¿Tú, pobre remero, que ocupas el último banco de la nave; tú hablas

así a los que se sientan al timón y mandan la maniobra? ¡Viejo como

eres, ya verás tú si es difícil aprender a la edad en que se debe

saber! Las cadenas, y los tormentos del hambre son médicos infalibles

y excelentísimos, que sanan el juicio de los viejos y le hacen que

aprenda. Al ver lo que estás viendo, ¿no acabarás de abrir los ojos? No

des golpes contra el aguijón, no sea que al herirlo te lastimes.

CORO

¡Ah mujerzuelas! ¿así te estabas tú quieto en casa esperando la vuelta

de nuestros guerreros, y en tanto manchabas el lecho de ese caudillo

valeroso, y junto con esto te apercibías a darle muerte?

EGISTO

Palabras son esas que te harán llorar. Tu lengua es bien contraria a

la de Orfeo. Atraía él con su voz todas las cosas y las alegraba; pero

tú las concitas y llevas contra ti con esos insensatos ladridos. Ya

aparecerás más manso cuando yo te sujete.

CORO

¡Cómo! ¡Que tú has de ser mi rey, el rey de los Argivos! ¡Tú, que

después de haber tramado la muerte de este varón generoso, no tuviste

valor de dársela por tu propia mano!

EGISTO

Porque claro está que a la mujer tocaba engañarle. Yo era enemigo

antiguo, y por tal sospechoso...

Mas dueño de sus tesoros, ya probaré a hacerme señor de la ciudad, y al

que no obedezca ya le unciré al yugo, y le domaré como a potro lucio y

vicioso que se resiste al freno. El hambre y la obscuridad harán con él

habitación desapacible y le pondrán blando.

CORO

¡Cobarde! ¿Por qué no le mataste tú mismo? ¡Sino que una mujer le

mató; una mujer oprobio de esta tierra y de los dioses patrios! Mas

por ventura todavía ve Orestes la luz del sol, y esté donde quiera, él

vendrá con feliz suceso y os matará a entrambos.

EGISTO

Pues que parece que te apercibes a decirlo y hacerlo, presto verás...

CORO

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

EGISTO

Ea, pues, a mí mis guardias; llegó la hora.

CORO

¡Ea, al aire los aceros, y en guardia cada cual!

EGISTO

Desenvainado está el mío; no temo morir.

CORO

¿Hablas de morir? Acepto tu palabra. Tú la muerte; nosotros la

victoria.

CLITEMNESTRA

¡Oh el más querido de los hombres, no más; no causemos otros males!

Sobrados son ya los sucedidos para que cojamos de ellos una tristísima

mies. Basta ya de muertes; no más ensangrentarnos. Anda adentro tú; y

vosotros, ancianos, marchad cada cual a vuestra casa, antes que tengáis

que sentir algún desastre. Lo que hemos hecho tenía que suceder. Y si

con esto el Destino se da por contento de calamidades, todavía después

de haber recibido de su cólera golpes tan terribles, pudiéramos tenerlo

a dicha. Tal os advierte una mujer, si es que os dignáis escucharla.

EGISTO

¿Así han de desatar contra mí su lengua insolente en esa lluvia de

ultrajes, y con palabras como ellas han de tentar a la fortuna...? De

cuerdos y avisados es respetar siempre y dondequiera al que manda.

CORO

No sería de Argivos adular a un malvado.

EGISTO

Algún día te castigaré yo; aún no es tarde.

CORO

No será ello, si el cielo quiere volvernos aquí a Orestes.

EGISTO

Ya sé yo que los desterrados se alimentan de esperanzas.

CORO

¡Anda, llénate hollando la justicia, puesto que puedes!

EGISTO

Te aseguro que me darás satisfacción de tu loca insolencia.

CORO

Ensánchate y cacarea como gallo junto a su gallina.

CLITEMNESTRA

No hagas caso de esos vanos ladridos. Tú y yo somos los amos de este

palacio, y lo pondremos todo en orden.

