en el dolor se hiciesen señores de la ciencia. Hasta en el sueño mismo
el penoso recuerdo de nuestros males está destilando sobre el corazón,
y aun sin quererlo nos llega el pensar con cordura. Don del dios, que
sentado en augusto trono rige con diestra vigorosa la nave de nuestros
destinos.
El venerable caudillo de la armada aquea, que jamás se alzó contra
adivino ninguno, cede resignado al viento de las desdichas que le
amagan. Cuando he aquí que la imposibilidad de navegar viene a poner
en consternación al ejército aqueo, retenido enfrente de Calcis en
las tempestuosas costas de Aulide, cuyas aguas turbulentas amenazan
aniquilar las naves. Soplan los vientos del Estrimonio; los vientos
que traen la arribada funesta, y el hambre, y el ningún abrigo contra
el inminente naufragio, y la dispersión de los navegantes; vientos que
no perdonan ni cascos ni jarcias; que alargan crueles la hora de la
partida, y a la sazón secan y consumen la flor de los Argivos. Entonces
el adivino, anunciando la voluntad de Artemisa, reveló a los caudillos
un remedio más terrible que la tempestad misma, y tal, que al oírle los
Atridas, hirieron la tierra con sus cetros, y no pudieron contener las
lágrimas. -- ¡Desdicha fiera no obedecer!, exclamó el augusto príncipe
dando una gran voz; ¡pero fiera desdicha también inmolar a mi hija,
a la alegría de mi casa, y que las manos de un padre se manchen con
la sangre de una tierna virgen, derramada sobre el ara de Artemisa!
¿Cuál de estos dos caminos estará libre de males? ¿Cómo ser yo desertor
de la armada? ¿Cómo separarme de esta empresa? Pues que es justo que
ellos deseen con ansia el sacrificio de esta sangre virginal, que ha de
calmar los vientos... ¡ojalá sea para bien!
Pero una vez que siente sobre sí el yugo de la necesidad, que trastorna
su mente y le inspira una nueva resolución cruel, criminal e impía,
múdase su ánimo y arrójase a la más bárbara hazaña que imaginarse
puede. ¡Que así hace temerarios a los mortales la locura funesta,
consejera de ignominias y primera fuente de todos nuestros males!
Atrevióse, pues, a ser el sacrificador de su hija, en favor de una
guerra que iba a vengar la afrenta de una mujer, y por primera víctima
propiciatoria de la armada.
Llevados del ansia de pelea, en nada tuvieron los caudillos ni la
florida juventud de la doncella, ni las súplicas y clamores con que
llamaba a su padre. Él mismo, hecha ya la deprecación a los dioses,
manda a los ministros del sacrificio que la levanten en alto como
a una cabritilla, y con entera resolución la pongan sobre el ara,
bien envuelta en sus vestiduras y con el rostro mirando al cielo; él
también, que con los apretados nudos de una mordaza detengan en los
labios de la hermosa víctima la execración que va a lanzar contra los
suyos.
Pero ella, dejando caer al suelo el velo rojo que cubre su frente,
lanza de sus ojos una mirada que hiere a sus sacrificadores con el
dardo de la compasión. Ofrécese ante ellos resplandeciente y bella
como hermosa pintura; parece que quiere hablarlos como en otro tiempo,
cuando tantas veces cantaba con dulce voz en los espléndidos festines,
con que Agamemnón agasajaba a sus guerreros, aquella casta virgen,
honor y contento de la felicísima vida de su padre.
Lo que sucedió después, ni lo vi, ni hablaré de ello; pero las
predicciones de Calcas jamás dejan de cumplirse. Enseña la justicia con
sus golpes a que comprendan los mortales lo que vendrá sobre ellos en
lo porvenir. Mas lejos de mí saber lo que más tarde ha de pasar. Tanto
manda llorar de antemano nuestro destino. Hora vendrá que se presente a
nuestros ojos claro como la luz del día. ¡Que tengan buen suceso estas
cosas, según es el deseo de los que somos el único muro que defiende
hoy esta tierra de Apis!
~(Sale CLITEMNESTRA.)~
Heme aquí, Clitemnestra, rindiendo homenaje de veneración a tu
potestad; que así es justo que se honre a la esposa del príncipe cuando
la ausencia del esposo dejó el trono vacante. ¿Qué te mueve a ofrecer
esos sacrificios? ¿Es alguna nueva feliz? ¿Es por ventura tan sólo
la esperanza de un buen suceso? Bien de voluntad lo sabría; mas si
callares, yo acataré tu resolución.
