrar a los dioses. Cuando un mensajero, triste el

rostro, llega a una ciudad a anunciarle espantables desastres; la rota

y pérdida de todo un ejército, herida que por igual traspasa a toda

la república; y la muerte de tantos guerreros, que dejaron huérfanas

sus casas, caídos bajo el doble azote de Ares, cruel pareja que con

hierro de dos filos va sembrando el estrago; cuando ese hombre llega

abrumado con el peso tal de infortunios, razón es que cante el Peán

de las Erinnas. Pero yo, afortunado mensajero de hazañas y triunfos,

que llego a esta ciudad cuando se halla entregada al regocijo de su

dicha, ¿cómo habré de mezclar males con bienes pintando la borrasca

que la cólera de los dioses desencadenó contra los aqueos? El fuego y

el mar, con ser de antiguo enemigos implacables, conjuráronse ahora,

y bien mostraron su fidelidad destruyendo entrambos la mísera armada

de los argivos. En medio de la noche surgen todos los horrores de las

olas embravecidas. Empujadas por los vientos de Tracia chocan las naves

las unas contra las otras. Con bárbara furia clávanse los espolones,

y entre torbellinos de viento y torrentes de agua, se abren y se

hunden, arrebatadas por el vértigo del fiero pastor de tanto estrago.

Así que asomó la clara luz del sol, vimos el mar Egeo sembrado de

cadáveres de guerreros aquivos, y de restos de naves. Por lo que hace

a nosotros, sin duda algún dios que se puso al timón de nuestra nave,

que no hombre ninguno, la sacó de allí ilesa, y nos salvó. Pues la

fortuna salvadora tomó asiento en ella, y la encaminó de suerte que en

las arribadas ni las olas alborotadas la inquietaron, ni encalló en

los escollos de las costas. Mas luego que salimos de aquella mortal

y negra noche de mar a la clara luz del día, no osábamos creer en

nuestra ventura, y un nuevo dolor vino a cebarse en nuestras almas,

al contemplar aquella flota desecha y reducida a cenizas. Y en tanto,

si algunos son todavía vivos, nos tendrán por muertos, y ¿cómo no?

Igual suerte tememos nosotros que hayan tenido ellos... ¡Mejor lo haga

nuestro destino! Sobre todo, espera que Menelao ha de venir, y el

primero. Si él vive aún; si todavía los rayos del sol le alumbran; si

Zeus le ha guardado, no queriendo que todavía se extinga su linaje,

esperemos aún, que hemos de verle entrar en su casa. Y tú, ten por

cierto que al escuchar lo que acabo de referir, has estado oyendo la

verdad.

CORO

¿Quién pudo darle nombre tan verdadero? ¿Quién sino alguno de esos

seres invisibles que saben de antemano lo que ha de suceder en los

varios azares de la fortuna? El cual dirigiendo certero nuestra lengua

hizo que llamásemos Helena, a aquella ocasión de discordias a quien su

esposo hubo de recobrar a lanzadas. -- Tal fué en verdad; perdición de

armadas; perdición de hombres; perdición de ciudades. Dejó los ricos y

delicados velos de su tálamo e hízose a la mar favorecida de las auras

del poderoso Céfiro. Multitud de hombres embrazan sus escudos y siguen

la perdida huella de los fugitivos, como cazadores que persiguen la

pista, y por fin abordan a las frondosas riberas del Símois a empeñar

sangriento combate.

La cólera de los perseguidores logró su intento, y lanzó contra Ilión

una verdadera alianza, una alianza de desdichas. Pasaron años; pero

ellos vengaron el ultraje hecho a la mesa de un huésped, y a Zeus

vengador del hogar ofendido, en aquellos que a voces y sin rebozo

habían celebrado el himno que los deudos de Paris cantaron en honor de

sus bodas. En cambio, ahora la antigua ciudad de Príamo ha aprendido

un himno nuevo; un himno de lágrimas. Y gime con grandes ayes; y llama

a Paris el funesto desposado. Ella, que tanto ha que está pasando

una vida de crueles dolores, y que por último tiene que sufrir la

sangrienta y desastrada muerte de sus ciudadanos.

Cierto hombre crió un león que había de ser la perdición de su casa.