[Ilustración]

[Ilustración]

II

_LAS COÉFORAS_

~(Aparecen ORESTES y PÍLADES.)~

ORESTES

Hermes, habitador de los profundos, tú que tienes fijos los ojos en

los malvados a cuyos golpes cayó mi padre, acorre a quien necesitado

te invoca; sé conmigo. Por fin volví de mi destierro y ya estoy en mi

patria. Postrado al pie de este monumento, ¡oh padre mío! yo te llamo.

Aquí estoy, padre; óyeme, escúchame...

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

Ínaco, que me crió, llevó las primicias de mis cabellos; recibe tú en

este otro rizo la ofrenda de mi dolor. ¡Yo no estaba presente, padre

mío, cuando moriste; yo no pude llorar sobre tus restos; yo no pude

tomarlos en mis brazos y darles sepultura!

~(Aparecen por las puertas del palacio las esclavas de CLITEMNESTRA

llevando en sus manos las libaciones que se han de ofrecer en el túmulo

de Agamemnón. Detrás ELECTRA, cerrando el cortejo.)~

~(La procesión avanza lentamente.)~

¿Qué veo? ¿Qué procesión de mujeres es ésa que aquí se encamina, todas

vestidas de luto? ¿Qué pensar? ¿Qué nueva calamidad habrá caído sobre

esta casa? ¿Será que traen esos fúnebres obsequios para aplacar los

manes de mi padre? No puede ser otra cosa. A lo que me parece ver, con

ellas viene también mi hermana Electra. ¡Sí! ¡Harto la reconozco en su

tristeza profunda! ¡Oh Zeus, que vengue yo la muerte de mi padre! ¡Sé

conmigo en este empeño! -- Apartémonos a un lado, Pílades, y averigüe

yo al fin qué buscan estas mujeres con tales rogativas.

~(ORESTES y PÍLADES se retiran al baño.)~

CORO

Enviada de palacio salgo a ofrecer estos fúnebres obsequios. Mis manos

hieren mis senos con recios golpes en señal de dolor; mis mejillas

desgarradas por los surcos que en ellas han abierto mis uñas, manan

sangre; mi alimento es gemir toda mi vida; y estos enlutados linos que

me cubren acompañan mi llanto, gimiendo tristes al verse hechos jirones

por mi amargo duelo.

Media noche era por filo: todo dormía en palacio. Cuando he aquí que

a deshora se aparece el Terror; los cabellos erizados, respirando

venganza y anunciando sueños temerosos. Del fondo de esa mansión sale

su voz terrible; llénalo todo de espanto, y cae en el gineceo con

atronadora pesadumbre. Los intérpretes de los sueños, poniendo por

fiadores a los dioses, afirman que los manes de los muertos tiemblan de

cólera y claman contra los asesinos.

Y por conjurar los males que amenazan, ¡oh Tierra! ¡oh Tierra! aquí

tienes la ofrenda ingrata con que me manda presurosa una mujer impía.

¡Miedo me da que palabras tales salgan de mis labios! Una vez que la

sangre cayó en el suelo, ¿con qué se redimirá? ¡Ay, hogar de desdichas!

¡Ay, desolación del palacio de mis reyes! ¡Ay, tinieblas densísimas,

jamás visitadas del sol y a los humanos aborrecibles, que envolvéis

esta morada desde que su señor fué muerto!

Aquella veneración sin igual que causaba nuestro rey; que a todos

imponía; que a todos subyugaba; que no había lengua que no la

confesase, ni pecho que no la sintiese, no existe ya hoy. ¡Hoy todos

tiemblan! -- ¡Ser feliz; este es el dios de los mortales, y más que su

dios! pero de pronto la justicia cae sobre ellos y los sorprende en

medio del día; de un golpe descarga sobre su cabeza todos los males que

con tardo paso había ido acumulando a la luz incierta del crepúsculo, y

en un instante los sepulta en sempiterna noche.

La alma tierra sorbe la sangre que vertió el crimen; pero allí queda

seca clamando venganza, y nada hay que la borre. Pesa el castigo sobre

el culpable, y le acaba y apura en un tormento sin fin. No hay poder

de hombres que haga florecer de nuevo la virginidad atropellada. Todos

los ríos del mundo que juntaren sus aguas, no serían parte tampoco para

purificar mano que manchó el crimen.