CLITEMNESTRA
¡Ojalá que del seno de la noche nazca la aurora de un venturoso día,
como dice el proverbio! Apercíbete a recibir una alegría que supera
todas las esperanzas: los Argivos son dueños de la ciudad de Príamo.
CORO
¿Qué dices? ¡Apenas si me atrevo a dar fe a tus palabras!
CLITEMNESTRA
Que Troya es de los Aqueos. ¿No lo he dicho claro?
CORO
La alegría me enajena y hace asomar mis lágrimas.
CLITEMNESTRA
Sí; bien están publicando tus ojos los afectos del corazón.
CORO
¿Pero tienes algún testimonio cierto de esta ventura?
CLITEMNESTRA
Lo hay. ¿Y cómo no? ¡A no ser que algún dios me engañe...!
CORO
¿Acaso será que rindas, crédulo, culto a las visiones de los sueños?
CLITEMNESTRA
No soy yo quien toma por verdades las ilusiones de la mente dormida.
CORO
Quizá te llenó cualquier rumor prematuro.
CLITEMNESTRA
¿Es que para ti tengo tan poco juicio como una chicuela?
CORO
¿Mas cuándo ha sido destruída la ciudad?
CLITEMNESTRA
Yo te lo diré. En esta misma noche de cuyo seno ha nacido esta luz que
nos alumbra.
CORO
¿Y qué mensajero pudo traer tan pronto la noticia?
CLITEMNESTRA
Hefestos, que envió desde el monte Ida el fulgor resplandeciente de sus
rayos. De lumbre en lumbre ha llegado hasta aquí el fuego mensajero.
-- Del Ida al promontorio de Hermayo en Lemnos; de esta isla recíbele
la alta cumbre del Atos, y la cima consagrada a Zeus se alumbra con la
tercera vivísima llama, que sube, y se yergue, y salva con poderoso
salto las anchas espaldas del mar, y corre presurosa, y se presenta
como un sol dorando las empinadas rocas de Macisto y anunciándoles
la regocijada nueva. -- Y no anda perezoso el atalaya, ni se deja
vencer imprudentemente del sueño, sino que luego acude a lo que le
toca, y hace la señal; la luz de los encendidos sarmientos llega a las
corrientes del Euripo, y avisa desde lejos a los atalayas del Messapio,
y ellos ponen fuego a un montón de secas zarzas y llevan más allá las
señales. El vivo resplandor de la hoguera, en ningún modo se amortigua;
pasa de un salto la llanura del Asopo, semejante a clarísima luna,
y hace que se enciendan sobre las cimas del Citerón nuevas lumbres
mensajeras. El guarda allí apostado no se niega a trasmitir la luz
a los que están más lejos, antes enciende hoguera más viva aún que
todas las ya dichas, la cual salva la laguna Gorgopis, llega al monte
Egiplacto y obliga a cumplir las órdenes de modo que no falte el fuego.
Encienden, pues, una gran lumbre; la llama, con poderoso ímpetu, suelta
su roja cabellera; traspone el alto promontorio del estrecho Sarónico,
y despidiendo rayos de luz pasa más allá, hasta que toca en el monte
Aracneo, atalaya vecina a nuestra ciudad. De aquí, en fin, vino a esta
morada de los Atridas aquella luz, cuyo primer padre fué la hoguera
que brilló sobre el Ida. Tales fueron las señales que yo hice disponer
de modo que por su orden pasasen de unos en otros: el primero de ellos
y el último, el primero que dió la señal y el último que la recibió,
ambos son los vencedores en esta carrera. Lo que te he dicho no es sino
lo que mi esposo me anuncia y certifica desde Troya.
CORO
¡Oh, mujer! lo primero de todo rindamos tributo de adoración a los
dioses. Pero quisiera estar oyendo de continuo esa asombrosa nueva; que
tuvieses a bien repetírmela.