Cachorrillo recién arrancado de las tetas de su madre, a los principios

de su vida se criaba manso. Era el amor de los niños y el regocijo de

los viejos. Paseábale su amo por la ciudad, llevándole en brazos como a

un recién nacido, y él halagaba con sus ojos la mano amiga, y meneaba

blandamente la cola, cuando el hambre le apretaba. Mas así que se hizo

crecido sacó los viejos instintos paternos, y pagó el cuidado de su

cría, aderezándose sin orden de nadie, festín de ovejas fieramente

despedazadas por sus garras. La casa queda anegada en sangre, y de nada

sirve el dolor de sus moradores para evitar el espantable sangriento

estrago. Es un ministro de la muerte que se ha criado en aquella casa

por disposición del cielo.

No de otro modo pudiera yo decir que entró Helena en la ciudad de

Ilión. Serena el alma, como un mar sin ondas; hermosa, que fuera gala

de la más espléndida opulencia; con un mirar de ojos que dulcemente

hería. Era una rosa de amor que punzaba los corazones. Pero consúmanse

por fin las funestas bodas, y luego decae de todo aquel encanto, y ya

no es sino enfado del hogar donde se sienta; compañera temerosa; Erinna

que hará derramar lágrimas a los esposos, y que viene contra los hijos

de Príamo, lanzada por Zeus vengador.

Dice un antiguo adagio que ha mucho tiempo que corre entre los hombres:

“Jamás fué infecunda la dicha de un mortal cuando llegó a su colmo, ni

murió sin hijos: la buena fortuna tiene por descendencia un mal sin

remedio.” -- Otro es, sin embargo, mi sentir. La impiedad engendra

posteridad numerosa; pero toda de su raza. Engendrar dichas es síno de

la casa del justo.

Sí, en la del malvado, tarde o temprano, cuando llega la hora

decretada, una vieja culpa engendra otra culpa nueva. La nueva retoña

a su vez, y sus renuevos son: horror a la luz; espíritu de iniquidad

invencible y obstinado; audacia impía; negros infortunios; perdición de

las más altivas casas; hijos todos que son la imagen de sus padres.

Pero la justicia resplandece en el ahumado hogar del pobre, y premia

una vida honesta y honrada. Apartando los ojos aléjase de los alcázares

que cubrió de oro una mano manchada, y se encamina a la santa mansión

del bueno. Jamás rinde culto al poder del rico notado de infame. A cada

cual le da siempre el fin merecido.

~(Sale AGAMEMNÓN en un carro con pompa y aparato real. Detrás de él

CASANDRA en otro carro, donde vienen los despojos de Troya.)~

Ea, ya estáis aquí, ¡oh rey! ¡oh destructor de Troya! ¡oh hijo de

Atreo! ¿Cómo te saludaré yo? ¿Con qué honores te rendiré acatamiento

de modo que ni pase de los términos de lo que se te debe, ni tampoco

te falte en nada? Los más de los hombres van siempre más allá de lo

justo y antes que ser estiman parecer. Prontos a llorar a toda hora

con los desdichados, la herida de su pena no llega jamás al corazón.

Alegres con los alegres, componen a aquel tenor su rostro, y hácense

violencia por sacarle una forzada sonrisa. Mas el buen pastor, que

conoce su ganado, nunca se engaña. No se le oculta la verdadera

expresión de los ojos del lisonjero que con mentido amor alardea de

una amistad que finge. Por lo que a mí hace, no te negaré que te noté

de imprudente sobremanera, y de hombre que no pensabas con seso cuando

por causa de Helena sacaste de aquí la armada arrastrando a nuestros

guerreros con obligada resolución a recibir la muerte. Mas ahora que

la empresa se llevó a feliz término, son dulces las penas sufridas, y

para ti sólo hay amor de corazón; bien que el tiempo y la experiencia

te harán conocer qué ciudadanos han vivido en justicia y quiénes la han

conculcado.