Pero yo, forzada por los dioses a vivir en ciudad donde no nací; yo,

arrancada de casa de mis padres y reducida a vivir en esclavitud; yo,

¿qué he de hacer? Justas o injustas las acciones de los que me mandan

como amos desde la aurora de mi vida, tengo que bajar la cabeza y

dominar el odio y la venganza de mi corazón; tengo que ocultar bajo

este velo las lágrimas que me arranca el malaventurado destino de mis

señores, y mis penas, y el terror que hiela mi alma.

ELECTRA

¡Oh fieles siervas de esta casa! ya que me acompañáis en estas preces,

acudidme con vuestro consejo. ¿Qué diré yo al derramar estas funerarias

libaciones? ¿De qué palabras valerme que sean aceptas a mi padre?

¿Con qué súplicas dirigirme a él? ¿Es que he de decirle: aquí tienes

el presente con que al esposo bien amado me envía su cara esposa,

mi madre...? Jamás tendré valor para ello. ¡No encuentro qué decir

cuando haya de verter sobre el túmulo de mi padre la fúnebre ofrenda!

¿Diréle si no: según es ley entre hombres, págales sus coronas a los

malvados que te las dedican en la moneda que merecen sus maldades?...

¿O más bien me llegaré en silencio, y de espaldas, ¡como mi padre

fué asesinado! sin honores ningunos, a modo de quien hace sacrificio

expiatorio, derramaré las libaciones, y así que la tierra se las haya

bebido, luego al punto, arrojando de mí la copa, me alejaré sin volver

los ojos...? Aconsejadme, amigas, pues que en ese palacio vosotras y

yo tenemos unos mismos odios. No me ocultéis vuestro pecho; a nadie

temáis, que libre o esclavo no hay mortal que se exima de los decretos

del destino. Habla, si tienes algo mejor que aconsejarme.

CORO

Pues que lo mandas, ante ese túmulo de tu padre, que como una ara

reverencio, te diré de corazón mi sentir.

ELECTRA

Habla, pues, y siempre con ese respeto por delante.

CORO

Al derramar estas libaciones sobre el túmulo de tu padre ruega piadosa

por los que le amaron.

ELECTRA

¿Y a quiénes podría llamar sus amigos?

CORO

Desde luego a ti, y después a todo el que odie a Egisto.

ELECTRA

¿Entonces, por mí y por ti habré de elevar mis preces...?

CORO

Ya que me has comprendido, párate a reflexionar.

ELECTRA

¿Hay alguien todavía que pudiese yo asociar a nosotros?

CORO

Ausente y todo como está, acuérdate de Orestes.

ELECTRA

¡Oh, y qué bueno y acertado es tu consejo!

CORO

Por último, trae a tu memoria el horrendo asesinato; pide para sus

autores...

ELECTRA

¿Qué pedir? Ilumina mi ignorancia. Explícate.

CORO

Que dios u hombre venga sobre ellos...

ELECTRA

¿Un juez o un vengador?

CORO

Di sin más hablar: cualquiera que a su vez les dé muerte.

ELECTRA

Pero ¿crees tú que sin impiedad podré pedir tal a los dioses?

CORO

Pues ¿cómo no ha de ser justo volver mal por mal a un enemigo?