CLITEMNESTRA
Sí, dueños son hoy de Troya los Aqueos. Imagínome ya estar oyendo
las encontradas voces que resuenan en la ciudad. Echad vinagre y
aceite en un mismo vaso, y veréis cómo no se juntan amorosos; cómo
se rechazan. Así también suenan distintos y encontrados los gritos
que en tan diversa fortuna lanzan vencidos y vencedores. Aquí están
abrazados con los cuerpos de sus esposos, de sus hermanos y de sus
padres, las mujeres y los niños, que ya no podrán ni siquiera llorar
con libertad el triste destino de aquellos a quienes más amaron en
el mundo. -- Allí, los vencedores, después de la fatiga de la pelea
y de una noche sin reposo, acosados del hambre, apercíbense a hacer
la comida de la mañana con los manjares que la ciudad les ofrece. No
hay orden ni rangos; cada cual se acomoda donde la suerte le depara,
y así ocupan las casas de la cautiva Troya, y se ponen, por fin, al
abrigo del sereno de la noche y de las inclemencias del cielo. -- ¡Y
cómo que son felices con poder dormir la noche entera sin centinelas
que los guarden! Veneren piadosos a los dioses tutelares de la ciudad
tomada; respeten sus templos, y no sufrirán después de la victoria la
suerte de los vencidos. ¡Ojalá no se deje vencer nuestro ejército de
la avaricia, ni entre en deseo de lo que no le es lícito codiciar; que
para volver a sus hogares sanos y salvos, aún les queda por andar la
mitad de la jornada! Y si pecaren contra los dioses pudiera suceder que
a su vuelta, la sangre de los vencidos se alzase contra ellos; cuando
no sobrevinieren nuevos males. Ahí tienes todo lo que yo, como mujer,
puedo decir. ¡Que sea acabada su dicha y sin revés que la turbe; que no
les deseo menos que la posesión de largos bienes!
CORO
Generoso es tu pecho, mujer, y has hablado como pudiera un hombre
prudente. En cuanto a mí, oídas tus palabras, que no dejan lugar a
duda, voy al punto a hacer piadosa oración a los dioses; que no merece
menos la recompensa que han tenido nuestros trabajos.
~(Vase CLITEMNESTRA.)~
¡Oh, Zeus soberano! ¡Oh cara noche, que tan grande gloria nos
deparaste, y tendiste red espesísima sobre los muros de Troya de modo
tal, que ni el grande ni el pequeño, ninguno pudiera escapar de aquel
lazo de esclavitud y muerte que los aprisionó a todos! Yo te adoro,
Zeus poderoso, que velas por los fueros de la hospitalidad; hacedor
de estas grandes cosas, que ya de antes habías tendido el arco contra
Alexandro. No se disparó el dardo antes de tiempo, ni vanamente se
perdió más allá de los astros.
Ya pueden decir que este golpe es castigo de Zeus; bien han podido
conocerlo. Él comenzó esta obra, y él también la consumó. Hay quien
dice que los dioses no se dignan cuidarse de los hombres que pisotean
el honor de las cosas santas; pero el que así habla es un impío. Algún
día se manifiestan los dioses a los hijos de aquellos hombres soberbios
que sólo respiraban guerra e inquietud, y vivieron hinchados con la
pompa de una opulencia sin medida. Viva yo libre de males, y tan sólo
con lo que basta al varón prudente. No son baluarte las riquezas para
quien en el tedio de la hartura derriba con pie sacrílego el ara santa
de la justicia. Él será borrado de entre los hombres.
Arrástrale la funesta confianza que el delito engendra, madre y
consejera de maldades. No hay salvación para él. Su crimen no permanece
oculto en la sombra; antes, cual lumbre que brilla con siniestros
fulgores, muéstrase a los ojos de todos. Como moneda de mala ley que
con el uso y roce se ennegrece, así el hombre es por fin apreciado en
lo que vale. Niño que corre tras el vuelo de un pájaro, al cabo ve que
sólo ha conseguido arrojar indeleble afrenta sobre su patria. No hay
dios que escuche sus preces, y el inicuo, que causó tantos males, es
borrado de sobre la haz de la tierra. Así Paris, que recibido en el
hogar de los Atridas, deshonró la mesa de la hospitalidad con el rapto
de una esposa.
Osada ella, con audacia jamás vista, salva ligera las puertas de la
ciudad. Déjale a su patria chocar de lanzas y de escudos, y armamentos
de naves. A Ilión llévale en dote total y lastimosísima ruina. ¡Ay,
casa! clamaban los adivinos de palacio con tristes lamentos; ¡ay, casa!