AGAMEMNÓN

Justo es que ante todo te salude, ciudad de Argos; y a vosotros, dioses

de mi patria, que me habéis ayudado en mi vuelta, y en la justicia que

he hecho en la ciudad de Príamo. No atendieron los dioses a discursos

para juzgar la causa. Sin que uno siquiera discrepase echaron en la

urna de la sangre voto de destrucción y muerte contra Ilión. Tan sólo

la esperanza acercó su mano a la urna del perdón, ninguna otra la ocupó

con su voto. Todavía el humo hace ver de todas partes el lugar donde

se alzó la ciudad tomada. Todavía ruge allí y se enseñorea el huracán

desencadenado de la desolación, y al morir las humeantes cenizas lanzan

de sí con sus postreros alientos los tesoros del pueblo vencido.

Demos gracias a los dioses por tales beneficios, recordándolos con

eterna memoria. Feliz suceso tuvo el lazo de perdición que tendimos a

nuestros enemigos; por una mujer Ilión ha quedado reducida a cenizas.

El monstruo argivo salió del vientre de un caballo, armado de su

fuerte escudo, y de un salto poderoso lanzóse sobre la ciudad a la

hora que las Pléyades caminan a su ocaso. El hambriento león salva

de una arremetida sus torres y bebe la sangre real, y regálase con

ella hasta saciarse. Ahí tenéis mi primer pensamiento y mis primeras

palabras que yo debía a los dioses. Y por lo que hace a lo que tú

piensas, bien lo oí y lo guardo en la memoria, y digo lo mismo que tú

y en ello me tienes completamente de tu lado. Pocos hombres son de

condición tal, que celebren la buena fortuna del amigo sin envidiarla.

El mortal veneno de la envidia va infiltrándose en el corazón del que

padece de este achaque, y hácele que se doblen sus dolores. Siente

sobre sí el peso de sus propios males, que le ahoga, y angústiase a

la vez, contemplando la dicha ajena. Bien puedo hablar así, porque

lo sé de propia experiencia; que he visto bien en el espejo de la

vida que aquellos que parecían amigos míos tan adictos, no eran

sino vana apariencia de una sombra. Tan sólo Odiseo, Odiseo que se

había embarcado contra su gusto, ya que se unió a mí, siempre estuvo

dispuesto a llevar conmigo la carga y marchar adelante. Ora que sea

muerto, ora que viva aún, así debo declararlo. Lo demás que mira al

gobierno de la ciudad y al culto de los dioses, ya lo trataremos en

pública asamblea de todos los ciudadanos: allí proveeremos cómo lo bien

ordenado se mantenga y perpetúe largo tiempo; mas lo que pida remedio,

ya lo curaremos nosotros resueltamente con el fuego y el hierro, y

probaremos a ahuyentar de aquí toda dañada pestilencia. Pero entremos

en nuestro palacio, en nuestro hogar, y ante todo saludaré con mi

diestra, y rendiré adoración a los dioses que me llevaron a tan lejas

tierras, y después guiaron mi retorno. La victoria me siguió entonces;

¡que por siempre viva a nuestro lado!

~(Sale CLITEMNESTRA.)~

CLITEMNESTRA

Ciudadanos venerables, honor de Argos, que estáis reunidos aquí: no me

sonrojaré de mostrar en vuestra presencia el amor que siento por mi

esposo. Con los años también la apocada timidez desaparece. De mí lo

aprendí, que no de otras, la angustiosa vida que voy a pintaros; tan

larga, cuanto lo fueron los años que pasó éste en Ilión. Ante todo,

¡qué horrenda desdicha para una mujer morar en la casa desierta, sola

y separada de su marido! ¡Y luego, de continuo estar oyendo rumores

siempre odiosos! Viene uno y trae una mala nueva; viene otro y propala

otra aún peor. A haber recibido este hombre tantas heridas como la fama

corrió aquí por Argos, bien pudiera decir que estaba más agujereado

que una red de mallas. Pues si hubiese sido muerto tantas veces como

se dijo en la ciudad, podría jactarse de que era un segundo Gerión con

tres cuerpos, que había usado tres túnicas acá en vida; y no quiero

hablar de la que se viste debajo de tierra, y que bajo cada una de

estas tres formas había muerto una vez. Por causa de estas voces,

siempre siniestras, en más de una ocasión vinieron manos extrañas a

desatar mi cuello, a pesar de mi resistencia, el lazo con que hubiese

querido quitarme la vida. ¡Ahí tienes también por qué no se halla a mi

lado, según era razón, nuestro hijo Orestes, cara prenda de tu fe y

de la mía! No te asombre; tu fiel amigo y aliado Estrofio el Focense

le está educando. Hízome comprender el mal que por entrambas partes

me amenazaba; los peligros que tú corrías en Ilión, y el riego de un

alboroto popular que derribase el Consejo y entronizase la anarquía;