ELECTRA

¡Oh altísimo embajador de los dioses superiores e inferiores; Hermes,

que habitas lo profundo, escúchame! Dígnate ser embajador de mis

súplicas; haz que sean oídas de las deidades infernales, que tienen

fijos los ojos en los que vertieron la sangre de mi padre. Que también

las acepte benigna esta tierra, madre universal que pare y cría

todas las cosas y vuelve a albergarlas en su omnifecundo seno. Y yo,

derramando estas libaciones en honor de los muertos, te invoco a ti,

padre mío. Ten piedad de mí y de mi amado Orestes. Que algún día seamos

restituídos en nuestro hogar. ¡Errantes andamos ahora, y vendidos por

la misma que nos parió, que ha puesto en tu lugar a Egisto, el cómplice

de tu muerte! Yo estoy aquí como una esclava; Orestes, desposeído de su

hacienda, vive en destierro, y ellos, los muy insolentes, se solazan

a sus anchas con el fruto de tus afanes. Que vuelva Orestes en hora

feliz; yo te lo ruego. Y a mí, padre, escúchame también; haz que sea

yo más honesta que mi madre, y más piadosa de manos. Tal te pedimos

para nosotros, y para tus enemigos, que te les aparezcas como tu propio

vengador. Ven, haz justicia; da muerte a tus matadores. ¡Vaya para

ellos esta maldición en medio de mis votos de ventura! Pero a nosotros,

envíanos desde el profundo, padre, los bienes que te imploramos, con

ayuda de los dioses y de la Tierra y de la Justicia vencedora. Ahí

tienes mis preces, que acompaño con estas libaciones. Cumplid vosotras

los venerandos ritos; cantad el Peán de los muertos y esparcid sobre el

túmulo las flores de vuestro llanto.

CORO

¡Salid, lágrimas; salid, mortales gemidos; salid por nuestro asesinado

señor! Caed sobre este su túmulo, baluarte de los buenos, y contra

la odiosa impiedad de los malvados conjuro formidable. Ya corren las

libaciones. ¡Escúchame, oh venerado señor mío; escucha la triste voz

que sale de las tinieblas de mi alma! ¡Ah, ah, ah! ¡Ay de mí! ¿Quién

será el esforzado varón cuyo poderoso brazo dé libertad a nuestra

casa? ¿Qué Ares escita la acorrerá, ora venga armado del curvo arco

de voladoras flechas, ora caiga sobre los culpables empuñando bien

esgrimida espada?

ELECTRA

Ya bebió la tierra nuestras libaciones. Ya las tiene mi padre.

(Reparando en el rizo que dejó Orestes.) ¿Pero qué novedad es ésta?

Mirad lo que ocurre.

CORO

¡Habla ya! ¡Me ha dado un salto el corazón...! ¡Estoy temblando!

ELECTRA

Acabo de ver sobre el túmulo un rizo de cabellos.

CORO

¿De algún hombre acaso? ¿De alguna doncella de calidad?

ELECTRA

Cualquiera podría imaginárselo sin gran trabajo.

CORO

Y ¿cómo? Más vieja soy que tú; pero si no te explicas...

ELECTRA

Nadie más que yo se lo hubiese cortado aquí.

CORO

No; a sus enemigos era a quienes tocaba ofrecerle la cabellera en señal

de duelo.

ELECTRA

Sí, pero este rizo... bien lo veis, se parece todo...

CORO

¿A qué cabellos? Deseando estoy que acabes.

ELECTRA

A los míos. El parecido está a la vista.

CORO

¿Será por ventura secreto obsequio de Orestes?

ELECTRA

¡Muchísimo se parece a sus rizos...!

CORO

Mas ¿cómo se hubiera atrevido a venir aquí?

ELECTRA

Se cortó el rizo y lo envió como ofrenda a su padre.

CORO

¡Otra causa de lágrimas para mí, y no menos desconsolada; si es que

jamás ha de poner el pie en este suelo!

ELECTRA

¿Y para mí? Un mar de amargura inunda y agita mi corazón. Diríase

que dardo agudísimo me ha traspasado de parte a parte. Abrasadas

y dolorosas lágrimas se agolpan a mis ojos, y sin que las pueda

contener, me caen hilo a hilo al contemplar esos cabellos. Porque

¿cómo imaginarme que este rizo pertenece a ninguno de la ciudad? Y la

homicida no pudo ser que viniese a ofrecerle su propia cabellera...