¡ay, príncipes! ¡ay, lecho nupcial! ¡ay, desaconsejados pasos de la
afición amorosa! Ahí está el esposo que ella abandonó; ahí está, que
se le puede ver; silencioso, sin honra; pero sin que ni una injuria
salga de sus labios, ni se haya alterado la dulce tristeza de su
semblante. Vencido del deseo de aquella esposa, que huyó al otro lado
de los mares, diríase que es un espectro que reina en esos palacios. La
gracia de las hermosas estatuas que se la representan, le es desabrida
y aborrecible; que toda su hermosura se pierde en aquellos ojos sin
expresión y sin pupilas.
Vienen las sombras de la noche, y asáltanle con tristes apariencias
que le traen vanísima alegría. Vana, sí, porque cuando se imagina que
está contemplando su bien, al punto escápasele de entre las manos, y la
visión desaparece con alada planta por los ligeros caminos del sueño.
Tales son los dolores que hacen su habitación en el hogar de este
palacio; tales son, y aun otros que con mucho les superan. Mas donde
quiera se enseñorea el dolor; un dolor que oprime los corazones. En
cada hogar de donde salió un heleno para la guerra. Sí, ¡que son muchas
las desdichas que hieren nuestra alma! Cada cual recuerda bien a quién
dió su despedida; mas en vez de hombres, urnas y cenizas, he ahí todo
lo que volverá a nuestros hogares.
Porque Ares, que vuelve cadáveres por hombres, y durante la pelea tiene
en sus manos la balanza, envíanos desde Ilión, en vez de aquellos a
quienes tanto amamos, el triste y lacrimosísimo polvo de sus cenizas,
recogido de la ardiente hoguera; todo lo que de ellos queda, bien
holgado en una urna funeraria.
Y se llora a los nuestros; y se bendice su memoria; a éste por diestro
en el combate, a aquél porque cayó con honra en la fiera matanza por
causa de una mujer ajena. Esto se murmura en voz baja, y dentro del
pecho hierve dolorosa cólera contra los Atridas que todo lo provocaron.
Los otros yacen allá, en honrados sepulcros, al pie de los muros de
Ilión. La tierra enemiga guarda en su seno a sus dominadores.
Grave cosa es que un pueblo airado dicte sentencia; que al fin la
maldición popular es deuda que se paga. Esta angustia, que no me deja
un instante, me está diciendo que algo se oculta entre las sombras. No
escapan a la mirada de los dioses los que han derramado torrentes de
sangre. Andando el tiempo, las negras Erinnas, con precipitado vuelco
de fortuna, hunden en las tinieblas al afortunado que menospreció la
justicia; su fuerza toda se aniquila, y él desaparece sin dejar huella.
De temer es ser aplaudido y envidiado. El rayo de Zeus hiere entonces
los ojos, y ciega y derriba. Una dicha no envidiada, esto es lo que
prefiero. Ni llegue yo jamás a ser destructor de ciudades, ni me vea
jamás esclavo, y sujeto al arbitrio de otro.
Mas la alegre nueva del fuego mensajero ha atravesado veloz toda la
ciudad. Si es verdad, ¿quién lo sabe? ¿No será quizá engaño de los
dioses? ¿Quién tan niño y falto de seso que deje que su corazón se
encienda con las noticias de ese fuego repentino, para que después
tenga que sufrir el desengaño? Propio es del gobierno de la mujer
celebrar victorias antes de sabidas. Es la condición femenil pronta a
creerlo todo, y llenarse luego con ello. Gloria que tiene a la mujer
por pregonero, es de corta vida y pronto se desvanece.
En breve vamos a saber si esas encendidas lumbres, si esa sucesión de
hogueras eran verdad, o si a modo de un sueño su regocijada luz vino a
engañar nuestra mente. He aquí que diviso un mensajero que llega de la
costa, la frente sombreada con el ramo de oliva. Ese árido polvo que
se levanta, hermano del lodo, me está notificando que alguien nos trae
nuevas del suceso; y no mudo, ni con hogueras de silvestres sarmientos,
ni con humos ni lumbres. Sí, sus palabras pondrán colmo a nuestra
alegría. Lejos de mí imaginar lo contrario. ¡Ojalá lo que avenga supere
nuestras esperanzas! ¡Y recoja el fruto de sus impíos pensamientos
quienquiera que hiciese por la ciudad otras súplicas que estas!