que es condición humana pisotear más y más al caído. Esta es la razón;

no imagines que hay en ello engaño. En cuanto a mí, aquellos raudales

de lágrimas, que brotaban de mis ojos, secáronse ya; no queda ni

una gota. ¡Cuánto padecieron mis ojos en aquellas largas noches de

desvelo! ¡Cuánto he llorado por tu amor aquellas encendidas señales,

para mí siempre frustradas! Y si por ventura dormía, el tenue rumor

de las alas de un mosquito, que zumbase a mi oído, hacíame despertar

sobresaltada, y entonces veía venir sobre ti males mayores que los que

me representaba el sueño. Mas después de haber sufrido todos estos

dolores, ahora ya, libre el alma de penas, te puedo decir: esposo mío,

que aquí estás, tú eres para mí el perro de este establo; el cable

salvador de la nave, firme columna de esta alta techumbre; lo que el

hijo único para un padre; tierra que se aparece a los navegantes contra

toda esperanza; día hermosísimo a los ojos después de la tormenta;

manantial de agua viva para el sediento caminante. ¡Qué dulce es haber

escapado ya de todo peligro! Merecedor eres de que te salude con estos

elogios, y no haya en mi presencia quien se atreva a afearlo. ¡Sobradas

desdichas hemos padecido antes! Amado mío, apéate ya de ese carro; mas

no pongas en el suelo, oh rey, la planta que ha hollado a la devastada

Ilión. Esclavas, ¿cómo tardáis en hacer vuestro oficio y cubrir de

alfombras su camino? Al punto tiéndase de rica púrpura el camino que

ha de seguir hasta la mansión que ya no esperaba recibirle. Que se le

haga el acogimiento que pide la justicia. Lo demás que el destino tiene

decretado, queda a mi cuidado vigilante, que lo dispondrá a su hora con

el ayuda de los dioses.

AGAMEMNÓN

Hija de Leda, guarda de mi casa, cierto que tu discurso se asemejó a

mi ausencia; largamente has hablado. Mas si es que en justicia merezco

yo esas alabanzas, tal honor debía venir más bien de los extraños.

Por otra parte, no me trates muellemente a lo mujer, ni me recibas a

estilo de rey bárbaro con voces descompasadas, y serviles adoraciones.

No quieras hacer odiosa mi entrada en la ciudad, tendiendo a mi paso

espléndidas alfombras. Hónrese a los dioses con esos homenajes, que a

ellos les son debidos; ¡pero un mortal caminar sobre rica y bordada

púrpura! Jamás podría yo hacerlo sin temblar. Como a hombre, y no

como a dios, quiero que se me honre. La fama publica ya mi gloria sin

necesidad de lujosos estrados; y, en fin, la modestia es el dón más

precioso de los dioses. Dichoso tan sólo se puede llamar a aquel que

acaba su vida en serena bienandanza. Si en todo obrase yo como ahora,

bien podía esperar un fin afortunado.

CLITEMNESTRA

No te opongas a lo que es mi voluntad.

AGAMEMNÓN

Ten por seguro que no quebrantaré mi resolución.

CLITEMNESTRA

¿Por ventura hiciste voto de obrar así, temiendo a los dioses?

AGAMEMNÓN

Al anunciar mi resolución sé bien por qué lo hago.

CLITEMNESTRA

A dar cima a lo que tú has alcanzado, ¿qué te parece a ti que hubiese

hecho Príamo?

AGAMEMNÓN

Paréceme que sin dudar habría hecho su entrada sobre alfombras.

CLITEMNESTRA

Déjate de tímidos respetos a la censura de los hombres.

AGAMEMNÓN

¡Es tan poderosa la voz del pueblo...!

CLITEMNESTRA

No es digno de envidia el que no es envidiado.

AGAMEMNÓN

Ni propio de una mujer andar deseosa de disputa.