No, no pudo ser mi madre, que desmiente este nombre con el odio impío

que abriga contra sus hijos. Cómo pueda decir yo y afirmar que esa

ofrenda es del más amado de los hombres, de Orestes... yo no lo sé, y

sin embargo, me dejo acariciar de la esperanza. ¡Ay! ¡Que no tuviese

este rizo la clara voz de un mensajero y me sacase de estas ansias

y perplejidades! Que entonces, a saber yo de cierto que había sido

cortado de cabeza enemiga, yo le arrojaría de mí; pero si era de aquel

que es de mi sangre, conmigo lloraría, conmigo vendría a honrar y

reverenciar la tumba de mi padre. Invoquemos a los dioses, que ven en

qué borrascoso mar fluctúa la nave de nuestra alma. Y si de ello ha de

salir un salvador, que esta menuda semilla eche raíz profunda. -- ¡Otro

indicio! ¡Y aquí no hay duda! Son pisadas e iguales a las que marcan

mis pies. Mirad: dos huellas diferentes; esa es de algún compañero de

viaje y esta la suya. El talón, los dedos, el contorno del pie, todo

lo mismo que el mío. ¡Qué desfallecimiento! ¡qué angustia siente mi

alma!

ORESTES ~(dirigiéndose a ELECTRA.)~

Pide a los dioses, a quienes invocas, que se te cumpla así todo lo

demás que deseas.

ELECTRA

Pues ¿he alcanzado yo algo de los dioses?

ORESTES

Aquel por quien ha poco rezabas, está delante de tus ojos.

ELECTRA

Y ¿a qué mortal me viste que llamase yo?

ORESTES

Sé que por Orestes apasionadamente suspiras.

ELECTRA

Pero... ¿qué alcanzaron mis ruegos?

ORESTES

Yo soy Orestes. No esperes tener amigo más fiel que yo.

ELECTRA

¡Extranjero! ¿es que quieres tenderme un lazo?

ORESTES

A mí sería a quien me le tendiera.

ELECTRA

¡Quieres burlarte de mis males!

ORESTES

¡Burlárame de los míos a burlarme de los tuyos!

ELECTRA

¡Orestes! ¿Es, pues, Orestes a quien estoy hablando?

ORESTES

¡Me estás viendo y no acabas de conocerme! ¡Tú, que ha un instante,

al ver esa prenda de mi amoroso duelo, ese rizo de mis cabellos, tan

parecido a los tuyos, y al comparar tus pisadas con mis pisadas, te

enajenabas de alegría y ya te imaginabas que me tenías delante de tus

ojos! Acerca ese rizo a la melena de donde le he cortado y fíjate bien.

Mira esta tela, que labraron tus manos, y las figuras de animales que

en ella tejió tu lanzadera... Repórtate y no te alborote la alegría.

Ya sé que aquellos que debían amarnos más, son hoy nuestros mortales

enemigos.

ELECTRA

¡Oh blanco de mis amorosas ansias! ¡Oh esperanza llorada de un vástago

que salvase la casa paterna! ¡Confía en el valor de tu brazo; tú

recobrarás la herencia de tu padre! ¡Oh dulce luz de mis ojos, que

tienes cuatro partes en mi corazón! Porque a ti debo llamarte mi

padre; en ti recae el amor que tuve a una madre, hoy con harta razón

aborrecida; en ti el amor de una hermana impíamente sacrificada, y tú

fuiste siempre mi hermano fiel, el único que volverá por mi honra. ¡Que

la fuerza y la justicia, junto con Zeus, soberano señor de todos los

dioses, sean con nosotros!

ORESTES

¡Zeus, Zeus, contempla nuestros males! Mira las crías del águila que

han quedado huérfanas. Murió su padre entre las apretadas roscas de

espantable víbora, y los desamparados aguiluchos perecen de hambre;

que no tienen fuerzas para traer al nido la caza con que su padre los

sustentaba. Tal puedes vernos a nosotros, a Electra y a mí; hijos sin

padre, ambos arrojados de nuestro hogar. Si tu dejas perecer a estos

hijuelos de un padre que tanto te honraba y tan continuos sacrificios

te ofrecía, ¿qué otra mano será tan liberal a ofrecerte espléndidos

honores? Si de esa suerte dejares perecer los polluelos del águila,

¿tendrías acaso con quien enviar a los mortales tus adorables augurios?

Seca de raíz este árbol real, y sus ramas no defenderán ya tus aras

en los días de los solemnes sacrificios. ¡Favorécenos! Levanta de su

miseria a su grandeza de antes esta casa que parece ya en total ruina.