~(Sale TALTIBIO, mensajero.)~
MENSAJERO
¡Oh tierra de Argos! ¡Oh suelo de la patria! Al cabo de diez años
vuelvo a ti en este claro día. De tantas esperanzas defraudadas, por
fin se me ha logrado una; la que jamás imaginé conseguir. Morir en
Argos, y tener mi sepultura en su tierra queridísima. -- Salve, pues,
¡oh tierra! ¡salve luz del sol! ¡y tú, Zeus, señor altísimo de esta
comarca; y tú, dios Pitio, que ya no dispararás las flechas de tu arco
contra nosotros! Sobrado tiempo, oh dios Apolo, nos fuiste contrario
en las riberas del Escamandro; sé ahora nuestro salvador, y líbranos
de nuevas contiendas. También a vosotros todos os saludo, dioses
tutelares que presidís nuestra Ágora; y a ti, Hermes mensajero, mi
patrón, gloria y culto de los mensajeros. Dióscuros, vosotros que
acompañasteis nuestra marcha, recibid propicios los restos de nuestro
ejército que escaparon de la lanza enemiga. -- ¡Oh palacio de mis
reyes! ¡Oh techo amado! ¡Oh sagrados altares! ¡Oh dioses saludados por
el claro sol de Oriente; si por ventura de antes mirasteis a nuestro
rey con serenos ojos, recibidle ahora con agrado después de tan larga
jornada! -- Porque el rey Agamemnón viene, y trae en sus manos la luz
que ha de alumbrar esta obscurísima noche; la vuestra, la nuestra y la
de todos. Ea, acoged como es debido al asolador de Troya, que con el
azada justiciera de Zeus ha removido hasta el seno mismo de la tierra
enemiga. Desaparecieron las aras y templos de sus dioses; la raza
entera de un pueblo ha sido aniquilada. Y después que yugo tal echó
sobre la cerviz de Troya, torna a vosotros el augusto Atrida, nuestro
señor; el varón afortunado, el más merecedor de honores entre cuantos
mortales existen hoy sobre la haz de la tierra. No se jactará Paris
jamás ni la ciudad, que fué su cómplice, de que la hazaña superó al
castigo. Convicto de rapto y robo, perdió la prenda robada, y arruinó
la casa de sus padres junto con su propia patria. Con doble pena
pagaron su culpa los hijos de Príamo.
CORO
Bien venido seas, enviado del ejército aqueo.
MENSAJERO
Sí que soy bien venido. Ya pueden los dioses mandarme morir; no me
negaré a su voluntad.
CORO
¿Te atormentaba la nostalgia de la patria?
MENSAJERO
Sí, tanto que la alegría arranca lágrimas de mis ojos.
CORO
¿Padecíais, pues, como nosotros de ese dulce mal?
MENSAJERO
¿Qué dices? Explícate de modo que yo te entienda.
CORO
De heridas de amor por aquellos que os amaban.
MENSAJERO
¿Es decir, que la ciudad recordaba también con ardiente amor aquel
ejército que tanto la echaba de menos?
CORO
Como que afligida el alma, de continuo estaba suspirando.
MENSAJERO
Mas ¿de dónde nació esa cruel tristeza? Habla.
CORO
Tiempo ha que callar es el único remedio de mis males.
MENSAJERO
¿Cómo? ¿Pues había de quién pudieses temer en ausencia de tus reyes?
CORO
Y de suerte, que aquel morir, de que tú hablabas ha poco, sería para mí
hoy colmada alegría.
MENSAJERO
Eso puedo decirlo yo que he logrado la dicha deseada. En la carrera
de la vida, a las veces los tiempos nos son favorables y a las veces
adversos. Fuera de los dioses, ¿quién podrá decir que pasó su vida
entera exento de dolores? Pues ¡si yo contase nuestros trabajos, y
la falta de toda comodidad y abrigo, y la rareza de las arribadas,
y lo duro y desapacible del lecho, y cómo no había hora del día que
pasásemos sin gemir y clamar! Y ya en tierra, otra vez nuevas fatigas,
mayores aún que las pasadas, porque venía la noche y acampábamos al
pie de las murallas enemigas, y el rocío del cielo y la humedad de los
prados nos calaban, y perdían nuestros vestidos y erizaban nuestros
helados cabellos. ¡Y si alguno pudiese pintar aquellos crudos inviernos
que nos deparaba el monte Ida con sus nieves, donde ni las aves del
cielo quedaban a vida; o aquella calma sofocante del mediodía en el
estío, cuando echados los vientos y serenas las olas, el mar se tendía
en su lecho y sesteaba! Mas ¿a qué es lamentarlo? Pasaron aquellos
trabajos; pasaron para los que murieron, y de suerte que nunca jamás
cuidarán de volver a levantarse. Y en cuanto al que sobrevive, ¿a qué
viene que cuente los muertos y se duela de su adversa fortuna? Aun en
medio de nuestras desdichas hay muchas cosas que celebrar. Para los
que hemos quedado del ejército argivo, el provecho supera al daño, e
inclina de su lado la balanza. Justo es que a la luz del sol que nos
alumbra se celebre la gloria de los que atravesaron intrépidos tierra
y mares: “El ejército argivo vencedor de Troya, colgó estos antiguos y
gloriosos despojos en los templos de los dioses de la Hélade.” Y los
que tal oigan celebrarán como deben a la ciudad y a los caudillos, y
rendirán tributo de honor y gracias a Zeus, cuya es la obra. Ahí tienes
todo lo que tengo que decir.