CLITEMNESTRA

Pero sí le sienta bien al afortunado dejarse vencer.

AGAMEMNÓN

En fin, ¿qué, en tanto estimas tú la victoria en esta contienda?

CLITEMNESTRA

Cede a mis ruegos. Déjame de buen grado esta victoria.

AGAMEMNÓN

Pues que así te place, que me desaten luego al punto este calzado, que

va sufriendo servil el peso de mis pies. No quiero que ninguno de los

dioses lance sobre mí desde los altos cielos una mirada de odio, al

verme caminando sobre esas alfombras de púrpura. Grande vergüenza sería

para mí enviciar mi cuerpo, hollando con mi planta la opulencia de esos

ricos tejidos a subidísimo precio comprados. Y basta de esto. -- Recibe

bondadosa a esta extranjera. ~(Señalando a CASANDRA.)~ Propicios

miran los dioses, desde la cumbre donde moran, al que sabe mandar con

dulzura; que nadie se somete de voluntad al yugo de la esclavitud. Esta

cautiva, que me acompaña, es la flor escogida para mí entre multitud

de riquezas; el presente que me ha hecho el ejército. -- Y pues mudé

de resolución por complacerte, vamos, y entremos en palacio pisando

púrpuras.

CLITEMNESTRA

Ahí está el mar donde se forma el manantial perenne y abundoso de la

púrpura preciosísima con que se tiñen estas alfombras: y ¿quién habrá

que piense en agotarle? Además, señor, gracias a los dioses, nuestra

casa abunda en tales tesoros, y nunca supo lo que es pobreza. Y

¡cuántos ricos tapices no hubiese hecho voto de destrozar bajo mis pies

a haberme dicho los oráculos que este era el precio de tu salvación y

de tu vuelta, alma querida! Que mientras viven las raíces, las ramas

florecen y suben hasta lo alto de la casa, y con la sombra de sus ojos

la guarecen de los ardores de la canícula. Y vuelto tú al hogar, tu

sola presencia, amo y señor de esta casa, es rayo de sol que abriga en

el invierno; frescor suave que refrigera cuando Zeus hace cocer el vino

en el seno de la verde uva. ¡Zeus! ¡oh Zeus, por quien todas las cosas

llegan a su fin, haz que se cumplan mis votos; vela porque se consume

lo que ya tienes decretado!

~(Vanse AGAMEMNÓN y CLITEMNESTRA.)~

CORO

¿Por qué este triste y tenaz presentimiento que asalta mi corazón, y

le llena de adversos presagios? ¿Qué voz es esta adivina, que contra

mi voluntad y sin razón alguna resuena en mi alma, que no la puedo

desechar como se desecha obscuro sueño, ni hacer que la confianza firme

tome posesión de mi pecho? Y sin embargo, pasó ya largo tiempo desde

que nuestras naves echaron las amarras en la playa arenosa, y nuestros

guerreros se lanzaron contra Ilión.

Estoy viendo su vuelta, la estoy viendo con mis propios ojos; yo mismo

he sido testigo de ella, y con todo, el alma, llevada de natural

inspiración, canta dentro del pecho un triste himno que la lira no

acompaña: la canción de Erinna, y no quiere entregarse confiada a la

dulce esperanza. No es traidor el corazón, y esta agitación y angustia

que le ahogan, son anuncios ciertos de lo que tiene que suceder.

¡Permita el cielo que me engañe y que no se cumplan mis temores! Triste

fin tiene la salud más robusta; que de continuo está aguijando la

enfermedad, que vive vecina, pared por medio de ella. El destino del

hombre marcha derecho y sin tropezar hasta que se estrella en invisible

escollo. Así el prudente que teme por sus riquezas arroja con tino

parte de la carga, y ya no se pierde toda su hacienda por sobra de

peso, ni la nave se sumerge. Y en resolución, los dones abundosos, que

Zeus hace brotar cada año con mano liberal del surco de la tierra, son

remedio seguro contra el hambre.