CORO

¡Oh hijos! ¡oh libertadores del hogar paterno, callad! Cuidado, no os

oiga alguien, hijitos, y se le vaya la lengua y lo descubra todo a

los que hoy todavía son los amos. ¡Así los vea yo algún día muertos y

consumiéndose en abrasada pira!

ORESTES

No me hará traición, no, el oráculo del poderoso Loxias que me manda

arrostrar este peligro. Él me hablaba con voz formidable; él hacía

arder más y más la cólera en mi pecho, y me anunciaba que me asaltarán

crueles infortunios si no busco a los matadores de mi padre, y no les

doy igual muerte que a él le dieron, y no me revuelvo hecho un toro

contra los que me despojaron de mi hacienda. Que entonces yo seré

quien tendrá que pagar los infortunios de esa ánima querida, sufriendo

largos y acerbos males. Y a mi pueblo le predijo todas las plagas de la

tierra en satisfacción de las deidades irritadas; y a mí que la lepra

invadiría mis carnes, y devoraría con hambrientas mandíbulas mi recia

complexión de otro tiempo, y enfermaría mis cabellos, y los volvería

blancos. “Otros golpes descargarán sobre ti las Erinnas, suscitadas

por la sangre paterna --añadió--. En medio de la oscuridad verás

centellear los ojos de tu padre y revolverse airados en sus órbitas.

Y te herirá el dardo que desde el fondo de las tinieblas que habitan,

disparan contra los suyos los que cayeron a impío golpe y no alcanzaron

venganza. Y la rabia furiosa, y los vanos terrores de la noche te

agitarán y te llenarán de pavor; y huirás de tu patria, siempre

perseguido tu apestado cuerpo por acerado azote. Porque con estos tales

ninguno partiría su copa; ninguno les haría lugar en sus libaciones;

recházaseles hasta de las aras. Nadie daría abrigo al objeto visible

de la cólera de un padre; nadie se hospedaría con él bajo un techo.

Abominado de todos, sin un amigo, poco a poco se va consumiendo, y por

fin, acaba en aquella crudelísima miseria.” Justo es que yo crea en

estos oráculos; y cuando no creyera, todavía mi obra había de ponerse

en ejecución. ¡Son muchos los incentivos que para ello se juntan! La

orden de un dios; el duelo desconsolado de un padre, y la pobreza que

me estrecha. ¿Ha de vivir este pueblo, el más glorioso entre todos los

pueblos de la tierra, el que con inaudito esfuerzo destruyó a Troya, ha

de vivir así a la voz de dos mujeres? Porque él tiene corazón mujeril,

y si no, pronto se ha de ver.

CORO

¡Oh poderosas Moiras! ¡Ea, cúmplase lo que es justo, con ayuda de Zeus!

La justicia reclama su deuda y grita con voz formidable: Páguese la

afrenta con la afrenta; la muerte con la muerte. Ya lo dice sentencia

antiquísima: quien tal hizo que tal pague.

ORESTES

¡Oh padre, padre infeliz! ¿Qué te diría yo? ¿Qué pudiera yo hacer que

llegara desde este suelo a las profundas mansiones donde moras, y te

restituyese de las tinieblas a la luz? ¡Mas presentes y honores se

llaman aquí los lamentos; uno son para los antiguos señores de esta

casa; para los Atridas!

CORO

Hijo, el fuego con sus voraces mandíbulas no logra aniquilar los

afectos de los muertos. Después de la muerte estalla también su cólera.

La víctima lanza lastimeros ayes, y su matador aparece a los ojos de

todos. Los desgarrados y continuos lamentos de un padre, de aquel que

te engendró, reclaman justa venganza.

ELECTRA

¡Escucha también mis lacrimosos gemidos, oh padre! Al pie de este

túmulo están tus dos hijos llorándote con tristes endechas. Aquí están

los dos, suplicantes; los dos igualmente desterrados, y acogidos a tu

sepultura. ¿Qué bien habrá para ellos? ¿Dónde irán que el mal no les

asalte? ¿Acaso no es invencible el rigor de su desdicha?

CORO

Pero que el cielo quiera, y él dispondrá más regocijadas voces; y en

vez de cantos funerarios el Peán triunfal que restituya en sus regios

alcázares al nuevo amigo que se nos acaba de juntar.