~(Sale CLITEMNESTRA.)~
CORO
Tus razones me han satisfecho, no te lo negaré, que en los ancianos
tiene grande fuerza el deseo de averiguarlo todo. Natural es que lo
sucedido interese más que a nadie a este palacio y a Clitemnestra; pero
también que a mí me colme de alegría.
CLITEMNESTRA
No hace mucho tiempo que gritaba yo trasportada de gozo; anoche, cuando
la llama mensajera nos anunció por primera vez la toma y destrucción
de Ilión. Y no faltó entonces quien me increpase, diciéndome: ¡Qué!
¿fiada en esas hogueras te imaginas ya que Troya ha sido destruída?
¡Cierto que es muy del corazón de la mujer el alborotarse luego! Con
tales juicios pasaba yo por loca. No obstante, ofrecí sacrificios, y
entonces aquí y allá, cada cual por su lado, iba clamando por la ciudad
con femenil estilo, y celebrábase la alegre nueva en los templos de los
dioses, mientras la fragante llama se iba apagando sobre el consumido
cuerpo de la víctima. Ahora, ¿a qué es que tú me cuentes más? De boca
del mismo rey voy a saberlo todo. Corro presurosa a fin de recibir a mi
esposo venerado con el más grande acogimiento. ¿Qué luz habrá más dulce
y clara para una mujer, que abrir la puerta a su marido que por merced
de los dioses vuelve salvo del combate? Ve y dile a mi esposo; dile que
cuanto antes, que en seguida venga a este su pueblo que le ama, y que
en viniendo, que él encontrará en su casa una mujer fiel, la misma de
siempre; cual la dejó; una perra para su casa; para él dulce, y para
los que mal le quieren, fiera; y así en todo, que en tan larga ausencia
no he violado el sello de su fe. Así sé de halagos ni de culpables
palabras de otro hombre alguno, como de teñir cobre. Hacer gala de
tales prendas, cuando se está lleno de verdad, no desdice en mujer de
mi sangre.
~(Vase.)~
CORO
Bien puedes haberlo aprendido, que hermosamente lo expuso ella, y en
términos que no pueden dejar duda. Pero dime tú, mensajero, que deseo
preguntarte por Menelao. ¿Viene también con vosotros sano y salvo aquel
príncipe tan amado de este pueblo?
MENSAJERO
No es posible, amigos, que yo os cuente falsas dichas. No os gozaríais
largo tiempo en ellas.
CORO
¡Ah! ¿Cómo hacer que diciéndonos dichas, nos dijeses también verdades?
Que dicha engañosa jamás deja de verse tal cual es, y bien pronto.
MENSAJERO
Aquel guerrero ha desaparecido de la armada aquea; él y su nave. Harta
verdad digo.
CORO
¿Es que a vista de todos vosotros se retiró de Ilión, o quizá que
alguna tempestad, que os afligió a todos, le arrebató lejos de la
armada?
MENSAJERO
Como un buen flechero así diste en el blanco. Con sólo una palabra has
mentado todo un gran desastre.
CORO
¿Vive? ¿Es muerto? ¿Se dice algo de él en la flota?
MENSAJERO
Nadie lo sabe de modo que pueda decir algo cierto; nadie sino Helios,
que alimenta la tierra.
CORO
¿Y cómo vino sobre la armada? ¿y cómo se calmó esa tempestad, que tú
dices, desencadenada por la ira de los dioses?
MENSAJERO