Pero ¿qué encanto será poderoso a hacer volver atrás la negra sangre,

que por herida mortal se escapó del pecho de la víctima, una vez que

cayó sobre la tierra? Ya en otro tiempo detuvo Zeus en la mitad de su

camino a aquel sabio que poseía el arte de restituir de la muerte a la

vida. ¡Ah! si a dicha no hubiesen ordenado los dioses que mi destino

fuera refrenarme y callar, ya habría hecho el corazón impaciente que

mi lengua revelase todo lo que en él se encierra; mas ahora el alma

dolorida tiene que gemir en la obscuridad, y abrasarse en vanos deseos

sin ninguna esperanza de hacer nada provechoso.

~(Sale CLITEMNESTRA.)~

CLITEMNESTRA

Entra tú también. Contigo hablo, Casandra. ¿Qué has de hacer ya?

Zeus te ha destinado benigno para que asistas con nuestras numerosas

esclavas al pie de las aras domésticas en las sagradas lustraciones.

Baja de ese carro y depón tu orgullo. También del hijo de Alcmena dicen

que allá en otro tiempo pasó por ser vendido, y cedió a la fuerza,

y se resignó a sufrir el yugo. Y cuando la necesidad nos traiga a

esta desgracia, todavía es grande beneficio dar con amos de antiguo

acostumbrados a la opulencia; pues los que tuvieron buena cosecha

sin esperarla, esos siempre fueron crueles con sus esclavos, y nada

equitativos ni legales. Entre nosotros tendrás todo lo que es debido.

CORO ~(a CASANDRA.)~

Bien claro acaba de hablarte. Si no estuvieses cogida en esa red fatal

obedecerías, si es que obedecías; e igual podrías también no obedecer.

CLITEMNESTRA

Si ya no es como las golondrinas que tienen un habla bárbara e

ignorada, mis razones habrán penetrado en su ánimo, y me obedecerá.

CORO

Síguela. Te ha dicho lo mejor que pudieras oír en el trance en que te

hallas. Levántate y baja de ese carro.

CLITEMNESTRA

No tengo ahora vagar para esperarte aquí a la puerta, que ya están

prontas allá dentro junto al hogar, las ovejas que han de ser

sacrificadas a los dioses, en acción de gracias por un beneficio que

no esperamos jamás. -- Conque tú si has de obedecer, no tardes, y si

es que desconoces la lengua y no entiendes mis palabras, a lo menos

respóndame tu mano por señas como hacen los bárbaros.

CORO

Bien se está viendo que la extranjera necesita de intérprete para

explicarse. Parece una bestia brava recién cogida.

CLITEMNESTRA

Sí, ella está loca, y sólo atiende a su loco consejo. Acaba de dejar

su patria, recién conquistada, y viene aquí cautiva, y no aprenderá

a sufrir el freno hasta que no desfogue la sangrienta espuma de su

cólera. Pues no más hablarla para que me desprecie.

~(Vase.)~

CORO

En mí puede más la compasión, y no me deja airarme con ella. ¡Anda,

infeliz, deja ese carro; cede a la necesidad, y prueba por primera vez

el yugo!

CASANDRA

¡Oh cielos! ¡Oh tierra! ¡Apolo! ¡Apolo!

CORO

¿A qué clamas a Loxias con esos ayes? No es él de condición de escuchar

lamentos.

CASANDRA

¡Oh cielos! ¡Oh tierra! ¡Apolo! ¡Apolo!

CORO

Y otra vez vuelve a gemir y a llamar al dios, que no acude jamás a las

lágrimas.

CASANDRA

¡Apolo! ¡Apolo que me has traído hasta aquí, y eres mi perdición;

segunda vez me pierdes con total ruina!

CORO

Diríase que está vaticinando sus propios males. Esclava y todo, el

numen divino habita en su alma.

CASANDRA

¡Apolo! ¡Apolo que me has traído hasta aquí, y eres mi perdición! ¡Ah!

¿Adónde me llevas tú? ¿Bajo qué techo?

CORO

Bajo el de los Atridas. Yo te lo digo, si es que no lo sabes. No podrás

decir nunca que falté a la verdad.

CASANDRA

¡Techo aborrecido de los dioses, testigo de innumerables crímenes!

¡Lazos suicidas! ¡Esposo degollado! ¡Suelo todo cubierto de sangre!

CORO

Como una perra fina así tiene el olfato la extranjera. Sigue la

sangrienta pista de algún crimen, y ya le encontrará.