ORESTES

¡Y si hubieses perecido, oh padre, delante de Ilión, al golpe de licio

hierro, legando a tu casa la gloria y labrando a tus hijos vida feliz

que se llevase las miradas de todos...! Al otro lado del mar tendrías

honrado túmulo, menos triste para los tuyos que este donde yaces.

CORO

Hasta bajo la tierra sería amado e insigne, y augusto señor de los

héroes que hallaron gloriosa muerte en los campos de Troya, y ministro

de las potentes deidades subterráneas; pues que en vida fué rey de

cuantos recibieron del Hado cetro con que tener a los hombres en

obediencia.

ELECTRA

No, no; tampoco eso, padre; tampoco que hubieras fenecido al pie de

los muros de Ilión entre tantos otros como cayeron bajo las enemigas

lanzas; ni que junto con ellos hubieses hallado a las orillas del

Escamandro honrada sepultura; sino que tus matadores hubieran muerto

entonces con la misma muerte que después te dieron a ti, y que tú

hubieses sabido su fin desastrado, lejos de estos lugares, y libre de

la desgracia que lloramos ahora.

CORO

Pedir tal, hija, es pedir más que oro, más que las colmadas dichas

hiperbóreas. El dolor habla por ti. Pero vuestros ayes penetraron al

fin en las mansiones del Hades; los que habitan el seno de la tierra se

han estremecido con violenta sacudida, y apréstanse a acudir en vuestra

ayuda. Las manchadas manos de los impíos dominadores encienden el odio

de la víctima; ese odio más vivo aún en el corazón de sus hijos.

ELECTRA

Como un dardo me han traspasado tus palabras. ¡Zeus, Zeus, que haces

surgir de los abismos profundos el castigo que con tardo, pero seguro

golpe, abate la osadía de los malvados, haz que así suceda también en

favor de mi padre!

CORO

¡Ojalá llegue a cantar jubiloso himno de muerte sobre los cuerpos

ensangrentados y sin vida de un hombre y una mujer! Porque ¿a qué

ocultar este pensamiento que acude a mi mente y la llena? Mal que me

pesara, asoma a mi rostro la ira, y el odio cruel y acerbo que se

alberga en mi corazón.

ORESTES

¿Cuándo tenderá Zeus sobre ellos su diestra omnipotente? ¡Ay de mí!

¿Cuándo abatirás sus cabezas, y harás ante nuestro pueblo completa

ostentación de tu poder? ¡Justicia contra los inicuos pido! ¡Diosas que

veláis por el honor de los muertos, escuchadme!

CORO

Es ley. Las gotas de sangre, que cayeron en el suelo, reclaman otra

sangre. El crimen da grandes voces. Acude, Erinis, y en venganza de las

primeras víctimas ve amontonando calamidad sobre calamidad.

ELECTRA

¿Dónde estáis, dónde estáis, potestades subterráneas? Tremendas

maldiciones de los muertos, ved lo que resta de los Atridas; contemplad

a estos infelices que no se pueden valer, ultrajados, y desposeídos de

su casa.

CORO

Mi corazón se estremece cada vez que oigo tus lamentos. Cúbrese el alma

de horrenda negrura, y la esperanza me abandona, cuando el valor y la

confianza volvían a renacer; cuando divertía mis dolores, y esperaba

que había de amanecer para nosotros un día feliz.

ORESTES

Entonces, ¿qué podremos decir? ¿Diremos los males que nos hace padecer

una madre? ¡Ay, que quiere templarnos; pero estos dolores no se calman

jamás! Como lobo hambriento, así es de implacable la ira que mi madre

encendió en mi alma.

CORO

¿He podido hacer extremos de dolor como una ariana, ni mostrar mi duelo

a estilo de plañidera cissia? ¿Acaso me viste tú corriendo de aquí para

allá, e hiriendo mi cuerpo a puño cerrado con repetidos golpes, arriba

y abajo, en la cabeza y en el pecho, menudeándolos con toda prisa y sin

darme punto de reposo? ¿Oíste tú resonar mi cabeza dolorida al choque

de mis puños?

ELECTRA

Tragedias · 第 10 / 17 段