CASANDRA

¡Ahí están los testimonios en que me fundo; esos niños degollados a

pesar de sus ayes lastimeros; esas carnes asadas que devora un padre!

CORO

Ya había llegado a nosotros la fama de tus vaticinios, cierto; mas no

tenemos ahora necesidad de profecías.

CASANDRA

¡Oh cielos! ¿Qué es lo que se está meditando? ¿Qué nueva maldad es esta

que se prepara bajo ese techo? Crimen grande, muy grande, odiosísimo

contra la propia sangre; crimen que no tendrá reparación alguna. ¡Está

muy lejos el socorro!

CORO

No entiendo ninguno de estos vaticinios. Los otros sí los conozco, que

toda la ciudad los publica a voces aún.

CASANDRA

¡Ah, desdichada! ¿Cómo te atreves a consumar ese crimen? Vas a hacer

entrar en el baño al esposo que comparte tu lecho; le vas a lavar tú

misma, y... ¿Cómo decir lo demás? Ello ha de suceder bien pronto. ¡Ya

tiende la mano sobre su víctima una y otra vez!

CORO

Nada comprendo. Envueltos esos oráculos en enigmas, no acierto a

descifrarlos.

CASANDRA

¡Ah, ah, oh dolor! ¿Qué es eso que se ve ahí? ¿Es alguna red del Hades?

Sí, una red; la túnica que le acompañaba en el lecho; el instrumento de

su muerte. Legión desordenada de Erinnas, nunca hartas de la sangre de

esta raza, romped en regocijados alaridos de triunfo por ese sacrificio

execrable.

CORO

¿Qué Erinna es esa cuyas maldiciones llamas sobre este palacio? Pónenme

miedo tus palabras. Agólpase mi sangre al corazón, como si herida con

mortal golpe viera ya ponerse ante mis ojos la postrera y desmayada luz

de la vida. ¡Ay! ¡Y cómo viene presuroso el infortunio!

CASANDRA

¡Ah, ah! ¡Mira, mira! ¡Separa al toro de la vaca! -- Ya cogió en las

mallas de esa túnica, al generoso animal de negros cuernos; ya le

hiere; ya cayó él en el baño lleno de agua. -- Ahí tienes, yo te lo

anuncio, el crimen alevoso que va a consumarse en sus ondas.

CORO

No me atrevería yo nunca a jactarme de sagaz en la interpretación de

los oráculos, mas paréceme que en todo esto se encierra algún mal. Y

¿cuándo oráculo alguno anunció bienes a los hombres? Siempre estas

antiguas artes, a fuerza de infortunios, nos enseñaron a temer.

CASANDRA

¡Ay de mí, infeliz! ¡Ay, destino mío adverso, que vengo a gemir y

llorar sobre mi propia desventura! ¿A qué trajiste hasta aquí a esta

desdichada sino a morir contigo? ¿A qué más que a morir?

CORO

Divino furor enajena tu alma, y en desacorde y nunca usado estilo

cantas tus propios infortunios. No de otra suerte canoro ruiseñor deja

escapar sus quejas del pecho acongojado, sin darse punto de reposo, y

llora una vida siempre nueva en males, y dice entre lágrimas: ¡Itis,

Itis!

CASANDRA

¡Ah, ah! ¡La suerte del arpado ruiseñor! A él siquiera vistiéronle los

dioses el cuerpo de ligeras plumas, y le dieron una vida dulce y exenta

de llanto; pero a mí, la muerte a hierro de dos filos es lo que me

espera.

CORO

¿Qué arranques de furor divino son esos que te asaltan de repente?

¿A qué tus vanas angustias? ¿Por qué con agudos acentos y gritos de

maldición celebras temerosos sucesos? ¿Por dónde sabes tú los caminos

de esos siniestros oráculos?

CASANDRA

¡Oh bodas de Paris, bodas funestas para todos los suyos! ¡Oh

Escamandro! ¡Oh río de mi patria! ¡No ha mucho que a tus orillas veía

yo cómo iba espigando mi mocedad, y ahora, a lo que veo, bien pronto

anunciaré mis vaticinios en las riberas del Cocyto y el Aqueronte!

CORO

Tragedias · 第 8 / 17 段